Capítulo 2: "Preparativos"


DISCLAIMER: "Hey Arnold!" no me pertenece. Ella y todos sus personajes son propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon, excepto los que inventé para darle sentido a mi historia. Este fic no tiene fines de lucro.

.

.

.


Ella estaba insoportable, como es usual. Cada vez que de un evento social se tratara, donde hubiese que hacer lucir la mejor cara del tema o situación que se tratara, los nervios y su obsesión de querer controlarlo todo, se le subían a la cabeza. Si bien Rhonda tenía muchas cualidades —entre ellas, la elegancia, el sentido del estilo, una no novedosa compasión por el prójimo, puntualmente de los niños, desde hace tres años—, este tipo de cosas podía hacerle salir esa Rhonda capaz de enloquecer a quien se cruzare por su camino. Ese cuadro de locura, se veía venir. Quizás no ahora, pero eventualmente, ella explotaría. Su relación —en stand by/acabada— con Curly la torturaba y no perdía oportunidad alguna de demostrar cabalmente que el chico con corte de tazón, ya no ocupaba ningún espacio en su corazón, incluso cuando eso no fuera cierto y le doliese admitirlo.

—Chicas, sé de más ánimo e ideas en un funeral, que en esta reunión. Por favor, quiero ¡ideas! —subrayó gritando la última palabra.

—¿Para qué dar ideas, si todas te parecen estúpidas y las rechazas, Wellington Lloyd? —espetó Helga, mientras sacaba de su bolso el celular.

—Ninguna idea es estúpida, hasta que se diga lo contrario o votación con quórum, Helga querida. Y no me llames por mi apellido, ¿sí?

—¿Qué tal petunias? —sugirió Phoebe.

—¿Petunias? ¡Es que...! —se frenó en seco a lo que estaba por objetar, al sentirse observada por todas las chicas, quienes solamente con la mirada, le daban la razón a Helga.

—Bien, vamos a considerarlo. ¿Qué me dicen de la iluminación? Tiene que haber un tema. Algo que indique algo... ¿Qué puede ser? —se auto-preguntó, pensativa.

—Una noche estrellada, con luces por todas partes en el gimnasio... —dijo Lila con voz soñadora.

—Buen plan, Lila. —respondió con alegría la pelinegra.

—Gracias, Rhonda.

—¿Alguien más pensó otra cosa?

—Podríamos cubrir el techo o la parte superior con luces bicolores, por ejemplo, color melocotón y verde claro; o quién sabe, cualquier combinación que... —opinó Sheena.

—¡¿"Cualquier combinación"?! —repitió Rhonda con indignación—. Cualquier combinación, no, Sheena. No podemos colgar luces de colores horrendos que nos hagan ver 'apagadas', o desluzcan nuestros vestidos. ¡Es inaceptable! —continuó mezclando sus pensamientos personales que la aquejaban, con el tema del baile.

—Tranquilízate, Rhonda. No es para tanto. —imploró Nadine, acercándole un vaso de agua, mientras Sheena se encogía en su asiento.

—Lo siento. Ustedes saben que estas cosas me ponen mal. Es decir, amo los bailes y eventos socialmente considerados importantes como este, pero es ¡tan estresante! —concluyó, ahora tomando asiento.

—Para eso estamos todas aquí, no cargues con todo el peso sola, Rhonda. —aconsejó Phoebe.

—Gracias, Phoebe. Helga... ¿qué tienes en mente? —preguntó Rhonda, a la vez que bebía un sorbo de agua. ¿Helga? ¡Helga! —insistió.

—¡¿Qué?! ¡¿Que?! ¿Dónde? —contestó la aludida, totalmente desconectada de la situación.

—Si no estuvieras todo el tiempo mandando mensajitos, escucharías.

—Es mi mamá. —se justificó la rubia con una tranquilidad envidiable.

—No es cierto.

—Sí lo es. ¿No me crees? Mira. —le indicó poniéndose de pie, enseñándole el teléfono.

—Oh, sí. Te creo. Te creo que ¡es Arnold! —chilló Rhonda en un tono más que condenatorio para Helga.

—Bien, es Arnold. Es mi novio, ¿y qué? Tengo derecho a contestarle cuando quiera, Wellington Lloyd. Iba a salir con él, pero me avisaste de este encuentro sin oportunidad a oponerme, entonces, mínimamente merece que le responda. ¿Bien? Y si quieres que cooperemos, déjanos hacerlo y ya déjate de tus tonterías, ¿de acuerdo? —afirmó sin alterarse, táctica que aprendió desde que está junto al rubio.

—Está bien, Helga... Lo siento. Sigamos, chicas.

—Si quieres mi opinión, creo que deberíamos colgar estrellas doradas y plateadas en cortinados y cosas así, o bien en el techo, poner luces centrales oscuras que destaquen adornos azulados, que darán la sensación de una verdadera noche estrellada. —dijo la rubia con notable ensoñación en el tono de su voz.

—Wow, Helga. Hasta sin verlo, sonó bien. —admitió Nadine.

—Eso me gusta. Me gusta mucho. —acotó Rhonda sonriendo, finalmente—. ¡Así es como tenemos que pensar!

.

.

.

.


