Aunque no lo he dicho en el anterior ni los personajes ni la historia son míos. Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer y la historia es una adaptación de otra con el mismo titulo de Nora Roberts.

CAPÍTULO 1

Emmet hizo uso de sus contactos, movió hilos, pidió favores y arrojó dinero en una docena de direcciones. Conseguir transporte de Mónaco a la costa oriental de Maryland a la una de la mañana no era una tarea fácil.

Condujo hasta Niza como una bala, a pesar del viento, por la autopista de la costa hacia una pequeña pista de aterrizaje donde un amigo accedió a llevarle a París por la cantidad de mil dólares americanos.

En París alquiló un avión por la mitad del precio habitual y pasó las horas sobre el Atlántico con una mezcla de fatiga y miedo atenazador. Llegó al aeropuerto de Dulles de Washington, Virginia, cuando acababan de dar las seis de la mañana, hora de la costa oriental.

El coche de alquiler estaba esperándole, así que se puso a conducir hacia la bahía de Cheseapeake bajo el frío oscuro del amanecer. Cuando alcanzó el puente que cruzaba la bahía, el sol brillaba en lo alto, centelleando sobre el agua y haciendo resplandecer los barcos que estaban preparados para la pesca diaria.

Emmet había pasado buena parte de su vida navegando en la bahía y en los ríos y calas de esta parte del mundo. El hombre por el que iba volando le había enseñado mucho más que los conceptos de babor y estribor.

Todo lo que tenía, todo lo que había hecho para sentirse orgulloso en la vida, se lo debía a Carlisle Cullen. Con trece años, y a las puertas del infierno, Carlisle y Esme Cullen le habían alejado del mal camino.

Su historial juvenil era ya un clásico sobre los inicios en la delincuencia. Robos, allanamientos de morada, borracheras juveniles, novillos, ultrajes, vandalismo, gamberradas. Había hecho lo que había querido, y a menudo había disfrutado de los golpes de suerte que suponían que no le cogieran. Pero el mejor momento de su vida fue cuando le pillaron.

Tenía trece años, estaba delgado como un palillo y aún conservaba las magulladuras de la última paliza que le había dado su padre. Se habían quedado sin cerveza. ¿Qué iba a hacer un padre?

En aquella calurosa noche de verano, con la sangre seca en el rostro, Emmet se había prometido a sí mismo que nunca iba a regresar a ese remolque destartalado, a esa vida, a ese hombre al que el sistema le arrojaba una y otra vez. Se iría a algún lugar, a cualquier lugar. Quizá a California, o a México. Tenía grandes sueños a pesar de que su visión era borrosa gracias a un ojo morado.

Todo lo que poseía eran sesenta y seis dólares y algunas monedas, su ropa a la espalda y el ánimo por los suelos. Lo que necesitaba era un transporte, pensó. Viajó en el vagón de carga de coches de un tren que se dirigía a Baltimore. No sabía adónde iba y tampoco le importaba, siempre que fuera lejos. Oculto en la oscuridad su cuerpo acusaba cada sacudida del tren, pero se había prometido a sí mismo que mataría o moriría antes que regresar.

Cuando salió deslizándose del tren, sintió el olor a agua y pescado, y pidió a Dios que encontrara algo de comida en alguna parte. Su estómago aullaba de hambre. Mareado y desorientado, comenzó a caminar.

No había mucho que ver. Un pueblecito cuyas calles se quedaban desiertas por la noche. Barcos que golpeaban unos muelles hundidos. Si su mente hubiera estado despejada, habría considerado el irrumpir en una de las tiendas que se alineaban frente al agua, pero no se le ocurrió hasta que hubo salido del pueblo y se encontró al borde de un pantano. Las sombras y sonidos del pantano le asustaban.

