Aquí el nuevo capitulo como lo prometí, me alegra que haya captado el interés de algunos, a medida que va avanzando las cosas se van poniendo más duras y el pride irá creciendo.

¡Que lo disfruten!


Yo no inventé Yu-Gi-Oh! ni sus respectivos personajes


Los gritos de alguien desesperado por auxilio, sus oídos dolían ante el sonido del látigo contra la piel desgarrada.

Apretaba sus puños dolorosamente, resistiendo las lágrimas en sus ojos. ¿Por qué? Esto no era una pesadilla ni mucho menos. Un chico albino le mostraba cada una de las habitaciones con una sonrisa en su rostro como sí fuera algo común tener que vivir encerrado y aterrado de morir golpeado por un suspiro de más.

Caminaban por la mansión y Yuugi ya no prestaba atención a lo que Bakura decía, sólo pensaba en Atem y su abuelo. ¿Cuánto tardaría en enviar ese mensaje de auxilio?

¿Lo lograría?

Bakura no tenía una mala visión con respecto a su jefe, sin embargo, Yuugi no podía evitar mirarlo con temor; sus ojos azules eran su pesadilla y sus manos huesudas rebotaban por su rostro cada vez que lo recordaba. Aun así, quizás fue Atem quien más sintió su fuerza, al protegerlo del dolor.

Yuugi estará eternamente agradecido por todas las veces que Atem se entregó completamente al peligro sólo para cuidarlo.

En un gran salón se reunían muchos jóvenes y mayores que según Bakura, estaban en la misma situación que los mellizos. Reunidos en amplias mesas para almorzar lo que ellos mismos cocinaban.

Según el reglamento, al final de cada semana, a partir del día domingo, se decide por orden del jefe Seto Kaiba, quién cocinará en toda la semana, quién limpiará; quién deberá cumplir con la tarea asignada.

No había mucho material para cocinarse a ellos mismos, casi siempre el menú para los sirvientes era arroz y ensaladas. Sí se trataba de cocinarle al jefe, pues se les daba una lista especial de lo que debían hacer. Y tenían que hacerlo bien, o lo lamentarían.

Todo lo que ellos debían hacer terminaba con esa oración. "Háganlo bien o lo lamentarán". Yuugi ya estaba lamentando haber aceptado la entrevista.

Otra regla a la hora de cocinarle al jefe, era que debían probar frente a él todo lo que le sirvieron, sólo por sí alguno se tomó la valentía de envenenarlo.

No eran estúpidos, estaban bien protegidos.

Seguro había cámaras por todos lados, por más que no podían verlas, los sirvientes lo sabían. Estaban siendo vigilados.

Las duchas eran compartidas entre los trabajadores, estaban separados por genero; un baño para las mujeres y otro para los hombres. Era lo único en lo que se habían molestado.

Lo que ponía la piel de gallina, era preguntarse sí también había cámaras ahí. No lo iban a saber.

Un chico rubio se les acercaba mientras caminaban por el comedor, llevaba una venda en la mejilla y un ceño fruncido demasiado profundo. Su mirada era realmente perturbadora para Yuugi, quien ya se sentía afectado por todo lo que vivió desde que pisó la mansión. Bakura le dedicó una sonrisa nerviosa, y el chico de cabello tricolor no pudo evitar sentirse cada vez más pequeño. — ¿Tú eres el mellizo? — Preguntó el rubio con una voz ruda.

Yuugi tragó saliva, sintiendo el frío golpear todo su cuerpo. ¿Era un trabajador como él? ¿Alguien de "alto prestigio"? — Jounouchi-kun, no seas rudo con Yuugi-kun, por favor. — Pidió Bakura con amabilidad. No parecía tenerle miedo, ni mucho menos.

El rubio llamado Jounouchi, apretó con más fuerza su puño, miró fijamente al albino y luego al chico de cabello tricolor. Estaba molesto, frustrado, en sus ojos había rencor. Por la forma en que Bakura lo trataba, Jounouchi era un compañero.

— No seas ridículo, aquí la rudeza es lo único que predomina, la presión y el dolor, es lo único que sentirás. Algo que puedes ver y a la vez no. — Esa ultima frase rebotó vagamente en la cabeza de Yuugi, pues ya no estaba tan asustado, sino confundido.

El odio en el alma de Jounouchi, era otra característica que podía tener una victima de este lugar. Bakura tenía la aceptación, y Jounouchi el rencor. ¿Qué más podría Yuugi encontrar?

Yuugi no sabía qué sentir. Algo que podía ver y a la vez no. — ¿A qué te refieres? — Masculló el muchacho, hablando por primera vez después de un rato sin emitir palabra.

El rubio chasqueó su lengua, frustrado. Todo le molestaba, no sabía Yuugi qué tendría que hacer para satisfacer sus necesidades sí es que en algún momento iba a tener que hacerlo. Mejor mantenerse lejos.

Esa fue su nota mental.

— Yuugi, ¿no? No pareces muy listo. — Respondió Jounouchi. — Puedes vernos aquí, puedes mirarme y sólo veras a un chico rudo, agresivo quizás, con algunos moretones o el cabello despeinado. — Era verdad, eso era lo que Yuugi estaba viendo. Mordió su labio inferior, al sentirse desnudo ante los ojos del rubio. — Pero, no verás por todo lo que pasé en el tiempo que estuve aquí.

El tiempo que estuve aquí. La palabra "tiempo" hacía temblar a Yuugi Mutou, ¿Cuánto tiempo se podía estar en un lugar así? ¿Cómo resistir?

Quería preguntarle, quería una respuesta, pero, no sabía que decir exactamente y qué contestar ante las palabras de Jounouchi. Su pecho sólo ardía ante cada conversación. Deseaba dormir y no despertar.

Acomodó su garganta y mirando hacia el suelo, le dijo. — Un gusto, Jounouchi-kun. — Yuugi tartamudeó, caminó hacia adelante tratando de evitar contacto visual con el rubio, este lo tomó del antebrazo y lo obligó a levantar la mirada. Con sus ojos penetrantes le respondió a su inadecuado saludo.

— Gusto es lo ultimo que tendrás aquí. — Le murmuró, causándole un frio cosquilleo en su corazón. Dicho esto, lo soltó y dejó que siguiera su camino.

Yuugi fue llevado por Bakura al jardín, era el único lugar que podía sentirse pacifico. Sin embargo, no lo era.

Yuugi no podía dejar de sentirse nervioso. Por más que Bakura trataba de distraerlo, hablando sobre su trabajo. No podía entenderlo, no podía entender cómo Bakura podía tranquilizarse en medio de unas flores que seguro fueron manchadas con sangre; juntarse en una misma mesa para comer con muchas personas que tragaban su propia angustia; dormir en las noches escuchando los gritos de aquellos que tenían pesadillas. ¿Cómo? ¿Cómo se podía sobrevivir?


El fresco olor de la limusina no lo sacaba de sus pensamientos, sus manos las mantuvo en sus bolsillos, miraba constantemente a la ventana; aunque no quería saber nada más con el mundo ajeno a aquella mansión, la casa de tortura.

Estaba sentado al lado de aquel que lo encerró en un hoyo profundo y oscuro. Sus ojos se veían tristes, pero no creía que la tristeza podía existir en un corazón tan marchito como el de su jefe, Seto Kaiba. Mejor dicho, ¿había un corazón dentro de ese cuerpo?

Seguro estaba frío y vacío.

Atem no se había dado cuenta de que había estado mucho tiempo sin mirar a la ventana, y ahora dirigía su mirada hacia su jefe. Sus ojos azules, ellos también miraban hacia el exterior. Pero seguro, no apreciaba lo que veía de la misma manera que el joven de cabello tricolor lo hacía.

El auto se detuvo, se podía ver que ya era momento de salir y entrar de nuevo a la casa del terror. Atem lo aceptó con un nudo en su garganta, caminando detrás de su nuevo jefe. No, no importaba cuanto tiempo pasaría, nunca aceptaría que Seto Kaiba sería su jefe.

Nadie tenía derecho a controlarlo, a dominarlo. Su hermano y él, como todos, eran personas libres. No debían estar encerrados aquí.

Caminando detrás de Kaiba, no dejaba de mirarlo. Tanto lo miraba que notó una marca roja en su cuello. ¿Y eso?

Atem no se esforzó por observar mejor aquella marca. Quería llegar a la mansión y ver a su hermano.

Pasaron de nuevo por el pasillo vacío, Atem recordaba la inocencia con la que veía las paredes, el suelo y las puertas. Su hermano tomando su mano, nervioso. Podía recordar cómo él mismo desconfiaba por unos segundos de su decisión, y no hizo nada al respecto.

Acabaron aquí, sirviendo a un joven loco y temperamental, no, a un psicópata.

Por más que este camino sólo lo vio una vez, Atem reconocía aquella puerta que escondía una habitación oscura donde mucha sangre fue derramada, muchos gritos y llantos estaban guardados dentro de esa habitación, seguramente.

Por unos segundos, se imaginó que entrarían allí de nuevo. Pues, desde que salieron de la casa de su abuelo, sólo hubo silencio. Atem no sabía a donde lo llevaría, por más que el objetivo estaba claro; debían llevar sus pertenencias a su habitación. Todo era tan confuso y aterrador, que Atem esperaba todo tipo de sorpresas.