Ella era una chica bonita, delgada y un poco alta. Su cabello era ligeramente lacio, llegando a más de sus hombros, de color castaño oscuro. Lo único que la diferenciaba de la Señorita Rhonda Wellington Lloyd, eran sus ojos color verde brillante y el tener solo un apellido. Lucy se había convertido en este momento en la enemiga número uno de la chica más elegante de la escuela. Si bien la nueva conquista de Curly no era compañera suya, las frecuentes salidas de él con ella, hacía morir de a poco a Rhonda. De celos, claro.

Después de esa Navidad en la que buscaron incesantemente a la madre de una niña del hogar, donde Rhonda vislumbró otra faceta desconocida del acosador chico raro, esta le dedicó sentimientos florecientes de amor. Así, transcurrió el verano, su primer verano 'juntos'. Siempre resultó algo extraña esa unión, incluso más que la de Arnold y Helga, a decir verdad. El chico —hasta antes—, le resultaba desagradable a Rhonda y nadie apostaba demasiado a esa relación. Solía vérselos en el cine muy encariñados, en el parque, donde sea. Pero, un buen día, dejaron de dirigirse la palabra, sin más. Ninguno quiso dar explicaciones sobre ello, hasta que un tiempo después, Curly comenzó a mostrarse con otra chica. La ira de la pelinegra se encendía cada vez más. Su 'rival', —aunque ella odiase admitirlo—, la intimidaba. Y cómo no, si ella misma pudo oír las alabanzas que sus compañeros dedicaban a la chica. ¡Es que era muy bonita! Y por si fuera poco, sabía cómo vestirse. Hasta podría jurar que Lucy era más bella que ella. Por eso es que lo odiaba tanto: No sólo Curly la reemplazó, sino que lo hizo con alguien mejor que ella. Ese tipo de pensamientos atípicos de baja auto-estima, a veces la invadían, fusionándose con rabia y despecho.

.

.


Arnold estaba dedicándole muchas horas al asunto. Es que, por tratarse de una fecha tan especial, el obsequio debía ser genial. Hermoso. Único. Todo con mayúsculas. Cumplir tres años de noviazgo con Helga no era poca cosa. ¡Cielos, sí que la amaba! Ama su forma de mirar, de hablar, su maldita obstinación y su tan particular valentía frente a situaciones en las que cualquier otro se desmoronaría. Él atesoraba en su mente su aroma, su voz, sus besos, todo sobre ella. El chico solía preguntarse si era posible morir de amor o de felicidad, a la vez que agradecía festejar un aniversario más con su amada. ¿Pero qué sería apropiado regalarle? Helga no era precisamente una chica materialista, o amante de lo banal. La rubia que atrapó su corazón merecía algo grandioso. Quizás, al verla esta noche se me ocurrirá algo, pensó.

—Hola, mi hermosa. —dijo él, dándole un suave beso—. ¿Qué tal tu día laboral?

—Hola, cabezón mío. —sonrió complacida de verlo—. Bastante extenuante. La gente no deja de entrar a la tienda ni por un maldito segundo. ¿Sabes? El día que tenga hijos, compraré los regalos navideños con seis meses de anticipación, si es posible. —razonó mientras se alejaban de la juguetería y él la ayudaba a ponerse el abrigo—.

—¿Ya has pensado en eso, Helga?

—¿Qué?, ¿Qué cosa, Arnold? —preguntó desconcentrada.

—En tus hijos... Quiero decir, ¿nuestros hijos? —Helga volteó a verlo con todo el amor del mundo.

—Nunca lo he dudado. Nuestros hijos, Arnold. Esto —dijo señalándose y a él,— es para siempre. —Arnold sonrió y la besó abrazándola con su abrigo—.Tengo malas noticias. Debido a esto mismo, ahora nos harán trabajar desde una hora antes y hasta una hora después. ¡Son dos horas más, rayos! —se quejó.

—Oh, no... ¿Cómo les avisan así como así? Es decir, deberían hacerlo con más antelación.

—Y bueno, qué más da. Es un empleo de medio tiempo... Y si no fuera por todo el asunto de la graduación, no lo haría, pero necesito el dinero.

—Helga, yo podría... —ella lo detuvo.

—No sigas. No aceptaré que me prestes dinero. Si necesito dinero, lo conseguiré yo misma.

—Me encanta tu determinación.

—¡Oh, miren quién se puso aún más adorable de lo que es! A mí me encantas tú, rubio cabezón... —dijo Helga acariciando su rostro como si fuera un niño—. Como mañana tengo que levantarme más temprano aun, comamos algo rápido por aquí...

—Está bien. Conozco una pizzería en la esquina…


CONTINUARÁ…

.

.

.


Queridos lectores: ¿Cómo les va? Espero que muy bien. Sé que no es un capítulo largo, pero estoy sin inspiración en este momento… Debería haber escrito más, *Lo hice y mucho, pero en otro fic*, solo actualizo para que no quede abandonado. *Se disculpa por un capítulo que no la convence, mil veces*.

El siguiente será mejor. Los conflictos, se asoman lentamente. Gracias por leer, agregar a favoritos y seguirme. Ojalá los Dioses de la inspiración regresen a mi mente. Devuelvo reviews por PM.

Hasta la próxima,

MarHelga.