Capítulo 2

Quince años después


Martes, 3 de marzo

Como dictaba la costumbre, fue el sonoro despertador quien la hizo reaccionar aquella fresca mañana de finales de invierno, mientras que el enorme ventanal (ubicado de su lado de la cama) con las cortinas ondeando por la brisa matutina, permitía que los ténues rayos de luz iluminasen de vez en vez su rostro. Y fue igual que siempre, que rodó por el colchón, hasta sentir el contacto de aquella piel, que pese a ser pálida como la nieve, era cálida como una gruesa cobija de algodón. Lo abrazó suavemente, hasta sentir como sus dedos recorrían su castaña cabellera.

-Buenos días, princesa –respondió aquel hombre de corto cabello gris, mientras giraba su cabeza y besaba a la muchacha en los labios.

Así comenzaban los días para Sakura.

La hermosa muchacha, no muy alta, delgada, de piel rosada, corto cabello castaño claro, y unos enormes ojos verdes, resbaló lentamente de la cama, y se puso de pie.

-Buenos días, Yukito –respondió al saludo de su novio, mientras cruzaba la habitación, y caminaba hacia el elegante baño marmoleado, donde se preparó para darse una ducha.

Se lavó el cabello, el cuerpo y dejó durante un momento que el agua tibia le acariciase el cuerpo. Cuando finalmente se sintió más limpia y despierta, accedió al enorme armario de caoba. Era cierto que aún se encontraban en invierno, pero la primavera estaba por llegar, y el clima se sentía ya tan fresco, que decidió vestirse con algo simple: unos jeans oscuros y una camisa verde seco sonaban perfecto para aquel día.

Continuó su recorrido matinal, regresando a su habitación (una enorme recámara de paredes blanco perla, y alfombra gris seco), la cual estaba adornada con un estilo minimalista. La enorme cama de cobijas azul cielo (la cual ahora se encontraba vacía) se encontraba colocada del lado derecho. A ambos lados, había colocadas un par de pequeñas mesillas de noche, mientras que frente a ella, el bonito tocador color blanco ubicado junto a la puerta del baño, esperaba por ella pacientemente.

Su rutina matinal indicaba que primeramente debía peinarse, y así lo hizo. Como tenía el cabello corto hasta los hombros, podía darse la libertad de dejarlo suelto, así que aquella mañana se limitó a cepillarse el cabello y darle un rápido toque con la secadora. Simplemente no quería que se llenara de frizz. Después, la muchacha se maquilló de la manera más natural posible. Después de todo, menos era más. Finalmente, se dio un rápido toque de perfume, con su fragancia floral favorita, y cuando finalmente consideró que se encontraba lista, se calzó unas pantuflas rosadas, y salió de su habitación, bajando tranquilamente las escaleras, y dirigiéndose a la cocina, donde aquel alto y delgado hombre de piel pálida, ojos y cabello gris, su novio, se encontraba ya sirviendo el desayuno.

-No te escuché llegar anoche –dijo Sakura como anuncio a su llegada, mientras se sentaba a la mesa del comedor, la cual se encontraba conectada a la cocina gracias al concepto de espacio abierto, pero a la vez separada por una enorme barra de granito.

Yukito, quien se encontraba de espaldas, se giró inmediatamente y le sonrío. Entre las manos, llevaba un par de platos, que se apuró a colocar en la mesa, y se sentó él también.

-No quería molestarte, te veías muy en paz –fue la respuesta del hombre, mientras se ajustaba las gafas de montura redonda-. No necesitas esperarme despierta, estaré bien. Y tú trabajas temprano, no debes desvelarte.

La muchacha se limitó a encogerse de hombros. Sabía perfectamente que no debía quedarse despierta hasta tan tarde, pero al mismo tiempo, sabía que se le dificultaba dormir sola. Tomó un camarón frito de su plato, se lo llevó a la boca y comió. Sin embargo, cuando lo hubo tragado, no pudo contenerse de preguntar:

-¿A qué hora te dejaron salir del hospital?