El sol estaba comenzando a salir por el este, convirtiendo en oro las tierras fangosas y la hierba mojada. Un gran pájaro rosa elevó el vuelo, haciendo que el corazón de Emmet diera un brinco. Nunca había visto una garza anteriormente, y pensó que parecía algo como salido de un libro, como inventado. Pero las alas centellearon y el pájaro se elevó. Por motivos que él no habría sabido decir, lo siguió a lo largo del pantano hasta que desapareció en la espesura de los árboles.

Perdió el sentido de la distancia y la dirección, pero el instinto le dictaba que siguiera un camino rural estrecho donde pudiera ocultarse entre las hierbas altas o detrás de un árbol por si pasaba un policía.

Quería buscar refugio, algún lugar donde pudiera acurrucarse y dormir, escapar de las punzadas del hambre y la pegajosa angustia. A medida que el sol se elevaba, el aire se hizo más denso con el calor. La camisa se le pegaba a la espalda y le sudaban los pies.

Primero vio el coche, un lustroso Corvette blanco lleno de potencia y elegancia, colocado como un gran premio en la brumosa luz del amanecer. Había una camioneta a su lado, oxidada, basta y ridículamente rural al lado de la sofisticación arrogante del coche

Emmet se agachó tras una exuberante hortensia en flor y lo examinó con codicia. Eso era, aquel hijo de puta le llevaría a México y a cualquier otro lugar al que quisiera ir. Mierda, cómo se debería mover aquella máquina, él ya estaría a medio camino antes de que nadie se diera cuenta de que se había ido.

Cambió de posición y pestañeó con fuerza para aclarar su visión temblorosa y observó la casa. Siempre le había asombrado que la gente viviera de una manera tan pulcra. En casas arregladas con contraventanas pintadas, flores y macizos cuidados en el patio. Mecedoras en el porche y cortinas en las ventanas. La casa le parecía enorme, un moderno palacio blanco con suaves adornos azules.

Pensó que debían de ser ricos a la vez que el resentimiento le rugía en el estómago junto con el hambre. Podían permitirse casas elegantes, coches elegantes y vidas elegantes. Y una parte de él, que se alimentaba de odio y Budweiser, quería destruir, aplastar todos los macizos, romper todas las brillantes ventanas y reducir las maderas a astillas.

Quería herirles de alguna manera por tener todo mientras que él no tenía nada. Pero cuando se puso de pie, la furia amarga se le convirtió en mareo. Se contuvo, apretando los dientes hasta que le dolieron, pero su cabeza se despejó. Así que los ricos hijos de puta dormían, pensó. Les libraría de aquel estupendo coche.

Ni siquiera estaba cerrado, advirtió, y resopló mientras abría la puerta. Una de las técnicas más útiles que le había enseñado su padre era cómo arrancar un coche de manera rápida y silenciosa. Dicha habilidad resultaba muy práctica cuando un hombre se había pasado la mayor parte de su vida vendiendo coches robados a las casas de cambio.

Emmet se reclinó en el asiento, osciló el volante y se puso a trabajar.

—Hay que tener huevos para robar el coche de un tío a la puerta de su casa.

Antes de que Emmet pudiera reaccionar, o de que soltara un taco, una mano le agarró la parte trasera de los vaqueros y le levantó haciéndole salir del coche. Le balanceó con el puño apretado, que parecía hecho de roca. Lanzó su primera mirada al imponente Cullen.

El tipo era enorme, mediría por lo menos uno noventa y ocho, y su complexión era como la de la línea ofensiva de los Baltimore Colts. Su rostro era curtido y ancho, con mechones de pelo rubio bordeados de brillantes cabellos de plata. Los ojos eran profundamente azules, y la ira se reflejaba en ellos.

De pronto se acercaron el uno al otro. No era difícil mantener al chico en su sitio. No pesaría más de treinta y siete kilos, pensó Cullen como si hubiera pescado al chico en la bahía. Tenía la cara sucia y magullada. Uno de los ojos estaba casi cerrado por la hinchazón y el otro, de color gris oscuro, reflejaba una amargura impropia de un chiquillo.

