Ron
Mueve los dedos con rapidez una vez más. No es tan difícil, por el amor de Merlín. Mamá le ha explicado cómo hacerlo al menos tres veces. Son unos pasos sencillos, maldita sea.
Joder. Ha vuelto a equivocarse en algún punto del camino, y los dedos se le han enredado de nuevo. Suspira, tratando de calmar la furia ardiente que nota mientras sube por sus mejillas. Podría simplemente llamar a Mamá y pedirle que lo haga ella, pero eso sería como admitir su derrota.
Ronald Billius Weasley, a punto de ir tras los Horrorcruxes para atrapar a Lord Voldemort, no sabe hacerse el nudo de la corbata. Fred y George le tomarían el pelo hasta el día de su muerte.
Que por otra parte, podía no estar muy lejano.
Tratando de ahuyentar aquellos pensamientos, se concentra en la corbata. Mirarse en un espejo al menos diez centímetros más pequeño que su estatura y hacerse el nudo de la corbata del demonio está resultando condenadamente difícil. Respira, se dice. Respira maldita sea, Weasley.
Uno, dos y ...
Joder. Joderjoderjoderjoder.
Se saca la corbata de la cabeza con furia contenida y la arroja al suelo, lo más lejos posible. Se deja caer en la cama, con la cabeza entre las manos y conteniendo un grito de impotencia.
Le llegan los ruidos sordos del piso de abajo. Mamá va como loca de acá para allá arreglando mesas, saludando a invitados, preparando comidas y encontrando corbatas, camisas, zapatos, y chalecos olvidados a todos los hombres de su familia. Unas cuantas habitaciones más allá, Charlie ayuda a Bill a arreglarse y la madre de Fleur y su hermana la ayudan a vestirse.
Por entre los visillos de la ventana puede ver a Harry y a Ginny, caminando lentamente por el inmenso jardín, uno al lado del otro, sin rozarse. Casi puede jurar que escucha el suave murmullo de la voz de Harry, y el deseo contenido de besarlo una vez más en los ojos de su hermana. Siente la necesidad de asomarse y gritar "¡Bésala de una vez, Potter, maldita sea!".
Pero no lo hace. Porque sabe que todo es mucho más complicado.
Y sin embargo, verlos le provoca una inexplicable sensación de celos. No porque ella sea su hermana, no porque él sea su mejor amigo, el Niño Que Vivió. No.
Porque podrían estar juntos. Porque reunieron el valor, tan difícil de encontrar, para decirlo en voz alta; para declarar, no sólo ante el mundo, sino ante ellos mismos, que se amaban. Y eso es más de lo que yo he podido hacer.
¿Porqué?
Porque soy un fracasado. Ni siquiera puedo hacerme el nudo de la corbata, Merlín.
Hunde el rostro entre sus manos un poco más, y es entonces cuando nota su presencia. Hermione está allí, en el marco de la puerta, parada, mirándole. Tiene el ceño fruncido, como si estuviese pensando en algo muy complicado, y lo mira a él intensamente. De pronto repara en la corbata, hecha un guiñapo en el suelo.
Se acerca hasta la prenda y al caminar sus zapatos hacen un ruido suave y sordo que lo deja paralizado. El suave crujir de la falda de su vestido al moverse es más de lo que sus sienes pueden soportar, y nota cómo su corazón palpita a un ritmo violento.
-No me sale el maldito nudo.
La respuesta a la pregunta no formulada parece sobresaltarla, a pesar de que la voz de Ron ha sido suave y profunda. Asiente con la cabeza y lo mira, con tal intensidad que la habitación completa se desvanece y el mundo es sólo una mancha a su alrededor. Él sólo puede mirarla a los ojos y la conexión creada es tan profunda que casi le hace daño al respirar.
