Antonio nunca había escuchado cosas particularmente escabrosas mientras oficiaba la sagrada confesión. Deseaba que ese joven de ojos grandes no le comentara algo así como planes de asesinato... no estaba listo para algo tan complejo en su primera semana en aquella provincia.

—Tu madre cree que podría ayudarte en algo pero si deseas hablar con el hermano Francis como estaba acordado en un inicio, puedo encargarme de hacer una cita para ustedes.

—Prefiero hablar y acabar con esto ahora. Se trate de usted o de otra persona en bata, todo da igual, lo único que espero es no tener que venir otro día...

—La bata se llama Sotana.

—Me da igual cómo se llame.

— ¿Por qué estás enfadado, Lovino? ¿Tiene que ver con la razón por la que estás hoy aquí?

—La razón por la que estoy aquí es porque mi madre me obligó a venir. Si no obedecía, me iba a correr de casa... y no hay un lugar a dónde pueda ir. Entonces, sí, eso me enoja.

Antonio no se sentía sorprendido, era casi obvio que Lovino estaba ahí a la fuerza. Pero no esperaba el exabrupto que vino después de eso.

—No estoy aquí porque quiero. No estoy aquí buscando su ayuda. No tengo fe en usted ni en su Dios clasista y binario. De hecho, tampoco estoy seguro de que exista y si lo hace es un cabrón al que me gustaría pedirle que me lama las bolas. Si usted lo ve antes que yo, por favor dele mi mensaje.

La quijada de Antonio cayó unos centímetros mientras asimilaba lo que estaba escuchando. Miró a Lovino fijamente y en el reflejo de esos grandes ojos olivos, encontró su propia imagen anonadada.

—Bueno —Respondió antes de dar un suspiro. Colocó las manos en sus rodillas porque no sabía dónde más ponerlas—. Es claro que no deseas mi ayuda. Supongo que esta es la señal para que me marche.

Antonio se levantó dejando caer su Sotana hasta tocar el piso. Estaban hechas a la medida de Francis quién era ligeramente más alto que él. Se dirigió hasta la salida y abrió la puerta, luego volteó hasta Lovino invitándolo a pasar pero este aún estaba en la silla.

— ¿Qué le va a decir a mi madre?

— ¿A qué te refieres, Lovino?

—Dígale que hablamos durante horas, que no me corra de casa, dígale que una buena madre no debería de echar a sus hijos a la calle... dígale eso.

—Lovino, no puedo mentir, no voy a decir que hablamos durante horas cuando no pasamos de un minuto.

—Entonces siéntese de nuevo. No me voy a ir todavía. Si lo hago... ella me echará de casa—. Agregó en un susurro.

Antonio cerró la puerta y volvió a su asiento.

—Si lo prefieres podemos hacer de esto un rito de confesión. No tendría por qué decirle a nadie lo que hablamos aquí, ni siquiera a tu madre.

—Si me confieso me enviará usted a leerme la biblia entera para purgar mis pecados. Además, lo que necesito es que le diga a mi madre que hablé, que lo conté todo, que voy a estar bien.

—Está bien, Lovino. No será una confesión. Pero te he dicho que no puedo mentir. No voy a decirle a tu madre cosas que no sean ciertas.

—Se lo voy a contar todo, Antonio.

Antonio sintió extraño el modo en que su propio nombre golpeaba sus oídos, hacía mucho tiempo desde que alguien le llamaba Antonio, a secas.

Lovino lo notó y sonrió una vez más.

— ¿Me equivoqué de nombre?— Preguntó con malicia.

—No, pero...

—Usted me ha dicho Lovino muchas veces, sin título alguno. Soy estudiante de enseñanza musical con énfasis en piano, estoy cursando la licenciatura, así que si no empieza a llamarme "Bachiller Do" no voy a llamarlo "Sacerdote Fernandez", tampoco voy a llamarlo "Padre Antonio" por una simple y llana razón: usted no es mi padre.

Antonio se cruzó de brazos, luego llevó una mano hasta su barbilla, seguramente para ocultar su asombro e impedir que esta llegara al piso. Asintió con un gesto de su cabeza porque no sabía qué cosa responder. Aquel chico tenía una apariencia tierna, una actitud desagradable pero en un momento inesperado era capaz de poner esa mirada de cachorro y preguntar "¿Qué le va a decir a mi madre?"

Ciertamente Antonio era su nombre, pero no estaba hablando con cualquier civil, él era un Sacerdote... merecía un poco de respeto, al menos. Creyó sentirse ligeramente molesto, él que era tan bueno controlando sus emociones, empezaba a cabrearse.

—La cosa es, Antonio —Dijo enfatizando en el nombre—, que mi madre espera que me cure, ella cree que estoy enfermo o que un demonio se apoderó de mí. Sí, así como lo oye. Un demonio. Ha invitado a las señoras de la comunidad a orar por mí. Más bien, me sometieron a una especie de exorcismo la noche que estuve enfermo. Cuarenta grados de temperatura gracias a una neumonía el mes pasado y ella junto a cuatro señoras más soltaban sus letanías al lado de mi cama. Cuando convulsioné una se desmayó. No era el demonio ¿sabe? Solo era producto de la fiebre. Cuando los médicos lo dijeron así, creí ver la desilusión en sus rostros. No es tan interesante una neumonía como una posesión, supongo.

— ¿Por qué tu madre y las demás señoras creen que estás enfermo o poseído?

Lovino observó muy bien el rostro del Sacerdote, quería contemplar hasta el último brillo en la expresión de sus ojos cuando le dijera el motivo por el que su madre estaba volviéndolo loco.

—Porque soy gay —Sonrió con satisfacción—. Dígame usted, Antonio, ¿cómo puede ayudarme?

El corazón de Antonio bombeó con fuerza. No era como si Lovino fuera el primer gay con el que había hablado. Entonces ¿por qué se sentía tan intimidado? Si tan solo no lo estuviese mirando de aquel modo, directo a sus ojos, sin mostrar vergüenza ni recato. ¿Por qué él estaba sintiendo lo que se suponía debía sentir Lovino?