TITULO: AVISO OPORTUNO

AUTORA: DIANA GARCIA

TÍTULO ORIGINAL: HELP WANTED (2000)

GÉNERO: CONTEMPORÁNEO

PROTAGONISTAS: EDWARD CULLEN Y BELLA SWAN

ADAPTADO POR: MARS992

PERSONAJES DE: STEPHANIE MEYER

SIN FINES DE LUCRO…

NUEVO CAPÍTULO! ME ALEGRO QUE LES HAYA GUSTADO LA HISTORIA, ACA LES DEJO OTR CAPITTULO.

BESOS

Capítulo 2

Edward se sonrió al girar su Jeep Wrangler para bajar por el empinado camino de entrada. Sería un excelente verano. La casa era hermosa y podría enseñar a Elizabeth a nadar en la piscina. Además, no había contado con la prestación especial de la madre soltera tan guapa. Su cabello oscuro y grandes ojos cafés, eran una mezcla divina. Sin embargo, no pensaba hacer nada respecto a ella, pues complicaría demasiado la situación. Pero de todos modos, el gusto de mirar a Bella iluminaría su existencia. Y al parecer, ella de verdad necesitaba su ayuda. A Edward le agradaba mucho que así fuera.

Como solía escribir durante las altas horas de la noche y no tenía a qué salir por las mañanas, Edward y su hija se habían convertido casi en recluidos. Por supuesto que iban al parque de vez en cuando, o a McDonald's a comer, pero Elizabeth no frecuentaba a otros niños con ninguna regularidad, ni tampoco adultos aparte de él.

A Edward realmente no le molestaba, hasta cuando recordaba como Angela siempre llevaba a Elizabeth con grupos de niños para jugar y a sus clases de natación. Sabía que a Angela no le habría agradado ver a Elizabeth encerrada durante todo el verano en un pequeño condominio horizontal, nada más porque eso a su padre no le desagradaba.

Hasta ahora había logrado sonreír al pensar en cómo se habría sentido Angela o qué es lo que ella habría deseado. Era buena seña, pensó Edward. Durante más de un año después de su fallecimiento, él no había podido pensar en ella jamás sin romper en llanto, y eso había sido muy dañino para su pequeña hija.

Pero hacía mucho desde entonces, y a partir de ese próximo lunes, Elizabeth y él tendrían el uso de una hermosa casa durante el verano, con piscina, jacuzzi y todo, y dos hermanos con quienes la niña podría pelear. Y Edward conocía muy bien los pleitos entre hermanos. De hecho, estaba seguro de que iba a disfrutar del constante eco de los gritos de los pleitos entre niños en la casa. Aparte de los berrinches de Elizabeth, su propia casa era demasiado silenciosa.

Metiéndose en la entrada, Edward vio que se abría la puerta de mosquitero de su vecina, y apagó el coche para esperar el grito de ¡Papi! que llegaría en cualquier momento. De verdad debería ausentarse más seguido, pensó. Elizabeth siempre lo trataba como todo un héroe cuando regresaba.

—¡Papi, llegaste!

La vio en el marco de la puerta de la entrada, casi todo su pequeño cuerpo oculto detrás del generoso cuerpo de su vecina. Elizabeth serpenteó por la apertura de la puerta y corrió por la acera, y sus largos rizos negros volaban en el aire.

Cerró la portezuela del coche, y Edward se preparó para recibir el impacto, pero realmente ella no pesaba tanto aún. Al tomar a Elizabeth entre sus brazos, Edward la levantó en el aire hasta tocarle la cabeza con el techo del garaje.

—Ya te atrapé, y no puedes bajarte ni te puedes escapar —dijo Edward, haciéndole cosquillas, y las risas y gritos de Elizabeth retumbaron por el aire.

Alice, su vecina, había seguido a Elizabeth.

—¿Cómo te fue?

—Pues al parecer, soy amo de llaves durante el verano —dijo Edward, mientras acomodaba a su hija sobre su cadera—. Empiezo el lunes. Durará ocho semanas, justo el lapso que tiene que pasar para que llegue el cheque de Life —volteó para que su nariz se encontrara con la nariz de su hija, y continuó—: Y tienen una piscina, mi vida. ¿Te gustaría aprender a nadar este verano?

