Capítulo 1
Los personajes pertenecen a S.M y la historia es una adaptación.
Disfruten el primer capítulo.
SEÑORAS y señores, bienvenidos a Sicilia. Por favor, mantengan el cinturón de seguridad abrochado hasta que el avión se detenga por completo».
Bella mantuvo la vista fija en el libro. No estaba lista para mirar por la ventanilla. Aún no. Demasiados recuerdos esperaban, recuerdos que llevaba dos años intentando borrar.
El niño pequeño que había en el asiento de detrás de ella gritó y pateó el respaldo de su asiento con fuerza, pero Bella solo era consciente de la bola de ansiedad que le atenazaba el estómago. Normalmente leer la tranquilizaba, pero sus ojos reconocían letras que su cerebro se negaba a procesar. Aunque una parte de ella deseaba haber elegido otro libro, otra parte sabía que habría dado igual.
–Ya puede soltar el asiento. Hemos aterrizado –la mujer que tenía al lado le tocó la mano–. Mi hermana también tiene miedo a volar.
–¿Miedo a volar? –repitió Bella, volviendo la cabeza lentamente.
–No hay por qué avergonzarse. Una vez mi hermana tuvo un ataque de pánico en ruta a Chicago, tuvieron que sedarla. Usted lleva aferrando el asiento desde que salimos de Heathrow. Le dije a mi Bill: «Esa chica ni siquiera sabe que estamos sentados a su lado. Y no ha pasado una sola página del libro». Pero ya hemos aterrizado. Se acabó.
Bella, absorbiendo el dato de que no había leído ni una página en todo el vuelo, miró a la mujer. Se encontró con unos cálidos ojos marrones y una expresión preocupada y maternal.
«¿Maternal?». A Bella la sorprendió haber reconocido la expresión, dado que no la había visto nunca, y menos dirigida a ella. No recordaba haber sido abandonada en un frío parque, envuelta en bolsas de la compra, por una madre que no la quería, pero el recuerdo de los años que siguieron estaban grabados en su cerebro a fuego.
Sin saber por qué, sintió la tentación de confesarle a la desconocida que su miedo no tenía que ver con volar, sino con aterrizar en Sicilia.
–Ya estamos en tierra. Puede dejar de preocuparse –dijo la mujer. Se inclinó por encima de Bella para mirar por la ventanilla–. Mire ese cielo azul. Nunca he estado en Sicilia. ¿Y usted?
–Yo sí –como la amabilidad de la mujer merecía una recompensa, sonrió–. Vine por negocios hace unos años –pensó que ese había sido su primer error.
–¿Y esta vez? –la mujer miró los ajustados pantalones vaqueros de Bella.
–Vengo a la boda de mi mejor amiga –los labios de Bella respondieron automáticamente, aunque su mente estaba en otro sitio.
–¿Una boda siciliana auténtica? Oh, eso es muy romántico. Vi la escena de El padrino, bailes y familia y amistades, fabuloso. Y los italianos son maravillosos con los niños –la mujer miró con desaprobación a la pasajera de la fila de detrás, que había leído todo el vuelo, ignorando a su hijo–. La familia lo es todo para ellos.
–Ha sido muy amable. Si me disculpa, tengo que salir –Bella guardó el libro y se desabrochó el cinturón de seguridad, anhelando huir de ese tema.
–Ah, no, no puede dejar el asiento aún. ¿No ha oído el anuncio? Hay alguien importante en el avión. Por lo visto tiene que bajar antes que el resto de nosotros –se asomó por la ventanilla y soltó un gritito excitado–. Mire, acaban de llegar tres coches con cristales opacos. Y esos hombres parecen guardaespaldas. Oh, tiene que mirar, parece una escena de una película. Juraría que llevan pistola. Y el hombre más guapo del mundo está en la pista. ¡Mide más de un metro noventa y es espectacular!
Bella sintió una opresión en el pecho y deseó haber sacado el inhalador para el asma, que estaba en el compartimento del equipaje de mano. Para evitar un indeseado comité de bienvenida, no le había dicho a nadie en qué vuelo llegaría. Pero una fuerza invisible la llevó a mirar por la ventanilla.
