Recuerdo de Spock ubicado tras la destrucción del Narada


Marcas

Sólo quedaban treinta y seis horas de viaje hasta la Tierra cuando la situación en la Enterprise quedó oficialmente bajo control. La noticia hizo que Spock asintiese para si mismo con satisfacción: todos habían trabajado muy duro para lograr que la nave volviese a estabilizarse, sin duda alguna la improvisada tripulación era excelente. Cómo queriendo confirmar su línea de pensamientos el turboascensor de babor se abrió y el capitán en funciones Jim Kirk apareció para hacerse cargo de sus deberes. A pesar de que el médico le había recomendado mantenerse en reposo el joven rubio parecía incapaz de permanecer en un sitio sin hacer nada, y mucho menos lejos del puente de mando.

–Capitán en el puente.

El anuncio del alférez, situado en el control de ingeniería, hizo que todas las miradas se volviesen hacia Jim. El capitán les dedicó un gesto confiado y avanzó hasta su silla.

–Buenas tardes muchachos. Informe señor Spock.

Mecánicamente el primer oficial recitó las pocas novedades que habían experimentando reservando para el último lugar la buena nueva.

–… así que capitán, salvo por la falta de nuestro núcleo warp, la Enterprise ha sido completamente estabilizada.

–Excelente noticia. Sulu, informe de posición– ordenó Jim permitiéndose una sonrisa.

El gesto tan habitual del joven capitán apenas había sido visible a lo largo de las últimas horas. A través del doctor McCoy, Spock se enteró que la repentina sobriedad en el ánimo del capitán se debía a las noticias que finalmente habían llegado hasta él informándole de las bajas de la Enterprise y del primer recuento de pérdidas tras la batalla de la flota contra el Narada. Si bien Spock estaba al tanto de la afinidad que los seres humanos mostraban hacia sus iguales no dejó de sorprenderle la forma tan personal en la que Jim parecía hacer suyos cada uno de los errores ajenos que habían traído la fatal consecuencia del desastre ante el Narada.

Después de que Jim pidiese todos los informes a su tripulación, y viendo cómo el capitán se sumergía en su padd, Spock se acercó a él.

–Señor.

–Dime Spock– le pidió Jim dejando a un lado el padd para dedicarle toda su atención.

–Me preguntaba si sus uniformes de capitán no le resultan cómodos– Jim le miró confundido, así que Spock aclaró sus pensamientos–. Señor, está empleando su camiseta negra de regulación, no la camisa de comandos del capitán.

–El capitán Pike está en la enfermería, no puedo tomar su puesto.

–Técnicamente ya lo ha hecho.

Jim se encogió de hombros.

–Tal vez pero emplear la camisa dorada estando él en la nave, y encima convaleciente, no me parece moralmente aceptable– tratando de aliviar el tono de la conversación Jim estiró el cuello de su camiseta–. Además: el negro me queda muy bien.

Spock captó el intento cómico de su capitán, pero lo que llamó su atención fue ver cómo, en el breve gesto que este había realizado, una pequeña porción de piel de su cuello había quedado momentáneamente al descubierto dejando ver sobre ella un color azul oscuro. Una punzada de culpabilidad atravesó su estómago: considerando la posición, Spock supo que había muchas probabilidades de que aquella marca la hubiese causado él mismo con sus propias manos. Con su inquietante pensamiento regresó a su estación y continuó su trabajo. O al menos lo intento: la forma de actuar de su capitán en funciones era desconcertarte y parte de su mente trataba de comprender la lógica con la que su superior actuaba.

A mitad del turno alfa Spock no había logrado comprender nada, pero Jim le requirió para acompañarle a ingeniería, lugar en el que Scotty quería comunicarles algunas novedades.

–Los contenedores de dilitio han sido movidos– dijo Jim mientras viajaban en el turboascensor hasta las cubiertas inferiores a las que salieron con paso rápido–. Scotty cree que podemos sacar un mejor rendimiento de ellos, en nuestra situación actual, poniéndolos en la zona de babor.

–Es una opción razonable– convino Spock–. Según mi estimación su eficacia podría aumentar en torno a un siete por ciento.

–Suficiente para aceptar el cambio. Cuanto antes lleguemos a la Tierra antes podremos descansar.

–¿Puedo preguntar si el capitán se encuentra fatigado? De ser así puedo sustituirle hasta que obtenga suficiente reposo.

