Segunda parte. Ya sólo queda el epílogo. Espero que lo disfruteis.


Intentaron renunciar al vestido, pero no había resquicios legales. Por mucho que Astoria y Hermione buscaron, no encontraron nada a lo que agarrarse. La tradición era clara: si la boda se celebraba con cualquier otro vestido, una maldición caería sobre ellos, y nunca podrían ser felices juntos. Nunca jamás.

Narcisa vino desde Francia para ayudarlos a encontrar a alguien para Ron. Draco apenas conocía a chicas, y las que conocía no le parecían apropiadas para el pelirrojo. Pero aun así, con su madre como anfitriona volvieron a hacer lo que se juró no repetir: la Mansión Malfoy abrió sus puertas y Draco le presentó a Ron a cada chica casadera del Londres mágico.

Pero nada.

Tras cinco meses, y con junio y la boda a la vuelta de la esquina, los nervios de todos empezaban a estar a flor de piel. Habían probado todo lo que se les había ocurrido. En su desesperación, Draco incluso le presentó a algunas conocidas ya casadas, argumentando que no le importaba hacerse cargo de sus maridos.

Solo había una mujer a la que Hermione se negaba a que le presentasen a Ron. Astoria.

—No, en serio, ella no.

—Estoy desesperado, Hermione, estoy por presentarle a mi madre.

—Ya la conoce.

—¿Por qué te niegas a que Astoria conozca a Weasley? —Estaban abrazados en la semioscuridad de su habitación—. ¿Eso no debería decirlo yo?

—Ella es preciosa, inteligente, una dama.

—¿Y?

—Ronald es un bruto.

—Por Merlín, es tu amigo. Me siento ridículo defendiendo a la comadreja —Rió suavemente contra su cuello—. Además, te aseguro que sabe defenderse sola.

—No contra un "Weasley".

—¿Un qué?

—Un "Weasley" —Hermione suspiró—. Mañana vendrán a casa. Le pediré a Ginny que te lo enseñe, es difícil de explicar.

El chico no pudo evitar reírse ante el tono abatido de la muchacha, mientras volvía a besar su cuello, haciendo que se centrase en pensamientos mucho más agradables. Pero a él no se le terminó de ir de la cabeza, y esa noche se durmió preguntándose qué sería aquello tan terrible que le iban a hacer los pelirrojos.

Por la tarde estaban todos en el apartamento de los novios. Estaban ocupados con los miles de pequeños detalles de última hora que hay que preparar en una boda, así que tenían un montón de revistas. Draco y Hermione tenian muchas decisiones que tomar. Ginny como madrina los ayudaba en algunas. Los otros dos solo prestaban apoyo en los contados casos en los que les pedian su opinión. Asi que intentaban no molestar demasiado, y sobre todo no pelearse.

—Bueno, Weasley, creo que ya te he presentado a todas las mujeres que conozco, así que tendré que quemar mi última nave.

—¿Una prima jorobada?

—No, mi ex. ¿Recuerdas a Greengrass?

Ron lo miró con una sonrisa ladina, acercándose a donde Draco estaba sentado con una revista sobre bodas que Ginny y Hermione le enseñaban.

—¿Esa rubia que iba con Parkinson, la que estaba que te cagas de buena?

—Su hermana pequeña.

—Jorobada.

—¿Qué parte de que fue mi ex no has entendido? —Se levantó, señalando distraídamente a Hermione con la revista—. A las pruebas me remito sobre que tenemos el mismo gusto.

Estaban frente a frente, mirándose, en silencio, el rubio era un poco más bajo que Ron y de menos envergadura, pero ambos eran igual de cabezotas y orgullosos . Las dos mujeres y Harry, que hasta el momento había estado mirando por la ventana, aguantaban la respiración. Draco había sido muy directo con ese comentario, y no sabian cómo podría tomárselo Ron.