Antes de dar un paso más cerca de aquella puerta, doblaron hacia la derecha y fueron por un camino distinto. Encontrándose con otra puerta, que Seto Kaiba abrió con total convicción revelando un gran salón donde muchas mesas amplias estaban reunidas.

El salón vacío, limpio, pero gris y con ventanas pequeñas que estaban casi tocando el techo. Atem rió internamente, aquella disposición de las ventanas tenía su razón de ser. No serían tan tontos como para entregarles una gran ventana donde podían salir corriendo.

Aunque, con sólo abrir la puerta y pisar afuera de la mansión, no se podría dar un segundo paso, porque para ese entonces, ya estarías muerto.

Eso es lo que le demostró Seto Kaiba con todas sus vagas y convincentes amenazas; sus posibilidades de escapar y de vivir.

Seto Kaiba no se detuvo ni unos segundos para tomarse la molestia de presentar el lugar. Atem quería abrir la boca para decir algo, pero la volvió a cerrar. Era mejor callar.

Nunca creyó que pensaría de esa manera.

Fue llevado de nuevo a ese oscuro y pequeño pasillo rodeado de puertas, la que estaba en el centro y al fondo, sería la puerta de la habitación que compartiría con Yuugi. Atem suspiró de alivio, pues no hubo ninguna sorpresa desagradable hasta ahora.

Uno de los guardias que los acompañaron todo el camino, abrió la puerta, y antes de que alguno diga algo, Atem fue empujado junto con sus cosas adentro de la habitación.

El pequeño de cabello tricolor supuso que no debían aclarar que ordenara esto bien y rápido. Esa era su primera tarea en este asqueroso nuevo trabajo.

Atem miraba hacia las camas vacías, bien tendidas, y sólo la imagen de un Yuugi melancólico mirando hacia la ventana se le aparecía frente a sus ojos, pero él no estaba allí, ya no estarían tanto tiempo juntos, tal vez. Sacudió su cabeza, no dejaría que eso pasara, ya le quitaron su libertad, su felicidad, a su abuelo; no iba a dejar que le quitaran a su hermano.

Atem estaba solo, con todas sus cosas tiradas en el suelo. Yuugi no estaba. ¿Dónde estaba? Recordaba que la ultima vez que lo vio, había estado hablando con un chico albino. Tenía ojos amables, no se tomó su tiempo para analizar mejor su imagen. Nada aquí era confiable.

¿Era un sirviente? Seto Kaiba lo llamó "Bakura", además, este mismo le pidió permiso al castaño para hacer algo. Seguro era un sirviente que ayudaría a Yuugi a integrarse.

¿Qué clase de influencia podría tener ese chico, o los demás sirvientes, en su hermano?

Su corazón latía furiosamente, parpadeó varias veces para espantar las lágrimas que estaban por caer. No iba a dejar que una lágrima cayera en este suelo. Sus rodillas golpeadas por el impacto que recibió al caer cuando fue empujado hace unos segundos.

Estaba arrodillado, maldición. Se levantó con tal brusquedad que casi cae de nuevo, mareándose por la rapidez con la que se movió. Se apoyó en la pálida pared. Cuatro paredes, una sola ventana que además estaba enrejada, sentía la claustrofobia invadir su corazón. Su cuerpo temblaba y un nudo en su garganta se formaba.

Tragó saliva y sacudió su cabeza. No dejaría que esta situación lo dominara. Encontraría la forma de escapar. Esa era su verdadera tarea.

Yuugi se mantuvo con Bakura en el jardín, a medida que pasaban los minutos y el albino le seguía hablando, el pequeño de cabello tricolor comenzaba a relajarse un poco, pero el temor de que este momento de paz acabara, aun persistía en lo más profundo de su alma.

—Creo que estoy hablando mucho. Mejor cuéntame de ti. — Dijo Bakura con amabilidad. Yuugi mordió el interior de su boca. No quería recordar todo lo que acababa de perder hoy. Sin embargo, apoyarse en buenos momentos, podía ayudarlo a seguir adelante.

—Solía ayudar a mi abuelo con la tienda de juegos, Atem y yo nos divertíamos mucho juntos, por ejemplo, jugábamos con las cartas para no aburrirnos al ordenar las cajas. — Al recordar esto mismo, lágrimas caían por sus ojos sin resistir. Eran simples momentos, las risas y las sonrisas compartidas con su familia eran como una daga en su corazón ahora mismo.

¿Podría recuperar todo eso?

Esa era su eterna pregunta.

Bakura tomó sus manos y lo miró con lástima. Al mismo segundo, cambió sus labios fruncidos por una amplia sonrisa, intentando regalar las buenas vibras a su nuevo amigo, quien no dejaba de llorar.

—Quizás puedan mostrarme una partida en la noche. —

Ofreció el albino.

Yuugi intentaba espantar las lágrimas, pero éstas siempre volvían. Suspiró para poder responder. – No, no nos dejarán divertirnos, no van a dejarnos ser felices. No vamos a poder hacer nada, ¿no es así, Bakura? – Yuugi insistió desesperado, dejándose llevar por la angustia. Bakura sólo seguía sonriendo.

¿Cómo podía soportar estar en un lugar así?

—No, en la noche no sucederá nada malo. Yo lo he hecho varias veces. — Yuugi no sabía si la respuesta de Bakura era verdadera o no, sin embargo, necesitaba esa confianza, sentía que podía contar con Bakura.

El viento y el aroma de las flores que los rodeaban, era maravilloso por más que le causara ciertos escalofríos a Yuugi, el pequeño podía sentirse un poco más cómodo aquí. Quería mostrarle este lugar a su hermano, en algún momento.

Bakura se levantó y le extendió su mano, ayudando a Yuugi a levantarse también.

Entraron de nuevo a la mansión y de camino a las habitaciones, unos gritos interrumpieron sus pasos. Sonaba como la voz de su joven jefe y unos chasquidos que se reconocerían como golpes.

A Yuugi se le puso la piel de gallina, Bakura trató de llevarlo a otro lado, pero el pequeño no podía moverse, despertó cuando escuchó la ruda voz del rubio que había conocido hace un rato. Estaba discutiendo con su jefe. ¿Discutiendo?

Eso terminaría mal, sí discrepaba con Seto Kaiba, el jefe, sólo acabaría en una tragedia. Jounouchi se veía como alguien rebelde, que no le importaría morir con tal de no arrodillarse. Como Atem.

Yuugi se soltó del agarre de Bakura y corrió hacia la habitación donde se encontraba la discusión.

—Siempre has sido un perro miserable, saliste de la basura, pero pronto regresaras a ella. — Dijo Kaiba, apretando su puño, preparándolo para usarlo.

Jounouchi escupió un poco de sangre y sonríe. —Pero si nunca salí de esta mansión. — Contestó con ironía, sabiendo que tratar esta mansión como una basura sería una buena ofensa. Solo faltaba insultar un poco más a su jefe para poder terminar de clavar el clavo que marcaría su destino.

Escuchó los gruñidos de su jefe, sabía que le esperaba un buen golpe, y luego, su gran arma; el látigo, primero sentiría sus huesudos nudillos.

Cerró con fuerza sus ojos, agachando su debilitada cabeza. Era un reflejo, no lo podía evitar, no estaba asustado por lo que le esperaba. Ya estaba acostumbrado al dolor. Un gemido de dolor se escuchó en la habitación al sentir el impacto, aunque, el dolor no era suyo; el gemido no salió de sus labios.

Abrió sus ojos y vio que tenía enfrente a su confundido jefe con su puño cerrado. Un montón de cabello tricolor invadía su rostro. El pequeño novato se metió en su enfrentamiento, recibió aquel golpe por él, y seguramente, también recibiría un castigo.

Su corazón se detuvo, nunca había pasado esto, ¿por qué ese mellizo se metió así? ¿Era estúpido? ¿O fue para defenderlo?

— ¿Atem? — Preguntó Seto Kaiba, sorprendiendo al rubio. ¿Ese era el nombre de su posible defensor? Hasta que el mismo sonrió, como sí hubiera cometido un error. — No, eres Yuugi. — Murmuró.

El pequeño temblaba en su lugar, no levantaba la mirada, sólo se cubría con susto, intentando demostrar una convicción que no tenía. Jounouchi no podía entender sus intenciones.

Yuugi apoyaba su mano en su cara, el puño había dado con su pequeña cara. Ardía, los latidos se sentían hasta en sus oídos. Un nudo en su garganta se formaba. No sabía que fue lo que lo llevó a meterse, sólo sintió en su corazón que debía hacerlo, no se hubiera perdonado haberse quedado quieto viendo como alguien más sufría las injusticias que sucedían en esta mansión. ¿Así se sentía su hermano cada vez que lo golpeaban a él?

Yuugi sonrió internamente, estaba orgulloso consigo mismo, a pesar de todo.

Kaiba tomó la muñeca del joven de cabello tricolor y lo empujó hacia la pared. — ¿Acaso ustedes tienen el estúpido habito de meterse en mi camino? No les va a salir barato, eso se los aseguro. — Amenazó su jefe nuevamente, con rabia saliendo de su garganta. El dolor en su rostro no se comparaba con la presión que Kaiba ejercía sobre su muñeca. Antes de que Jounouchi saltara a defenderlo, Kaiba lo soltó y salió de la habitación frustrado, como sí olvidara la verdadera razón por la que estaba ahí.

