Un mago del rey

Por Strange and intoxicating -rsa-
Traduccion: Maru de Kusanagi

Capítulo 2


Aviso: Noctis es un poco bastardo al principio. En serio, un Noctis borracho y enojado es un gran bastardo, lo sabe y pronto todos los demás lo sabrán.


"Bueno, es agradable que te hayas molestado en aparecer."

Noctis estaba borracho.

No, más que borracho, Noctis estaba como una cuba. Estaba en ese punto de mareo, donde era consciente de que había cruzado el límite y, probablemente, debió haberse detenido en el cuarto trago- ¿o fue quinto? Estaba seguro de que, si le preguntaba a Prompto, el rubio sólo reiría y le alcanzaría un balde para los vómitos, sólo por si acaso.

Todavía podía mantenerse parado, lo que implicaba que no estaba tan pasado, pero sí lo bastante como para mandar al diablo el decoro. El decoro era para los idiotas que felicitaban a sus amigos por sus próximas nupcias. El decoro era para los bobos idiotas.

Y Noctis sabía que era un bobo idiota. Más que eso, era un mentiroso.

Noctis se miró el disfraz, tirando de la chalina verde que llevaba al cuello. Lo estaba enloqueciendo, pero no era como si pudiera hacer algo al respecto… más que nada, porque Prompto se la había cosido a la camisa, de modo que hubiera una barrera entre su aliento y la persona que tuviera delante.

Claro que Prompto había intentado que evitara el licor, pero, cuando Noctis dijo sin más que, si Ignis iba a traer a su prometida… bueno, Prom bien podía pasarle la botella.

Así que ahí estaba, apestando alcohol, apenas manteniéndose en el límite entre la cordura y las náuseas, con Ignis y la fea perra de su futura esposa.

No había nada especial en ella. Era una gorda fea y aburrida. Era una porquería. Ella era una porquería. Todo sobre ella, desde sus ojos bajos y sus cachees rechonchos, hasta su vestido celeste claro, que parecía llevar un velo como de oráculo - ¿desde cuándo era una puritana? – hacía que Noctis quisiera gritar.

Marilynn era el enemigo, o así asumió el Noctis Borracho.

El Noctis Borracho no era amigo de nadie. Y, particularmente, no lo era de los amigos de Noctis.

Le parpadeó a la cerda y a Ignis, y luego giró los ojos. "Los dos se ven… estúpidos."

Marilynn tragó aire y rápidamente mostró la sonrisa más falsa que Noctis había visto en su vida: ¿a quién creía que engañaba? No había nada agradable en eso. "Su alteza, gracias por su invitación. La fiesta se ve maravillosa". Reverenció ella, y luego puso la mano en el brazo de Ignis. ¿Quién se creía que era, poniendo las manos sobre él, justo delante de Noctis?

" no fuiste invitada."

"Noctis: eso es de muy mala educación."

El príncipe giró los ojos. "Seguro Ig". Le dio la espalda a la pareja, aguantándose las náuseas. Intentó recordar el orden correcto de los tragos que había tomado, pero el tema era un poco borroso. "La comida está por allá. Trata de no comerte todo."

Intentó darse la vuelta, pero descubrió que alguien lo había tomado de la muñeca y lo hacía cruzar el salón, pasando por delante de cientos de coloridos invitados, que reían y sonreían, y los colores se deshacían en otro para crear un horrendo monstruo delante suyo.

"Noctis, ¿qué te pasa?" Ah, no era un monstruo. Sólo era Prom.

"Sácate el… el… coso". Noctis señaló la cabeza del disfraz. "¿Me vas a comer o algo así?"

El cabello de Prompto estaba aplastado y pegado sobre la frente, pero ni eso podía explicar el motivo por el que tenía un gesto de desaprobación. "¿Qué tan borracho estás?"

"No sé. ¿Mucho?"

Prompto puso la cabeza de monstruo bajo el brazo y se pasó la mano por la rente. "¡Está claro! ¡No puedes hablarle a Ignis de esa forma! La invitaste, ¿recuerdas?"

Noctis se encogió de hombros y se acomodó el cinto. "No fue que haya querido-"

Pero Prom sacudió la cabeza. "¡No importa! ¡Me dijiste que él incluso te preguntó si estaba bien! ¡Dos veces!"

"No es que pudiera haberle dicho que no."

