Llegó al pequeño apartamento que tenía reservado en los alojamientos destinados a oficiales de la Alianza arrastrando los pies y con la impresión de que necesitaba dormir al menos cincuenta años para recuperar las fuerzas.

Anderson debía haber pensado lo mismo puesto que, cuando había acabado la reunión y adoptando su mejor tono de mando, le había dicho que se cogiera unos días de permiso y nada de discutir conmigo, Alenko, es una orden. No se le había ocurrido llevarle la contraria, aunque lo cierto era que lo de acostarse e intentar dormir ni siquiera era una opción en ese momento, porque no estaba seguro de que fuera capaz de cerrar los ojos y no tener pesadillas.

Contuvo un escalofrío cuando pensó en el dossier médico que Anderson le había mostrado, el Proyecto Lázaro. Ni los informes ni las fotografías estaban precisamente edulcorados; mostraban con toda crudeza los detalles de cada uno de los procedimientos que se habían aplicado al cuerpo de la comandante, desde que lo recuperaron de la superficie de Alchera.

Kaidan no creía que pudiera olvidar esas imágenes mientras viviera.

Tragó saliva para contener las náuseas y se frotó los párpados, intentando pensar racionalmente. Los informes se interrumpían de repente, casi con toda seguridad debido a lo que hubiera ocurrido en la estación que había provocado que los mecas se apoderasen de ella. Se hablaba del proceso de cicatrización y de que faltaban alrededor de un par de meses para que la regeneración física fuera total, lo que explicaba esas nuevas cicatrices en el rostro de Shepard cuando se la encontró en Horizonte y el tenue resplandor que emitían, consecuencia de sus implantes cibernéticos y del gel de cohesión utilizado para mantener la piel en su sitio.

Otra oleada de náuseas le asaltó y apretó los labios, tomando aire por la nariz, con lentitud, empeñado en seguir con esa línea de pensamiento.

Se preguntó cómo había sido para ella. Si recordaba la explosión en la Normandía, si fue consciente del momento en el que su suministro de oxígeno dejó de funcionar. Algo que dejaban bien claro los informes, de lo poco que había que agradecer, era que se había asfixiado y cuando atravesó la atmósfera de Alchera ya estaba muerta. Kaidan ni siquiera podía llegar a imaginarse lo que habría sido para ella si hubiera llegado a estar consciente y respirando.

Un ramalazo incontrolable de angustia le sacudió y sus poderes bióticos se encendieron en respuesta a su agitado estado emocional; casi podía sentir los nódulos de eezo vibrando en su cuerpo y la electricidad recorriéndole de la cabeza a los pies. Reuniendo toda su fuerza de voluntad, logró calmarse y tener suficiente presencia de ánimo como para descargarse contra la mesita metálica que había apoyada contra la pared. Un pequeño chasquido, el zumbido en sus oídos se detuvo y el mundo dejó de ondularse ante sus ojos.

Permaneció totalmente quieto, intentando calmar su respiración. Hacía mucho tiempo desde la última vez que había perdido el control de esa forma, y no quería que volviera a suceder. No podía volver a suceder.

Para ello tenía que dejar de pensar en Shepard. No debía permitir que las dudas y los "y que si" volvieran a tomar el mando de sus pensamientos.

Aunque, por lo visto, era mucho más sencillo decirlo que hacerlo.


Una ducha y un par de barritas energéticas después se sentía algo mejor.

Ni siquiera se molestó en deshacer su bolsa de viaje; se vistió con la primera ropa de civil que encontró y luego se dirigió hacia la cocina para prepararse un café bien cargado. Revisó sus mensajes mientras comía una tercera barrita; para variar, nada interesante. Un par de comunicaciones comerciales, un mensaje de su madre y varios memorándums oficiales, que reservó para leer más tarde, cuando no tuviera nada que hacer.

El siguiente mensaje era de Madison.

Se lo había mandado antes de que él marchara a Horizonte y Kaidan ya lo había leído y contestado en su momento, pero ahora sus dedos pausaron un segundo sobre la pantalla parpadeante antes de volver a darle a responder. Compuso el mensaje rápidamente, sin pensárselo demasiado. Explicó que ya había regresado de Horizonte, que tenía unos días de permiso y que, si su trabajo en el hospital se lo permitía, le gustaría mucho cenar con ella.