Al ver la ausencia de su jefe, Yuugi sintió sus rodillas debilitarse y se dejó caer al piso. Temblando y dejando que las lágrimas cayeran junto con un poco de sangre en la comisura de su boca. Su corazón latía con rapidez. No se arrepintió de lo que hizo, pero no iba a negar que estaba aterrado.

Jounouchi se frotó sus propios moretones, y limpiaba vagamente la sangre en su rostro. Miraba confundido al pequeño acurrucado en el suelo. ¿Se podría llamar coraje? ¿Qué significaba esto? ¿Cuál era su objetivo?

No pudo evitarlo, se acercó bruscamente a él para apoyar sus manos sobre sus pequeños hombros, alterando al joven angustiado.

Él lo había salvado, ¿por qué? Kaiba también pareció controlarse ante el mellizo. —¿Por qué hiciste eso? — Preguntó el rubio sin notar que sonaba alterado. Yuugi intentaba tomar aire ante las lágrimas que no paraban y el molesto nudo en su garganta que no lo dejaba acomodar sus palabras.

Sacudía levemente su cabeza. — Quería hacerlo. — Respondió con una débil sonrisa. Esto aturdió a Jounouchi, ¿cómo alguien podría querer hacer algo así por un desconocido? Además, él no le dio una buena impresión. Tenía que haber algo más. Jounouchi estaba por decir algo, pero el muchacho lo interrumpió con sus palabras arrastradas. — Algo que puedes ver y a la vez no. — Murmuró en una voz baja, llegó a los oídos del rubio, haciendo latir su corazón.

Jounouchi sintió sus ojos humedecerse, parpadeó para espantar las lágrimas. No iba a llorar, hace mucho tiempo que no lo hacía y no iba a hacerlo ahora. Sin embargo, la calidez que tenían las palabras del pequeño de cabello tricolor, era valiosa para él.

Yuugi sabía bien lo que quería hacer, iba a protegerlo. Porque nadie se merece semejante sufrimiento que se vivía aquí, y podía sentir que Jounouchi era alguien que necesitaba protección. El pequeño sintió la necesidad de defender a alguien que no conocía muy bien, simplemente porque su corazón lo había gritado, sin siquiera tener un motivo alguno, sólo que aquella persona le importaba y que debía hacer algo al respecto.

Sí eso era amistad, pues así la llamaría.

Jounouchi no supo que decir, se mantuvo callado. Un Bakura preocupado rompió el silencio, intentó levantar a Yuugi para acomodarlo en la cama del rubio. El albino llevaba en sus brazos una bolsa de plástico con algunas cosas adentro. De ella sacó una bolsa de hielo para colocarla en la zona golpeada. Yuugi no estaba gravemente herido, sólo había sido golpeado con demasiada fuerza, que su pequeña cara no podía soportarlo. Aparte de eso, estaba debilitado emocionalmente, Jounouchi conocía esa sensación, todos en la habitación conocían lo que Yuugi sentía. Sólo que cada uno lo manifestaba de una manera distinta.

Al sentirse un poco mejor, Yuugi se ocupó de usar la bolsa de hielo sobre los golpes de Jounouchi, que eran más graves.

Lo que necesitaban para sobrevivir era el compañerismo, sí se peleaban entre ellos y se cuidaban sólo sus propias espaldas, no iban a poder seguir adelante. Yuugi no dejaba de preguntarse: ¿Cómo es que alguien como Bakura, o Jounouchi, podía sobrevivir a esto por tanto tiempo?

Los tres tuvieron una conversación relajada, como sí no fueran parte de toda esta tensión; bromearon y Jounouchi se interesó por el juego de cartas Duelo de Monstruos, logrando que Yuugi se tomara su tiempo para explicarle cómo funcionaba el juego.

Estaba anocheciendo y Bakura y el rubio debían ir a trabajar. La tarea de Jounouchi era lavar la ropa, y Bakura debía preparar la cena.

Parecían tareas simples, pero se volvían una tortura cuando tenían a alguien por detrás que los estaba presionando.

Yuugi no tenía una tarea asignada, Bakura le había dicho que sólo debía volver a su habitación y ordenarla, sí es que su hermano no lo estaba haciendo ya. Aun así, esa era la primera tarea. Así fue para todos los que sufrieron su primer día.

Yuugi estaba emocionado por volver a ver a su hermano, había pasado una tarde entera sin encontrarse con él. Lo extrañaba demasiado, lo necesitaba a su lado.

Llegó a su habitación, abriendo la puerta con temor, revelando la figura de su hermano acomodando la ropa en los cajones. Al escuchar la puerta rechinar por el movimiento, Atem se volteó bruscamente. Yuugi mordió el interior de su labio, su hermano también estaba alterado.

Atem dejó lo que estaba haciendo para correr hacia Yuugi, éste creyó que lo abrazaría, sin embargo, lo primero que hizo fue cerrar la puerta; luego lo abrazó con fuerza. — ¿Cómo has estado? ¿Te hicieron algo? — Atem preguntó con preocupación. Yuugi se aferró a su hermano.

— Estoy bien. — Contestó débilmente.

Atem no estaba muy seguro de sí su hermano le hablaría con honestidad, lo soltó un poco para ver mejor su rostro. Una pequeña marca roja se había formado en su mejilla.

Frunció el ceño. Alguien golpeó a su hermano. — ¿Te golpearon? — Apoyó suavemente sus manos en sus hombros, mirándolo fijamente.

Yuugi no quería preocuparlo, era algo que pasaría seguido y sí Atem se enteraba de eso, no dudaría en sacrificar su seguridad por defender a su hermano. Yuugi sacudió levemente su cabeza, sin saber sí lo estaba negando o afirmando. ¿Qué debía decir? A veces le mentía a Atem cuando lo golpeaban en el colegio, pero esto era distinto. Aquí dependía la vida de todos.

Ambos sabían que, si daban un paso en falso, podrían morir.

— Olvídalo, Atem, por favor. No es nada grave, en comparación con lo que te sucedió a ti. — Ante las palabras de Yuugi, Atem recordó repentinamente el sonido del látigo haciendo eco en la habitación oscura; sus gritos ahogados y los susurros de Seto Kaiba.

Pero también, despertar en la habitación de su victimario, fue lo peor. No sólo lo lastimaba gravemente, sino que también era tan descarado como para curar las heridas que le había dejado. ¿Por qué? ¿Por qué no lo dejaba que se desangrara?

¿Debía agradecerle que lo haya cuidado? ¿Qué no lo haya dejado morir así podía cuidar de su hermano en esta asquerosa casa de tortura?

— Sí te hace sentir mejor, hice nuevos amigos aquí. De hecho, vendrán más tarde para vernos jugar a las cartas. — El comentario de Yuugi lo sacó de sus pensamientos, hasta le había creado una nueva preocupación. ¿Amigos?

—¿Cómo que amigos? — Atem preguntó bruscamente. — No puedes confiar en nadie, Yuugi, no puedes saber exactamente quién es tu amigo y quién es tu enemigo. — Explicó, sintiendo como la frustración subía por su garganta. ¿Por qué su hermano tenía que ser tan confiado?

Yuugi lo miró preocupado, sus palabras eran ciertas, pero tenía que confiar en aquellos con los que iba a trabajar, le serviría para sobrevivir. Bakura y Jounouchi no eran mala gente.

Antes de que Yuugi pudiera decir algo, Atem lo interrumpió. — Y no quiero saber nada con ellos viniendo aquí. ¿Así que ahora pueden venir con semejante libertad? ¿No sabes que nos meterán en problemas? Quizás es un plan para acabar con nosotros. ¡Yuugi, despierta! — Atem se había dejado llevar por la alteración, y no se había dado cuenta que los ojos de su hermano comenzaban a brillar. Estaba por hacerlo llorar.

¿Por qué era tan inocente?

Sin embargo, la culpa había calmado su furia. — Lo siento, Yuugi. Es sólo que, debemos ser más cuidadosos. — Atem se disculpó, abrazando nuevamente a su hermano.

— Lo sé, es que, tal vez ellos puedan ayudarnos a superar todo esto. Son víctimas igual que nosotros, y quien sabe cuánto tiempo estaremos aquí. — Al decir esto, Yuugi recordó el mensaje de auxilio que le había dado a Atem. Tomó sus manos con esperanza. — ¡La nota! ¿Entregaste la nota? — Atem sintió que su corazón se detenía. ¿Qué nota?

Ah, esa nota. El papel arrugado con la letra desprolija de Yuugi.

Metió su mano en el bolsillo, pinchando la punta de su dedo índice con el borde del papel doblado. Llevó su mirada hacia el suelo, apretando sus labios, con la inseguridad invadiendo su alma. La esperanza de Yuugi se desvaneció como la calma de ellos dos, frunciendo sus labios con decepción, sus ojos brillando peligrosamente. Ahora sí que iba a llorar.

Las lágrimas rozaron sus pálidas mejillas, sus manos volvían a temblar. Sí entregaba la nota, quien sabe qué iba a pasar.

— ¡Dime que la entregaste! — Gritó Yuugi con desesperación. Atem lo tomó por los hombros, apretando suavemente para que se callara. Sí alguien escuchaba esta discusión, estaban fritos.

—Yuugi, cálmate. No era seguro entregar esa nota. —Explicó Atem.

Yuugi volvió a gritar. — ¡Claro que era seguro! ¡El abuelo pediría ayuda y no estaríamos aquí encerrados! — Al decir esto, se dejó caer en el suelo, acurrucándose en sus rodillas, dejando que las lágrimas salieran sin vergüenza.

