Hola, perdón por no presentarme antes, és que es la primera historia que adapto y pues como que no se como manejar esta pagina, pero esta historia es una adaptacion de Se busca Esposa, de la autora Sharon de Vita, realmente queria que lo supieran y espero que lo difrutesn asi como yo lo hice, bueno sin más que agregar, me despido. Porfis dejenme review. Bye.

CAPITULO 2

Los perros empezaron a gruñir.

Kagome Higurashi apartó la mirada del registro que estaba poniendo al día.

-¡Mackenzie¡Mahoney! Dejen de gruñir –miró a los dos enormes perros que se hallaban tumbados frente a la chimenea-. No han nada que temer. Ya les he dicho que sólo es una tormenta. Nada que no hayan visto antes, así que ya basta.

-Ésta va a ser una de las malas –dijo tío Jimmy desde la mesa en la que jugaba un solitario-. De momento, la peor del invierno –miró hacia le exterior por los ventanales que se alzaban del suelo al techo ambos lados de la chimenea-. Probablemente no parará en toda la noche.

-Lo sé –dijo Kagome con un suspiro. Tras cerrar el libro de registros, se acercó a os perros para acariciarles la cabeza-. El hombre del tiempo dijo que se podrían alcanzar lo veinte grados bajo cero –añadió se cercioraba con la mirada de que tenían suficiente leña dentro. Frunció el ceño al ver que los gruñidos de los perros arreciaban-. ¿Se puede saber qué les pasa? Dejen de gruñir de una vez.

-¿Has oído algo, Kagome? –preguntó tío Jimmy de pronto con el ceño fruncido.

-No estoy segura –admitió Kagome, que sintió de pronto una inexplicable inquietud.

El hostal estaba técnicamente cerrado durante e invierno. Se abriría de nuevo durante la semana en la que se celebra e Festival de Navidad de Chester Lake, pero para eso aún faltaba un mes y, como encargada y socia del hostal, sabía que no tenían reservas.

En los seis años transcurridos desde que se divorció de su marido y fue a vivir allí con su tío en el aislado hostal que éste poseía en Wisconsin, nunca se había sentido realmente asustada ni sola, probablemente que agradecía la paz y el sosiego que había encontrado allí tras su tumultuoso matrimonio.

Aunque la soledad fuera un visitante habitual, no era un precio muy alto a pagar dados los maravillosos beneficios que se derivaban de vivir allí.

Pero en aquellos momentos sentía una extraña inquietud, casi una premonición, y entendía por qué.

-Ha parecido un golpe seco –dijo su tío a la vez que tomaba su bastón para ponerse en pie.

Kagome no podía imaginar que pudiera haber alguien tan imprudente como para andar merodeando por allí en plena ventisca, pero se acercó a la puerta de todos modos y la abrió para echar un vistazo.

-¡Cielo Santo! –exclamó a la vez que alargaba una mano hacia el hombre que se hallaba apoyado contra la puerta de una herida en la frente y cubierto de nieve desde los pies hasta sus botas vaqueras, ridículamente inadecuadas para aquel clima-. ¡Ayúdame tío Jimmy! –dijo mientras hacía que el hombre se apoyara contra su hombro y lo acompañaba hacia uno de los sofás que había delante de la chimenea-. Debe estar loco –murmuró para sí mientras lo ayudaba a sentarse -. Hay una ventisca ahí afuera -añadió innecesariamente mientras lo ayudaba a subir las piernas antes de quitarles las botas y la cazadora.

Los perros comenzaron a gruñir de inmediato a las botas.

-No, no estoy loco –Inuyasha suspiró y se preguntó si estaría delirando. Habría podido jurar que había un ángel sentado a su lado. Un precioso ángel de cabello negro y que olía celestialmente. Volvió a parpadear, sin saber si estaba despierto o soñando. La caminata se había hecho interminable y estaba tan helado que apenas podía sentir el cuerpo.

-Me llamo Inuyasha –dijo, y trató de sonreír, pero sentía el rostro congelado-. Me llamo Inuyasha y no estoy loco.

-De modo que también es un comediante –Kagome movió la cabeza, asombrada y divertida por le hecho de que le hombre aún tuviera ganas de bromear. Cuando tocó la herida de la frente, él apartó instintivamente la cabeza-. ¿Está herido en algún otro sitio?

Inuyasha no contestó. Se limitó a permanecer quieto temblando. Kagome fue por una manta que había sobre el respaldo de sofá y lo arropó con ella.

Tenía el cabello cubierto de nieve. No estaba segura de qué color eran sus ojos, pero su rostro, rojo a causa del frío, tenía un aspecto un tanto duro. La nariz parecía haber sufrido alguna rotura y aún conserva una pequeña cicatriz en el puente. Su boca, grande con el labio inferior un poco más carnoso que el superior, confería a su rostro una sensualidad que habría hecho preguntarse a cualquier mujer o que se sentiría teniendo aquellos labios sobre los suyos.

