Esta es la última revisión de la historia. Hasta aquí el trabajo. #07/06/2016#

—Si te vas nunca podrás volver. ¿Lo entiendes? ¿Entiendes lo que significa?

—Lo entiendo.

—¿De verdad?

—Estoy aquí, ¿no? Sé en lo que me estoy metiendo.

—Y estás… ¿estás preparada para tal sacrificio?

—Sí.

—…

—Es lo mejor. Tiene que suceder. Es necesario.

—¿Por qué?

—Ella tiene que vivir.

—¿A costa de tu propia vida?

—Es mi decisión.

—Tienes pelotas, lo reconozco, pero estás totalmente fuera de tus cabales…

—Alguien a quien admiro me dijo una vez que todo acto de valentía requiere una pizca de locura, por eso lo tomo como un cumplido.

—¿Hay algo que pueda hacer para que lo reconsideres?

—No, lo siento.

—Lo perderás todo si lo haces.

—Lo perderé todo si no lo hago.


«El amor no es encontrar a alguien con quien puedas vivir, es encontrar a alguien sin el cual no puedes vivir»

–Rafael Ortíz


Es seis de octubre.

Un típico sábado en la tranquila ciudad de Storybrooke, Maine; un día que debería haber sido insignificante en el transcurso de las cosas. Pero no es así. De hecho, ni mucho menos.

Hoy no es un día cualquiera, pero nadie se dará cuenta de cuán importante es el seis de octubre hasta que sea demasiado tarde. Pasado un año la gente empezará a verlo con una luz distinta. Y apreciarán la bendición, el sacrificio, la devoción que cambiaría para siempre a una mujer hecha pedazos. Sabrán los hechos, pero nunca comprenderán del todo la esencia del sacrificio de un alma en pos de salvar a otra.

Nadie lo hará, hasta que sea demasiado tarde.

Es seis de octubre. Un momento crucial en la historia de Storybrooke y el punto de inflexión en la vida de Regina Mills.

Y todo comienza con un hechizo, una sheriff y un ladrón.

[X-X-X]

Regina empieza su día con café. Negro, casi nada de azúcar, sencillo y en su forma más pura. Disfruta de cómo el líquido le quema la garganta, de cómo el sabor le baila en las papilas gustativas y de cómo el aroma permanece en el aire que la rodea como un perfume. Ha ido apreciando su sabor desde que llegó a este mundo y lo hizo su nuevo hogar. En su antigua tierra la criaron privándola de un placer tan simple. Su madre decía que el café era para los plebeyos, sirvientes y soldados. Una verdadera dama solo bebe té.

Ahora se burla de esa idea. Exceptuando el momento que tuvo como rehén la preciada taza de Rumpelstiltskin, no ha vuelto a tocar una taza de té en los veintiocho años que lleva en Storybrooke. El té y la hora del té le evocaban recuerdos desagradables que prefiere mantener enterrados junto a los restos carbonizados del Bosque Encantado. Destrozar su espíritu y todo lo que amaba era la única técnica paternal que poseía Cora. Y de alguna manera retorcida Regina había llegado a asociar eso con el té.

El sonido de agua bajando por las tuberías de la pared y movimientos en la planta de arriba y en la de abajo, aparta a Regina de sus pensamientos. Agarra la taza de café con ambas manos y la sostiene bajo su nariz, inhalando el aroma con respiraciones profundas. Observando los números brillantes del microondas, nota con una leve sorpresa que sus compañeros de casa se las habían ingeniado para abandonar sus camas calientes antes de que sus respectivas alarmas sonasen a todo volumen. Eso es un milagro en sí mismo.

Regina bebe un sorbo y se pregunta quién será la desafortunada víctima del día, siempre es un cara o cruz, los dos parecen compartir la misma costumbre de permanecer en la ducha más tiempo del necesario. Algunas veces Henry es capaz de quedarse dormido mientras se enjuaga y Regina sospecha que su madre biológica hace lo mismo cuando la voz chirriante de Emma deja de destrozar una canción, a pesar de que todavía puede escuchar el agua corriendo en el cuarto de baño. El agua caliente nunca ha sido un problema en el pasado en la casa de los Mills, pero ahora que son tres cuerpos forzados a compartirla cada mañana, la fiabilidad del calentador se ha visto comprometida. Regina habiendo aprendido la lección el primer día que Emma Swan invadió su casa, se ha levantado antes que nadie y se ha bañado primero. Nunca volvería a ser ella la que saliese saltando y gritando de la ducha con gel por todo el cuerpo y champú en los ojos.

Veinte largos minutos más tarde finalmente obtiene su respuesta. Sonríe mientras arriba escucha los débiles pasos de Henry. Su sonrisa se ensancha aún más en lo que sólo puede ser descrito como una sonrisa siniestra al escuchar el canto tirolés ahogado procedente de la planta de abajo. Parece que hoy el monstruo que vive en el sótano es el que se encuentra en el extremo que recibe el chorro del ártico. «Perfecto.» Inexplicablemente encantada con la idea de la incomodidad de Emma Swan, termina el resto de su café y comienza a esperar el grito que está obligado a romper el silencio de su casa.

Desafortunadamente nunca llega a escucharlo.

En el momento que Regina apoya la taza para coger un cacho de fresa sucede algo raro. Un cambio en la energía. Como si la Tierra inclinase sus ejes durante un momento, y tiene que agarrarse a los lados de la mesa para no caerse. La deja sin aire y le provoca náuseas. Y como todas las cosas que dejan una gran impresión, se va tan rápido como ha aparecido. Temblando, Regina coge una generosa cantidad de oxígeno en sus pulmones y se toma unos segundos para orientarse de nuevo. Sabe lo que acaba de suceder. Ha sentido ese inconfundible cosquilleo en la base del cuello que se expande y se precipita por su piel cada vez que se practica magia poderosa. No ha salido de ella, eso seguro.

Alguien en algún lugar está jugando con fuego.

Nadie como los imbéciles de este pueblo para arruinar la mañana perfecta de un sábado.

Regina suelta un murmullo de desaprobación antes de levantarse y depositar la taza en el fregadero. Estar a la merced de Blancanieves y ese príncipe suyo insoportablemente denso, significa que el trabajo de Regina es descubrir y arreglar cualquier acertijo mágico que suceda en la ciudad. No tuvieron suficiente con haber metido en su casa a su preciosa princesita en calidad de espía barra controlador barra guardián, tuvieron el valor de poner a Regina a trabajar como «experta en defensa mágica» de Storybrooke, un ridículo puesto de consultoría bajo la jurisdicción de la sheriff, nada menos.

