CAPÍTULO II: RAINBOW IN THE DARK

Cuando Daisya le trajo la comida, Nana empezó a tragar con una desesperación inhumana. Se notaba que llevaba meses sin probar bocado. A medida que comía, iba recuperando el colorido de sus mejillas, y sus ojos se iban lentamente humedeciendo de lágrimas de agradecimiento, que ambos Exorcistas notaron, aunque apartaron la mirada hasta que ella terminó de comer.

Finalmente no quedó nada que la chica pudiera comer, y, exhausta, suspiró.

-Muchas gracias-murmuró con su voz áspera y amarga.

-No nos lo agradezcas-replicó Daisya, sonriente-. Cualquier persona habría hecho lo mismo por una chica a punto de morirse de hambre…-para su sorpresa, Nana sonrió. Fue la primera sonrisa que le veían, y la verdad resultó inquietante: en su sonrisa no se veía ni el más mínimo asomo de alegría, era una mueca de absoluta amargura.

-No lo creo-masculló. Hizo ademán de levantarse de la cama, pero estuvo a punto de caer; sin embargo, cuando Daisya quiso ayudarla, ella lo apartó con la torpe delicadeza de quien no está acostumbrado a que lo traten bien ni a tratar bien a la gente-. Lo siento, pero debo irme.

-¿A dónde?-soltó el Exorcista-. Aún estás muy mal…

-Siempre estoy igual, ya estoy acostumbrada-replicó ella con cierta sequedad, poniéndose el sombrero-. Créanme, es mejor para ustedes que me aleje de aquí-y antes de que Daisya pudiera agregar nada más, Nana le dirigió una breve mirada a Kanda, que seguía sentado de brazos cruzados frente a la ventana, abrió la puerta y salió. Sus pasos no hicieron ningún sonido a pesar de que las tablas del suelo rechinaban como almas en pena.

Daisya se acercó a la ventana para verla desaparecer por la calle; fue como si se la hubiera tragado la lluvia. Antes de un par de segundos, la delgada y difusa figura oscura de Nana había desaparecido por completo.

Fue entonces que Kanda soltó una maldición entre dientes. Daisya se volvió hacia él, con las cejas alzadas, y el japonés se levantó, furioso, llevándose la mano al bolsillo.

-Mi billetera-soltó Kanda, con chispas en los ojos-. ¡Se la llevó!

En el momento preciso en que Kanda se percataba del robo, la ladronzuela en cuestión se dejaba caer al suelo con la espalda contra la pared, guarecida bajo un puente, mientras afuera llovía sin parar. Con el viento frío, las ropas mojadas y la fría presencia de la corriente del Sena, el refugio dejaba mucho que desear; sin embargo, al menos ahí estaba escondida y podría contar con calma el dinero.

Nana contó 10 francos: mucho más dinero del que había tenido la oportunidad de ver en cinco años de vida desafortunada en París. No era mucho, pero como estaba acostumbrada a comer una o dos veces a la semana, le alcanzaría al menos para un mes o unas cuantas semanas. La billetera era simple, pero de buena calidad, y tal vez podría sacar otros cinco francos más por ella. Se sintió satisfecha, pero no sonrió. Tal vez no me muera tan pronto como creía, pensó, indiferente. Aunque la verdad creo que hubiera sido mejor morirme de una vez. Suspiró y guardó la billetera en su sombrero.

¿En qué se había convertido?, se dijo a sí misma, con amargura. Ahora ya ni siquiera podía agradecer propiamente un gesto de amabilidad. Estaba tan acostumbrada al maltrato y a la rudeza que sólo podía pensar en sobrevivir. Cada ser humano en la calle se había vuelto un enemigo, aunque ella no se sentía ni siquiera capaz de odiarlos. Era lo mejor para ellos. Pero, ¿y yo?, pensó. ¿Qué hay de mí? ¿He ganado algo protegiendo a la gente? Sólo conseguí que me odien y me persigan… en verdad soy un fracaso. Debería morirme lo antes posible. A muchas otras chicas estos pensamientos les habrían arrancado las lágrimas. Pero Nana no soltó ninguna. Estaba tan curtida y tan habituada a estas lúgubres meditaciones que ya ni le importaban.

