Capitulo II: Lujuria y contratos
Probablemente, al Rey del Infierno le costaría mucho trabajo poder controlar a sus traicioneros súbitos para que no hicieran daño a los hermanos. Pero, sin duda, lo que más difícil le resultaría sería poder controlar sus propios deseos de acabar con ellos.
El ángel se permitió una discreta sonrisa cuando al fin consiguió lo que quería. Aquellos humanos, especialmente Dean, habían sido elegidos por el Señor. Su destino no era permanecer encadenados al negro potro de un demonio. Y seguro que Sam también tendría un papel importante en todo aquello pero, a veces, los planes de su Padre eran demasiado complejos como para que un simple ángel como él pudiera comprenderlos.
Además y, por si eso no fuera suficiente, también estaba la satisfacción añadida de darle a Crowley un poco de su propia medicina.
Sin embargo, la diversión acabó pronto y ahora venía la peor parte de aquel peliagudo asunto. Sellar un trato con un demonio iba tan en contra de todo lo que él era y de todo lo que él representaba que solo con imaginarlo se estremecía como una hoja al viento. Pero no había más remedio.
Aun teniendo su palabra de que no le pasaría nada a los Winchester, Crowley se las ingeniaría para darle la vuelta a la situación e incumplir su condición sin llegar a romper el trato. Después de todo, él llevaba siglos embaucando a los pobres humanos con los que firmaba sus acuerdos, y Cass era el primer trato que firmaba. Así que cuantas más garantías tuviera, mejor.
-Supongo que es inevitable. –De repente cayó en la cuenta de algo muy importante. –Pero yo no tengo alma que entregarte. ¿Qué puedo darte en prenda por tu ayuda?
Estaba seguro de que se arrepentiría de haber preguntado eso, pero aún así lo hizo.
Al oír la pregunta de Castiel, el demonio sonrió con picardía y le guiñó un ojo.
- Oh, bueno, ya se que los ángeles no tenéis alma, Castiel, pero éste es un trato muy especial, no como los burdos negocios que hago con los humanos- el rey del Infierno se sentó en la mesa y jugueteó con el vaso mediado de whisky- Además, aunque la tuvieras, ¿que iba a hacer yo con un alma tan blanca y pura como la de un ángel?- pese a sus palabras, el rostro de Crowley dejaba ver que sabía exactamente todo lo que haría con un alma semejante- Digamos que simplemente me debes una, ¿de acuerdo?. No necesito garantías, me fío de tu palabra, Castiel. Después de todo, si ya no puedes confiar en que un ángel haga lo correcto, ¿en que vas a confiar entonces?
El guerrero de Dios bajó la mirada, incómodo. Hacer lo correcto... esperaba que así fuera de verdad. Creía estar haciendo lo correcto pero, ¿el fin justifica siempre los medios? La voz de Crowley le sacó de sus pensamientos; el demonio seguía hablando, y esta vez su tono de voz decía que le estaba costando reprimir la sonrisa de satisfacción...
- ... es lamentable, pero las normas son para todos, compañero, y me temo que siempre hay algunas cosas que han de hacerse conforme al reglamento- el demonio, que había estado cómodamente sentado en el escritorio, apareció de repente delante de él, más cerca de lo que el ángel habría considerado correcto- así que no hay más remedio que sellar el trato a la manera tradicional- los ojos verdes de Crowley brillaban de malicia y lujuria- así que, ¿que prefieres? ¿me besas tú o lo hago yo?
Eran muy pocos los ángeles que tenían el don de la clarividencia pero, en aquellos momentos, Castiel habría jurado que le había sido concedido, porque su predicción se cumplió al pie de la letra; se arrepintió. Aunque eso no era nada comparado con lo que le esperaba.
Si firmar un trato con el demonio suponía la pérdida de su posesión más valiosa y la condenación eterna para un humano, ¿cuál sería el precio que tendría que pagar un ángel, especialmente cuando el propio Crowley calificaba su acuerdo como "muy especial"? Castiel No quería ni pensarlo. Al igual que las barbaridades que podría hacer ese demonio con un alma pura e inocente.
Tampoco le hacía gracia deberle un favor al Rey del Infierno, pero se consoló pensando en que ya había prometido no dañar a sus protegidos así que, ¿qué más podría hacer?
Le entregaría su mitad de las almas, pararía la guerra en el Cielo y, después, cuando ya todo estuviera en paz, se ocuparía de Crowley. Como decían los Winchester, ya cruzaría ese puente cuando llegara a él.
