Bleeding Love
Lunes 06 de Agosto del 2005
01:30 pm
La primera vez que noté un mareo fue el lunes por la mañana en la cafetería de la escuela. Durante un instante tuve una sensación en el estómago como si estuviera en una montaña rusa bajando a toda velocidad desde el punto más alto. Duró solo dos segundos, pero fue suficiente para que me volcara un plato de puré de patatas con salsa sobre el uniforme. Los cubiertos rebotaron tintineando contra el suelo, aunque conseguí sujetar el plato a tiempo.
—De todas maneras, este mejunje sabe como si lo hubieran recogido del suelo —me dijo mi amiga Ángela mientras yo limpiaba como podía la porquería. (Naturalmente, todo el mundo me miraba)—. Si quieres, puedes embadurnarte la camisa con mi ración.
—No, gracias.
Aunque casualmente la blusa que llevaba puesta tenía el mismo color que el puré de patatas, la mancha llamaba desagradablemente la atención, de modo que me abroché la chaqueta azul marino para taparla.
— ¡Vaya, la pequeña Bell ya está jugando otra vez con la comida! —Exclamó Laurent Malory —. Sobre todo, ni se te ocurra sentarte a mi lado, babosa apestosa.
—No te preocupes, Laurent, es lo último que haría.
Por desgracia, mis pequeños accidentes con la comida en la escuela se repetían con bastante frecuencia. Hacía solo una semana, una gelatina de frutas verde me había saltado del molde de aluminio y había aterrizado dos metros más allá, en los espaguetis a la carbonara de un alumno de quinto. La semana anterior se me había volcado el zumo de cerezas y había salpicado a todos mis compañeros de mesa, que parecía que hubieran cogido el sarampión. Por no hablar de las veces en que había embardunado mi estúpida manga en la salsa, el zumo o la leche.
Aunque anteriormente nunca había sentido vértigos. Pensé que probablemente eran imaginaciones mías. Desde que él me abandonara hace tres semanas ya no era la misma. Solo esperaba no enfermarme, apenas estaba de pie con una crisis, no necesitaba otra.
Pero de hecho, después de la comida, en la clase de historia, efectivamente ocurrió. Yo me había levantado con hambre de la mesa. Para colmo, había encontrado un pelo negro en el postre —compota de grosella con pudin de vainilla— y no había podido decidir si era mío o de alguno de los pinches de cocina. Fuera como fuese, aquello me había hecho perder definitivamente el apetito.
En clase, el señor Warren nos devolvió la prueba de historia de la última semana.
—Veo que os habíais preparado bien para el examen, especialmente Bella. Un sobresaliente.
Me aparté de la cara un mechón de pelo y se me ocurrió que tal vez necesitaba un corte de pelo.
Por lo menos podía estar satisfecha de mantenerme a flote en la escuela. Con Jake nos habíamos puesto a mirar la película sobre la reina Isabel con Kate Blanchett en DVD mientras nos atiborrábamos de patatas fritas y helado. Aunque también es verdad que me había mantenido bastante atenta en clase, lo que, por desgracia, no podía decirse que pasara en otras asignaturas.
Ocurría sencillamente que las clases del señor Warren eran tan interesantes que no te quedaba más remedio que escuchar. El propio señor Warren también era muy interesante. La mayoría de las chicas estaban enamoradas secretamente, o no tan secretamente, de él. Igual que nuestra profesora de geografía, la señora o señorita como quería que le llamáramos, Trelawer, que se ponía roja como un tomate cuando el señor Warren se cruzaba con ella. En cualquier caso, todo el mundo estaba de acuerdo en que estaba como un tren. Todo el mundo excepto Ángela, que lo encontraba amenazante.
«Cada vez que me mira con esos ojazos violetas, me entran ganas de salir corriendo», decía, e incluso llegó al extremo de cambiarse de asiento para no estar cerca de él. No sé por qué aquello era, de algún modo, contagioso, y al final yo también me había cambiado de asiento con Jesica para estar lo más lejos posible.