Empezó a reír. A reír de verdad, mientras palmeaba la espalda de Draco.
—Qué cabronazo eres. Pero tienes toda la razón. Tenemos el mismo gusto —Todos respiraron aliviados, volviendo a lo suyo—. Si alguna vez le haces daño te mataré, Malfoy —Su voz fue apenas un murmullo.
—Te daré mi propia varita para que lo hagas —respondió Draco, en el mismo tono.
Ambos hombres se dieron la mano con una sonrisa, y en ese momento una lechuza llamó a la ventana. Abrieron, para ver a quién iba dirigido el mensaje. Era para Hermione, de parte de Nia Dhen, con sólo cinco palabras: Primera parte del pago realizado.
Los cinco se miraron sonrientes, por lo menos les quedaba un poco menos.
— Por cierto, pelirrojos. ¿Qué es eso de un Weasley de lo que me ha hablado Hermione con tanto miedo? —Draco miró a Ginny con curiosidad—. Incluso habló de pedirte que me hicieses una demostración.
El salón volvió a quedarse en silencio.
— ¿Un "Weasley" de Gin? Dios, Draco. Eso es un suicidio —Harry se acercó, poniendo una mano en el hombro del chico—. Perdona que sea tan poco delicado, pero... ¿Eres heterosexual?
Draco lo miró, alucinado por una pregunta tan directa y personal.
—Bueno. Sí. Una vez me emborraché en el colegio y me di un beso con un chico, pero aparte de eso...
Ginny se acercó a Harry, acariciando su cuello con un dedo mientras sonreía.
—Que sea Ron. Conmigo podría achacarlo a que soy una chica más o menos atractiva. Con él no habrá excusas.
—Empiezo a tener miedo.
Hermione se acercó a él, sin mediar palabra le pasó los brazos por el cuello y lo besó, poniendo toda su alma en ello. Draco, al principio, se quedó desconcertado, pero pronto respondió al beso con las mismas ganas, sujetando a la muchacha por la cintura.
Se separaron cuando necesitaron volver a respirar.
—Esto es un arma. Concéntrate en mí, en mis labios, en lo que acabas de sentir.
—Eso es trampa, Hermione.
—CÁLLATE, RONALD.
—Creo que alguien tiene miedo —La risa de Ginny sonó como una fuente por todo el salón—. Muy bien, Granger, si tú ayudas a Malfoy, yo tendré que ayudar a mi hermano. Vamos, Ronnie. Te ayudaré en un par de cosas.
—¡Ouch! Cagada, Hermione. Mi Gin es la mejor —Parecía divertido con todo aquello.
Mientras los pelirrojos conferenciaban, Harry y Hermione intentaban dar consejos de última hora a Draco.
—Hagas lo que hagas, no cierres los ojos. Si te atrapa con la voz estás perdido.
—Pero intenta no mirarlo fijamente demasiado tiempo. Esos ojos azules como lagos helados del norte te atraparán y nunca te dejarán escapar —recomendó Hermione.
—¿Lagos helados del norte?
—Me colé de él con catorce años, tengo muchas metáforas horteras para sus ojos. Pero voy a casarme contigo, así que... ¡Supéralo!
—¿No le gusta mucho perder, eh, Potter?
Sonrió, palmeando el brazo del muchacho, que parecía visiblemente nervioso, intentando darle ánimos. No tenía ni idea de a qué se enfrentaba.
Las luces del apartamento descendieron levemente, volviendo el ambiente bastante más acogedor. Harry y Hermione se levantaron, retirándose. Podían quedarse y mirar, siempre que no dijesen ni una palabra.
A Draco le sudaban las manos. ¿De qué iba todo aquello? ¿Qué iba a hacerle Ron? Quizás no había sido tan buena idea pedir aquella demostración. Se levantó para estirar las piernas, acercándose a la ventana. No tenía ni idea de dónde se habían metido todos, y no sabía si quería saberlo. La vista desde el apartamento era espectacular. Era un ático enorme que él y Hermione eligieron cuando se fueron a vivir juntos. Se relajó un poco al ver las luces brillar en la noche londinense.

—Ten, te he traído un poco de té. No hagas caso a esos exagerados. Se están burlando de ti.

El pelirrojo estaba a su lado, mirando por la ventana, mientras le tendía una taza. No lo miraba, pero una sonrisa indolente asomaba a sus labios.

—¿Qué es un "Weasley"? —Draco tomó un trago y después lo miró con desconfianza—. ¿No me habrás drogado, verdad?

Ron rió suavemente mientras negaba con la cabeza, sacó la varita y lanzando un hechizo sencillo le demostró que la bebida era inocua.

—Gracias por el té. Es mi preferido.

—Lo sé. Le pregunté a Hermione —Hizo una pausa. Parecía un poco avergonzado, o preocupado—. Parecias tan nervioso. Nos pasamos con la broma. Un Weasley no es nada. Es algo que inventaron los gemelos para poner nerviosa a la gente. Dices que vas a hacerles un Weasley y creas muchísima expectación acerca de nada.

Draco lo miró sorprendido.

—¿Todos querían seguir y tú paraste la broma?

Ron asintió, volviendo a mirar por la ventana, y suspiró, algo triste.

—¿Hermione?

—Ella esta loca por ti, Draco. Pero tiene ese punto macarra. Demasiado tiempo viviendo entre pelirrojos. Lo siento.

—No es tu culpa.