"Dah. Ese es el motivo por el cual uno pide permiso-"

"No es así, Prom. Lo sabes, yo lo sé, todos lo sabemos". Noctis descubrió que su voz ascendía, y no le importaba quien lo escuchara. ¿Qué importaba? Era su fiesta, y podía hacer un berrinche si quería. "Se va a casar con ella, sin importar lo que yo diga."

Prom miró la cabeza de monstruo. "Sí, pero es tu fiesta, Noct. ¿Acaso no lo planeamos? ¿No se suponía que iba a ser divertido?"

Sí. Se suponía que iba a serlo. Se suponía que compartiría un rato con sus mejores amigos, se suponía que será una noche que todos recordarían.

Así no era como planeó el evento. Esto no era lo que deseaba.

Esto no estaba bien.

"Creo que necesito salir un rato. Vuelvo después". Noctis otra vez intentó quitarse la chalina, pero se quedó fija en su sitio.

Prom asintió "Si alguien pregunta a dónde fuiste, les diré que-"

"Morí. Sólo diles que me morí."

Eso no estaba demasiado lejos de la verdad.


"Él… estoy seguro de que fue el alcohol."

"Él… no debió haberlo hecho."

"No, no debió hacerlo. Fue cruel e innecesario. Pero, Ignis, es un niño."

Las palabras de Marilynn podían haber sido como una cachetada viniendo de otra persona, pero, viniendo de ella, eran concisas y compasivas. Más de lo que se merecía Noctis en ese momento.

Ignis la miró, a su ceño fruncido, el rizo de cabello que constantemente apartaba desde que se habían encontrado en la entrada, el destello del anillo en su dedo. Era el dedo más cercano al corazón, o así decían. Ignis sabía que eran babosadas, porque había un pequeño pendiente colgando de un cordón que llevaba atado al cuello. Definitivamente, no era un refulgente diamante que correspondiera con su estatus, pero le era mucho más preciado.

Ella era tan víctima como lo era él, tanto como lo era Noctis.

"Está herido, y estalló. Quizás lo olvidaste, pero hiciste lo mismo cuando eras más joven."

Había conocido a Marilynn por tan largo tiempo, que las estaciones y años se les caían encima. Ella le llevaba cinco años, y había sido preparada para el casamiento desde que era una niña, mucho antes de conocer quién sería el escogido. Había sido consciente de su rol, mientras que Ignis se había permitido enamoriscarse con el futuro rey.

Cuando descubrió los planes de su padre, hace tanto tiempo, había enfurecido. Había usado palabras como cuchillas, y dejado a Marilyn – alguien que él consideraba como una hermana mayor – arruinada. Le llevó tiempo aprender a esconder sus sentimientos, pero, antes de eso, había sido tan temerario como Noctis. E incluso ahora, consciente de la piel falsa que vestía, sabía de que sólo tomaría unas palabras bien empleadas para romperlo y hacerlo vomitar todo sobre el suelo de mármol.

Marilynn le palmeó el brazo, deslizando la mano por su capa negra. "Ignis, deberías dejarme hablar con él… a lo mejor, ¿puedo hacerlo razonar…?"

Ignis negó con la cabeza, mientras miraba la fiesta. Había disfraces y música alegre, interpretada por la orquesta real. Vio a las gujas deslizarse por las entradas, esperando que la paz se acabara en cualquier instante. No había duda de que algún borracho, gracias al alcohol contrabandeado al castillo (el rey Regis sin duda haría la vista gorda con un ligero encogimiento: las gujas podían hacerse cargo de uno o dos borrachos sin problemas), quien empezaría el efecto dominó en la fiesta.

Quizás fue porque Noctis desapareció en el momento en que saludó a Ignis y a Marilynn, o quizás fue que la fiesta estaba destinada al desastre, de lo cual Ignis estaba inseguro. Lo que sí sabía, era que el cuello de su traje le picaba en la nuca, y ya se quería ir.

"Ignis, voy a buscar al príncipe Noctis. Sólo déjame ver qué puedo hacer". Ella le apoyó las manos en el brazo, y él pudo notar que ella contenía un temblor.

"Sabes que no puedo detenerte cuando te has decidido. Pero… por favor, sé consciente de sus fallas". Era cierto, podía haber intentado durante cien años, y no haber podido hacerla ceder en su intento.