-Fue una noche de locos –respondió el delgado Yukito, después de haber pasado la ensalada que se había llevado a la boca, y tomando un sorbo de su café-. No podía irme y dejar a las enfermeras solas en urgencias. La cosa se calmó un poco alrededor de las dos de la mañana.

-¡Las dos de la mañana! –se escandalizó Sakura, con lo que el segundo camarón frito que estaba por llevarse a la boca quedó suspendido a medio camino-. Eso significa que llegaste a las tres. ¡No has dormido nada! Te preocupas por mis horas de sueño, pero por lo que veo, tú no tomas las tuyas.

-Tú bien sabes que la vida de médico es así –Yukito se encogió de hombros, mientras se apuraba a comer un poco más. Tomó otro sorbo de café-. Tengo turno hoy a las ocho, pero tengo la tarde libre. Podríamos ir a comer a algún lado.

-Suena bien –Sakura intentó controlar el puchero que estaba por escapar de sus labios, mientras tomaba un poco de jugo de naranja. Le molestaba cuando Yukito le cambiaba el tema, pero igual que siempre, no dijo nada-. Sólo tengo que ir a tomar unas cuantas fotografías a la Torre de Tokio. Al parecer las últimas no salieron tan bien, y la revista quiere repetirlas.

-Estoy seguro de que esta vez quedarán mucho mejor –el alto hombre se había ya levantado de la mesa. Dejó sus platos en la tarja, y se giró para ver a Sakura, un poco nervioso-. Aún debo bañarme, ¿está bien si…?

-No hay problema –respondió ella prontamente, mientras revisaba la hora en el reloj de la pared-. Apúrate, o llegarás tarde.

Yukito no dijo nada más, y se apuró a salir de la cocina, subiendo las escaleras a toda velocidad. Unos quince minutos después, había entrado de nueva cuenta a la cocina, donde se apuró a tomar su bata blanca de médico, que descansaba en una de las sillas, y tras dar un tierno beso a Sakura en los labios, de nueva cuenta salió del comedor-. ¡Te amo! –añadió antes de salir de la casa.

-¡Y yo a ti! –respondió la muchacha alegremente.

Como aún era temprano, la joven de brillantes ojos verdes se tomó su tiempo para terminar su desayuno, dejar la cocina y el comedor limpios, e inclusive acomodar un poco la habitación. Yukito había insistido que contrataran a un ama de llaves, pero ella se había negado en rotundo. Era cierto que el departamento era un poco grande, pero sabía que ella podía cuidarlo y mantenerlo limpio. Y eso de traer a una persona desconocida a que le lavara la ropa, los platos, sacudiera los muebles y aspirara el piso… Igual que siempre, trató de no pensar en ello.

Aproximadamente una hora después, la muchacha de cabello castaño consideró que el lugar se encontraba lo suficientemente limpio, y después de cambiarse las pantuflas rosadas por unas botas cortas oscuras, se colocó una chamarra negra que había sacado del armario de abrigos (colocado estratégicamente junto al recibidor), tomó de allí mismo un pequeño bolso verde, y salió del espacioso departamento en que vivía, en el centro de la ciudad de Tokio.

Se había mudado allí cuando Yukito se lo había propuesto, el año pasado, y aún no podía creer que viviera en una zona tan exclusiva. Por ocasiones, extrañaba la pequeña casita en la que se había criado, en las afueras de la ciudad. Sin embargo, el vivir en aquel moderno y elegante edificio, tenía sus ventajas. Se encontraba tan bien ubicado en el corazón de la ciudad, que pese al caos que era manejar en la capital, cualquier sitio se encontraba relativamente cerca.

Se aseguró que la puerta hubiera cerrado bien, antes de dirigirse al elevador y pulsar el botón de descender. El edificio tenía diez pisos, y ella vivía en el último, en uno de los dos pen-house. Cuando el ascensor abrió sus puertas delante de ella, la muchacha de corto cabello castaño subió a él, y pulsó el último botón, que la llevaría al sótano, donde se encontraba el estacionamiento subterráneo.

