Hola, muchas gracias por leer este fic. Esta es la segunda parte de esa escena perdida de Corazón Salvaje. Ningún personaje me pertenece.

Quiero agradecer a las personas que me dejaron un mensaje en el capítulo anterior, es grato saber que les gustó y recibir sus comentarios respecto a esta maravillosa novela.


La escuela de Mónica, parte II

.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º En el presente… º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.

Y Juan se había acercado al lugar, observando atentamente la clase de la mañana y a la maestra interactuando con los niños. Le habría encantado tener una escuela así en el puerto… seguramente de haber tenido la oportunidad de asistir a una, él sería una persona diferente…

Mónica definitivamente no se parecía a su hermana. Aimeé se veía radiante después de hacer el amor con él, pero esa aura no era comparable con la imagen de Mónica después de jugar con los niños. La exnovicia irradiaba felicidad y vida… seguramente en una situación romántica eso se vería potenciado, opacando completamente a su examante.

Obligándose a mirar el galerón, alejó si vista de la escena y miró la estructura decrépita. Era un verdadero tugurio… no solo estaba completamente lastimada por años de lluvia y viento sin ningún tipo de mantenimiento, sino que se notaba el repetido uso del local como almacén y los escombros dejados en él a lo largo de los años.

El día anterior había llegado Segundo y estaba seguro que encontraría un par de hombres dispuestos a colaborar con la reconstrucción de ese lugar para que los niños de Campo Real tuvieran una escuela decente.

Lentamente se acercó a los niños y a la maestra.

– Hola –saludó a los chicos que dejaban de jugar para mirar al administrador que se acercaba.

Mónica observó que los chicos se detenían y escuchó el saludo de Juan. Pronto recuperó la compostura y se volvió hacia él.

– Chicos sigan jugando –indicó ella y se acercó al administrador.

– Veo que el lugar requiere mucho trabajo –dijo Juan entrando en materia para evitar observar las mejillas sonrosadas de la muchacha o su pecho que se movía rápidamente debido a la respiración agitada producto del ejercicio realizado.

– Sí bastante –dijo mirando también el galerón– pero es por una buena causa –apunto.

– Claro –dijo él– no lo dudo. Me temo que no podremos hacerlo pronto… casi es época de cosecha y…

– Comprendo –interrumpió la rubia– pero tal vez se pueda hacer algo momentáneo –propuso.

­– No creo que por el momento sea posible, pero puede trabajar en el salón que está detrás de la iglesia, por un par de semanas.

– ¿Usted cree que mi tía Sofía lo permita? –dijo mirándolo fijamente– es muy cerca de la casa…

Mónica era conciente de que su tía no era paciente con los niños y en realidad le molestaba tener a los empleados cerca de ella.

– No habrá problema –aseguró Juan mirándola fijamente a los ojos– ya dispuse que se pueda trasladar.

– Gracias –dijo ella esbozando una sonrisa– ¿cuándo podemos pasarnos?

– Mañana mismo si quiere –dijo él devolviendo el balón improvisado que los niños habían enviado hacia ellos.

– Debería jugar con ellos –dijo ella sin percatarse de haber expresado esa idea en voz alta.

– ¿Usted cree? –dijo él– me parece que estoy un poco grande para jugar con ellos.

Ella se volvió a mirarlo y tuvo la impresión de ver al Juan niño con ganas de jugar con otros, pero con la obligación de trabajar para vivir antes de buscar la más mínima diversión.

– Claro –dijo sosteniendo su mirada– todos llevamos un niño dentro. Seguramente le suyo sería muy feliz con los niños de esta escuela.

La sonrisa de la muchacha no dejaba dudas sobre la sinceridad de sus palabras y pensamientos. Así que le sonrió levemente antes de alejarse.

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Las clases en el nuevo local eran mucho más cómodas para todos. Pasaron una hermosa semana de clases en ese lugar, cuando Mónica tuvo que detener el proceso.

Pese a los lineamientos de Juan y los cuidados que ella misma tomó para que el ruido de los niños fuera mínimo; Mónica escuchó algunos reclamos de su tía respecto al uso del salón. Por eso, dijo a los chicos que al día siguiente no fueran al salón y se dieran el día libre. Ella intentaría buscar una solución para el problema, sin mezclar a Juan, pues suponía que su tía la tomaría con él en cualquier momento. ¡Parecía que solo sabían buscarse problemas el uno al otro!

