Regresé más pronto de lo que pensé, pero con mucho, muchísimo esfuerzo, aquí está el capítulo dos.
Cualquier cosa que tenga que aclarar, será en las notas del siguiente capítulo, porque ponerlo al final de éste arruinaría su "final". Y si hay dudas, preguntas, comentarios, críticas acerca de lo que leerán, las respondo todo por MP —no soy partidiaria de extender el capítulo respondiendo en dicho espacio a reviews que tienen cuenta.
-Notas de autor editadas al 30 de noviembre de 2013
Por omisión
.
.
.
Hanabi había llegado primero a casa, pero no hacía mucho. Apenas se estaba quitando el chaleco del uniforme militar jōnin, y parecía muy cansada. Pero como siempre, Kiba quiso darle un poquito de alegría y avanzó en silencio hasta que la sorprendió abrazándola por detrás. La apretó bien fuerte; cómo le gustaba tenerla sumisa entre sus brazos…
Pero la sorpresa no pareció gustarle mucho; Hanabi se asustó y se estremeció, comenzando a quejarse.
—No… —Susurró suavemente tratando de zafarse.
Pero como no parecía muy convencida (y la mayoría de las veces era así), Kiba no la soltó y empezó a darle besos en el cuello. Automáticamente la pegó hacia sí acortando la mínima distancia que Hanabi había hecho y estrechó el abrazo.
—No, Kiba —murmuró Hanabi más seria.
Kiba no la escuchó. La abrazó más fuerte por la cintura, y fue entonces cuando la sintió diferente… Palpó más lentamente el cuerpo de Hanabi sin deshacer el abrazo. Extrañado, frunció el ceño…
—¡Kiba, no! —Hanabi intentó liberarse en serio del agarre y ya no estaba de humor— ¡Ya basta, me duele!
…su vientre no estaba igual. Estaba…
ligeramente abultado…
—¿Te duele? —inquirió Kiba frunciendo mucho, mucho el ceño— ¿Estás embarazada?
En ese momento Hanabi logró desasirse de Kiba, que la miraba perplejo.
—Estás embarazada. —Declaró Kiba, sin poder dejar de mirar a Hanabi.
.
.
.
.
—¡¿Por qué no me habías dicho? —Estalló Kiba furioso— ¿Alguien más lo sabe? ¿Alguien más lo sabe, eh?
—Saber ¿qué? —replicó Hanabi molesta, cruzándose de brazos.
Kiba le lanzó una mirada fiera y comenzó a pasearse sin control por la habitación.
—Enterarme de esta forma… —repetía entre dientes— ¡¿Qué tienes en la cabeza, Hanabi? ¿Cuándo pensabas decírmelo?
El sol de las ocho de la mañana estaba a su máximo esplendor, lo cual concordaba con el ánimo de los ocupados aldeanos de Konoha —tanto fueran como shinobis como si no.
Kiba ya tenía un día ajetreado, y regresó a la habitación de su casa sólo para recoger un registro médico de un perro ninja herido en batalla, y llevárselo a Hana.
Se detuvo en seco al ver todavía la cama desecha —no era que él fuera ordenado, pero hacía mucho tiempo que el desorden había disminuido en su vida.
—¿Todavía no te levantas? —Le habló incrédulo— Tienes informes que hacer, Hanabi, no vayas a ponerte dormilona ahora. Eres jōnin, ¿recuerdas? Tú no eres así. Estás descuidando tus deberes. ¡No se puede ser irresponsable en algo como eso!
La muchacha emitió unos quejidos antes de volverse hacia él.
—¡A mí no me hables de responsabilidad! Me levanto cuando yo quiera. Y ahora, déjame dormir —y se dio la vuelta arropándose de nuevo.
—Escucha, Kiba —comenzó Hanabi empezando a irritarse— No me vuelvas a hablar de ese modo, y menos de cosas que no entiendo.
Kiba respiraba furioso.
—¡No te hagas la estúpida, Hanabi! —bramó el muchacho.
—¡No me llames estúpida! —soltó Hanabi a su vez sin dar tiempo a Kiba de continuar.
—¡Entonces no te hagas la idiota y responde de una buena vez! —Le gritó Kiba tan desesperado que se llevaba las manos a la cabeza, tratando de bajarse la frustración, que de pronto le caía en los hombros, como si cargara con todo el peso del mundo— ¿Por qué no me dijiste que estás embarazada?
—¿Qué? —Chilló Hanabi incrédula descruzándose de brazos. Luego soltó una risa fría y sin sentimiento, burlándose cruelmente de él— ¿De dónde sacas eso? ¿Yo? —más incrédula aún— Ja, por favor…
Kiba entrecerró los ojos mirándola con desprecio. Trataba de tranquilizarse respirando profundamente, pero lo único que conseguía era agitarse y enfurecerse aún más.
—Supongamos —gruñó— que no se te ocurrió una forma de decírmelo. Entonces… entonces —Kiba se estaba asqueando— ¿qué hay con esa… misión… que acabas de hacer? ¡Patrullar la frontera de una aldea en guerra! —Explotó— ¿Tienes idea de lo que es eso para nuestro hijo? ¿Y qué hay con todas las misiones? ¡Ya deberías estar fuera de servicio, Hanabi, ¿en qué se supone que estás pensando?