Volvió a levantar la mirada justo a tiempo para ver la sonrisa mal disimulada del demonio. Pues él no parecía lamentarlo aunque sus palabras dijeran lo contrario.
La cercanía y el ligero olor a azufre de Crowley le incomodaban bastante, pero trató de no demostrarlo.
-¿Seguro que no hay otra forma? –Le hubiera gustado retroceder, pero su conciencia (y sus pies, que parecían pegados al suelo) se lo impedían.
El demonio se encogió de hombros al oír la pregunta de Castiel.
- Si no estas seguro, Cass, no hay problema. Tu hermano Rafael ganará la guerra y los humanos, incluidos tus queridos Winchester, sufrirán las consecuencias en sus carnes pero ¿como vas a besar a un demonio? Un ángel es demasiado...
- Basta- susurró Castiel- si es lo que debe de hacerse, entonces hazlo de una vez- y bajó su mirada- los humanos no sufrirán por mi culpa.
Como si hubiera estado esperando una señal, la mano corta y ancha de Crowley se deslizó como una serpiente tras la nuca de Castiel y le aferró, atrayendole hacia él en un apretón suave pero firme. Castiel cerró los ojos, y sintió sobre sus secos labios los labios suaves del demonio. El ángel dio un brinco al sentir el contacto, como si le hubieran quemado con un hierro al rojo. Sin embargo, aguantó firmemente sin retroceder, pues él era un guerrero y sabía que aquello no era sino un duelo de voluntades. Crowley, que tenia la mirada clavada en el rostro de Castiel, presionó con más fuerza y, separando los labios, sacó la punta de la lengua lo suficiente como para lamer con sensualidad los labios de Castiel.
Al sentir esto, el guerrero divino abrió los ojos y miro furioso al diablo. No creía que fuera necesario de ningún modo una cosa así, y a punto estaba de decírselo cuando, rápida como un rayo, la mano del rey del Infierno pasó a agarrar con fuerza su mandíbula inferior para obligarle a separar los dientes. Sin que pudiera hacer nada por impedirlo, la lengua del demonio irrumpió en su boca invadiendo con insolencia el casto recinto. Castiel sintió el sabor a maldad y whisky de la saliva de Crowley; contra ambas cosas se rebelaba su naturaleza, así como contra aquella sacrílega invasión.
Con una sonrisa malvada, el demonio se retiró tan rápido como le había asaltado.
Al principio había pensado que, si hubiera empezado él, tal vez solo habría sido un beso rápido, apenas un simple roce con los labios del otro. Pero después de comprobar lo hambrienta que parecía estar la boca de Crowley de la suya propia, Castiel ya no estaba tan seguro. Quizá hubiera sido aún peor. Aunque, francamente, no se le ocurrían muchas más formas de empeorar aquella experiencia, pero al menos así se había evitado la vergüenza de arrojarse a los labios de un demonio.
Aunque ya no era necesario (porque Crowley sabía lo que le convenía y se había apartado con rapidez) el ángel dio un par de pasos hacia atrás, frotándose la boca con el dorso de la mano. `Espero no tener que volver a hacer esto nunca más´ pensó arrugando la nariz. Aparte de todo lo demás, era un sabor repugnante. Aunque no sabía cuál de los dos le desagradaba más, si el del whisky escocés o el del propio escocés.
Bueno, al menos ya estaba hecho. Ahora podrían empezar a trabajar, pues cada minuto que perdieran acercaba a Rafael un poco más hacia la victoria.
-Ahora podemos… -Empezó a hablar, todavía bastante rígido, pero se interrumpió al sentir una extraña picazón que había empezado en sus mejillas (sospechaba que por la reactivación de la circulación sanguínea en la zona) y que ahora se extendía por todo el cuerpo. Trató de ignorarla hasta que ya no pudo más y levantó un brazo para rascarse. Al hacerlo, vio como unas delgadas líneas rojas se dibujaban lentamente sobre su piel, como si se las estuvieran grabando a fuego.
-¿Qué es esto?
- Eso es el contrato, socio- la recargada letra del demonio comenzó a dibujarse en la piel de Castiel- Es mejor así que en un papel; no se rompe, no se arruga y además puedes consultarlo en cualquier momento. !Siempre lo llevas contigo!. Las condiciones- el escozor de las letras iba en aumento- de nuestro acuerdo creo que están... si, me parece que en la parte baja de tu espalda... en la parte mas baja de tu espalda.
Crowley se sentó en el sillón de cuero negro que había detrás de su escritorio y cruzó una pierna sobre la otra; no perdía de vista ni por un momento al ángel que tenía delante.
