Finn y Rey fueron al despacho de la general Organa en cuanto se bajaron del Halcón, sin parar siquiera para cambiarse de ropa. Por desgracia no tenían nada de lo que informar, pero todas las patrullas tenían órdenes de presentarse de inmediato ante la general en cuanto regresaban.
No tuvieron ni que abrir la boca. En cuanto la mujer miró a Finn a los ojos, supo lo que venía a decirle.
—¿Tampoco esta vez? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Nada?
El muchacho negó con la cabeza, tragando saliva con dificultad.
—No hay ni rastro de él en Sullust, general.
Se hizo un opresivo silencio en la habitación después de sus palabras. La general Organa se llevó una mano a la garganta y su rostro se descompuso en un gesto de dolor, uno que Finn comprendía muy bien porque él sentía lo mismo. La mujer caminó con lentitud hasta un mapa estelar que tenía desplegado sobre la pared, marcó un punto rojo en él—uno más, añadido a los muchos que ya había—y después se dirigió hacia su escritorio, desplomándose en el sillón como si estuviera muy cansada.
Finn bajó la mirada hacia el suelo, incapaz de soportarlo más. El férreo control que a duras penas conseguía mantener sobre su propio dolor corría peligro de tambalearse si seguía contemplando la desolación de aquella mujer formidable. Finn sólo quería volver a subirse al Halcón Milenario cuanto antes y continuar hacia el siguiente sistema que todavía no hubiesen revisado. Había tantos enclaves donde la Primera Orden podría tener a Poe retenido… Finn tenía mucho que hacer, no podía entretenerse hablando. Ni podía permitirse el lujo de dejarse llevar por la desesperación. Tenía que concentrarse en su tarea, sin pensar en nada más: ni en la cantidad de puntos rojos que cada día crecía sobre el mapa, ni en las semanas que su amigo llevaba desaparecido. Poe era fuerte, seguro que estaría bien. Antes o después, Finn le encontraría y le traería de vuelta a casa.
Sintió la mano de Rey sobre su hombro y se volvió para mirarla. La muchacha también tenía una expresión de tristeza en el rostro, muy similar a la de la general. Rey no había tenido demasiado tiempo para conocer a Poe, pero le había bastado con esos pocos días para encariñarse con él como todos los demás. El piloto causaba ese efecto en la gente.
Pero para Finn era algo más que eso. Mucho más, en realidad.
La general se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre el escritorio y entrelazando los dedos. El movimiento hizo que Finn girase la cabeza hacia ella y, cuando la mujer levantó la mirada, vio en sus ojos algo más que el peso de la pena. Algo que hizo que se le erizara el vello de la nuca.
Resignación.
La general abrió la boca para hablar y Finn supo, antes de que dijera nada, que no quería oírlo.
—No hemos encontrado ni el más leve indicio del paradero de Poe en un mes—comenzó ella, en voz baja y triste—. Ni una sola pista. Odio tener que tomar esta decisión, pero… Debo cancelar la búsqueda.
—¡¿Cómo!? —exclamó Finn.
Se volvió hacia Rey, esperando encontrar en sus ojos la misma incredulidad, casi indignación, que él sentía. La muchacha, sin embargo, le dio un ligero apretón con la mano que tenía sobre su hombro y le dirigió una mirada de súplica.
—Finn, por favor. Deberías escucharla.
—¡Pero no podemos! —replicó él; se giró hacia la general para hablarle a ella—. ¡Todavía nos quedan muchos planetas por inspeccionar! ¡A lo mejor estamos a punto de encontrarle, y si lo dejamos ahora, será su fin!
—Si no le han ejecutado ya —respondió ella, con la voz quebrada por la tristeza.
—No, ¡no! —insistió Finn, enfatizando su negativa con un movimiento de cabeza—. ¡Me niego a creer eso! ¡Está vivo, lo sé, lo… lo presiento! ¡Poe cuenta con nosotros, general, no puede abandonarle ahora!
—¡¿Crees que esto es fácil para mí!? —exclamó la general, poniéndose en pie de golpe con las manos apoyadas sobre el escritorio; era la primera vez que Finn la oía levantar la voz—. ¡¿Crees que quiero darle por perdido?! ¡Poe es como un hijo para mí, más incluso que mi verdadero hijo! ¡Yo también quiero que vuelva, pero tengo una responsabilidad hacia toda la Resistencia, no sólo hacia él!
Su explosión de temperamento se vino abajo tan deprisa como había surgido. La mujer se quedó en silencio de repente, con un brillo de lágrimas no derramadas en los ojos, y volvió a sentarse con pesadez. De repente parecía muy frágil y pequeña.
—Yo… Lo siento, general —murmuró Finn, avergonzado.