Cuando las puertas volvieron a abrirse, Sakura salió de la caja de metal, y se dirigió a su vehículo. Se trataba de un pequeño auto compacto, de apenas dos puertas, pintado en un sencillo color blanco, el cual no tardó en hacer arrancar. Después de revisar que todo estuviera en orden, salió del cajón en que se encontraba, salió del estacionamiento, y subiendo por la rampa que la llevaba directamente a una avenida, enfiló hasta la Torre de Tokio.

Cuando llegó al monumento, tuvo que buscar estacionamiento en una zona apartada por unas cuantas calles. Era bien sabido que el edificio es visitado por miles de turistas al día, por lo que estacionarse cerca de él era algo bastante complicado. Sin embargo, no le dio importancia, por el contrario, agradeció el poder estirar un poco las piernas.

Bajó del auto, dejó el bolso verde debajo del asiento, y tomó su equipo fotográfico, aunque en este caso sólo se trataba de una cámara profesional, la cual se colgó al cuello, y un pequeño maletín con diferentes lentes y filtros, el cual sujetó con firmeza. La revista que había solicitado sus fotografías no era demasiado exigente, además, montar todo el set para realizar un trabajo más profesional, sin lugar a dudas molestaría a los turistas.

Entró al edificio y se dirigió a los ascensores, donde entró al primero que encontró disponible. Presionó el último piso, y esperó a que las puertas se cerraran, y la enorme caja de metal subiera hasta el mirador, mientras sacaba su celular para revisar que no tuviera algún correo pendiente.

Entonces, su mirada se detuvo en algo que no había captado.

El reloj indicaba que eran cerca de las nueve de la mañana. Pero la fecha… oh, esa fecha. ¿Cómo había podido olvidar lo que significaba el tres de Marzo?

Hacía años que no pensaba en ello. Y es que después de tanto tiempo, ya no lo consideraba tan importante. Qué curioso que hubiera tenido que visitar la Torre de Tokio, justo ese día.

Había sido hacía quince años, que Sakura había conocido a un chico chino, y se había hecho amiga de él. Apenas y habían convivido poco menos de una hora, cuando el muchacho se había despedido, y desaparecido completamente de su vida. Eso, no sin antes hacerse prometer el uno al otro, que volverían a verse, cada año, en aquella fecha.

Sakura se mordió el labio, algo molesta. Siempre había sido una chica un poco ingenua, y por ello, había cumplido su promesa y se había presentado al año siguiente, esperando que aquél muchacho apareciera. Cosa que no sucedió. Sin embargo, al año siguiente, ella volvió a acudir, esperanzada. Y de nueva cuenta, nadie se presentó.

Mientras se acomodaba la cámara fotográfica que llevaba al cuello, se felicitó a sí misma por haber dejado de asistir a esa cita, hacía diez años. Después de los cinco primeros fracasos, había desistido por completo en creer que aquel amable y tierno niño volvería a aparecer en su vida. A decir verdad, ni recordaba cómo se llamaba.

Xiao… Xiao algo.

El ruido del elevador deteniéndose finalmente en el último piso, la hizo regresar a la realidad. Las puertas de la caja de metal se habían abierto, y mostraban el mirador de la Torre. Sakura sujetó con firmeza su cámara, y salió del ascensor. Mientras se acercaba a los paneles de vidrio que dejaban ver aquel paisaje de Tokio, se alegró que no hubiera ni una sola nube en el cielo. Todo estaba despejado, perfecto para las fotografías que tenía planeadas tomar. Y de este modo, el recuerdo de aquel niño volvió a ser refundido en un rincón de su mente.


La puerta del jet se abrió lentamente, y con ella, la luz del sol penetró en la aeronave. Aquel muchacho de cabello castaño oscuro y ojos avellana, se acomodó el saco del traje negro que llevaba (una costumbre de hacía bastantes años), y se puso en pie. Era lo suficientemente alto para tener que agacharse al cruzar por la puerta. Se detuvo en el primer escalón del jet, y se acomodó las gafas oscuras. Pese a ser invierno, el sol ya golpeaba intensamente.

