Capítulo II


Bulma sentía como su alma pendía de un delgado hilo. En cualquier momento terminaría cortándose y por ende, cayendo a un hórrido vacío. Ya no aguantaba más el vilo del sufrimiento. Cansada de esperar y ser sólo una espectadora ante el cruel destino, cogió un abrigo para ir al lugar de la pelea por más peligro que hubiera. Si no lo había hecho todavía no era por falta de atrevimiento, sino porque no quería desconcentrar a Vegeta en su decisiva batalla. No quería que él se preocupase por ella. Eso podría serle fatal. Debía estar totalmente concentrado en derrotar a ese misterioso nuevo enemigo.

Pero a pesar de su voluntad ya no podía seguir resistiendo más, necesitaba saber que estaba sucediendo. Caminó por el largo pasillo para largarse de la infame casa, pero justo cuando abrió la puerta se encontró con las caras demacradas de Krilin, Piccolo, Tenshinhan y Gohan.

Miró esos ojos rellenos de angustia y su mandíbula comenzó a temblar espasmódicamente como reacción. Ni siquiera fueron necesarias las palabras para entender lo que había sucedido. El grito desgarrador de su corazón se lo dijo.

— No... no puede ser verdad... —musitó como si algún ente hubiera succionado su voz.

— Lo sentimos Bulma... — dijo Krilin con cabeza gacha, sin ser capaz de darle la mirada.

— ¡No! ¡No es verdad! —corrió para alcanzar el horizonte pero Gohan la sujetó entre sus brazos, mientras ella se deshacía en movimientos desesperados para soltarse — ¡No es verdad!

— Nos salvó a todos, Bulma. Murió como un héroe.

Gritos desgarradores y llantos tortuosos fue lo que vino a continuación. Algo que duró hasta que a Bulma le abandonaron las fuerzas y cayó desmayada por la falta de éstas.


Dos largos y tortuosos meses habían sucedido desde la muerte de Vegeta. Trunks preguntaba cuando volvería su papá. El desconsuelo y la depresión lo habían sumergido en un profundo abismo del que no podía salir, tal como Bulma lo sentía también.

Todo era gris. Incoloro. Sin vida alguna. O si la había no valía la pena vivirla.

Dos largos de meses de depresión que habían acabado con cualquier atisbo de alegría en el hogar de los Brief.

"Mamá, quiero a papá de vuelta" rogaba Trunks aferrándose a ella cada noche, soltando un mar de lágrimas a través de sus ojos cielo.

Que duro era superar la muerte de un ser querido. Un duelo incesante en que el corazón marchitado trataba de encontrarle un sentido a cada latir. Tratando de encontrarle un sentido a la negra e injusta vida.

Una madrugada sin luna, hundida completamente en la amargura, recordó algo que había olvidado... o más bien dicho, algo que quiso sepultar en lo más profundo de su subconsciente...

"Puede cumplir cualquier deseo... pero siempre habrá un precio que pagar a cambio..."

En dos meses sólo una vez había recordado la maldita esfera que había cambiado su destino para siempre. Como un relámpago, la sórdida idea de resucitar a su esposo había pasado por su mente. Sin embargo, el miedo a las consecuencias le había impedido ir más allá en su cavilar. Goku seguía en un coma del que probablemente jamás despertaría y Vegeta yacía muerto por aquel deseo que nunca debió pedir.

¿Realmente esa esfera maldita había hecho tamaño maleficio? ¿O es que todo pudo ser obra de una trágica coincidencia...? Cada vez se convencía más que la primera pregunta era también la respuesta.

¿Y si alguien más encontraba la esfera y usaba los deseos remanentes?

¡No!, no podía permitir tal cosa por nada del mundo.

Totalmente decidida emprendió el viaje hacia la casa en donde el maldito objeto había quedado. Recorrió en su aeronave el trayecto pensando una y otra vez en lanzarla al volcán Natas, en donde supuestamente se destruiría siempre. Por eso el desconocido infame se dirigía hacia allá, para hacerla desaparecer del mundo.