—Yo también lo siento, Finn —respondió ella—. No debí gritarte. Tú no tienes la culpa de mi frustración con todo este asunto.
Hizo un gesto con la mano para indicarles a ambos que se sentaran frente a ella.
—General —comenzó Rey con delicadeza—. ¿No podría haber una solución intermedia? Finn y yo podríamos continuar con la búsqueda por nuestra cuenta, incluso si el resto de la base vuelve a su actividad normal.
—Lo había pensado— asintió la general Organa—. Pero tengo que consultarlo con Luke. No creo que sea buena idea seguir posponiendo tu entrenamiento. Aunque tal vez Chewie podría acompañar a Finn en…
Le interrumpió un rápido toque en la puerta del despacho, que a continuación se abrió sin esperar a que ella contestase. La mujer arqueó las cejas ante esa falta de protocolo tan poco habitual y se quedó mirando a la muchacha rubia que acababa de aparecer en la entrada, con las mejillas sonrosadas y la respiración acelerada como si hubiera venido corriendo.
—¿Sí?
—Disculpe la interrupción, general —jadeó la chica—. Pero estamos recibiendo una transmisión con el código de identificación del comandante Dameron.
Se hizo un silencio absoluto durante un par segundos, mientras los tres trataban de procesar lo que acababan de oír. Finalmente, la general Organa fue la primera en reaccionar.
—¿Has dicho del comandante Dameron? —preguntó con un hilo de voz.
—Sí, señora.
—¡Pásalo aquí, rápido!
Finn y Rey se apresuraron a rodear el escritorio para situarse detrás de la general. La pantalla del intercomunicador parpadeó y cobró vida, despejando poco a poco la estática hasta que acabó mostrando el rostro de Poe.
Pálido, ojeroso y necesitando con desesperación un afeitado, pero era Poe. Maravillosamente vivo y, al parecer, de una pieza.
La general se cubrió la boca con ambas manos y dejó escapar una especie de breve sollozo. Rey se agarró del brazo de Finn con fuerza, soltando un gritito de alegría, y Finn tuvo que apoyarse en el respaldo del asiento de la general, porque las piernas le flaquearon y estuvo a punto de desplomarse.
—General Organa —saludó Poe, y después su mirada subió por encima de la cabeza de la mujer y sonrió—. ¡Rey, Finn, estáis ahí! Me alegro de veros.
—Poe, ¿dónde estás? ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —Rey lanzó las preguntas sin pausa entre una y otra, demasiado emocionada para contenerse.
—Estoy bien, no os preocupéis por mí. Voy de camino hacia Ord Mantell, supongo que la base sigue en el mismo sitio, ¿verdad?
—Claro que sí —respondió la general—. ¿Por qué, necesitamos mudarnos otra vez?
Poe negó con la cabeza.
—No, general, ni siquiera me han interrogado.
—Entonces, ¿qué te han hecho? ¿Dónde has estado todo este tiempo, Poe?
—En Pressylla, trabajando en las minas —respondió como si nada, y Finn creyó que se le paraba el corazón.
—¿Has… has dicho Pressylla? —murmuró, sin tratar de ocultar el temblor de su voz—. Poe, ¿has estado un mes entero en ese infierno?
De reojo, percibió que tanto Rey como la general Organa giraban la cabeza para mirarle con sendas expresiones de preocupación, pero él sólo tenía ojos para Poe en ese momento. Su amigo tenía la vista clavada en él, con el ceño fruncido.
—¿Lo conoces?
—Estuve allí una vez. Vi cómo trataban a la gente. Poe…
Ni él mismo sabía lo que pretendía decir, pero fuera lo que fuese, se le había atascado en la garganta. La mirada de Poe se suavizó como si lo comprendiera perfectamente.
—Finn, de verdad estoy bien. Ya ha pasado, y dentro de unas horas estaré en casa. Os lo explicaré todo cuando llegue, ¿de acuerdo?
—¿En serio te estás preocupando de tranquilizarme, tú a mí, después de lo que has pasado? ¡Eres increíble! —estaba tan nervioso que probablemente sonó más enfadado de lo que pretendía, pero por suerte Poe no pareció tomárselo a mal. Esbozó una leve sonrisa y sacudió la cabeza.
—Había gente que estaba mucho peor que yo, te lo aseguro. Por lo menos me daban de comer lo suficiente. Creo que querían asegurarse de que no muriese demasiado pronto y les estropeara la diversión.
—No bromees con eso, ¿quieres? —contestó Finn, en un tono algo más suave pero igual de tenso—. Tú sólo vuelve, para que podamos cuidar de ti.
Poe le miró con una expresión difícil de definir, entre conmovida y anhelante, como si la mera mención de su regreso le hubiera hecho recordar cuánto echaba de menos estar en casa.