Este tipo, Daisya, pensó entonces, de repente. No es mal tipo, en verdad. Pero el otro, Kanda… creo que es más inteligente. En verdad yo no valgo la pena, y él se dio cuenta en seguida de que no debían de acercarse a mí…. Qué asco se daba a sí misma. Ahora solo podía pensar en los actos de gentileza en términos de sobrevivencia. Se había convertido en un animal. En uno de los miles de gatos callejeros que se peleaban a dentelladas por el contenido de los basureros…

Tan perdida estaba en sus pensamientos, que no advirtió la presencia de tres mendigos que se acercaban a ella armados con garrotes, hasta que los tuvo casi encima. Bueno, pensó, levantándose y echando mano del cuchillo que siempre llevaba oculto entre los pliegues de la capa. A pelearse por la basura.

La noche ya había caído cuando Kanda encontró a Nana.

La muchacha no lo había visto aún, y caminaba como borracha, apoyándose contra la pared húmeda del callejón para mantenerse de pie; sin embargo, Kanda no se detuvo para contemplar su paso desmañado y torpe. Se acercó a ella con justa cólera, la agarró por la pechera de la camisa y la estampó contra la pared.

-¡Devuélvemela!-le ladró con rabia auténtica. Nana alzó lentamente la cabeza, como si acabara de despertar al oír su voz, y Kanda advirtió que tenía la ceja partida y el rostro manchado de sangre seca.

-Ah-soltó Nana-. Eres tú-Kanda la zarandeó y volvió a golpearla contra la pared con brutalidad.

-¡Te dije que me la devolvieras!-espetó. Nana se soltó de él tras forcejear un momento, y se dejó caer sentada al suelo, con la espalda contra la pared.

-Ya no la tengo-gruñó-. Me la quitaron. Pero si quieres puedes golpearme. Hazme lo que quieras. Ya no me importa, la verdad.

Al oír esto, en vez de aplacarse, la ira de Kanda aumentó, como un fuego al que se le lanza gasolina, y volvió a agarrar a Nana por el hombro, violentamente, para estamparla nuevamente contra la pared. Nana hizo una mueca de dolor, pero no dijo nada.

-Eres una…-empezó a decir el japonés, pero ella alzó de repente los ojos, y su mirada lo dejó helado. Era como si todo el color y la luz de sus ojos hubieran sido arrancados, dejando nada más un agujero lleno de oscuridad y odio y tristeza, y lo peor, una indiferencia absoluta hacia lo que la rodeaba que amenazaba con tragar todo lo demás, como un abismo en cuyo fondo espera la muerte.

-¿Una qué?-espetó Nana con la voz más seca, áspera e indiferente que jamás se ha oído en el mundo-. ¿Zorra? ¿Prostituta? Sí, tal vez lo sea. ¿Ladrona? ¿Criminal? Sí, definitivamente lo soy. ¿Una hija del demonio? Pregúntale a cualquiera. Todos te lo confirmarán. Te lo advierto, ahórrate la saliva, amigo. No hay insulto que me afecte. Si de verdad quieres lastimarme, golpéame, mátame, viólame o lo que se te antoje-al decir esto se le llenaron los ojos de lágrimas, extrañamente.

La calle estaba vacía: la lluvia se había transformado en una bruma dorada, y los adoquines húmedos relucían débilmente con la luz de las farolas encendidas. El cielo arriba de ellos era violeta oscuro, pero no se veían estrellas. Kanda apretó los dientes, furioso al notar que de repente su ira se iba disolviendo lentamente.