Él estaba en la pista, con los ojos ocultos tras unas gafas de sol estilo aviador, mirando el avión. El que tuviera acceso a la pista de aterrizaje decía mucho sobre su poder. Ningún otro civil habría tenido ese privilegio, pero ese hombre no era cualquiera. Era un Cullen. Miembro de una de las familias más antiguas y poderosas de Sicilia.
«Típico», pensó Bella. «Cuando lo necesitas, no aparece. Y cuando no es el caso…».
–¿Quién cree que es? –la amable compañera de vuelo estiró el cuello para ver mejor–. Aquí no tienen familia real, ¿verdad? Tiene que ser alguien importante si le dejan entrar en la pista de aterrizaje. ¿Qué clase de hombre necesita tanta seguridad? ¿A quién habrá venido a recibir?
–A mí –Bella se levantó con el entusiasmo de un condenado camino a la horca–. Se llama Edward Anthony Cullen y es mi esposo –pensó que ese había sido su segundo error. Pero pronto ella sería su exesposa. Una boda y un divorcio en el mismo viaje.
Eso sí que era matar dos pájaros de un tiro, aunque nunca había entendido qué tenía de bueno matar dos pájaros.
–Espero que tengan unas buenas vacaciones en Sicilia. No dejen de probar la granita. Es lo mejor –ignorando la mirada de preocupación de la mujer, Bella sacó el bolso de viaje del compartimento superior y caminó por el pasillo dando gracias por haberse puesto zapatos de tacón. Los tacones altos proporcionaban seguridad en situaciones difíciles y, sin duda, esa lo era. Los pasajeros cuchicheaban y la miraban, pero Bella no se daba cuenta; estaba demasiado preocupada preguntándose cómo sobreviviría a los siguientes días. Tenía la sensación de que iba a necesitar más que unos tacones de vértigo para salir adelante con bien.
«Testarudo, arrogante, controlador», ¿por qué había ido allí? ¿Para castigarse o para castigarla?
–Signora Cullen, no sabíamos que contábamos con el placer de su presencia a bordo… –dijo el piloto, que la esperaba junto a la escalerilla de metal. Su frente estaba perlada de sudor–. Tendría que haberse presentado.
–No quería presentarme.
–Espero que haya disfrutado del vuelo –el piloto miraba la pista con nerviosismo.
El vuelo no podría haber sido más doloroso, porque volvía a Sicilia. Había sido una estúpida al pensar que podía llegar sin que nadie lo supiera. O Edward tenía los aeropuertos vigilados, o tenía acceso a las listas de pasajeros.
Cuando habían estado juntos, su influencia la había dejado boquiabierta. En su trabajo estaba acostumbrada a lidiar con celebridades y millonarios, pero el mundo de los Cullen era extraordinario en todos los sentidos.
Durante un breve lapso de tiempo había compartido con él esa vida dorada y deslumbrante de los inmensamente ricos y privilegiados. Había sido como caer en un colchón de plumas tras pasar la vida durmiendo sobre hormigón.
Al verlo a los pies de la escalerilla, Bella casi tropezó. No lo veía desde aquel día horrible cuyo recuerdo aún le daba náuseas.
Cuando Alice había insistido en que cumpliera la promesa de ser su dama de honor, Bella tendría que haberse negado porque suponía demasiado impacto para todos. Había creído que su amistad no tenía límite, pero se había equivocado. Por desgracia, era demasiado tarde.
Bella sacó las gafas de sol del bolso y se las puso. Si él iba a jugara a eso, ella también jugaría. Alzó la barbilla y salió del avión.
El súbito golpe de calor tras la fría niebla de Londres la impactó. El sol caía sobre ella como plomo. Se aferró a la barandilla y empezó el descenso hacia el infierno que era la pista donde esperaba el diablo en persona. Alto, intimidante e inmóvil, flanqueado por guardaespaldas de traje oscuro, atentos a sus órdenes.
Era una llegada muy distinta a la primera, en la que todo había sido excitación e interés. Se había enamorado de la isla y de su gente.
Y de un hombre en concreto. De ese hombre.
No podía ver sus ojos, pero no necesitaba verlo para saber lo que estaba pensando. Percibía la tensión, sabía que él estaba siendo absorbido hacia el pasado, igual que ella.
–Edward –en el último momento recordó dar a su voz un tono de indiferencia–. Podías haber seguido cerrando algún trato de negocios en vez de venir a recibirme. No es que esperara un comité con banderitas de bienvenida.