Había sangre seca en su boca pero, a pesar de ello, consiguió sonreír de manera burlona. Sentía compasión y enfado al mismo tiempo, pero mantuvo su mano firme. Sabía que esa liebre podía escaparse.

—Parece que has perdido la pelea, hijo.

—Quítame las jodidas manos de encima. No estaba haciendo nada. Carlisle levantó levemente una ceja.

—Estabas en el coche nuevo de mi mujer a las siete y media de un domingo por la mañana.

—Estaba buscando monedas sueltas. ¿Qué jodida importancia tiene eso?

—No querrás caer en el hábito de utilizar en exceso la palabra «jodida» como adjetivo. Te perderás su gran variedad de usos. El suave tono doctrinal permaneció en la mente de Emmet.

—Mira, Jack, esperaba encontrar un par de dólares en monedas. No los habrías echado en falta.

—No, pero Esme habría echado terriblemente en falta su coche si tú hubieras conseguido arrancarlo. Y no me llamo Jack sino Carlisle. Bien, a mi modo de ver tienes un par de opciones. Consideremos la primera: arrastro tu arrepentido trasero a la casa y llamo a la policía. ¿Qué tal te sentaría pasar los próximos años en un establecimiento juvenil para balas perdidas?

El poco color que le quedaba a Emmet en la cara desapareció de golpe. Sintió náuseas y las palmas de la mano le empezaron a sudar de repente. No podría soportar el encierro. Estaba seguro de que moriría enjaulado.

—He dicho que no estaba robando el maldito coche. Tiene cuatro velocidades. ¿Cómo demonios iba yo a poder conducir un coche de cuatro velocidades?

—Pues me da la impresión de que lo harías muy bien. —Carlisle aspiró, pensó un momento y soltó aire—. Bien, la opción número dos...

—¡Carlisle! ¿Qué estás haciendo ahí con ese chico?

Carlisle dirigió su mirada hacia el porche, donde una mujer con el cabello rojo intenso y un vestido azul chillón estaba de pie con las manos en las caderas.

—Hablando de un par de opciones en la vida. Estaba robando tu coche.

—Hombre, ¡por el amor de Dios!

—Alguien le ha dado una paliza. Hace poco, quiero decir.

—Bien. —El suspiro de Esme pudo oírse claramente a través del húmedo césped—. Tráele dentro y le echaré un vistazo. Maldita forma de empezar la mañana. No, tú te quedas ahí dentro, perro estúpido. Eres tan bueno que ni has ladrado cuando estaban robándome el coche.

—Mi esposa, Esme —dijo Carlisle mientras se le encendía e iluminaba la sonrisa— te acaba de dar la opción número dos. ¿Tienes hambre?

Un perro ladraba a kilómetros de distancia. El estridente canto de los pájaros le sonaba mucho más cerca. Tan pronto estaba ardiendo como se moría de frío.

—Tranquilo, hijo. Yo te sujeto. Se sumergió en la oscuridad y dejó de oír a Carlisle.

Cuando se despertó, estaba tumbado sobre un colchón firme en una habitación donde la brisa hacía ondular las cortinas, llevando hasta él el aroma de las flores y el agua. La humillación y el pánico le asaltaron. En cuanto intentó sentarse unas manos le hicieron volver a tumbarse.

—Sigue tumbado un minuto más.

Pudo ver el largo y delgado rostro de la mujer que se alzaba sobre él curioseando, examinándole. Tenía miles de pecas doradas que, por alguna razón, encontró que eran fascinantes. Sus ojos eran de color verde oscuro y su mirada severa. En su boca se dibujaba una línea delgada, seria.

Había estirado su cabello hacia atrás y olía débilmente a polvos de talco. Emmet se dio cuenta de repente de que le habían quitado sus harapientos pantalones Jockeys. La humillación y el pánico estallaron.

—Vete al infierno y apártate de mí. —Su voz sonó con un deje de terror que le enfurecía.

