Brillo Escarlata

por: Tiff

Caminando por las exquisitas calles empedradas de este hermoso pueblo, admirando la arquitectura de finales del siglo XIX, las hermosas flores que se suelen plantar en macetas alargadas en cada uno de los bordes de las ventanas, el barullo del pequeño mercado del medio día, en donde los vendedores intentan imponer sus productos por calidad y bajo precio; me sentí extrañamente relajado. Después de cinco años de calma y tranquilidad en este lugar, el ajetreo de la ciudad, el pasar desapercibido entre la multitud, eran sólo un par de vagos recuerdos distantes que ya ni ansiedad me despertaban. Al principio, y al ser el nuevo inquilino de un pueblo tan pequeño, me atraía sin querer las miradas de muchos curiosos. La caminata que solía realizar por las tardes en la ciudad, se detuvo por algún tiempo por el miedo de ser reconocido, y talvez también, el miedo que me causaban las personas desconocidas. Sin embargo, después de conocer a mi rubio amigo, las marchas por el pueblo antes de anochecer, se volvieron frecuentes. Había tardes en las que la pasábamos tomando el té calmadamente, y otras en las que salíamos a caminar para estirar un poco las piernas y mantener una buena vida social. O para que él mantuviera una buena vida social.

Acostumbrado como estaba al enclaustramiento, sin otra compañía que aquel castaño molesto y mis libros, la idea de socializar por gusto me pareció, en un principio, aterradora. Entablar conversaciones con personas con las que no tenía ninguna clase de vínculo me resultó siempre bastante complicado. ¿Qué decir cuando no se sabe si se tiene algo en común¿Por qué comenzar una charla sólo porque sí, sin tener ninguna razón de tal encuentro? Yo solía hablar con las personas sólo cuando intentaba alcanzar algún fin en específico (generalmente monetario) pero esta vez, y llevado casi a la fuerza como me llevó mi nuevo amigo rubio, tuve que aprender a derrumbar de vez en cuando ese mutismo que tanto me caracterizaba, para al menos iniciar la charla convencional sobre el tiempo o el estado de salud. Tiene sus buenas recompensas ser, aunque sea, de rostro conocido. Se siente bien ser saludado por inclinaciones de cabeza o sonrisas coquetas de vez en cuando, simplemente por el hecho de aumentar el ego.

Además, es conveniente conocer personas en momentos de impuestos, pagos atrasados o cuando se requiere algún documento importante… sobre todo en mi caso, ya que, ahora mismo, no poseo ninguno que avale mi identidad. Si en este momento tuviera que salir del país con apuro, me vería en serios aprietos.

Mi rubio amigo se ha detenido a comprar algunas cosas con un mercader. Es su costumbre utilizar su extenso verbo para regatear los precios hasta que los comerciantes ceden con desgano…

Ah, pero he sido maleducado. No he presentado a mi amigo aún. Me disculparé, sinceramente no suelo presentar a las personas con las que me relaciono, como recuerdo de una vieja costumbre que solía realizar. En el trabajo que ocupaba mi tiempo entero, jamás se introducían nombres. Aún si se era una persona conocida, se omitían las presentaciones por obvias razones. Sin embargo, este no es el caso, y mi trabajo, que sólo me ha dejado malas costumbres, no tiene nada que ver por el momento: Su nombre es Tamaki Suoh. No sé si sea su nombre real, o sólo sea su afición al anime japonés, pero, de lo que estoy completamente seguro, es que su origen no es ni cercanamente oriental. No me lo ha dicho, pero, por aquellos deslices que a veces tiene al hablar, en donde deja entrever un ligero acento francés bastante distintivo, asumo que será de ese país o, en su defecto, de Nueva Orleáns…

Debo confesar que su personalidad es una mezcla de dos personas que solían formar parte de mi equipo en la compañía. Engreído, pero leal cuando se le necesita, como ese rubio norteamericano, y sarcástico y sagaz como ese castaño molesto, que podría haber llamado 'hermano' alguna vez.

Estoy seguro que no se ha tragado el nombre que le di desde el principio, pero como yo, no ha hecho ninguna pregunta referente al tema. Si él no necesita saber de mí, y sin embargo me considera su amigo, entonces yo estoy más que dispuesto a dejar de lado las cuestiones. ¿Qué más da si nuestros nombres son inventos que nos traen vagos recuerdos?