-Bienvenido al Aeropuerto Internacional de Tokio, señor Li –dijo una de las azafatas encargadas de la aeronave, al tiempo que hacía una reverencia. El señor Li respondió con un simple asentimiento de cabeza (cosa que hizo suspirar a la pobre mujer), y sin decir nada, bajó la escalerilla del avión.

Abajo, en plena pista de aterrizaje, lo esperaba ya su limusina (cuya cajuela estaba siendo cargada con su reducido equipaje) junto a la cual se encontraba de pie su respectivo chofer. El hombre vistiendo un sencillo traje de vestir negro, lo saludó también con una educada reverencia, y abrió la puerta trasera, para que su jefe entrara al vehículo. El señor Li así lo hizo, con lo que el chofer cerró la puerta, dio la vuelta a la limusina, se sentó detrás del volante, y arrancó el motor.

-Buenos días, Señor Li. ¿A dónde lo llevaré esta mañana, señor?

A la Oficina Central de Tsukimine Corp. –respondió el señor Li, con lo que el vehículo arrancó al momento. Miró por la ventana y pudo ver cómo salían del Aeropuerto, y enfilaban hacia la ciudad por una avenida principal. El sol hacía brillar las paredes de cristal de los altos edificios, y daba vida a todas aquellas las plantas que adornaban los camellones, parques y jardínes. El ambiente se sentía fresco y alegre , después de todo, la primavera se encontraba ya muy próxima. El paisaje en sí era muy tranquilizador. Le ayudaba a relajarse y alejar de su mente aquello que le había estado taladrando la sien, durante el viaje de dos horas desde China.

Sí, el paisaje, con sus altos edificios, bonitas casas, y diversos parques, ayudaban a que su mente se serenase. Le había dado demasiadas vueltas al asunto, preguntándose si había hecho lo correcto en no haber rebatido las decisiones de su madre, y haber venido él solo a resolver aquella precaria situación.

El paisaje le transmitía serenidad, y un poco de confianza en sí mismo. Aquel paisaje…

Fue en ese momento en que sus ojos captaron aquella enorme estructura roja y blanca, que surgía desde las entrañas de la ciudad, se separaba del resto debido a su elegancia, y taladraba el cielo como si fuera el único digno.

Era imposible admirar el paisaje de Tokio sin posar la vista en aquel monumento.

Y tuvo que quitarse las gafas para verla mejor, al tiempo que su boca se abría lentamente.

La Torre de Tokio.

Aquel pensamiento que lo había estado atormentando durante las últimas dos horas, fue prontamente reemplazado por uno que lo había estado torturando desde hacía quince años. Había estado tan ocupado los últimos meses con asuntos de la empresa, que había prácticamente olvidado aquel recuerdo de su niñez. ¡Su recuerdo más preciado!

Se preguntó si…

Nervioso, sacó su celular del bolsillo derecho de su pantalón, y miró la pantalla táctil.

En números grandes, que ocupaban casi la mitad de la pantalla, se leía la hora: las nueve y media de la mañana. Por debajo de ellos, en números más pequeños, se indicaba la fecha: tres de Marzo del dos mil catorce.

Sintió cómo el estómago se le encogía.

Había pensado en esa fecha durante los últimos quince años, incapaz de hacer algo por cumplir aquella promesa que había hecho hacía tanto tiempo atrás. Preguntándose qué sentiría aquella niña al ver cómo aniversario tras aniversario, él simplemente no aparecía.

No pudo evitar el llevarse una mano a la cabeza, y pasarse los dedos por el pelo, despeinándose un poco.

Después de quince años soñando con presentarse a aquella cita, finalmente se encontraba en Japón. Exactamente en la fecha acordada. Finalmente podría verla.

-Cambio de planes –dijo con voz firme a su chofer, el cual lo miró por el espejo retrovisor. El señor Li aún se encontraba mirando por la ventana, la boca aún ligeramente abierta-. No iremos a la compañía.