Debido a esto, Ángela y yo éramos las dos únicas chicas de la clase que no estábamos coladas por el señor-, aunque lo mío se debía a otra cosa o mejor dicho persona. Yo lo intentaba una y otra vez (aunque solo fuera porque todos los chicos de la escuela eran terriblemente infantiles), pero no servía de nada: la única persona en mi mente, al momento de pensar en algo remotamente romántico, ya no estaba a mi lado.
Laurent había hecho correr el rumor de que el señor Warren había trabajado como modelo mientras estudiaba en la universidad. Como demostración había recortado un anuncio de una revista en el que un hombre, que se parecía bastante al señor Warren, se enjabonaba con un gel de ducha. Pero, aparte de Laurent, nadie creía que el hombre del gel fuera el señor Warren. El modelo tenía un hoyuelo en la barbilla, y el señor Warren no. Los chicos de la clase, en cambio, no estaban tan entusiasmados con el señor. Sobre todo, Mike Newton, que no podía soportarlo. Hay que decir que, antes de que el señor Warren llegara a la escuela, todas las chicas de nuestra clase habían estado enamoradas de Mike, desde la partida de ellos. Para mí no era más que un estúpido que desde hacía un par de días se encontraba en un estado de cambio de voz permanente. Por desgracia, los gallos y la voz de bajo no le impedían soltar estupideces sin parar.
Mike estaba terriblemente indignado por su suspenso en la prueba de historia.
—Esto es discriminatorio, señor Warren. Merecía como mínimo un notable. No hay derecho a que me ponga notas tan bajas solo porque soy un chico. El señor Warren le cogió el examen de la mano y lo hojeó.
—«Isabel I era tan espantosamente fea que no consiguió tener a ningún hombre. Por eso todo el mundo la llamaba "la virgen fea"» —leyó.
Se oyeron unas risitas ahogadas.
— ¿Qué pasa? Es verdad —se defendió Mike—. Con esos ojos de besugo, esos labios apretados y esos pelos de loca…
Habíamos tenido que estudiar a fondo las pinturas de los Tudor, y efectivamente en aquellos cuadros Isabel I se parecía más bien poco a Kate Blanchett. Pero, primero, tal vez en aquella época se consideraba que los labios finos y las narices grandes eran el colmo de la elegancia, y segundo, la ropa que llevaba era realmente fantástica. Y, además, aunque Isabel I no tenía marido, había tenido un montón de relaciones, entre otras una con sir… ¿cómo se llamaba? En la película el papel lo interpretaba Clive Owen.
—Isabel se llamaba a sí misma «la reina virgen» —explicó el señor Warren a Mike— porque… —Se detuvo en seco—. ¿Te encuentras bien, Señorita Swan? ¿Te duele la cabeza?
Todos me miraron, no me había dado cuenta de que me estaba sujetando la cabeza con las manos.
—No, solo es que… estoy un poco mareada —dije, y me miró—. Todo me da vueltas.
— ¿Estás bien? —Me susurró Ángela al oído—. ¿Quieres que te acompañe al baño?
Le di una pequeña afirmación con la cabeza.
—Acompañaré a Bella a casa —le dijo a el señor Warren, y me levanté—. Si le parece bien.
El señor Warren miro fijamente a Ángela por un rato y luego asintió.
—Me parece una buena idea, señorita Weber —respondió —. Que te mejores, Isabella.
—Gracias —murmure, y me dirigí hacia la puerta con paso vacilante
En el pasillo, las nauseas que había experimentado se había volatilizado. De hecho, me sentía muy bien.
—Ya se me ha pasado —le dije a Ángela
— ¿Y qué? De todos modos, puede volver en cualquier momento. —Deje que me arrastrara en la dirección contraria
—. ¿Dónde demonios tengo las llaves?—Sin dejar de caminar, empecé a revolver en el bolsillo de la chaqueta—. Ah, aquí está.
-Y el móvil. ¿Quieres llamar a tu padre?- me pregunto mientras llegábamos a la puerta del instituto.
—Tranquila, no pasa nada. Puedo ir sola.
La miré de reojo para comprobar que fruncía el ceño. Un hábito que mostraba que estaba inconforme con algo.
— ¿Segura que no quieres llamar a tu padre? O ¿Qué te acompañe?
— ¿Y de qué serviría? —Replique- Solo te haría perder la clase. Y me padre está ocupado investigando los ataques de lobos. Además puedes pasarme tus apuntes.