Eriol Hiragizawa, antaño conocido como "El Asesino Inglés" sacudió la cabeza fuertemente para alejar los pensamientos que amenazaban con llegarle a la memoria. Rostros que pensaba había olvidado, pero que de repente intentaban aparecer en su mundo consiente quien sabe para qué. Sin pensarlo dos veces, y sabiendo que el recuerdo nítido de esos rostros le traería sólo melancolía y desesperanza, reprimió sin mucho esfuerzo las imágenes y las mandó hasta lo más profundo y oscuro de su mente. Era algo bastante fácil de hacer ahora incluso con aquel mal que le aquejaba a veces. Cuando no estaba en la oscuridad, le era sencillo echar hacia atrás de la conciencia aquellas voces que deseaban empezar a atormentarle sin descanso. La voz chillona que siempre le acompañaba, le había enseñado cómo. Y no era que se llevara bastante bien con ella, pero habían aprendido a vivir en el mismo cuerpo sin tantas recriminaciones y una que otra vez sirviéndose de ayuda mutua. Sólo de vez en cuando se achacaban como dos pequeños niños algún asunto, o la voz le recriminaba el no dejarla salir tan a menudo, pero todo pasaba sin tener que recurrir al tormento. Eriol conversaba con la voz de vez en cuando, y le dejaba mirar a través de sus ojos sin perder nunca el control, y a cambio la voz mantenía alejadas el mayor tiempo posible a todas esas voces y sombras que aparecían en sus sueños, para ayudarle a descansar al menos las dos horas que acostumbraba.

Ese era un hábito que no había cambiado. Su miedo cada vez más creciente a la oscuridad, a las pesadillas que le aquejaban, y por lo tanto, su miedo a dormir, seguían en el mismo sitio de siempre. Dormía sólo porque el cuerpo se lo reclamaba, y evitaba hacerlo cada vez que podía. Sus ojeras, siempre presentes, se ocultaban discretamente detrás de las gafas azules que usaba, y su palidez era ya como una constante permanente en su cuerpo. Sabía que algún día todas esas noches sin dormir reclamarían su pago en somatizaciones graves o una muerte prematura por un paro cardiaco, pero ese futuro le tenía sin cuidado. Había enfrentado a la muerte muchas veces ¿no? En verdad era un milagro que siguiera con vida.

-¿Shaoran, me estás escuchando?- Al parecer Tamaki había terminado ya de estafar al pobre vendedor, que ahora veía la mísera paga del rubio en su mano resignada con ojos cristalinos.

-La verdad no. Pensé que seguías timando al pobre hombre.- el rubio lanzó una risilla burlona que no pudo contener, dándole la espalda al comerciante.

-Ya sabes que esto de las compras no es más que otro truco para enterarme de la vida social del pueblo y llevarme alguna ganancia por ello.-

-Bien podrías preguntar a tus muchas amistades sin la necesidad de tantos rodeos.- comentó el ojiazul tranquilamente, echándose a andar por el camino principal.

-¿Cuál sería entonces el sabor de la vida, y como conseguiría lo que quiero a mitad de precio?-

Eriol rodó los ojos. ¿Quién pensaría que el joven más rico del pueblo iba a ser así de tacaño? Mira que ir estafando pobres comerciantes cada día, cuando podía pagar lo triple por cada producto sin ningún esfuerzo…

-Bueno, bueno¿Quieres que te cuente que hay de nuevo, o no?-

-Aja.- le contestó sin mucho interés mientras revisaba con una mirada ágil y cuidadosa algunos periódicos extranjeros que rara vez llegaban al lugar, en busca de alguna noticia conocida.

-No es mucho, pero ha llegado al pueblo una nueva inquilina.-

-¿Ah si?-

-Sí, creo que es hija de una buena y adinerada familia de los Estados Unidos. Compró esa bonita casa en el centro del pueblo ¿la recuerdas? Creo que va a abrir ahí una florería, más por hobbie que por necesidad, y ahora mismo está coordinando la mudanza. Así que ese será nuestro camino de hoy.-

Eriol despegó los ojos de los periódicos que había estado revisando al oír tal afirmación, puso una cara de aburrimiento total.