-¿Señor Li…? –preguntó el hombre, confundido.

-¿La Torre de Tokio aún tiene un área de restaurantes, no es así? –el joven miró a su chofer, el cual asintió, visiblemente confundido-. No desayuné en el avión, y muero de hambre. Realizaremos una parada rápida.

-¿A la Torre?

El señor Li no contestó, sino que se colocó de nueva cuenta las gafas oscuras, volvió a mirar por la ventana, y no dijo nada más. El chofer asintió (para sí mismo más que nada) y se apuró a corregir el rumbo, cambiando de carril, y dando una vuelta rápida a la derecha, en su primera oportunidad.

Apenas quince minutos después, la limusina se encontraba ya frente al monumento rojo y blanco, moviéndose con lentitud, buscando algún sitio libre para estacionarse.

-Aquí está bien –dijo el muchacho, mientras abría su puerta, incapaz de esperar a que su chofer encontrara un mejor lugar para aparcar. El auto frenó en seco-. Yo te avisaré cuando puedas venir a recogerme.

Sin esperar alguna respuesta por parte de su chofer, el delgado joven se apeó del vehículo y cerró la puerta. Se cerró el segundo botón de su saco, se ajustó de nueva cuenta las gafas oscuras, y caminó hacia la banqueta, y de allí, hacia las puertas dobles del edificio.

Intentó serenarse. Aún era un poco temprano, aunque no estaba seguro de que hubiesen acordado alguna hora para encontrarse. Lo importante es que era la fecha correcta. Y si se tardaba todo el día en aparecer, pues…

-Pues la señora Mizuki tendrá que esperar –se dijo mentalmente, mientras entraba al ascensor, y pulsaba el botón que lo llevaba a la planta de restaurantes.

Después de todo, realmente no había desayunado. Comería algo ligero, tomaría un café, y esperaría. Mentalmente pedía que no fuera durante mucho tiempo, aunque sinceramente, el llegar tarde a su junta de trabajo, realmente no parecía preocuparle ya.


El mirador de la Torre de Tokio se encontraba ya con unos cuantos turistas admirando el paisaje mañanero que ofrecía la ciudad de Tokio. Sakura se felicitó a sí misma por haber acudido tan temprano. Aún no había mucha gente, y la luz del sol aún era tenue, por lo que las fotografías tendrían una iluminación más de ensueño.

Las cuatro paredes de la enorme habitación eran totalmente de cristal, por lo que se podía admirar completamente la ciudad y sus alrededores, sin ningún tipo de obstrucción. Sakura se quedó de pie fuera del ascensor, ubicados en la zona central, preguntándose por donde comenzar, y después de unos segundos, se dirigió a la zona este.

Dejó su maletín en el suelo, y lo abrió rápidamente. Retiró la tapa de la lente de su cámara, y anexó uno de sus filtros a ésta. Cerró el maletín y se incorporó velozmente, encendiendo la cámara y enfocando la lente.

El haber comenzado por la zona este le permitió tomar unas fotografías con el sol de fondo, cuyos rayos se suavizaban un poco por el efecto de la lente. Tomó varias fotografías, enfocándose en diversos edificios y parques, tomando diversos ángulos, hasta que consideró que había tomado suficientes, y la luz del sol ya no era favorable. Sin perder tiempo, tomó de nueva cuenta su maletín, y se cambió de lugar, esta vez dirigiéndose a la vista norte. Allí, repitió el proceso, cambió la lente, enfocó el equipo, y comenzó a disparar. La luz del sol, proveniente de la derecha, iluminaba todas aquellas paredes de cristal y metal de los edificios más altos de la ciudad. Después de todo, la parte norte de la ciudad era la más industrializada, y era allí donde se encontraban todos los grandes edificios corporativos.

Tomó un nuevo set de fotografías, y por segunda vez, cambió de lugar, esta vez dirigiéndose al oeste.