Es absurdo, degradada de todopoderosa reina, a poderosa alcaldesa de una pequeña ciudad, a lacayo mágico de Emma Swan. La Reina Malvada de su interior habría querido convertirlos a todos en sapos, hacer brochetas, pasarlos por la plancha y alimentar con sus pieles correosas a los trols que acechan bajo el Puente de los Trols. Pero por desgracia la madre de su interior supera su deseo de venganza. Al final, tener a Henry en su vida de nuevo es incentivo suficiente para seguir haciendo las cosas bien.

Regina repasa en su cabeza la lista de posibles sospechosos mientras prepara el desayuno de Henry. Como si estuviera en piloto automático el cuerpo se le mueve por la cocina sin problemas. Sobre la mesa deja los cereales preferidos su hijo y el cartón de leche, y coge del lavavajillas una cuchara y un bol. Sin darse cuenta deja también un plátano y una taza verde oscuro al lado de la cafetera que ha preparado antes. Emma, una intrusa audaz, reclamó esa taza en su primera mañana en el hogar de los Mills hace tres meses. A Regina le saca de sus casillas lo cómoda que se encuentra la rubia en su propia casa. Sospecha que Emma se comporta de esa manera apropósito sólo para molestarla. ¡Y chico!, vaya si lo hace.

Pero para disgusto de Regina, la imperiosa necesidad de estrangular a la preciosa princesa de Blancanieves parece que ha ido reculando. A pesar de haber dado lo mejor de sí para aferrarse a su molestia, ésta empezó a disiparse lentamente cuando Emma hizo algo útil y comenzó a hacer las tareas de la casa sin que Regina la tuviera que instigar. La señora que solía limpiar por ella no quiso volver nunca más desde que se rompió la maldición. Emma tomó la iniciativa y se apuntó todas las tareas que odiaba Regina: aspirar, limpiar el polvo, arrancar las malas hierbas, cualquier cosa. Y para su sorpresa, Emma todavía no había roto nada, por lo menos que ella supiera. Es extraño… agradable… cómo Regina ya no lo tiene que hacer todo. Tener a alguien en quien delegar la hace sentir bien, aunque un poco rara. Pero nunca se lo admitiría a nadie y menos a Emma Swan. En lo que a Regina concierne, ahora tiene a una sirvienta interina en casa. Ese es un hecho con el que puede vivir.

Todavía molesta por lo que ha sucedido hace un momento, Regina da golpecitos distraídamente con los dedos sobre la encimera de granito y mira fijamente a través de la ventana que da al jardín con ojos marrones distantes y desenfocados. Este no es un asunto al que pueda dar carpetazo fácilmente. En este mundo la magia es impredecible, y como descubrió hace un tiempo, tiene unas consecuencias considerables.

Regina reflexiona sobre lo que sabe hasta el momento: a) lo que ha sentido hace un momento una especie de onda que provenía de un hechizo poderoso, b) ha sido, para su sorpresa, magia blanca y c) la magia ha tenido la fuerza suficiente para empujar su cuerpo hacia la derecha; lo que básicamente significa que la magia se ha originado en el oeste.

En el bosque. Los ojos de Regina se entornan ante la idea. Si el epicentro está ahí y ella lo sintió aquí, implica problemas. Una magia potente, no importa si es negra o blanca, podría desencadenar la apertura de otra fisura.

Y si se parece en algo a la última, tienen un gran problema entre las manos.

—¡Regina!

Escucha que alguien la llama desde la planta de abajo, apartándola de sus preocupaciones. Un segundo después la puerta del sótano se abre de golpe, haciendo temblar la vajilla buena de la vitrina y que casi se descuelgue un cuadro. Regina se estremece ante el ruido y se gira en dirección a la puerta con un brillo asesino en los ojos e intención de cantarle las cuarenta a la cavernícola de la sheriff.

—Señorita Swan, no…

La ex alcaldesa de Storybrooke no llega a terminar la frase. De todas las cosas que espera encontrarse, ver a Emma Swan envuelta en nada más que una toalla, no es una de ellas. La rubia está claramente de mal humor, su cuerpo irradia angustia con tanta intensidad que Regina siente nauseas debido a toda la energía nerviosa.

Regina alza una ceja ante la actitud acosadora de la sheriff, pero su mirada de confusión da paso a una mirada fulminante en el instante en que sus ojos se centran en el charco de agua que se empieza a formar a los pies de la rubia. La mujer está chorreando. Regina resopla irritada. Solo su incivilizada compañera de casa puede desequilibrarla al irrumpir en su cocina prácticamente desnuda y provocando un desastre en su suelo inmaculado.

Emma estudia la mirada en la cara de Regina y rápidamente pilla la indirecta, retrocediendo y situándose en el primer escalón que conduce hacia el sótano.

—Pasaré la fregona, te lo prometo.

—Más le vale —dice Regina tensando la mandíbula.

Vuelve a enfundarse su habitual máscara de todo son negocios, no me importa nada, deseando que sus mejillas no se sonrojen, obligándose a centrar los ojos en la cara de Emma. La situación es embarazosa para ambas, y no la pillarán mirando boquiabierta, ni de broma.

—Señorita Swan, sé que tiene una desafortunada predilección por ir paseándose durante las mañanas en ropa interior pero, ¿no podría limitar este comportamiento abajo, en su cuchitril? Mi hijo podría bajar en cualquier momento y…

—No tengo nada de ropa —espeta Emma.

—Eso es obvio, querida.

—No, me refiero a que no tengo nada de ropa —enfatiza Emma, cambiando el peso de un pie al otro. —No hay nada en mi vestidor. Nada[1]. Todo lo que me queda son un par de vaqueros viejos que estaba pensando en tirar.

—Señorita Swan, no nos engañemos, la mayor parte de su ropa debería estar en la basura —dice Regina en tono aburrido—. Y antes de que me culpe por este desafortunado percance, permítame decirle que yo no tengo nada que ver con eso. Compruebe la lavadora, puede que Henry se haya apiadado de su ropa sucia y haya hecho la colada por usted. Yo, por otra parte, no tocaría su ropa sin un traje NBQ y un baño desinfectante.

Emma pone los ojos en blanco pero ignora los insultos con facilidad.

—Tomo nota, Regina. Y para que conste, no he pensado que fueras tú —dice, absolviendo a Regina de un crimen que no ha cometido. Emma se encuentra con una mirada asesina y su voz se torna sombría—. Creo que alguien ha entrado en nuestra casa.

