Esta es una adaptación con algunos de los personajes de Stephanie Meyer, la historia no es mi propiedad. Al finalizar les dire quién es la autora.
Emmett McCarthy se detuvo en lo alto de las amplias escaleras que llevaban al enorme vestíbulo de Schloss Edelstein. Su cuerpo imponente se relajó al observar con satisfacción la escena. Justin había elegido bien. Las cuatro chicas eran deliciosas. Se quedó un instante mirándolas. La rubia fue la primera en llamarle la atención, pero pese a ser muy bella, era un poco delgada para su gusto. No tenía paciencia con las mujeres neuróticas. La castaña que estaba junto a ella no era demasiado delgada, pero aunque tenía una melena muy llamativa, su rostro era inexpresivo. Las mujeres poco inteligentes le desesperaban. La pelirroja de aire prerrafaelista era impresionante, desde luego, pero Emmett sabía que ya había captado la atención de su primo Marcus y que ella vivía bajo su amparo. Miró a la chica que quedaba.
Entrecerró los ojos. Tenía un pelo rubio como el sol; la piel tan blanca y delicada como el marfil; los ojos azules como dos zafiros que llevaba con un aire de desidia que le produjo un repentino arrebato de ira. ¿Qué hacía allí una chica que parecía desganada con un collar Levantsky? ¿No se daba cuenta del milagro que suponía el artístico trabajo del joyero? ¿No apreciaba los pendientes, pulseras y anillos que la adornaban? Evidentemente, no. Él la miró fijamente, pero ella dejó escapar un suspiro descarado, se puso una mano en la cadera y cambió el apoyo de una pierna a la otra.
Emmett notó que la furia se apoderaba de él. Al suspirar, los pechos de la chica se elevaron y el movimiento hizo que los dos montículos encorsetados en el vestido negro se agrandaran apetitosamente. Sintió una sensación conocida y muy placentera por todo el cuerpo. La chica de pelo rubio y ojos azules estaba aburrida... Muy bien, él estaría encantado de remediarlo personalmente.
Empezó a bajar las escaleras.
Rosalie notó que empeoraba de humor. ¿Por qué estaba allí plantada? Aro Vulturi se había reunido con sus ayudantes y ella podía oír los cuchicheos en un italiano acalorado. Volvió a suspirar y el escote se le bajó otra vez. Lo detestaba, era demasiado bajo y provocaba la típica mirada grosera de los hombres que ella intentaba evitar.
Apretó los labios e intentó hacer, mentalmente, uno de los ejercicios de kárate. Eso la calmaba y le daba seguridad porque sabía que podría defenderse de cualquier agresión, aunque no pudiera impedir que los hombres la miraran.
Hacer de modelo no era tan fácil como pensaba la gente y ella sabía que a las dos aficionadas, Kate e Irina, les parecía arduo y agotador. Rosalie las miró. Kate, la castaña, parecía inexpresiva cuando no llevaba las gafas, pero, al menos, no vería las miradas lascivas que le dirigían. La pelirroja, Irina, tenía otro tipo de protección. Se decía que su novio era primo del tipo que había organizado esa velada y que, además, era el dueño de esa mansión medieval. Aunque ella no podía entender que un griego tuviera un castillo en los Alpes austriacos. Quizá quisiera estar cerca del banco suizo donde guardaba su botín. Lo único indudable era que tenían un montón de dinero. Schloss Edelstein era enorme y colgaba de la ladera de una montaña rodeado de bosques y campos nevados. Rosalie cambió la expresión aburrida cuando se acordó de la vista que tenía desde su dormitorio. Era muy distinta de la vista de fábricas que tuvo durante su infancia. Había sido muy afortunada.