—Relájate ahora. Relájate. Soy médico. Mírame. — Esme acercó su cara un poco más—. Mírame ahora. Dime cómo te llamas. El corazón le brincaba en el pecho.

—John.

—Smith, supongo —dijo ella secamente—. Bien, si tienes la suficiente presencia de ánimo como para mentir, no estás tan mal.

—Ella le miró a los ojos y carraspeó—: Diría que tienes una conmoción leve. ¿Cuántas veces te has desmayado desde que te golpearon?

—Esta es la primera. —Sintió que se ponía colorado bajo la atenta mirada y luchó para no violentarse—. Eso creo. No estoy seguro. Me tengo que ir.

—En efecto. Al hospital.

—No. —El terror le proporcionó la fuerza de agarrarle el brazo antes de que ella pudiera levantarse. Si acababa en el hospital habría preguntas. Con las preguntas vendrían los policías. Con los policías vendrían los trabajadores sociales. Y de alguna forma, antes de que eso acabara, él volvería de regreso a aquel remolque que apestaba a cerveza rancia y orines con un hombre cuyo mayor alivio era golpear a un chico al que doblaba en tamaño.

—No voy a ir a ningún hospital. No. Sólo deme mi ropa. Tengo algo de dinero. Le pagaré por las molestias. He de irme. Ella le volvió a mirar.

—Dime tu nombre. El verdadero.

—Emmet.

—Emmet, ¿quién ha hecho eso?

—No me...

—No me mientas —dijo ella con brusquedad. Y él no pudo hacerlo. Su miedo era enorme y la cabeza comenzaba a latirle con tal fuerza que a duras penas podía dejar de gimotear.

—Mi padre.

—¿Por qué? —Porque le gusta.

Esme se apretó los ojos con los dedos y luego bajó las manos y se puso a mirar por la ventana. Podía ver el agua, azul como el cielo, los árboles espesos y llenos de hojas, y el cielo sin nubes y hermoso. Y pensó que en un mundo tan bello había padres que pegaban a sus hijos porque les gustaba hacerlo. Porque podían. Porque estaban ahí.

—Bien. Iremos paso a paso. Te has mareado, se te ha nublado la vista.

Con cautela, Emmet asintió.

—Sí, un poco. Es que no he comido desde hace mucho.

—Carlisle está abajo ocupándose de eso. Es mejor que yo en la cocina. Te has dado un golpe en las costillas, pero no las tienes rotas. El ojo es lo que peor está —murmuró ella pasando un dedo suavemente por la hinchazón—. Podemos curártelo aquí. Te lavaremos, te cuidaremos y veremos cómo evolucionas. Soy médico —volvió a decir mientras su mano serena le alisaba el pelo hacia atrás—. Pediatra.

—Eso es un médico para niños.

—Has estudiado, chico duro. Si no me gusta cómo evolucionas iremos a que te hagan unas radiografías. — Buscó un antiséptico en su bolso—. Esto va a escocer un poco. El hizo una mueca de dolor y contuvo el aliento cuando ella empezó a curarle la cara.

—¿Por qué hace esto?

Ella no podía evitarlo. Con la mano libre que le quedaba, le cepilló un mechón de pelo oscuro.

—Porque me gusta.

Se habían quedado con él. Había sido tan simple como eso, pensó Emmet en aquel momento. O eso le pareció entonces. Hasta muchos años más tarde no se dio cuenta de cuánto trabajo, esfuerzo y dinero habían invertido en criarle primero y adoptarle después.

Le habían dado su casa, su nombre y todo lo que había de valor en esta vida. Esme había muerto hacía casi ocho años a causa de un cáncer que penetró en su cuerpo y lo devoró. Aquella casa a las afueras del pequeño pueblo costero de St. Christopher había perdido parte de su luz; y también Carlisle, y Emmet, y los otros dos niños que habían adoptado.

Emmet se había dedicado a pilotar: lo que fuera, a donde fuera. Y ahora pilotaba su coche hacia casa, al encuentro del único hombre al que había considerado su padre.