—¿Qué te parece si nos sentamos junto al fuego con estas tazas de té y me hablas de mi futuro amor verdadero?
Draco rió divertido ante el desparpajo del otro, y lo siguió hacia la chimenea. Fue a sentarse en el sofá, pero el pelirrojo lo hizo en la alfombra y palmeó un sitio libre a su lado.
—Siéntate aquí, así esos cotillas nos dejarán un poco tranquilos. Quiero que me hables de ella sin interrupciones.
—Pues veamos. Es muy sangre pura. Muy rica y muy guapa.
—Vamos, Malfoy. Me conoces un poco mejor que eso.
—A ver, tiene el pelo castaño oscuro, los ojos verdes. El contraste de color es parecido al de Potter.
—Comparándola con mi mejor amigo me convences, tío —Ron volvió a beber de su taza, escondiendo una sonrisa.
—Siempre pensé que tú y Harry saldríais algún día del armario, y que se vaya a casar con tu hermana pequeña... reconoce que es un poco sospechoso.
—¿Crees que proyecta su deseo por mí en ella? —Se miraron a los ojos, serios, durante un interminable minuto—. Gracias a Merlín, tío, pensaba que era el único que se había dado cuenta.
Las carcajadas resonaron por todo el salón, mientras ambos hacían auténticos esfuerzos por dejar de reír.
—¿Desde cuándo la conoces?
—Desde siempre. Aunque empecé a fijarme en ella en mi último año en Hogwarts. Ella tenia dieciséis.
Hablaron durante una o dos horas. Draco le contó a Ron todo sobre Astoria. El pelirrojo parecía beber sus palabras como si de un elixir se tratase, hacía preguntas sin parar, pero no de forma agobiante, era divertido y lo hacía sentir cómodo hablando de ella. Quizás por eso se sintió capaz de preguntar, a su vez.
—¿Qué paso, Ron? ¿Qué ocurrió con Hermione?
La cara del pelirrojo se tornó seria, sin rastro de la diversión que habían compartido hasta hacía unos segundos.
—Cuando sus padres murieron necesitaba más al amigo que al amante... y cuando lo superó, no pudimos recuperar esa parte que habíamos perdido. Aún la quiero, Draco, tanto que daría mi vida sin dudar por ella. Pero ya no estoy enamorado —Ron volvió a sonreír, un poco triste mientras le ponía la mano en el hombro, y sus ojos como dos lagos helados lo miraban. Eran tan azules. Tan, tan azules. Azules. Cerró los ojos por un momento, un poco mareado, y sacudió la cabeza. ¿Qué estaba pasando?

—¿Draco, estás bien? —Su voz era suave como una caricia. Sonaba genuinamente preocupada, sobre su mejilla, mientras sus manos sujetaban su cuello con delicadeza—. Draco, mírame—. La voz seguía siendo delicada a pesar de la evidente orden. Sin saber muy bien la razón, obedeció, abriendo los ojos. Vió la preocupación pintada en su cara. Sentía la boca seca, así que se lamió los labios, sin ser capaz de decir nada.

— ¿Quieres besarme?—El susurro fue como un suave viento sobre sus labios.

—Sí —dijeron sus labios, sin que su cerebro interviniese.

—Eso es un "Weasley" —Ron se fue alejando poco a poco, mientras ayudaba al chico a recobrarse—. Son técnicas que llevamos años recopilando. Yo sobre todo soy bueno en el lenguaje, cosas como los acentos o las entonaciones. Ginny es genial leyendo a la gente. Ella me dijo que contigo debia ser muy correcto y británico. De ahí el detalle del té.

—Ha sido impresionante. Realmente quería hacerlo.

—Y he tenido que vencer tu reticencia heterosexual. Si hubiese sido Ginny, no habrías durado ni un minuto. Es la mejor de todos nosotros —Ron bebió de su té, con un movimiento de varita volvió las luces a la normalidad y llamó al resto con un gesto.

—¿Qué tal le ha ido? —Hermione parecia ansiosa.

—Tu récord sigue imbatido. No sufras —El pelirrojo escondió su sonrisa tras la taza.

—¿Récord? —Draco la observaba, curioso.

—Un minuto, cuarenta y siete segundos —dijo Harry, mirando por la ventana.

—Vaya Ronald, eres bueno.

—No fue mi hermano, Malfoy. Fui yo.

Draco miró a Ginny con la boca abierta.

—¿Conseguiste que te besase en poco mas de minuto y medio?

—Y eso que solo empezaba a entrenarme.

—¿Y tú, Potter?

—Harry es nuestro récord por arriba. Casi tres días —Ginny sonrió, cogiendo la mano de su novio.

—¿Tardaste tres días en besar a Ginny? ¿Por qué? Es preciosa.

—Gracias por el halago, Draco. Pero conmigo no hubiese funcionado. A Harry el Weasley se lo hizo Charlie. No es efectivo si estas enamorado.

—¿Quién lo empezó?

—Nuestro hermano Bill —Ron le dio a Draco un vaso de agua, que este bebió agradecido.

—¿El que se casó con la veela?

—El mismo —Ginny sonreía de oreja a oreja, y le guiñó un ojo.

—No querras decir que él...

—No se compra el amor verdadero con un "Weasley", Draco. Como mucho consigues un beso, un revolcón, que la gente tienda a confiar en ti. Pero nada más. No es Amortentia —Harry sujetaba la mano de Ginny.

—Tenéis que enseñarme.

Los pelirrojos se miraron entre ellos, y volvieron a mirar al muchacho, con una sonrisa.

—Nos lo pensaremos.

El encuentro entre Ron y Astoria se organizó para el día siguiente. Pensaron en ir todos juntos a cenar, y después a tomar algo. Algo más informal que las fiestas a las que habían sometido a Ron en los últimos tiempos, menos una cita a ciegas y más una salida entre amigos.

Ron estaba nervioso, para qué negarlo: había oído hablar demasiado de Astoria Greengrass como para no estarlo. Apenas la recordaba del colegio como una sombra morena detrás de su exuberante hermana. Volvió a mirarse en el espejo, dándose un último vistazo. Vaqueros azul oscuro, camisa blanca y chaqueta, no pensaba ceder más. Draco quería llevarlos a un sitio de esos de postín, pero al final lo habían convencido para ir a un lugar un poco menos estirado, y con unas raciones más abundantes. Un sitio donde la corbata no era obligatoria.

