Faltaban aproximadamente tres semanas para Navidad, Londres estaba abarrotada y en el puerto eran numerosos los barcos que arribaban, mucha gente se dirigía a visitar a su familia, algunos eran de clase baja y muchos más de clase alta.
Yo llegue muy de mañana, la bruma matinal aún cubría la mayoría del cielo londinense y me sentí un tanto melancólico, hacia ya cinco largos años que había dejado mi hogar, mi familia pertenecía a la clase más acomodada de la ciudad, era hijo de un duque, el honorable y respetable duque de Grandchester era mi progenitor y yo su hijo mayor, tenía una hermana menor bastante lista y educada, Patty, era una dulzura de... mujer, y mi madre, vaya que era hermosa y refinada, aunque ella no era de la misma clase de mi padre; Eleanor había pertenecido a una compañía de teatro en New York, de donde era originaria, pero en uno de los tantos viajes de diversión del duque, dónde fue flechado por Cupido, la conoció y decidió que quería pasar toda su vida con ella, mis abuelos en un principio se opusieron a su matrimonio pero mi madre supo ganárselos y ahora éramos la familia feliz que Richard Grandchester había soñado siempre.
Yo a pesar de ser la oveja negra de la familia, debido a que cuando cumplí dieciséis años partí a América para cumplir mi sueño: ser actor de teatro, era muy querido por mis padres y hermana, al principio mi padre me rechazo y rehusó apoyarme y verme, pero después Eleanor logró calmarlo y accedió a visitarme de vez en cuando en New York.
Ahora tenía veintiún años y contaba con gran fama y fortuna ganada por mis actuaciones en teatro durante estos cinco años y volvía a mi país, a mi casa con mi familia, podría decirse que era un hombre completo y feliz, pero algo le faltaba a mi felicidad, y eso era lo que venía a buscar en estas fechas invernales a Londres.
Cuando al fin baje del barco a tomar un carruaje que me llevara a la mansión Grandchester fue una aventura muy graciosa, con tanta gente por ahí parecía imposible conseguir transporte, pero nada era imposible para Terrence Grandchester así que desplegué tomo mi encanto para poder conseguir que me llevaran a donde quería.
La nieve había dejado por completo inutilizables las carreteras, al menos la mayoría, incluso las principales avenidas eran intransitables, afortunadamente recordé que por uno de los caminos secundarios podía llegar a la mansión Andrey donde vivía el mejor amigo de la familia y además seguro la encontraría a ella.
Decidí dirigirme al lugar de los Andrey, seguro estarían felices de verme, ellos eran los mejores amigos de mis padres desde siempre y su única hija era la mejor amiga de mi hermana y en algún tiempo había sido mi... amiga también.
Los Andrey eran una familia escocesa que vivía en Londres hace muchos años, sus negocios en Europa y América los había posicionado excelentemente, además mi padre había estudiado con Albert Andrey en el Real Colegio San Pablo cuando eran jóvenes y desde entonces se habían seguido frecuentando hasta llegar a ser los grandes amigos y socios que eran ahora.
Tío Albert como lo llamábamos Patty y yo estaba casado con una mujer encantadora, americana igual que mi madre, llamada Juliet, tenían a su vez una hija un año más pequeña que yo, es decir, de la misma edad que mi hermana, ella era rubia como su padre y muy parecida a su vez a la hermana fallecida de él, en un principio Albert había querido ponerle el mismo nombre que ella, Paula, pero Juliet decidió que sería mejor llamarla de otra manera, así que al final acordaron que se llamaría Candice White, pero todos nos acostumbramos a llamarla Candy.
Tardamos media hora en llegar al hogar de mis tíos, era un lugar enorme decorado con un gusto excelso, a diferencia de mi madre, Juliet perteneció siempre a la clase alta de América y era hija de un poderoso empresario americano así que siempre había vivido rodeada de lujos y sabía perfectamente como debía lucir el lugar de un magnate como lo era su esposo, aunque en realidad ambos eran sumamente sencillos.