La afirmación de Elizabeth mostró entusiasmo, y Edward finalmente estiró la mano para liberarse el cuello de su abrazo que lo ahorcaba. Colocándola en el suelo, sacó sus llaves para abrir la puerta principal de su condominio horizontal.

—¿Por qué no entras a la casa, Elizabeth, para que decidas qué es lo que vamos a cenar? Te dejaré ayudarme si escoges algo que me gusta a mí también. —Edward esperó a que su hija se metiera a la casa para voltear a hablar con Alice—. Sólo espero que no se decida por los anillos de espaguetis otra vez… Los detesto.

Alice hizo una mueca de dolor.

—Yo igual. Gracias a Dios que Jake ya pasó de esa etapa.

Alice había sido amiga de Angela, y habían crecido juntas en California. Cuando las dos se encontraron inesperadamente en Tucson, Alice había comprado su condominio horizontal para vivir cerca de Angela. Y durante la larga enfermedad de Angela, Alice había sido tan fuerte como el Peñón de Gibraltar, siempre dispuesta a ayudar cuando Angela la necesitaba. Desde la muerte de Angela, esa lealtad se había transferido hacia Edward y a Elizabeth, y Edward sabía que podía contar con Alice para lo que fuera y ella lo ayudaría si podía.

—Cuéntame de la casa y la piscina —dijo Alice, y alargó la última palabra con tono envidioso—. ¿Conociste a los dos muchachos?

Edward se sentó sobre el capó de su coche, mientras Alice se acomodaba sobre el escalón de su entrada. Solían hablar mucho en el garaje, lejos del alcance auditivo de sus hijos.

—No, no conocí a los niños, aunque me imagino que por ahí andaban. Hay mucho espacio para que corran libres. Ella vive por Skyline Drive, y el vecino más cercano está por lo menos a un kilómetro.

—¿Ella?

A Alice le brillaban los ojos. Durante más de un año había insistido en que Edward volviera a salir con alguna mujer.

—La señora Swan, la madre de los niños —Edward cambió de tema, y volvió a la primera pregunta de Alice—. La casa es enorme, y muy bonita. Es de adobe antiguo y ladrillo, con techos altos con vigas naturales y azulejos de Saltillo —ante el suspiro de admiración de Alice, Edward siguió con la descripción—. Deberías ver la casa, Alice… En la sala hay una chimenea de piedra tan grande, que podrías pararte de pie en su interior, y la cocina es una maravilla.

—Entonces te sentirás en casa, Edward. Nada más espero que me traigas las sobras de lo que cocinas.

—Lo haré.

Siempre mandaba comidas a la casa de Alice. Su hijo adolescente, Jake, comía lo que fuera y todo lo que encontraba en las alacenas de la cocina, así que Edward siempre contribuía con comida a su despensa familiar en silencio. Era lo menos que podía hacer.

—¿Y?

Alice lo miró como si esperara que siguiera.

—¿Y qué? —preguntó Edward inocentemente.

Pero conocía a Alice, y sabía que no sería fácil evitar tocar el tema de la guapa señora Swan.

—Vamos, Edward… ¿También conociste al señor Swan?

Edward sabía precisamente a dónde iba a llegar con su pregunta. Con un suspiro, se dio por vencido.

—Es soltera, Alice, si eso es lo que querías saber.

—¿Y es guapa?

—Sí, es guapa; y sí, tiene aproximadamente mi misma edad; y sí, parece que nos llevamos bien.

Alice irradió una sonrisa de satisfacción, y se puso de pie para sacudirse su vestido.

—Bueno, Edward, tú sabes que yo jamás me metería en tus asuntos personales. Así que no te sientas obligado a contarme nada.

Se despidió alegremente de él, y Alice regresó a su propia entrada. Meneó la mano al cerrar la puerta de su casa.

Edward meneó la cabeza sintiéndose exasperado. Sabía perfectamente bien, que ya le había contado a Alice todo lo que quería saber. A veces la gente no sabía hasta dónde llegar con su insistencia.

El lunes por la mañana, Elizabeth estaba tan emocionada que Edward no podía convencerla de que desayunara. Cuando había entrado a su habitación para despertarla a las seis y media, ya estaba levantada y vestida, con su traje de baño puesto y su salvavidas balanceado sobre su tripa rellenita.

