Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda
Hola a todos, gracias por entrar aquí! Siguiente capítulo, obviamente centrado en Franky. Espero que haya quedado lindo :D
BUENA LECTURA!
II
Piratas aficionados… a construir
Franky no pudo evitarlo. Era demasiado llamativo, demasiado tentador. Oía el ruido de las sierras, de los martillos, de las grúas, los hombres vociferando sus demandas de material. Nunca hubiese imaginado que en esa isla habría un astillero con tanta actividad, así que se dejó ganar por la curiosidad y se encaminó hasta él, cargando con el gran paquete lleno de bebidas gaseosas que había comprado en una tienda.
En la medida en que se acercaba al lugar se hizo más patente el aroma a madera cortada, ese noble elemento que era la materia prima de sus sueños de antaño. Suspiró. Siguió andando y por fin pudo verlo: un dilatado predio poblado de todo aquello que su maestro había deseado alguna vez para él pero que finalmente nunca pudo tener, pues el destino no siempre coincide con los deseos. Y a pesar de que ahora se sentía feliz por haber construido el barco de sus sueños y haberse marchado con sus nuevos compañeros, de vez en cuando lo aguijoneaba cierta nostalgia. Al fin de cuentas, pese a su apariencia, seguía siendo un ser humano.
Y ahí estaban: esos enormes armazones, los cascos a medio construir, los esqueletos de los que pronto serían magníficos barcos. Admiraba con embeleso cada detalle, el porte, la manera como cada madero se iba ensamblando hasta aproximarse cada vez más a su forma definitiva. Era todo un espectáculo verlos en el proceso de armarse, ver cómo cada pieza se unía con otra y empezaba a constituir algo nuevo, algo que antes no existía en la realidad y que nacía del propio trabajo, del propio esfuerzo. No había nada más hermoso y gratificante que encontrarse por primera vez con aquello que fue construido con las propias manos.
De pronto, lo distrajo de su contemplación la imprevista llegada de un atareado sujeto que se detuvo en seco frente él, alguien que por las señas de su ropa seguramente sería el capataz. El hombre lo miró de hito en hito, extrañado.
-¿Es usted el carpintero que solicitamos? –indagó.
-¿Eh?
-Si es usted el carpintero de apoyo que pedimos esta mañana.
-…
-¡¿Es usted carpintero o no?
Aquí Franky lo miró fijo durante algunos instantes. Luego procedió a dejar en el suelo el paquete que llevaba, retrocedió unos pasos, inclinó su cuerpo hacia un costado y alzó con orgullo sus brazos al cielo. La estrella que se formó con la unión de sus robustos miembros parecía señalarlo como el Mesías.
-¡Soy el carpintero más super del Grand Line! –proclamó.
El capataz pestañeó ante la insólita visión. ¿Por qué siempre le enviarían sujetos tan extraños? ¿De dónde demonios saldrían? Pero la verdad es que ese día el trabajo iba demasiado atrasado como para ponerse en exigente. Suspiró con resignación.
-Bien, entonces acompáñeme, lo guiaré hasta su puesto.
-¿A mí? –preguntó el otro, sin deshacer la extravagante figura.
-Sí, a usted, ¿a quién más? –la paciencia del capataz estaba a punto de sucumbir.
Durante un breve instante Franky dudó, teniendo en cuenta que estaba atardeciendo y que tendría que estar de camino al Sunny. Sin embargo, comprendiendo el malentendido y sintiendo el aguijón de su propio corazón, no pudo menos que aceptar la situación y dejarse llevar. Comenzó a andar detrás del hombre, que ya se encaminaba en determinada dirección.
-Puede dejar sus cosas allí –indicó éste al pasar, señalando con el dedo unas pequeñas casitas reservadas para el uso de los empleados. Luego, sin detenerse, giró el rostro hacia él-. En el sector donde lo llevaré se está construyendo un barco para uso particular, solo tenemos un carpintero en la tarea y necesita toda la ayuda posible. Usted parece fuerte y experimentado… –dijo, escrutándolo con atención-, pero por el amor del cielo, ¡póngase unos pantalones!
Franky arrugó el entrecejo, molesto. Estimó que el tipo no tenía la menor idea de cómo conciliar libertad con buen gusto. Simplemente bufó, mientras lo seguía, sin hacerle el menor caso.
-o-
Si bien el astillero estaba emplazado sobre el mar, del otro lado lo circundaba una calle que nacía en el centro de la isla y que se continuaba todo a lo largo de la costa. El sector adonde Franky fue llevado se ubicaba sobre ella. Un pequeño grupo de niños observaba con fascinación desde el otro lado de la cerca el progreso de la construcción. Efectivamente, las piezas de un barco pesquero que mediría unos trece metros de eslora estaban terminando de ser ensambladas. La cabeza de un hombre que trabajaba en la cubierta se asomaba de vez en cuando, según maniobraba al aserrar y tallar madera. No los había visto llegar y el capataz tuvo que llamarlo en más de una ocasión, ya que el constante ruido del lugar le impedía hacerse oír.