–¿Qué?– Jim rió–. No Spock, yo no estoy cansado, no más que cualquiera de los miembros de nuestra tripulación. Mis palabras expresaban una forma de hablar. No te preocupes más.

–Mi preocupación tiene buenos fundamentos, capitán.

Deteniendo sus pasos, Jim miró con interés a su primer oficial.

–¿Y cuales son esos fundamentos?

–Usted ha estado inmerso en un gran estés físico.

–Le recuerdo que el señor Sulu ha realizado prácticamente la misma actividad física que yo.

–También ha sufrido una gran carga emocional al enfrentar al hombre que destruyó la nave en la que pereció su padre.

–Usted ha visto su planeta desaparecer.

–Además el volumen de sus obligaciones se ha triplicado desde que ha asumido el mando de la Enterprise.

–Al igual que el tuyo– replicó Jim.

–Estamos hablando de usted, capitán.

–Ya veo, ya– dijo Jim mirando con los ojos entrecerrados a Spock, cómo si estuviese pensando–. Si no me he enterado mal, quieres me retire a descansar.

–Básicamente sí, señor.

–Yo– repitió Jim.

–Sí. Soy consciente de que sus heridas aún le molestan, señor, y no quisiera que usted se obligase a dar un mayor esfuerzo de si mismo.

Por un instante los ojos de Spock se posaron en el cuello de Jim. Inconscientemente el capitán se llevó las manos al lugar dónde Spock había tratado de ahogarle.

–Así que se trata de eso– susurró Jim antes de menear la cabeza con levedad y volver a clavar sus ojos azules en los del primer oficial–. Mi tráquea está bien Spock, puedes preguntarle a Bones. Él se ha asegurado de que ningún daño quedase en ella, incluso ha hecho desaparecer parte de los moratones.

–Pero…

Jim alzó la mano y suspiró.

–Spock, no te sientas culpable por esto. Yo me lo merecía. Fui un estúpido en el puente, dije cosas horribles para tratar de desequilibrarte. Sabía que mi única opción de llegar a Nero pasaba por tu renuncia voluntaria, y sólo infiriéndote un daño tan terrible cómo el que te hice podía conseguirlo– Jim se mordió el labio inferior antes de tomar aire–. Yo estaba en la sala de transporte cuando regresaste de la superficie de Vulcano, pude ver tu rostro tras la pérdida de tu madre y leer en él el dolor. Todo lo que te dije acerca de que eras incapaz de lamentar su muerte fue cruel, demasiado… Cielos Spock– dijo en un susurro el rubio–. No merezco ser perdonado, pero aún así: te pido disculpas.

Aunque trataba de mostrarse entero ante él, Spock descubrió el rastro de la culpa en el rostro de su capitán.

–Acepto sus disculpas– el alivio en Jim fue casi instantáneo–. Pero me veo obligado a pedirle que acepte a cambio las mías. Nunca debí de haberle atacado.

–Era comprensible, yo te incité.

–Aún así.

El rubio posó su mano derecha sobre el hombro de Spock.

–En ese caso aceptó tus disculpas, señor Spock.

Ambos reanudaron la marcha. Estaban a punto de llegar a la zona de ingeniería cuando Jim volvió a detenerse para mirar al oficial.

–Cuando realicé la prueba de Kobayashi dijiste que tu finalidad a la hora de programar la simulación era que aprendiéramos.

–Así es.

–Es extraño. Te afanaste por crear una simulación perfecta, capaz de acabar con cualquier salida para tratarnos de enseñar, y sin embargo tu mayor lección me la has dado en la Enterprise.

–¿Lección, señor?

–Sí Spock. Tal vez el fin no justifique los medios.

Las palabras de Jim resonaron en los oídos de Spock mientras el capitán reiniciaba sus pasos y se adentraba en los dominios de Scotty sin darse cuenta de que el primer oficial no le seguía. Spock trataba de comprender lo que acababa de oír. Cuando pudo reaccionar alzó la mirada y vio cómo Jim se perdía entre el vapor de los tubos de refrigeración. Algo en la escena hizo que Spock viese a su capitán cómo algo inalcanzable y misterioso. De pronto deseó poder comprender que era lo que la mente del capitán albergaba bajo las capas de arrogancia, despreocupación y vivacidad que se afanaba por mostrar. El sinfín de sensaciones que Jim le había hecho sentir desde que se conociesen días atrás, ira, curiosidad, preocupación hicieron que una palabra cruzase su mente:

–Fascinante.