Llegó a la casa, cubierta por la cordillera de nieve que había dejado caer el hosco y frío invierno. El blanco lo cubría todo como si se tratara del ártico o su contraparte austral. De pie y estática frente a la puerta de madera de cedro, dio un profundo suspiro antes de entrar en la casa que había transformado su vida en una maldición. Abrió la puerta e instantáneamente su olfato fue golpeado por la ventilación nula durante dos meses.

Todo lucía tal como lo había dejado la última vez. ¿Pero dónde había quedado esa endemoniada esfera negra?

Invirtió una media hora registrando metódicamente el living lleno de muebles y a un lado de la chimenea, casi metida por debajo de la alfombra, visualizó la causa de toda su desdicha: Allí estaba la esfera. Allí estaba aquella cosa maldita.

Ahora sólo tenía que llevarla hacia el volcán y lanzarla al magma para que todo rastro de su existencia se perdiera para siempre.

Llevó una mano a la manija de la puerta, dispuesta a emprender el viaje en su aeronave; sin embargo, algo, un pensamiento obtuso, no la dejó salir de la antigua casa.

"Puede cumplir cualquier deseo..."

La frase se repetía una y otra vez en su mente cual mantra, como un susurro proveniente de otra dimensión que deseaba enquistarse en las entrañas de sus pensamientos. De alguna manera, gracias a ese inquietante murmullo, nació en ella la esperanza que la esfera podría arreglar este horrible desastre.

"¿Pero qué rayos estoy pensando?" reaccionó asustada. "¡No! No puedo ceder ante la desesperación. La muerte de Vegeta fue debido a esa desgraciada esfera negra. Si vuelvo a pedir un deseo otra calamidad se desatara. Otro desastre terrible llegaría a mi vida"

¿Pero si no era así? ¿Si había una posibilidad de que todo volviera a ser como antes? Los pedidos de Trunks llorando para que su padre regresara no la dejarían vivir nunca más. No sabía si podría soportarlos.

El arrepentimiento de no haber detenido a Vegeta cuando pudo, la castigaría durante el resto de su vida.

Tenía que obligarse a pensar que la muerte de Vegeta y el coma de Goku había sido una atroz coincidencia. Era una científica, ¿cómo podía pensar de distinta manera? ¿Cómo podía pensar que una esfera podía ser culpable de todo?

Estuvo toda la tarde divagando sobre qué hacer: sobre la ciencia y la naturaleza; sobre el destino y sus designios; sobre maldiciones y lógica; hasta que el sol se ocultó tras las montañas en el horizonte.

Esa esfera que planeaba destruir era la última esperanza para traer a su marido de vuelta.

¿Qué cosa podría pasarle si pedía el deseo? Si por algún modo ella muriera le daría igual. Estar sin a quien tanto amaba, ya era estar muerta en vida. Una vil condena que debía revocar. ¿Pero y si le sucedía algo a su amado hijo Trunks? Eso si que no podría perdonárselo nunca.

Dubitó con miedo las consecuencias, pero una brillante idea acudió a iluminar su mente: Si algo salía mal, tan sólo tendría que pedir el último restante para arreglarlo.

Sí, era una brillante idea. Definitivamente tenía que hacerlo. Pediría el deseo.

Lo haría.

Llevó la esfera hacia su corazón, la apegó a él y, emocionada a la vez que expectante, pidió lo que tanto deseaba:

— Quiero que Vegeta reviva.

Ese era el deseo que también la reviviría a ella.

Se sentó en la pequeña y fría escalinata de la entrada, esperando que Vegeta apareciera. Miró atentamente las dos estrellas dibujadas en la esfera, aguardando que una desapareciera tal como sucedió cuando Vegeta pidió su deseo... pero su expectativa no fue cumplida. La estrella no se borró.

La ansiedad la hizo sacar un cigarrillo, el cual no tardó en fumar. Cuanto quería verlo y poder abrazarlo. Miró con ansias hacia todos lados durante incontables minutos. Sacó un cigarro uno tras otro, pero nada sucedió. Absolutamente nada. La estrella que no desapareció era el indicativo que su anhelo no había sido cumplido.

Bajó su mirada al suelo y dejó fluir todas las lágrimas que el dolor le causaba.