-¿Y yo para que querría ir a ver algo así?-

-Vamos Shaoran, hace mucho que no sales con una chica ¿No te hacen falta las comidas hechas en casa y la compañía cálida al amanecer?-

- No, además ¿quien dice que esta chica va a ser de mi agrado?-

-Bueno, eso ha dicho el buen hombre que me ha dejado todo tan barato, y si confiamos en su buen gusto para sus mercancías, podríamos confiar en su buen gusto para las mujeres ¿no?-

-Como sea.-

Los dos hombres siguieron con su caminata habitual, recorrieron el mercado sin mostrar demasiada prisa observando este o aquel producto sin mucho entusiasmo. Casi a la hora del té salieron de él pero, en lugar de doblar a la izquierda para dirigirse a casa del ojiazul para tomar la bebida, doblaron a la derecha y caminaron unas cuantas cuadras empedradas, esquivando algunos charcos medio profundos producto de una leve llovizna del día anterior. Al final de la larga calle central, donde moría al fin el camino, se encontraba una pequeña casita de dos pisos parecida a una de muñecas que Eriol había visto en el mismo pueblo en una juguetería. Estaba pintada de blanco por fuera impecablemente y tenía una pequeña salita de metal en el pórtico, destinada a tomar el fresco por las tardes. Las pequeñas ventanas, curiosas por su tamaño, estaban cubiertas por una capa de papel periódico que no dejaba ver su interior con claridad. Seguro la estaban pintando, seguro la mujer que llegaba a vivir ahí, la estaba decorando a su gusto, haciendo sentir a todo el lugar reconfortante.

Frente a la pequeña puerta de entrada, estaba estacionado un gran camión de mudanzas. Hombres fuertes y pesados acarreaban los muebles, las cajas, las lámparas… todo con gran rudeza, sin importarles mucho el valor de los objetos. Subían y bajaban del camión con una cosa diferente cada vez, que lograban meter a la casa dejando algunos rasguños descuidados en el marco de la puerta principal.

Eriol miró aburrido la escena. No tenía nada de especial observar a una joven mudándose al pueblo, muchas personas lo habían hecho antes que ella, incluido él. Iba a ese lugar porque el rubio, aburrido ya de todas las pueblerinas, deseaba con afán una fugaz aventura con sangre nueva. Los dos se acercaron un poco más a la escena, parándose al lado de algunos otros vecinos curiosos, que pronto comenzaron la plática de la nueva inquilina con Tamaki.

El ojiazul se limitó a observar y a escuchar la plática sin mucho interés, hasta que algo llamó su atención por el rabillo del ojo. La visión de una larga y sedosa cabellera negra. Volteó con rapidez hacia ese punto y observó la perfecta silueta delineada de una mujer, enmarcada por esa suelta corona azabache. No podía ser. Si la memoria no le fallaba (que era algo posible sin duda) esa mujer era igual a ella desde ese ángulo. Cada milímetro, cada pulgada… Eriol quedó embelesado, un manto de estupor lo cubrió por completo, y sus manos comenzaron a sudar sin que él se diera cuenta. ¿Sería ella¿O acaso estaba alucinando nuevamente, como muchas otras veces? Pero aún no desaparecía. Cuando alucinaba que ella se encontraba en el mismo lugar que él, siempre la veía de reojo y su visión siempre desaparecía al voltear la cabeza. ¿Cómo era que aún no había desaparecido en ese momento¿Era real entonces?

Tamaki miró al ojiazul un momento, y le extrañó la mirada perdida de su amigo. Detrás de esos lentes azules, alcanzó a distinguir una mirada que jamás le había visto antes. Algo mezcla entre sorpresa, esperanza, obsesión y… ¿ternura¿Era eso lo otro que veía¿O era acaso algo mucho más profundo? Pero no pudo siquiera formular una pregunta. Cuando abrió la boca, el ojiazul salió disparado de su sitio sin previo aviso, dirigiéndose justamente a la casa a punto de ser habitada. Pero no sólo a la casa, sino a una mujer parada al lado del camión de mudanzas, al parecer la que daba las ordenes a los cargadores.

El corazón de Eriol no podía más. Estaba seguro que sí latía un poco más fuerte de lo que ya lo hacía, estallaría en su pecho o moriría del dolor. Sus oídos ya no escuchaban lo que sucedía a su alrededor. No escuchó la llamada extrañada de su compañero, o no quiso hacerlo, en ese momento sólo importaba ella. Ella que había ido por él hasta ese remoto lugar. Ella, que había llegado para quedarse a su lado, salvándole al fin de la soledad. Se paró detrás de la joven, y levantó una mano temblorosa hacia su hombro…

No puedo creerlo…

Es ella… al fin…

-Tomoyo…- susurró con una emoción contenida que no sabía que existía, antes de tocarla. Pero al sentir el roce de su piel, todo se vino abajo. No era ella. Lo supo después de sentirla bajo sus dedos.