—Estaré allí hoy mismo—dijo con suavidad—. Y prometo que dejaré que me miméis sin quejarme. Mucho.
Desde algún punto que quedaba fuera de la pantalla, se oyó una voz que contestaba "¡Eso sí que sería una novedad!". El rostro de Poe se iluminó con una sonrisa exasperada y afectuosa a la vez, que por alguna razón le puso a Finn un nudo de aprensión en el estómago.
—¿Quién está ahí contigo, Poe? —preguntó Rey, divertida.
Otra cara apareció en el monitor, por encima del hombro de Poe. Pertenecía a un hombre que debía de tener aproximadamente la misma edad que él, de rostro agradable y mirada franca. Les saludó con un gesto militar, dirigiéndose en especial a la general Organa.
—General, soy el comandante Kit Yavog, de la armada de la República. O bueno, lo que queda de ella. Es un honor hablar con usted.
—¿Debo entender que usted es el responsable de que el comandante Dameron haya sido liberado? —respondió ella. El hombre dudó, y fue Poe quien contestó en su lugar.
—Así es, general.
—En ese caso el honor es mío, comandante. Será un placer recibirle en nuestra base.
La sensación desagradable que se había alojado en el estómago de Finn se disipó en gran parte al oír eso, y miró al desconocido con otros ojos. Si Yavog había rescatado a Poe de las minas, entonces era un héroe en opinión de Finn, y se consideraría en deuda con él de por vida.
Poe terminó la transmisión volviendo a asegurarles que estaba bien, aunque ninguno de ellos le creyó. En cuanto se cortó la comunicación, el despacho de la general Organa fue testigo de una explosión de alegría. Rey soltó una exclamación de triunfo, estirando los brazos hacia arriba, y Finn la rodeó por la cintura y la levantó en brazos, riendo mientras giraba sobre sí mismo. La general los observaba a los dos con una sonrisa benevolente.
—Oye, no irás a besarme otra vez, ¿no? —bromeó Rey cuando Finn la dejó en el suelo.
—No vas a dejar que lo olvide nunca, ¿verdad? —replicó él, arqueando las cejas en un gesto desolado.
—Jamás —contestó ella con una risita, aunque sin malicia.
Había sido una tontería, en realidad. Estaban los dos en la cantina, charlando de mil cosas a la vez, como siempre, y Finn ni siquiera recordaba cómo había salido el tema pero le había confesado a Rey que nunca había besado a nadie, y ella le había dicho que tampoco. Y cuando quiso darse cuenta de lo que hacía, tenía sus labios contra los de ella y aquello había parecido mejor idea en su mente. El ataque de risa que le había dado a Rey habría sido un serio golpe para su autoestima, si no llega a ser porque él se estaba riendo tanto como ella.
—¿Quiero preguntar? —apuntó la general.
—No, mejor no —respondió Rey—. Anda, Finn, vamos contarles a los demás lo de Poe. ¡Jess y Snap no se lo van a creer!
Salieron del despacho a toda prisa, dejando atrás la mirada indulgente de la general.
Mientras Rey tiraba de su mano para llevarle a la carrera por el pasillo, Finn apenas veía por dónde iba. Llevaba la imagen de Poe, tal como le había visto en el monitor, grabada en las retinas, y sólo podía pensar en que estaba vivo. Estaba vivo, y a salvo. Y pronto estaría de vuelta. Se lo repetía en su mente una y otra vez como si tuviera que convencer a la parte de él que aún tenía miedo de creérselo.
Elevó una silenciosa plegaria de agradecimiento a la Fuerza o a quien quiera que estuviese escuchando.
—Así que ése es mi sustituto, ¿eh?
Al principio, apenas registró el comentario de Kit. Volver a ver el rostro de Finn le había conmovido más de lo que esperaba, después de tantas semanas sin poder contemplar esa radiante sonrisa y esos cálidos ojos. Cielos, cómo le había echado de menos. Algunos días, su recuerdo había sido el único rayo de esperanza que le había impedido hundirse en la desesperación de su cautiverio. Era extraño, cómo la mente a veces se volvía selectiva: en los momentos más oscuros de aquel mes espantoso, cuando había necesitado aferrarse a algún pensamiento positivo para poder sobrevivir, Poe no había tenido ningún problema para ignorar el desengaño que se había llevado al ver a Finn con Rey. El muchacho había sido su tabla de salvación, su refugio donde la Primera Orden no podía tocarle.
Las palabras de Kit se filtraron hasta su cerebro después de unos segundos, sacándole de su ensimismamiento. Poe levantó la mirada hacia su amigo.
—¿Cómo dices? —preguntó, con una súbita sensación de nerviosismo en la boca del estómago.