- Igual que tu tenías tus condiciones para nuestro trato yo también las tengo, por supuesto- el rey del Infierno puso cara de no haber roto un plato en su vida y continuó- te las voy a resumir, pese a que ya las has aceptado automáticamente al sellar el trato, pero es de buena educación decirle al concursante lo que ha ganado- el demonio se frotó el mentón, pensativo, produciendo un sonidos rasposo al pasar las uñas por la incipiente barba- La verdad es que son sencillas; parafraseando al hijo de tu jefe, todas las condiciones se resumen en dos: yo doy las órdenes y tú me obedeces, Castiel.
¿El contrato? Castiel no le había dado permiso para mancillar su recipiente de esa manera. Y tampoco creía que fuera mejor así. ¡¿Cómo se suponía que podía consultarlo?! Aquello no…
Apretó la mandíbula y contuvo el impulso de rascarse. Había zonas en las que resultaba casi insoportable. Jamás entendería cómo los humanos eran capaces de tatuarse en ciertas partes.
Las condiciones. Bien. Había sellado un trato con Crowley y ni siquiera sabía qué era lo que le había prometido al demonio. Ahora podría verlo. Separó un poco los brazos del cuerpo y miró hacia abajo. ¿Dónde las habría puesto? De repente se enderezó y abrió mucho los ojos. No pensaba consultar nada ahí.
En realidad, quien ahora tenía las condiciones era Castiel. Y era mejor no decir donde las tenía. Entornó los ojos. Si lo hubiera sabido habría pedido más cosas. Por ejemplo, que su "socio" temporal no blasfemara delante de él. Aquello ya era bastante sucio y antinatural como para, encima, añadir más pecados a la lista. Pero Crowley era un demonio. Y todo el mundo sabía que esa clase de abominaciones nunca tenía suficiente fango encima, como las puercas y los perros*
Obedecer. Aquello era fácil y estaba acostumbrado a hacerlo. Pero jamás había estado a las órdenes de un demonio. Y si ya con sus superiores (supuestamente más sabios y justos que él) se había cuestionado algunas cosas, ¿qué no haría con Crowley? Por undécima vez en lo que iba de día, se preguntó si estaría haciendo lo correcto. Pero ya había dado su palabra (o, más bien, su beso) al demonio. No podía echarse atrás ahora.
-Está bien. Pero no creas que voy a hacer todo lo que me pidas. –Aquello era un decir, claro, pues no conocía el verdadero alcance de su promesa ni hasta qué punto podía desobedecer al demonio, pero tenía la esperanza de que aquello fueran solo unas directrices y no un rígido reglamento inviolable e inmutable como el del Cielo.
- No, claro, ni siquiera yo te pediría que fueras contra tu naturaleza angelical, Castiel..- el demonio cambió de posición, descruzando la pierna derecha, y cruzando la izquierda. Estaba algo incómodo gracias a su propio trato; era más que frecuente que el pantalón de vestir le apretase demasiado en ciertas partes cuando estaba... inspirado. Y los labios del ángel eran tan inspiradores...- como te iba a pedir que, pongamos por ejemplo, pecaras de soberbia...- Crowley le guiño un ojo- si tu y yo sabemos que es un pecado capital. O, por decir una tontería, que pecaras de, que se yo...- la mirada del rey del Infierno se hizo más intensa cuando miró al guerrero celestial de arriba a abajo. Se puso en pie y se acercó de nuevo a Castiel, caminando como lo haría una pantera acechando a un cervatillo- lujuria, al yacer con un demonio.
Crowley estaba muy cerca. Sonrió de un modo seductor, pero peligroso al mismo tiempo. Imaginate- continuó- además de sodomía, amancebamiento (a menos que quieras casarte conmigo, y no creo que sea posible darle los santos sacramentos a un demonio), lujuria, blasfemia... bueno, seguro que me olvido de algo. No, Castiel, no te pediría una cosa así... a menos que no me sirvieras para ninguna otra cosa. Y estoy absolutamente convencido de que serás tan sagaz de encontrar toda la información posible sobre la ubicación de la puerta del purgatorio, ¿cierto?
El ángel asintió de acuerdo.
Se alegraba de que Crowley comprendiera que había extremos a los que no pensaba llegar. Y nadie, ni siquiera ese apestoso diablo, podría hacer que él-
Agachó la cabeza al oír aquello. Quizá no se lo pidiera, pero eso era justo lo que estaba haciendo; pecar de soberbia. Castiel estaba siendo arrogante al pensar que podría arreglar él solo todos los problemas del Cielo, algo en lo que ángeles más fuertes y sabios que él habían fracasado. Pero, si no se sacrificaba él, ¿entonces quién lo haría?, ¿Rafael? Estaba claro que no. Y tampoco ninguno de sus partidarios.