No dejó de balbucear durante todo el rato que la estuvo cambiando de ropa, aunque tuviera que ponerle su ropa de calle por encima de su traje de baño porque la chiquilla se negaba a quitárselo, y ella siguió hablando hasta por los codos aún cuándo la metió en el coche con el salvavidas y su muñeca.

Ya estaba sentadita en su asiento de seguridad, y esperaba anhelante que Edward le abrochara el cinturón de seguridad cuando él salió de la casa con su taza de café en la mano.

—¿Lista para irnos, calabacita?

Edward no pudo más que sonreír. Alice había pintado las uñas de Elizabeth el día anterior, y ella las observaba de manera muy seria al esperar que su padre se subiera al coche.

—Sí, Papi. ¿Papi?

—¿Sí, Elizabeth?

Se detuvo Edward, y esperó escuchar alguna preocupación de la chiquilla respecto a sus actividades del día.

—Creo que no me gusta este color. Mi tía Alice debería haberme pintado las uñas de color rosa para que hicieran juego con mi nuevo traje de baño.

Las ocurrencias de niños. Edward meneó la cabeza asombrado. Deslizándose al asiento del conductor, le aseguró a Elizabeth que sus uñas se veían maravillosas.

—Además —agregó, acostumbrado a la vanidad de la pequeña—, de esta manera hacen juego perfectamente con el moño rojo tan bonito que forma tu cabello.

Sus palabras la complacieron, y Edward la escuchó mientras hablaba con su muñeca, prometiéndole que le pintaría las uñas también como regalo especial.

Dieron la vuelta de Skyline Drive al camino de tierra para llegar a la verja que marcaba el comienzo del camino de entrada de la casa de la señora Swan, faltando diez minutos para las siete.

—Con tiempo de sobra… —murmuró Edward, al tocar el timbre empotrado en el muro de ladrillos.

Después de un momento, una voz contestó desde los ladrillos.

—¿Su nombre, por favor?

Por lo menos el niño parecía ser bien educado, pensó Edward. Era buena señal.

—Soy Edward Cullen. Me espera tu mamá.

—Está bien, señor Cullen, adelante —antes de que se desconectara la bocina, Edward escuchó el grito del muchacho—: ¡Mamá!

Con un fuerte chasquido, la verja se deslizo de lado para dar acceso al camino de la entrada. Sonriéndole a su hija, quien seguía con la vista clavada en el muro hablante, Edward metió al Wrangler despacio, y empezó a subir por la cresta de la colina.

Como siempre, a Bella se le hacía tarde, pero por fortuna no tan tarde como otras veces. Era maravilloso no tener que darles de comer y vestir a los niños aparte de arreglarse ella misma antes de salir a la calle. Si lograba salir antes de las siete y media, sólo llegaría diez minutos tarde al trabajo. Si su nuevo amo de llaves llegaba a tiempo hoy, era posible que no llegara tarde al trabajo. ¡Qué sorpresa se llevaría su jefe!

El zumbido del timbre de la verja se escuchó por toda la casa a las siete menos diez, y Bella suspiró aliviada. Había esperado que el señor Cullen llegara unos minutos antes de la hora citada para que ella pudiera presentarle a sus hijos. Le parecería extraño tener alguien en su casa, pero si esto funcionaba, podría ser magnífico. Hasta podría olvidarse de cocinar durante todo el verano.

La confusión de sentimientos entre preocupación y esperanza le había quitado el sueño durante toda la noche, y aún ahora tenía un nudo en la boca del estómago. Lo único que podía hacer era esperar. Era una prueba de un solo día, después de todo, porque los niños podrían ir a la guardería de la YMCA mañana si esto no funcionaba.

—¡Mamá! —el grito de Seth retumbó por el pasillo.

A lo mejor contestó el timbre de la verja sin que se le ordenara hacerlo.

—¿Sí, Seth?

Con sus zapatos en la mano, y pisando cuidadosamente donde no hubiera juguetes tirados para romperle las medias, Bella salió de su habitación. Lo único que le faltaba ahora era el portafolios, su comida, y buscar las llaves de su coche.

—Alguien llegó, Mamá. Creo que es ese tipo.

—Se llama el señor Cullen. Y quiero que te portes muy bien con él durante todo el día. Por favor no le quites las ganas de regresar.

Seth sonrió y Bella le despeinó sus rizos insumisos que parecían de trapeador. ¿De dónde habría sacado ese cabello rizado?, se preguntó por la milésima vez. La misma Bella tenía que dormir con rulos si quería amanecer con el cabello rizado.