Había estado en aquel hospital innumerables veces. Cuando su madre trabajaba en él y cuando luego la trataron de aquello que la mató. Ahora entraba en él, dolido y asustado, y preguntó por Carlisle Cullen en el mostrador de recepción.

—Está en Cuidados Intensivos. Sólo parientes.

—Soy su hijo. —Emmet se dio la vuelta y se dirigió al ascensor. No le tenían que indicar qué piso era. Lo conocía muy bien.

Vio a Jasper en el momento en que las puertas se abrieron hacia la UCI.

—¿Cómo está?

Jasper le entregó una de las dos tazas de café que sostenía. Estaba pálido por el cansancio y su pelo rojizo normalmente bien peinado lo tenía todo revuelto; sus ojos, de color marrón claro, estaban ensombrecidos por el agotamiento.

—No estaba seguro de que lo consiguieras. Está mal, Ed. Jesús, tengo que sentarme un rato.

Se dirigió hacia una pequeña zona de espera y se dejó caer en una silla. La lata de Coca Cola que estaba en el bolsillo de su traje a medida hizo un ruido metálico. Durante un momento, miró absorto el programa matutino que ponían por la televisión.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Emmet—. ¿Dónde está? ¿Qué dicen los médicos?

—Se dirigía a casa desde Baltimore. Al menos Edward piensa que había ido a Baltimore por alguna razón. Se dio un golpe contra un poste telefónico. Se lo cargó. — Se llevó la mano al corazón porque le dolía cada vez que lo recordaba—. Dicen que puede que fuera un infarto, o un ataque, y que perdió el control, pero no están seguros aún. Iba conduciendo rápido. Muy rápido. —Tuvo que cerrar los ojos porque tenía un nudo en el estómago—. Demasiado rápido —repitió—. Les llevó casi una hora sacarle del coche. Casi una hora. Los médicos dijeron que a ratos perdía la consciencia. Ocurrió a un par de millas de aquí.

Se acordó de la Coca Cola que tenía en el bolsillo, abrió la lata y bebió. Trató de no pensar más en ello, concentrarse en el presente y en lo que ocurriría después.

—Localizaron a Edward enseguida —continuó Jasper—. Cuando llegó aquí estaban operando a papá. Ahora está en coma. —Miró hacia arriba y se encontró con los ojos de su hermano—. No esperan que salga de ésta.

—Eso es una gilipollez. Es fuerte como un toro.

—Dijeron... —Jasper cerró de nuevo los ojos. Su cabeza parecía vacía y tenía que buscar cada pensamiento—. Traumatismo general. Daño cerebral. Lesiones internas. Le están manteniendo con vida. El cirujano... Papá está inscrito en el censo de donante de órganos.

—Que se jodan con eso. —La voz de Emmet era elevada y furiosa.

—¿Crees que a mí me gusta pensar en ello? —Jasper se puso ahora en pie, era un hombre alto y ágil vestido con un traje arrugado de mil dólares—. Han dicho que era una cuestión de horas como mucho. Las máquinas le mantienen la respiración. Maldita sea, Emmet, sabes cómo hablaban papá y mamá acerca de esto cuando ella estuvo enferma. Nada de medidas extremas. Hicieron testamento en vida y nosotros ignoramos el de él porque... porque no soportamos no hacerlo.

—¿Quieres que lo desconecten? —Emmet alargó la mano y agarró a Jasper por las solapas—. ¿Quieres que desconecten la maldita máquina?

Cansado y abatido, Jasper sacudió la cabeza.

—Preferiría cortarme la mano. Yo tampoco quiero perderle. Será mejor que lo veas por ti mismo.

Se dio la vuelta y se dirigió hacia el pasillo, donde los antisépticos no podían ocultar el olor de la desesperación. Atravesaron una puerta doble, luego un puesto de enfermeras, y a continuación unas pequeñas habitaciones con cristaleras donde sonaban las máquinas, y la esperanza se mantenía con obstinación.