Y, aun así, cuando se refería a su padre, ella no era más que una niña que hacía sonar sus tacones. Era la hija de su padre, una nenita de papá que sólo quería hacerlo feliz… e Ignis nunca se atrevería a oponerse a la voluntad de su propio padre.

Marilynn intentó sonreír, pero pareció más una mueca. Envolvió el velo azul sobre su cuerpo, y enderezó su gesto. "Suenas un poco como yo. Y creo que precisaré tanta suerte como pueda conseguir. Si no me encuentras en un par de horas, asume que he sido decapitada por traición". Consiguió esbozar una pequeña sonrisa, pero sólo logró que el ceño de Ignis se frunciera aún más.

"Él es bueno, Marilynn. Pero está herido, muy en el sentido que todos entendemos."

Ella hizo una pausa. "¿Le dijiste sobre lo que sientes?"

Él apartó la mirada, y eso pareció decirlo todo.

"Lo que pensé. Quizás, las cosas serían mejor si los dos se atrevieran a conversarlo. Las cosas pueden no ser perfectas en mi propia relación, pero al menos hay confianza. Al menos… al menos los dos sabemos qué va a pasar."

Oh sí, el Guja. Ignis intentó evocar el rostro de ese hombre, y, considerando los cientos de veces que ya lo había visto, todavía le resultaba difícil recordar cómo se veía. De todas maneras, el hombre siempre prefería ponerse la capucha y mantener la cabeza baja.

Era más fácil pensar en un hombre sin rostro, que en la cruda y aterradora realidad de lo que enfrentarían en ese momento. Era más simple asumir que el otro era sólo una sombra… para Ignis, lidiar con sus emociones bastaba: su cajita estaba llena, y se estaba complicando agregar más cosas. Sin embargo, parte de Ignis deseaba preguntarle sobre su Guja. No era justo que ella tuviera que lidiar con Noctis, cuando él ni podía quitarle un poco de peso a los hombros a ella.

"¿Cómo maneja la situación?"

Marilynn hizo un encogimiento nada elegante, y se quitó el cabello del rostro. "Tan bien como puede esperarse". No lo miró. "No proviene de nuestro ambiente. Es… es mucho más duro para él". Ella jugueteó con el mechón, antes de soltar un ligero resoplido. "Cree que deberíamos escaparnos, e irnos a vivir juntos. Le dije que era una absoluta tontería, y que miró demasiadas películas de niño."

Marilynn se volvió a mirar a Ignis. "A lo mejor, debería."

Él se acomodó los lentes. No se atrevió a responderle.

Ella soltó una risita, y descruzó los brazos, asintiendo levemente. "Si lo encuentras… sé amable."

"Y tú también."

Ignis la observó partir, con el vestido brillando en la tenue luz de los candelabros que decoraban las paredes para la ocasión. Bajo esa luz parecía un fantasma, el balanceo de la tela era un recordatorio de los pasados.

Ignis miró en derredor de la pequeña antecámara, notando el aire frio que soplaba desde una ventana abierta. Se preguntó cuán lejos su voz podía viajar por el aire, y se aguantó las ganas de gritar, hasta que algo le gritara en respuesta.

Noctis era… Noctis. Era injusto y frio, pero esa era la manera en que Noctis ocultaba sus sentimientos desde que eran niños. E Ignis sabía que él no cambiaría nada en él. Jamás se atrevería a cambiar nada del príncipe heredero, porque hacerlo significaría un flaco servicio.

Sin embargo, en ocasiones como esta, Ignis deseaba que hubiera un botón mágico que pudiera tocar y que arreglara las cosas, que cambiara el futuro y el pasado, que hiciera que no estuvieran en las incómodas situaciones que enfrentaban ahora… o, sino, que pudieran vivir en una realidad alternativa, que les permitiera libertad. Una en la que Ignis pudiera sentir la piel de sus manos, y distinguir la realidad de la fantasía.

Dio unos pasos y apoyó la mano sobre el marco de la ventana, inclinándose para tomar un poco del aire del jardín. No veía nada más que flores y el verde.

"¡Oye"

Y, por supuesto que Prompto interrumpiría el silencio. Siempre era Prompto.

Ignis se volvió a mirar al adolescente, y suspiró al ver el ridículo traje de monstruo. Claro que se veía bien hecho, e incluso la máscara tenía un brillo tan realista que hacía que se le erizara el cabello a Ignis, pero fue el rostro de pánico lo que en verdad lo puso en guardia.