Atem sólo se mantuvo en su lugar, anonadado, la culpa formando un nudo en su garganta que no permitía que su razonamiento funcionara a la perfección.

¿Perdieron su única oportunidad para escapar?

No, encontrarían una nueva.

Era la hora de la cena, y una especie de timbre ruidoso les había avisado aquello. Todo lo que Bakura le había explicado a Yuugi, Kaiba se lo explicó a Atem, y cuando Atem tuvo que escuchar a Yuugi explicarle de nuevo, sólo pudo sentirse cada vez más acorralado por el listado de reglas que había en este lugar y parecía tan innecesario, después de todo, entre esas reglas debía haber una de protección. Obviamente, eso no se cumpliría.

Llegaron al amplio salón con grandes mesas, donde muchos jóvenes y unos pocos adultos se juntaban a comer. Les sorprendía que haya ancianos en el lugar. ¿Eran todos sirvientes?

Kaiba caminaba alrededor de las mesas y se detenía con una sonrisa al ver a los mellizos entrar. El albino saludaba tímidamente a Yuugi e intentaba atraer su atención para que se sentara con él. Yuugi decidió sentarse junto con él y con Jounouchi por cuenta propia. Eran las únicas personas en las que él confiaba.

Atem lo siguió con cierta desconfianza.

Es bien sabido que alguien tenía que llevarle la comida a los jefes, sí es así, ¿por qué Kaiba se la pasaba caminando como un lobo esperando a su presa?

Atem no podía soportarlo. Yuugi se tensaba en su asiento.

La comida era arroz con pollo; un arroz insípido con pequeños pedazos de pollo. Atem jugaba con los granos pegados de arroz, sin probar mucho.

Los mellizos pensaron que serían presentados ante todos, pero Kaiba no hizo mucho anuncio de su llegada. Supusieron que era mejor para ellos, no debían llamar la atención.

— ¿Yuugi? ¿Crees que podamos? — Susurró Bakura sutilmente cuando Kaiba se alejó de su mesa. Atem se enteró, estaban hablando de su plan de juntarse para jugar. No era una buena idea, no debían.

Yuugi no hizo más que asentir moviendo su cabeza. ¿Estaba tomando decisiones sin consultar? Le dijo que era peligroso. Atem no podía protestar o llamaría la atención. Jounouchi observó al hermano de Yuugi, ya que este se veía bastante agitado, como si quisiera decir algo.

Kaiba caminaba cerca de su mesa con sus manos atrás de su espalda, vigilando atentamente. Atem veía esos puños unidos, su piel pálida y los nudillos sobresaliendo de su mano. El sonido de sus zapatos pisando el suelo de madera bien pulida. ¿Quién se habrá tomado el trabajo de pulir el suelo? ¿Quién habrá sudado sangre por realizar a la perfección aquella tarea?

Suspiró con fuerza, haciendo que Yuugi notara su preocupación, que no haya probado ni un bocado de lo que había en su plato. Kaiba miraba fijamente la comida de Atem, y que este no había comido. Ignoró tal actitud de rechazo por el alimento que se les ofrecía.

Atem simplemente no podía comer, no es que la comida fuera asquerosa (aunque en realidad, sí lo era), sino que sentía un fuerte nudo en su garganta y una violenta marea golpear las paredes de su estómago haciendo que probar un grano de arroz sea la peor decisión.

Estaba tenso e indispuesto. Sólo quería que llegara la noche para irse a dormir, deseando no despertar jamás.

Sin embargo, Yuugi tuvo la grandiosa idea de invitar a esos desconocidos a su habitación, sin siquiera pensar dos segundos en el peligro que correrían.

Jounouchi le dio una suave palmada en la espalda a su hermano Yuugi, provocando que Atem frunciera el ceño con desconfianza. El rubio se tomó la molestia de hablar por lo bajo, pero sus palabras llegaron a los oídos de Atem. — Mejor dejemos ese encuentro para después, seguro tendremos otra oportunidad. — Murmuró el rubio en el oído de Yuugi, este sonrió levemente y asintió, luego le pasó el mensaje a Bakura.

A todo esto, Kaiba no se enteró de su conversación, por suerte.

Bakura y Jounouchi estaban sentados con Yuugi. Él estaba en el medio, Bakura a la izquierda y Jounouchi a la derecha, Atem se sentó en la banca que los enfrenta, sin nadie a su lado, sólo viendo como su hermano estaba rodeado de personas.

No le daba importancia a ese vacío en su asiento, pero se sentía demasiado frío.

Lo bueno de todo, es que más tarde esos dos no iban a aparecer; de todas maneras, iba a mantenerse despierto mientras Yuugi dormía, no podía dormir tranquilamente en esta mansión.

Había sonado la campana, haciendo que sus oídos dolieran y saltara en su asiento. El sonido hacía eco en el amplio salón, indicando que era momento de levantarse y llevar los platos a la cocina, donde alguien se ocuparía de lavarlos mientras los demás se iban a dormir para levantarse absurdamente temprano y ducharse en un baño compartido.

Era una rutina que había que cumplir, sin importar sí querían o no. Esa era la regla de esta mansión.

Los mellizos se dirigieron a su habitación como hizo el resto. Jounouchi y Bakura se despidieron de Yuugi mientras saludaban tímidamente a Atem. ¿Por qué Yuugi había entrado en confianza tan rápido con ellos?

Quizás, Yuugi se mostraba como alguien inocente y noble, mientras Atem llevaba una mirada penetrante y llena de sospecha.

Tomados de la mano, los mellizos se encerraron en su habitación, sólo unos hombres en traje negro parecidos al "Silencioso" (también conocido como Isono), los siguieron para asegurarse de que se fueran a dormir.

La luz del velador era lo que los iluminaba, no se sentían seguros en las cuatro paredes, pero eran sólo ellos dos. Tenían una pequeña esperanza de que había cierta intimidad.

Atem no miraba a Yuugi. Estaba demasiado distraído en sus pensamientos, pues, primero que nada, todavía no olvidaba los puños cerrados de Seto Kaiba, sus ojos azules profundamente penetrando en sus heridas, sus labios apretados cuando se enojaba y sus manos impactando fuertemente contra su mejilla. Segundo, Bakura y Jounouchi, era el primer día y Yuugi ya había cometido el primer error. Por suerte, quien sabe por qué, el rubio decidió posponer la reunión.

Luego pensaría sobre ello.

— ¿Qué relación tienes con esos dos, Yuugi? — Preguntó Atem, rompiendo el silencio mientras se quitaban la ropa para ponerse el pijama. Se estaban dando la espalda.

— No lo sé. — Murmuró Yuugi, irritando un poco a Atem. ¿Qué es esa inseguridad?

— No puedes juntarte con alguien con quien no tienes relación. — Respondió secamente.

Yuugi sintió un nudo en su garganta, odiaba la desconfianza de su hermano, a veces era irritante y doloroso.

— No dije que no tenga relación, sólo dije que no sé qué clase de vinculo tengo con ellos. — Yuugi aclaró con impaciencia.

Atem apretó sus uñas contra la palma de su mano, mordiendo el interior de su labio. — Te diré algo, Yuugi: eres demasiado confiado, y me gustaría que cambies ese defecto. — La palabra "defecto" resonó en los oídos de Yuugi, clavándose como una daga afilada en su corazón. ¿Su confianza era un defecto? Podría callar a su hermano contando todos los defectos que él también tenía, pero Yuugi se detuvo a aceptar sus palabras, pues quizás su confianza era un defecto en un lugar así, quizás él no estaba siendo lo suficientemente precavido.

Los mellizos se terminaron de vestir, aquel frío silencio era aterrador para Atem, detestaba que sus discusiones siempre terminaran con él teniendo la última palabra. Atem no iba a decir que no tenía la razón, pero Yuugi también podría discutirle un poco más y, sin embargo, no se defendía. Sus labios estaban fruncidos y sus ojos brillantes. Tanto se sentía su tristeza que ni la luz apagada permitía que sus ojos se volvieran tan ciegos como para no ver que su hermano estaba a punto de llorar.

Ese día fue demasiado para él, y Atem no supo controlarse, debía resistir toda angustia para calmar la de su hermano Yuugi.

Se acostaron en sus camas correspondientes, sólo una mesita de luz los separaba. Atem movía sus manos debajo de la almohada, mirando con tristeza a su hermano que cerraba débilmente los ojos, fingiendo querer dormir. Algo frío y metálico se sentía en sus dedos, interrumpiendo la calidez de las sabanas.

Atem sonrió, recordó lo que había dejado debajo de su almohada. Abrió la cajita de metal lentamente para no hacer mucho ruido, y sacó el mazo de cartas de Yuugi.

Extendió su mano, sosteniendo firmemente el mazo y llevándolo a la cama de Yuugi, al no alcanzarlo, Atem intenta llamar su atención. — Yuugi… — Murmuraba, sin borrar su sonrisa. Cuando Yuugi abrió sus ojos, lo primero que veía era la sonrisa de Atem, haciendo latir su corazón con esperanza, entonces, llevaba su mirada al mazo en su mano.

—¿Lo trajiste? — Preguntó confundido, no sabía si afirmarlo o preguntar, ya que esto se sentía como un sueño. Su alegría era muy simple, pero valiosa, ese mazo de cartas simbolizaba todos sus buenos recuerdos con Atem.

— El abuelo me pidió que te lo quedaras. — Respondió Atem. — Sí quieres podemos jugar una partida antes de dormir, también traje el mío.— Añadió.