Edward estaba sentado en una silla al lado de la cama cuando entraron. Su mano grande y callosa cubría la mano de Carlisle. Su cuerpo enjuto y fuerte estaba inclinado, como si hablase con el hombre inconsciente que estaba junto a él. Se levantó lentamente y, con ojos enrojecidos por la falta de sueño, miró a Emmet.

—Así que has decidido aparecer. Ya estamos todos.

—He venido lo antes posible.

—No quería admitirlo, no podía creerlo.

El hombre viejo y terriblemente frágil que yacía en la estrecha cama era su padre. Carlisle Cullen era grande, fuerte, invencible. Pero aquel hombre que tenía el rostro de su padre estaba encogido, pálido y tranquilo como la muerte.

—Papá. —Se dirigió al lado de la cama y se inclinó para acercarse—. Soy Emmet. Estoy aquí. —Esperó, convencido de que eso haría que su padre abriera los ojos y guiñase uno con malicia. Pero no hubo movimiento alguno, ni ningún sonido distinto al monótono ruido de las máquinas.

—Quiero hablar con su médico.

—El doctor García. —Edward se restregó la cara con las manos y echó hacia atrás su cabello aclarado por el sol.

—El cirujano cerebral al que mamá solía llamar Manos Mágicas. La enfermera le llamará.

Emmet se enderezó y, por primera vez, se dio cuenta de la presencia de un niño acurrucado y dormido en la silla de la esquina.

—¿Quién es ese niño?

—Es el último de los niños perdidos de Carlisle Cullen. — Edward esbozó una ligera sonrisa. Normalmente ésta habría suavizado su cara seria y dulcificado sus pacientes ojos azules—. Ya te habló de él. Se llama Seth. Papá le acogió hace unos tres meses. —Quiso decir algo más pero captó la mirada de advertencia de Jasper y se calló—. Hablaremos de ello más tarde.

Jasèr permanecía a los pies de la cama, balanceándose sobre sus talones.

—Y, ¿qué tal por Montecarlo? —Ante la mirada vacía de Emmet, se encogió de hombros. Era un gesto que los tres utilizaban en lugar de palabras—. La enfermera dijo que deberíamos hablar con él y hablar entre nosotros. Que quizá pueda... No están seguros.

—Bien. —Emmet se sentó y miró a Edward cogiendo la mano de Carlisle a través de la barra de protección. Como la mano estaba fláccida y sin vida, la sostuvo con suavidad deseando que pudiera apretar la suya—. Gané un montón en los casinos y estaba con una modelo francesa muy caliente en mi suite cuando llegó tu fax. —Cambió la mirada y se dirigió directamente a Carlisle—. Deberías haberla visto. Era increíble. Con unas piernas hasta las orejas y unos pechos magníficos hechos a medida.

—¿Tenía rostro? —le preguntó Edward secamente.

—Uno que le iba perfectamente al cuerpo. Te digo que era una devora-hombres. Y cuando le dije que me tenía que marchar se puso como una loba. —Se golpeó la cara en el lugar donde los arañazos marcaban sus mejillas—. Tuve que echarla de la habitación al recibidor antes de que me hiciera trizas. Pero no me olvidé de tirar su vestido tras ella.

—¿Estaba desnuda? —quiso saber Jasper.

—Totalmente.

Jasper sonrió, y luego soltó su primera carcajada en casi veinte horas.

—¡Dios, es tan propio de ti! —Puso su mano en el pie de Carlisle, buscando una conexión—. Le gustará esa historia.

En la esquina, Seth fingía estar dormido. Había oído entrar a Emmet. Sabía quién era. Carlisle le había hablado mucho de Emmet. Tenía dos álbumes grandes que estaban llenos hasta reventar de recortes y artículos sobre sus carreras y proezas.

No parecía tan duro e importante ahora, pensó Seth, sino enfermo, pálido y ojeroso. Seth ya había sacado sus propias conclusiones sobre lo que pensaba de Emmet Cullen.