En este sector, la ciudad mostraba su zona más ambiental. Era allí donde se encontraban los parques más grandes, los jardines más verdes, y las zonas residenciales más exquisitas, pues los ricos siempre tenían patios enormes y muy bien cuidados. Gracias a que había acudido de mañana, la luz del sol pegaba de manera directa, y por ello, se ofrecía un aspecto aún más en contacto con la naturaleza.

Cuando consideró que había tomado suficientes fotografías, la muchacha de corto cabello castaño volvió a tomar su maletín, y se dirigió al último paisaje que le faltaba: la zona sur, donde podía admirarse la bahía en todo su esplendor. En este lado de la ciudad, podían apreciarse los puertos y las embarcaciones que estaban amarradas a ellos. Las aguas azules de la bahía se encontraban tranquilas y brillantes. Realmente le favorecía que el cielo no estuviera nublado. Además, del otro lado de la costa, se extendía aún un poco más de ciudad, no tan industrializada, y no tan verde, pero bonita a fin de cuentas. Ofrecía un perfecto paisaje de cielo, mar y tierra.

Sakura ajustó una vez más su cámara, y continuó con su trabajo, enfocándose en diversas zonas y detalles, hasta que finalmente consideró que había terminado, y apagó su equipo. Guardó el filtro que estaba utilizando en su maletín, y tapó la lente de la cámara con su respectiva tapa. Se ajustó la cámara al cuello, tomó el maletín en una mano, y con la otra, se sacó el celular del bolsillo.

Miró la hora y no pudo evitar sorprenderse. Faltaba poco para medio día, por lo que se le habían ido casi tres horas en realizar aquel trabajo. Guardó de nueva cuenta el celular en el bolsillo, y suspiró.

-Después de tres horas aquí, nadie se ha presentado… Supongo que realmente nunca lo volveré a ver en toda mi vida.

Sin darle mucha importancia, alejó aquel pensamiento de su cabeza, y se dirigió con paso tranquilo a la zona de elevadores, donde entró al primero que encontró libre, y sin perder mucho tiempo, pulsó el botón de la planta baja. La caja de metal respondió cerrando las puertas, y de manera lenta, inició el descenso.


Miró a su taza vacía de café, una vez más, y tamborileó los dedos en la mesa de metal y plástico. Aquella era ya su tercera taza de café, y no estaba seguro de poder tomar una más. Su cuerpo estaba ya produciendo suficiente adrenalina y no quería alterarlo más. No quería ser víctima de algún paro cardiaco, o algo parecido.

Suspiró, mitad molesto mitad cansado. Sintió su celular vibrar en su bolsillo, y se lo sacó a regañadientes. Tenía una llamada entrante. Otra más del Edificio Central. Seguramente se preguntaban dónde estaba. A qué hora se presentaría. Si realmente iba a ir.

Dejó que el celular siguiera sonando y vibrando en su mano, hasta después de unos cuantos segundos, dejó de moverse y hacer ruido alguno. La pantalla mostraba la inquietante cantidad de diez llamadas perdidas, todas del mismo número.

Miró la hora. Eran ya pasadas el medio día. Y volvió a sentirse molesto y frustrado. Había pasado poco más de tres horas esperando a aquella niña. Ahora estaba más que seguro que ella no se presentaría. Y había ignorado una importante reunión de negocios, por una estupidez infantil.

Gruñó por lo bajo, y desbloqueó la pantalla de su celular. Se preguntó si debía avisar al Edificio Central que se encontraba ya en camino. Qué "algo" lo había retrasado. Sin embargo, considerando a la persona que recibiría aquel texto, consideró que lo mejor sería no decir nada.

En vez de ello, se limitó a mandar un rápido mensaje a su chofer indicándole que podía ya pasar por él, y empujando su taza vacía de café, se puso de pie. De nueva cuenta se abrochó el segundo botón de su saco azul oscuro, mientras se guardaba el celular en el bolsillo. Pese a estar en el interior del edificio, se colocó la gafas oscuras, al tiempo que dirigía una última mirada a su alrededor. Había turistas comiendo un tardío desayuno. Fácilmente detectables por sus ojos no rasgados, las cámaras que llevaban en las manos y la manera emocionada en que señalaban diversos puntos del paisaje. También pudo ver a varios clientes locales, aunque ninguno de ellos era una chica de cabello castaño y ojos verdes. Frunció el entrecejo.