—Ay, Mamá, yo me portaré bien —prometió Seth.

—¿Dónde está Anthony?

—Vistiéndose. No quería que este tipo le viera su ropa interior del Hombre Araña.

Bella sabía que a Anthony no le importaría que el mundo entero lo viera en paños menores y que Seth seguramente se habría burlado de él, pero por esta sola vez no dijo nada. Sus pleitos eran problema de otra persona por el día de hoy. Era el mejor regalo que había recibido en mucho tiempo.

—Hola.

Lo había observado mientras subía por el camino de la entrada, mientras había sacado a esta adorable chiquilla de su silla de seguridad, y mientras la cargó por la entrada. Bella aún no estaba inmune a la belleza física de este hombre. Como si fuera una estrella de cine. Tenía el pelo cobrizo en rizos sueltos sobre su frente, y sus ojos verdes, estaban enmarcados por gruesas pestañas. Tenía una sonrisa perfecta, hombros anchos… Bella respiró hondo. Ella había trabajado antes con hombres sumamente guapos; no sería ningún problema. Después de un rato, se acostumbraría.

—Buenos días, señora Swan. Elizabeth, saluda a la señora Swan.

Edward bajó a su hija, y ésta se paró frente a él con su espalda apoyada en sus rodillas. Le apretaba las manos mientras miraba fijamente a Bella con sus enormes ojos cafés.

—¿Puedo nadar?

Nada de saludo. Nada. Bella notó que Edward estaba tenso.

—Ay, Elizabeth. ¿En dónde perdiste tu buena educación?

Bella se rió ante su angustia.

—Por supuesto, Elizabeth, puedes nadar en la piscina. ¿Quieres desayunar primero?

—¡Claro!

Al soltar las manos de su papá, Elizabeth caminó a un lado de Bella y entró a la casa.

—No es precisamente tímida —dijo Edward.

¡Cielos! Él y su hija parecían idénticos cuando sonreían. No cabía la menor duda de dónde había sacado la niña su belleza.

—Me di cuenta, señor Cullen. Pase usted. Dado que usted es el que se va a encargar de la cocina, pensé que le agradaría comprar la despensa usted mismo —dijo Bella por encima de su hombro, al pasar a la cocina—. Le dejé un cheque sobre la mesa para todo lo necesario.

—Magnífico —contestó Edward, mientras apoyaba su enorme cuerpo contra la pared de la cocina—. ¿Hay algo especial que se les apetezca a todos durante esta semana?

Bella se encogió de hombros.

—Siempre y cuando no se trate de salchichas o tacos, lo que sea me parecerá espléndido. Esas dos cosas son mis especialidades de la casa, y la verdad es que podría prescindir felizmente de ellos durante todo un verano.

De un armario, Bella sacó la bolsa en donde llevaba su comida, y miró al interior del refrigerador.

Finalmente, dándose por vencida, metió dos manzanas en su bolsa con una bolsita de Sabritas, y tiró la bolsa sobre la mesa a un lado de su portafolios.

—Hay unos wafles congelados para el desayuno de los niños. Tienen su entrenamiento en su equipo de natación de las nueve a las diez, y las instrucciones de cómo llegar están pegadas al refrigerador. El número telefónico de mi trabajo y números de emergencia están al lado del teléfono, el cuarto de lavado está por el garaje, y por favor, cuide que no se escape el perro por la puerta principal.

Bella sabía que saltaba de tema en tema, pero ya pasaban de las siete.

Edward se limitó a asentir con la cabeza.

—Llámeme Edward. ¿Lleva usted su comida todos los días? —dijo el hombre, mientras miraba a la bolsa sobre la mesa.

—Trato de hacerlo. De otro modo gasto cinco dólares todos los días en la cafetería —al levantar su portafolios y su bolsa, Bella echó otra mirada al reloj. Las siete con quince minutos—. ¡Seth y Anthony, venid a despediros de mí!

—El estruendo de la corrida de toros… —murmuró Edward, al escuchar los pasos de los niños por el pasillo.

Seth fue el primero en llegar, pero Anthony venía justo atrás de él y Bella perdió toda esperanza de salir a tiempo. Anthony estaba llorando.