–¿Cómo no iba a venir a recibir a mi querida y dulce esposa al aeropuerto? –la boca dura y sensual se curvó levemente hacia arriba.
Tras dos años, la impactó volver a verlo cara a cara. Pero más impresionante fue el hambre fiera que le atenazó el estómago, el intenso deseo que creía había muerto junto con su matrimonio.
Eso la desesperó, porque era como una traición de sus creencias. No quería sentirse así.
Edward Cullen era un bastardo frío, duro e insensible, que ya no merecía un lugar en su vida.
Se corrigió automáticamente: no, no era frío. Todo habría sido más fácil si lo fuera. Para alguien tan emocionalmente cauta como Bella, Edward, con su expresivo y volátil temperamento siciliano, había supuesto una peligrosa fascinación. La habían seducido su carisma, su virilidad y que le impidiera esconderse de él. Le había exigido una honestidad que ella nunca antes había tenido con nadie.
En ese momento, agradeció la protección adicional que le otorgaban las gafas de sol. No le gustaba revelar sus pensamientos, siempre se había protegido. Confiar en él había requerido todo su coraje y por ello su traición había resultado más devastadora aún.
Aunque no le vio hacer ningún gesto, uno de los coches se acercó a ella.
–Sube al coche, Bella –el tono de voz gélido la envolvió, paralizándola. No podía moverse. Miró el interior del lujoso vehículo, evidencia del éxito de los Cullen.
Se suponía que tenía que subir sin hacer preguntas. Seguir sus órdenes porque eso era lo que hacían todos. En su mundo, un mundo que la mayoría de la gente no podía ni imaginar, era omnipotente. Él decidía qué ocurría y cuándo.
Ella pensó que su tercer error había sido regresar. La ira que había controlado durante dos años empezaba a corroerla como un ácido.
No quería subir a ese coche con él. No quería compartir un espacio cerrado con ese hombre.
–Estoy mareada después del viaje. Antes de ir al hotel, voy a pasear por Palermo un rato –había reservado un hotel pequeño, invisible al radar de un Cullen. Un sitio donde recuperarse del impacto emocional de asistir a la boda.
–Sube al coche, o te subiré yo –siseó él–. Avergüénzame en público otra vez y te arrepentirás.
Otra vez. Porque ella había hecho exactamente eso. Había tomado su orgullo masculino y lo había roto en pedazos, y él nunca la había perdonado.
Perfecto, porque ella no lo había perdonado a él por abandonarla cuando más lo necesitaba.
No podía perdonar ni olvidar, pero daba igual porque no quería reavivar su relación. No quería arreglar lo que habían roto. Ese fin de semana no tenía que ver con ellos, sino con la hermana de él.
Su mejor amiga.
Bella se centró en esa idea, agachó la cabeza y subió al coche, agradeciendo los cristales opacos que la ocultarían del escrutinio de los pasajeros que observaban desde el avión.
Edward se reunió con ella y los pestillos de seguridad chasquearon, recordándole que la adinerada familia Cullen siempre era un objetivo y necesitaba protección.
Él se inclinó hacia delante y le habló al chófer en el italiano, cantarín y sedoso, que ella adoraba. Dados sus negocios internacionales, usaba más el italiano que el dialecto siciliano local, más gutural, aunque no le costaba nada cambiar de uno a otro.
–¿Cómo sabías que venía en ese vuelo? –preguntó Bella, envidiando la libertad de los pasajeros que empezaron a desembarcar.
–¿Lo preguntas en serio?
Si había algo que la familia Cullen desconocía, era porque no le interesaba. La amplitud y alcance de su poder era abrumadora, sobre todo para alguien como ella, llegada de la nada.
–No esperaba que me recibieras. Iba a ponerle un mensaje a Alice, o llamar a un taxi, o algo.
–¿Por qué? –su musculosa pierna estaba muy cerca de la de ella, invadiendo su espacio personal–. ¿Querías averiguar si pagaría el rescate si te secuestraban? –exudaba poder y, de repente, ella comprendió por qué se había dejado llevar. Apenas podía pensar en su presencia. Incluso en ese momento, su sexualidad la dejaba sin aire.
–Pronto tendremos la sentencia de divorcio –intentó ampliar la distancia entre ellos–. Seguramente les habrías pagado para librarte de mí. Tu insolente y desobediente exesposa.