"¿Qué es lo que hizo?"

"¡Ay hombre! Intenté detenerlo- te juro que, si sabía cuánto había tomado, nunca lo habría dejado solo. Pensé que necesitaba un poco de tiempo a solas, dado que se molestó tanto cuando te vio con la condesa Marilynn. Digo, sabía que estaba borracho – ¡cualquiera podía notarlo! – pero ahora está colgando allí, y nadie lo puede hacer bajar, y creo que el rey desapareció, y Cor está teniendo un ataque, y Gladio - ¡Gladio me va a matar! ¡Si se muere, será mi culpa!"

Ignis dio un giro. "¿Se muere?"

Prompto tragó saliva.

"Explica tu elección de palabras. '¿Muere?'"

"No… no es nada, solo un desliz…"

Ignis se volvió y caminó rápidamente hacia el rubio, y lo tomó del frente del disfraz. Aplastó al adolescente contra la pared, escuchando como la cabeza chocaba contra el mármol con un horrendo crujido.

"¡Ay, mierda! ¡Ig, eso duele!"

Pero Ignis no se sentía piadoso – no con la palabra muerte dicha con tanta simpleza. "Explícate, ahora."

"Él… estaba molesto, ¿sabes? Así que le dije que se calme y tome aire. Pero, cuando volví con un vaso de agua, ¡se había ido! Y entonces algunos de las gujas gritaban que Noctis había empezado a teletransportarse por las paredes, y ahora estaba en la cima de la Ciudadela, y que nadie lo podía hacer bajar". Prompto estiró una mano y se tocó la cabeza, encogiéndose. "Eso duele. Mucho". Había un rastro de sangre en las piedras tras su cabeza.

Ignis no soltó al joven. "¿Dónde está Gladio?"

Prompto bajó la mirada. "Intentando hablarle… es medio difícil con él tan arriba. Nadie puede llegar hasta ahí."

Ignis al fin lo soltó, y rápidamente buscó en su bolsillo una poción, para aplastarla contra el traje de Prompto, observando como la magia rápidamente recorría la piel del chico. No quiso golpearlo tan fuerte.

Pero Prompto no tuvo tiempo para agradecerle, ya que Ignis partió rápidamente por la Ciudadela. Siguió los sonidos de gritos, y se hizo más y más evidente de que algo no estaba bien, a medida que se acercaba al corredor del frente.

Había una pequeña multitud en la base de la Ciudadela, un ejército de gujas con sus kukris listos, preparados para usar sus armas para escalar un costado del edificio y proteger al príncipe heredero.

Y sí, ahí estaba él – apoyándose sentado sobre una espada gigante, a cientos de metros por encima del suelo. Ignis sabía que había practicado la teletransportación con Gladio, pero nunca había llegado tan alto. Era peligroso, y el rey había puesto un veto con ciertas normas del uso de la transportación, hasta que Noctis aprendiera a descender apropiadamente. A pesar de que había nacido con esa innata habilidad gracias a la herencia de los Lucis, eso no significaba que fuera bueno en ella.

Ignis miró a los aterrados asistentes de la fiesta, hasta que sus ojos hallaron a Gladio en el sitio en que Noctis aterrizaría, si el adolescente perdía agarre, o su habilidad se desvanecía.

Gladio se veía preocupado. No era algo reconfortante, dado que el escudo no mostraba más emociones que hambre y fastidio, y, ocasionalmente, permitía que su lado más alegre se mostrara. Sin embargo, ahí estaba parado, con el ceño fruncido por una gran preocupación – la suficiente como para hacerse arrugas.

"¿Qué, en nombre de Etro, está pensando?", preguntó Ignis, mientras empujaba a un ignorante asistente. ¿Por qué las gujas no habían hecho que la gente regresara a sus casas? No iba a ser motivo de que el rey estuviera contento con ellos cuando llegara la mañana. Esto era su culpa.

No.

Esto era culpa de él.

"¡Noctis!", gritó Ignis, pero sabía de qué no había forma en que su voz llegara tan alto. "¡Ven aquí abajo!"

"No te puede oír, Ig. Mierda."

El consejero miró a Gladio. "Ya lo sé". Tomó aire. "¿Dónde está Cor? Tal vez sea el único que pueda hacerlo bajar."