Esto capta la atención de Regina. Últimamente su magia ha estado fallando, pero sigue siendo lo suficientemente poderosa para que la teman. Exceptuando a la turba furiosa que pedía su cabeza cuando se rompió la maldición, nadie se ha atrevido a poner un pie en la mansión durante meses. Y a pesar de que nunca lo diría en voz alta, el hecho de que la sheriff residiese en su casa también había disuadido a posibles maleantes. Antes de poder seguir rumiando en esos pensamientos, otro la atraviesa dejándola tensa.

Si alguien ha entrado en casa entonces…

—¡Henry!

—Está bien. He hablado con él por walkie-talkie. Está revisando sus cosas para ver si le falta algo —la tranquiliza Emma alzando las manos en un gesto apaciguador.

Su toalla casi se escurre, y con un movimiento rápido Regina aparta su mirada. Está segura de que su rostro se ha teñido de rojo ante la preocupación por su hijo y lo que menos necesita es que se convierta en púrpura al ver a la sheriff como Dios la trajo al mundo. Eso sería, como mínimo, mortífero.

—Estoy segura de que mis cosas estaban en su sitio antes de irme a la ducha y al salir he sentido una ráfaga de aire y he visto la ventanilla abierta de par en par. Tenía la cerradura forzada. ¿Tú has visto a alguien en el jardín?

—Yo… no. Estaba preocupada por otro asunto.

—¿Ha entrado alguien por esta puerta? —pregunta Emma, apoyando las manos en el marco de la puerta. Regina desea que deje de hacerlo porque la toalla apenas puede mantenerse en su sitio.

—Sólo usted —contesta con frialdad, clavando su mirada en la lámpara que está encima de la cabeza de Emma.

—¿Echas en falta alguna de tus cosas?

—No lo sé, no estoy segura —murmura Regina con los labios fruncidos.

Tendría que darse una vuelta por la mansión y hacer un inventario rápido de sus pertenencias. Las cosas de verdadero valor las mantiene bien guardadas. Regina toma nota mental para mirar esas primero.

—Bien, avísame en caso de que te hayan robado algo. Puede que el ladrón no haya ido más allá del sótano, pero no cuesta nada asegurarse. Llamaré a la comisaría y le diré a Ruby que traiga su culo hasta aquí para buscar huellas.

—Sí, bien, quizás quiera ponerse algo encima antes de que lleguen sus ayudantes —le sugiere Regina en un tono seco, echando una mirada cautelosa hacia la puerta que conduce a la sala de estar y a la entrada.

Henry podría bajar de un momento a otro y a Regina se le está poniendo difícil seguir buscando cosas a las que mirar sin que parezca que tiene déficit de atención.

—Tiene gracia que lo menciones…

A Emma se le escapa una risa entre los labios e inconscientemente se rasca el cuello de manera tímida. Regina se maravilla de lo pequeña que suena de repente y antes de darse cuenta sus ojos vuelven a mirar a la rubia.

—No estaba exagerando cuando he dicho que me han robado toda la ropa —masculla Emma incapaz de encontrarse con la mirada de la morena.

—¿Y la ropa que llevaba por la noche?

—Duermo desnuda.

—Oh. —Regina no necesitaba saberlo. Ahora tiene la imagen grabada en la ca…—. Recuérdeme que lave sus sábanas tres veces en agua hirviendo cuando haga la colada —añade demasiado rápido.

—Ya, ya —murmura Emma, todavía incapaz de mantener contacto visual.

Regina ladea la cabeza mirando con expresión curiosa a la otra mujer. Y entonces se percata. «Bueno, esto es sencillamente espléndido.»

—No le queda ropa interior —afirma Regina con un brillo de diversión en sus ojos.

El rojo que tiñe la cara y cuello de Emma lo dice todo.

—Supongo que puedo dejarle una blusa, pero eso es todo —dice Regina con una sonrisa malvada, disfrutando plenamente, al girar las tornas sobre la otra mujer. Ver a Emma salir de su zona de confort proporciona a Regina un agradable cosquilleo—. Confórmese usando esos vaqueros que le quedan. Pues no pienso dejarle ninguno de mis pantalones sabiendo que hoy va a ir sin bragas, lo último que necesito es infectarme con sus gérmenes y que me salga un sarpullido. Y no, antes de que pregunte, no tengo nada de ropa interior nueva, sin usar, ni de sobra —continúa, cortando a Emma antes de que diga nada—. Ya estoy obligada a compartir a mi hijo y mi casa con usted, señorita Swan, voy a trazar la línea en la ropa interior.

Emma abre y cierra la boca como un pez al quedarse sin palabras. Tras un momento baja la cabeza y suspira derrotada.

—Vale, lo pillo. No bragas, no pantalones, no sarpullido. Gracias por la blusa —murmura sin entusiasmo.

—Deduzco que la azul que mi hijo le prestó generosamente en el pasado será suficiente, señorita Swan.

Emma asiente con un leve movimiento de cabeza antes de girar sobre sus talones y dirigirse penosamente por las escaleras que dan al sótano. Regina suelta el aire que no sabía que estaba aguantando.

«Gracias al cielo.»

Esa pobre toalla ha estado al filo de la indecencia. No es ninguna mojigata, pero la sola idea de ver a una de sus mayores adversarias así de expuesta la desconcierta. Y Emma Swan ya es una molestia en sí, Regina no la necesita como pesadilla recurrente (desnuda) también.

Aun así ha sido gratificante ver a la siempre bocazas sheriff tan cortada.

Regina se deja llevar por unos instantes de regodeo antes de dirigirse a la habitación a buscar la susodicha blusa. Aceptará cualquier victoria sin importar cuán pequeña o insignificante parezca, pues con los Encantadores al mando de su ciudad, eran pocas y poco frecuentes.

[X-X-X]

Emma sospecha que el universo está conspirando en su contra al intentar entrar en sus pantalones. Ya es bastante malo tener que ir en plan comando para ahora encontrarse saltando de arriba abajo como una idiota y apretando el culo para que le suban de las caderas. Ceñidísimos no es suficiente para empezar a describir este par de Levi's raídos. No son sólo unos vaqueros desgastados y apolillados de hace un par de años, sino que desde que se mudó a Storybrooke ya no le cierran bien. Trabajar como caza recompensas a menudo significaba largas horas sin dormir ni comer. La vida como sheriff de una pequeña ciudad y sobre todo como Caballero Blanco es exactamente lo opuesto. Bueno, la parte de dormir no es que hubiese mejorado significativamente, pero la calidad y la cantidad de las comidas sin duda lo han hecho. Y ahora está pagando las consecuencias.