Pulsó la opción de enviar antes de tener tiempo de arrepentirse.

Se la habían presentado unos amigos del SSV Tokio hacía unos cinco meses, para intentar sacarle de esa peligrosa espiral de trabajar sin un momento de respiro en la que se había sumido tras la muerte de Shepard. La doctora Madison Tanaka era una de las profesionales más reconocidas en el campo de la neurología y, concretamente, en la rama de la neurogenética. Había publicado decenas de trabajos, era respetada tanto por sus colegas humanos como por aliens, y era una de las mayores autoridades en trastornos neuronales provocados por implantes bióticos defectuosos.

Cuando Kaidan se enteró de su trasfondo profesional, lo primero que pensó fue que para ella tener la posibilidad de estudiar de primera mano a un biótico que, como efectos secundarios de su implante, sólo sufría severas migrañas, debía ser lo más parecido a ganar la Lotería Galáctica.

Nada más lejos de la realidad.

Desde la primera vez que se habían visto no había sacado el tema a colación en ningún momento. Sí que se había interesado por su salud cuando Kaidan se había visto asaltado por alguna migraña especialmente virulenta, pero jamás le había sometido a un interrogatorio acerca de su 'condición' ni le había planteado la posibilidad de utilizarle como conejillo de Indias con la intención de ampliar aún más sus conocimientos sobre el tema.

Era, en resumen, una persona extremadamente agradable, atenta y en cuya compañía se sentía cómodo, lo cual no era poco decir, pero el tema no había ido mucho más lejos porque, en realidad, Kaidan no estaba buscando nada serio. Le resultaba imposible la idea de llegar a sentir por alguien lo que sintió por Shepard en su momento, y no hacía más que ponerse trabas a sí mismo cada vez que tenía que plantearse seguir adelante con su vida.

El olor a café inundó sus fosas nasales. Kaidan sacudió la cabeza, para despejarse, y se movió para coger una taza. Su omniherramienta zumbó en ese momento, anunciando la respuesta de Madison a su mensaje anterior. La leyó con aire distraído, mientras rebuscaba una taza en uno de los múltiples estantes de la pequeña cocina.

El texto era escueto; le decía que le alegraba mucho que todo hubiera ido bien y que ya estuviera de vuelta, y que hoy era un día perfecto para que se vieran porque, por suerte, se las podría arreglar para salir antes del trabajo. Le citaba en el Apollo cuarenta minutos después, así que Kaidan desistió de tomarse ese café que le habría venido tan bien y decidió que, en su lugar, un paseo hasta el Presidium tampoco era mala alternativa.


Cuando se encontraron Madison le saludó con un caluroso abrazo y un beso en la mejilla. Kaidan le devolvió el abrazo, con algo de torpeza, y le respondió al beso con una pequeña sonrisa y un "¿Cómo estás?" que, sin querer, le sonó un poco forzado.

Ella parecía genuinamente contenta de verle. En un gesto de lo más natural le cogió del brazo para dirigirle hacia su mesa, y cuando habló su voz tenía un tono alegre y musical.

- Sé que no vas a contarme nada de tu misión por todos esos secretos militares que os encanta guardar en la Alianza así que no preguntaré. Sólo dime, ¿tú estás bien?

Y esa pregunta, pensó Kaidan, era bastante más difícil de contestar de lo que parecía.


Apenas llevaban una hora juntos desde que les habían traído el primer plato de su cena, y Kaidan empezaba a sentir un enorme agobio y la imperiosa necesidad de huir.

Se preguntó cuál era su problema

Madison era inteligente, divertida y preciosa. Se podía adivinar su ascendencia japonesa por el tono de su piel y la sutil forma rasgada de sus ojos; jamás usaba maquillaje – no tenía sentido cuando te pasabas doce horas al día inclinada sobre un microscopio, decía ella – y se le formaban dos pequeños hoyuelos en las mejillas cuando sonreía.

Se podía hablar con ella de cualquier cosa y tenía un fantástico sentido del humor. No había prestado nunca servicio militar, pero comprendía sorprendentemente bien los rigores de esa vida, y jamás le había pedido nada que él no pudiera dar.