Estaba cansada al igual que derrotada. La noche ya se había precipitado y le faltaban las fuerzas. Mañana, al amanecer, se marcharía hacia casa. No tenía sentido viajar hacia el volcán para lanzar la esfera cuando esta resultó ser sólo una falsedad.

Sí, necesitaba dormir...

Y cuando Bulma cayó en el mundo onírico, la estrella en la esfera se desvaneció...


Tres y cuarto de la mañana.

Unos golpes fuertes en la puerta interrumpieron su sueño. Aproximadamente seis horas habían transcurrido desde que había caído dormida.

— ¿Qué rayos? ¿Quién demonios toca a esta hora? —bufó sumamente molesta. Esperó varios segundos esperando que los toques cesaran, pero no fue así. Prendió la lámpara yacente en el velador y se dispuso a vestirse para recibir a quien fuera el que tocaba a esta hora inoportuna.

Pero de pronto algo prendió su mente y extinguió de cuajo su malestar. Una idea despertó con la potencia del aullido de un lobo reverenciando a la luna.

¿Acaso se trataba de quién pasaba por su mente en ese instante? ¿Era acaso el hombre que tanto amaba?

— ¡Ya voy Vegeta! — gritó con una sonrisa extremadamente dichosa, una que iba de oreja a oreja. ¡Su sueño se había cumplido! No podía creerlo, pero su descontrolado júbilo si lo hacía.

Bajó las escaleras corriendo tan rápidamente que casi se cayó rodando cuesta abajo como una bola de nieve. Sólo gracias a afirmarse del pasamanos no terminó partiéndose la crisma.

Sin embargo toda su felicidad cesó cuando un luminoso rayo esbozó una silueta deforme y delgada en la cortina izquierda, a un lado de la puerta. Una figura realmente perturbadora y digna de la peor pesadilla imaginable.

Si realmente se trataba de su esposo, ¿por qué esa sombra era tan tétrica?

— ... Abre mujer... — Una voz desgastada y apenas audible fue la que escuchó. A duras penas pudo reconocerla como la de Vegeta. Parecía ser la suya, sí, pero como si su voz hubiera envejecido setenta años o más.

— ¿Vegeta, eres tú? — un río de nervios recorrió su carne y espalda. Su mentón tambaleó en un vaivén que nunca antes había experimentado en su vida. Una vez más, su intuición le gritaba con ahínco que algo macabro estaba a punto de suceder...

— ... Abre, te dije... —repitió la terrorífica voz.

— ¿Eres tú, Vegeta? —tartamudeó inevitablemente, tragando saliva y con gotas de sudor apareciendo en su frente.

— Date prisa y abre... —contestó la figura, evadiendo la pregunta.

Bulma comenzó a temblar. Algo abyecto e inmundo estaba comenzando a flotar en el aire. Un aroma rancio y putrefacto, como si hubiera un cadáver muy cerca.

Un cadáver...

El furor de una idea relampagueó gravemente en su mente. El camposanto en donde habían enterrado a Vegeta debía estar a unas seis horas a pie...

Ese era precisamente el tiempo que había transcurrido entre su deseo y los toques en la puerta. Horribles escalofríos la recorrieron de pies a cabeza y viceversa; alaridos de dolor sintió en sus venas, como si la sangre se hubiera convertido en cristales puntiagudos.

¿Era Vegeta realmente? Y si lo era... ¿acaso había regresado directamente desde la tumba? ¿Era acaso un cadáver en proceso de descomposición lo que tocaba su puerta en ese instante?

— Abre de una vez, mujer...

— Vegeta... —estática a unos metros de la puerta, no podía ni quería avanzar — ¿eres tú? Contéstame por favor —pidió con desesperación en su voz.

Los golpes en la puerta cesaron. Un silencio cargado de tensión poseyó el ambiente durante un largo instante. Luego, la distorsionada voz rasgó los oídos de la científica.

— ... Dale un beso de bienvenida a tu esposo...

Fue entonces que todo le quedó claro: él no era Vegeta, o por lo menos no el que fue su pareja. Él nunca habría usado esas palabras, nunca habría dicho que le diese un beso. Algo había cambiado en él. Un cambio que le hizo temblar de miedo y horror...