Una incipiente barba de varios días cubría su mandíbula y le confería un aire ligeramente peligroso que hizo que la ansiedad de Kagome había experimentado unos momentos antes aumentara.

Su rostro no era precisamente delicado, pero no había duda de que contenía la clase de fascinación capaz de atraer el interés de una mujer... y de conservarlo largo tiempo.

Inquieta por sus pensamientos, Kagome apartó la mirada a la vez que se reprendía. Debía sentirse bastante sola para estar babeando de aquella manera por aquel misterioso desconocido.

-¿Puedes cerrar la puerta y luego ir a la cocina por el botiquín y traer más mantas, tío?

Con el bastón golpeando con suavidad el suelo de madera, Jimmy se acercó a la puerta.

-También voy a necesitar uno de tus pijamas de franela y unos calcetines –añadió Kagome mientras contemplaba con el ceño fruncido la herida de la frente de Inuyasha. Aunque no era especialmente profunda, aún sangraba y se estaba inflamando. No sabía si sufría una conmoción, pero debía averiguarlo-. ¿Inuyasha? –dijo mientras lo zarandeaba con suavidad por el hombro-. ¿Puede abrir los ojos y hablarme un momento?

Esperó mientras él se esforzaba en abrir los ojos. Le dedicó una sonrisa de ánimo.

-Bien –se inclinó para mirarle los ojos. Las pupilas parecían de tamaño normal. Parecía ligeramente aturdido, pero era de esperar dado el golpe que se había llevado. Volvió a tocar el corte de su frente y comprobó que casi había dejado de sangrar-. ¿Hace falta que llamemos a alguien¿Alguien lo está esperando?

Inuyasha la oyó, pero tenía la sensación deque su voz llegaba desde muy lejos. Trató de llevarse una mano a la frente.

-No se toque la cabeza –Kagome lo tomó de la mano para impedirlo-. Tengo que limpiarle la herida. ¿Puede oírme, Inuyasha? Si es así, alce la mano –cuando Inyasha hizo lo que decía, tomó también aquella mano entre las suyas para calentársela-. Bien. Y ahora¿no le espera nadie¿Tenemos que avisar a alguien?

Inuyasha pensó un momento.

-No –dijo finalmente-. Estoy de vacaciones.

Kagome asintió

-¿Ha sufrido un accidente de coche? –le preguntó.

-Sí. He... perdido el control al tratar de evitar u cervatillo... cerca de la salida de la autovía.

-¿Ha habido algún vehículo más implicado¿Iba sólo en su coche?

-No había ningún coche cerca... iba solo.

-Bien. Eso está muy bien, Inuyasha –Kagome le acarició la mejilla para darle ánimos y le dedicó una sonrisa-. Sólo una pregunta más. Está sangrando de una herida que tiene en la frente. ¿Está herido en alguna otra parte?

-No sé –murmuró Inuyasha.

Kagome tragó con esfuerzo. Hacía seis años que no estaba tan cerca de un hombre, pero en aquellos momentos no tenía otra opción. Debía averiguar si tenía otras heridas.

Dudó un momento mientras lo observaba. Inuyasha era lo que su difunta madre habría calificado de "todo un hombre". Debía medir al menos un metro noventa y pesar unos cien kilos. No estaba gordo, pero tenía el pecho amplio y musculoso... y no había duda de que estaba muy bien hecho.

Kagome se dijo que no era de extrañar que el corazón le estuviera latiendo más rápido de lo normal. Menos mal que era totalmente inmune a los hombres, pensó, porque de lo contrario no dudaba que se habría sentido tentada por aquél.

¿No había sido su marido un hombre tan intensamente masculino como aquel¿Un hombre que había roto sus defensas y barreras con mentiras y engaños?

Pero por entonces ella era demasiado joven e ingenua y estaba demasiado enamorada como para pensar que el hombre con el que se había casado pudiera estar engañándola. No sólo sobre quién era, sino sobre lo que hacía. Le había ocultado su nombre real y sus ocupaciones para que no averiguara que era hijo de un conocido criminal y que estaba siguiendo sus pasos. Para cuando Kagome descubrió su engaño ya era demasiado tarde. Llevaban casados dos años y ella esperaba un bebé. A pesar de todo, desilusionada y embarazada, solicitó el divorcio.

Le costó perdonarse a sí misma por haber sido tan tonta. Su única excusa era su juventud y que se había enamorado perdidamente... pero había aprendido que no se podía amar algo que no era real, y nada en su vida, su marido o su matrimonio había sido real.

Afortunadamente se había vuelto más sabia, pensó con un suspiro, y no estaba dispuesta a volver a poner su corazón en juego o a permitir que otro hombre la engañara.

Con el pulso acelerado, deslizó las manos eficientemente por los esculpidos músculos de Inuyasha para buscar otras posibles heridas, desde sus fuertes hombros hasta sus estrechas caderas y luego desde los tobillos hasta sus rodillas. Movió la cabeza al notar que tenía los vaqueros empapados.