El restaurante era encantador. Los dueños parecían conocer a los Weasley y a Harry, y rápidamente los llevaron a una mesa donde les sirvieron la bebida, a la espera de que llegasen los demás.

—¿Estás nervioso, hermanito?

—En serio, Ginny, ¿sabes lo que es el karma?

—Yo sí —dijo Harry, con un suspiro—. Y en otra vida debí ser un pedazo de cabrón, porque en esta no paro de aguantar peleas estúpidas.

—Vale, vale. No más peleas. Sólo tenía curiosidad —Ginny alzó ambas manos en señal de paz.

—Claro que estoy nervioso. Puedo estar a punto de conocer al amor de mi vida. No todo el mundo lo tiene claro a los once años, como tú.

Un silencio pesado se instaló en la mesa, pues durante años él también creyó que Hermione era su alma gemela. Por suerte, los tres invitados restantes eligieron ese momento para hacer su aparición.

Hermione se sentó junto a Harry, depositando un delicado beso en su mejilla, al tiempo que Ron se levantaba como activado por un resorte, sin poder apartar sus ojos de Astoria. Era preciosa. Nada de joroba, eso debía reconocérselo a Malfoy: su gusto por las mujeres era impecable.

—Bueno, terminemos con esto —Draco parecía divertido—. Astoria Greengrass, te presento a Ronald Weasley. Ron, ella es Tori.

Se quedaron mirándose, sonriendo, mientras alargaban las manos lentamente, hasta estrecharlas. Todos contenían el aliento, quizás esperando alguna señal. Pero nada sucedió.

—¿Habéis sentido algo? —Hermione estaba tan ansiosa que su voz temblaba.

Ambos se giraron a mirarla con las manos aún entrelazadas, negando con la cabeza.

—No os preocupéis. Quizás tengáis que conoceros un poco —Harry sonrió, animándolos—. A mí me ocurrió.

—No tengo seis años, Potter —El susurro de Hermione fue perfectamente audible. Draco se acercó a ella, empezando a calmarla con palabras suaves y pequeñas caricias en la espalda. Toda la tensión de los preparativos de la boda, más el precio imposible de pagar del maldito vestido, se estaba llevando su buen humor.

—¿Está enfadada con nosotros por no enamorarnos a primera vista? —Astoria se sentó entre Ron y Ginny, mientras miraba con preocupación a Hermione.

—No, no está enfadada. Es sólo que esto nos esta afectando a todos y ella nunca ha llevado muy bien la presión. Se volvía loca en los exámenes. Además —sonrió levemente, al tiempo que la miraba directamente a los ojos—, ¿quién dice que yo no esté enamorado?

Ella rió suavemente ante la ocurrencia, golpeando su rodilla, lo que hizo que el muchacho alzase una ceja, divertido.

La cena fue muy bien una vez que Hermione volvió a respirar con normalidad, y después decidieron ir a beber algo a un pub. Iban caminando por la calle, envueltos en una animada conversación. Astoria había resultado ser una gran admiradora de las "Harpías" y ella, Harry y Ginny andaban muy entretenidos hablando de ello.

—Ron.

—Dime, Hermione —El chico caminaba junto a la pareja, un poco retrasado respecto a sus amigos, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.

—Tienes que hacérselo.

—¿Qué tengo que hacerle a quién? —preguntó el chico, mientras miraba distraído el perfecto trasero de Greengrass, enfundado en su falda de diseño.

—Un "Weasley" a Astoria.

—¿QUÉ? —gritaron Draco y Ron a la vez, sorprendidos.

—Pensé que no servía en estos casos —dijo Draco, bajando la voz.

—¿Cómo crees que conseguí que me besases por primera vez?

—¿QUÉ?

—Si seguís gritando a la vez eso, la gente empezará a pensar que sois retrasados.

—¿Usaste el conocimiento ancestral de mi familia para ligarte a Malfoy?

—Lo hice. Y si valoras en algo tu vida, tú lo harás para ligarte a Greengras, o te juro por todo lo que me es sagrado, Ronald Weasley, que lo de los pájaros te parecerá una anécdota graciosa —amenazó Hermione con voz cavernosa. Se soltó del brazo de Draco y fue a refugiarse junto a Harry, que con toda la naturalidad del mundo le pasó un brazo por encima de los hombros y la besó en la frente. Era el único capaz de calmarla un poco cuando tenía uno de sus poco frecuentes accesos de ira.

Los chicos se miraron, confundidos.

—¿Qué pájaros?

—En sexto curso, cuando me vio besándome con Lavender, me lanzó una bandada de canarios de papel. Sus picos cortaban como el acero —Ron lo miró con los ojos llenos de pánico—. Hagas lo que hagas, no la cabrees, tío. No la cabrees.

—Venga, cálmate. Tienes que ponerte de humor para seducir a mi mejor amiga —Draco le palmeó la espalda, intentando darle ánimos—. Y eso es algo que no quiero perderme.