Tal y como sus amigos del SSV Tokio le habían indicado, era perfecta.

Pero no es Shepard.

El pensamiento irrumpió en su mente a la velocidad de la luz y Kaidan se quedó un momento congelado en su sitio, con el tenedor a medio camino de la boca, abrumado. Shepard, que bailaba mal, cantaba peor y no sabría contar un chiste ni para salvar su vida. Que sonreía con los ojos más que con la boca, que tomaba té en vez de café y que, en sus peores días, soñaba con Akuze. Shepard, tan extraordinaria que podría conseguir que medio mundo la siguiera al mismísimo infierno sin protestar y que, simplemente, no sabía rendirse.

Su ausencia fue de repente tan tangible que Kaidan la sintió como un dolor casi físico, y bajó el tenedor lentamente, apenas consciente de la mirada preocupada que Madison lanzó en su dirección. Se llevó la mano a la sien derecha, notando los inicios de una migraña, y dijo, en voz baja:

- Madison, ¿crees que el fin justifica los medios?

Ella le miró, extrañada, y abrió la boca con la obvia intención de preguntarle qué le ocurría, pero pareció pensárselo mejor.

- Depende del fin y depende de los medios. No todo es aceptable – se quedó unos segundos en silencio, planteándose cómo continuar – ¿Pensando en algo en particular?

- No lo sé – respondió él, dejando caer el brazo a la mesa y apretando los párpados – Por ejemplo, imagina que tienes que hacer algo moralmente cuestionable para salvar a unas personas.

- Siempre que ese 'algo cuestionable' no implique pasar por encima de otras personas que a lo mejor necesitan tanta ayuda como las que voy a salvar – se encogió de hombros, frustrada por no saber explicarse mejor – Ahí entraría mi conciencia. Si creo que estoy haciendo algo por el bien mayor, sí, lo haría de cabeza. Aunque es posible que después estuviera arrepintiéndome el resto de mi vida.

- Ya, eso suponía.

Su mente volvió a lo que le dijo Anderson: ¿Qué habrías hecho tú si estuvieras en su lugar?

Su respuesta a esa cuestión era lo que más le preocupaba de todo.

- Kaidan, ¿estás bien?

La pregunta y el ligero toque sobre su brazo le sacaron de su ensoñación. Parpadeó, lentamente, hasta que el mundo se enfocó ante sus ojos, y luego bajó la vista a la mesa. La mano de Madison era pequeña en comparación con la de él, de dedos finos y elegantes y uñas cuidadas. Su piel resultaba suave y cálida al tacto, tan distinta a la de las manos de alguien acostumbrado a sostener un arma.

No podía seguir con esto. Madison era una persona fantástica, valiosa por sí misma; no se merecía que él la estuviera comparando con Shepard cada vez que se veían. No era justo para ella.

Esbozó una sonrisa tirante y dejó el tenedor en el plato, pasándose los dedos por el pelo y alborotándoselo hasta el extremo.

- La verdad es que no – en eso, al menos, no mentía – Lo siento, no debería haberte dicho de vernos hoy. Los últimos días han sido... complicados. Estoy más cansado de lo que pensaba, y esto – dio un par de toques con los dedos índice y corazón al amplificador situado en la base de su cuello – la verdad es que no ayuda.

Ella le observó unos segundos, con el entrecejo fruncido y sin que la expresión de preocupación se le borrara del todo del rostro. Kaidan no se movió, con la vista aún fija en un punto indeterminado del espacio, porque tenía la molesta impresión de que, si la miraba directamente, sabría todo lo que él no estaba diciendo.

Después de todo, siempre había sido como un libro abierto.

Tras unos minutos que se le antojaron eternos, Madison llamó al camarero con un gesto y, cuando se volvió hacia él, tenía los labios curvados en una pequeña sonrisa.

- No te preocupes, Kaidan. Lo entiendo y podemos dejarlo para otro día. Necesitas descansar, dormir en condiciones y tomar más calorías de las que tienes en ese plato.

La comprensión en su voz le hizo rechinar los dientes y en ese momento, aunque no tenía ningún motivo real, Kaidan la odió.


La migraña le atacó justo cuando estaba a punto de meterse en la cama.