-¿No vas a hacerme nada?-inquirió Nana, con esa horrible voz indiferente, casi con hastío. Kanda, irritado, le soltó un bofetón que resonó por toda la calle y le dejó los dedos marcados con espantosa claridad en la mejilla, pero ella no hizo ni un gesto-. ¿Eso es todo?

La furia de Kanda se encendió nuevamente: la agarró por un brazo con tanta violencia que se oyó el sonido de la tela al desgarrarse. Por un momento, Kanda se encontró mirando el pálido brazo que sobresalía como la luna en la oscuridad del cielo; y sus ojos recorrieron sin darse cuenta el contorno del delicado hombro, la curva suave del cuello, para detenerse en la división de los pechos, que eran como frutos tentadores…

Un golpe de calor le subió a las mejillas y se apartó de Nana como si su contacto lo quemara. La joven volvió a caer al suelo de rodillas, desmadejada como una muñeca de trapo.

-Yo…-jadeó Kanda, apartando la mirada-. Yo… perdón-soltó, con voz ahogada y seca.

Nana no respondió. Parecía muerta, pero no podía estarlo, porque Kanda podía ver su pecho subir y bajar lentamente al ritmo de su respiración.

-No importa-musitó finalmente. Su voz denotaba un terrible cansancio, una tristeza infinita-. Me han pasado cosas peores. Y después de todo yo me lo busqué.

Sólo entonces Kanda advirtió que la camisa de Nana estaba manchada de sangre en un costado, y que en la mano derecha de la joven había un cuchillo también manchado de sangre oscura, que ella sujetaba con dedos fláccidos, como los de una persona dormida.

-Nana…-jadeó Kanda, pero justo en ese momento, Nana se puso en pie como si le hubieran dado un golpe eléctrico, y sus músculos se tensaron como las cuerdas de un violín.

-¡Cuidado!-gritó, y se arrojó sobre él, tirándolo al suelo, justo en el momento en que algo oscuro y enorme pasaba zumbando como un misil por donde segundos antes había estado su cabeza. El proyectil se estrelló a unos pocos metros de ellos, levantando una nube de escombros y polvo. ¿Un akuma?, pensó el Exorcista, frunciendo el ceño.

Kanda sujetó la empuñadura de Mugen, listo para desenfundarla y luchar, pero Nana se levantó antes que él, acomodándose el sombrero. Iba un poco inclinada sobre el lado que tenía manchado de sangre, como si estuviera herida y le doliera enderezarse. Ahora sostenía el cuchillo con fuerza, y se mantenía en pie con dificultad, pero firmemente afianzada sobre sus dos pies.

-Te has vuelto rápida-soltó una alegre voz cascada, definitivamente la de un akuma. En efecto, de un callejón cercano surgió, como una horrible sombra salida de una pesadilla, un enorme akuma con forma de avispa, que ostentaba una espantosa sonrisa metálica y manos de tijera. Un nivel dos, reconoció Kanda.

-Si vas a matarme hazlo ahora-espetó Nana de vuelta. Su voz temblaba de angustia, aunque el Exorcista notó que intentaba ocultarlo. No pudo evitar sorprenderse al darse cuenta de que Nana intentaba esconder su temor por él-. Pero deja a este tipo fuera de esto. No tiene nada que ver conmigo.

-¡Ah!-exclamó el akuma, encantado al oír esto-. ¡Así que no tiene nada que ver contigo! Pues hace unos minutos estaban muy, muy juntos…-Nana apretó los dientes en una mueca feroz. Sus ojos lanzaban chispas como los de un gato.

-Vete de aquí-le espetó a Kanda, volviéndose hacia él-. Yo lo distraeré-Kanda no se movió-. ¡Te dije que te fueras!-repitió Nana, auténticamente desesperada. Pero, para su sorpresa, el japonés se levantó con calma absoluta, desenfundando su espada-. ¿Kanda…?-soltó, confundida.