Y entonces ella da un paso hacia delante, y la cabeza de Ron comienza a girar cuando ella da otro paso, y luego otro más y él se da cuenta de que Hermione contiene el aliento, y que sus ojos se agrandan y que las manos le tiemblan ligeramente al sujetar la corbata. Se sienta a su lado, en la cama, y la luz que entra por entre las cortinas le baila en los ojos.
Cuando ella pasa el trozo de tela por su cuello y lo roza ligeramente con los dedos, fríos como una noche de invierno, él da un pequeño respingo. Hermione alza la cabeza, y encuentra los ojos cobalto de Ron, mirándola intensamente, siguiendo cada uno de los movimientos de su cuerpo sin apenas pestañear, la respiración suave pero agitada.
Muy lentamente, Hermione mueve los dedos, cruza un extremo con el otro, realiza un nudo y pasa un extremo de la corbata hacia delante. Con dedos temblorosos, ajusta el nudo, lo ensancha y después coloca el cuello de la camisa.
-Ya está.
La voz de ella es apenas un murmullo y es entonces cuando Ron despierta de su ensueño y se da cuenta.
Se da cuenta de que ha rodeado la cintura de Hermione con sus manos, en un gesto protector; se da cuenta de que sus rizos, ahora recogidos en su cabeza en un gracioso moño, le rozan el mentón; se da cuenta de que el olor de la piel de Hermione, dulce como los bollos de su madre, se mezcla con el suyo propio. Y se da cuenta, sobretodo, de que las manos de ella siguen allí, en su pecho, frías como el hielo y temblorosas.
-Gracias.
Mueve la cabeza, cómo restándole importancia, y el movimiento de sus hombros hace temer a Ron que ella quite las manos del pecho. Así que con la rapidez típica de Guardián atrapa las manos pequeñas y morenas entre las suyas, grandes y pecosas; y el frío de los dedos de ella comienza a desaparecer entre sus manos cálidas y fuertes.
Un ruido afuera los hace separarse bruscamente. Las voces de George y Charlie llegan desde el jardín y ella se levanta de la cama rápidamente, contrariada, y por primera vez, Ron se da cuenta de que no sabe qué decir.
Hermione Jane Granger no sabe qué decir por mi culpa. Casi tiene ganas de reír. Casi.
Ella se aclara la garganta y trata de enfriarse las mejillas con las manos.
-Tengo que... –dice con un hilo de voz y avanza hacia la puerta. Mucho tiempo después, Ron se preguntará como demonios pudo levantarse de la cama, llegar antes que ella hasta la puerta y cerrarla sin hacer ruido.
También se preguntará de dónde sacó el valor para avanzar hacia ella, sus ojos azules fijos en la boca sonrosada de Hermione, y rodearla con los brazos por la cintura. El silencio alrededor se hace notable y el martilleo de su sangre en los oídos sólo le deja escuchar la suave y agitada respiración de ella contra su cuello.
Un escalofrío le recorre la espalda cuando Hermione alza sus brazos y lentamente hunde sus dedos fríos entre la masa roja de su cabello, y una sensación de vértigo nada desagradable se instala en su estómago con cada aliento que choca contra su cuello.
Frente contra frente, los ahora inmensos ojos de ella se le clavan, y el simple roce de su nariz contra la mejilla suave y tersa como el melocotón de Hermione le hace vibrar.
-Tengo miedo –susurra ella. El sonido escapa de entre sus labios como el viento cuando azota los árboles.
Ron no sabe exactamente a qué se refiere ella. Desde luego, él también tiene miedo, un miedo atroz que jamás antes había conocido: esa misma noche abandonará a su familia, el único hogar seguro que había conocido, y se lanzará a la búsqueda de unos objetos mágicos desconocidos para derrotar al más poderoso mago sobre la Tierra.
Y sin embargo, no es aquello lo que le provoca un miedo desconocido. Es la cercanía de aquella joven menuda y mandona, con sus grandes ojos color café y su normalmente abundante y despeinado cabello.
