Capitulo 1

Él joven corría entre las oscuridad que le ofrecía la espesura del bosque. Gruesas lágrimas caían de sus ojos grises. Lloraba de rabia, de tristeza, de impotencia... Con movimientos bruscos apartaba las ramas que encontraba en su camino como si intentase, más que hacerse paso entre los árboles, deshacerse de los sentimientos que lo tenían en ese estado.

Continuó corriendo hasta que sus piernas no podían dar más de si. Y, finalmente, cayó al suelo. Allí se quedó, tumbado sobre la fina y húmeda hierba, sin moverse. Cerró los ojos para intentar calmar el hervidero de pensamientos que se formaban en su cabeza. ¿Por qué todo tenía que ser tan complicado?

Las lágrimas empezaron a cesar poco a poco. Había pasado, primero, por un estado de inmensa rabia donde había deseado destruir todo lo que se cruzaba en su camino. Después había llegado a ese estado de absoluta tristeza en el cual únicamente tienes ganas de llorar. Y, ahora, había llegado a ese estado en el que todo se ve de color negro y en el que se cree que la única solución que hay para salir de ese pozo de desesperación, es desaparecer. Un estado en el que no se siente nada, solo un vacío profundo.

Con los ojos cerrados todavía, palpó el suelo en busca de un trozo de madera. Con algo de esfuerzo se apoyo en el tronco del árbol que había detrás de él. Son la otra mano, tomo la varita y con un simple hechizo el trozo de madera se fue convirtiendo en una afilada hoja de metal. Tomo la hoja con las dos manos. La miró, sus ojos grises como un cielo de tormenta se reflejaban en ella. Y sintió que el mundo entero caía sobre él.

Con manos temblorosas la agarró fuertemente. Se arremangó la manga izquierda de la camisa mostrando una piel pálida. En el antebrazo se apreciaban pequeñas cicatrices. Se hizo un pequeño corte al lado de las anteriores marcas. Un fino hilo rojo, que contrastaba con el blanco de su piel, empezó a brotar del corte. El joven se quedó embelesado observando correr la sangre por su muñeca libremente y empezó a sentir un alivio que provoca una sonrisa en sus labios. Una sonrisa de resignación.

-Y, Harry Potter atrapa la snitch a unos centímetros de Malfoy. Victoria para Gryffindor...

El rubio aterrizo en el suelo bajando de su escoba malhumorado. Potter había vuelto a vencerlo y nada más y nada menos que delante de su padre. Ese día, Lucius Malfoy había aprovechado para darle a su hijo la noticia de que pronto sería recibido por el Lord y entraría a sus servicios. Y, como hijo suyo, tendría que servirlo como el mejor mortifago. Tenía que dejar bien alto el apellido Malfoy.

Draco había dado lo mejor de si durante el partido para que su padre estuviese orgulloso de él. Pero la noticia que le había traído no le dejaba concentrarse. Y, por eso, no se dio cuenta de que tenía la snitch a su lado hasta que Potter pasó rozándolo y atrapó la "maldita pelotita escurridiza".

Todos los de su equipo le miraban con cara de desprecio. Slytherin había ido ganando todo el partido y si no hubiera sido por su descuido la victoria habría sido para ellos. Pero a Draco no le importaba lo que los demás estuvieran diciendo de él. Cuando la derrota quedara en segundo plano, ellos volverían a hacerle la pelota como siempre. No, eso no le preocupaba. Ahora su cabeza únicamente estaba en su padre y la decepción que debía haberse llevado.

Fue al vestuario a cambiarse. Lo primero que hizo fue darse una ducha de agua fría para refrescarse ignorando la burla de los demás. Mientras sentía el agua resbalar por su cuerpo, pensó en Potter.

Su obsesión desde que había entrado en Hogwarts había sido vencer a Potter. Ser mejor que él. Su padre quería verlo humillado de la misma manera que él los había humillado a ellos. Por eso Draco se propuso desde un principio hacerle la vida imposible al-niño-que-vivió, para que su padre estuviese orgulloso de él. Pero nada funcionaba. Todo acababa girándose en su contra.