Tal vez a base de fuerza de voluntad se las apañe para embutirse en él, pero para colmo de males, también le lleva una cantidad absurda de tiempo abrochárselo. Le lleva uno o dos minutos pasar el botón por el ojal, pero tan pronto entra, se deja caer en la cama, sudorosa, en topless y con el pecho agitado por el esfuerzo.

—Me cago en todo —exhala Emma completamente agotada.

Se queda observando el techo, dejándose hipnotizar por las aspas del ventilador que cuelga sobre la cama. Octubre está empezando y el tiempo comienza a hacerse demasiado frío para usar ventiladores, pero ella lo sigue usando de todas formas. Vivir en la casa de Regina significa disfrutar de las ventajas de la calefacción centralizada. Y le gusta el sonido que hace el ventilador, el ruido de fondo es agradable.

Algunas veces el sótano puede llegar a ser muy silencioso.

Cada vez que alguien aparte de su familia y amigos más cercanos se molesta en preguntarle acerca del peculiar acuerdo sobre vivir aquí, Emma se encoge de hombros y les responde que está viviendo en la habitación de invitados de Regina. Técnicamente, no es una mentira. Emma es una invitada y está viviendo en una habitación. Caso cerrado. El resto de la gente no necesita saber que dicha habitación está en el sótano, que es la pequeña habitación extra donde Henry y Regina solían guardar los juguetes viejos y adornos navideños, y que en ocasiones, Regina se refería a ella como su mazmorra. De broma, claro, pero eso no detuvo a Emma a la hora de limpiar cada esquina del sótano en busca de salpicaduras de sangre u objetos de tortura durante su primera noche en la mansión (para que conste, no encontró nada).

Aun así, Emma no puede quejarse. Le encanta su habitación: minimalista y aislada dentro de lo que cabe. Tiene su privacidad. Su baño. Su televisor. Su ordenador (aunque sea de Regina y sea uno de esos modelos prehistóricos de principio de los años noventa). Y lo mejor de todo, vive bajo el mismo techo que su hijo. Regina tampoco es mala compañía. Es muy divertida si disfrutas de un buen enfrentamiento de vez en cuando. Y es una cocinera fantástica (cuando se ahorra el veneno).

Hablando de Regina…

Emma extiende la mano buscando a ciegas la camisa que momentos antes, mientras tiritaba envuelta en la toalla, le había tirado Regina. Había esperado que la morena lanzase otro sarcástico «disfrute la camisa, señorita Swan», por los viejos tiempos, pero Regina simplemente se había reído de lo patético de su aspecto y se había ido por la puerta de sótano. Emma juraría que todavía podía oír esa risa diabólica resonando en sus oídos. Claramente, a pesar de haber tenido el mejor de los comportamientos durante los últimos meses, en algún lugar dentro del enigma que es Regina Mills reside la Reina Malvada.

Emma encuentra la camisa encima de la almohada y hace acopio de un gran esfuerzo para obligarse a sentarse con el fin de ponérsela. La prenda de seda es agradable y fresca sobre su piel. Es una sensación rara al no llevar sujetador, de hecho puede verse los pezones a través de la tela, sin embargo, ésta la sigue maravillando como lo hizo la primera vez que se la puso. Emma puede culpar a Regina por muchas cosas, pero la mujer tiene un excelente gusto para la ropa (y siendo honestos, en todo lo demás).

Pensar en ropa trae a Emma de vuelta a la realidad.

Acostumbrada a una vida nómada, toda la ropa que posee podría caber perfectamente en una bolsa de viaje. Si uno busca «riesgo de fuga» en el diccionario, su nombre estaría debajo. Si hablamos en términos de ropa, no tiene mucha, realmente no la necesita. Su estilo se enfoca más en lo práctico que en la moda, por ende, Regina se ha estado burlando diariamente de todos sus vaqueros ajustados y musculosas, y cualquier otra pieza de ropa. Sus cuatro chaquetas fueron las únicas piezas donde se gastó una cantidad importante de dinero (y, aun así, Regina todavía las encontraba difíciles de mirar). Emma ya no tenía mucha ropa para empezar, y ahora, no tiene nada en absoluto. Aparte de los estrechísimos vaqueros que lleva puestos. Ni una maldita prenda. Ni una camiseta, ni una musculosa, ni unos pantalones, ni una chaqueta, ni unos calcetines, ni unas bragas, ni un sujetador. Gracias a Dios dejó de esconder el dinero en los calcetines o de lo contrario estaría sumamente jodida.

Los ojos de Emma se agrandan de manera cómica.

—¡Joder!

Salta de la cama y casi tropieza con sus propios pies, sus piernas la llevan hacia el estante de los zapatos. Un par de zapatos han desaparecido, pero tres de ellos afortunadamente permanecen en su sitio. De rodillas, introduce ambas manos en sus Doc Martens destrozadas y palidece cuando no siente nada más que la plantilla rasposa de las botas.

No están.

Sus ahorros no están.

Una buena parte del dinero que había cobrado por sus últimos trabajos bien hechos como caza recompensas ha desaparecido.

Sí, la mayor parte de su dinero está seguramente guardado en el banco, pero da lo mismo. Tres de los grandes siguen siendo tres mil putos dólares. Sea quien sea el perpetrador, Emma tiene toda la intención de quemarle la cara, apagar el fuego con un tenedor y pisársela con los Jimmy Choo de siete centímetros de Regina. Pero es la sheriff y tiene que ceñirse a las leyes, no obstante, maldita sea, ahora mismo la venganza parece una idea muy dulce. Ese bastardo la ha escogido a ella específicamente, solo ha robado sus cosas. Las cosas de Henry y Regina están intactas.

Esto es personal.

Con las piernas como gelatina Emma avanza hacia la cama, se deja caer de cara sobre las sábanas y ahoga un grito en el colchón. Este día no puede ir a peor.

Pero, como dice Mary Margaret, siempre oscurece antes del alba. Y si este no es el momento más oscuro, todavía le queda una larga jornada.

A no ser que alguien de arriba se compadezca y decida tirarle un hueso.

Emma lo huele incluso antes de verlo.

Su perfume. Algo de sudor. Un montón de cuero.

Casi le da un tirón por la manera en la que gira su cuello hacia la almohada. Hay algo asomando allí debajo. Del color de la sangre y las manzanas. Sin pensárselo ni un segundo, coge la almohada y la tira a sus espaldas, golpeando algunos DVD y revistas de su escritorio y tirándolos al suelo. Pero a Emma no le puede importar menos el desastre.