Se quedó encogido, con un jadeo atascado en la punta de la lengua ante el intenso dolor en la parte izquierda de su cabeza y, tapándose los ojos con una mano, movió la otra a ciegas hasta que dio con el panel de control situado junto a la mesita de noche.

Las luces se apagaron con un zumbido y Kaidan parpadeó, acostumbrando los ojos a la bienvenida oscuridad. La fotofobia no era el único efecto secundario de las migrañas, pero sí el más molesto, y cuando le golpeaba especialmente fuerte, como ahora, lo más que Kaidan podía hacer era cerrar los ojos, controlar su respiración y pedir que se pasara lo antes posible.

No supo cuánto tiempo estuvo así, doblado sobre sí mismo y con los ojos cerrados. Sentía un fuerte pitido en los oídos y las punzadas de dolor en la sien eran tan intensas que casi no podía respirar. Tomó aire y lo soltó, lentamente, pero la sensación de que alguien le estaba golpeando el cráneo con un martillo era más intensa a cada momento. Apretó aún más los párpados, sintiendo que le rechinaban los dientes y, cuando estaba a punto de ponerse la almohada por la cara para bloquear la molesta luz de la cabina, notó una mano que se le posaba en la cabeza y unos dedos enredándose en su pelo.

Se quedó quieto un minuto. Se sentía extrañamente aliviado, lo bastante para atreverse a abrir los ojos y parpadear ante la figura al trasluz de Shepard, que le miraba desde arriba con una expresión de preocupación.

- Ey – se las arregló para decir, curvando los labios en un amago de sonrisa – Me habías dicho que tu cabina tenía cubierta anti-migrañas. Quiero que me devuelvan el dinero.

- Lo siento, teniente – ladeó la cabeza y le miró, con cariño, mientras movía la mano por su mejilla y su barbilla – No se admiten cambios ni devoluciones. Ahora tendrás que aguantarte conmigo.

Se sentó junto a él en la cama y de forma automática Kaidan se movió a un lado, para dejarle sitio. La contempló desde su posición, sin disimulo. Acababa de salir de la ducha; aún llevaba la toalla enredada en torno al cuerpo y el pelo mojado. La luz se reflejaba en un pequeño grupo de pecas que tenía en el hombro izquierdo y, sin pensárselo demasiado, apoyó ahí la mano y tiró suavemente hacia sí, hasta que la cabeza de ella reposó en la almohada, a su lado.

- Kaidan, tengo un poco de prisa – se quejó Shepard, aunque la expresión de sus ojos contradecía sus palabras – Si vas a impedirme realizar mis funciones en esta nave, al menos tendremos que pensar una excusa decente. Sólo hay un número determinado de veces que mi consola puede estropearse antes de que empiece a resultar sospechoso.

- Recomendación médica – murmuró él, escondiendo la cara en el hueco de su cuello y tomando aire lentamente – Es ahora cuando tengo la migraña.

- Puedo tratar de decirle eso a la doctora Chawkas, si quieres, aunque no tengo muy claro si nos denunciará ante el Alto Mando, aplaudirá o me recetará como remedio contra las migrañas a partir de ahora – fue incapaz de mantener su expresión de seriedad durante más tiempo y su boca se curvó en una sonrisa que iluminó toda su cara – Kaidan...

Él no contestó. Permaneció así, totalmente quieto, contento de tenerla a su lado. Después de unos minutos en los que ninguno de los dos habló se incorporó, apoyándose sobre un codo, y rozó con la punta de los dedos la fina cicatriz que tenía en el antebrazo. Akuze, recordó. Shepard le observaba, sin moverse, con los labios entreabiertos y un leve rubor decorando sus mejillas.

Estaba preciosa.

Casi se atragantó ante el cúmulo de sensaciones en su pecho y, para ocultar su reacción, siguió moviendo la mano, con la intención de distraerla. Akuze también estaba en su hombro y en la base del cuello. Chicago en su ceja partida. Río de Janeiro en su omóplato derecho, y Akuze volvía a aparecer en su columna, una vez que Kaidan hubo tirado suavemente de la toalla para dejar la espalda al aire.