—Ese chico, Finn. No está mal, por cierto —contestó Kit, haciendo un gesto con las cejas en dirección a la pantalla del intercomunicador, ahora inactiva. Estaban sentados el uno junto al otro en la cabina, en los asientos del piloto y el copiloto respectivamente, y el monitor quedaba entre ambos.
Poe sacudió la cabeza.
—No, no es lo que tú crees.
—No me vaciles, Dameron, me conozco tu cara de cachorrito enamorado mejor que nadie.
—¡Yo no…! Espera, ¿has dicho "cachorrito enamorado"? —replicó Poe. Se habría sentido mucho más indignado por la comparación de no ser por la sonrisa socarrona de Kit, que siempre había sido infalible a la hora de desarmarle y él lo sabía. Sus batallas verbales eran una de las cosas que más había extrañado de su relación.
—No hay otra forma posible de describirla—respondió Kit en tono juguetón.
—Eres insoportable, ¿lo sabías? —bufó Poe.
—No te pongas de morros, si los dos sabemos que yo te miraba igual a ti —contestó el otro hombre—. Si lo piensas bien, éramos bastante patéticos.
Poe tenía que darle la razón ahí, y lo hizo con un gesto impreciso.
—Volviendo a lo de ese chico —continuó Kit, sin piedad; Poe hizo una mueca y él arqueó una ceja en respuesta—. ¿Qué, no pensarías que ibas a darme esquinazo así de fácil, verdad? A lo que iba: o bien hay algo entre vosotros dos, o como mínimo tú querrías que lo hubiera, ¿me equivoco?
Kit siempre había sabido leerle demasiado bien, maldita sea. Eso, y el hecho de que Poe era un completo inútil a la hora de mentir. Los pilotos de su escuadrón le habían vetado de las partidas de sabacc porque resultaba tan fácil ganarle que les daba pena.
—Finn y yo sólo somos amigos —insistió, a pesar de todo.
—También creías que tú y yo éramos sólo amigos, y gracias a eso estuvimos cinco años aguantándonos las ganas como dos imbéciles.
—Ah, ahora resulta que eso fue sólo culpa mía, ¿no? —replicó Poe con mordacidad.
La juventud y la inexperiencia les habían jugado una mala pasada a ambos, cada uno convencido de que el otro sólo estaba interesado en una amistad platónica. Había sido una etapa bastante intensa de danzar el uno alrededor del otro y de acumular entre los dos suficiente frustración sexual como para ahogar a un sarlacc.
—No, no, si yo era igual de gilipollas que tú —concedió Kit—. Pero por lo menos parece que aprendí algo de todo aquello. Tú, no tanto.
Poe le echó una mirada torva de medio lado, a la que Kit respondió cruzándose de brazos con una sonrisa inocente. Un largo y lento suspiro de frustración se escapó de los labios de Poe, mientras negaba con la cabeza.
—Esto es distinto —respondió.
—Cinco años, Poe. Cinco. Putos. Años. Si hubiera sido físicamente posible que me reventaran las pelotas, ahora estaría muerto. ¿En serio quieres pasar por eso otra vez?
A regañadientes, Poe se echó a reír con suavidad. La brutal franqueza de Kit para expresar las cosas tenía tendencia a desarmarle con asombrosa facilidad.
—Mira, a lo mejor no es asunto mío —continuó Kit, aprovechando su momento de relajación—, pero ese chaval parecía a punto de hacérselo encima de puro alivio al verte vivo, Poe. Creo que lo de "sólo amigos" te lo estás imaginando.
Poe se pasó una mano por la cara, frustrado.
—No, ¿sabes qué es lo que creo que me estoy imaginando? Toda esta conversación —respondió—. ¿En serio estoy hablando con mi ex sobre mis posibilidades con otro tío? Es demasiado surrealista para ser verdad.
—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo? —dijo Kit—. ¿No te alegras de que podamos hablar de estas cosas, de que no haya rollos incómodos entre nosotros?
Poe le miró, intentando poner en palabras lo que sentía sin volver la situación embarazosa. Por supuesto que se alegraba de que siguieran siendo amigos, pero una vez había creído que eso sería imposible. Separarse de Kit había sido muy duro, tal vez lo más doloroso que había tenido que hacer en toda su vida, y le constaba que para él había sido igual. En aquel momento le había parecido que nunca sería capaz de volver a ver a Kit sin desgarrarse por dentro, mucho menos mantener una conversación civilizada acerca de su pasado en común.
Tal vez debería sentirse agradecido por todo el tiempo que habían pasado sin verse, que les había dado a los dos la oportunidad de curarse las heridas y pasar página.
—Claro que me alegro —suspiró al final, sin explicar nada más—. Y en cuanto a Finn, te aseguro que eso no significa nada. Ya te darás cuenta cuando le conozcas, él es así. Va por la vida con el corazón en la mano, encariñándose sin reservas con la gente. Si eres su amigo eres su familia, y se jugará la vida por ti sin pensárselo dos veces. Pero eso es todo, no hay sentimientos ocultos ahí. Es más, creo que él y Rey están juntos.