Observa la pieza de ropa que yace ante ella y casi llora.

Hoy ha perdido mucho, pero por lo menos todavía tiene esto. A lo mejor es suficiente. Al menos, por ahora.

[X-X-X]

Regina sabe que debería hacer esto en su estudio, pero cuando ve a Henry desayunando solo, coge sus mapas y herramientas y lo extiende todo sobre la mesa de la cocina. Puede parecer patético, pero últimamente busca cualquier excusa para estar en su compañía. Sus interacciones ya no son tan forzadas y torpes como lo habían sido en el pasado, pero está muy lejos de ser con ella como es con Emma.

Regina envidia la facilidad con la que su hijo muestra afecto hacia la otra mujer y con cada día que pasa ansía que la trate de la misma manera. Es un trago difícil de digerir, pero ¿qué puede hacer más allá de asumirlo silenciosamente y rezar por no ahogarse en sus propios celos? Es difícil, y algunas veces angustioso, pero lo está intentando. Espera que por lo menos él pueda verlo.

—No tienes que darte prisa, no vendrá a recogerte hasta dentro de una hora —dice Regina a Henry al notar la rapidez con la que se mete la comida en la boca.

Él parece relajarse por sus palabras, apoyando la espalda en el respaldo de la silla y comiendo más lentamente.

Regina le ofrece una pequeña sonrisa antes de volver su atención al mapa extendido delante de ella.

Durante los fines de semana Henry normalmente dormiría hasta las nueve, pero durante los últimos sábados, su hijo ha estado dando clases de espada con su abuelo. Henry no es una persona madrugadora y probablemente nunca lo sea, pero parece que las espadas de madera tienen el poder suficiente para apartar a su chiquillo de la tentación de pasar un par de horas extras en la cama. Regina desearía haberlo sabido hace cinco años, cuando usó cada uno de los músculos de su cuerpo y puso a prueba los límites de su paciencia cuando lo preparaba para el colegio: bañándolo, vistiéndolo y dándole de comer en la boca, porque por la mañana era prácticamente un catatónico.

Ante los recuerdos Regina no puede evitar la sonrisa anhelante que tira de sus labios. Henry la mira de manera extraña desde el otro lado de la mesa pero no dice nada.

No importa lo difíciles que fueron esos momentos, Regina disfrutó cada minuto. Algunas veces desearía volver al pasado, cuando ella era el centro del mundo de Henry. Cuando le daba los besos más dulces y los abrazos más fuertes con tanta libertad como le decía cada noche antes de irse para cama «te quiero». Los días en lo que ella era todo lo que él idolatraba y su heroína, no la villana que teme desde que obtuvo ese libro. Regina solo desea, ¡demonios!, quiere desesperadamente volver a esos años, cuando Henry se acurrucaba a su lado en la cama y jugaba con su oreja hasta quedarse dormido. No era perfecto, pero fue lo más cercano a serlo. Y ella lo había subestimado.

El camino de la redención es largo, solitario y duro. Ahora lo sabe, aun así, está dispuesta a ir al infierno y volver por la más mínima muestra de afecto de su hijo. Su relación todavía no es lo que era antes, pero están llegando a buen puerto. Dentro de ella sabe que él aún la quiere, pero las mentiras, los secretos y las traiciones agravan el dolor, y el amor que él pueda profesar hacia ella está enterrado tan profundamente que su pequeño está teniendo problemas para verlo, y mucho más para recordar que alguna vez existió. Traer de vuelta a Emma Swan y Blancanieves a Storybrooke ayudó a restaurar un poco de su confianza, pero no es suficiente. Enmendar los daños es un proceso lento y arduo, que requiere de paciencia y compresión, y también que Regina vuelque toda su fuerza en reparar el puente que ella misma destrozó a la ligera, por su absurdo deseo de mantener una maldición que no hizo más que corroer su alma en primer lugar.

Quiere ganarse su confianza. Ganarse su respeto. Ser merecedora de su amor.

Henry es su mundo, y si hace las cosas bien, quizás con tiempo se lo conceda todo.

—¿Mamá?

—¿Hm?

—Antes he sentido algo —comparte Henry en tono quedo, jugando con la cuchara y los cereales de su bol—. No estoy seguro, pero creo que fue magia.

Una ráfaga de orgullo hincha el pecho de Regina. Su hijo tiene un don y es muy perceptivo. Poca gente se hubiese dado cuenta de eso.

—Así es. Yo también lo he sentido.

—¿No has sido tú?

—No. —Regina niega con la cabeza—. Pero descubriré quién ha sido.

Henry asiente y su atención vuelve a centrarse en su desayuno.

—¿Para qué es eso? —pregunta con la boca llena de cereales, observando la variedad de objetos esparcidos ante ella.

—Estoy intentando buscar puntos de energía concentrada —explica Regina con tono paciente. Alza la mano y le enseña el cristal blanco opaco que cuelga de una cadena sobre el mapa de Storybrooke—. Este cristal me lo dio Maléfi… una vieja amiga mía. Tiene una propiedad especial, se siente atraído por energía mágica. Piensa que es una especie de brújula. Estoy tratando de localizar con precisión el origen de la magia que hemos sentido antes. Cuando el cristal encuentre el lugar en el mapa, empezará a brillar con luz azul.

Henry parece absorber la información como una esponja, y a partir de ese momento, comienza a mirar cómo trabaja con ojos ansiosos.

—¿Te ayudará eso a descubrir si se ha abierto otra fisura? —pregunta pasado un tiempo.

—Eso espero —responde Regina suavemente, levantando los ojos del mapa hacia la cara de su hijo.

Henry está intentando ser un joven príncipe valiente, pero ella puede ver que empieza a ponerse nervioso, los pequeños surcos entre sus cejas lo delatan. No puede culparlo, la última vez que apareció una fisura en el bosque, nada menos que el día que Rumpelstiltskin desapareció misteriosamente de Storybrooke, unos goblins salieron de ella y causaron estragos alrededor de la ciudad. El Departamento del Sheriff necesitó dos días para dar caza a los goblins y acabar con ellos. Regina salió de la experiencia con un tajo desagradable en el hombro derecho y Emma sobrevivió con un surtido de cortes y contusiones en los brazos y las piernas. Los ayudantes de la sheriff sufrieron quemaduras leves y todo el mundo tuvo un aspecto horrible durante días. Henry no pudo dormir durante dos noches enteras, preocupándose por ellas, estresado por el hecho de que casi mueren. Regina no quiere que vuelva a pasar de nuevo por esa experiencia, por eso ofrece rápidamente alivio a su hijo.