Una vez en el pub, tras sentarse en una mesa con unas bebidas, pasaron un rato agradable de charla hasta que Hermione le pidió a Draco que la sacase a bailar, y las costillas de Harry gimieron ante el codazo que le dio para que hiciese lo mismo con Ginny. Aún así, antes de irse lanzó una significativa mirada a Ron, como recordándole lo que tenía que hacer.

—Qué sutiles son —La risa divertida de Astoria rompió el silencio incómodo que se había instalado entre los dos.

Ron empezó a respirar suavemente, intentando calmarse, necesitaba tener todos sus sentidos focalizados. Comenzó de forma progresiva, modulando la voz, cambiando sus gestos, forzando sonrisas que no sentía. No quería hacer aquello, pero no era la primera vez que se veía obligado a usar un Weasley y sabía que ello no le restaba la más mínima efectividad.

—¿Suele funcionarte?

—¿Cómo? —La súbita pregunta hizo que perdiese la concentración por un momento—. ¿A qué te refieres?

—A todo este numerito. A eso que haces con la voz, no sé, a todo —Astoria alzó una ceja, interrogándolo con la mirada—. Hasta que has empezado a hacerlo me lo estaba pasando muy bien contigo.

—¿No te han dado ganas de acercarte a mí?

—¿Acercarme? Me han dado ganas de salir corriendo.

—Es increíble. Eres inmune —Ron le cogió las manos, maravillado—. O quizás es sólo que lo estaba haciendo sin ganas.

—¿Qué estabas haciendo sin ganas?

—El juego, Hermione me obligó a hacerlo. Aunque no lo creas, suele funcionar —Ron suspiró, con una sonrisa arrepentida—. No se lo tengas en cuenta, no suele comportarse así.

—Lo dicho. Muy sutil —Astoria acarició suavemente sus manos aún entrelazadas, y le devolvió la sonrisa.

—A Hermione nunca se le ha dado bien la estrategia, el ajedrez es lo mio.

—¿Juegas al ajedrez? A mí me enseñó mi padre. Lo dejé un poco de lado cuando fui a la universidad, pero aún me gusta jugar alguna partida. Nunca conseguí aficionar a Draco.

Ron la contempló, con los ojos abiertos como platos.

—Cásate conmigo —La petición le salió desde lo más profundo, haciendo que ambos se quedasen primero callados, y después estallasen en carcajadas.

—¿Quieres casarte conmigo porque sé jugar al ajedrez?

—No. Quiero casarme contigo porque estás buena, eres inmune al Weasley y sabes jugar al ajedrez.

—Empiezo a sentir verdadera curiosidad por eso del Weasley —Se quedó mirando sus manos, aún juntas—. Pero antes de responder a tu bien pensada y nada precipitada oferta, debo pedirte algo.

—Dime.

—Bésame. Nunca podría casarme con un hombre que no supiese besar.

La boca de Ron se secó al instante. Ella lo miraba con una sonrisa divertida en los labios, como retándolo. Soltó sus manos con reticencia para hundirlas lentamente entre su pelo, sujetándola con suavidad por el cuello, acariciando sus mejillas con los pulgares. Se inclinó despacio, hasta que sus labios se unieron. Pretendía darle un beso dulce y casto, no era de los que van dando un espectáculo de lenguas en un lugar público, pero sin saber cómo se encontró con la lengua de Astoria haciendo maravillas dentro de su boca.

Desde la pista de baile, cuatro personas los miraban sin terminar de creerse lo que veían.

—Parece que ha funcionado —Hermione no sabía cómo sentirse. Su parte racional sabía que debía estar alegre por su amigo, pero durante un momento no pudo evitar sentir un pellizco de celos, que desechó al instante.

—No es ella la seducida, sino él —Ginny miraba a su hermano con una mezcla de incredulidad e incomodidad—. Por favor, que alguien los pare o vomitaré la cena.

Por suerte, los aludidos parecieron recuperar la consciencia el tiempo suficiente para recordar dónde se encontraban.

—Sácame de aquí —susurró Astoria contra el cuello del pelirrojo—. Estoy a diez segundos de violar el estatuto de secreto y aparecernos en mi apartamento.

Ron miró sus ojos velados, y sin hacer más preguntas cogió sus cosas. De la mano de la muchacha salió por la puerta sin apenas despedirse de sus amigos, que los miraron irse con cara de estupefacción.

Esa misma noche al llegar a casa, Draco y Hermione recibieron la lechuza que les confirmaba que el pago estaba completo.

Las cosas no eran tan simples, obviamente. Aunque Ron y Astoria tuviesen posibilidades de ser felices, una relación es algo que se construye día a día. La gente pensaba que eran demasiado diferentes, que nunca podrían superar el subidón de los primeros meses. Pero los sorprendieron.

La boda pasó. Fue tan maravillosa como prometía. Hermione estaba radiante en su precioso vestido. El novio la miraba embelesado, cosa que lo hizo blanco de no pocas bromas de sus ex-compañeros de colegio. Pero el mundo estaba cambiando, y la boda entre una heroína de la guerra y un Malfoy cerraba más heridas de las que abría.