—¿Rey?
—La chica que estaba a su lado —le aclaró Poe.
—Auch —comentó Kit, frunciendo el ceño—. Lo siento, tío. Eso tiene que doler.
Poe se encogió de hombros, tratando de quitarle importancia.
—Qué le vamos a hacer, no se puede ganar siempre. Y creo que ya hemos hablado bastante de mí, ¿no te parece? —añadió, ansioso por cambiar de tema—. ¿Qué hay de ti? ¿Alguien especial?
Kit le observó con aire pensativo, como si valorase su respuesta. Saltaba a la vista que no se estaba tragando en absoluto la actitud indiferente de Poe, pero por suerte eligió no seguir presionándole.
—En fin, tú sabrás lo que haces —contestó, sacudiendo la cabeza—. Y respondiendo a tu pregunta: no, no hay nadie ahora mismo.
Kit se enderezó en su asiento y se giró hacia delante, para sujetar los mandos de la nave y desconectar el piloto automático.
—Todavía faltan unas tres horas para llegar a Ord Mantell —dijo—. ¿Quieres descansar un rato? Te despertaré cuando vayamos a aterrizar.
—Sí, la verdad es que me vendría bien. Gracias —respondió Poe.
No se había dado cuenta hasta entonces, pero lo cierto era que estaba muy cansado. En realidad, si lo pensaba, esa misma mañana se había despertado en las minas. Su día estaba siendo una auténtica locura. En el buen sentido, pero una locura de todas formas. Y agotador.
Salió de la cabina, dándole una palmada en el hombro a Kit al pasar, y regresó al único camarote de que disponía la nave. Ya que su amigo no iba a usarlo en aquel momento, Poe suponía que daba igual. Se recostó sobre las sábanas limpias que Kit había puesto y cerró los ojos.
El sueño, sin embargo, se negaba a venir. Poe tenía demasiados pensamientos en la cabeza, entre la cascada de recuerdos que había desencadenado su reencuentro con Kit y la conversación con Finn repitiéndose en bucle dentro de su mente. Se sentía desconcertado y no entendía por qué, como si estuviera escuchando una sinfonía con una nota discordante sin lograr identificarla. Algo no terminaba de encajar en su cerebro.
Y entonces, de pronto, comprendió lo que era: nunca antes había interactuado con Kit sin estar enamorado de él.
Era así de simple. Kit le había fascinado desde el primer día, desde el mismo momento en que le conoció. Todos sus recuerdos de él tenían un color diferente porque nunca, hasta entonces, había sido sólo un amigo.
No estaba seguro de si la idea le alegraba o le hacía sentir como si hubiera perdido una parte irrecuperable de sí mismo.
Más de la mitad de la base se había congregado en la pista de aterrizaje para recibir a Poe, o al menos eso era lo que parecía. Todos los pilotos de su escuadrón estaban allí, por supuesto, pero también numerosos mecánicos, artilleros, soldados de infantería y hasta parte del personal civil. Daba la impresión de que todo aquel que no estuviera de servicio en ese momento había decidido ir a darle la bienvenida.
Cualquiera que no conociera a Poe podría haber pensado que era demasiado jaleo por una sola persona, pero a Finn no le sorprendía en absoluto. Se habría apostado cualquier cosa a que todas y cada una de las personas reunidas allí podían contar como mínimo un detalle amable que el piloto había tenido con ellos: una frase de agradecimiento por un trabajo bien hecho, una felicitación de cumpleaños, unas palabras de ánimo en el momento más oportuno. Cosas sencillas, a las que él ni siquiera daba importancia, pero que para la otra persona podía significar la diferencia entre un buen o un mal día.
Finn bajó la mirada hacia BB-8, que se balanceaba entre sus pies y los de Rey como un cachorrito nervioso, incapaz de estarse quieto. Poe le había dejado en la base, en vez de llevarle con él en la misión, porque sabía que Rey estaba muy encariñada con el pequeño droide y quería darles la ocasión de pasar algún tiempo juntos. La reacción del pobre BB-8 al enterarse de la desaparición del piloto había sido estremecedora. De no ser porque sabía que un droide no podía desarrollar esa clase de emociones, Finn habría jurado que aquella bola de metal se sentía culpable.
Por fin, la pequeña nave de carga apareció en el horizonte. Realizó su maniobra de aterrizaje con fluidez y, en cuanto se detuvo y abrió sus compuertas, la general Organa se adelantó varios pasos con respecto a la multitud. Se hizo un silencio expectante, como si todo el mundo estuviera conteniendo la respiración a la vez, hasta que Poe apareció por la rampa de acceso y la gente estalló en un grito colectivo de alegría.
