DISCLAIMER: Todo lo reconocible pertenece a J.K. Rowling, el resto es mío.

AVISO: Este fic participa en el Segundo Reto "Historias en Canciones" del foro "El triángulo donde tres están unidos".

NOTA: Bueno, esta vez toca Wolfstar, porque son amor. No sé cómo habrá quedado, pero espero que os guste :)

Demons - Imagine Dragons


Dark and bright

When you feel my heat
Look into my eyes
It's where my demons hide
It's where my demons hide
Don't get too close
It's dark inside
It's where my demons hide
It's where my demons hide

Cuando Remus Lupin abrió los ojos, un dolor de cabeza atroz lo invadió casi al instante. Volvió a cerrarlos, sumergiéndose en la oscuridad, su aliada. Se sentía aliviado: aquella había sido la última noche de luna llena; ahora podría disfrutar de un poco de tranquilidad y descansar como era debido en la enfermería antes de incorporarse a las clases.

Abrió los ojos de golpe cuando oyó que la cortina que separaba su cama de las demás se descorría de golpe. Acto seguido, James saltó encima de su cama y le tendió una magdalena de chocolate.

—Habíamos robado más, pero Peter se ha comido las otras.

—¡No es verdad! —exclamó el acusado, sentándose en el otro lado de la cama—. Solo me he comido dos —explicó, medio avergonzado. Apuntó a James con el dedo—. ¡Él se ha comido el resto!

Remus soltó una carcajada mientras agradecía para sus adentros tener unos amigos tan maravillosos.

—¡Traidores! —exclamó una voz al fondo de la sala—. ¿Traéis comida para Lunático y para mí no?

Sirius se levantó de una cama en la otra esquina de la habitación y se acercó a ellos con una de sus típicas sonrisas descaradas en el rostro. Peter se hizo a un lado para hacerle sitio, pero el moreno terminó tumbándose en la cama, al lado de Remus.

—No me mires así, Cornamenta; estoy inválido.

—Lo que tienes tú es mucho cuento —respondió James, enarcando una ceja.

Remus los miró sin entender nada.

—¿Inválido por qué? —preguntó—. Por cierto, ¿qué hacéis aquí? Si no recuerdo mal, McGonagall amenazó con convertiros en teteras si faltabais a una clase más.

—No creo, nos tiene cariño —dijo Peter.

—Dirás que está encandilada con mi encanto personal —replicó Sirius.

—Tendrías que haberlo golpeado con más fuerza —le dijo James a Remus.

Remus se quedó con la boca abierta.

—Que yo hice… ¿¡qué!?

Sirius cogió la magdalena abandonada hasta aquel momento en un rincón y le dio un mordisco. No habló hasta que no hubo masticado y tragado —cómo le gustaba el drama, por Merlín.

—Anoche parecías más enfadado que de normal y, cuando me acerqué más de la cuenta, me lanzaste por los aires. —Le tocó un brazo—. No sabía que ocultabas tanto músculo debajo de todos esos jerséis, Lunático.

Los demás rieron, pero lo único que Remus podía asimilar era ‹‹me lanzaste por los aires››. Lo miró de arriba abajo; llevaba una bata de la enfermería, por tanto, algo le había hecho.

—Tranquilo —intervino James—, solo tenía un brazo roto, pero Madame Pomfrey se lo curó anoche. No sé ni por qué has pasado aquí la noche. —Frunció el ceño, mirando a Sirius, quien se encogió de hombros y sonrió.

—Porque así puedo exagerar un poco cuando cuente la historia a las generaciones futuras.

—Sirius, tú nunca exageras ‹‹un poco›› —dijo Peter, arrebatando lo que quedaba de la magdalena de las manos de Sirius y comiéndosela él.

—¿Pero estás bien? —preguntó Remus—. Sabía que no debería dejar que vengáis conmigo…

El muchacho dejó caer la cabeza sobre la almohada y se cubrió los ojos con el antebrazo. Sirius hizo un gesto imperceptible a sus amigos; estos se levantaron y se marcharon.

—Y luego dices que soy yo el dramático… —dijo, sonriendo.

Su intento por tranquilizar a Remus no funcionó, porque este no se movió. Soltó un suspiro de frustración y colocó una mano en el brazo de él, pero Remus se movió para no estar en contacto con él.

—El mes que viene, saldré yo solo —anunció—. Y será mejor que te vayas o llegarás tarde a Historia de la Magia —ordenó con su mejor tono de Prefecto de Gryffindor.

Sirius puso los ojos en blanco y empezó a mover el brazo derecho arriba y abajo.

—¿Ves? Está perfectamente. ¿Qué más da un hueso roto, si tenemos magia para arreglarlo? —Suspiró—. Pobres muggles, los compadezco.

—Hoy es un hueso. ¿Qué pasará cuando sea el cuello, Sirius? —respondió Remus con dureza. Estaba realmente enfadado; ¿qué había pasado aquella vez? ¿Por qué no había funcionado la poción Matalobos como lo había hecho hasta el momento? Entró en pánico—. ¿Y si empieza a dejar de surtir efecto? ¿Y si me convierto en…? —musitó para sí mismo.