Yuugi abrió los ojos como platos, no podían arriesgarse. — Pero… —Comenzó a decir.

— No quiero perder nuestra libertad, compañero, sí no hacemos mucho ruido ni encendemos las luces, podremos jugar sin problema. Sólo nosotros dos. — Ofreció sentándose en la cama.

Yuugi asintió con alegría.

Los mellizos acabaron durmiéndose tarde, con una sonrisa dibujada en sus rostros. Temprano sonó el ruidoso timbre que marcaba que debían levantarse para ir a las duchas. Atem sintió el amargo sabor de imaginarse que muchos lo verían desnudo, tanto a él como a Yuugi. Era demasiada la humillación.

Llevaron sus toallas y la ropa que necesitarían para el día. Atem miró fijamente a su hermano. — Por favor, asegúrate de mantenerte cerca de mí. — Le dijo con preocupación. Ya que sus cuerpos estarían expuestos, debían cuidarse las espaldas.

El salón de las duchas era bastante amplio, gris y libre para que todos se movieran a donde quieran. Parecía de una prisión, la diferencia es que este era el único lugar que tenía ventanas sin rejas, ventanas muy pequeñas que casi tocaban al techo, haciendo que los demás sean incapaces de alcanzarla.

Se sentía el agua helada del pequeño chorro mojar su piel, causando que estos temblaran ya que la mañana era fresca y el agua no los ayudaba a soportar el clima.

Atem sintió como el agua fría caía por su cabello, haciendo un camino con su cuello, siguiendo por su espalda, generando más temblores. Se abrazaba a sí mismo, sabiendo que con eso no sentiría calor, pero de alguna manera lo aguantaría.

Tratando de resistir, observaba todo el lugar, había caños dorados para apoyar las toallas, una gran distancia entre cada ducha, todos los cuerpos estaban a la vista. Atem no dejaba de vigilar a Yuugi y su alrededor.

Los caños estaban cerca de las ventanas, haciendo que este inventara un posible plan de escape. Lo hizo vagamente, sabiendo que no funcionaría.

Sin embargo, lo pensó dos veces. Volvió a observar el lugar, no había ninguna cámara, ni nada parecido. Las ventanas eran pequeñas, pero podían abrirse, Yuugi entraría perfectamente por ahí, y, por lo tanto, él también. El caño se veía resistente así que podrían pararse ahí para intentar subir y llegar a la "salida".

¿Lo apostaría todo en este plan?

Cuando sonó un timbre y todos cerraron la ducha, con algunos murmullos que podrían sonar como quejas, los mellizos supieron que debían cerrar el agua también y conformarse con el poco progreso que hicieron al lavarse. Atem miró a Yuugi, logrando que se miraran fijamente.

Yuugi se sentía seguro ante esa mirada, siempre significaba que estaba todo bajo control, que no estaba solo, pero no pudo regalarles una sonrisa a esos ojos que siempre lo apoyaron.

Todos tomaron sus respectivas toallas, los mellizos no podían hacer más que copiar los movimientos de los demás, pues no estaban acostumbrados a este régimen.

Los mellizos se quedaron quietos en su lugar, Atem esperaba a que todos se vayan, también veía sí podía acercarse a Bakura para expresarle una duda que tenía; Yuugi sólo lo seguía a su hermano.

Una discusión se creó al fondo, que podía escucharse por el eco que generaban sus gritos. Parecía que estaban peleando por una toalla, por lo que se podía ver, había una toalla por cada sirviente, supuestamente. Faltaba una y ninguno estaba dispuesto a compartir. Yuugi quiso intervenir, pero Atem lo detuvo.

Sí esto iba a ser cosa de todos los días, no iba a arriesgar a Yuugi a que intervenga todas las veces que esto suceda. Debían acostumbrarse a ello.

Los gritos pasaron a los golpes, hasta que dos guardias en traje negro que salieron "de la nada" los tomaron por los brazos y se los llevaron a un lugar aparte. Ninguno de los mellizos quiso imaginar cómo los calmarían.

Finalmente, todos fueron enviados a sus habitaciones a vestirse. Cuando Bakura se acercó a los mellizos, Atem lo tomó por el brazo, deteniendo sus pasos.

El albino lo miró aturdido. — ¿Sucede algo? — Preguntó con su voz amable.

Atem apartó su mirada, revisando que nadie los estuviera espiando. — Quisiera ocuparme de limpiar las duchas. — Dijo sin más.

Bakura también miró a su alrededor, apretando sus labios. — Es un trabajo para dos. — Contestó el albino.

Atem sonrió levemente para que no se notara. — Entonces, Yuugi me puede ayudar.

Bakura sacudió su cabeza. — No es algo que yo decida, el jefe les dará tareas ahora. — Esas palabras sólo derrumbaron las esperanzas del chico de cabello tricolor. Yuugi escuchaba confundido la conversación, ¿qué planeaba su hermano?

Aturdido por esa respuesta, Atem soltaba lentamente el brazo del albino, quien se fue sin preguntar. Yuugi tomó la mano de su hermano, insistiendo que siguieran al resto. Era demasiado temprano como para recibir un castigo por mantenerse quietos.

Los mellizos caminaron con el resto, entrando a sus respectivas habitaciones para vestirse.

Yuugi se vistió con una remera sin mangas de color negro y lo combinó con un pantalón del mismo color, acompañando eso con un par de zapatillas. Atem se vistió con vaqueros y una remera negra de mangas cortas, también decidiendo usar unas zapatillas.

Mientras se vestían, Yuugi no podía evitar la curiosidad por la conversación de hace un rato. —¿Qué planeas, hermano? — La pregunta fue directa, conocía bastante bien a su hermano como para borrar de su mente la idea de que Atem sólo estaba dispuesto a limpiar con una sonrisa.

Atem mordió el interior de su cachete. No iba a decirle su plan ahora, debía esperar hasta tener todo listo. — Me encantaría decirte que tengo algo, pero no es así, compañero. — Le contestó con una mentira, sabía que eso podía decepcionar a Yuugi, pero era lo mejor por ahora.

Yuugi suspiró, ¿Qué razón tendría Atem de mentirle? Sí quería escapar, sólo iba a decírselo. Atem no perdería oportunidad para anunciarle la posibilidad de salir de esta prisión.

Luego de vestirse, salieron tímidamente de su habitación, viendo que algunos se iban hacia el enorme comedor. ¿Ahí es donde se reunirían siempre?

Algunos estaban sentados en los bancos, y otros todavía no llegaban. Bakura siempre estaba puntual a todo, así que él era uno de los que ya esperaban el anuncio de su jefe, sentado con sus dedos cruzados. Miraba a los mellizos evitando formar una sonrisa para no llamar la atención, los hermanos ya entendieron su mirada como una invitación.

Yuugi y Atem se sentaron con el albino, esta vez Atem no tenía un espacio vacío como la noche anterior. Su hermano se encontraba a su lado, haciendo que su corazón latiera con alivio. Todos iban llegando a pasos lentos, Jounouchi fue el último en llegar.

Seto Kaiba estaba parado en el espacio entre las mesas, con sus brazos cruzados. Llevaba un saco negro, corbata y pantalones del mismo color, lo único que resaltaba era la camisa blanca. Atem pudo observar que la camisa no se ajustaba perfectamente a su cuerpo, por más que Kaiba mantuviera una posición firme, su jefe era bastante delgado. Su piel pálida hacía que se vea como alguien que se estaba a punto de desmayar.

Atem no sabía sí él era el único que notaba esto, no sabía sí ya se estaba volviendo loco al no mirar a su jefe con temor. ¿Por qué no? Esos ojos azules penetraban en su corazón, pinchando como un broche de metal afilado, arrancando cada pedazo de su carne. Y, sin embargo, su posición firme no le causaba ningún temblor desde ese día. Quizás ayer podría haberle generado escalofríos, pero hoy, era alguien distinto.

— ¡Atención! — Exclamó Seto Kaiba, llamando la atención de todos los sirvientes presentes en el salón. Un pizarrón se reveló en la gran pared dejando de ser cubierto por una cortina roja, allí estaban anotadas todas las tareas y debajo de ellas un nombre; Atem no llegaba a ver el suyo. — Como sabrán, semanalmente nosotros les señalaremos las tareas que tendrán que realizar durante toda la semana de turno. Lo que harán en la mañana, tarde y noche, lo decidiré yo. — Intentó hacer énfasis en la palabra "yo". Atem alzó una ceja, todos se veían intimidados ante su voz firme, pero él, simplemente no se podía asustar. De repente, el castaño miró a los mellizos. — Los novatos, en la mañana lavarán la ropa. — Atem quiso escupir ante esa orden, como sí fuera a humillar a él y a su hermano lavando ropa ajena, y mucho peor, la ropa de un hombre como Seto Kaiba. — En la tarde, limpiaran las duchas. — Un grito de victoria era lo que Atem se estaba reteniendo, Seto Kaiba había caído justo en su trampa, no sabía si había sido el destino que le regaló un milagro, le agradeció al cielo porque a alguien le tenía que agradecer y no iba ser a Seto Kaiba. Su mirada no era fija, así que quizás no era porque sabía sus planes, de todas maneras, no había forma de que lo sepa, Atem nunca lo difundió. — Y, por último, en la noche limpiaran la cocina. — Atem sonrió, para ese momento ya no iban a estar.