—¡Mamá…! —Anthony tiró de la blusa de Bella para captar su atención, pero no le quitaba la mirada de encima de Edward. Cuando Bella se agachó, le dijo en un susurro fuerte—: Seth dice que tengo que quedarme con una niñera hoy…

Edward se adelantó a contestar al chico antes de que Bella lo pudiera hacer.

—La verdad, Anthony, es que yo voy a quedarme hoy a cuidar la casa. Pero tú puedes quedarte conmigo si quieres.

Anthony se soltó un poco de la blusa y giró la mirada en dirección a Edward.

—¿Es usted un niñero? —preguntó solemnemente.

—Para nada —le aseguró Edward—, soy el amo de llaves. La única bebé por aquí es mi hija, Elizabeth. Quizás pudieras ayudarme a cuidarla. Tiene sólo tres años. Comparado con ella, tú ya eres todo un hombrecito.

—Yo ya tengo seis años —respondió orgullosamente Anthony.

—¡Vaya! —silbó Edward con aprecio—. Oye, Anthony, yo tengo mucha hambre. ¿Qué tal si vemos qué vamos a desayunar, y te presentaré a Elizabeth?

Después de pensarlo un momento, Anthony accedió.

—Está bien. Adiós, Mamá.

La abrazó fuertemente, pero no lloró.

—Adiós Anthony. Pórtate bien con el señor Cullen. Y tú también, Seth —agregó Bella, con una mirada de advertencia a su hijo mayor.

Anthony enfocó su atención de nuevo en Edward.

—¿Eres el señor Cullen?

—Sí, pero me puedes llamar Edward. Después de todo, tú y Seth sois los hombres de la casa. Tendréis que ayudarme mucho. ¿Quizás me podáis enseñar cómo se hacen las cosas en esta casa?

—Por supuesto —dijo Seth con entusiasmo—. Yo te puedo decir lo que podemos o no hacer.

—Seth… —empezó a decir Bella.

—Eso me sería de gran ayuda, Seth —Edward le echó una sonrisa a Bella—. ¿No cree que debería irse al trabajo? Creo que los muchachos y yo podemos cuidar la casa solos.

De verdad, en algún momento ella tendría que irse.

—Se los encargo, Edward. Buena suerte.

Estuvo preocupada todo el día. Hasta llamó a la casa dos veces, sólo para escuchar las dos veces a su propia voz desde el contestador. Bella sabía que su reacción era exagerada, y que los niños probablemente lo pasaban de maravilla, en donde fuera que estuvieran, pero no podía más que preocuparse.

A las tres de la tarde, Bella ya estaba segura de que algo terrible había sucedido. Al inventar una cita con su médico, salió de su trabajo una hora más temprano que la hora de salida, y corrió a casa sin pararse a repostar gasolina para poder llegar al trabajo el día siguiente.

Al usar su propia llave en la verja de la entrada, Bella aceleró su Ford Taurus hacia la cima de la colina, y se sintió tan aliviada como asombrada, al llegar a la cima y encontrarse con el Jeep Wrangler estacionado en la entrada. ¿Por qué no contestaban el teléfono?

No había nadie en la casa. Ni los perros ni los niños, ni tampoco ningún hombre alto y guapo salió a su encuentro. El estómago de Bella gruñó cuando pasó por la cocina, al gozar de los suculentos aromas que de ahí emanaban. Al seguir su olfato, encontró una olla grande que burbujeaba lentamente sobre la cocina con el quemador a fuego lento, y el reloj del horno indicaba que faltaban treinta minutos.

A través de las puertas corredizas de cristal, Bella pudo ver que no había nadie en la piscina, y los flotadores se mecían suavemente sobre la superficie. Luego se fijó en la manguera del jardín que serpenteaba por la orilla de la piscina para luego desaparecer.

—¿Hola?

Al abrir la puerta de cristal, Bella salió al patio elevado. Aunque aún no veía a nadie, sabía que había descubierto al grupo. Su saludo apenas se escuchó sobre el fuerte vocerío, y se oyó un grito chillón desde el jardín que corría a un lado de su casa.

Al darse la vuelta a la esquina, Bella no pudo creer la vista que le esperaba.

Lo que un día antes era un parche de tierra en que el pasto se negaba a crecer, hoy se había convertido en un campo de batalla, con combatientes vestidos de pañuelos de hierbas de camuflaje y sus caras pintadas de color verde. Habían construido un par de fortalezas frente a frente a una distancia de unos seis metros.