"No está aquí."

"Bueno, alguien debería ir a buscarlo", gruñó Ignis, mientras se quitaba la capa y se la colgaba del brazo. "¿Cómo es que sigue ahí arriba? Ya debería haberse caído… su magia todavía es precaria."

"Su padre le dio una Medalla de Resistencia… hay probabilidades de que se quede ahí arriba hasta que se ponga sobrio o-"

"Se caiga", le cortó Ignis. Miró la espada y la luz azul en el cielo "No podemos dejar que eso pase."

"Sí, ni de broma", masculló Gladio, y se agarró la cabeza. "Tenemos que sacar a esta gente de aquí."

Tenía razón. Lo último que Ignis precisaba era más escenas provocadas por un Noctis ebrio. Ya iban a tener bastantes problemas para evitar que los periódicos no lo publicaran. Sin embargo, si era honesto consigo mismo, no le importaba lo que pasara en la mañana, mientras Noctis estuviera con los pies en el suelo… con preferencia del resto de su cuerpo.

"Hazlo, Gladio". Ignis alzó la mirada, y lentamente siguió el contorno, contando las ventanas. Trece, catorce, quince, dieciséis… "Voy a hallar la manera de bajarlo."

Sintió la mirada de Gladio encima, pero siguió contando. No había suficiente tiempo que perder. Veintiuno, treinta, treinta y uno…

Noctis trastabilló sobre su espada, y el estómago de Ignis pareció salírsele.

"Quédate quieto, Noctis", murmuró. Era inútil gritarle, dado que Noctis estaba a cincuenta y cuatro pisos de altura, y sólo un dios conseguiría hacer que su voz le llegara. Aun así, esperaba que Noctis comprendiera…

Ignis salió corriendo, pasando la docena de gujas que ahora escoltaban presurosamente a los visitantes. Llegó a los corredores, hallando gente corriendo hacia las salidas, en lugar de seguirlo. Consiguió llegar al ascensor, pero, cuando se cerraron las puertas, sintió el cuerpo debilitársele. Todo su cuerpo parecía haber perdido el control, y se descubrió en el suelo, con la cabeza contra la pared.

El ascenso al piso 54 de la Torre Este fue el más largo que Ignis haya experimentado: el mundo entero podía haber pasado delante de sus ojos mucho más rápido de lo que le llevó al ascensor subir hasta donde Noctis colgaba de la Ciudadela, suspendido a cientos de pies sobre el piso. Era como si los dioses mismos se burlaran de él: era su culpa, después de todo. Había sido ingenuo y egoísta con Noctis. Había intentado tomar más de lo que merecía, intentado no romper promesas a sí mismo, o a su prometida; en cambio, sólo consiguió herir a su príncipe.

Sabía que eso lo lastimaría, y, sin embargo, lo hizo. ¿Qué había de leal en herir a la única persona que le importaba en todo Eos?

Se tiró del cuello, sintiendo la rígida seda negra ahogarlo. ¿Cómo era posible que algo tan bien hecho, tan suave y delicado, se sintiera como fuego contra la piel – como cientos de hormigas caminarle y morderle?

Cerró los ojos con fuerza y apretó los puños, llevando una mano al mármol del piso.

Alzó la mirada y miró los números que lentamente cambiaban, y se descubrió forzándose a pararse, las uñas clavándose contra el mármol, deslizándose entre las uniones, consiguiendo agarre para las uñas, pero nada más.

Él no era débil.

No lo era.

Esto nada tenía que ver con debilidades, esto era entregarse a las emociones que sabía que no tenía derecho a sentir. Era simple y puro egoísmo.

E Ignis era, por sobre todo, egoísta.

Apartó el sentimiento dentro de su caja secreta de pensamientos, esos por los que el rey lo hubiera mandado al exilio, esos que destruirían a Noctis y a él… que podrían destruir su reino.

El Reino. Lucis.

El imperio de la muerte, envuelto en negro y oculto del resto del mundo… la única magia que pervivía en un mundo de maquinarias.

Era algo taladrado en sus cabezas desde que eran meros niños. El imperio pervivía sobre los huesos y la sangre de la realeza Caelum. Por la prosperidad debía pagarse un precio, que era diferente para cada rey y reina de Lucis, y era una historia que se narraba como un mito, pero se la conocía como una profecía.