La joven lo volteó a ver extrañada. -¿Disculpe?- Y a Eriol no le quedó la menor duda. Su voz no tenía el mismo timbre melodioso que su ángel, no se le acercaba ni un poco. El de ella era algo agudo y que, después de un rato, seguro causaba jaqueca. Su piel era tersa y blanca como la porcelana, y tenía un rostro hermoso, esculpido, delineado, simétrico, con todo en su lugar: tenía grandes ojos mielinos y labios carnosos y rojos natural… no tenía esa pequeña cicatriz al lado del ojo, esa que le habían dejado a ella una vez después de un golpe en un callejón, ni esas delicadas líneas que confesaban su bien escondida edad en las comisuras de la boca cuando sonreía… esta mujer que tenía frente a él era toda perfección.

-Y-Yo disculpe, creo que la confundí…- tartamudeó el joven, casi mudo de la impresión. ¿Como diablos se había creído que ella iba a estar ahí, en ese lugar? Y se dispuso a marcharse del sitio, agachando la cabeza con desgano y sintiendo una pesadez inusitada en los hombros, pero algo lo detuvo en su andar.

-Oh no, disculpa mi rudeza por favor, es sólo que me has sorprendido un poco.- la joven, de unos veintidós años aproximadamente, le sonrió al ojiazul con coquetería. ¿Quién diría que en un pueblo tan pequeño, con tan pocos habitantes, se iba a encontrar a un hombre de ese talle?

Pero a Eriol no le impresionaban esas miradas sugestivas, ni esas sonrisas seductoras, estaba acostumbrado a ellas. Generalmente, y falto como estaba de compañía femenina, le habría regresado el gesto. Sin embargo, la desilusión que se había llevado hacía unos momentos con esa misma mujer, imaginando que era esa otra que él deseaba con tanta desesperación, le sacaron solamente una mirada glacial escondida tras los anteojos. Y estaba a punto de darse la vuelta y marcharse, cuando el rubio llegó a su lado, según él, a "salvar el momento".

-Buenas tardes señorita.- le saludo cortésmente con una inclinación exagerada. Ella se rió. –Disculpe aquí a mi compañero, hay veces que su retraso mental se hace evidente.- y ambos jóvenes se rieron al unísono, el nombrado ni se inmuto. –Sólo veníamos a darle la bienvenida a este humilde pueblo, y a ponemos a sus ordenes en el momento en que lo desee.- E, inclinándose nuevamente, le besó la mano con delicadeza. Ella se sonrojó, pero no miró al rubio que la halagaba, sino al otro joven, el primero que había llegado a llamar su atención, y que ahora llevaba la mirada perdida en el suelo.

-¿Y, con quién me has confundido?- la joven retiró su mano suavemente de la del rubio y dirigió su mirada y sonrisa al ojiazul.

-Con nadie importante.- y sin decir más, muy descortésmente, se dio la vuelta y se echó a andar por la calle rápidamente. Tamaki, asombrado por su poco usual humor, se despidió de la joven lanzándole una atropellada mirada y unas cuantas palabras de disculpa y se lanzó en busca de su compañero.

Eriol se fue a meter a un callejón poco iluminado, detrás de un restaurante que funcionaba por la noche. Olía a pescado y a humedad, y por un momento, le trajo a la mente recuerdos de una celda fría y escabrosa en una bodega de pescado abandonada, donde había estado encerrado hacía muchos años. El ojiazul encontró un lugar medio seco al lado de los botes de basura, y sin pensarlo mucho, se sentó ahí, recargando la pesada espalda sobre la fría pared, tratando de esconderse lo más que pudiera. Se quitó los lentes y los sostuvo por el armazón en su mano, revisando con cuidado que estuvieran limpios, una maña que ya sabía no tenía razón, pero que le servía para mantener la mente ocupada, alejada de malos recuerdos.

Tamaki, que había visto a donde se había metido su amigo, le siguió en un instante. Adaptó sus ojos oscuros a la débil luz del callejón, y rebuscó con la mirada en cada rincón que le era posible. El lugar apestaba, y estar en ese sitio no era de su completo agrado. Aguzó sus sentidos y, después de un momento, por fin escuchó la suave respiración de su compañero en el rincón más alejado de la entrada, al lado del basurero. Se acercó con cautela, sabiondo del mal humor que ya había mostrado ese inglés más de una vez.