A menudo se preguntaba si de verdad lo odiaba como hacía parecer. Más de una vez se había descubierto a si mismo admirando su fuerza, su cuerpo... Eso era, lo admiraba. Sabía que Potter era mejor que él, era todo lo que él mismo quería ser: fuerte, valiente, tenía amigos de verdad y, sobretodo, era libre. Y eso, hacía que lo odiase y a la vez lo desease. Porque aunque le costase admitirlo, había descubierto que le gustaba y que no podía apartar la mirada de esos ojos esmeraldas.

Sacudió la cabeza con fuerza. Tenía que dejar de pensar en él de esa manera. Así solo conseguiría hacerse daño a si mismo. Tenía que olvidarlo, pero que su padre lo presionase para vencerlo siempre, no le ayudaba mucho. Cuando estaba delante de él, no pensaba con claridad y no dejaba de hacer estupideces.

Una vez arreglado decidió ir en busca de su padre. Seguramente estaría enfadado y eso se traducía en discusiones. Pensando en eso no se dio cuenta de por donde iba hasta que choco contra alguien cayendo los dos al suelo. "No puede irme peor el día", pensó. Pero si pensaba que no podía ir a peor, se equivocaba.

Pero cuando alzó la mirada para ver contra quien había chocado, no pudo hacer más que maldecir su mala suerte. Ron Weasley lo miraba desde arriba con una sonrisa maliciosa y, junto a él, la resta del trío dorado.

-Pero mirad quien tenemos aquí, el hurón perdedor. ¿Como se siente el haber sido derrotado se esta manera?

-A ti que te importa. Apártate de mi o...

-¿O qué¿Qué vas a hacerme? No tienes a tus guardaespaldas para que te defiendan.

-Ron, basta. Dejalo o nos meteremos en problemas.

-Esta vez no, Hermione. Vamos a vengarnos por todo lo que nos ha hecho. ¿Verdad Harry?

-¿Harry?

-Yo... no se. Malfoy lleva cinco años haciéndonos la vida imposible. Se merece un castigo.

-¿Un castigo de quien Potter¿De ti?- Draco no sabía como había conseguido hablar. Desde el momento en que había visto a Potter se había quedado parado, pero al escucharle hablar le había inundado una rabia terrible, se sentía humillado. - ¿Creéis que os tengo miedo, cara-rajada¿A ti y a ese pobretón? No necesito a Crabbe y a Goyle para ganaros. Alguien que se mezcla con sangre sucia, no pueden ser muy buenos.

-No hables así de Hermione, maldito mortífago.- Draco escuchó un grito mientras una figura rojiza se le lanzaba encima a puñetazos.

-¡Ron¡Ron! Déjalo ya. Hermione tiene razón. Los profesores están por aquí. Mejor vamonos.- dijo Potter intentando despegar a su amigo del cuerpo del rubio.- No se merece que nos arriesguemos a un castigo por él. No es tan importante.

Draco se levanto jadeando. La nariz le sangraba igual que el labio. La furia brillaba en sus ojos. Con las pocas fuerzas que tenía se lanzó contra Potter. Todo era culpa de él. Él era el causante de sus desgracias.

El moreno no pudo aguantar la embestida de Draco y los dos cayeron al suelo. El rubio tenía más experiencia en peleas, pero no había duda que el otro era más fuerte y pronto Potter consiguió dominar la situación y quedar sobre Draco. Este lo miro a los ojos, unos ojos verdes hermosos que cuando lo miraban a él solo transmitían desprecio. Eso era lo que Potter sentí por él, desprecio. Y todo gracias a él mismo.

Draco empezó a sentirse cansado y no solo físicamente. ¿Había merecido la pena todo lo que había hecho? Todo el mundo lo miraba con desprecio y odio. Ni siquiera sus "amigos" lo apreciaban, solo les importaba su prestigio y su fortuna.