Era difícil para Atem ver sí las tareas tenían una relación, todas se trataban de limpiar. ¿Era una humillación? Debían limpiar ropa ajena, luego las duchas donde muchas personas se ocuparon de lavar todo su cuerpo allí, y la cocina, donde se ha trabajado y quedan los restos que han dejado los demás.

Kaiba siguió dejando tareas para los siguientes, los que ya tenían la suya asignada no debían quedarse a escuchar sino a realizar lo que se les mandó.

Yuugi no dejaba de lucir decepcionado, la partida amistosa que tuvieron Atem y él en la noche lo había alegrado, pero eso no lo sacaba de su nueva realidad. Su pecho dolía demasiado y un nudo en su garganta que lo obligaba a caer en la angustia. Una mano cubría la suya esperando consolarlo, la sonrisa de su hermano Atem invadía su corazón herido, aliviando un poco el dolor.

Se levantaban de la mesa para ir a lavar la ropa. Unos hombres en traje negro los guiaron hacia su destino.

Fueron observados todo el tiempo que estuvieron lavando, haciendo que el trabajo sea más incómodo de lo que ya era.

¿Cómo sería cuando les tocara la tarea de la tarde? Atem se mordió el labio, pensativo. Yuugi no dejaba de notar la tensión en su hermano, a él le afectaba más que nadie tener que hacer esta clase de tareas, porque su orgullo lo tomaba como una humillación. Yuugi no iba a mentir, él también lo sentía así.

Sonó el timbre, los mellizos pensaron que debían ir a limpiar las duchas, pero los dos hombres los detuvieron. — Es el receso del mediodía. — Explicó uno de los hombres en traje. ¿Receso? Los mellizos se miraron confundidos.

—El receso les dura media hora, aprovechen. — Dijo el otro con firmeza. ¿Debían agradecer? Era extraño que en un lugar donde se ejercía autoridad a través del daño físico y psicológico pudieran considerar el receso. Los hombres sólo dejaron que los hermanos caminaran por donde quisieran en la mansión, dejándolos solos. Había libertad de movimiento, pero, la libertad no la sentían.

Yuugi tenía los hombros inclinados, la mirada hacia el suelo como sí sólo se fijara en ver por donde pisaba, sus labios fruncidos y sus manos…

Atem rozó sus manos con las de su hermano; estas estaban frías. Entrelazó sus dedos con los de él y lo llevó a la habitación que les correspondía para sentarlo en la cama y observarlo mejor.

Yuugi se veía un poco confundido, no podía evitar reflejar tristeza. Atem presionó sus palmas en las mejillas de su hermano. Su rostro también estaba un poco frío, estaba pálido y sin energías. Sin duda estaba debilitado y necesitaba descansar. No podía llevar a cabo su plan con Yuugi así, sí tan sólo pudiera lograr que Yuugi recupere un poco de energía en esta media hora, entonces todo saldría bien.

Quizás debía ponerle más esfuerzo, ocupándose de que Yuugi tuviera los ojos abiertos a la hora de escapar y que sea capaz de subir a la ventana de las duchas.

— Estoy bien, hermano, no me mires así. — Dijo Yuugi con su voz débil. Se notaba que le costaba mantener sus ojos abiertos.

—Te ves pálido, necesitas descansar. — Atem le respondió, empujando el cuerpo de Yuugi levemente hacia la almohada. — Yo te despertaré cuando termine el receso. — Le dedicó una sonrisa que fue suficiente para que Yuugi se relajara y se quedara dormido.

Atem se mantuvo unos minutos mirando su rostro relajado al dormir, estaba tenso, nervioso por lo que estaba por hacer. Cuando todo esto termine seguro que se tiraría al suelo a gritarle a las nubes.

Con su mano en su pecho podía sentir sus fuertes latidos al ritmo de su pierna moviéndose constantemente. Pinchaba inevitablemente su labio inferior con su uña.

¿Por qué estaba dudando? Le costaba llevar a cabo sus ideas estando en un lugar así, donde no sabía de qué lado vendrían las balas. Suspiró con fuerza y decidió ponerse en movimiento; le buscaría algo de comer a Yuugi, necesitaba alimentarse.

Caminaba con largos pasos el pasillo oscuro, las paredes eran puertas; imaginaba qué podría estar pasando detrás de ellas.

No, no quería imaginarlo. ¿Cuántos corazones estarán sufriendo como ellos? Sí pudiera llevárselos a todos, lo haría, pero Yuugi era su prioridad y el plan se arruinaría con tantas personas en el medio.

Inevitablemente había llegado al comedor, pues era el único camino que se sabía de memoria. La mansión era demasiado grande, había demasiadas puertas y Atem no podía evitar temblar con sólo pensar en pasar por alguna de ellas. No quería conocer a nadie, ni saber más secretos de este lugar. ¿Qué haría cuando escape? ¿Hablaría de ello? ¿Sería inteligente? Ya lo resolverá cuando pueda pisar lejos de esta prisión.

Algunos sirvientes estaban sentados en las bancas del comedor, charlando, comiendo o simplemente mirando a la mesa de una manera deprimente. No había ni una cara conocida, sin embargo, la mayoría de los rostros eran jóvenes, casi de su edad o un poco mayores. Estaban lejos de la vejez, tenían un futuro por delante, supuestamente.

Sí había sirvientes comiendo algo, significaba que la cocina era accesible, así que Atem intentó deducir cual de todas las puertas sería la de la cocina. No quería preguntarle a nadie, no quería hablar con nadie de aquí. Caminó sin rumbo por el lugar, abrió la primera puerta que encontró. Era distinta, lejos del comedor; amplia con largas y frías manijas de metal, blanca y pesada al abrir. Un extraño olor a tierra invadió su nariz. Sus pisadas sonaban como si estuviera rompiendo el suelo, seguro había pedazos de vidrio de algún plato roto.

La sala estaba vacía, llena de polvo, ni un solo elemento de cocina. Una sola luz iluminaba las mesas, lo único que se encontraba en la habitación. El suelo de madera, las mesas polvorientas y arriba había pequeñas cajas abiertas, en el suelo cajas más grandes y cerradas. La curiosidad fue más fuerte y causó que Atem inclinara su cabeza hacia las cajas pequeñas para ver su contenido.

Su corazón se detuvo por unos segundos, sintiendo el frío sudor correr por su espalda cuando vio pequeñas balas adentro de esas cajas. Sí sentía que había visto poco, tenía que saber que tenían armas en este lugar. Quien sabe sí las traficaban, sí las utilizaban para el trabajo que ejercen aquí, para torturar… para matar.

Sus piernas no reaccionaban, casi caía al suelo con debilidad, quería reír para no dejar que las lágrimas cayeran de sus ojos. No quería abrir las otras cajas, ya sabía lo que iba a ver.

¿Por qué? ¿Cómo les hizo caer en una trampa fatal?

Temblaba, sus huesos dolían, su pecho ardía, sus ojos se humedecían peligrosamente, amenazando con dejar escapar las lágrimas que tanto le costaba retener.

Ya no iba a dudar; tenían que salir de ahí, cueste lo que cueste.

Escuchó su nombre salir de una voz aguda y suave. Bakura.

Atem salió rápidamente de la habitación, fijándose que no haya señales de que él estuvo ahí. Con sus latidos acelerados se alejó de ahí, intentando olvidar lo que vio por lo menos por el rato que estará hablando con Bakura, quien por lo visto lo estaba buscando.

Sin darle tiempo de prepararse mentalmente, el albino ya estaba parado frente a él, dedicándole una sonrisa amable y aliviada. —Ahí estas, creí que te había perdido. La mansión es demasiado grande como para que andes explorando tú solo. — Atem se sintió perseguido, ¿por qué Bakura se preocupaba por él? No es como si fueran amigos, tenía que haber algo detrás de su amabilidad. — En realidad estaba buscando a Yuugi, y como siempre andan juntos pensé que sería lo mismo buscarte a ti. ¿Dónde está tu hermano? — Preguntó preocupado.

Atem se alteró levemente, es como si el albino pudiera leerle la mente. Sacudió su cabeza; ya estaba pensando locuras.

—¿Sabes dónde encontrar comida? — Atem ignoró todas sus preguntas y fue directo a lo que buscaba, ya que Bakura iba a estar por encima de él en el tiempo que se quedaría aquí, por lo menos lo utilizaría a su beneficio. Bakura desvaneció su sonrisa para detenerse a pensar.

— Ven conmigo, te mostraré donde queda la cocina. Allí podrás encontrar lo que quieras, aunque hay un reglamento de lo que se puede usar y lo que no. — Su tono cordial no se alejaba de él, siempre se mantenía sonriente y simpático con los mellizos. ¿Por qué?

Atem siguió al albino, y resultaba que la cocina estaba más cerca del comedor de lo que él pensaba. La puerta también era distinta, era parecida a la de la habitación con armas sólo que la puerta de la cocina era corrediza. Al revelar lo que había del otro lado, el joven de cabello tricolor tragó saliva de los nervios que se acumulaban al tener que revelar el interior de una nueva habitación. Era un terror que no podía superar.

Como Bakura había mencionado, en la pared había una hoja con una lista de horarios y el menú correspondiente, lo que indicaba qué era lo que no debía tocar ahora, ya que algunos materiales serán utilizados para la cena y no quería pensar en qué les pasaría sí les faltaba por lo menos uno de ellos.