Sintió el escalofrío que la recorrió y volvió a mirarla, ladeando la cabeza y casi sin parpadear. Abrió la boca para decir algo, pero no sabía qué, y la cerró después de unos instantes, sintiendo que cualquier cosa que dijera lo estropearía todo.

El gesto de Shepard se rompió en una sonrisa trémula.

- Vamos, teniente – murmuró, su voz entrecortada – Si vas a decirme que me quieres, hazlo antes de que se pase el momento.

Su expresión cambió a una de pánico, como si en realidad no hubiera pensado decir eso, y repentinamente se incorporó, apretando la toalla contra el pecho y con las mejillas ardiéndole. Kaidan estiró el brazo, sin pensárselo demasiado, y la sujetó de la muñeca, con firmeza pero sin fuerza, evitando que se alejara.

No supo qué decir por unos instantes. Se preguntó si sus sentimientos resultaban tan dolorosamente obvios, como si los llevara escritos en la cara cada vez que la miraba. También se preguntó si se estaba equivocando, si era demasiado pronto, si acabaría aplastado por el peso de la situación.

Entonces se fijó en los ojos de Shepard y en su expresión, huidiza, vulnerable. La comandante Shepard, superviviente de Akuze, salvadora de Eden Prime y heroína de la batalla de la Ciudadela, estaba tan asustada como él. Una sensación cálida y reconfortante se extendió por todo su cuerpo, llenándole el pecho de una inexplicable dicha, y de pronto todo estuvo tan claro como el cristal.

"No puedo no quererte".

Pero no fue eso lo que dijo, en un tono de voz tembloroso que ni siquiera parecía el suyo propio:

- ¿Cómo voy a quererte, comandante? Cuando bailas, ni siquiera te respeto – le acarició la mejilla con las yemas de los dedos y sonrió, abiertamente, sin tapujos. Shepard lo miró un momento, como si pensara que se estaba riendo de ella, y después, en un movimiento impulsivo, le echó los brazos al cuello y se apretó contra él.

Kaidan le rodeó la espalda y la abrazó, fuerte, su pecho desnudo pegado al de ella. Sintió el toque fantasmal de unas manos en sus costados y, cuando Shepard habló, su voz estaba cargada de una emoción contenida.

- Es primavera en Elysium.

Kaidan rió, quedamente, y la estrechó aún con más fuerza mientras por su mente pasaba a toda velocidad la idea de ellos dos solos tomándose su próximo permiso en Elysium, y se dio cuenta de que nada le apetecía más.

- Eso estaría bien.

Abrió los ojos de golpe. Se había quedado adormilado; la noche anterior no había dormido casi nada, y el cansancio y el estrés de los últimos días hicieron el resto. Se quedó quieto unos segundos, con la vista fija en el techo y el corazón golpeándole dolorosamente contra las costillas. La migraña aún no se había disipado del todo, seguía sintiendo unas molestas punzadas en la cabeza pero, al menos, era soportable.

Se apoyó sobre un codo, conteniendo el aliento, y se llevó la mano a la nuca, porque la sensación de Shepard abrazándole le resultaba tan intensa que a su mente le costaba asumir que no era real.

El recuerdo, al menos, sí lo era.

Había sido un par de noches antes de lo de Alchera, la última que pasaron juntos. Shepard se había quedado dormida a su lado y Kaidan no tuvo corazón para despertarla hasta casi dos horas después, lo que resultó en protestas varias y amenazas de encargarle durante un mes la tarea de limpiar todos los baños de la Normandía.

Se acordaba de los detalles con una nitidez sorprendente. La textura de la piel húmeda bajo sus dedos, la sonrisa traviesa de Shepard contra su cuello, su olor al salir de la ducha. Contuvo el aliento un segundo, entrecerrando los ojos. Sin esforzarse demasiado, casi podía verla: la cabeza ladeada, el pelo empapado goteando por su pecho y espalda y la peculiar curvatura de sus labios, como si estuviera haciendo un esfuerzo por no echarse a reír.

Entonces, de repente, se dio cuenta: habían pasado más de dos años para él, apenas unos meses para ella.