-¿Se puede saber que estas haciendo, Sr. Potter, Sr. Malfoy? 20 puntos menos para vuestras casas y un castigo.- la voz de McGonogall lo sacó de su ensoñación para darse cuenta que todavía tenía a Potter encima suyo y ahora lo miraba con ¿lástima? Lo apartó con brusquedad. ¿Quién se creía él pera mirarle de esa manera?- Todos fuera no hay nada más que ver. Y con ustedes yo ya hablaré más tarde.

Entonces Draco vio que a su alrededor se había creado un circulo de alumnos curiosos. Los alumnos empezaron a dispersarse ante el aviso de la profesora dejando ver a Lucius Malfoy. Cuando todos se hubieron marchado, se acercó a él.

-Padre.- saludo el chico.

-¿Cómo puedes dejar que te humillen así? Eres un desastre. No sirves para nada. Me avergüenza que seas mi hijo.

Lucius hablaba en un tono calmado arrastrando cada una de las palabras que decía. Y eso le dolía más a Draco. Prefería que le gritase y le castigase e incluso que le pegase, pero ese desprecio... le hacía sentirse insignificante e inútil.

-Hago todo lo que puedo padre.

-No es suficiente. Eres débil y vago. Si de verdad fueras un Malfoy te comportarías como tal. Tus notas no son los suficientemente buenas, eres incapaz de vencer una sola vez a Potter en quidditch y ni siquiera eres capaz de ganar una ridícula pelea contra él. Un Malfoy nunca pierde. Un Malfoy siempre logra lo que pretende. Y tú... tú nunca has conseguido nada. No eres digno de llevar el apellido Malfoy.

"Eso ya lo habías dicho", pensó Draco. Su padre sabía como hacer desaparecer cualquier pedazo de ilusión que tenía. "¿No ves todo el daño que me haces con tus palabras? Claro que sí. Por eso lo haces." Cuando Lucius se enfadaba siempre le recordaba lo lejos que estaba de ser un verdadero Malfoy. Siempre igual. "¿Por qué solo piensas en el maldito apellido¿Qué hay de mí¿Es que acaso no te importo? No, nadie se preocupa por mí y tú el que menos."

-¿Me estás escuchando? Mírame cuando te hablo, Draco.- el chico continuaba con la cabeza gacha. No se atrevía a alzarla por miedo a que Lucius viera lo que estaba pasando por su cabeza. "Los Malfoy son fuertes. Yo soy fuerte, soy un Malfoy." Pero sabía que nunca llegaría a ser lo que se esperaba de él, porque, en el fondo, él no deseaba ser de aquella manera.

De pronto empezó a sentir un odio dirigido a su padre, pero sobretodo, a sí mismo. Se había prometido que nunca dejaría que nadie dirigiera su vida, y todos estos años había hecho lo posible por seguir los pasos de su padre, pero jamás el suyo. Y, ahora, ya no había marcha atrás. Lo había echado todo a perder.

Entonces dejo de oír la voz de su padre. ¿Tanto rato había estado perdido en sus pensamientos que ni había notado cuando se había ido? Se quedo parado un rato y, de golpe, empezó a correr hacía el bosque sin darse cuenta que unos ojos negros lo observaban preocupados.

Y, ahora, se encontraba en medio del bosque, tumbado sobre la hierba, dejando que la sangre corriera por su muñeca. Se sentía bien así. El dolor poco a poco había desaparecido igual que sus sentidos. Solo quedaba el alivio. Lentamente se formó una niebla borroso en sus ojos en el mismo momento que unos brazos fuerte lo levantaban con cuidado del suelo y lo apretaban contra su pecho y un aroma conocido invadió sus sentidos. Sintiendo la respiración de aquel ser, perdió la conciencia. Y aún estando inconsciente, se sintió seguro y protegido.

CONTINUARA

Nota: este capitulo ya lo tenía hace mucho y me ha hecho ilusión aprovecharlo. Me he dado cuenta que hay muchos detalles que no coinciden con el quinto libro que es en donde se desarrolla la historia, pero cuando la empecé a escribir en teoría eran mas mayores y ahora era demasiado lioso cambiarlo todo.