La semana unida había empezado. Todo el mundo andaba ajetreado en estas fechas; montaban sus puestos en la feria, cocinaban tartas, preparaban juegos en grupo... La presión y el nerviosismo se notaban más cuando un conocido del director llegaba. El señor DeVillain no le gustaba quedar mal ante sus visitas, solían ser importantes. Era un hombre de negocios y muy ajetreado, casi nunca lo veía por el internado.
Eran las ocho de la mañana y ya no podía dormir más. De todos modos tendría que despertarme cinco minutos más tarde para ir a ducharme.
El agua salía muy fría así que tuve que ducharme en poco tiempo. Me puse unos vaqueros, un top azul turquesa y una cazadora. Lucy, una de mis compañeras de cuarto, aún dormía. Escurrí mi pelo mojado encima de su cabeza y, del bote que dio en la cama, nos golpeamos con la cabeza.
"¡Ay!" se quejó.
"Si, ay. Venga, vístete. Debemos ayudar a los otros con esa estúpida feria" dije.
Prefirió no discutir conmigo y se vistió.
El patio estaba diferente. Condecorado, ésa es la palabra. Había un puesto de ésos en los que tiras una tarta de nata a la cara de alguien, otra de besos a tres dólares, una donde vendían repostería... su olor me recordó a una pastelería a la que me llevó mi padre cuando cumplí los cinco. A las once de la mañana se abrirían las puertas del internado y un buen porcentaje de los habitantes de Helena vendrían a visitar nuestra feria anual. Al caer la noche, habría un baile y todo el mundo estaba eufórico ante la perspectiva de poder llevar vestidos y trajes de diseñadores conocidos. Yo no podía permitirme eso así que no asistiría, como todos los años.
"¡Casey!" gritó la voz de Jordi.
Me giré para ver que quería.
"La señorita Morgan me ha dicho que recibiéramos al grupo de visita, ella tenía otros asuntos de qué ocuparse."
"¡Será bruja! La profe se libra de todo y los alumnos a trabajar, ¿no?" me quejé. "Bueno, venga. Supongo que no será tan malo."
Lucy, Jordi y yo nos dirigimos a la puerta metálica, la cual permitía salir de los muros de piedra que rodeaban el instituto. Caminamos unos cinco minutos hasta llegar allí; el internado tenía un gran terreno de campos de trigo dentro de sus muros.
Un autobús amarillo ya daba marcha atrás dejando a un grupo de adolescentes de nuestra edad y a un profesor en silla de ruedas eléctrica al otro lado. Todos se parecían un poco y vestían una camiseta naranja con una inscripción en negro que no pude descifrar.
"Bienvenidos al Internado John Collins. Nuestra profesora no ha podido venir a recibiros así que nos hemos presentado voluntarios para hacerlo" dije sonriendo. Mi trola parecía bastante convincente. Unos cuantos me miraron serios, otros sonreían con amabilidad y otros no prestaban atención.
"Gracias, es muy amable por su parte, señorita" dijo el profesor. Vestía una chaqueta tweed (típico de profesores) y una barba castaña desaliñada. Su pelo era bastante largo y ondulado y sus ojos parecían haberlo visto todo: muertes, reconciliaciones, victorias, derrotas...
Jordi abrió la verja y los dejó entrar.
"Yo soy Jordi" se presentó, "y éstas son Casey y Lucy."
Las dos levantamos la mano para saludar y sonreímos educadamente.
Era un grupo muy extraño, no dejaban de mirar alrededor, cómo si les preocupara que una manada de lobos saliese del bosque y se los comiese para desayunar.
Nos dirigimos al internado y les mostramos las habitaciones que no estaban ocupadas. Jordi y Lucy decidieron que les dejáramos tiempo para que se instalaran y les esperamos en el patio, delante del puesto de repostería.
"Parecen majos" dijo Lucy.
"Sí, pero algunos tienen unas pintas de matones..." dijo Jordi.
"Bueno, no se puede juzgar por el aspecto" intervine.
Diez minutos más tarde salieron por la puerta del pasadizo principal y se nos acercaron todos menos tres alumnos y el profesor, que se dirigieron a la parte delantera del edificio. Seguramente serían los pocos que se habían interesado por la arquitectura. Debo reconocerlo, la idea de incorporar un edificio de estilo románico en medio de Montana fue grandiosa.
"Hemos oído por ahí que ésta noche hay baile" me dijo una chica con el pelo moreno que podría haber sido un clon perfeccionado mil veces de Kasandra de no ser que era morena y más bonita.