Cuando tenía dieciocho años, un cazatalentos de una agencia de modelos la vio en un centro comercial. Al principio receló mucho, pero la oferta había resultado ser sincera. Había tenido que trabajar sin tregua para llegar a triunfar como modelo y en ese momento, aunque no era una supermodelo, tenía veintiséis años y le quedaba poca carrera profesional por delante, llevaba un tipo de vida que estaba a años luz del que se podía esperar cuando nació. Había aprendido mucho por el camino. No sólo cómo vivían los privilegiados, sino a sobrevivir en una de las profesiones más difíciles que había y, además, sin caer en el vicio. Porque pronto supo que el vicio estaba por todos lados en el mundo de las modelos. Sabía que algunas chicas consumían todas las drogas que podían y se acostaban con cualquier hombre que pudiera ayudarlas a prosperar y muchos de los hombres que había en el mundo de la moda no eran mucho mejores.
Se reconoció que no todo el mundo era así. En el mundo de la moda también había gente magnífica. Había diseñadores a los que respetaba, fotógrafos en los que confiaba y modelos que eran amigas. Como Allie, la morena que estaba allí, que era su mejor amiga. Ella iba vestida de blanco con una diadema y unas pulseras de diamantes.
Rose entrecerró los ojos. Allie no tenía buen aspecto. Siempre había sido delgada, como todas las modelos, pero en ese momento parecía demacrada. No eran las drogas, Allie no se drogaba. Si lo hubiera hecho, no habría sido su amiga. Esperaba que no estuviera a dieta porque algún fotógrafo estúpido le hubiera dicho que perdiera un peso que no le sobraba. ¿Estaría enferma? Rose sintió un escalofrío. La vida pendía de un hilo y cualquiera podía morir con veintitantos años. ¿Acaso no había muerto su madre con veinticinco años y había dejado a su hija, que no conocía a su padre, al cuidado de su abuela viuda?
Fuera lo que fuese, estaba machacando a Allie y tendría que hablar con ella cuando terminara la sesión del día. Si acababa alguna vez. Al menos, parecía que la reunión con Aro Vulturi había terminado. Él había vuelto a hacer caso a las modelos. Sus ojitos resplandecían en una cara regordeta que una barba muy cuidada no conseguía mejorar.
-¡Tú! -Aro señaló teatralmente a Allie-. ¡Fuera!
Rose vio que Allie se quedaba atónita.
-¿Fuera? -repitió ella sin entender nada.
El fotógrafo agitó las manos con desesperación.
-El vestido. Fuera. Hasta las caderas. Quítatelo y ponte las manos en el escote. Tengo que fotografiar las pulseras. ¡Deprisa!
Aro hizo un gesto a la estilista y alargó una mano para que le dieran la cámara.
Allie se quedó paralizada.
-No puedo.
El fotógrafo la miró con el ceño fruncido.
-¿Estás sorda? Quítate el vestido. ¡Ahora!
La estilista ya estaba desabrochando la espalda del vestido de Allie.
-¡No voy a quitarme el vestido! -exclamó ella con un tono cargado de tensión.
Rose vio que la cara de Aro se congestionaba y se adelantó para intervenir.
-No hay desnudos -declaró rotundamente-. Lo dice el contrato.
El fotógrafo se volvió para mirarla.
-¡Cállate! -le ordenó antes de volver a mirar a Allie.
Rose se acercó a la estilista y le agarró la mano para detenerla. Allie estaba muy tensa.
-¿Hay algún problema? -preguntó una voz desconocida.
Era una voz profunda y con acento extranjero. También tenía algo amenazante y Rose lo captó con un leve estremecimiento en su cuerpo. Un hombre había surgido de entre las sombras que rodeaban la zona iluminada donde estaban haciendo las fotografías.
Rosalie contuvo el aliento. Aquel hombre era como un leopardo. Esbelto, poderoso, elegante y... peligroso. Rosalie se preguntó por qué habría pensado que era peligroso, pero lo había pensado. Además, también pensó que era arrollador. No soltó el aliento mientras asimilaba todo lo que transmitía el hombre que acababa de aparecer.
Era muy alto. Más alto que ella. Tenía el pelo negro y la piel olivácea. Su rostro parecía sacado de un mosaico bizantino. Era impasible, distante, cauto e increíblemente seductor. Lo era por los ojos, concluyó mientras soltaba el aire. Eran unos ojos almendrados, con pestañas tupidas y muy sensuales; muy oscuros.