—¿Qué hijo? —Escupió Hanabi— Yo-no-estoy-¡embarazada! —recalcó con tanta fuerza, fulminándolo con la mirada, que sus manos temblaban, y se cerraron en puños.
—Sí —Kiba sonrió ácido—, estás tan hueca que a la Reina del Hielo se llenan los ojos de lágrimas cuando niega a su hijo, ¿no?
Hanabi se frotó los ojos con brusquedad y se giró de espaldas a Kiba, cruzándose fuertemente de brazos. Él la rodeó y colocó su mano en el vientre de ella con rudeza. Hanabi se alejó frustrada y lo encaró con rabia.
—Mira —le dijo alzándose la camisa—. No tengo nada. ¡Estoy plana!
—Tú y yo sabemos que eso no es cierto. —Kiba cerró los puños hasta tratar de canalizar su rabia—. Tú no tienes derecho sobre ese ser —declaró—. Ni siquiera porque esté dentro tuyo, y sea microscópico. Dime, Hanabi, ¡¿qué hubiera pasado si hubiera tenido que ir al hospital estando tú al borde de la muerte? —Kiba se acercó amenazadoramente hasta acorralarla entre la pared— ¡Y en ese momento me entero que no sólo tu vida en peligro, sino que además llevabas un hijo mío! —Bramó furioso, dándole un puñetazo a la pared detrás de ella— ¡¿Qué hubiera pasado?
Por primera vez, Hanabi pareció asustada. El miedo fue algo nuevo, distinto, y horrible. No supo ocultarlo. Las piernas le temblaron al ver a Kiba mirándola con tanta rabia. Trató de calmarse lo más rápido posible y se escabulló de entre él y la pared, pero ella no estaba bien, sabía que no podría ser tan fuerte por mucho más.
—¿Por qué actúas como si te importara tanto? —Chilló Hanabi perdiendo el control— ¡Tú no quieres tener hijos! ¡Ya hablamos sobre eso!
—¡Porque ya está ahí, Hanabi! —Gritó Kiba— ¡No importa cuánto lo niegues! ¡Él no tiene la culpa de nuestras calenturas! A mí tampoco me gusta, pero él no pidió venir a este mundo.
—Entonces —siseó Hanabi sorprendentemente calmada—, ¿por qué no hacemos como si nada de esto hubiera pasado?
Kiba se quedó de piedra al oírla. Miró a Hanabi, como si esperara haber escuchado mal, pero él mismo se sintió empalidecer, y el alma se le vino a los pies.
—No puede ser… —musitó con los ojos dilatados por el terror mudo— Tú… Por eso no me dijiste. Por eso seguías de servicio, ¿no? —la voz de Kiba bajó hasta poco más que un susurro inexpresivo— Seguías teniendo misiones peligrosas… para perder a propósito a nuestro bebé.
Kiba trató de asimilar la horrible idea y vio a Hanabi, vio cómo ella continuaba con el ceño extrañamente fruncido, pero el labio inferior le tembló de manera incontrolable hasta que se lo mordió, y se llevó las manos al vientre como si quisiera ocultar algo ilícito. Kiba comenzó a sentir el estómago revolvérsele del asco, y el corazón se le oprimió de dolor…
Cómo dolía. Todas las noches él la amó con locura y pasión, e inconscientemente, también había entregado su corazón. En cada beso, en cada caricia que le daba se resumía su alma y su vida entera, lo mejor de su vida. Todo eso estaba en el vientre de Hanabi. Todo lo que le dio —que se entregaron el uno al otro— tomaba otra forma, y Hanabi simplemente intentaba deshacerse de eso. Echar por la borda todo lo que vivieron, todo lo que habían compartido hasta ahora.
Kiba no soportó más estar ahí, en la misma habitación que ella; salió de la casa sin decir nada más, dando un portazo. Pero las fuerzas lo traicionaron, y sólo alcanzó a tumbarse en el portal de la casa, sintiendo que la vida se le iba. Un vacío horrible. Escuchó a Hanabi llamarlo a gritos, rendirse y maldecir al viento; pero Kiba se tapó los oídos con desesperación. No quería oírla. Miró al cielo tratando de asimilar todo lo que había descubierto esa noche, pero los ojos le escocían y sintió un nudo en la garganta que amenazaba con cortarle la respiración.
¿Por qué Hanabi había puesto en riesgo a su bebé? Que no sólo era de los dos, sino que no tenía medios para soportar nada. No;… ¿cómo era posible que siguiera como si nada, sabiendo que llevaba una criatura en el vientre?
Kiba arrancó un puñado de hierba de raíz con todas sus fuerzas, y lo arrojó lo más lejos que pudo.
Hanabi quería deshacerse de su hijo. Abortarlo. Kiba se estremeció, y le vino una idea que lo hizo sentirse peor: ¿cuántas criaturas más habrían muerto por capricho de ella, y él ni cuenta se había dado? Cuántos hijos suyos…
¡Demonios! ¡No le importaba por qué ella no quería tener a su hijo, si era por su figura, por su antipatía hacia los niños, por reputación! ¡Al diablo con todo eso! ¡Lo que importaba es que Hanabi pudo matar al bebé de ambos! ¡Y no le importó!
¡Maldita sea, no le importó! ¡No le importó!
No le importó… matar a su hijo…
Kiba no resistió más. Hundió el rostro en sus manos, mientras el nudo de la garganta se deshacía dolorosamente en lágrimas de impotencia.