Ninguno de los sentados en el trono tendría un reinado feliz. Ninguno. La familia real estaba condenada, maldecida con muertes y obscuridad, sin embargo, era capaz de forjar un futuro a través de la miseria y la noche perpetua.

El Rey Regis había perdido a su esposa por la Plaga de las Estrellas. El Rey de la Katana, cuyo nombre se había perdido en el tiempo, también perdió a su joven esposa tras el nacimiento de su único hijo. El Rey del Cetro, llevó a su Oráculo a la muerte y se hizo ermitaño, ocultándose hasta el final de sus días. La Reina de la Estrella, cuyas cinco hijas fueron masacradas por la mano de su esposo, una bestia de Niflheim que perdió la cordura, y luego la cabeza, había sido un relato que Ignis escuchó, así como otros niños oían cuentos para dormirse.

Del linaje de Lucis no provenía ninguna historia feliz.

Y, Ignis lo sabía, si eso significaba que debía renunciar a su felicidad para evitar que algo peor le ocurriera a su príncipe, que así fuera. Si iba a estar atado a alguien que nunca podría amar en verdad, lo haría con gusto, mientras eso significara que Noctis viviera una larga y fructífera vida.

¿Era peor haber amado y perdido, que nunca haberlo hecho?

Ignis creía en que era mucho peor haber amado y provocado un daño, en vez de haberse mordido la lengua hasta sangrar.

Consiguió ponerse de rodillas, luego de pie, antes de que el ascensor alcanzara el piso 54, y rápidamente se acomodó la camisa negra, aunque no sabía el porqué de esa acción. Era algo que lo reconfortaba, algo que le recordaba tiempos mejores. Tiempos en que el Príncipe Heredero no colgaba de una espada gigante encima de su ciudad, sólo porque Ignis trajo a su prometida a la fiesta.

Rápidamente fue a las ventanas del lado este, pasado una docena hasta que llegó a un área de la pared con la piedra partida y el aullido del viento.

"¡Noctis!", gritó por encima del viento, sintiendo el frio viento de octubre contra la cara. Si solo ese hueco se sentía así, ¿cómo estaría pasándolo Noctis? El viento solo podía ponerse peor…

Rápidamente fue a la ventana más cercana y buscó un pestillo, aunque sabía que las únicas ventanas que podían abrirse terminaban en el piso quince, donde estaba la Sala del Trono del Rey.

Era consciente de que debía ser más cuidadoso, pero sólo logró cubrirse el puño con la manga, antes de atravesar el cristal.

Se arrepintió de su decisión de inmediato mientras unos pocos cristales se le metían en los nudillos, y rápidamente retiró la mano, para mirar el salón vacío en busca de ayuda. Aquí arriba, y lo sabía, había cuartos solo con estantes llenos de libros viejos y papales que a nadie le interesaba leer u organizar. Cada piso estaba dedicado a un tema distinto, una letra distinta, a veces por color o tamaño del texto – las Reglas del Pasado tenían cierto aire a un rudimentario sentido del humor en torturar a sus descendientes.

Ignis miró otra vez a la ventana, encogiéndose cuando su mano latió. "¿Noctis?"

Oyó algo al otro lado, aunque no estuvo seguro de si fue una risa o un grito.

Mirando otra vez someramente el cuarto, se agachó y se quitó el zapato – lo que consideró debió haber usado en lugar de su puño – y empleó el taco para romper el cristal que quedaba en el marco de la ventana. Sacó lo suficiente como para asomar sin peligro la cabeza y ver que si - ahí estaba él, temblando y mirando por encima de todo Insomnia, con el negro cabello agitándose alrededor de su rostro como un huracán.

"Su alteza – Noctis-", le llamó, esperando que el otro le oyera.

Ignis no hizo ningún movimiento veloz, consciente del precario borde en que Noctis estaba. Lo último que quería era hacer que el nervioso y bebido príncipe perdiera el balance. Ahora, cuando estaba tan cerca… Ignis casi podía tocarlo.

"¡Noctis!", lo volvió a llamar.

No estuvo seguro de si su voz llegó a Noctis, o si fue otra cosa – quizás la luz de los botones de su camisa, o el ruido del cristal roto, pero pudo ver la temblorosa cara de Noctis mirarlo, los labios azules. Tenía los brazos rodeándole el cuerpo, la fina tela de algodón de la camisa no lo abrigaba del viento. La chalina verde había evitado salir volando, lo que Ignis agradecía – no estaba seguro de cuanto alcohol había bebido Noctis, y si el chico de cabellos negros habría intentado recuperarla. Lo último que deseaba era verlo caer por alguna tontería de borracho.