—Si hay una fisura la encontraré enseguida y la sellaré antes de que salga nada. No te preocupes, todo irá bien.

Henry sonríe débilmente y asiente, introduciéndose otra cucharada de cereales en la boca.

—¿Mamá? —pregunta de nuevo pasado un tiempo.

—¿Sí?

—Cuando la encuentres, llévate a Emma contigo. No vayas otra vez por tu cuenta como la última vez.

Regina sonríe ligeramente y siente que el corazón se le encoge y expande en el pecho tocado por su preocupación. Las palabras arañan su garganta.

—Claro.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

—Ella es el Caballero Blanco, es su trabajo proteger al débil —continúa.

Regina quiere discutirle que está muy lejos de ser una debilucha y necesitar protección, y mucho menos de Emma Swan, pero decide morderse la lengua y que su hijo siga dando su opinión. Pues descartarlas nunca hizo ningún bien a su relación.

Como si leyese sus pensamientos, Henry retrocede un poco y aclara:

—Mamá sé que no eres débil. Pero los monstruos dan miedo y son peligrosos y tú necesitas la magia para derrotarlos. Y sin Emma allí para sujetarte la mano tu magia es… rara.

—No, no lo es —niega Regina rápidamente—. La magia es diferente aquí, ya lo sabes. Las reglas no son las mismas. En el viejo mundo, uno más uno eran dos. Aquí, uno más uno igual a tres. Me llevará algo de tiempo acostumbrarme. Además, he pasado veintiocho años sin practicar, solo estoy un poco oxidada. Mi magia funciona bien.

Henry deja paso a una mirada de complicidad.

—Convertiste nuestro coche en un poni.

—Eso fue un accidente.

—Todavía está en el zoo de mascotas. Han pasado tres semanas.

—El conjuro pasará —le quita importancia Regina sacudiendo la mano. Henry levanta una ceja—. Con el tiempo —termina sin convicción.

Desafortunadamente, Henry no ha terminado.

—Cando Emma se cayó al lago, el conjuro de viento que usaste para secarla le provocó gases.

—A lo mejor lo hice adrede.

—Volviste moradas nuestras manzanas.

Henry entorna los ojos.

Regina se encoge de hombros, fingiendo indiferencia.

—Es mi color favorito.

—Le pusiste tetas a Leroy.

—Todo el mundo tiene… pechos, incluso los hombres. Es anatomía humana —murmura débilmente Regina con las mejillas coloradas.

Estaba intentando sanar al hombre tras el ataque de un goblin, sus intenciones eran buenas, eso es todo lo que puede decir. Por lo menos el enano volvió de la copa D a su tamaño de pecho normal después de una semana (la cual probablemente sea una modesta B).

—Mamá —suspira Henry con cansancio, sonando muy poco al niño de diez años que es—. El pollo que hiciste ayer en el horno estaba corriendo por el jardín.

Regina se remueve en su asiento.

—¿Lo viste?

—¿Por qué crees que no cené ayer por la noche? —Henry pone una mueca. A pesar del asco evidente al ver un pollo descabezado, despellejado y medio cocinado retozando en su patio trasero, Henry la mira y sonríe con picardía—. Aunque se lo diste todo a Emma.

—Le gustó.

Regina se encoge de hombros y antes de darse cuenta está compartiendo una extraña y tranquila risa con su hijo.

Un calor se le extiende por el cuerpo. Es una sensación… agradable.

Regina está más receptiva a sus palabras después de esa breve unión de lazos, por eso no le pone más excusas cuando él vuelve a darle su opinión.

—De alguna manera, Emma hace que tu magia funcione bien. Se cree que es tu salvadora mágica o algo así. Entonces, por favor mamá, deja que te proteja —implora Henry con expresión seria—.Y, cuando tu magia deje de actuar de manera rara porque ella está allí, puedes usarla para protegerla a Emma también. El abuelo me dijo que no era muy buena con la espada de hecho me dijo que era mejor que ella.

Regina no puede evitar resoplar ante la verdad en las palabras de Henry. Decir que Emma es mala con la espada, es el eufemismo del siglo. El Caballero Blanco no blande espadas, ella las arroja al enemigo. Ese es uno y el único de sus movimientos. Si la lucha con espada de alguna manera fuera como el lanzamiento de jabalina, quizás Emma Swan podría ser realmente decente.

—¿Mamá? ¿Me lo prometes? —presiona Henry, mirándola con ojos expectantes.

Regina exhala lentamente y le sonríe con una sonrisa sincera. Como si pudiese decirle que no al niño y a esa cara.

—Tienes mi palabra —murmura.

Eso lo tranquiliza. Sonríe tímidamente antes de volver a sus cereales para terminar los restos reblandecidos que quedan. Regina piensa que sabe de dónde viene esto. Henry siempre ha sido un niño muy cariñoso, siempre preocupándose por el bienestar de la gente a la que quiere. La sencilla verdad es que simplemente no quiere que ninguna de sus madres salga herida, eso significa que Emma y ella deben trabajar juntas y cubrirse las espaldas mutuamente a pesar de sus diferencias, y Henry está dispuesto a conseguir que por lo menos una de ellas jure por ello por su propia tranquilidad. Su hijo es cuidadoso y astuto a la vez, una combinación perfecta del Caballero Blanco en su sangre y la Reina Malvada en su crianza. Regina lo puede entender. Y que la maldigan si no hace que se le humedezcan los ojos un poco.

[X-X-X]

—Tenemos buenas y malas noticias —declara Emma tan pronto como entra en la cocina con Ruby detrás—. ¿Cuál queréis escuchar antes, chicos?

—Las malas —contestan al unísono madre e hijo, para gran diversión de Emma.

Regina y Henry siempre parecen querer quitarse de encima las malas noticias antes de oír las buenas.

Emma mira a Ruby y hace un gesto hacia delante con una mano, dándole a su ayudante la palabra.

—He acabado de buscar huellas en la habitación de Emma y en la ventanilla que usó el culpable para entrar en el sótano. La ventanilla y la cerradura forzada estaban limpias, lo que nos sugiere que el ladrón usó guantes o limpió sus huellas antes de irse —explica Ruby mientras se quita los guantes de látex y los mete dentro del kit de criminalística—. He conseguido huellas en la habitación de Em pero probablemente sean todas de ellas en vez de…

—¿Él? —interrumpe Henry—. Has dicho el culpable, ¿quiere decir que el ladrón es un hombre?