Después de quince años… Bueno, ella estaba en todo su derecho de no presentarse.

Con paso lento, caminó hacia la zona de elevadores, y situándose frente al más cercano, pulsó el botón de bajar. Estaba casi seguro de que su chofer se encontraba ya en la entrada del edificio, esperándolo para abrirle la puerta de la limusina.

No había esperado ni diez segundos, cuando la puerta del elevador se abrió, con lo que él agachó la mirada, y se dispuso a entrar. Dio su primer paso dentro de la caja de metal y se percató con el rabillo del ojo que ésta no se encontraba vacía.

-Buenos días –dijo por educación más que nada, y entró completamente al elevador.

-Buenos días –respondió una voz femenina, dulce y cálida.

Alzó la vista, y se dispuso a girar, para pulsar el botón de la planta baja, pero en ese momento, su vista se percató de algo que le hizo abrir la boca, incapaz de articular palabra.

Aquel corto cabello castaño…

Esos inconfundibles ojos verdes…

La muchacha lo miró, confundida.

-¿A qué piso va? –preguntó mientras se inclinaba para pulsar el botón que aquel hombre trajeado le indicara.

Pero él no respondió.

La muchacha de corto cabello castaño no pudo evitar fruncir el entrecejo. Estaba por volver a preguntar, cuando el hombre habló finalmente.

-¿Sa… Sakura? –preguntó sorprendido, y nervioso. La muchacha de enormes ojos verdes lo miró ahora confundida.

-¿Cómo sabe mi nombre? –preguntó sintiéndose un poco asustada. ¿Quién era ese hombre? ¿De dónde la conocía?

-Eres tú…

-¿Disculpe? Yo no…

El muchacho, se apuró a llevarse una mano al rostro, y lentamente, dejó que sus gafas oscuras se resbalaran por su nariz, hasta retirarse por completo. No pudo evitar sonreír.

-Después de quince años…

-¿Qué ha dicho?

-¿Es que no me recuerdas?

Sakura abrió los ojos, tan grandes como pudo. ¿Podía ser? Tenía el cabello castaño y sus ojos eran color avellana… ¿Sería él?

-Soy yo, Li Xiao Lang.

-Xia… Syaoran…

La muchacha se llevó ambas manos a la boca, y ahogó un grito.


¡Bonito domingo tengas todo/as~!

Esta semana ha estado de locos, así que apenas y he podido hacer la up. Creo que esto también sirve como una intro, pero "quince años después". Más que nada, quería que poco a poco se viesen las diferencias entre la vida que tienen Sakura y Syaoran. Sakura ya no vive en Tomoeda, y de hecho ahora vive con "su novio" Yukito (OMG!). Syaoran regresa a Japón, pero lo hace solo (OMG!). ¿Creen que han cambiado sus personalidades? Los demás personajes irán apareciendo poco a poco, no desesperen ;) También, siguiendo lo que dice el summary, tenemos sólo 7 días para unir a esta parejita. Por ello, este capi corresponde al "Martes, 7 de marzo" XD (Hasta que no escriba que cambie la fecha, todo transcurre el mismo día, no crean que esto es todo lo que pasa el 7 de marzo XD)

Muchas gracias a todo/as las que dejaron review en el capi anterior, significa mucho para mi :') Deberían de dejar review también en éste porque justo el miércoles fue mi cumpleaños :v También por si les gusta el fic y no le han dado favorite ni follow, lo hagan ya que el miércoles (a más tardar) cambiaré mi nombre de "hedwig-theme" a "Ribonette" :D!

Espero y hayan tendio una bonita semana, que el capi haya sido de su agrado, y que nos sigamos leyendo. Abrazos y besos~ Nos vemos el próximo domigo! Sigan bellos ^^