Hermione había pedido a Ginny, Luna y Astoria que fuesen sus damas de honor, y las tres aceptaron encantadas. Por su parte Draco pidio a Nott, Zabbini y, para sorpresa de todos, Ron, que fuesen sus padrinos. Fue raro ver a los dos mundos colisionar en la boda (nunca antes había habido tanto auror en una celebración de este tipo, aunque se contasen entre los invitados). Al principio, la tensión era palpable, pero conforme la gente mayor se fue retirando y el alcohol corrió con más libertad, la tensión empezó a derretirse como un terrón de azúcar en un vaso de agua.

Cuando llegó la hora de lanzar el ramo, la novia se llevó a la madrinas aparte en una hábil maniobra. Lo lanzó sólo para las tres, al tiempo que Luna y Astoria lanzaban un sonoro "Protego" para evitarlo, Ginny lo recogió, mirando a sus amigas con una mezcla de enfado y diversión evidente.

—Qué sutiles sois, chicas.

—Ha sido idea de Astoria —Hermione sonreía, incapaz de dejar de hacerlo.

—Eso, culpad a la Slytherin —La chica intentó sonar ofendida, pero no lo consiguió.

Luna solucionó el problema abrazándolas a todas, de ese modo tan especial que tenía de dejarse de tonterias y decir o hacer lo que realmente importaba.

Cuando volvieron a la fiesta, Harry miró el ramo en la mano de Ginny y no pudo evitar alzar una ceja mientras una sonrisa interrogativa se formaba en sus labios.

—¿Me dirás que sí, entonces?

—Es la tradición, Potter. No me queda otra.

—Pobre Weasley —dijo el muchacho, sujetándola por la cintura—. Somos todos tan malos contigo.

—Soy una víctima, he sido traicionada por mis amigas —Empezaba a costarle contener la risa.

—Al final sólo me dejaras la opción de secuestrarte y llevarte a Gretna Green para un matrimonio apresurado —Ginny notó el aliento de su novio junto al oído, erizándole el pelo.

—No serías capaz —La risa se había esfumado, sustituida por otra cosa, no sabía muy bien si deseo, un poco de miedo, o expectación. Harry solía ser muy tranquilo, pero ella sabía muy bien que bajo toda esa calma se ocultaba una voluntad de acero.

—No me pruebes, Ginevra. Podría sorprenderte.

Ron se acercó en ese momento, liberando a su hermana pequeña de responder.

—Vaya Potter, veo que por fin harás de mi hermana una chica decente —comentó, señalando el ramo. Si las miradas matasen tendrían que haber detenido a Gin por fratricida.

Por fin llegó el momento de que los novios se marchasen. En realidad se irían de viaje cinco días más tarde, pero después de todas las emociones del día tenían ganas de pasar un tiempo a solas. Así que salieron a la calle, se despidieron de todos y se marcharon en un Rolls Royce, con chófer, porque según Draco hacerlo a lo muggle no significaba hacerlo sin estilo, y se fueron a descubrir dónde los mandaban Ron y Astoria a empezar su vida como matrimonio. Sus amigos sólo les habían dicho que era un lugar en el centro de Londres, pero cuando el coche les dejó frente al hotel y el botones los acompañó a su habitación, no podían creerlo. La suite del ático del Hotel Sant James era increíblemente lujosa. Contaba con un dormitorio principal, uno secundario, dos salas de estar, dos baños y una amplia terraza. Decorado con un gusto exquisito, aunque un poco barroco para las preferencias minimalistas de Hermione, debía reconocer que era ideal para recibir a los familiares de su marido que sin duda se "aparecerían" por allí en los días siguientes. Astoria había elegido el Sant James, precisamente por su doble administración tanto dirigida a muggles como a magos. Era por ello que debían recordar levantar las protecciones mágicas necesarias: no quería encontrarse con una legión de Malfoy apareciéndose mientras aún estaba "ocupada" con su marido.

Le había pedido unos momentos a solas a Draco, estaba en el cuarto de baño mirándose al espejo. Marido. La palabra aún le sonaba rara, pero le gustaba cómo se deslizaba por su lengua al pronunciarla, como el más dulce caramelo. Esposo. Se refrescó un poco y salió. Draco la esperaba mirando por la ventana, pero al oírla caminó a su encuentro con una enorme sonrisa adornando sus labios.

—Estás preciosa —Su voz era cálida, embriagadora en sus tonalidades, y la hizo estremecer de pura anticipación. Él cogió su mano sin dejar de sonreír y la guió hacia la habitación interior—. La pelirroja y Lovegood se pusieron muy pesadas con que debía traerte a esta habitación en específico. Y me da miedo que vengan a comprobarlo —Notó su aliento deslizarse por su oído y cuello, haciéndole francamente difícil entender el significado de sus palabras. ¿Qué le importaba a ella que fuese esa habitación o cualquier otra? Malditas entro... Sus pensamientos se detuvieron en seco cuando la puerta se abrió, dejando su mente en blanco por primera vez en años, quizás por primera vez en su vida.