Poe reculó un poco ante semejante recibimiento, con los ojos muy abiertos, y después avanzó hacia la general con una sonrisa vacilante, sin saber muy bien a dónde mirar o qué hacer con sus manos. Finn le vio tratar de cuadrarse ante la mujer, pero ella no se lo permitió, y en vez de eso le dio un abrazo. Poe dudó durante una fracción de segundo antes de rodearla también con sus brazos y aceptar el gesto con una sonrisa rebosante de orgullo. Fue un abrazo breve, seguido de un intercambio de palabras que Finn no pudo oír desde donde estaba, pero a juzgar por la expresión del piloto, parecía que le acabaran de condecorar.
Finn tenía el corazón tan desbocado que podía escuchar sus propios latidos. Las manos se le habían crispado sobre la tela de sus pantalones, en un esfuerzo por contener las ganas de salir al encuentro de Poe y abrazarle. Sabía que tenía que esperar su turno, igual que todos los demás —Jessika, Snap, Iolo y Karé prácticamente vibraban de impaciencia a su alrededor, y Rey sólo se contenía un poco mejor gracias al entrenamiento jedi que había recibido—, aunque resultaba más fácil decirlo que hacerlo.
Tras los pasos de Poe, apareció en la rampa de la nave el hombre a quien habían visto en la transmisión con él: el comandante Yavog. Finn escuchó que alguien tomaba aire con fuerza detrás de él, y se volvió sobre su hombro izquierdo para encontrarse con el rostro sorprendido de Jessika Pava.
—No me fastidies, ¡no me fastidies! —murmuraba la joven, con una expresión de absoluto deleite—. ¿Kit Yavog? ¿Él es quien ha traído a Poe a casa?
—¿Quién es, un viejo amigo de Poe? —preguntó Rey.
—¿Viejo amigo? —respondió Jessika, dirigiéndole una sonrisa socarrona—. Oh, hermana. Esos dos eran mucho más que amigos.
Finn no sabía que llevaba una especie de volcán dormido dentro de las tripas, pero por lo visto acababa de entrar en erupción, y con saña. Con tanta saña como si dentro del volcán hubiera estado viviendo un reek que se hubiera cabreado mucho al verse desalojado de su casa por culpa de la lava, y lo estuviera pagando con las entrañas de Finn.
Rey no dio muestras de haber notado su malestar, o si lo hizo, tal vez no quiso ponerle en evidencia señalándolo. La muchacha arqueó las cejas hacia Jessika, continuando su conversación como si nada.
—¿En serio?
Jessika asintió con la cabeza, a lo que Rey reaccionó volviendo la vista hacia donde Poe y Kit continuaban hablando con la general Organa.
—Vaya —murmuró, con admiración.
Finn se volvió hacia ella, irradiando indignación por los ojos. ¿Dónde diablos estaba la lealtad de esa muchacha?
Probablemente en el mismo sitio que su atención, en ese momento.
—Ya te digo —comentó Jessika, siguiendo la dirección de la mirada de Rey. Las dos mujeres soltaron un suspiro al mismo tiempo.
De acuerdo, tal vez fuera verdad que, desde un punto de vista meramente estético, Poe y Kit formaban una bonita pareja. O la habían formado. En el pasado. Pero eso era algo que ni el mismísimo Kylo Ren conseguiría obligar a Finn a admitir, ni con todas sus artes de tortura ni con sus poderes mentales.
—Cuéntamelo todo —dijo Rey, tirando del brazo de Jessika para acercarla hacia sí—. Quiero detalles.
"Hablando de tortura".
Jessika hizo a Finn a un lado y se colocó entre él y Rey, dándole la espalda al muchacho.
—Ojalá les hubieras conocido en aquella época —comenzó, sin el menor indicio de vacilación—. ¿Sabes lo buen piloto que es Poe? Bueno, pues si hay una sola persona en toda la galaxia capaz de rivalizar con él, mejorando lo presente, claro, ése es Kit. ¡Era alucinante verles volar en formación!
"No será para tanto", pensó Finn, enfurruñado, cruzando los brazos por delante del pecho. El reek furioso seguía campando a sus anchas por su estómago y no parecía que tuviera ganas de calmarse.
—Y bueno, no sólo eso, sino en general… —seguía cuchicheando Jessika—. Eran algo así como la pareja favorita de todo el mundo. No sé explicarte por qué, pero encajaban, ¿sabes a qué me refiero? Nunca he visto a dos personas tan perfectas el uno para el otro.
—No lo serían tanto, si al final rompieron, ¿no? —intervino Finn, sin poder contenerse.
Jessika le miró y se encogió de hombros.