—No estamos seguras al cien por cien, pero es muy probable que nuestro sospechoso sea un hombre —contesta Emma, apoyada en el borde de la mesa con los brazos cruzados sobre el pecho—. O un niño. O niños. Rufio y su banda de delincuentes juveniles han estado muy ocupados haciendo gamberradas por toda la ciudad. Pero nunca han sido tan osados cómo para atacarme directamente.

—¿Los Niños Perdidos? —Henry sonríe, los ojos le brillan como si fueran estrellas. Emma y Regina comparten una mirada de complicidad. De toda la gente a la que su hijo podría adorar como a héroes, Henry tiene que ser fan acérrimo de esos mocosos inmaduros. Esperan que sea una fase que se le pase pronto, él necesita mejores modelos a seguir.

—Puede que sí, puede que no. No estoy segura. —Ruby sonríe a Henry.

—No creo que sean ellos. Son gamberros, no ladrones.

Emma contiene un suspiro urgente ante las palabras del chico. Él siempre dispuesto a defender a sus ídolos cada vez que esos vándalos salen a colación.

—De todas maneras, no los vamos a descartar hasta que encontremos algo concreto —le dice a Henry, ganándose un mohín de decepción del chico–. Storybrooke es una ciudad pequeña, al final acabará surgiendo una pista. Y tampoco es que puedan abandonar este lugar. Pronto encontraremos a ese cab… canalla y lo meteremos entre rejas.

—¿Por qué están tan seguras las dos de que es un hombre? ¿No es demasiado pronto para sacar conclusiones? —sondea Regina, uniéndose a la conversación finalmente. Su voz tiene el mismo tono autoritario que solía utilizar a menudo cierta Alcaldesa, y sin darse cuenta, Emma y Ruby enderezan un poco su postura. A juzgar por la manera en que las mira, a Regina no le sorprende—. Como han dicho, apenas tiene pruebas en sus manos —finaliza.

—Se trata más de una corazonada. —Emma aparta los ojos, sin ganas entrar en detalles.

—La ropa interior de Emma —admite Ruby sin preámbulos, para gran disgusto de su amiga. Ruby ignora la mirada asesina que le lanza Emma y explica—: Robar piezas de ropa como chaquetas, pantalones y camisetas es comprensible. El ladrón puede utilizar esas cosas, incluso venderlas. Pero, ¿la ropa interior de otra persona? Demasiado intimo para reutilizar. Y eso solo puede significar una cosa: el culpable es un pervertido. Sí, también sabemos que una mujer puede ser una pervertida robabragas, pero en la mayoría de los casos, es un hombre.

—¿Qué es un pervertido? —inquiere Henry.

—Algo a lo que no debes aspirar —responde Regina fácilmente.

—Dios, probablemente ese pervertido esté haciendo ya-sabes-qué a tu ropa interior, Em —dice Ruby en voz baja mientras se acerca a ella.

Pero su hijo y su oído supersensible lo escuchan de todos modos.

—¿Qué está haciendo con ella? —pregunta Henry, la cara de la inocencia y de la pureza.

—Rubes —la advierte Emma entre dientes.

—¿Qué está haciendo? —repite Henry.

—Quemándola —miente Ruby sin problemas.

—Bueno, eso es algo en lo que ambos estamos de acuerdo —murmura Regina en voz baja, ganándose una mirada acusadora de una Emma con la cara roja.

—De todos modos, será mejor que me vaya. —Ruby inclina su cabeza hacia la puerta y le da un apretón al hombro de Emma—. Cotejaré las huellas con la base de datos a ver si hay alguna coincidencia. ¿Nos vemos en la estación?

—Sí, pero llegaré un poco tarde. Tengo que pasarme un rato por algún lugar a comprar… ya sabes.

Emma dirige una mirada intencionada a su ayudante, esperando que capte la indirecta.

Está planeando pasar su descanso para comer reponiendo su armario vacío en una de las tres tiendas de ropa de la ciudad, pero en estos momentos hay un artículo de ropa sin la que no puede estar ni un minuto más. Emma está teniendo rozaduras en sitios dónde uno no debería tenerlas. Quien dijese que ir en plan comando es sexy, debería probarlo con unos vaqueros ajustados. El mero hecho de andar le da la sensación de estar frotándose una sierra por sus regiones inferiores, y que la maldigan si eso no la hace temer por la integridad de sus partes especiales.

—Disculpa, ¿que vas a ir a dónde? —le pregunta Ruby, y Emma reprime el impulso de gruñir.

Nadie como tu mejor amiga para cotillear.

—A Little Miss Muffet —murmura Emma, mirando de repente al suelo con interés.

Los ojos de Ruby se iluminan como si fuesen árboles de Navidad.

—¡Yo estuve allí el otro día! Les acaba de llegar este encaje súper sexy. Tienen un montón de colores —susurra Ruby a Emma en el oído mientras se apoya en su costado, asegurándose de que Henry no las escucha esta vez.

Emma no los ve, pero tiene la sensación de que un par de ojos se están clavando en su cráneo. Está segura de que no es Henry. Pero, entonces eso implicaría… «no». Nop, es imposible.

—Compra un par, apuesto a que estarías buenísima con ellas, incluso podrían hacerte sentir lo suficientemente sexy como para hacer algún avance con alguien de la ciudad. Dios sabe que necesitas echar un polvo —remata Ruby con un guiño obsceno.

Emma pone los ojos en blanco y ríe, empujando a su amiga suavemente hacia la puerta.

—Vale, ve a hacer tu trabajo, te veré allí pronto.

—¡Sí, señora! Ya me voy.

Ruby saluda a la sheriff y se despide de Henry. A Regina simplemente le dirige un leve movimiento de cabeza antes de girar sobre los talones e irse.

—¿Cuáles son las buenas noticias? —Henry se vuelve para mirar a Emma, jugando con las tiras de la mochila que tiene en el regazo.

—¿Eh?

—Has dicho que tenías buenas noticias —le recuerda Henry.

—Ah, eso. Sí, casi lo olvido.

—Bien, ¿qué es?

—La tienes delante.

Emma sonríe de oreja a oreja, hinchando el pecho.

Henry y Regina miran sin entender nada. Emma exhala decepcionada, sintiendo como se desinfla su burbuja.

—Todavía tengo mi chaqueta —dice apuntando lo obvio, haciendo un ademán con la mano hacia la chaqueta de cuero roja que lleva puesta.