Debía quitarle aquella ropa mojada cuanto antes. Aparte de la herida de la cabeza no parecía haber sufrido ninguna otra. Sólo podía observarlo aquella noche y rogar para que no sufriera ninguna herida interna. Pero en esos momentos le preocupaba más la temperatura de su cuerpo peligrosamente cerca de la hipotermia.

La cazadora de cuero, los vaqueros y las botas que llevaba no eran adecuadas para el tiempo que hacía. Si hubiera sido de por allí no se le habría ocurrido salir así vestido en medio de una tormenta.

-¿Está conmocionado? –preguntó Jimmy mientras entregaba a su sobrina el botiquín.

-No creo –Kagome apoyó una mano en la mejilla de Inuyasha y le hizo volver el rostro-. ¿Puede abrir los ojos? –acarició la fría piel de su mejilla-. ¿Inuyasha¿Puede abrir los ojos?

-Sí –murmuró él, pero la luz del techo le hizo cerrarlos de inmediato. Definitivamente había un ángel a su lado, decidió. Y era un ángel maravilloso. Nada le habría gustado más que seguir mirándolo, pero no lograba mantener los ojos abiertos.

-Ha dejado esto en el Porche –dijo Jimmy mientras dejaba la bolsa y el portátil de Inuyasha en la mesa que había ante el sofá-. Botas vaqueras, cazadoras de cuero y pantalones a la moda. No hay duda de que viene de la ciudad –añadió en tono ligeramente despectivo-. Voy por un poco de coñac. Seguro que lo ayudará a reaccionar.

Kagome comenzó a limpiar la herida de Inuyasha y enseguida comprobó con alivio que era un corte limpio y menos profundo de lo que parecía. Inuyasha se contrajo de dolor cuando se la tocó.

-Estoy curándole la herida. Acabaré enseguida –terminó de limpiarla rápidamente y le puso una tirita mariposa. Después le tocó la mejilla para que volviera a abrir los ojos-. Tiene que beber esto –Jimmy le entregó un vaso con el coñac-. Voy a alzarle la cabeza para dárselo.

Unos instantes depuse de beber el coñac Inuyasha sintió que empezaba a entrar en calor. Debió quedarse momentáneamente dormido, porque lo siguiente que supo fue que alguien lo ayudaba a ponerse de pie.

-Vamos a subir para que se acueste –Kagome trato de equilibrar el peso del cuerpo de Inuyasha contra el suyo-. ¿Cree que puede caminar?

-Mis notas, mi portátil... –murmuró él mientras trataba de mirar a su alrededor.

-Están en el cuarto de estar, Inuyasha. No sé preocupe por eso ni por nada. Tengo todo lo que pueda necesitar. Vamos, vuelva a alzar la pierna. Así... Sólo unos escalones más. Vamos a ir al baño. Ya he llenado la bañera y mi tío Jimmy lo ayudará a meterse. El agua caliente le hará entrar e calor y luego podrá dormir. ¿Cree que podrá llegar? –Kagome frunció el ceño. El peso de Inuyasha parecía haber aumentando, como si sus piernas ya no lo sostuvieran.

-Sí –murmuró él-. Creo... que podré –abrió los ojos y se esforzó por mantenerlos abiertos. La luz seguía molestándolo, pero al menos pudo fijarse un poco más en ella. Era pequeña y delicada, frágil, pensó de inmediato, y olía maravillosamente. A vainilla o algo parecido.

Una mata de pelo negro y rizado enmarcaba su rostro, que podría haber sido pintado por uno de los grandes maestros de la pintura.

-¿Eres un ángel? –preguntó con una sonrisa.

Kagome sintió que su estómago se contraía ante la intensa masculinidad y el interés de su mirada. Sabiendo que nunca permitiría que aquel interés llegara a nada más, se limitó a reír.

-No, me llamo Kagome, pero mi segundo nombre es Ángela.

-Lo sabía –sin aliento ni fuerzas, Inuyasha tuvo que detenerse en o alto de las escaleras-. Eres un ángel –murmuró, y a continuación se sorprendió a sí mismo inclinándose para besarla delicadamente en los labios.

Kagome abrió los ojos de par en par y su estómago se encogió. Por un instante sintió que el suelo había desaparecido de pronto bajo sus pies. Habría dado un paso atrás, pero no pudo porque Inuyasha estaba apoyado sobre ella y se habría caído.

Sus labios eras tan suaves y sensuales como había imaginado. Alzó la mano hasta le frente de su camisa, diciéndose que iba a apartarlo con suavidad, pero en lugar de ello acarició la tela mientras permitía que el beso continuara.

Parpadeando de sorpresa a causa de lo que acababa de hacer, Inuyasha se apartó y miró a Kagome con expresión aturdida.

Tenía razón. Era su ángel.

¿Pero por qué lo asustaba tanto aquel pensamiento?

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Bueno pues aquí acaba el segundo capitulo, adaptado por mí, para uds,jeje ojala les guste. Bye

Bss... Elizabeth