—No fue tanto una ruptura como un "nuestros caminos se separan a partir de aquí" —contestó, con aire reflexivo—. Poe se unió a la Resistencia cuando la general Organa se lo propuso, pero Kit decidió quedarse en el ejército de la República. Distintas formas de entender la lealtad y el deber, supongo. La verdad es que fue una pena. Poe estuvo de bajón durante meses, no quiero ni acordarme.
"Oh, genial. Maravilloso. Eso es justo lo que quería oír".
Finn trató de respirar hondo y calmarse. Sabía que estaba siendo irracional, que no tenía ningún derecho a sentirse así y que el pasado de Poe no era asunto suyo. También se esforzó por recordar que Kit había salvado a Poe de las minas y tendría que estarle agradecido. Y lo estaba, de hecho. Era sólo que, además de gratitud, ese hombre también le inspiraba unas ganas muy fuertes de apartar a Poe de su lado y llevárselo tan lejos como fuese posible.
En aquel momento, BB-8 por lo visto decidió que ya no aguantaba más y salió rodando hacia Poe con una serie de alegres pitidos. Al oírle, el piloto dejó a la general Organa en compañía de Kit y se adelantó para salir al encuentro de su droide, hincando la rodilla en el suelo con una amplia sonrisa. Un suspiro colectivo, procedente de más de la mitad de las gargantas allí congregadas, se escapó de entre el grupo que contemplaba la escena alrededor de Finn, aunque él estaba más pendiente de la mirada enternecida que Yavog le dirigió al piloto.
—Oye, después seguimos hablando si quieres, ¿vale? —le dijo Jessika a Rey, con aire distraído. Los otros pilotos habían empezado a acercarse a Poe para saludarle y ella les imitó, girándose hacia su amiga y caminando de espaldas mientras se alejaba—. Recuérdame que te cuente lo de aquella vez que les pillé montándoselo en la cabina del Ala-X de Kit, fue épico. Pero ahora tengo que ir a echarle la bronca a mi jefe por dejarse capturar.
Sonrió y se dio la vuelta para sumarse a la pila de color naranja que se había formado alrededor de Poe, tan compacta que a él ni se le veía.
—Bueno —murmuró Rey para sí—. A lo mejor no necesito tantos detalles.
Finn le dirigió una mirada furibunda y la muchacha arqueó las cejas con cara de sorpresa.
—¿Por qué me miras así?
—¿Tú qué crees? ¿Cuéntamelo todo? ¿Quiero detalles? —replicó Finn, imitándola con una afectación tan exagerada que la joven se echó a reír—. Si te parece, te busco un cuchillo y me lo clavas en el corazón, seguramente dolerá menos.
Rey le miró con un gesto incrédulo, moviendo la cabeza en sentido negativo.
—Pero mira que llegas a ser melodramático —respondió—. Si lo he hecho por ti, tonto. Para que pudieras enterarte de toda la historia sin que se notara lo interesado que estás.
—Es que no estoy interesado —contestó él, cruzando los brazos con petulancia. Su enfado se había desinflado un poco al oír la respuesta de Rey, pero no lo bastante como para reconocerlo.
—Ya, claro, igual que yo no estoy interesada en convertirme en jedi. Anda, borra esos morritos de tu cara, que me parece que es nuestro turno.
En efecto, los pilotos habían abierto una pequeña brecha, por la que Rey consiguió colarse con gran habilidad para darle a Poe un abrazo ella también. Finn avanzó tras la muchacha pero se quedó a unos pasos de distancia, esperando, tan tenso como las cuerdas de un instrumento musical. Escuchó que Poe le daba las gracias a Rey por cuidar de BB-8 en su ausencia, y a Finn le dieron ganas de agarrarle por los hombros y sacudirle, a ver si así conseguía hacerle pensar en sí mismo alguna vez, aunque sólo fuera durante un momento.
Entonces Poe levantó la vista, le miró y Finn se olvidó de todo lo demás.
Vagamente fue consciente de que Rey se apartaba y Poe daba un paso hacia él, dejando atrás a sus compañeros de escuadrón, que todavía revoloteaban a su alrededor. Le parecía que el corazón se le iba a salir del pecho, hasta que Poe le sonrió y de pronto Finn se encontró en sus brazos sin darse cuenta de que se había movido.
Le estrechó con fuerza y durante un largo rato, como si no pensara dejarle ir nunca. Apoyó la mitad inferior de su rostro en el hombro de Poe, incapaz de hacer otra cosa que no fuera empaparse de su olor y su presencia, asimilando el hecho de que su querido amigo seguía vivo, estaba a salvo, y había regresado por fin.
—Te fuiste sin despedirte —murmuró contra su hombro, y de inmediato se arrepintió de haberlo dicho. Había una infinidad de cosas que quería decirle a Poe, ¿por qué diablos había tenido que empezar por hacerle estúpidos reproches a la primera de cambio?