No, tenía que ser él, aunque fuera un poco orgulloso por su parte. Pero confiaba en que, después de la guerra, su pequeña falta quedara eclipsada por su gran éxito.
A pesar de que allí abajo hacía un calor infernal (nunca mejor dicho) y de que Cass estaba acostumbrado al agradable frescor de las regiones etéreas, el ángel sintió un escalofrío al ver la forma en que le miraba Crowley. La percepción de los demonios y otros seres sobrenaturales era infinitamente mayor que la de los seres humanos, por eso cuando te miraban casi podías sentir como escarbaban en tu alma con sus negras garras. Por supuesto, el Señor del Abismo no era una excepción y, aunque Castiel no era un débil humano, también se sentía incómodo bajo el escrutinio del demonio. Aunque esa vez era diferente. Ahora no le miraba como si tratara de ver sus pensamientos. Ahora le miraba como si tratara de ver debajo de su ropa.
El ángel se aclaró la garganta y cruzó las manos por delante del regazo por puro instinto.
Si estaba pecando de soberbia, quizás también acabaría haciéndolo de… No, eso nunca.
Tensó los músculos y desvió la mirada hacia otro sitio. La cercanía de Crowley también le incomodaba, pero no se movió a pesar de que el otro estaba tan pegado a él que podía captar el suave aroma a whisky y azufre que desprendía.
Aunque las palabras del Rey del Infierno solían ser siempre oscuras y confusas, Castiel captó su significado a la perfección, y la no tan sutil amenaza que se escondía tras todas aquellas abominaciones de las que había hablado.
-Cierto. Me pondré con ello ahora mismo.
- Perfecto entonces -el demonio no podía ocultar su satisfacción al ver al ángel tan turbado. Para él, aquello era más erótico que deshonrar a una virgen- vamos a ganar tu guerra celestial, socio - el demonio volvió a su escritorio y recogió al cachorro de perro infernal que seguía profundamente dormido - y... Castiel, ni una palabra de esto a tus queridos amigos los Winchester. Esos chicos tienen la rara virtud de meter siempre las narices donde no les llaman.
Crowley se volvió hacia la puerta para marcharse. El Rey siempre decidía cuando había terminado una conversación, pero antes de salir, se paró un momento. Se había olvidado de algo importante.
- Por cierto, Castiel... ¿tu no sabrás nada acerca de la resurrección de Sam, verdad? Y no le mientas a papá, por favor...
Para ser sinceros, Castiel no tenía ni idea de por dónde empezar a buscar, pero cualquier sitio era preferible a la opresiva oficina del Rey del Infierno y a su pomposa y lasciva `persona´. Ya pensaría a dónde ir cuando estuviera lejos de allí.
Quizá alguno de sus hermanos mayores hubiera oído algo sobre como entrar en el Purgatorio, no estaba seguro.
Cass volvió a prestar atención al demonio cuando éste le llamó.
De momento no les diría nada (aunque la idea de mentir a sus amigos le disgustaba profundamente) pero acabarían por descubrirlo. Aquellos chicos eran inteligentes y siempre superaban sus expectativas, no como sus hermanos. Y por eso estaba arriesgando tanto para salvarlos.
Ahora si parecía que Crowley había terminado de hablar pero, de nuevo, le sorprendió con una de sus malintencionadas preguntas. Pues claro que sabía algo sobre la resurrección de Sam Winchester; él había sido el responsable de ella.
Sam y Dean habían hecho lo imposible por evitar el Apocalipsis, y lo habían conseguido. Pero a cambio, habían tenido que pagar un precio muy alto, quizá demasiado.
Por un momento, la imagen de su hermana muerta en la hierba se apoderó de su mente.
No era justo que terminaran así. Además, su Padre le había devuelto a la vida a él porque debía de considerar que estaba actuando conforme a sus designios al proteger a los Winchester. Así que no se trataba solo de lo que quería él, sino de lo que quería Dios.
-Fui yo –Dijo con sencillez. No era la primera vez que sacaba a un alma del Pozo y, aunque tal vez había sido arrogante al pensar que podría burlar a Miguel y a Lucifer, lo cierto era que le había salvado, aunque quizá no del todo, pero eso era algo que Crowley no tenía por que saber. –Y volveré a hacerlo si es necesario –Añadió, esperando que con eso fuera suficiente.