El albino abrió la heladera, Atem escuchó el sonido de bolsas de plástico moviéndose, en segundos Bakura se volteó hacia él con los brazos llenos de verduras. — Con esto le podrás hacer una sopa. Nos sobraron verduras, así que no habrá problema sí nos ayudas a reducir la cantidad. — Hasta ahora Atem sólo se concentró en prepararle algo de comer a Yuugi, sus sospechas hacia Bakura las había ignorado, no iba a estar mucho tiempo por aquí, así que el albino no sería una molestia.

Dejó que Bakura lo ayudara, faltaba poco tiempo para que el timbre sonara y marcara el fin del receso. El tiempo que tenía sería el suficiente sí tenía la ayuda necesaria, Yuugi tenía que tomar de esa sopa con tranquilidad, sin la presión del horario que debían cumplir.

Bakura hizo casi todo el trabajo, Atem no era un especialista en la cocina ni tampoco sabía lo básico; en resumen, era un desastre cuando de cocinar se trataba.

El aroma del caldo en el agua hirviendo mezclado con las verduras que se cocinaban y el calor calmaban el enfermizo frío que Atem sentía, estaba tentado de servirse un poco de sopa, pero ignoró sus deseos.

En cuanto se anunció que la sopa estaba lista, el joven de cabello tricolor se lanzó a servirla en un bol de cerámica y lo llevó a la habitación donde se encontraba su hermano. Olvidando agradecerle a Bakura por 'sus servicios'.

Yuugi seguía acostado en la cama, esta vez en posición fetal. Atem se golpeó mentalmente al ver que olvidó taparlo con el cobertor. Por lo menos lo compensaría con la sopa caliente.

Sacudió levemente a su hermano, luego de apoyar el bol con sopa en la mesita de luz. A Yuugi le costó despertarse; apretaba con fuerza sus parpados y con dificultad podía abrir los ojos, no pudo evitar alterarse cuando vio el rostro pálido de su hermano. Se levantó bruscamente de la cama, sintiendo como el cuerpo le fallaba y con temblores cae de nuevo a la cama. Con un fuerte dolor de cabeza supo que moverse rápidamente no fue una buena idea.

—Tranquilo, compañero, el receso todavía no acabó. — Atem dijo suavemente, logrando que los acelerados latidos del corazón de Yuugi se calmen. Tomó entre ambas manos el bol caliente y lo acercó. — Tienes que comer algo. — Yuugi arrugó su nariz ante el aroma fuerte del caldo. No pudo evitar sentirse sorprendido, pues sabía la inexperiencia que tenía su hermano Atem en la cocina. Alguien lo ayudó.

— ¿Lo hiciste tú solo? — Preguntó sin ocultar su sorpresa.

Atem apretaba nerviosamente sus propios labios antes de contestar. — Bakura hizo casi todo el trabajo. — Confesó. Yuugi le dedicó una sonrisa; Atem se alivió de ver que ya tenía un poco de color en la cara.

Tomó la cuchara reteniendo un poco de sopa en el cubierto, soplando levemente por su hermano para que no se quemara. Yuugi quería reír, Atem lo trataba como a un enfermo, pero en realidad no se sentía tan mal como para no poder sostener su propia cuchara. Se tomó el atrevimiento de llevar la mano de su hermano hacia él para acercar la cuchara a su boca y dejar que el líquido cálido pase por su lengua a su garganta; aliviando el intenso frío que no podía negar que estaba sintiendo.

—Delicioso. — Yuugi anunció con alegría luego de dejar que el fuerte sabor del caldo pasara por su garganta, era tan cálido y relajante que podría apoyar su cabeza de nuevo en la almohada y dormir.

Atem movió levemente su cabeza como señal de aprobación; aliviado de que Yuugi realmente pueda disfrutar de su alimento.

El timbre sonó anunciando el fin del receso. Por suerte, Yuugi había acabado su sopa y se veía mejor, sin embargo, inevitablemente frunció sus labios al caer en la nueva realidad que estaba viviendo.

Estaba triste de que su momento a solas con su hermano, que antes era habitual, haya terminado. Ahora deberán regresar a las tareas forzadas y humillantes, presionados por dos hombres que amenazaban simplemente con su tamaño. Un paso en falso y sentirían el gran peso de sus nudillos en sus cuerpos pequeños.

Atem, aun así, se veía decidido. Yuugi sabía que su hermano tenía algo en mente, pero sí era así, entonces, ¿por qué todavía no le dijo nada?

Unos fuertes golpes en la puerta alteraron a los hermanos, era tiempo de interrumpir lo que sea que estén haciendo y regresar a sus 'deberes'. Yuugi tenía un molesto nudo en su garganta, toda la relajación que le hizo sentir aquella sopa ahora se desvaneció y se transformó en una inmensa bola de nervios.

Atem estaba esperando a que esto pasara; la determinación vino para quedarse.

Fueron llevados a las duchas con todo el material necesario para limpiar, el olor a humedad los invadía. Todas las ventanas estaban cerradas y trabadas, los hombres que los llevaron hasta aquí, obviamente se quedarían a vigilarlos. No vaya a ser que uno de ellos tenga un plan para escapar.

Atem no pudo evitar sonreír internamente, eran dos contra uno, sin embargo, él confiaba en su propia fuerza; casi la mayoría de los productos de limpieza que tenía aquí, podrían quemarte si haces contacto directo con ellos, sí le lanzaba algo de esto a los ojos de esos gorilas, todo lo demás sería pan comido.

Yuugi se movía demasiado lento, Atem ya se estaba posicionando para ponerse a limpiar, pero su hermano tardaba demasiado en preparar el balde con agua y jabón. Los guardias que los vigilaban se impacientaron y empujaron a Yuugi, causando que este caiga al suelo encima del balde, volcando su contenido por todo el suelo.

Sus rodillas impactaron dolorosamente contra el suelo firme, volviéndolo incapaz de levantarse con la rapidez que le exigían. Intentó resistir las lágrimas que amenazaban con salir.

Atem trató de calmarse a sí mismo, sí se lanzaba a uno de ellos ahora, terminaría arruinando todo lo planeado en su cabeza. Esperó a que Yuugi se sintiera capaz de pararse nuevamente y moverse con facilidad. — ¿Estás bien? — Le preguntó suavemente. Yuugi movió un poco su cabeza para afirmarlo.

— ¡A trabajar! — La profunda voz de uno de los hombres rebotó por toda la sala. Atem le dedicó una mirada de odio, pero a los pocos segundos se volvió a su hermano para ayudarlo a levantarse.

Estaba tentado de lanzarle jabón a los ojos a quien empujó a Yuugi, decidió esperar al momento indicado, Yuugi aún no podía moverse con agilidad.

Estuvieron media hora limpiando el suelo, con todo el jabón que se derramó era más sencillo trabajar, aunque Atem fingía que trabajaba, de ninguna manera cumpliría con las ordenes de alguno de estos desgraciados.

Atem no dejaba de mirarlos, viendo como uno de ellos se fijaba en su celular y le susurraba algo a su compañero. Se maldecía a sí mismo por no saber leer los labios. De repente, ambos se dirigen de nuevo a los mellizos.

— Los dejaremos solos por unos minutos, no intenten nada o lo van a lamentar. — Dijo uno de los guardias. Era el momento perfecto para escapar, la última frase parecía una amenaza sin valor, ellos estarán lejos de la mansión para cuando siquiera se les ocurra salir a buscarlos.

Los guardias salieron de la sala, Atem siguió esperando, por lo menos a que estén lejos de la puerta. Nada le hacía garantizar que eso era cierto, aun así, su imaginación era demasiado fuerte.

Quería creer que su plan funcionaría. Se volteó a mirar a Yuugi con una sonrisa en su rostro, sorprendiendo a su desanimado hermano. — ¿Qué pasa, Atem? — Preguntó con sus ojos iluminados de esperanza.

— Es el momento. — Fue lo primero que le dijo.

—¿Momento de qué? — Yuugi no quería saber lo que Atem le iba a decir.

—Vamos a escapar. — Atem le susurró. Yuugi no podía sonreír ante la idea, es que no estaba seguro de que funcionaría y parecía que la palabra clave en este lugar era 'lo van a lamentar', todo era tan impredecible, que temía que el plan fallaría. Atem notó que Yuugi no estaba seguro. — Confía en mí, te prometo que no pasará nada. — Antes de que alguno de los dos pueda ponerse en movimiento, su emoción casi se desmoronaba cuando escuchaba que la puerta se abría nuevamente.

Se voltean alterados, volviendo rápidamente a sus posiciones para fingir que estaban limpiando todavía.

Falsa alarma, era Bakura.

— Bakura-kun, ¿qué haces aquí? — Yuugi le preguntaba nerviosamente.

El albino se acercaba a ellos con una sonrisa amable y una bandeja con comida. Atem no podía evitar sospechar. —Aproveché que sus guardias se fueron y decidí llevarles un poco de comida, deben de estar cansados. — La cordialidad de Bakura confundía a Atem, quería sospechar de él y a la vez, no podía hacerlo, él también era una víctima de este lugar, quien sabía cuánto había vivido y sí hubo alguien que lo haya tratado con tanto respeto en sus primeros días.

—Gracias, Bakura-kun. — Yuugi respondió amablemente.

Mientras tanto, apareció un obstáculo en la determinación de Atem. Cada vez que miraba a Bakura charlar amistosamente con Yuugi, o las veces que ofrecía su ayuda y su tiempo, quien sabía a todas las cosas a las que se arriesgó por meterse con los hermanos.