"Eh... sí, se hace en el gimnasio. Empieza a las ocho y media y termina a las once. Puede ir cualquiera" le informé.
Ella asintió satisfecha y se fue a saltar de alegría con otro chico y otra chica que podrían ser sus hermanos.
Les dimos un tour por todos los rincones del colegio, incluso en 'El lago de las lamentaciones'. Lo llamamos así porque la gente siempre viene a llorar sus penas por aquí. Pero el nombre no tenía nada en comparación a su belleza. El agua era nítida y fría y solo podías bañarte allí el último día antes de las vacaciones de verano a principios de junio. Algunos salían a hurtadillas y se bañaban aún estando en mayo, pero a mí no me hacía falta; pasaba todo el año encerrada en aquellos muros y el director siempre me dejaba bañar en él. Era un buen tipo.
El baile empezó y me quedé sola en mi habitación. No dejaba de pensar la pesadilla que tuve la noche anterior, me ponía los pelos de punta. Cogí una regla, un lápiz, un borrador y un papel y me puse a diseñar, que es lo que hago cuando quiero olvidarme de algo. Cuando tuve dos líneas trazadas alguien llamó a mi puerta.
"Adelante" dije.
Lucy entró con los ojos rojos de haber llorado y me miró con tristeza.
"He... he perdido el colgante que me regaló mi madre antes de morir, no lo encuentro."
Me levanté y fui a darle un abrazo. Sabía que ése colgante era muy importante para ella y que perderlo era lo peor que le podría ocurrir.
"Cálmate" la tranquilicé. "¿Dónde lo viste por última vez?"
"Cuando no dirigíamos al lago" dijo sollozando.
La acompañé y juntas buscamos su colgante, que era de oro y tenía una inscripción en la que ponía: SIEMPRE A TU LADO. Estuvimos buscándolo unos diez minutos y no encontramos nada. Lucy, deprimida como estaba, se dirigió al gimnasio a preguntar si alguien lo había visto. Yo seguía buscando: debajo las piedras del camino, entre la hierba y las flores... Al acercarme a unas margaritas que había al lado del camino, unos arbustos se movieron. Lo primero que se me ocurrió fue el viento, pero no hacía, así que solo podía ser una diminuta criatura del bosque. Un ratón quizás. No sabéis lo equivocada que estaba.
Lo que debía ser mi criatura del bosque salió de entre los arbustos. Por lo que parecía, debía ser una rata gigante porque la silueta que llegaba a distinguir a la luz de la luna era enorme. Unos dos metros quizás. Dos puntos dorados aparecieron en la sombra. Deberían ser los ojos, pero las ratas no los tienen tan juntos... A medida que se me acercaba empezaba a distinguir: tenía pico y plumas, cuerpo, garras y cola. Era una mezcla de león y águila. De todo lo que me había ocurrido en mi vida, esto era lo más increíblemente extraño. Eso era normal en mi vida. Solía tener alucinaciones. Una vez vi a un perro de unos tres metros de alto, con los ojos rojos y unos dientes asquerosamente afilados. Cuando les conté a mis amigos lo que había visto creyeron que estaba loca. Ya me había acostumbrado a que la gente pensara eso de mí.
Sentí cómo la curiosidad recorría mis venas y quise acercarme a él. Mal hecho. Sus ojos dorados me miraban con furia y soltó un chillido ensordecedor. Lo siguiente que hizo me sorprendió; arremetió contra mí y me mandó siete metros más lejos. No paraba de soltar chillidos agudos y estremecedores. Era cómo oír el ruido de unas uñas rasgando una pizarra pero multiplicado por cien. Insoportable. Quería levantarme y hacer algo pero el tobillo me ardía y el pecho me dolía del impacto con la cabeza de la criatura. Cuando creía que éste sería mi fin, algo chocó contra la bestia y lo apartó de la trayectoria.
Era un chico con una camiseta naranja y un collar de cuero marrón con una cuenta de arcilla. Genial. Se acercó a mí y se arrodilló a mi lado.
"¿Estás bien?" preguntó. Sus ojos azul mar me miraban con preocupación.
Me sentía bien, pero cuando intenté decir algo no pude. El pecho me dolía mucho. El maldito monstruo me había sacado el aire de un golpe, o más bien dicho, de un cabezazo.
"Tómate esto, no abuses o... bueno, no abuses."