Otro fulminante rayo iluminó a quien estaba al otro lado de la puerta y Bulma gritó llena del más terrible espanto. En esta ocasión si logró ver más que una silueta deforme: de lo que se suponía debía ser una cara, sólo quedaba una masa sanguinolenta de la cual brotaban asquerosos gusanos putrefactos.

Un feroz arrebato de pánico la hizo correr en busca de la maléfica esfera negra. Su esposo ya no era el mismo. Su nivel de pudrición lo había dañado severamente. Por lo tanto, su cerebro también estaba completamente deteriorado. Su hombre ya no era aquel que ella tanto amó, sino un monstruo completamente aterrador.

Nunca debió violar la paz de la muerte. Nunca debió ir contra las leyes de la naturaleza. Aquellas tienen un sentido ineludible y romperlas fue lo que acarreó estas horripilantes consecuencias.

¡Dios! Dónde había dejado la maldita esfera. Por más que hurgaba como una demente, no podía encontrarla por ningún sitio.

El occiso echó abajo la puerta y sus pasos retumbaron cual sinfonía de pavor a través de los peldaños de la escalera.

— Siempre estaremos juntos... en la vida y en la muerte... —amenazó su macilenta y cadáverica voz.

La oscuridad se hizo más tétrica que nunca; cada paso generaba un pavor imposible de detallar. Un esposo putrefacto con su cerebro totalmente dañado por la descomposición se acercaba más y más...

Bulma buscaba desesperada la esfera negra, recreando pavorosas imágenes de su cónyuge totalmente podrido tras estar más de dos meses bajo tierra. Eso que caminaba hacia ella ya no era el hombre que tanto amó... era una cosa antinatura que, por el bien y la cordura de todos, no debía seguir más en este mundo. Su asquerosa y tenebrosa presencia debía ser borrada definitivamente de la faz de la tierra.

¿¡Pero dónde demonios había dejado esa esfera!?

El lento caminar del muerto viviente había llegado al destino trazado. Sólo tendría que abrir esa puerta y Bulma tendría que encarar el terror más abominable que se pudiera imaginar en este mundo.

Los golpes rebotaban como aullidos en un acantilado.

— Eres mía...

La siniestra voz pareció dictar una hórrida amenaza. Una vez más quedó claro que ese no era su marido. Era un demonio que había tomado la forma de su esposo.

A Bulma se le distorsionó la respiración cual asmática. Se vio obligada a abrir la boca para tratar de normalizar el flujo normal de aire. Inhalo el vital oxígeno a través de la boca y la nariz al mismo tiempo. Estaba completamente atemorizada, horrorizada hasta lo más íntimo de su alma. Por fin sus ansiosos dedos rozaron algo esférico bajo la cama, se plegó al suelo para poder tomarla y precisamente en ese momento la puerta se abrió de un terrible patadón.

Cerró sus ojos llena de miedo y colocando rápidamente la esfera en su corazón pidió el tercer deseo.

Como por arte de magia todo sonido cesó completamente, pero el horror que inundaba el corazón de Bulma no cesaba su acelerado latir. Profusos y hondos suspiros intentaron calmar su adrenalínica agitación.

Tras muchos segundos enloquecedores, finalmente se atrevió a abrir los ojos y lo que vio la asombró:

Nadie estaba allí. La cosa que pretendía ser su esposo había desaparecido, pero el olor nauseabundo todavía flotaba por el ambiente contaminándolo con su toxicidad.

Dio un suspiro tras otro con miedo en su mirada. Observó cada rincón de la habitación imaginando que ese monstruo saltaría sobre ella en cualquier momento. Pero finalmente, al parecer, todo había terminado...

La siniestra oscuridad del endemoniado objeto nunca más volvería a ser usada. Los tres deseos habían sido concedidos y la prueba de ello residía en que la esfera maldita ya no tenía ninguna estrella en su superficie.

Bulma creyó que todo había terminado, pero lo que no se detuvo a pensar es que sólo la luz puede ahuyentar a la oscuridad...

Y esa maldita esfera era sólo oscuridad...


Fin de la transmisión