Por otro lado, Bakura podría ser un informante, podría estar vigilando cada paso de los mellizos para luego decirle todo a Seto Kaiba.

¿Qué pasaría si decide llevarlo con ellos en su escape? ¿Debía arriesgarse?

— Bakura…— Murmuró Atem inconscientemente para llamar su atención, quería cubrirse la boca para no hablar de más, sin embargo, ya había llegado a los oídos del albino.

Tanto Bakura como Yuugi lo miraron, y Atem no se pudo sentir más nervioso. ¿Debía mentir o contarle su plan? ¿Sería egoísta no dejarlo escapar simplemente por desconfianza?

Abría y cerraba su boca indecisamente; estaba perdiendo tiempo, era ahora o nunca. — Tengo un plan de escape. — Murmuró. Pudo ver como Yuugi apretaba sus puños.

De repente, la sonrisa de Bakura desapareció.

—No funcionará. — Fue lo primero que dijo, es como si fuera otra persona, su voz sonaba desesperanzada y triste. — Llevo dos años aquí y nunca ha funcionado. — Añadió.

Atem seguía insistiendo, ¿cómo saben que no funcionará sí no lo intentan? — Bakura, por favor, confía en mí, te prometo que pronto terminará. —

— ¡Que no va a terminar, Atem-kun! — El grito desesperado de Bakura retumbó por toda la sala, la comida desparramándose en el suelo. Llamando la atención de unos guardias que al parecer estaban cerca. Atem tomó con rapidez la mano de Yuugi y lo llevó cerca de uno de los caños dorados, antes de prestarle atención a su hermano, se fijó en Bakura, quien se veía mirando nerviosamente a todas las esquinas.

— ¡Ven aquí! — Atem exclamó, extendiendo su mano. Bakura no estaba seguro de sí seguir las indicaciones del novato, pero no tuvo opción, debían intentarlo. Corrió con cuidado de no resbalarse por el jabón en el suelo y dejó que Atem tomara su mano.

— ¿Cuál es tu plan? — Preguntó tímidamente, mientras escuchaba los pasos acelerados de los guardias que parecían estar acercándose más a la puerta.

—Voy a subir al caño e intentaré abrir la ventana, esa será nuestra salida. — Atem explicó apurado.

Bakura mordió levemente su labio inferior. — Atem-kun, es un plan demasiado básico como para que… — Las palabras de Bakura fueron interrumpidas cuando Atem casi resbala al intentar subirse al caño dorado, pero este detuvo su caída el sostenerse del borde de la ventana, que no estaba demasiado lejos del caño.

—Necesito que me sostengan. — Yuugi obedeció a su hermano e hizo todo lo posible por sostenerlo, a pesar de que sus manos temblaban sin detenerse. Bakura y Yuugi lo tomaron de las piernas para que este no se cayera nuevamente.

Atem también trataba de mantenerse firme mientras buscaba la cerradura de la ventana, al tardar demasiado tiempo en encontrarla, decide golpear el vidrio continuamente para quebrarlo. Ignorando el ardor en sus nudillos, y el ligero temblor en sus piernas al alterar a sus compañeros por el ruido del vidrio rompiéndose, observa con orgullo que su plan estaba teniendo un poco de éxito. Intentó sacar su cabeza por la ventana para probar si su teoría era correcta, y más allá de que podrían lastimarse con los vidrios rotos, tanto él como Yuugi podrían pasar sin problema.

— Suéltenme. — Ordenó, sus compañeros lo soltaron con confusión y Atem se dejó caer de pie. No sabía a quién hacer que suba primero, Bakura podría tener más complicaciones, pero no quería dejar a Yuugi ultimo. Sin embargo, era mejor hacer que Bakura lo intentara ahora que tenían un poco más de tiempo. — Sube como yo. — Le dijo al albino. Este lo miró con desesperación.

—No lo sé, Atem-kun, no creo que yo… — Bakura comenzó a balbucear nerviosamente.

— ¡No hay tiempo para dudar! — Sorprendentemente fue Yuugi quien gritó esta vez. Atem estaba por decir eso; su hermano le había sacado las palabras de la boca. Esto fue suficiente para lograr que Bakura intente repetir los movimientos de Atem al subir al caño.

— Yo te ayudaré. — Atem le dijo mientras rodeaba las delgadas piernas del albino con sus manos.

Bakura se sostenía del borde de la ventana, sintiendo como sus piernas le fallaban y la palma de sus manos ardían por los pedacitos de vidrio. — No puedo. —Murmuró angustiado.

Los mellizos se distrajeron al ver que los guardias abrieron la puerta. —¿¡Qué creen que están haciendo!? — Este grito fue suficiente para que Bakura se resbalara y casi cayera al suelo, pero Atem no dejó que esto pasara, ya les había costado hacer que Bakura consiga pararse en el caño, sólo tenía que saltar.

— Tranquilo, Bakura, por favor. — Atem hizo lo mejor posible para ignorar a los guardias y concentrarse rápidamente en Bakura. Por lo menos lograrían que alguien escapara. — Sólo confía en mí, y salta. — Ante su orden, Bakura no reaccionó.

— ¡No puedo! — Repitió desesperado.

— ¡Salta! — Atem insistió, sin soltar ni un segundo las piernas de Bakura.

Finalmente, los pies de Bakura intentan abandonar el caño en donde estaban apoyados, al sentir la fuerza que el albino usaba para subir, Atem trató de reducirla, facilitándole el salto empujando sus piernas hacia arriba.

— ¡Atem! — Gritó Yuugi cuando los guardias comenzaron a correr hacia ellos. Por suerte, la sala era amplia, lo que les permitía estar lejos de la puerta de donde salieron esos "gorilas"; sólo necesitaban unos segundos para conseguir que Bakura suba.

Bakura arañó el marco de la ventana, utilizando todas sus fuerzas para meter su cuerpo entero en esa pequeña salida; lagrimas caían de sus ojos, con el dolor del vidrio clavándose en su piel y arañando su ropa. Confiaba en la fuerza de Atem, sí no fuera por él, ya estaría cayéndose al suelo y siendo atrapado por los guardias.

La mitad de su cuerpo ya estaba en la ventana, su estómago estaba siendo apretado por el borde, causando que su esfuerzo decaiga. Todo dependía de Atem, quien ante la desesperación lo empujó bruscamente hacia arriba, logrando que casi todo su cuerpo entrara, sólo tenía que arrastrarse hasta llegar al exterior.

Bakura apuró su cuerpo agotado para que consiguiera salir de la presión del marco de la ventana y sentir nada más que el húmedo y fresco césped. Respiró aliviado cuando sólo las puntas de sus pies seguían dentro.

No podía quedarse quieto, aceleró sus movimientos para ponerse de pie y correr lejos de la mansión.

¿Debía sentirse feliz? Ya consiguió su libertad. ¡Lo logró!

¿Pero qué hay de Atem y Yuugi?

Los mellizos no tuvieron tiempo de alegrarse por la libertad de Bakura, los hombres tiraron de su cabello y los empujaron al suelo, impactando dolorosamente el mentón contra el piso enjabonado. — ¿¡No les dijimos que no intenten nada!? — Uno de los guardias les gritó. Atem quería sonreír al ver que su plan funcionó con al menos uno de los sirvientes, pero las lágrimas de su hermano arruinaban su alegría. Una patada en sus costillas interrumpió sus pensamientos.

¿Este era el final? ¿Morirían por haber intentado volver a la libertad?


Adelanto del proximo capitulo:

Es hora de trabajar; les toca limpiar la cocina. Dijo Kaiba con firmeza, sin apartar sus ojos del chico de cabello tricolor que no soltaba el cuchillo en su mano, como sí amenazara a alguien. Kaiba se ninguna manera se sentía amenazado por el pequeño, sabía la rabia que podía sentir en ese momento y no podía estar más satisfecho al respecto. Quería lograr que sintiera dolor y arrepentimiento por sus acciones.

¡Pero, Atem no está en condiciones de trabajar! ¡Su espalda…! Yuugi comenzó a interrumpir las ordenes de su jefe, concentrado en el bienestar de su hermano que por supuesto, no sería escuchado. Un golpe en la mesa lo hizo temblar y callar sus reclamos.

¡Lo hubiera pensado antes de intentar escapar! Kaiba gritó, estando tan cerca del oído de Atem que le provocó un dolor de cabeza. Quéjate con tu hermano, no conmigo. Al decir esto, trató de darle un punto final a la conversación, llevando sus manos a las de Atem para sacarle el cuchillo de las manos. Atem estaba tan fuera de sí que sólo se sobresaltó cuando sintió un cosquilleo en sus dedos, que eran las manos frías del castaño tocar las suyas.

Atem cierra sus ojos, tratando de no mirar esos ojos azules que tanto hacían arder su pecho en rabia y se levantó de la mesa, dispuesto a hacer la tarea asignada. Sin siquiera concentrarse en el dolor, sino en su final… Y el final de Seto Kaiba.

Se lo llevaría al infierno.


Muchas gracias a mi beta reader por ayudarme y corregir, mi aibou(september_drawings) y a Shamtal por el apoyo incondicional y la ayuda que siempre me dan.

Gracias a ustedes lectores por leer y hacerme saber su opinión, quien sea que tenga dudas o alguna critica para compartir, por favor hagalo que acepto todo tipo de criticas con mucho gusto.