Sentir sus manos frías en la nuca lo llena de estupor, y la posibilidad de ella las retire, de que se aparte de él y lo deje solo lo aterra, así que la apreta un poco más fuerte y, lentamente, besa la piel de su frente. Muy, muy despacio, Ron cubre de besos aquella piel morena, bajando hacia su cuello y deteniéndose de pronto en la comisura de sus labios.
Abre los ojos, hasta entonces cerrados, y la boca entreabierta de ella le parece un paraíso lleno de promesas por cumplir; pero se detiene, temeroso.
-Yo también –murmura contra los labios de Hermione, y clava sus ojos en los de ella, anhelante, esperando una señal.
Y la señal llega en el mismo momento en que ella se alza sobre las puntas de sus pies y cierra la distancia que los separaba, rodeando el cuello fuerte de Ron con sus pequeños y morenos brazos.
El choque de sus labios, la certeza de saber que, al fin, Ron Weasley estaba besando a Hermione Granger le hace sentir brillante y poderoso, como si éste fuera el momento de gloria que toda su vida se le ha negado. La sensación que revolotea suavemente en su estómago, indefinible, lo hace sentirse seguro y vulnerable a la vez.
Y entonces, muy despacio, al mismo tiempo que sus manos suben por la espalda menuda de la joven, abre la boca y desliza su lengua por entre los labios suaves e inseguros de ella. Cuando ella le corresponde, permitiendo que entre, deslizando su propia lengua contra la suya, la sensación del estómago desaparece. En realidad el mundo entero desaparece a su alrededor, y sabe que sus brazos alrededor de Hermione son lo único que lo sujetaban al suelo.
Su cabeza da vueltas y su mente y su cuerpo se concentran en una sola cosa: Hermione. Hermione y sus labios suaves; Hermione y su lengua dulce; Hermione y su piel tersa y tibia que él puede palpar bajo el vestido.
El ritmo de sus bocas se acelera, sus narices chocan, siente la saliva de Hermione en la piel que rodea su boca, aprisiona a la chica un poco más entre sus brazos, y ella desliza sus manos a su mentón.
Lentamente se separan, necesitando una pausa para poder respirar, con el aliento agitado y las mejillas sonrojadas, sin apartar los ojos el uno del otro. Hermione apoya la cabeza en su hombro, refugiándose entre la tibieza que desprende la piel pecosa de su cuello. Ron sigue abrazándola.
-Me hubiera gustado que esto ocurriese antes –murmura ella, y Ron siente como su voz retumba en su pecho. Hay unos largos minutos de silencio y de pronto ella sigue hablando, como si hubiese dejado un pensamiento a medias –Pero ahora no, Ron.
Él la entiende perfectamente, por primera vez. Ella sabe que tienen que hacer algo importante, una tarea en la que tendrán que aplicarse con todas sus fuerzas. No pueden distraerse ahora, no pueden probar la miel dulce del amor al fin correspondido en medio de una búsqueda desesperada para salvar sus vidas. Y además está...
-Harry –musita Ron, todavía abrazado al menudo cuerpo de Hermione. Siente como ella asiente, apoyada en su hombro.
Refugiada en su pecho, Hermione parece tan sólo una niña desprotegida y Ron apoya su rostro en el cabello de ella, entremezclando el color rojo y el castaño. Esos minutos que pasan juntos y en silencio permanecerán en su memoria durante largas jornadas, haciéndole soñar con una vida feliz.
-Te quiero.
Se sobresalta a sí mismo con esa afirmación. No ha planeado decir eso. No así, no ahora. Se siente ridículo cuando ella no contesta.
Notar las lágrimas en su mejilla cuando ella se separa, con los ojos brillantes y el rostro bañado en lágrimas lo alarma. Después ella entrecierra sus dedos alrededor de sus manos y se aleja lentamente hacia la puerta.
El picaporte se abre justo antes de que Ron alcance a oír su voz, normalmente fuerte y decidida y ahora tan sólo un murmullo, contestar dos palabras que lo hacen inmensamente feliz:
-Yo también.