–Hasta que la tinta se seque en esos documentos, eres una Cullen. Actúa como una –la tensión entre ellos adquirió un punto máximo.
Bella recostó la cabeza. Bella Cullen. Un recordatorio legal de que había tomado una mala decisión. El apellido sonaba mejor que la realidad.
La grande y poderosa familia Cullen estaba unida por vínculos de sangre y siglos de historia. El apellido era sinónimo de éxito, deber y tradición. Incluso Alice, a pesar de su rebeldía y su educación en una universidad inglesa, iba a casarse con un siciliano de buena familia. Su futuro estaba planificado. Pasado un año tendría un bebé. Y después otro. Eso hacía los Cullen. Traer a otros Cullen al mundo para continuar la dinastía.
Bella sintió ardor en la garganta y volvió a dar gracias por las gafas de sol que ocultaban sus ojos. Había muchas cosas sobre las que no se permitía pensar. Lugares que su mente tenía prohibidos.
Hacia más de dos años que no lo veía y se había obligado a no mirar sus fotos ni buscar imágenes en Internet, consciente de que la única forma de sobrevivir era borrarlo de su cerebro.
Pero era imposible. Edward era tan guapo que, fuera donde fuera, las mujeres se lo quedaban mirando. Eso la había irritado aun sabiendo que él no hacía nada para atraer esa atención.
El deseo ganó la partida a la fuerza de voluntad y lo miró de reojo.
Incluso con vaqueros negros y una camisa polo, estaba tan espectacular que su cuerpo vibró, reaccionando a esa masculinidad salvaje que era parte inherente de él. Esa virilidad era su orgullo, y ella le había propinado un golpe letal.
–¿Por qué no ha venido Alice contigo?
–Mi hermana cree en los finales felices.
Ella se preguntó qué se suponía que quería decir eso. ¿Acaso Alice creía que dejándolos solos caerían uno en brazos del otro, salvando un abismo mayor que el del Cañón del Colorado?
–Siempre creyó en los cuentos de hadas – Bella rememoró los amagos casamenteros de Alice en la universidad. Un recuerdo del pasado se hizo presente en la tristeza de su mente. Una habitación infantil, con cama con dosel y bonitas lámparas. Estanterías de libros que dibujaban la vida como una aventura feliz. Un dormitorio de fantasía. Enojada consigo misma por pensar en eso, movió la cabeza para desalojar la imagen–. Ali es una romántica incurable. Supongo que por eso va a casarse a pesar de… –calló, pero él terminó la frase.
–¿De ser testigo del desastre de nuestro matrimonio? Teniendo en cuenta tu relajo con los votos matrimoniales, me asombra que hayas accedido a ser dama de honor. Una decisión bastante hipócrita, ¿no crees?
Él le echaba la culpa, absolviéndose de toda responsabilidad, pero Bella no se molestó en discutir. Si la odiaba, mejor. Su hostilidad servía para envenenar los peligrosos sentimientos que escondía en lo más profundo del corazón.
En cuanto a ser dama de honor de Alice… Bella había pensado en un millón de razones para negarse, pero no había podido decirle ninguna a su amiga. Ese había sido su cuarto error. No entendía cómo había cometido tantos.
–Soy una amiga leal.
–¿Leal? –lenta y deliberadamente, se quitó las gafas de sol y la miró. Los ojos verdes enmarcados por espesas pestañas mostraron su lucha interna–. ¿Te atreves a hablar de lealtad? Puede que sea un problema lingüístico porque no compartimos la definición de la palabra –a diferencia de ella, no escondió sus emociones.
Eso hizo que Bella se retrajera. Ya tenía bastante con manejar sus propios sentimientos. Se apretó contra el asiento e intentó calmar su respiración. Podría haberle lanzado sus acusaciones, pero eso los habría llevado de vuelta al pasado y ella quería avanzar. Sintió que tenía los dedos helados y le temblaban las piernas.
–Si vas a entregarte a una de tus volcánicas explosiones estilo siciliano, al menos espera hasta que estemos en una habitación. Solo es una boda, podemos pasar el trago sin matarnos.
–¿Solo una boda? Así que las bodas no tienen mayor importancia, ¿es eso, Bella?
–Vamos a dejarlo, Edward –dijo. Él era incapaz de entender que podía haberse equivocado, incapaz de pedir disculpas. Sabía que la ausencia de la palabra «perdón » en su vocabulario era cuestión de ego, no de pobreza lingüística.
