Ella era para mí cada vez menos una curiosidad. Poco a poco, yo me fui transformando en la curiosidad de ella. Siempre era lo mismo. Y, poco a poco, mi carácter fue cambiando. Ella me enseñaba su sonrisa, yo le entregaba mi corazón. Poco a poco, se fue convirtiendo en mi mejor amiga. Nunca había conocido a nadie como ella. Lograba que le contara aquello que no le había confiado a nadie. Lograba obtener mi confianza, aunque yo no me diera cuenta. Aquella mirada, aquella sonrisa… destacaban de mí esa parte que nunca había planeado enseñar. Y así llegó el verano. Por primera vez en mi vida, regresar a mi casa no suponía una alegría. Aunque, en realidad, nunca me había gustado volver a mi casa. Sirius con sus clásicas rebeldías, mi madre siempre enfadada… y aquél verano no fue una excepción. Trata de ser feliz. Eso fue lo último que Emily Taylor me había dicho, antes de sonreírme y partir hacia otro compartimento, junto a Lily Evans y Kimberly Davis – así se llamaba la tercera chica, lo había averiguado en una conversación con Emily. Kreacher, el elfo doméstico, me esperaba en la estación.
- Hola, Kreacher, tanto tiempo – lo saludé, sin muchos ánimos, aunque amablemente.
- ¿Cómo pasó el amo Regulus su segundo año en Hogwarts? – me preguntó Kreacher. Yo me encogí de hombros. En eso, oí una voz familiar, y me di la vuelta. Mi hermano mayor saludaba sin muchos ánimos a sus amigos.
- Tranquilo, Sirius – lo trató de animar un muchacho de cabello castaño claro, y ojos color miel con un extraño brillo dorado. Se lo veía bastante débil, y su túnica estaba bien raída, aunque parecía feliz. No sabía cómo se llamaba. No me importaba. Sólo sentí algo de repulsión al verlo. No supe si era por su aspecto raído, por su rostro tranquilizante o por el escudo de Gryffindor que tenía en el pecho – Sólo son dos meses. Trata de no meterte mucho con tus padres, y todo saldrá bien.
- No les sigas el juego – le recomendó un segundo, rubio, pequeño, regordete y con ojos llorosos. Tampoco sabía con exactitud su nombre. Sólo lo había visto un par de veces, siguiendo a Sirius y sus amigos por ahí.
- Sabes que cualquier cosa puedes venir a mi casa, ¿no? – preguntó el tercero. Aquél se llamaba James Potter: era el único al que conocía. Siempre me había caído muy mal, aunque le era indiferente. Conocía su nombre por dos motivos: uno, porque una vez había ido con mis padres a una fiesta en su casa. Dorea, su madre, pertenecía a la familia Black. Los Potter eran una antigua familia de Sangre Pura. La segunda razón, era que todo el mundo conocía a James Potter y a Sirius Black. Siempre pavoneándose por el colegio como si fuera suyo, todo el alumnado los admiraba. James Potter estaba detrás de esa sangre impura, Lily Evans, y lo que había hecho para conquistarla eran leyendas escolares. Sin embargo, ella no le hacía caso. ¿Es que acaso ese Potter no se enorgullecía de ser un Sangre Pura?
- Muchas gracias, James, amigo – le sonrió Sirius. Aquél comentario me hizo salirme de mi mundo. Sirius abrazó a sus amigos, se dio la vuelta y se acercó a dónde nosotros estábamos. Ni me miró al pasar a mi lado.
- Kreacher – dijo, con cierto desprecio. Quise burlarme por su falta de educación hacia mi persona, pero me arrepentí.
- La señora me ha dicho que tenía que pasar a buscarlos – explicó el elfo – Si fueran tan amables de tomar mis manos…
Sirius miró hacia atrás con nostalgia, y tomó a Kreacher por el hombro. Yo miré hacia la estación, y la busqué con la mirada.
- ¿A qué esperas? – me espetó Sirius, con amargura. Le lancé una mirada de desprecio, y tomé el hombro de Kreacher.
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i- ¡Cállate, vieja arpía!
- ¡A mi no me callas, mocoso insolente!
- ¡Yo callo a quién yo quiero!
¡PLAF!
- ¡Eso te pasa por faltarle el respeto a tu madre!
- ¡No eres mi madre! ¡Sólo eres una vieja arpía, racista y abusadora! /i
- ¿Regulus?
Yo miré hacia atrás. Emily me observaba con su ya conocido brillo de preocupación en su mirada verde oscura.
- ¿Estás bien? – me preguntó, sentándose en su clásico lugar, apoyada en el tronco del árbol – Desde que volvimos a clase se te ve algo caído.
- Siempre estoy caído – le recordé, mirando al suelo. – No soy el muchacho más feliz del Mundo Mágico…
- Lo sé – admitió Emily – Pero siempre eres indiferente, porque ese es tu carácter. En cambio, ahora te ves…triste. ¿Acaso este año escolar no ha empezado bien?
Yo negué con la cabeza. Sin darme cuenta, que se preocupara por mí me causaba escalofríos. Era una sensación extraña. Se me erizaban los vellos de la nuca, y me ponía nervioso. Mi mirada bajó de sus ojos hasta sus labios, húmedos y finos. Se mordía el labio inferior, efecto de la preocupación. Corrí la mirada, avergonzado. Nunca me había sentido de esa manera con nadie. Ella era definitivamente mi única y mejor amiga.