Construidas de madera prensada y bolsas de arena, en cada una había izada una bandera, que Bella reconoció como camisas provenientes de su bolsa de trapos viejos, cuidadosamente atada a un palo clavado en el suelo. Los fuertes eran bajitos y pegados al suelo, y al observar a Anthony, mientras corría para meterse en uno de ellos, se dio cuenta de que el suelo tenía que haber sido cavado profundamente por dentro; y que la tierra cavada seguramente sería la tierra con la que habían llenado las bolsas.

Anthony y Seth estaban en traje de baño, lo cual le parecía bastante buena idea, dado que las municiones para su guerra consistía en bombas de globos de agua. Elizabeth gritaba con voz aguda al correr por todos lados en su ropa interior color rosa, su pañuelo de hierbas de camuflaje atado a la altura de su cintura gordita.

Al echar un solo vistazo a Edward, Bella ya no pudo desviar la vista hacia otro lado. ¡Ay! Era la única manera de describirlo.

Vestido sólo con traje de baño y pintura de guerra, con un pañuelo de hierbas tapándole la cabeza, su amo de llaves se veía aun más increíblemente hermoso que antes. Con cuerpo de modelo de revista, los hombros de Edward medían lo doble que su delgada cintura. Su pecho estaba forrado ligeramente con vellos cobrizos como su cabello, pero su tez estaba bronceada por los años que había pasado al sol, y los vellos cobrizos sólo contribuían a su aspecto general de kilómetros de piel bronceada.

Sus piernas estaban muy bronceadas también, y eran muy musculosas y velludas. Al preguntarse si la pequeña parte de su piel que estaba tapada por el traje de baño estaría tan bronceada como el resto de su cuerpo, se le secó la garganta a Bella. Ni siquiera quería pensar en los vellos ni tampoco en sus músculos.

Alrededor de su frente, Edward se había atado un pañuelo igual a los de sus hijos, que inexplicablemente le iba bien, porque hacía destacarse sus pómulos altos y enmarcaba sus ojos verdes que brillaban de risa.

Estaba en cuclillas detrás del fuerte que obviamente le tocaba a él y a Elizabeth, armado con media docena de globos de agua, y estaba susurrando a su hija que se quedara quieta mientras esperaban el acercamiento del enemigo. Cuándo al fin se acercaron furtivamente Seth y Anthony, lejos de la protección de su propio fuerte, Edward atacó.

Con un grito que claramente demostraba que el hombre había visto demasiadas películas de guerra, se fue sobre los niños, y levantó a Elizabeth en uno de sus brazos fuertes para lanzar con el otro brazo sus municiones en dirección a los muchachos que ya se fugaban.

Bella no pudo contenerse. Se rió en voz alta. Durante un momento, pensó en sacar la cámara de video, porque nadie jamás le creería, pero estaba riéndose demasiado y acabó por desplomarse en el pasto para observar, mientras se empapaban sus hijos ante el ataque.

Cuando por fin se le acabaron los globos de agua, Edward meneó la mano para saludar a Bella, y luego bajó a Elizabeth al césped. Todavía chillaba de risa, y la niña se metió de nuevo a su fuerte, aparentemente sin importarle o sin darse cuenta de que a su equipo se le habían acabado sus municiones.

—Hola, llegó usted temprano —caminando a su encuentro como si fuera de lo más natural traer la cara pintada con rayas verdes, Edward se sentó al lado de Bella sobre el césped. Suspiró—. Ahora sí que me han cansado…

—Me alegro de haber salido temprano del trabajo hoy —dijo Bella—. No me habría perdido esto por nada del mundo…

—Los indios estaban inquietos. Y así pude ocuparlos en la construcción del escenario para la guerra durante varias horas. Sus hijos son muy aptos para llenar las bolsas de arena, por si no lo sabía. Pronostico grandes carreras en el ejército para ellos en un futuro lejano.

Observaron mientras los niños llenaban sus globos con agua durante un largo rato antes de que hablara Bella.

—Algo huele muy rico en la casa. ¿Qué hay de cenar?

No hubo respuesta. Con cara asustada, Edward se puso de pie.

—¡Caray! ¡Mi salsa!

Corrió hacia la casa, y dejó a Bella para organizar a los combatientes de jardín.

QUE LES PARECIÓ?

NOS VEMOS PRONTO…