Cuando por fin los vio, el carpintero interrumpió su trabajo y bajó para las presentaciones. Al distinguir a ese corpulento y exhibicionista sujeto se impresionó bastante, aunque supo disimularlo. Siempre que se solicitaba un suplente había que resignarse a contratar a los personajes más inverosímiles. Se encogió mentalmente de hombros y llevó a Franky hasta el sitio donde se debería erigir el puente, y allí le dio las herramientas para trabajar. Lo que necesitaba era que avanzara lo más posible en la construcción de esta área. El nuevo entendió y se abocó a la tarea sin pérdida de tiempo, desplegando al instante todas sus habilidades en el oficio.
Detrás de la cerca, los niños seguían observando lo que a sus ojos era una portentosa obra, la arquitectura de un gigante. Uno de los pequeños encontró una abertura en la red de alambre, y tuvo el valor y el descaro suficientes como para infiltrarse y acercarse más a ese prodigio que parecía salido de uno de sus libros de cuentos. Fascinado, se detuvo junto a la estructura para admirarla a su gusto. El carpintero del astillero lo vio desde el puente y comenzó a vociferar.
-¡Oye, niño, este es un lugar peligroso! ¡Además no tienes permiso para estar aquí!
-¡Solo lo estoy viendo! –protestó el niño, sin dejar de observar y de maravillarse con la obra-. ¡Prometo que no me entrometeré en su trabajo!
-¡No me importa, no puedes estar aquí!
-¡Por favor, señor, solo quiero mirar!
-¡Vete de una vez antes de que llame al capataz!
-¡Pero si no estoy haciendo nada malo! –rezongó el pequeño, con el ceño más fruncido.
-Maldita sea… -dejó escapar el carpintero, hartándose del persistente intruso-. ¡Esto no es un teatro de títeres, mocoso, aquí hay gente trabajando! ¡Es un lugar peligroso en el que solo están seguros los profesionales!
-¡Pues cuando me convierta en el mejor carpintero del mundo tendrá que tratarme con más respeto! –le lanzó el niño, con una titilante vena en la sien.
Solo en ese momento Franky interrumpió su tarea para prestar más atención.
-¡Algún día construiré el mejor barco que jamás se haya visto! –continuó el pequeño-. En él me iré a recorrer todos los mares del mundo, y ese barco nunca se hundirá, y será mucho más grande que este, y mucho más veloz, y…
-Si eres hombre, entonces hazlo –lo interrumpió Franky.
Al escucharlo, su compañero lo miró ceñudamente. El resuelto visitante, en cambio, lo miró con la boca abierta. Nunca antes había visto un carpintero con esa apariencia, ya que la mayoría de las veces iban vestidos. Que un fulano en playera y tanga le hable de esa manera era la experiencia más insólita que le hubiese acontecido.
-¿Y tú quién eres? –le preguntó, con el entrecejo arrugado.
-Más cuidado con la forma de dirigirte a tus mayores –le advirtió Franky, sin dejar de martillar.
Que le diera la espalda al contestarle lo irritó sobremanera, por lo cual el niño siguió hablándole con desafiante actitud.
-Mayor, puede ser, pero si tú eres un carpintero, ¡entonces yo soy el primero en mi clase!
-…
-¿Me has oído?
-…
-¡Oye, viejo!
-El barco de tus sueños navegará por todos los mares… Esa será tu meta desde ahora, y tu mejor ilusión –le dijo Franky, pasando por alto la provocación. Ya había concluido su tarea y se sacudía las manos con cierta satisfacción en el semblante. Su compañero contempló atónito la excelencia de su trabajo, quedándose pasmado ante la rapidez con la que lo había finalizado. En apenas unos minutos había medido, aserrado, lijado, barnizado y ensamblado la cantidad de maderos necesarios para construir el puente en su totalidad, con elegantes y prolijas terminaciones incluidas. Era inaudito, casi fantástico. El suplente dejó las herramientas a un lado y se encaminó hasta la escalerilla para descender de la nave, sin dejar de hablar-. Debes guardarlo en tu corazón hasta el día indicado, entonces lo construirás. Lo harás de tal forma que lo resistirá todo, luchará continuamente y llegará hasta el fin del mundo, y solo entonces terminará de consagrarse como el mejor de todos, como el barco de tus sueños.
El niño lo miraba con asombro. Cuando lo tuvo frente a él y pudo apreciar la real dimensión de su talla, su corazón se oprimió del susto. Sin embargo, el extraño sujeto se limitó a observarlo con los brazos cruzados y el semblante retraído, mientras le seguía hablando.
-Construirás ese barco con tus propias manos, lo harás de tal modo que las personas que lo tripulen puedan correr grandes aventuras y pondrás tu orgullo en él. Lo construirás tal cual lo imaginaste, para que no se parezca a ningún otro. Con cada golpe de tu martillo y con cada roce de tu lima, cada sector y recoveco serán como aquel que los aprovechará, serán únicos. Con cada madero que ensambles se renovarán tus esperanzas, serás feliz. Y el mascarón que le talles será el rostro del espíritu de tu barco, el que anunciará al mundo quién es.