Debían haberse esforzado mucho, era un trabajo de primera categoría y magia muy avanzada. Habían transformado su habitación en un bosque. Se miraron maravillados. Cuando creces rodeado de magia hay pocas cosas que consigan sorprenderte, pero aquello lo había conseguido. Era increíble. Draco alzó a su reciente esposa en brazos con sorprendente facilidad, traspasando el umbral de la puerta, y después la cerró a sus espaldas, haciendo que la ilusión fuese completa.

Se encontraban en el claro de un bosque, en cuyo centro había una cama de madera con cuatro altos postes (sospechosamente parecida a las de Hogwarts, pero con doseles de telas traslúcidas en lugar de los pesados cortinajes que tenían en el colegio). El suelo, alfombrado de suave musgo, brillaba tenuemente a la luz de la luna y las estrellas que titilaban en el cielo.

—¿Sabías tú...?

—No —Draco la depositó suavemente en la cama, sentándose junto a ella, y mirando a su alrededor, maravillado.

—Es como un cuento.

Hablaban en susurros, muy juntos, como temiendo romper el hechizo que los envolvía. Contemplaban los árboles que delimitaban el claro del bosque, las pequeñas luciérnagas que brillaban aquí y allá. Incluso había un pequeño arroyo, que los acompañaba con su suave cántico. Era perfecto.

—¿Los cuentos muggles que te leía tu madre cuando eras niña? —Draco retiró su pelo, depositando un delicado beso en su hombro—. ¿Esos que hablaban de príncipes —beso—, dragones —beso—, y magos? —Pequeño mordisco.

—Justo esos —Su voz sonó ahogada y quejumbrosa. Era indudable que sabía cómo tocarla. Las manos de su marido empezaron a vagar por la cremallera que descendía desde su su costado hasta su cadera, bajándola poco a poco, y besando la piel que iba descubriendo.

El vestido diseñado por Nia Dhen era entero de encaje, entallado hasta medio muslo, abriéndose luego en una graciosa caída hasta los pies. Sin mangas, los tirantes gruesos eran del mismo encaje que el resto del vestido. En la parte delantera se cerraba sin mostrar nada, jugando con las transparencias, para luego sorprender con un gran escote en forma de uve que dejaba prácticamente toda la espalda al descubierto.

Hermione había optado por llevar el pelo en un semi-recogido adornado con algunas horquillas brillantes, y apenas si se había puesto joyas o maquillaje. Con semejante vestido no necesitaba mucho más adorno.

—Espera —pidió ella entre suspiros—. No pienso permitir que me dejes medio desnuda cuando tú aún llevas toda esa ropa —La diversión y la vergüenza se mezclaban a partes iguales en la cara de Hermione, que intentaba sonar mucho más segura de lo que se sentía.

Draco alzó las manos en gesto de rendición, para luego empezar a quitarse la chaqueta lentamente. Iba vestido como los muggles. Después de la Segunda Guerra, muchas cosas habían cambiado, y esa era la más notable. La mayor parte de la sociedad mágica se había adaptado a la ropa muggle para casi todas las situaciones. Hermione empezó a ayudarlo con el chaleco y la camisa. Estaba tan ansiosa que las manos le sudaban, tironeaba de los botones sin cuidado, impaciente por deshacerse lo más rápidamente posible de toda aquella ropa que de pronto le resultaba molesta e injusta. Draco se dejaba hacer sin poner demasiados problemas, ayudando cuando su desesperada esposa se lo permitía, y apartándose cuando era lo más prudente. Pronto estuvo vestido sólo con sus boxers grises, y cuando Hermione alargó la mano, se la sujetó y negó con la cabeza.

—Quid pro quo, amor —Ella pareció salir un instante de su afán "arrancador de prendas", se puso de rodillas frente a él en la cama y le pidió:

—Ayúdame. No podré quitarmelo yo sola.

Draco asintió, encantado, deslizando sus manos por las piernas de su esposa, recogiendo las pesadas faldas, pasándolas lentamente por las caderas, subiendo por los costados, dejando como por descuido fugaces caricias en los sensibles pechos, para terminar de sacarlo por cabeza y brazos.

Frente a frente, casi desnudos, la vergüenza se deslizaba entre el matrimonio como un invitado inevitable e indeseado. Se habían visto mil veces en estos tres años, pero ninguna así, con un anillo en el dedo que para ellos significaba "contigo pase lo que pase, para siempre". Eran los mismos, pero a la vez diferentes. Draco alargó una mano, Merlín, necesitaba tocarla y demostrarse que era real, que todo esto era más que un sueño loco y maravilloso. Así que acarició su mejilla, ella cerró los ojos aceptando su caricia, disfrutándola, y algo se desató dentro de ellos.

La agarró de la nuca con una mano, atrayéndola hacia sus labios en un beso demandante, lleno de una pasión y una necesidad que siempre lograban conmover a Hermione.

—Te quiero, Minue. Joder, cómo te quiero.

—Odio que me llames así. Y no maldigas —consiguió articular ella entre gemidos ahogados.

Él sólo sonrió. Le daba besos cada vez más vehementes, en absoluto molesto porque ella no le devolviese las palabras de amor, mientras deslizaba una mano por cuello hasta su pecho, y empezaba a deslizar sus dedos fríos por su pezón, torturándolo con suavidad hasta que se tornó duro.