–¿Por qué? ¿Por qué te da miedo sentir? Admítelo. Te aterroriza lo que sientes cuando estás conmigo. Siempre ha sido así.
–Oh, por favor…
–Te quema, ¿verdad? –su voz sonó suave y peligrosa–. Te asusta tanto que tienes que rechazarlo. Por eso te fuiste.
–¿Crees que me fui porque me daba miedo cuánto te quería? –llameaba de ira–. Eres tan arrogante que necesitas una isla entera para alojar tu ego. ¿Seguro que Sicilia es lo bastante grande? ¡Tal vez también deberías comprar Cerdeña!
–Estoy en ello –replicó, lacónico y sin atisbo de ironía–. Si no te importa, ¿por qué no has vuelto?
–No había nada por lo que volver –Bella miró al frente pensando que, sin embargo, había muchas razones para mantenerse alejada.
–Tienes buen aspecto. ¿Liberas el estrés haciendo ejercicio?
–Me gano la vida con el ejercicio, es mi trabajo. He venido por tu hermana, no por nos… –la palabra se le atragantó– por ti o por mí.
–Ni siquiera puedes decirlo, ¿verdad? Nosotros, tesoro. Esa es la palabra. Pero el concepto de formar parte de un «nosotros» siempre fue tu mayor reto –Edward se recostó, relajado y seguro de sí mismo–. Prefiero que no utilices la palabra «leal» con respecto a ti misma. Esa me irrita de verdad. Seguro que lo entiendes.
Bella se sentía como un torero ante un toro bravo, pero sin más protección que su propia ira. Y esa ira la quemaba, porque él hablaba como si no hubiera tenido nada que ver con la ruptura.
«Es incapaz de verlo», pensó. Era incapaz de ver lo que había hecho mal. Y eso hacía que todo fuera mil veces peor. Una disculpa podría haber ayudado, pero antes de pedir perdón, Edward tendría que admitir que tenía parte de culpa.
–¿Cómo está Alice? –preguntó, prefiriendo cambiar de tema.
–Deseando forma parte de un «nosotros» oficial. A diferencia de ti, no teme la intimidad.
Ella recordó haber pensado que su relación era demasiado perfecta. El tiempo le había dado la razón. Había sido una perfección tan frágil como el algodón de azúcar.
–Si vas a seguir metiéndote conmigo, tal vez debería tomar el primer vuelo de vuelta a casa.
–Nada de eso, sería demasiado fácil. Al fin y al cabo, eres nuestra huésped de honor.
El tono amargo de su voz le dolió más que sus palabras, era como frotar un limón en una herida abierta. A veces, cuando el dolor era insoportable, Bella se preguntaba si habría sido mejor no conocerlo nunca. Siempre había sabido que la vida era dura, y conocer a Edward Cullen había sido como convertirse en protagonista de su propio cuento de hadas. Lo que no había sabido era cuánto más dura sería la vida tras renunciar a él.
–Es obvio que venir no ha sido buena idea.
–Si no se tratara de la boda de Alice, no se te habría permitido poner un pie en la isla.
Ella no dijo lo obvio: la boda de Alice era lo único que podría haberla llevado allí. El divorcio podía solucionarse con distancia de por medio.
Llevaban quince minutos conduciendo por Palermo, un caos de calles repletas de iglesias góticas y barrocas y palacios antiguos. En la zona centro se encontraba el Palazzo Cullen, residencia urbana de Edward, que a veces se utilizaba para bodas y conciertos, cuyos mosaicos y frescos atraían a estudiosos y turistas de todo el mundo. Era una de sus muchas casas y apenas la utilizaba.
Bella, en cambio, se había enamorado de ella. Tuvo que esforzarse para no pensar en la diminuta capilla privada en la que se habían casado.
Sabía que él, a pesar de su linaje aristocrático y su conocimiento enciclopédico del arte y la arquitectura siciliana, prefería un entorno moderno con los últimos avances tecnológicos. Cristiano sin Internet sería como Miguel Ángel sin un pincel.