Se incorporó como un resorte, sintiendo un dolor sordo en el pecho. No se le había ocurrido pensar lo que había supuesto para Shepard despertarse, dos años después, en medio de desconocidos; veinticuatro meses de su vida perdidos en una mesa de laboratorio mientras alguien jugaba a ser Dios con ella. Se preguntó si se había sentido sola, si había tenido miedo, si había querido contactar con él, si se había sentido traicionada por aquellos que le juraron lealtad en su momento.

Se preguntó muchas cosas que no se había preguntado antes, y se dio cuenta de su error.

Una frase que su madre le decía con frecuencia resonó en su mente: "Kaidan, para entender a una persona no basta con intentar ponerte en su lugar, tienes que ponerte sus zapatos, andar dos kilómetros con ellos y luego ser capaz de volver a tu propio calzado". Kaidan temía que había cometido un terrible fallo de juicio simplemente por ignorar este consejo, dejar que sus sentimientos le cegaran y negarse a ver las cosas desde el punto de vista de Shepard. Que, después de todo, lo único que había hecho durante este tiempo era aquello en lo que era la mejor: salvar gente.

Un nuevo pensamiento asaltó su mente y le hizo incorporarse como un resorte: tenía una segunda oportunidad. Nadie, en toda la historia de la galaxia, podía decir algo así.

Decidido a enmendar su error, activó el protocolo de comunicaciones de su omniherramienta. Dudó mucho antes de empezar a escribir, buscando las palabras más adecuadas para explicar lo que pasaba por su mente, pero lo dio por imposible después de unos instantes. No había palabra o frase perfecta; no había una fórmula mágica.

Al final, simplemente, optó por ser sincero.

Pensó en la noche antes de Ilos, su primera noche juntos, y se dio cuenta que nunca le había dicho lo importante que fue para él, así que se lo escribió. También pensó en todo lo que había dicho en Horizonte y en lo que dejó pendiente de decir, así que le pidió perdón por hablar demasiado de cosas que desconocía y por callar cuando debía haber hablado.

Por llamarte traidora, por decirte que te estaban manipulando, por no creer en ti.

Se preguntó si la dureza de sus palabras habría herido a Shepard lo suficiente como para que ignorara cualquier cosa que él pudiera decir o hacer desde ese momento, y ni siquiera pudo hacer frente a la idea de que, tal vez, ella sí hubiera decidido seguir adelante y Horizonte hubiera supuesto el fin de todo.

No puedo seguirte ahora, Shepard, no mientras estés con Cerberus. Sería traicionarme a mí mismo y eso es algo que no puedo hacer, ni siquiera por ti. Pero, cuando todo acabe, quizá... Quizá.

Las palabras fluyeron de sus dedos y las escribió tal cual se sentía, torpe, dubitativo. Ni siquiera estaba seguro de que las leyera, tal vez se limitaría a eliminar el mensaje, pero al final lo envió. Tanto por ella como por él.

Cerró los ojos, agotado.

Una segunda oportunidad. Eso sí que estaría bien.


Llevaba media hora con la vista fija en el título del mensaje, sin decidirse a abrirlo. Lo había ido posponiendo durante las últimas dos semanas pero, vista la situación, era ahora o nunca, ya que muchas cosas cambiarían a partir del día siguiente, para bien o para mal. Y, teniendo en cuenta su destino, la segunda opción era la más probable.

Finalmente se decidió. Inspiró y empezó a leer, deteniéndose en las expresiones familiares, buscando algún doble sentido a las palabras. Sorprendentemente, no lo había: el mensaje era sencillo, claro y directo al grano.

Lo siento. Ten cuidado. Te echo de menos.

El aire se le congeló en los pulmones.

Carraspeó, tomó aire y tragó saliva y, tras unos segundos, se sintió capaz de hablar sin que pareciera que se estaba viniendo abajo.

Pulsó el botón de comunicación interna de la nave y dijo, con voz decidida:

- Joker, es la hora. Vamos a hacer una visita a los recolectores – pausó un momento. El inicio del mensaje parecía centellear ante sus ojos (Sobre Horizonte, decía, y se le encogió un poco el corazón al volver a leerlo), y no pudo evitar tocar con la punta de los dedos el nombre del remitente. Su boca se curvó en una pequeña sonrisa – Pilota con cuidado, teniente. Tenemos que volver a casa.

(fin)