Todo el mundo se había quedado en el más absoluto silencio.
-Lo repito, ¿hay algún problema?
Rose pensó sin darse cuenta de que a él no le gustaban los problemas, que se los quitaba de encima si se cruzaban en su camino.
-¿Quién es usted? -le preguntó Aro con tono impertinente.
El hombre se volvió para mirarlo.
-Emmett McCarthy -contestó el hombre al cabo de unos segundos cargados de tensión.
Lo dijo sin levantar la voz y sin darse importancia. Sin embargo, lo dijo de una forma que hizo que Rose casi sintiera lástima de Aro. Casi, pero no del todo porque Aro Vulturi era uno de los mayores majaderos que la habían fotografiado.
-Sí -contestó ella antes de que el fotógrafo pudiera decir una palabra-. Tenemos un problema.
Los ojos almendrados se volvieron hacia ella y Rose se preguntó cómo era posible que unos ojos tan impasibles hicieran que todos los músculos se le pusieran en tensión. Se sentía como una gacela en medio de la sabana africana a la puesta del sol. Cuando los felinos salían a cazar. Ella, sin embargo, no era una gacela y Emmett McCarthy no era un leopardo. Era un hombre muy rico que estaba pasándoselo bien para conseguir que los medios de comunicación se fijaran en su último juguete. De entrada, con las cuatro modelos que había contratado para las fotos de publicidad. Aunque no las había contratado para desnudarse.
-Su fotógrafo -siguió ella delicadamente- quiere que incumplamos el contrato. El contrato dice que nada de desnudos -añadió ella con un tono más enérgico-. Yo me cercioré, puede comprobarlo.
Ella se mantuvo protectoramente detrás de Allie. También se dio cuenta de que las otras dos modelos, las aficionadas, estaban muy incómodas.
Emmett McCarthy seguía mirándola. Ella le aguantaba la mirada. Algo alteraba sus entrañas. Algo que a ella no le gustaba. ¿Sería el vicio? ¿Sería eso lo que no le gustaba de la mirada de Emmett McCarthy? No, se contestó reflexivamente. Ella podía lidiar con el vicio. Aquello era algo peor. Emmett McCarthy estaba afectando a algo completamente distinto. Notaba que, poco a poco, el corazón le latía más deprisa. Como si fuera la primera vez que le pasaba en su vida. Intentó resistirse con la falta de fuerzas propia de una impresión tan fuerte. No lo quería. No quería que fuera él. Sin embargo, lo era.
Emmett no apartó los ojos de ella. Ya no parecía aburrida. Su rostro reflejaba dos turbaciones y ella intentaba que la segunda no la abrumara.
La primera era furia. Esa chica estaba furiosa. Era una furia ancestral a la que ella estaba acostumbrada. Sin embargo, la segunda, le había llegado de improviso. El notó una punzada de satisfacción. Quizá ella quisiera disimularlo, pero él había captado el fugaz destello de sus ojos cuando se encontraron con los de él. Sin embargo, ya se ocuparía de eso cuando fuera el momento, en ese instante tenía que ocuparse de otras cosas.
Miró a la morena. Efectivamente, era el prototipo de neurótica; era increíblemente hermosa, pero prefería no estar en el pellejo del hombre que tuviera que soportarla.
-A ver si lo entiendo -le dijo a Allie-. ¿No quiere hacer estas fotos? ¿No quiere hacer las fotos del señor Vulturi?
Ella estaba casi temblando, pero negó con la cabeza.
Aro estalló en una sarta de insultos en italiano y Emmett lo paró con una mano en alto.
-Nada de fotos de pechos. Todas se quedarán vestidas.
Emmett miró a todas las chicas y se detuvo un instante en la pelirroja. Estuvo a punto de esbozar una sonrisa. Se imaginó la reacción de su primo si hubiera visto a su amante desnuda en la campaña de lanzamiento de la recientemente descubierta colección Levantsky, que llevaba años escondida en una guarida de los zares en lo más remoto de Siberia y que McCarthy Corp. había comprado para comercializarla. Marcus lo habría hecho papilla si él lo hubiera permitido.