- ¿Y Sirius como ha pasado sus vacaciones? – me preguntó. Cuando la miré, ella se sonrojó un poco, y corrió la mirada – Pregunto, porque como siempre me cuentas que pelea con su madre…
En aquél momento no me di cuenta de la verdad, y me arrepiento. Tal vez, si no hubiera sido tan ciego, no habría sufrido tanto. Tal vez de verdad fui ciego…tal vez no quise verlo.
- Como siempre – contesté, encogiéndome de hombros - ¿Por qué no se lo preguntas a él?
- No lo sé… - confesó Emily, aún sin mirarme – porque el siempre está acompañado por sus amigos…entonces no puedo hacerle ese tipo de preguntas si…bueno…
Bajó la mirada. Yo continué balanceando el columpio, mirando hacia el cielo.
- Siempre pelea… - murmuré – Es un rebelde desagradecido…
- No seas malo – me contradijo ella – él sufre tanto como tú. O más.
- ¿Por qué lo defiendes? – le pregunté, entonces – Se supone que no te cae bien…
Fue entonces cuando realmente noté la diferencia en el color de su piel. Sus mejillas estaban rojas como una fruta de invierno.
- Yo nunca dije que no me cayera bien – balbuceó ella.
- Siempre te veo… - dije, pero inmediatamente me arrepentí. Sin embargo, una vez que había comenzado, era difícil no terminar. Ella levantó la mirada, y me miró a los ojos, como sorprendida. – Tú vas siempre detrás de Lily Evans. Y Evans está siempre peleando con Potter, mi hermano, y esos… entonces pensé que…
- Yo no soy como Lily – confesó Emily – es decir…sí, pienso bastante como ella. Pero, a diferencia de Lily, yo sé que Sirius es un rebelde porque, de esa forma, descarga todo su sufrimiento.
Entonces, noté como sus labios se curvaban en una ligera sonrisa. Por entonces, pensé que era una sonrisa como las de siempre, cada vez que quiere ocultar su percepción de las cosas. Imaginé que aquella sonrisa significaba lo mismo que todas las demás. Me dolería mucho descubrir que no era así.
- Yo trato de comprenderlo – continuó, abrazándose las rodillas – es por eso que yo no le grito, ni lo trato mal. Yo soy amable con él. Yo lo ayudo en lo que necesita. Porque sé que sufre mucho… y, que lo que más necesita, es alguien que lo apoye. ¿Por qué crees que depende tanto de sus amigos?
Algo cohibido, descubrí que aquella descripción, inconscientemente, también se refería a mí. Continué balanceando lentamente el columpio, para adelante, para atrás, para adelante otra vez.
Aquél año pasó demasiado rápido. En una de nuestras charlas, Emily me ofreció que me uniera al equipo de Quidditch, que seguro eso me despejaría y eso traté de hacer. Hice las pruebas un sábado de octubre, y quedé como buscador.
- Te dije que podrías – me felicitó Emily, el jueves siguiente, con una sonrisa de evidente orgullo.
Debo confesar que entrar al equipo de quidditch logró despejarme. Tenía entrenamiento dos veces por semana, y sentir el viento frío sobre mi rostro, la presión de atrapar la snitch, el esfuerzo de la actividad física… lograban que yo me sintiera libre. Por primera vez en mi vida, pude olvidar completamente las presiones familiares, la rebeldía de mi hermano y…hasta me olvidé de sentirme desdichado. Pero esa felicidad no duraría mucho tiempo.
Una mañana de febrero, me dirigía a mi clase de Pociones. Estaba llegando tarde, así que me apuraba. Fue entonces cuando la vi: con una enorme pila de libros, caminando casi sin ver por dónde iba. Mis labios se curvaron en una ligera sonrisa, y dudé en ir a socorrerla. Pero cuando finalmente me decidí, los vi acercándose: mi querido hermano, y sus cuatro amigos. Seguramente tenían una hora libre. Reían a carcajadas, seguramente por alguna broma que le habían jugado a Severus Snape, un muchacho de Slytherin de quinto, al igual que ellos. Siempre se habían llevado mal. Entonces, giré mi mirada hacia ella, y vi que se tropezaba…justo cuando iba a chocar con Sirius. Este se giró, y logró atajarla justo antes de que colisionara contra el suelo. Todos los libros que llevaba cayeron al suelo, haciendo un estrépito comparado con una manada de centauros.
- ¡Taylor! – gritó Potter - ¿Estás bien?
Emily y Sirius se habían quedado casi inmóviles. Sirius había tomado su muñeca y había tirado de ella, mientras con la otra mano se había aferrado a su cintura. Sus rostros habían quedado muy cerca. Sentí una punzada en el pecho, y me di la vuelta, enojado y dispuesto a irme.
- E-estoy bien… - oí que decía Emily, mientras me alejaba – Gracias, Sirius.
- Casi te matas… - contestaba mi hermano con tono burlón – Por suerte yo estuve ahí…
Lo último que oí fue la risa nerviosa de Emily, y sentí otra punzada. Sin embargo, entonces no lo quise ver. Me negaba a verlo. Ese fue mi principal error.