Lo vio sentado en el suelo con la cabeza recargada en la pared, las gafas en la mano y los ojos cerrados. Parecía sumido en un trance, ya que ni siquiera se inmutó cuando le nombró.

-Shaoran¿te sientes bien?-

Pero el joven no se movió.

-Vamos¿Me quieres decir qué demonios ha pasado allá¿Desde cuando sales huyendo del encuentro con una mujer? No parecía tan mal partido.- le afirmó, tratando de llamar su atención.

Y el joven inglés, con una voz siseante y peligrosa que advertía peligro, le respondió a su compañero como nunca antes: -¿Por qué me seguiste?-

Pero el rubio no contestó. Se echo para atrás y se pegó a una pared lo más que pudo, imponiendo la mayor distancia posible entre él y el inglés. Nunca, en todos los años que llevaba de conocerlo, había visto que Shaoran se quitara los lentes, al menos no en su presencia. Alcanzaba a distinguir, detrás de ese cristal azulado, unos ojos extraños, al parecer índigos, diferentes a los de todas las personas que había conocido. Sabía que tenían algo que para él era inexplorado. Pero jamás se imaginó la impresión que le causarían al verlos de verdad. Al abrir los ojos, después de su venenosa pregunta y clavar su mirada en él, el rubio sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal, cosa que le hizo echarse para atrás. Su mirada castaña se topó con unos ojos escarlatas profundos, oscuros, casi sin pupila, unos ojos que le resultaban siniestros y perturbadores.

-¿Por qué te asombras?- preguntó Eriol con sorna, casi sin pensar, fijando su mirada penetrante en su joven amigo. Esa mirada que solía mostrar cuando el odio, el asco, la desesperanza, la sed… se apoderaban de él.

-E-Es que yo…- titubeó –Nunca te había visto sin tus gafas puestas y me has sorprendido, eso es todo.- y lanzó una risa que les pareció nerviosa y forzada a los dos.

-No te sorprendas.- le sonrió cínicamente, volviendo a poner las gafas en su lugar, cosa que aplacó un poco la tensión creciente entre ambos. –Esta mirada no es para ti.-

Y Tamaki soltó el aire que se le había quedado atorado en los pulmones sin saberlo, aspirando una buena bocanada de aire que le regresó el aplomo.

-Y no salí huyendo.- mencionó casualmente el inglés, levantándose de su asiento en el frío suelo. –Sólo me he sorprendido, eso es todo.- parafraseó sarcásticamente, librándose de toda una sarta de preguntas que no hubiera querido responder.

Y, sin recibir más respuesta que un bufido enfadado, se dirigió a casa, donde ambos tomarían el té, seguido de cerca por el rubio.

La tarde llegó sin contratiempos a la pequeña comarca aislada. Los tenues colores rojizos del ocaso tiñeron las pequeñas lagunas que se habían formado en las parcelas traseras de las propiedades, reflejando con singular esplendor cada una de las casas de tabique rojizo. Parecía una danza de fuego cada vez que algo molestaba la quietud del cristalino fluido.

Tamaki observó cada detalle con infinita paciencia y detenimiento. Nunca tenía prisa cuando se trataba del trabajo de la contemplación. Observaba aquí y allá todas las cosas, manteniendo cada recuerdo impecable con esa memoria fotográfica con que lo había dotado la buena naturaleza. Si así lo deseaba, podía mantener intacto cualquier recuerdo que se esforzara por conservar, sacando a relucir detalles nuevos cada vez que abría el cajón de uno de ellos. Podía recordar la araña en una de las esquinas del estudio de Shaoran una tarde de invierno de hacía algunos años, y cómo ésta había pasado desapercibida en el momento en que había vivido la escena en carne propia. Sin embargo, era raro el detalle que no percibía desde la primera vez. Su naturaleza era la de ser observador. Era increíble el como podía fijarse en cosas ínfimas, como la costura de la manga de un saco, los cayos casi imperceptibles en las palmas de las manos, las salpicaduras del lodo en los zapatos… sabía sacarle provecho de vez en cuando, deduciendo la profesión de alguna persona, cuando esta tenía aún algún rasgo característico. Claro, a veces sus deducciones fallaban, más no su observación.