Volvió a mirar a la rubia. ¿Estaría con alguien? Que ella le hubiera respondido no significaba que no estuviera con algún otro hombre. No sería la primera que pensaba que era preferible negociar con un McCarthy. Sin embargo, él perdía pronto el interés en las que pensaban de esa manera. Eran amantes insulsas. Pensaban en su dinero y no en él. Cuando tenía a una mujer en la cama, quería que sólo pensara en él. Lo comprobaría cuando se acostara con esa modelo morena.
Emmett fue hasta el rincón del vestíbulo, hizo un gesto con la cabeza al personal de seguridad que había contratado para vigilar la colección Levantsky, se apoyó en la mesa de roble, cruzó los brazos y observó a la chica que había elegido.
La sesión siguió y Aro descargó toda su rabia en ella. Rose no hacía nada bien. El criticaba y despreciaba todo lo que hacía ella, todas sus poses. Emmett sintió unas ganas enormes de retorcerle el cuello y una admiración equivalente por la modelo. Ella podría estar aburrida con las joyas Levantsky y sería una levantisca que sacaba a relucir el contrato a la primera de cambio, pero cuando se trataba de aguantar lo que le echaban encima, tenía la paciencia de una santa. Algo que a Emmett le pareció paradójico porque no parecía una santa ni mucho menos. Tampoco era sexy; no era tan burda. Su atractivo sexual nacía de algo completamente distinto; nacía de su indiferencia absoluta por tenerlo. Era algo muy poderoso; muy erótico.
La miró de arriba abajo. El pelo negro que parecía un manto, los hombros nacarados, las curvas generosas de sus pechos comprimidos, su cintura estrecha y sus caderas bien marcadas, sus brazos esbeltos y modelados. Además, su rostro. Era casi cuadrado, con una mandíbula muy definida, unos pómulos altos, la nariz recta, la boca amplia e inconscientemente voluptuosa y los ojos color esmeralda...
Efectivamente, era muy, muy erótica. Emmett notó un estremecimiento, pero se serenó para disfrutar de lo que veía e imaginarse lo que le esperaba esa noche por cortesía de la modelo de pelo como la seda. Casi sin quererlo, se preguntó cómo se llamaría.
Rose sumergió su cuerpo agotado en el agua caliente. La sesión había sido demoledora. No sólo por el esfuerzo de tener que contenerse con el majadero de Vulturi, sino porque había sido muy larga. Sin embargo, al final todo había salido bien. Fotografió a todas las chicas con distintas piedras preciosas que contrastaban con distintos vestidos. Esa noche volverían a llevar las joyas en la grandiosa recepción que Emmett McCarthy iba a ofrecer para el lanzamiento de la colección Levantsky. Kate llevaría esmeraldas; Irina y Allie, diamantes; y ella los zafiros
Rose se abatió repentinamente. Había podido hablar con Allie al final de la sesión cuando la acompañó a su cuarto. Allie se había dejado caer en la cama y ella se sentó en el borde. Se había quedado atónita.
-Estoy embarazada -le espetó Allie.
Rose la miró fijamente. No hizo falta que le preguntara quién era el padre ni por qué estaba tan disgustada. Rose ya le había advertido que no se relacionara con alguien de una cultura tan distinta a la occidental, que eso sólo le acarrearía problemas.
-Él me dijo que si me quedaba embarazada sólo tenía dos alternativas: o casarme con él y vivir como su esposa para criar al hijo o casarme con él, darle el hijo y divorciarnos. Yo no puedo hacer ninguna de las dos cosas. ¡No puedo!
Allie se puso a llorar y ella la abrazó.
-¡No puedo casarme con él! No puedo vivir en un harén y no volver a salir nunca más. En cuanto a renunciar a mi hijo... -Allie empezó a sollozar desconsoladamente.
