-Day 84-

Desde el extraño episodio del divorcio de los padres del ojiazul, la relación entre Alec y Magnus había cambiado.

A mejor, todo debía ser dicho.

Desde entonces los dos habían salido a otros sitios fuera de esa extrañas visitas que tenían en la tienda de música.

Alexander recordaba con cierto afecto ese día que fueron al cine y acabaron en la puerta de su casa, riendo tan fuerte que despertaron a todos los Lightwoods y algún que otro vecino.

A día de hoy aún no entendía porque su madre no le castigó cuando entró por la puerta.

Pero eso no cambió que nunca, jamás se retrasaban para verse en la tienda de música las tardes, mucho menos no se presentaban.

Y allí estaba él. Esperando a Magnus, sentado en el alfeizar de la ventana.

Dos horas, dos horas tarde era tiempo suficiente para que alguien se diera por vencido y entendiera que la otra persona no iba a venir.

Pero Alec seguía allí, y siguió hasta que la noche cayó sobre él como un oscuro recordatorio.

Ni una sola estrella.

-Day 87-

Alexander no quería admitirlo, pero realmente se había planteado no presentarse hoy por que tal vez él no estaría. Era ridículo, pero unas horas eran más que suficientes para echarle de menos.

Se sentía idiota dando vueltas por la sala sin rumbo alguno.

Podía tocar perfectamente sin Magnus, simplemente no quería.

Además, el debería estar aquí.

¿Porqué no estaba aquí?

Ya eran varios días seguidos, y nunca le había pasado esto en casi tres meses.

Era lo más normal preocuparse.

Podía estar en el hospital o peor, podrían haberle secuestrado mientras venía hacía aqui ayer.

O incluso haberle matado.

Alec se obligó a parar de pensar así, esas paranoias no ayudaban a nadie, y menos a él. Probablemente estuviera enfermo, un simple catarro, y se encontraría bien mañana.

Recogió su bolsa y se la colgó en el hombro mientras salía del local, era extraño, pero el lugar parecía tener un poco más de polvo de lo habitual.

La Sra.Bane se encargaba de limpiar hasta que todo quedaba impoluto almenos una vez al día.

A Alexander siempre le había gustado el olor a noche. Era algo como la lluvia al caer y los campos en verano, también olía a frío.

Pero todo eso perdió sentido en el segundo en que vislumbro al chico al otro lado de la carretera.

Se tiraba del pelo con rabia y desesperación, pateando con fuerza la pared del callejón en el que se encontraba. No parecía algo a lo que nadie le prestaría demasiada atención, y menos en pleno Brooklyn, pero para él no era solo un joven enfadado con el mundo.

Cruzó la calle casi sin mirar, no le prestó atención a las bocinas tras él cuando llegó a la otra acera, ni a los conductores molestos por la interrupción de su apacible viaje totalmente ajenos a la verdadera situación.

Alec gritó el nombre del contrario con fuerza, una y otra vez hasta que se giró a verle.

Una pequeña y egoísta parte de él deseó que no lo hubiera hecho.

Sus ojos ya no brillaban con ese destello dorado de diversión que solían tener siempre, ahora estaban repletos de dolor, del más sincero y puro sufrimiento.

-Se mató Alexander. Sabía que yo no era lo suficiente bueno para mantenerla conmigo, sabía que me odiaba pero-su voz se rompió en el último segundo y Alexander aún confundido sobre lo que debía hacer, se acercó a él lentamente como si tuviera miedo a que le rechazará, pero no lo hizo. Así que le rodeó con sus brazos y poniéndose levemente de puntillas consiguió que la cabeza de Magnus descansara en el hueco de su cuello.-No consigo olvidar Alec, no puedo. Debí cuidar de mi madre y no lo hice.

Olvidar. Eso era la especialidad del ojiazul, después de todo, es lo que hacía cada vez que se encerraba a tocar su piano.

Como si una pequeña bombilla se encendiera en su mente Alexander agarró la mano de Magnus con fuerza.

Intentó arrastrarle hacía el lugar que buscaba, pero el chico parecía no querer moverse.

Alec quería decirle que sabía como ayudarle, pero no encontraba las palabras correctas, no había palabras correctas en ese momento. Así que simplemente le miró con ojos suplicante.

Con pasos lentos empezó a seguirle. Sabía a donde iban, y a juzgar por la fuerza con la que apretaba la mano del otro chico, no quería ir allí.

Cuando llegaron a la puerta del ya conocido lugar se dirigieron al interior, aún con el agarre en sus manos fuerte, como si ese simple gesto pudiera protegerles.

Llegaron a la sala con el gran piano negro y blanco colocado en el centro. Alexander se sentó en la pequeña banquilla dejando un pequeño espacio para el otro, que aún tenso se sentó.

-Cierra los ojos-pidió el ojiazul-Por favor.

Acatando la orden, Magnus cerró sus parpados y sintió todo con mayor claridad, las manos del chico sobre las suyas, mostrandole el camino correcto sobre las teclas que no sabia usar, las notas acariciándole como si se tratará de viento ligero, las imágenes en su mente.

Desde el otro lado, Alexander dirigía al moreno sobre el instrumento, observando con detenimiento como sus facciones se veían cada vez más relajadas mientras sus ojos se mantenían ocultos. La canción llegaba a su fin y esperaba que no con ella la calma.

Tocó la última nota, manteniendo el dedo sobre ella hasta hacerla desaparecer por completo en el aire.

Entonces Magnus abrió los ojos, mostrando de nuevo ese destello dorado en ellos.

-¿Que has visto?

Como si la pregunta le pareciera divertida de una forma extraña, el ojiverde mostró una pequeña sonrisa. Muy pequeña, pero no lo suficiente para que Alec no la notara.

-A ti.

Quiso preguntar a que se refería con eso, al segundo que salió pronunciado por el otro, pero no pudo.

Primero se sintió sorprendido, pero después entendió lo que pasaba. Entendió los labios del otro sobre los suyos, entendió todas las imágenes que pasaron por su mente como música, entendió el cosquilleo en sus dedos.

Porqué eso si era arte.