Cuando Shaoran había llegado al pueblo, y después de haberlo conocido por algún tiempo, había intentado deducir su antigua profesión. Le había pedido que le mostrara sus manos, y las había revisado con sumo cuidado. Después de unos minutos, y con un gesto de completa extrañeza y asombro a la vez, le había dicho las siguientes palabras:

-Tus manos tienen marcas muy extrañas que nunca había visto. Podría decir que eras un cirujano, por esta marca que tienes en el índice, dejado característicamente por el bisturí, pero es muy delgada, y la tienes en ambas manos… también están estas delgadas líneas a los costados de tus palmas que podrían ser ocasionadas por una cuerda de piano, nunca había visto unas así… pero esta marca…- y había señalado un pequeño callo casi imperceptible en la segunda falange del índice derecho. –Bueno, esta marca es algo que tengo también.- y levantó su mano derecha, mostrándole la parte nombrada. Ahí, había una marca igual a la suya. Fue en ese momento que ambos se dieron una idea del pasado de cada uno. Al menos sabían que la pistola era un arma que los dos habían tenido en común. Esa marca era característica en el índice que apretaba el gatillo… cuando se accionaba con regularidad.

Desde ese momento, el rubio no preguntó más. Tenía que ser sincero consigo mismo. Tenía miedo. Tenía miedo de descubrir certeramente la verdadera profesión del ojiazul, a pesar de que tenía una idea de ella. Los ojos que le había descubierto esa mañana, al despojarse de las gafas azuladas que jamás se había quitado frente a él, le eran conocidos de alguna manera. Había estado en un lugar donde los hombres, solitarios, despiadados y con sonrisas malévolas, poseían esa misma mirada escarlata cínica y vacía. Sabía de qué tipo de personas era característica. Y, esas extrañas marcas en sus manos, pero sobre todo la del índice derecho, le decían más que mil palabras. No era un policía, de eso estaba casi seguro. Ningún policía que él hubiera visto en su vida mostraba esa mirada en su faz, al menos cualquiera que se preciara de serlo. Además, había notado casi desde el principio cómo hojeaba con afán en todos los periódicos internacionales (sobre todo japoneses) que podía encontrar o que encargaba a la única tienda de revistas del pueblo, los anuncios amarillistas sobre asesinatos e investigaciones policíacas. Claro, no sabía leer japonés, pero lo sabía por las grotescas fotografías que encabezaban casi todas las páginas. Pero, sobre todo, había un detalle importante que había descubierto un día que le había invitado a unas vacaciones con todo pagado fuera del país. Había puesto, al principio, toda clase de pretextos: no tenía dinero, no le gustaba el clima del lugar, no le interesaba el sitio, no sabía el idioma, no le atraía viajar, tenía asuntos importantes que hacer… pero, cuando el rubio al fin le había resuelto todos los problemas que le había impuesto, salió a relucir la razón de verdad: al parecer, Shaoran carecía de papel alguno que avalara su identidad. Era esto algo sorprendente. En la sociedad moderna en que vivían, con todos los tramites que se tenían que realizar para cualquier cosa, para tener una cuenta bancaria, para comprar una casa, para salir a viajar… ¿Cómo era posible que una persona normal, no tuviera siquiera una identificación? Y, siendo ese un pueblo pequeño, a nadie le importaba. Nadie necesitaba que un conocido se identificara con alguna credencial. Shaoran llevaba, en este sentido una vida bastante rara. No tenía una cuenta bancaria en el pueblo, y el dinero que necesitaba lo obtenía de los cajeros automáticos, de una tarjeta que parecía de fondos inagotables que no era utilizada muy a menudo. El salario que le daban como ayudante de la biblioteca, le alcanzaba bastante bien para cubrir sus necesidades básicas, y hacía que le pagaran siempre en efectivo o con libros, para no tener que revelar jamás la otra cuenta que le salvaba de todos los aprietos y le proveía de todos los caprichos.

Un suspiro de parte de su compañero le hizo alejar sus pensamientos de esos senderos. Le volteó a ver con aire distraído y se le quedó viendo con fijeza.

-¿Tengo algo en la cara?- le preguntó el ojiazul sin voltearle a ver.

- Estaba queriendo preguntarte esto desde hace rato…- y una sonrisa pícara iluminó sus apuestos rasgos. –Cuéntame querido Shaoran…-

Ah, ese es un chantaje…

-¿Quién es esa tal Tomoyo?-

De hecho, Eriol había estado esperando esa pregunta desde que se habían sentado en el pórtico de su casa a tomar el té, y ya había sido muy extraño que el rubio aguantara tanto tiempo sin mencionar el incidente.

-Nadie especial.- mintió.