—Es cierto…
Bajamos juntas los escalones de piedra hacia el hueco donde siempre estacionaba mi auto, Ángela me pidió que le testeara ni bien llegara a casa. Pero yo me limité a dedicarle una sonrisa.
Veinte minutos después me hallaba frente a casa, la puerta se cerró y no pensé más en ello porque de repente volvió a aparecer la sensación de montaña rusa en el estómago. Todo se difuminó ante mis ojos. Se me doblaron las rodillas y tuve que apoyarme en la pared para no caerme. Un instante después había pasado. Mi corazón latía desbocado. Algo me ocurría. Teniendo en cuenta que no estaba en ninguna montaña rusa, no era normal que hubiera tenido vértigo dos veces en dos horas, a no ser que… ¡Bah! Seguramente estaba creciendo demasiado rápido. O tenía… hummm… ¿un tumor cerebral? O tal vez era solo hambre. Sí, debía de ser eso. Desde el desayuno no había comido nada, porque la comida de la escuela había aterrizado en mi blusa. Respiré aliviada.
Cuando llegue a mi cuarto me di cuenta de que no fui a la cocina antes de subir. Al menos, debería haber cogido una manzana. Ahora tendría que contentarme con las galletas de mantequilla de la provisión que guardaba en el armario. Temía tanto que volviera la sensación de vértigo que me comí once, una detrás de otra. Luego me saqué los zapatos y la chaqueta y me dejé caer como un saco en la cama. De algún modo, el día estaba transcurriendo de forma extraña, más extraña que de costumbre. Eran solo las dos. Hasta al cabo de dos horas y media como mínimo no podría llamar a Ángela para compartir mis problemas con ella. Y mi padre tampoco llegaría a casa pasada las seis. Normalmente, me gustaba estar sola en casa. Así podía tomarme un baño tranquilamente sin que nadie llamara a la puerta porque tenía que ir urgentemente al váter. Pero no me apetecía hacer nada de eso. Ni siquiera quería echarme un sueñecito, porque tenía la sensación de que la cama —normalmente, un lugar de recogimiento perfecto— era como una balsa bamboleante en un río de aguas turbulentas, y tenía miedo de que saliera flotando conmigo encima en cuanto cerrara los ojos.
Para ver si se me pasaba un poco, me levanté y empecé a ordenar. Doblé las colchas de lana, sacudí las migas de galleta de la cama, ahuequé bien los cojines y guardé en su caja las piezas de ajedrez que rodaban por el suelo. Incluso regué la maceta de la azalea, que estaba en un rincón, y pasé un paño húmedo sobre la mesa. Luego eché una mirada a la habitación, impecablemente ordenada. Habían pasado solo diez minutos, y la necesidad de compañía era más acuciante que antes.
De repente se me ocurrió una idea para distraerme. Fui hasta la ventana y miré hacia abajo, a la calle. Los dos pisos de la casa nunca me habían parecido tan altos como en ese momento. Para entretenerme, calculé la distancia que había desde allí arriba hasta el suelo. ¿Se podía sobrevivir a una caída de diez metros? Tal vez, si había suerte y caía sobre un arbusto. Tragué saliva. Mis propios pensamientos me parecían siniestros. Para no tener que estar sola más tiempo, decidí arriesgarme a hacer un pequeño paseo.
Como mi abrigo aún estaba colgado en la taquilla de la escuela, me puse el impermeable de papa y me coloqué la capucha ante el portal. Salí corriendo hacia la calle. Llovía a cántaros. Tendría que haber cogido las botas de agua además del impermeable. Las flores de mi magnolio preferido de la esquina colgaban tristemente. Antes de que llegara a su altura, ya me había metido en tres charcos. En el momento en que iba a rodear el cuarto, sentí un tirón en las piernas que me cogió totalmente desprevenida. Mi estómago se encogió como si estuviera en una montaña rusa y la calle se difuminó ante mis ojos para transformarse en un río gris.
Bueno, esta historia tiene como fin el entretenimiento y los personajes no me pertenecen.
Espero que la disfruten y nos veremos en el próximo capítulo.
Slu2
Atropos.