El niño ahora lo contemplaba con admiración, al fin había dado con alguien que lo comprendía. Hasta el carpintero, que seguía atontado por el insólito despliegue de eficiencia del suplente, volvió de su desconcierto para escuchar. Ese sujeto de cabellos imposibles era definitivamente raro, pero parecía saber muy bien de qué estaba hablando.
-Yo algún día seré un gran carpintero –aseveró el pequeño-. Me esforzaré y me prepararé para que todo lo que pueda construir con mis manos sea bueno. Haré el barco, sí, pero también fabricaré cosas fabulosas que nadie haya visto antes y que les dé felicidad a las personas.
Tanta convicción y buena voluntad, sumadas a sus anteriores palabras de aliento, lograron resquebrajar del todo el autodominio del grandote. Lamentó no haberse traído la guitarra. Cuando el niño levantó la vista advirtió que por el rostro del sujeto fluía un inusitado mar de lágrimas.
-¿Viejo? –indagó, algo confuso-. ¿Acaso estás llorando?
-¡Cállate, yo no estoy llorando, idiota! –vociferó quejumbrosamente Franky, levantando su mano a la defensiva.- ¡Es que tengo aserrín en los ojos, tonto!
El pequeño lo miró con una ceja levantada. Sin lugar a dudas, aquél era el hombre más singular que le haya tocado conocer en su corta vida. ¿Sería la clase de personas con las que uno se relaciona cuando empieza a crecer?
-Viejo, yo…
-¡Y deja de decirme viejo! –reclamó Franky. Luego, cuando se repuso, posó una de sus pesadas manos sobre la cabeza del muchacho-. Amarás a ese barco, al igual que a todas esas cosas que planeas fabricar. A veces te saldrán bien, otras veces te saldrán mal, solo esfuérzate por construirlas de forma super. Construir es mucho más difícil que destrozar, por eso tiene más valor y verás que te harás más fuerte.
El niño iba a decirle algo pero no pudo. Exclamaciones de asombro provenientes de la cerca donde permanecía el resto de los pequeños curiosos les llamaron la atención. Tanto los carpinteros como el chico se percataron de que sus levantados brazos señalaban en dirección de la ciudad, y hacia allí dirigieron sus rostros para tratar de averiguar cuál era la causa de tal alboroto. A lo lejos, una muchedumbre de personas avanzaba a los gritos en persecución de dos individuos que iban corriendo un poco más adelante por el camino. Instantes después, Franky los reconoció.
Usopp y Chopper corrían como almas que lleva el diablo, pintada en sus rostros la imagen misma del espanto. El primero cargaba un pesado costal y el segundo, en su forma de reno normal, sujetaba con el hocico un paquete. En cuanto los vio, el cyborg dedujo al instante lo que había ocurrido: los habían descubierto. Sin despedirse y sin demorarse más, olvidando sus bebidas, se precipitó hasta la cerca y la saltó para unirse con prontitud a la carrera de sus amigos.
El niño y el carpintero los observaron boquiabiertos hasta que desaparecieron detrás de una curva del camino. Luego se quedaron contemplando con incredulidad el paso de la bulliciosa multitud, donde se entreveían incluso oficiales de la Marina. Una vez que se alejaron, una nube de polvo mezclada con dispersos papeles fue todo lo que quedó. Algunos de éstos parecían volantes impresos y el niño, lleno de curiosidad, tomó varios para examinarlos. Cuál no sería su sorpresa al descubrir que eran los retratos de los famosos y temidos Mugiwaras, aunque lo más insólito fue reconocer entre ellos el singular rostro del carpintero de la tanga. Luego estiró el brazo para mostrárselo al otro, que ya se hallaba a su lado.
-¿Entonces era un pirata? –se preguntó el hombre, rascándose la cabeza con desconcierto.
-Yo creí que era un carpintero y que construía barcos –admitió el niño, con cierta desilusión. Sin embargo pronto se repuso, porque para su infantil mirada de la vida conocer a un pirata de verdad tenía su costado emocionante. Y aunque en su mente no encajaba la idea de un hombre que invade una isla para destruir y saquear con la idea de uno que construye barcos de ensueño, sonrió con orgullo por habérselo topado. Ya quería ver la cara que pondrían sus compañeros de la escuela cuando les cuente…
"...el carpintero de la tanga..." muajajajaja, creo que esta noche tendré pesadillas XD
Cuando me tocó escribir este capi, lo primero que pensé fue en basarlo en el gusto de Franky por las tangas, pero creo que no iba a quedar muy "poético" así que ese será otro fic y será redactado en otro momento XD A Franky también le gusta construir armas, para qué vamos a negarlo, pero bueno, al mismo tiempo es un ser que tiene la capacidad de conmoverse profundamente con las penas de los otros, y no cualquiera puede hacerlo con tanta sensibilidad como la suya. Habrán notado también que mucho de lo que dice son palabras originalmente suyas y de sus propio maestro.
En fin, gracias a todos por leer y disculpen por los posibles desaciertos. Espero sus comentarios! Nos vemos!