Miró por la ventanilla y vio que se habían incorporado a la carretera que llevaba al Cullen Spa Resort, uno de los mejores hoteles del mundo, el sueño de cualquier viajero. Un escondite para la esfera más alta de la sociedad internacional que buscaba privacidad. Allí estaba garantizada, tanto por la legendaria seguridad Cullen como por la geografía costera. Los hermanos Cullen habían construido el exclusivo complejo vacacional en una península de playa privada y exuberantes jardines. Era un paraíso mediterráneo en el que cada villa era la pura expresión del lujo y la intimidad.
Había sido allí, en un exclusiva villa situada en un promontorio rocoso, al final de la playa privada, donde habían pasado las primeras noches de su luna de miel. La villa que Edward había construido para sí mismo. El paraíso de un soltero.
–He reservado una habitación en otro hotel –Bella se había puesto rígida. No podían haberle reservado una habitación allí.
–Sé perfectamente dónde ibas a alojarte. Mi oficina canceló la reserva. Te quedarás donde yo diga y agradecerás la hospitalidad siciliana, que nos impide rechazar a un invitado.
–Mi plan era alojarme en otro sitio y asistir solo a la boda –a Bella se le encogió el estómago.
–Alice quiere que participes en todo. Hoy es la fiesta local. Traje y corbata. Bebida y baile. Como dama de honor, se espera tu presencia.
¿Bebida y baile? Bella sintió un escalofrío.
–No pensaba participar en las celebraciones prenupciales. He traído mi ordenador portátil. Ahora mismo tengo mucho trabajo pendiente.
–Me da igual. Estarás allí y sonreirás. Nuestra separación es amistosa y civilizada, ¿recuerdas?
Lo que ella sentía y lo que veía en los ojos de él distaban muchísimo de algo civilizado. Su relación nunca lo había sido. Habían compartido una pasión ardiente, salvaje y sin control. Por desgracia, esas llamas habían consumido su capacidad de pensar.
Bella inspiró profundamente, la apabullaba la idea de ver a los Cullen. La odiaban, por supuesto. En parte, lo entendía. Desde su punto de vista, era la chica inglesa que había renunciado a su matrimonio, algo imperdonable en su círculo. En Sicilia los matrimonios sobrevivían. Si había alguna aventura, se hacía la vista gorda.
Ella no sabía qué decía el manual sobre lo que les había ocurrido a ellos. Cuáles eran las normas para sobrellevar la pérdida de un bebé y el apabullante egoísmo de un esposo.
Lo único que la había ayudado en todo el desastroso episodio había sido que Alice, la generosa y extrovertida Alice, se había negado a juzgarla. Y, para agradecer ese apoyo, allí estaba, enfrentándose a un infierno por su mejor amiga.
–Haré lo que se espere de mí –dijo ella, pensando que era una actuación. Si tocaba sonreír, sonreiría; si bailar, bailaría. De niña había aprendido a ocultar sus emociones: lo exterior no tenía por qué reflejar lo interior.
Se sintió capaz de enfrentarse a la situación hasta que cruzaron las verjas del complejo y comprendió que el chófer tomaba la carretera privada que iba a Villa Afrodita. La joya de la corona. El escondite y respiro de Edward tras las exigencias de su imperio empresarial.
Cuando habían construido el complejo, habían instalado allí la sede de la corporación. Bella siempre había admirado la oficina de Edward, que sacaba el máximo partido del entorno costero. Edward era ingeniero de estructuras y su talento era visible en el innovador diseño de su oficina.
Previsiblemente, las paredes eran de cristal. Lo inesperado era que el suelo, que se extendía por encima del agua, también lo era; el colorido de los peces mediterráneos que nadaban bajo los pies del visitante, eran una distracción segura.
Era típico de Edward combinar lo estético con lo funcional, y lo hacía en todos sus hoteles.
–No veo por qué una oficina tiene que ser una caja aburrida en el centro de una ciudad llena de contaminación –había dicho cuando ella vio su despacho por primera vez–. Me gusta el mar. Así, aunque tenga que estar trabajando, lo disfruto.
Esa amplitud de miras, junto con su sofisticación y aprecio del lujo había hecho que su empresa fuera todo un éxito.
–¿Por qué vamos por esta carretera? No voy a alojarme aquí –preguntó ella, descompuesta. Villa Afrodita le recordaba su luna de miel, tan feliz y cargada de esperanzas de futuro.
–¿Qué importa dónde duermas? –su voz sonó dura y despiadada–. Si lo que compartimos fue «solo una boda», aquí tuvimos «solo una luna de miel», así que el lugar no tiene valor sentimental para ti. Es solo una cama.