Los ojos de Noctis parecían un poco más sobrios que antes – sin duda, el colgar de un lado de la Ciudadela lo había causado. Intentó gritarle algo, pero el aullido del viento les ensordecía.

Ignis bajó el zapato, oyéndolo chocar contra el suelo detrás de él, y luego puso la capa negra sobre la ventana rota. Se inclinó adelante, y dejó que su mano se alargara hasta Noctis. No era la que sangraba, porque algo resbaladizo entre sus pieles era lo último que Ignis quería. Si dejaba caer a Noctis… tragó saliva, para quitarse el nudo de la garganta.

"Su alteza – Noctis. Por favor". Deseó que su rostro pudiera reflejar la desesperación y miedo que sentía, ya que ver a Noctis ladear sobre la espada gigante lo hacía sentirse así, tan nervioso. Solo sentado allí…

Noctis dijo algo que fue devorado por el viento, pero, tímidamente alargó la mano a Ignis.

Cuando sintió la mano de Noctis en la suya, Ignis apretó el agarre tanto como pudo, y dobló las piernas. Deseó poder gritarle algo a Noctis, pero sabía de qué era una pérdida del aliento que necesitaba para subir al príncipe.

Y era aterrador, sentir esos fríos dedos bajo los suyos, saber cuán alta era la caída. Cincuenta y cuatro pisos… no iba a quedar nada de Noctis si lo soltaba.

El príncipe pareció recuperarse lo bastante como para darse cuenta del predicamento, y, cuando Ignis le asintió rápidamente, Noctis fue capaz de tirarse contra la ventana casi por sí mismo. La espada gigante brilló en azul, e Ignis llevó la mano herida a la espalda de Noctis. Su otra mano quedo atrapada entre los dos, cerrada tan fuerte sobre la del príncipe, que era seguro que tendría moretones en la mañana. No podía hallar vergüenza dentro de sí en haberle puesto encima las manos al príncipe, porque ahora podía oler la colonia de Noctis y el alcohol de su disfraz.

Estaba tibio y entero.

"Ig – mierda", suspiró Noctis en su oído, mientras Ignis lo ayudaba a cruzar la ventana. La capa que había ayudado a proteger el estómago de Noctis terminó pateada a un lado. Los dos habían terminado de lado sobre el piso, en una mezcla de ropas y miembros. A Ignis le importaba un comino, porque, aparte del shock por el frio, el príncipe estaba bien.

Estaba bien.

"¿Qué demonios pensabas – qué, en nombre de los cielos, pensabas?". Ignis soltó la muñeca de Noctis, y tomó el rostro del príncipe entre sus dedos, observando la sangre pintar de rojo la mejilla del joven. "Pudiste – pudiste haber caído."

Pudiste haber muerto.

Pero Ignis apenas podía pensar las palabras, y menos decirlas.

"Yo – me la crucé. Estaba… estaba tan enojado", murmuró Noctis, la voz temblorosa, e Ignis no sabía si era por la adrenalina o por el miedo. "Sólo quería alejarme de ella."

Marilynn.

"Es mi culpa, Noctis. Permití que ella fuera a buscarte. Pensé que podría hablarte acerca de…"

Acerca del dolor de las obligaciones. De la promesa de sus familias.

Del destino, escrito en las estrellas.

Pero Noctis sólo lo miraba, con los ojos azules muy abiertos. "Ig – Ignis. Estas… estás…"

Ah, la sangre. Claro que Noctis se daría cuenta de la sangre en su mano, que ahora le manchaba la mejilla. Era algo torpe e ingenuo de parte de Ignis tocar al príncipe de forma tan íntima, el permitir que su sangre tocara la piel del príncipe.

Sin embargo, eso no pareció ser un problema, mientras Noctis se inclinaba hacia delante y tímidamente pasaba los dedos por las mejillas de Ignis.

Ni se había percatado de las lágrimas que caían por su rostro.