—Ronronea para mí, Minue —susurró, provocándola junto a su oído, justo antes de ir deslizando su lengua caliente por todo el camino desde su oreja hasta su pecho, y comenzar a lamerla, morderla suavemente y succionarla.

Hermione empezó por morderse un nudillo, no pensaba ceder, no iba a dejarle ganar... No emitiría ni un solo gemido. ¿Era su culpa que sonasen tan parecidos al suave ronroneo de un gato? Notó cómo Draco comenzaba a descender por su abdomen, depositando suaves besos. Se prohibió a sí misma mirarlo, pero sus ojos la traicionaron cuando sintió su boca traspasar la línea imaginaria que marcaba su ombligo.

Sus miradas se cruzaron, y él sonrió de esa manera torcida llena de promesas lujuriosas que tanto le gustaba. Vio cómo las ligas mordían suavemente la piel de los muslos, deslizó los dedos bajo ellas aliviando la presión antes de quitarlas y deshacerse de las medias. Besó las marcas rojas, demorándose, lamiéndolas y masajeándolas hasta hacerlas casi desaparecer.

—Por favor —pidió, desesperada por sentir su boca.

—¿Por favor qué? Pídeme lo que quieras, Minue. Sabes que te lo daré.

Hermione podía notar la diversión en su voz, esa manera de jugar con ella, de provocarla, de llevarla al límite.

—Bésame —consiguió murmurar al fin, medio ahogada por la vergüenza.

—¿Dónde? —preguntó, juguetón, colando un dedo por el lateral de las bragas y acariciando con suavidad la palpitante carne de debajo—. ¿Quizás aquí?

El gemido profundo le sirvió como respuesta afirmativa y, tras hacer a un lado la tela, Draco comenzó a degustarla con auténtico placer. Le encantaba cómo sabía, notar cómo se estremecía al sentir su lengua recorrerla, sus gemidos... Empezó a ayudarse con los dedos, introduciendo uno a uno sin dejar de lamer, llevando a su mujer una y otra vez al borde del orgasmo, ralentizando el ritmo lo suficiente como para no dejarla ir.

—Dios, Draco —Su voz estaba rota, y justo así era como él la quería. Cuando se olvidaba de Merlín, Morgana y Circe, volviendo al Dios de sus antepasados, es que el trabajo duro estaba hecho.

—Ronronea para mí, Minue —volvió a pedir.

Hermione se incorporó, enredando sus dedos en el pelo rubio, y, atrayéndolo hacia ella, lo besó, saboreándose a sí misma en el proceso.

Draco quedó sentado sobre la cama, mientras su esposa se posicionaba sobre él con las rodillas apoyadas sobre la cama y las manos en sus hombros. Inspiró hondo, y, cerrando los ojos, descendió en un único y fluido movimiento, que los hizo gritar a ambos. Se quedaron inmóviles unos segundos.

—Muévete, Draco —ordenó ella con voz suave—. Abre las piernas, quiero el loto.

—Joder, Minue —consiguió gemir—. No sé si maldecir o bendecir el día que mi ratón de biblioteca escucho la palabra "tantra".

—Le quiero, Señor Malfoy —Hermione mordió con cuidado su labio inferior—. Aunque sea un protestón.

Él obedeció, riendo, variando su postura hasta quedar sentados frente a frente con las piernas enredadas.

Comenzaron a moverse con suavidad, acompasando sus respiraciones, regalándose infinidad de besos y caricias. Draco musitó palabras de amor en todos los idiomas que conocía, palabras que Hermione bebía de sus labios y que respondía con su cuerpo, abrazándose a él con fuerza. Cuando notó cómo el clímax se aproximaba se alejó un poco, lo suficiente para colar una mano entre sus cuerpos y colocarla sobre el corazón del hombre del que estaba enamorada. Y mientras el orgasmo la engullía gritó una única palabra, su nombre.

Horas más tarde... o quizás minutos, allí nunca cambiaba nada, ambos estaban tumbados en la cama, desnudos, abrazados en silencio.

—Quiero esta habitación —Hermione le acariciaba de manera distraída el pecho al tiempo que iba dándole pequeños besos en la barbilla y el cuello.

—¿Entera? —preguntó somnoliento.

—Ajá.

—Claro. Ahora podrías pedirme la biblioteca de Hogwarts, que encontraría el modo de conseguírtela.

—No me des ideas.

Ambos se carcajearon divertidos y cuando el eco de su hilaridad se desvaneció, volvieron a acariciarse y poco a poco se fueron quedando dormidos.

Cuando Hermione leyó sobre el tantra "el loto" le llamó mucho la atención debido a una razón en particular: hablaba de cómo la mayoría de los hombres son incapaces de expresar sus sentimientos debidos al bloqueo de su cuarto chakra o Anahata. En esta postura los chakras de ambos amantes quedan alineados y si ella posa su mano sobre el corazón de él la energía fluirá, desbloqueándolo.

Hay muchas clases de magia en el universo. Y aunque a Hermione le costaba horrores expresarlo con palabras, cuando alzó su mano y la posó en el corazón de su marido diciéndole con un simple gesto cuánto le amaba, consiguió curar heridas que ningún medimago había sido capaz de alcanzar.