Lentamente se dirigió al antiguo galerón con toda la intención de regresar a él en la siguiente clase. No le gustaba la idea de tener a los niños allí, era inseguro, sucio, húmedo y feo.

Cuando se acercaba al lugar escuchó voces. Una no la reconocía, pero la otra era más que clara, era Juan.

– Esto no va a funcionar –decía el otro hombre.

– Lo hará –afirmaba Juan– verás que queda perfecto.

Mónica se acercó evitando ser vista y dispuesta a descubrir lo que sucedía en su antigua escuela. ¿Estarían usando el lugar para algo más? Eso sería el fin de su escuela…

"¿Nos habrá sacado Juan para utilizar el galerón y dejarnos sin escuela?" se preguntó conforme se acercaba, pero inmediatamente rectificó… ella había visto su mirada y sabía que alguien que miraba así era incapaz de mentir. Pero de todas maneras, la curiosidad era muy fuerte en ella. Juan había decidido que las dos semanas que envió a Mónica al salón eran suficientes para arreglar la escuela entre él y Segundo; y algún otro voluntario, pero los nuevos problemas amenazaban con alargar ese tiempo.

– Esta pared va a necesitar tablas nuevas –decía Juan al otro hombre que no era otro que Segundo– ¿tenemos?

– Solo las del nuevo granero –dijo el otro haciendo memoria– pero a la señora y al señor no les va a gustar… –advirtió al capitán.

– Eso me tiene sin cuidado. La escuela tiene que estar lista en una semana…

– ¿Tan pronto? –dijo él– vamos a necesitar ayuda… nosotros no daremos a vasto.

– Lo lograremos –dijo confiado– trabajaremos esta noche con los hombres que vienen del campo y terminaremos las paredes en dos días –dijo y Mónica adivinó una sonrisa en su boca debido a su voz.

Escuchó como Segundo se alejaba, supuso que a buscar la madera mencionada y ella intentó hacer lo mismo; pero su escape no tuvo el éxito deseado. Cuando se alejaba caminando muy cerca la pared, Juan del Diablo salió de detrás de la pared exactamente frente a ella. La vista era sorprendente. Juan estaba sin camisa y se secaba el sudor antes de colocarse su ropa adecuadamente.

Ambos se sorprendieron él de verla allí y ella de ser descubierta escuchando conversaciones ajenas.

– ¡Santa Mónica! –dijo para evitar la vuelta que ella daba para alejarse por otro lado– ¿A qué debo el honor de su visita? –sonaba sumamente divertido de encontrarla espiándolo…

Un leve y fugaz recuerdo le trajo a otra mujer que lo espiaba cuando estaba sin camisa… y sin algo más sobre su cuerpo. Pero el fuerte sonrojo y la terrible confusión que vio en la cara de Mónica al verse descubierta, alejó completamente esa memoria y se centró en lo que sucedía.

Juan deseaba saber cuánto había escuchado la muchacha. No era su intención que ella descubriera que él dedicaba todo, y literalmente TODO, su tiempo a tener lista la escuela que ella regentaba y que incluso usaba sus propias manos para esta tarea. Nunca le había gustado tomar el lugar de héroe para nadie, le gustaba más que lo consideraran huraño y poco comunicativo.

– Por favor no me llame de esa manera –dijo ella sin volverse a mirarlo, provocando una nueva sonrisa en el rostro del hombre que estaba frente a ella. Parecía incómoda con su semi desnudés y eso le parecía gracioso.

Era otra diferencia con su hermana… Aimeé lo había espiado muchos días y lo había visto incluso desnudo antes de que él se acercara a hablarle. Mónica en cambio se sonrojaba e intentaba evitar el contacto visual. ¿Sería sincero su fuerte sonrojo? La otra también había intentado mostrarse insegura al acercársele, pero era evidente que lo hacía por pura coquetería; en cambio Mónica…

– Aún no me ha dicho por qué está tan lejos de la casa y la escuela –dijo intentado apartar esos pensamientos.

Ella no se atrevía a volverse, ¿y si aún no había terminado de vestirse? Pero el silencio entre ellos se hacía pesado, así que miró de reojo hacia el administrador.

Juan ya estaba completamente vestido y la miraba en silencio atento a sus palabras.

– Vine a ver la escuela…


La siguiente parte será la última, espero que les siga gustando la historia.