Al ver el portal blanco miles de recuerdos se agolparon en mi cabeza, era increíble como había pasado el tiempo, como era invierno era lógico que las rosas que normalmente cubrían el portal trasero de la mansión no fueran más que ramas secas que se enroscaban en rededor, recordé las miles de veces que Candy salía a recibirme por esa puerta, aunque no era apropiado recibir a las visitas por la puesta posterior a nosotros nunca nos importo eso y siempre el chofer me dejaba en ese portal de las rosas.
Segundos después el conductor se detuvo frente a la puerta principal, una entrada de madera de roble finamente tallada que era el orgullo de Albert, por alguna extraña razón adoraba la fachada de su hogar.
Me baje del carruaje y le di una buena propina al conductor que se fue muy satisfecho de haber tomado este viaje, antes de tocar cerré mis ojos y evoque mi infancia y mi adolescencia, la mayoría del tiempo la había pasado en esa casa, Candy, Patty y yo siempre habíamos estado juntos.
Toque la campana para que así alguien fuera a recibirme, al instante apareció la vieja ama de llaves de los Andrey, Miss Pony, una anciana bonachona que nos adoraba a todos por igual, aunque Candy por obvias razón obtenía mejores resultados que nosotros cuando se trataba de sobornarla o convencerla de que nos ayudara en nuestras travesuras de niños.
Al verme casi se desmaya, en definitiva el tiempo había pasado, yo corrí a auxiliarla y deje mis maletas a la entrada, más tarde alguien iría por ellas. Miss Pony aún no se recuperaba del todo cuando se abalanzó sobre mí y me abrazo de manera casi asfixiante yo sólo pude responderle abrazándola de manera muy afectuosa, raro en mí a últimas fechas, pero es que ella era como mi nana no podía olvidar lo que ella había hecho por mí, por nosotros.
Cuando nos tranquilizamos un poco nos alejamos y ella me miro de pies a cabeza, yo hice lo mismo pero más discretamente, ella había cambiado en algunos aspectos, había perdido un poco de peso y sus cabellos eran en su mayoría blancos, su cara seguía siendo tan dulce como la miel y por el gesto anterior me seguía queriendo como antes.
Sí que has cambiado pequeño, hace ya tanto que no te veía, ¿por qué nos abandonaste Terrence?- Su voz se oía más apagada pero seguía siendo gentil aunque con un dejo de reproche en esta ocasión
Tú también has cambiado Pony, y no os abandone sólo fui a buscarme y resultó que me tarde más de lo esperado, pero eso es todo y ahora estoy de regreso y déjame decirte que tendrás que consentirme como nunca.- Que me pasaba, toda una vida siendo el chico malo y ahora me convertía en un pan dulce con Pony, los años ya me estaban afectando.
Por supuesto apuesto caballero, sabes que estoy aquí para lo que desees pequeño diablillo y déjame decirte que aquí todos te extrañamos mucho.
Mientras hablábamos avanzamos hacia las escaleras que daban a las habitaciones y que se encontraban en el vestíbulo y entonces la vi, la observe como un idiota, había cambiado muchísimo en esos cinco años, ya no era una niña era toda una mujer, hermosa como ninguna otra.
¡¡Miss Pony!! ¿Dónde estas? Acaso no quieres ver el vestido que usare en la cena de este sábado, ven a verme Pony seguro quedaras asombrada.- Su voz había madurado mucho, era más dulce pero a la vez era más sensual.
Candy salió casi corriendo de una de las habitaciones del ala oeste de la casa, traía puesto un bello vestido en color verde, era un poco pálido el color pero la hacía resaltar de una manera impresionante, el escote dejaba entrever el nacimiento de sus senos pero aún así era discreto.
La pequeña pecosa, como la llamaba para molestarla, cuando me vio no se inmuto ni un poco o al menos no lo demostró, regreso inmediatamente a su recamara no sin antes decirle a Pony de una manera muy cortante que después de que despidiera a las visitas subiera a su habitación, la postura y el tono que utilizó entonces no pude reconocerlo como el de ella, antes la pequeña Andrey nunca habría actuado así, ¿qué le había pasado a la niña de cinco años atrás?