Me dio una cantimplora y desenvainó una espada. No me había fijado en eso. Llevaba una espada y no había reparado en ello. Pero ¿qué demonios hacía un crío de unos trece años empuñando una espada? El chico se preparó para darle una estocada al monstruo pero me acordé de algo. Cogí todo el aire posible intentando reprimir el dolor de mis costillas.
"¡No!" conseguí gritar.
El chico me miró desconcertado y la criatura se paró de golpe, sólo pateaba el suelo con una de sus patas delanteras. Si bien me acordaba, en la mitología antigua había un monstruo medio águila, medio león, ¿cómo se llamaba...? ¿frigo? no, ¡grifo! Sé que parecía algo estúpido pero lo intenté.
"¡Es un grifo, no les gustan los movimientos bruscos ni las amenazas!"
"¿Y qué quieres que haga, dejar que nos mate?" preguntó.
"No. Quédate quieto" le ordené.
Y lo hizo. Se quedó inmóvil como una estatua. El grifo paró de patear el suelo e hizo lo mismo.
"¿Y ahora qué, listilla?"
"Debes ganarte su confianza, mostrarle que eres pacífico" le expliqué intentando ignorar el estúpido mote que me había puesto.
"¿Cómo voy a ser pacífico si él no lo es?"
"¡Hazlo y calla!" le espeté.
Hizo el gesto de cerrarse la cremallera de su boca y me sonrió. Una bonita sonrisa podría decirse, pero me ponía de los nervios. Me sentía cómo si no debiera estar hablando con él, como si fuera en contra de mis principios.
El chico empezó a hablar al grifo para calmarle y se acercaba lentamente. Éste lo imitó hasta que su cabeza y la mano del muchacho se tocaron. Como si fuera un héroe, el chico sonrió satisfecho y le dijo algo como "lárgate de aquí antes que otro chico intente matarte". El grifo asintió. Desplegó sus alas y echó a volar.
Reparé en que aún sostenía la cantimplora. No solía fiarme de los desconocidos, pero aún así lo hice. Eché un sorbo de un líquido un poco espeso que sabía fresas con chocolate. Mi comida favorita. Pero el líquido era blanco, era imposible que aquello fuera chocolate con sabor a fresas. En pocos segundos me sentí más fuerte y recuperada. El tobillo ya no me ardía y el pecho no me dolía tanto.
El chico me tendió una mano y me ayudó a ponerme de pie.
"¿Tu eres Casey, verdad?"
"Creía que para ti era listilla" respondí.
"Si tu lo prefieres así..."
"Me da igual lo que me llames" dije con indiferencia, "sólo quiero que me dejes en paz."
Puede que me hubiera pasado. Su expresión estaba dolida, pero tenerlo tan cerca de mí me hacía sentir violenta. Di media vuelta y me dirigí hacia el lago. Me senté en una roca y puse los pies en remojo. El agua estaba preciosa bajo el resplandor de la luz de la luna. Parecía un charco de plata.
Alguien se sentó a mi lado. Era aquel chico.
"¿No vas al baile?" preguntó.
"Eso no es cosa tuya" le espeté.
"Me da la impresión que no te caigo muy bien..."
No quise responder. Ahora mismo estaba muy cansada y confusa. Lo que acababa de pasar... bueno, me superaba. Y como siempre, me hice una pregunta que yo no pude responder.
"¿Cómo has podido ver a ése grifo?" pregunté.
Él me miró desconcertado.
"Quiero decir, a mi esa clase de cosas suele pasarme, pero cuando se lo cuento a mis amigos no me creen o no ven lo mismo que yo. ¿También se te ha ido la olla?"
Se puso a reír, pero reír de verdad. Me miró divertido y dijo:
"No, no se me ha ido la olla. Y a ti tampoco. Eso es todo lo que puedo decirte hasta ahora. Si te contara más sería peor."
Ahora la que estaba confundida era yo. ¿Qué?
"Solo puedo decirte que no estás loca, y que nosotros tampoco."
"¿Vosotros?" pregunté.
"Sí, el grupo de visita y yo" especificó. "Ah, por cierto, me llamó Jake. Jake Morrison."
Me tendió la mano para que se la tomase. Lo hice, sólo por educación.
Me contó que era mejor no pensar en lo que me había dicho o había pasado, que sólo conseguiría confundirme más y no podría dormirme de tanto pensar. Y eso hice. Me fui a dormir con un solo pensamiento: debía encontrar el colgante de Lucy.