Le gustaba mucho Edward. A pesar de que te hiciera mover bien el culo al salir a pescar almejas u ostras con él. No solía dar sermones y no le dio nunca un golpe o un revés a Seth, ni siquiera cuando había cometido errores. Y cumplía con creces la idea que Seth tenía de un marinero a sus diez años de edad. Era robusto, bronceado y tenía el pelo rizado y moreno con vetas rubias; los músculos eran fuertes y la conversación, divertida. Sí, Seth le apreciaba mucho.

Jasper le daba igual. Siempre iba planchado e impecable. Seth se imaginaba que debía de tener unos seis millones de corbatas, aunque no entendía que a nadie le pudiese gustar ni siquiera una. Pero Jasper tenía una especie de trabajo elegante en una oficina elegante de Baltimore. Publicidad. Siempre pensando en vender cosas astutamente a gente que probablemente no las necesitaría nunca. Seth pensaba que era una forma guay de engañar a alguien.

Y ahora Emmet. El era quien más había destacado, el que vivía al límite y asumía riesgos. No, no parecía tan duro, no parecía tanto un bala perdida. En ese momento Emmet volvió la cabeza y sus ojos se fijaron en los de Seth. Los mantuvo así, directos, sin parpadear, hasta que Seth sintió que su estómago se estremecía. Para escapar se limitó a cerrar los ojos e imaginarse a sí mismo de regreso en la casa que estaba cerca del agua, arrojando palos al torpe cachorro de Carlisle, que se llamaba Tonto.

Sabiendo que el muchacho se hallaba despierto y que era consciente de su mirada, Emmet continuó observándole. Pensó que tenía buena presencia, con el pelo enmarañado de color rubio rojizo y un cuerpo que acababa de empezar a espigarse. Si seguía creciendo sería muy alto.

Emmet observó que tenía una barbilla insolente y la boca triste. Cuando fingía estar dormido tenía la apariencia inofensiva y astuta de un cachorro. Pero sus ojos... Emmet reconoció aquella línea en su mirada, aquella precaución animal. La había visto muchas veces en el espejo. No había podido distinguir su color, pero seguramente eran oscuros. Azules o marrones, imaginó.

—¿No podríamos llevar al niño a algún otro lugar?

Edward miró por encima.

—Está bien aquí. De todas formas no hay nadie con quien dejarle. Se metería en problemas si se quedara solo.

Emmet se encogió de hombros, miró hacia otro lado y se olvidó de él.

—Quiero hablar con García. Tienen que tener los resultados de las pruebas, o algo así. Carlisle conduce como un profesional, así que si ha sufrido un infarto o un ataque... —Su voz se quebró: había mucho que considerar—. Necesitamos saberlo. Estar aquí parados no servirá de mucha ayuda.

—Si tú necesitas hacer algo —dijo Edward con una voz suave que denotaba su contención—, ve y hazlo. Estar aquí sí cuenta. —Miró a su hermano por encima de la figura inconsciente de Carlisle y añadió—: Siempre ha contado.

—Alguno de nosotros no ha querido escarbar en busca de ostras o pasar la vida removiendo montones de cangrejos —soltó Emmet por lo bajo—. Ellos nos dieron una vida y esperaron que hiciéramos con ella lo que quisiéramos.

—Y tú hiciste lo que quisiste. —Todos nosotros lo hemos hecho —apostilló Jasper—. Si hubo algo en la vida de papá que no fue bien en los últimos meses, Edward, nos lo tenías que haber contado.

—¿Cómo demonios se suponía que yo lo iba a saber? — Pero Edward sentía que debía haber sabido algo y que simplemente no pudo dar en el clavo. Y lo dejó escapar. Aquello le reconcomía ahora, mientras estaba sentado escuchando las máquinas que mantenían a su padre con vida.

—Porque tú estabas allí —le dijo Emmet.

—Sí, yo estaba allí. Y tú no. Durante muchos años.