-Vamos, no me puedes engañar. Jamás te había oído pronunciando el nombre de una mujer después de haber salido con ella un par de veces, además, si mi memoria no me falla, aquí en Inglaterra nunca has salido con alguien de nombre similar, es un nombre muy… japonés, si me lo preguntas.-

-Bueno, no te lo pregunté.-

-Seguro es ella por quien te la pasas suspirando todos los días ¿no?- se burló Tamaki, observando cuidadosamente la expresión de su compañero, alistando las piernas para si acaso, echar a correr.

Pero el inglés no se movió, mantuvo la mirada fija en un punto lejano en la puesta de sol y sin querer sonrió débilmente y con nostalgia.

Viendo esto, Tamaki supo que se acercaba a un terreno peligroso y muy difícil de tocar.

-Supongo que ella es la razón de que me acueste con una mujer diferente cada vez, tratando de llenar el vacío que me vuelve loco.-

-¿Es japonesa?-

-Sí, la conocí poco antes de venir aquí, vivió conmigo por algún tiempo.-

-¿Y que pasó?-

Eriol le volteó a ver lentamente, y dejó sus ojos fijos a los del joven. Lentamente, y por segunda vez ese día, se quitó las gafas azules y le miró larga y profundamente, con unos ojos índigos y escarlatas que esta vez no se veían tan amenazadores.

-No era nuestro destino el estar juntos. La vida jugó con nosotros suciamente.-

Sí. Tú el asesino, y ella tu víctima…

Y sin pensarlo, empezó a hurgar en uno de sus bolsillos del pantalón. Sacó una cartera de piel que se veía bastante cara, y rebuscó en su contenido por algo concreto. Al poco rato, sacó un papel cuidadosamente doblado, pero que se veía con muchas arrugas anteriormente realizadas. Se lo pasó al rubio delicadamente, como si de un tesoro se tratara. Éste le desdobló con el mismo cuidado, y se arrimó un poco a la débil luz de la vieja lamparilla de aceite. Era una foto. Una foto que se desfiguraba un poco en algunos puntos debido a unas delgadas líneas blancas hechas a la fuerza, seguro de cuando alguien le había hecho bola y arrojado a la basura con enojo.

Era la foto de una mujer. De una hermosa mujer por cierto. De agraciada y delicada piel de porcelana, largo cabello color ébano, una sonrisa que casi rayaba en lo angelical pero… esos ojos, esos ojos amatistas eran lo más hermoso de su rostro. Mostraban ingenuidad, inocencia y una dulzura impresionantes.

-Esa foto fue tomada un poco antes de que yo la conociera. Después de lo que le hice pasar, su mirada cambió por completo…- y ese recuerdo le entristeció. Tamaki vio como esos fríos ojos escarlatas con índigo se volvían más oscuros aún por la tristeza. Algo que jamás había presenciado en él antes.

-Vamos Shaoran, no pudo ser tan malo.-

Pero la sonrisa desoladora que le mandó le hizo dudar por completo de su palabra.

Antes de que pudiera hablarle para decirle algo alentador, levantó la mirada en respuesta al sonido de unos pasos que se acercaban al lugar atravesando la calle empedrada. Unos zapatos altos, de una mujer.

-Mira quien está aquí. Tu Tomoyo a la inglesa.-

Eriol rodó los ojos con exasperación, arrebatándole la fotografía de las manos a su compañero, guardándola rápidamente en su bolsillo del pantalón.

La noche al fin había terminado de caer sobre el condado. Las luces de los faroles iluminaban románticamente el escenario medio cubierto de niebla, otorgándole a las calles una visión de un Londres antiguo. La figura solitaria que caminaba en tacones altos por el empedrado, se acercó con paso grácil hacia el pórtico del ojiazul con seguridad en el andar.

-Buenas noches caballeros. ¿Acabando de tomar el té?- la voz de la nueva mujer del pueblo no le acababa de gustar al ojiazul.

-Así es mi querida dama¿Qué la hace dar paseos en la oscuridad sin nadie que le acompañe?- le preguntó Tamaki en un impulso innato de cortesía, olvidando su antiguo intento de galantería, conociendo ya la triste historia de su amigo. ¿Quién decía que esa mujer no le podía ayudar a animarle un poco, era necesario que fuera exactamente la misma mujer?

-Bueno, después de mucho desempacar, tuve un impulso de conocer mejor el pueblo.-

-No creo que se aprecie mucho en plena oscuridad.- mencionó Eriol sarcásticamente, ya con las gafas azules puestas nuevamente.