-¡Oh, un Exorcista!-soltó el akuma, alegremente-. Muy bien, perfecto. Empezaba a hartarme de jugar con las ratas-Kanda dio un paso adelante, haciendo un gesto para apartar a Nana.

-¿Qué…?-jadeó ella, pero al momento recuperó el aplomo-. ¡Vete de aquí! ¡Este monstruo no es cualquier cosa! ¡Te va a matar!

-¿Sabes qué?-replicó Kanda, luego de un momento de silencio durante el cual miró con desprecio al akuma de pies a cabeza-. Eso de que no te importa morirte… la verdad, no te creo una mierda. Huye ahora.

Y sin esperar una respuesta, se abalanzó sobre el akuma, y comenzó a cruzar su acero con él, en una vertiginosa danza en la oscuridad que solo se iluminaba ocasionalmente al saltar chispas cuando chocaba su espada contra las manos de acero del monstruo.

La lucha parecía durar siglos; Kanda no lograba hacerle un solo corte al akuma, que era verdaderamente rápido, como una auténtica avispa, y sentía sus fuerzas cada vez más mermadas.

-¿Ya estás cansado, Exorcista?-se burló el akuma, y Kanda apretó los dientes, para continuar peleando. Y justo cuando se dio la vuelta…

-¡Nana!-exclamó. La joven seguía ahí de pie, mirándolo con ojos como lámparas en la penumbra. ¿Qué demonios hacía esa estúpida ahí todavía? El momento de distracción le costó caro: el akuma, percatándose de que había bajado la guardia, apareció detrás de él y le dio un terrible golpe en la nuca, lanzándolo volando hasta estrellarse contra Nana. Los dos rodaron, uno sobre otro, por el suelo, hasta que una pared los detuvo con un violento golpe.

A pesar de encontrarse más que aturdido por los múltiples golpes, al ver que el akuma se acercaba dispuesto a atravesarlos a ambos con las cuchillas de sus manos, Kanda agarró a Nana y rodó a un lado para esquivarlo. Las piedras de la pared lanzaron chispas cuando las manos de tijera del akuma las destrozaron, justo donde segundos antes había estado Nana.

-¿Qué coños haces aquí, imbécil?-le espetó a la joven, quien parecía aún más aturdida que él mismo. Antes de contestar, ella lo obligó a rodar de nuevo, para esquivar una vez más las garras del akuma.

-¡Esto no es problema tuyo!-replicó la joven, furiosa-. ¿Acaso quieres morir, idiota? Llevo cinco años enfrentándome a él completamente sola, puedo seguirlo haciendo cuanto me dé la gana.

Y en el momento en que el akuma volvía a alzarse para atacarlos una vez más, Nana se levantó y lo enfrentó con ojos furiosos. Su sombrero, ante la estupefacción de Kanda, comenzó a emitir un extraño resplandor; lo siguiente que pudo ver fue como la única punta de su sombrero se convertía en dos, y un enorme ojo azul se abría como una herida en la tela negra. En el momento siguiente, una espiral de luz de mil colores descendió sobre ellos dos, envolviéndolos, y el akuma gritó de dolor.

Kanda no podía creerlo. Ahí, en las calles de París, durante cinco años, se había estado muriendo de hambre una poderosa Exorcista.

Unos minutos después, Kanda se encontraba completamente solo en el callejón, mirando el cielo con incredulidad. Así que a esto se refería con "es mejor para ustedes que me aleje de aquí"… se acordó de lo que había pensado unas horas antes cuando contemplaba en silencio las heridas de Nana. En verdad los humanos somos creaturas estúpidas, pensó. A pesar de que somos capaces de hacer cosas crueles por nuestra propia conveniencia, también podemos hacer estupideces por los demás. Tal vez, solo tal vez, la humanidad no estaba tan arruinada como creía, se dijo, mientras miraba las manchas de sangre que Nana había dejado sobre las piedras de la calle al huir.