—¡Por Merlín, para ya! —exclamó Sirius.

Remus lo miró con asombro; Sirius raramente perdía los nervios. Frunció el ceño.

—Para ti solo estoy exagerando, ¿verdad? ¡No lo entiendes! ¡Podría haber…!

No pudo seguir hablando, pues los labios de Sirius sellaron su boca con un beso. Cuando se separaron, el moreno asintió, satisfecho.

—Sabía que funcionaría.

Remus parpadeó varias veces.

—¿Me has besado solo para conseguir que me callara? —preguntó con una calma que realmente no sentía.

Sirius vaciló.

—Bueno… En parte —dijo con un ademán—. Y porque me… gustas, ya sabes.

—¡No, no sé nada! —exclamó Remus; se sonrojó sin poder evitarlo.

—¡Oh, vamos, llevo lanzándote indirectas desde hace años!

—Sirius, tú lanzas indirectas a todo el mundo.

El moreno se pasó una mano por la melena negra.

—Vale, mea culpa. Pero te dije que te quería aquella noche, a principio de curso…

—Nos habíamos bebido dos botellas de whisky de fuego entre los cuatro —replicó.

Recordaba perfectamente aquella noche. Habían robado unas botellas de la despensa y se las habían llevado a su habitación. Dos horas después, James había decidido que tenía que confesarle por enésima vez su amor a Lily, Peter estaba en el baño, echando hasta la primera papilla, y Sirius tenía las manos alrededor del cuello de Remus. ‹‹Te quiero, Lunático››. ‹‹Yo también, Canuto››.

—¡Pero lo decía en serio!

Remus apartó la mirada.

—No puedo gustarte —dijo.

—Oh, vamos, los dos sabemos que necesitas hacer un poco más de ejercicio y que te dé el sol. Si sacaras la nariz alguna vez de tus libros… Pero tranquilo, no todos tienen el tipo que yo tengo. Qué le vamos a hacer —explicó con una sonrisa ladeada que casi hizo que Remus pusiera los ojos en blanco.

—No es eso, idiota. Soy un hombre-lobo.

Sirius empezó a aplaudir lentamente.

—¡Y el premio para la obviedad del año es para… Remus John Lupin! Ya sé que eres un hombre-lobo; llevo saliendo por ahí contigo en cada luna llena durante los últimos cuatro años, ¿recuerdas?

—¡Precisamente por eso! —Remus ya había perdido la paciencia. Si no dejaba las cosas claras, corría el riesgo de dejarse convencer por las palabras de Sirius—. ¿Quieres que te rompa otro brazo para convencerte de que soy peligroso?

Sabía que Sirius no entraría en razón fácilmente. Para él era sencillo: podía convertirse en perro a voluntad, hubiera o no luna llena. Para Remus, lo que tenía era incontrolable. Viviría con su condición toda la vida. ¿Qué pasaría si un día se quedaba sin la poción que lo mantenía a raya? ¿Y si volvía a suceder lo de la noche anterior? No, no podía estar con nadie. De hecho, hacía tiempo que se había resignado a la soledad; nadie querría estar con alguien como él.

Miró a Sirius. De hecho, no entendía qué había visto Sirius en él. Eran muy diferentes: el moreno era una mezcla de sarcasmo, irresponsabilidad y alegría, mientras que Remus solía ser más calmado, más taciturno.

Era cierto que había desarrollado por él sentimientos que iban más allá que una simple amistad, pero nunca se había atrevido a profundizar en ellos. No había nada más amargo que las esperanzas que no tenían esperanza alguna de conseguir su objetivo.

—Pues me voy. —Sirius se levantó de golpe, pero antes de haber dado cuatro pasos, se giró—. Porque quieres que me vaya, ¿cierto?

Remus abrió la boca para afirmarlo, pero la palabra no pudo atravesar su garganta. En su lugar, murmuró:

—No.

Sirius sonrió, satisfecho, y volvió a sentarse en la cama. Cogió a Remus por los hombros y lo miró a los ojos. Estaba serio como nunca lo había estado.

—Ahora voy a besarte, pero prométeme que no pensarás en nada malo. Me dan igual los argumentos que tengas, porque no pienso irme. Además, ¡no querrás que James y yo entremos en una competición para ver quién es más insistente de los dos!

Remus soltó una carcajada antes de abalanzarse sobre Sirius y besarlo. Estuvieron un rato así, besándose una y otra vez, hasta que un carraspeo los interrumpió.

—Lamento ser yo quien interrumpa… —La profesora McGonagall los miraba impertérrita desde la puerta— pero, si no me equivoco, el señor Black llega tarde a una clase. Oh, y además está castigado —añadió.

—¡Venga ya, Minnie! —protestó el moreno.

Minerva se permitió una pequeña sonrisa.

—Quizás ahora que el señor Lupin por fin ha respondido a sus indirectas, podría aprender un poco de puntualidad y formalidad de él, señor Black.

La mujer se marchó, dejándolos solos. Los muchachos se miraron y sonrieron.

—¿Has visto? Hasta McGonagall sabía que me gustabas. Para ser tan inteligente, a veces puedes ser muy tonto.