-Eso mismo pensé hace un momento, pero ya es demasiado tarde para regresar ahora. ¿Podría uno de ustedes darme un pequeño tour? Le recompensaré con un delicioso pastel recién horneado al regresar a casa.-

Y Tamaki sonrió maliciosamente. Se levantó con destreza y prontitud, sorprendiendo a sus interlocutores.

-¿Pastel de qué señorita?-

-De fresas.-

Y la sonrisa del rubio se hizo aún más extensa..

-¡Qué coincidencia! Justo hace un momento Shaoran...- y el ojiazul le volteó a ver espantado. -Se quejaba de padecer un enorme aburrimiento, además de que el pastel de fresa es de sus favoritos (junto con los pastelillos), entonces supongo que él le acompañará encantado. Por mi parte, debo retirarme ahora mismo para concluir con los deberes que me aquejan en el trabajo.-

Hijo de…

-Pero le dejo en muy buenas manos señorita.- y el rubio se inclinó ceremoniosamente ante ella, haciéndole soltar una risilla. Volteó a ver al ojiazul rápidamente, le guiñó un ojo, y huyó con paso veloz del lugar, temeroso de terminar con algún objeto incrustado en la nuca.

Haremos que pague mañana en la práctica de kendo…

-Bueno Sr. Tsukishiro¿empezamos ya con nuestro paseo?-

¿Y quien demonios le dijo mi nombre?

Y después de un largo suspiro, se levantó pesadamente de su cómodo asiento y bajó las escaleras con paso perezoso. –Como sea.- le contestó sin mucho entusiasmo y se echó a andar calle abajo.

-Mi nombre es Karen Hillstone¿y el tuyo?-

-Ya debes de saberlo, lo has dicho hace un rato.- le contestó con algo de frialdad, ignorando el tintineo de su oído derecho al escuchar su agudo tono de voz.

Ella se rió estruendosamente para desgracia del ojiazul, y se le colgó al brazo sin ninguna inhibición. Sólo Dios sabía cómo odiaba a ese tipo de mujer. –Nos la vamos a pasar bien ¿no crees?- le preguntó ella seductoramente, sin recibir respuesta del joven a su lado.

La primera tarea de mañana, será atravesar a Tamaki con una espada…

Sí, fría y lentamente…

Continuará...

Hola! Pues aquí esta el segundo capítulo, un día después de haber terminado los trabajos finales de la escuela, esperando sólo mis calificaciones. Je perdón sino tuvo mucha emoción, prometo que en el próximo capitulo empezará a desarrollarse la trama con la cual se dará la historia entera. Espero no haberlos aburrido!!

Por cierto, hay algunos puntos que necesitan aclaración:

1. A los que me refiero como rubio norteamericano es Matt Skrichey, que murió en el fic pasado, y a Shaoran, obvio je.

2. Lo de la marca en el índice como restos del uso de una pistola es una suposición mía, nunca he visto algo así, pero tenía que poner algo je.

3. El nombre del nuevo rubio amigo de Eriol no es un invento mío, es de un cierto anime japonés bastante entretenido. ¿Saben de cual se trata? Si acaso lo saben, se podrán dar una idea de cómo me imagino a este singular personaje.

4. Sólo para aclarar, Eriol se llama en este momento Shaoran Tsukishiro, para ocultar su identidad, ya que obviamente no puede usar su nombre. Utilice estos nombres porque se me hacen significativos para la vida del ojiazul, uno, su mejor amigo casi hermano, el otro, la persona que de alguna manera u otra influyó en su destino, primero, al abandonarlo de pequeño en el hospital, después en ayudarlo a salvar a quien él amaba y ayudarle a escapar.

5. La foto que guarda Eriol de Tomoyo es esa que le dio la compañía cuando le informaron de su última misión.

Creo que eso es todo, espero poner el otro capitulo pronto, gracias por todos los reviews, les prometo que me estoy esforzando mucho para hacer esta historia agradable. Si pueden pasar a dejar un comentario, o tienen alguna pregunta o algo así, estaría muy gustosa de leerlos. Mi mail esta disponible en mi profile. Por cierto, muchas gracias a aquellos que me han agregado a su msn o me han mandado sus dibujos, muchas gracias!!

Una última cosa, este capítulo va dedicado a la persona que, con sólo un nick, me animó a continuar y terminar hoy mismo, alguien que le dice: Viva al asesino inglés!! Tu sabrás quien eres, y yo también.

Gracias a todos!

Tiff

Clan Trémere.