Bella intentó regular el ritmo de su respiración. Llevaba un inhalador para el asma en el bolso, pero no iba a utilizarlo delante de él excepto en caso de vida o muerte.
La había atrapado. Si admitía lo que le hacía sentir el lugar, revelaría sentimientos que no quería revelar. No admitirlo suponía alojarse allí.
–Es tu mejor propiedad –sabía que a veces se la había prestado a músicos y actores famosos de luna de miel–. ¿Por qué desperdiciarla en mí?
–Es la única cama libre del complejo. Duerme en ella y agradécelo –su voz sonó tan fría y objetiva que por un momento ella creyó que la villa no significaba nada para él. Para un hombre que tenía cinco casas y pasaba la vida de viaje de negocios, no era más que otra lujosa vivienda.
O tal vez la llevaba allí para castigarla.
–Bueno, por lo menos tiene buena conexión de Internet –dijo ella, mirando al frente. Intentó no recordar que mirarlo a los ojos había sido su pasatiempo favorito, por la increíble conexión que sentía. Con él había descubierto la intimidad, que conllevaba apertura y, a su vez, vulnerabilidad, como había descubierto a su pesar.
Él le había exigido su confianza, y había terminado rindiéndose. Y después él le había fallado de tal manera que no creía que sus heridas llegaran a cicatrizar nunca.
–Se te trata como a una huésped de honor. Los dos sabemos que es más de lo que mereces. Vamos –sin darle tiempo a discutir, abrió la puerta y bajó del coche con el ímpetu que lo caracterizaba.
Bella comprendió que él solo pensaba en que ella lo había dejado. Se centraba en su orgullo, no en la relación. Se consideraba la parte agraviada.
No tuvo más opción que seguirlo por el camino que llevaba a la villa. Sabía que dentro el aire acondicionado sería un alivio tras el sol siciliano. A no ser que fuera la pasión lo que la quemaba.
Edward abrió la puerta mientras el chófer retrocedía y ponía rumbo al hotel principal.
–¿Por qué no te ha esperado? –preguntó Bella. Entró intentando no recordar su noche de bodas, cuando había cruzado el umbral en brazos de él.
–¿Por qué crees? –dejó la maleta en el suelo–. Porque yo también me alojo aquí.
–Por favor, dime que eso es una broma… –su voz sonó rara, automática–. Solo hay un dormitorio –un dormitorio enorme con vistas a la piscina y a la playa. El dormitorio en el que habían pasado largas y ardientes noches juntos.
–Culpa a Alice. Es su boda y ella distribuye las habitaciones –Edward sonrió con amargura.
–¡No voy a compartir una cama contigo! –casi gritó ella. Él se volvió con expresión feroz.
–¿Crees que necesitas decirme eso? ¿Crees que te aceptaría en mi cama después de lo que hiciste?
Con el corazón martilleándole en el pecho, ella dio un paso atrás, aunque sabía que él nunca le haría daño. Al menos, no físico.
–No puedo quedarme aquí contigo –las emociones afloraban desde dentro, incontenibles– Es demasiado…
–Demasiado ¿qué?
A ella se le aceleró el corazón. Él era experto en leerle la mente y era imperativo que no lo hiciera en ese momento. Agradeció su práctica a la hora de esconder lo que sentía.
–Es incómodo –dijo con frialdad–. Para ambos.
–Creo que «incómodo» es el menor de nuestros problemas –él apretó los labios–. No te preocupes, dormiré en el sofá. Me resultará fácil no tocarte, tranquila. Ya tuviste tu oportunidad –con una indiferencia insultante, se alejó de ella.
Sin embargo, había rastros suyos por todas partes: una chaqueta sobre el respaldo de un sillón, un vaso de limonada a medias, su ordenador portátil en reposo, porque trabajaba tanto que nunca lo apagaba. Todo eso era parte de él, demasiado familiar, y ella sintió que la ahogaba.
Habría querido dar marcha atrás al reloj, pero no habría sabido hasta qué momento. Su amor había estado condenado desde el principio.
Entre los dos habían conseguido que Romeo y Julieta parecieran una pareja divina.
Nota: Respecto a las otras historias esta semana iré subiendo capítulos. Depende de la aceptación actualizare esta historia.
Espero sus comentarios
Ate. Anny