Noctis se acercó y dejó que sus labios se apoyaran sobre la mejilla izquierda, luego dejó que su boca recorriera la piel de Ignis, cruzara por encima de la nariz y bajara a la mejilla derecha. Ignis debió haberlo detenido: sabía que eso estaba mal, que eso estaba yendo demasiado lejos. Si se dejaban caer en este agujero de conejo, no iba a haber manera de regresar al pasado… había luchado tanto contra ello, y sin embargo…

Cuando Noctis apoyó los labios contra los de Ignis, se permitió ser egoísta. Todo lo que podía hacer era respirar el olor al alcohol y el profundo almizcle que, sabía, sólo pertenecía a Noctis.

El príncipe estaba borracho, esto estaba mal. Tenía que apartarse.

Se iba a casar.

Y, sin embargo, Ignis se descubrió llevando la mano al cabello color medianoche del príncipe. Le dolió cuando parte del gel de cabello se le metió en las heridas de la mano, pero ni le importaban el dolor o la sangre en sus rostros, cuando la boca de Noctis estaba contra la suya. Había soñado con este momento durante años, desde la primera vez en que notó cómo el cabello de Noctis parecía enmarcarle el rostro como una aureola, cómo el tono de su voz se agravó al llegar a la pubertad, haciéndolo sonar mucho más principesco, más como un rey. Era la forma en la que se movía, en la forma en que el aire se movía y se doblaba a su voluntad. Noctis era las estrellas fugaces en el cielo, e Ignis no podía negarlo.

Había amado al príncipe, lo había amado con cada fibra de su cuerpo. Había amado a Noctis desde que apenas eran niños, y, ahora, lo amaba mucho más.

El tiempo le había entregado al Príncipe, y el tiempo le entregaría al Rey.

Y, en ese momento, cuando sus bocas y lenguas bailaban una contra la otra, Ignis no podía lamentar el destino de Noctis, porque sabía cuál era. Ignis desposaría a Marilynn, y Noctis a alguien que le diera hijos Lucianos. Y, a pesar de que el dolor era enorme, nunca se había dado cuenta de cuánto de su espíritu le había faltado.

Cuando se separaron para tomar aire, Ignis atrajo la cabeza de Noctis contra el hombro, haciendo que su nariz se apoyara contra la oreja del príncipe.

"Lo siento. Por favor, Noctis, por favor, perdóname."

Y, por primera vez en lo que pareció una eternidad, Ignis no se guardó los sentimientos en aquella caja secreta.

"No… la culpa es mía, Ig. Yo debería disculparme. Era un tonto disfraz … sólo un disfraz estúpido."

Pero Ignis no quería oír la disculpa de Noctis, y se descubrió inclinándose para besarlo otra vez. Se sentía… se sentía bien.

"No era un tonto disfraz. No para mí."


El rey Regis estuvo furioso tras, encontrarlos tiempo después, luego de que Ignis hubo limpiado la mayor parte de la sangre del rostro del joven. Había esperado poder colar a Noct en su vieja habitación antes de que el rey los encontrara, pero el rey Regis, Cor y Clarus los encontraron mucho antes de lo que le hubiera gustado… y, ciertamente, más de lo que Noctis hubiera preferido.

El rey le agradeció a Ignis, aunque por cual motivo, el consejero estaba inseguro… ¿de salvar al príncipe de caerse a su muerte? No había duda. Pero Ignis se preguntó si el rey podía ver la culpa escrita en su cara, tatuada en la piel de su frente. Él y Noctis habían ido más lejos de lo que debían. Los sentimientos entre ellos, no era lo correcto para un consejero enamorarse del Príncipe Heredero… y lo peor, era que Noctis… Noctis también lo amaba.

E Ignis sabía, lo había sabido, pero el haber unido sus labios en el frenesí de la vida y las emociones… había sellado su destino.

No había manera de echarse atrás, de olvidarse de la calidez de él, y había deseado más. Como el ciego que ve los colores por primera vez, Ignis era consciente de lo que siempre había sabido – que aceptar esos sentimientos que había ocultado cambiaria las cosas. Ya no sería capaz de volver a ocultarlos.

Era la peor cosa que podían haber hecho, e Ignis lo sabía. Era algo temerario y destructivo, que los había maldecido a los dos, porque amar y perder, era peor que nunca haberlo hecho. El dolor que ya conocía vendría de a oleadas después, y debería vivir con las consecuencias de esa noche…

Pero estaba dispuesto a hacerlo.

Estaba dispuesto a intentarlo.