-Entiendo que él no sabe nada del embarazo... -aventuró Rose
-¡No! -exclamó Allie que había dejado de sollozar-. ¡No puede enterarse! Vendría a buscarme y me arrastraría al desierto. ¿Entiendes por qué estaba tan horrorizada cuando Aro quería que me desnudara? Si se notara el embarazo y empezara a extenderse el rumor, él vendría hecho una furia. Tengo que marcharme.
-¿Marcharte?
-Sí, esconderme. Esconderme antes de que empiece a notarse. Si él se entera de que he tenido un hijo, sabrá que es suyo. Se hará la prueba y todo eso. Tengo que largarme. Tengo que irme muy lejos y empezar otra vida. A algún sitio donde él no me busque nunca. Había pensado en algún rincón remoto de Australia.
-¿Puedes permitírtelo?
Rose sabía que Allie había ganado bastante dinero, pero ninguna de las dos era una supermodelo y las comisiones de las agencias y otros gastos se llevaban gran parte de lo que ganaban. Además, el funesto idilio con el hombre del que quería huir la había tenido demasiado tiempo fuera del circuito y otras modelos jóvenes llegaban con fuerza.
Allie no contestó, se limitó a morderse el labio.
-Yo puedo prestarte... -empezó a decir Rose antes de que Allie negara con la cabeza.
-Tú necesitas el dinero. Sé lo cara que es la residencia de tu abuela y no voy a hacer que vendas el piso. A nuestra edad las dos estamos llegando al final de nuestra carrera y necesitas los ahorros. Ya me apañaré de alguna manera.
Rose no había insistido. Ya se ocuparía, como fuera, de que Allie tuviera lo suficiente para empezar su nueva vida, aunque tuviera que hipotecar el piso.
Dejó que el agua caliente la serenara. La pobre Allie se había quedado embarazada de un hombre que sólo la consideraba un cuerpo y que le arrebataría su hijo con un chasquido de sus imperativos dedos. Allie tenía que desaparecer en cuanto terminara esa sesión. Sin embargo, todavía tenían trabajo por delante. Los invitados de Emmett McCarthy ya habían empezado a llegar.
Emmett McCarthy Iba a tener que pensar en él. No quería, había estado posponiéndolo, pero ya tenía que pensar en él.
Repasó cuidadosamente lo que había pasado. Por primera vez en cuatro años largos y placenteros, había visto un hombre que le había parecido peligroso para ella. Era turbador. Los hombres ya no eran peligrosos para ella. No lo eran desde que Royce King le dijo que iba a casarse con Tanya Denali, una chica de su misma clase social, al revés que ella. Incluso en ese momento, cuatro años después, sintió la punzada de la humillación. Royce había sido el primer hombre, el único hombre, que había roto sus defensas. Tenía el encanto indolente y seguro de sí mismo propio de la clase más alta y había atravesado todas sus defensas sin despeinarse. Era divertido y, a su manera, a ella le había gustado.
-Lo he pasado muy bien, Rose -le había dicho cuando le dio la noticia de su inminente matrimonio.
Desde entonces, ella había mantenido a todos los hombres a una distancia prudencial. Además, casi todos los que había conocido le habían parecido poco atractivos.
El agua le acarició los pechos y una imagen apareció en su cabeza. Era un hombre que la miraba con unos ojos casi ocultos por unas pestañas muy tupidas. Rose se dejó llevar por ese pensamiento. Tenía que saber por qué era peligroso para ella y, así, poder defenderse de él. No podía ser por su belleza. En su mundo sobraban los hombres guapos. Tampoco podía ser por su riqueza. Eso siempre había sido un gran inconveniente, a lo que se añadía la idea generalizada de que las modelos se entregaban sexualmente a los hombres ricos. Entonces, ¿qué estaba pasándole?
Sólo sabía dos cosas: que tenía que andar con pies de plomo en lo referente a Emmett McCarthy y que quería volver a verlo.
Gracias por su review a
DCullenLove me alegro que te guste
Alice-Vampiirithao-Cullen lo veras coonforme vaya avanzando la historia
Aura21 me alegro que te guste
Gracias a quien agrego en alerta de historia espero subir pronto otro cap