—Lo sé, lo siento —respondió Poe con suavidad; el roce de su aliento tan cerca del cuello le provocó a Finn un escalofrío—. Os estuve buscando antes de irme, pero no pude dar con vosotros y…
—No, no, no, déjalo —le interrumpió Finn, echándose hacia atrás para poder mirarle a los ojos—. No tienes que disculparte por nada, tú no has hecho nada malo. Ha sido una idiotez por mi parte decirte eso, en realidad no quería…
Le soltó y dio un paso atrás, antes de que su nerviosismo le llevara a hacer alguna tontería, como besarle hasta dejarle sin aliento.
—Lo único que importa es que ya estás aquí —añadió.
—Y que ahora tiene que mover ese bonito culo hasta la enfermería. Órdenes de la general —intervino otra voz, surgiendo desde detrás de Poe. El piloto se volvió hacia la persona que había hablado a la vez que Finn levantaba la mirada, para encontrarse con la sonrisa de Kit y su mano extendida. La general Organa no se veía por ninguna parte, y el resto del personal de la base también había empezado a dispersarse, de vuelta a sus tareas.
—Kit Yavog, encantado de conocerte. ¿Tú eres…?
—Eh… Finn, soy Finn —respondió, aceptando el apretón de manos con cierta reticencia. El hombre se volvió entonces hacia Rey y repitió el gesto.
—Sé que acabo de conoceros, pero si no os importa que os pida un favor, ¿podríais aseguraros de que aquí don "estoy bien" reciba la atención médica que necesita? —Poe dejó escapar una exclamación indignada, pero Kit le ignoró—. Le llevaría yo mismo, pero no tengo ni idea de dónde está la enfermería, como os podréis imaginar.
—No te preocupes, cuenta con ello —respondió Rey—. Ya sabemos lo cabezota que puede llegar a ser.
—Os recuerdo que estoy aquí mismo, ¿eh? —intervino Poe—. Podéis hablar directamente conmigo cuando os apetezca.
—No te enfurruñes, que es por tu bien —replicó Yavog y ¿de verdad le hacía falta arrimarse tanto a Poe para hablarle? A Finn le estaba poniendo de los nervios—. Además, las órdenes son las órdenes. Yo también tengo las mías, por cierto. Debo ir a presentarme ante el intendente para que me anote en los registros y me asigne una habitación, y después ponerme en contacto con mi escuadrón. Pero iré a verte luego, ¿vale?
Le dio a Poe una palmada en el trasero a modo de despedida, saludó con la mano a Finn y a Rey, y se marchó en dirección al hangar. Poe ni siquiera se inmutó por la familiaridad, pero a Finn le hervía la sangre.
—Anda, vamos para la enfermería —dijo Rey, enlazando su brazo con el del piloto—. No te lo tomes a mal, pero tienes un aspecto horrible. ¿Qué demonios es esa marca del cuello?
—No es nada, sólo una rozadura —suspiró Poe, y le dirigió una mirada de advertencia a Finn con la que le rogaba sin palabras que no diera explicaciones. Por supuesto, Finn sabía lo que era un collar de esclavo, y ya se había fijado en la huella rojiza que rodeaba la garganta de Poe.
Si alguna vez conseguía ponerle las manos encima a Kylo Ren, Finn dudaba mucho que lograra salir del encuentro con su alma intacta, porque las ganas que tenía de hacerle pagar todo el daño que había hecho estaban muy lejos de ser sanas, o incluso éticas.
—De acuerdo, iré para que os quedéis tranquilos, pero estoy bien —seguía diciendo Poe.
—Sí, claro, lo que tú digas. Finn, agárrale por el otro brazo, no se vaya a escapar. O a caerse desmayado, no sé cuál de las dos opciones es más probable.
Poe se echó a reír débilmente y los tres emprendieron el camino hacia el complejo de edificios, con BB-8 rodando detrás. Finn no se atrevió a hacer caso a Rey en lo de agarrar el brazo del piloto, pero se situó a su lado y, al cabo de unos metros de camino, fue el propio Poe quien apoyó una mano en el hombro de Finn.
—Me alegro mucho de estar de vuelta —dijo con sinceridad.
Ahora que la euforia inicial del regreso había pasado, se le empezaba a notar el agotamiento que arrastraba. Sin pensárselo siquiera, Finn se acercó más a su costado y le rodeó la cintura con un brazo, para servirle de apoyo. Poe se dejó caer levemente contra él, con una sonrisa de agradecimiento. Su rostro estaba muy cerca del de Finn, y éste sintió una especie de corriente eléctrica que le nacía en el centro del pecho y se extendía hacia sus extremidades.
—Nosotros también nos alegramos, Poe —respondió con suavidad—. No sabes cuánto.