—¿Y si yo hubiera estado en St. Chris no se habría estrellado contra un maldito poste telefónico? ¡Jesús! — Emmet se estiró el cabello con las manos—. Eso tiene sentido.

—Si hubieras estado cerca. Si cualquiera de los dos hubierais estado cerca, él no habría tratado de hacer tanto por sí mismo. Cada vez que me daba la vuelta estaba en lo alto de una maldita escalera, o empujando una carretilla, o pintando su barco. Y seguía impartiendo clases en la escuela tres veces por semana, y haciendo tutorías, y calificando exámenes. Tiene casi setenta años, por Dios bendito.

—Sólo tiene sesenta y siete. —Jasper sintió como si una garra heladora se clavara en él—. Y siempre ha tenido muy buena salud.

—Últimamente no. Había perdido peso, tenía aspecto cansado y estropeado. Lo habéis visto vosotros mismos.

—Muy bien, muy bien. —Jasper se frotó la cara con las manos y sintió la aspereza de la barba de un día—. Quizás tendría que haber bajado el ritmo un poco. Lo de quedarse con el niño ha debido ser demasiado, pero no había nada que discutir sobre eso.

—Siempre peleando. La voz, débil e incomprensible, hizo que los tres hombres fijaran bruscamente la atención.

—Papá. —Edward se acercó el primero, el corazón le latía agitadamente en el pecho.

—Iré a buscar al médico.

—No, quédate —murmuró Carlisle antes de que Jasper pudiera salir precipitadamente en busca del médico.

Este regreso, aunque fuera por poco tiempo, era un esfuerzo enorme. Y Carlisle comprendía que le quedaba muy poco. Su cuerpo y su mente parecían ya cosas separadas, aunque todavía podía sentir la presión de otras manos en las suyas, escuchar el sonido de las voces de sus hijos y el miedo y la angustia que había en ellas. Estaba cansado, ¡Dios mío, qué cansado estaba! Y quería a Esme. Pero antes de partir, tenía que cumplir un último deber.

—Venid. —Los párpados parecían pesarle varios kilos, pero forzó sus ojos para que se abrieran, luchando para poder enfocar. Pensó que sus hijos eran tres maravillosos regalos del destino. Había hecho todo lo mejor para ellos, tratando de enseñarles cómo convertirse en hombres. Ahora les necesitaba para una cosa más. Necesitaba que se mantuvieran unidos sin él y que se ocuparan del chico—. El chico. —Incluso las palabras pesaban. Le dolía arrastrarlas de la mente hacia los labios—. El chico es mío. Es vuestro ahora. Quedaos con él y cuidadle, pase lo que pase. Emmet. Tú le entenderás mejor que nadie. —Aquella mano grande, antes tan fuerte y vital, hacía esfuerzos desesperados para poder apretar—. Dadme vuestra palabra.

—Nosotros cuidaremos de él. —Y en aquel momento, Emmet habría prometido la luna y las estrellas—. Cuidaremos de él hasta que vuelvas a estar bien.

—Edward. —Carlisle dio otro suspiro que retumbó en el respirador—. Necesitará de tu paciencia y de tu corazón. Eres un buen hombre de mar gracias a ello.

—No te preocupes por Seth. Nosotros le cuidaremos.

—Jasper.

—Aquí estoy. —Se acercó y se inclinó hacia él—. Todos estamos aquí.

—Qué buenos sois. Ya sabréis cómo hacer para que todo vaya bien. No dejéis escapar al chico. Sois todos hermanos. Recordad que sois hermanos. Estoy orgulloso de vosotros. De todos vosotros, hermanos Cullen. — Sonrió un poco y paró de luchar—. Ahora debéis dejar que me vaya.

—Voy a buscar al médico. —Muerto de miedo, Jasper salió corriendo de la habitación mientras que Emmet y Edward trataban de que su padre recobrara la conciencia. Nadie se percató del chico que estaba hecho un ovillo en la silla apretando los ojos para intentar contener las lágrimas