—Qué desgracia —suspira Regina, volviendo a hacer la brujería que estaba haciendo con un cristal y un mapa—. El ladrón no ha sido muy minucioso.

Emma se muerde la lengua y se decanta por dirigirle una mirada feroz a Regina. Como era de esperar, la ignora.

—Emma. —Henry le sacude el final de la manga, captando su atención—. ¿Cómo hace la policía de la televisión para atrapar a los criminales con tanta facilidad? A veces solo encuentran un pelo pequeño y después se van directos a atrapar al malo.

—Tienen un montón de recursos a su disposición, Henry. Laboratorios, tecnología, cualquier cosa.

—¿Por qué tú no tienes nada de eso?

—¿Con el presupuesto que tengo? —Emma resopla, luchando contra el impulso de reír en voz alta—. No lo sé chico, a lo mejor tendríamos herramientas mejores si cierta persona no me hubiese recortado el presupuesto y denegado todas y cada una de las solicitudes que envié.

—El presupuesto anual se aprobó en una época en la que lo único que hacía su departamento era rescatar gatos de grandes y malvados árboles y arrestar a Leroy por beber y alteración del orden público en la Abuelita —dice Regina en un tono tan profesional que a Emma le recuerda a su exigente alcaldesa favorita.

De alguna manera echa un poco de menos a la Alcaldesa Mills. No mucho. Solo un poco. Puede ser un grano en el culo. Uno que está buenísimo, sí, pero grano al fin y al cabo.

—Claramente, durante mi ocupación como alcaldesa, mi oficina no contempló que pudiese romper la maldición y que tendríamos a goblins y trols correteando por todo Storybrooke. Si lo hubiese sabido, a lo mejor hubiese considerado su petición de granadas aturdidoras y un lanzacohetes.

—¿Pediste un lanzacohetes? —Los ojos de Henry se ensanchan con asombro.

—Yo, eh, puede que me tomase una cerveza cuando rellené esa solicitud —admite Emma en tono bajo.

Henry y Regina le dirigen una mirada idéntica de incredulidad, está claro que no se tragan la historia.

—Vale, a lo mejor cuatro. Cinco. Siete cervezas —dice retractándose con un tono tan bajo como el de antes.

Regina pone los ojos en blanco ante la revelación.

—Lo sospechaba.

—¿En serio?

—Señorita Swan, dibujó un monigote de usted disparando un cohete a mi cara.

—¿En serio? —Emma alza la voz hasta que se convierte en chillido.

Honestamente no es capaz de recordar nada de esa noche, a parte de estar borracha y enfadada por algo necio que hizo Regina.

—Sí, y fue tan amable de añadir un pie de foto para asegurarse de que entendía el mensaje.

—¿Qué escribiste? —le pregunta Henry. Cuando Emma no sabe qué responder, se vuelve hacia Regina—. ¿Qué escribió, mamá?

Regina, con una sonrisa malvada, está más que dispuesta a satisfacer la curiosidad de su hijo.

—Bien, Henry, citando a la señorita Swan: «por si te estás preguntando para qué lo necesito, aquí tienes un cohete, desde mi corazón bondadoso al agujero negro sin vida que es el tuyo.»

Henry la mira con la boca abierta, y Emma no desea otra cosa que esconderse como una tortuga arrastrándose dentro de su piel. No puede creer que Regina se tomase el tiempo para memorizar eso. Debió dejarla realmente impresionada, por muy malo que fuese.

—También se dibujó a si misma arrojándome granadas aturdidoras para iluminarme el día —continúa contando Regina, para horror de Emma—. Si no lo hubiera dibujado con ceras de colores, me lo habría tomado como una amenaza seria y sus ayudantes la hubiesen metido en la cárcel.

—Emma —le reprocha Henry, negando con la cabeza.

Suena como Mary Margaret cuando la pilló jugando al póquer y apostando con sus ayudantes en un día ocioso en la oficina. Solo que esta vez, la decepción en la voz de Henry duele más.

—Creo que todavía tengo la solicitud en mi estudio. —Regina sonríe de una manera deslumbrante, claramente disfrutando de su incomodidad.

Más que bochorno, es una vergüenza abrumadora lo que fluye por el sistema de Emma. Haciendo que la cabeza le palpite. Qué ejemplo para darle al chico, ¿eh?

—Lo siento —murmura Emma suavemente, buscando con vacilación la mirada sorprendida de Regina e insuflando tanta sinceridad a su voz como la que es capaz de reunir.

No es tan difícil considerando que se arrepiente de verdad de haberse comportado como una cría. La mirada decepcionada de Henry se le aparece en la cabeza. Ella es el Caballero Blanco, de corazón puro e intenciones nobles, él espera mucho más de ella y se le nota en la cara.

—No debí hacerlo, estuvo mal. No importa lo que me hicieses ese día, no merecías ese tipo de comportamiento inmaduro por mi parte. Además, fue un malgasto de formularios de solicitud del ayuntamiento y de las ceras de colores de Mary Margaret.

Regina, la siempre torturadora, permanece en silencio durante un minuto completo antes de apiadarse de ella y soltar un simple:

—Vale.

—¿Vale?

—Acepto sus disculpas.

Emma sonríe y Regina responde con el más leve, apenas imperceptible, amago de sonrisa. Henry las observa curioso con la cabeza inclinada hasta que el sonido de la camioneta de David aparcando en la entrada lo envía corriendo a la puerta principal con la mochila oscilando bruscamente en sus brazos. Desapareciendo antes de que sus madres puedan llamarlo para un abrazo o beso de despedida.

—Ni un mísero adiós. —Emma chasquea la lengua en señal de desaprobación.

Echa un vistazo a Regina e inmediatamente se siente mal al ver la silenciosa resignación en la cara de la mujer. Su expresión es la de alguien que ha vivido esta situación demasiadas veces. Es un asco pensar que Regina se ha acostumbrado a que su hijo se vaya sin decirle ni una palabra o lanzarle una mirada. Y, de alguna manera, sin previo aviso, el corazón de Emma comprende a la otra mujer. Regina puede ser muchas cosas, pero mala madre no es una de ellas. Emma toma nota mental para tener una charla con Henry sobre este tema. Es un buen chico, pero algunas veces no se da cuenta de que lo está haciendo mal hasta que alguien le avisa. Él la escuchará, sabe que lo hará.

Emma se acerca hasta la cafetera en la esquina y se sirve una taza. Agarra su taza verde con ambas manos y se la lleva a la nariz, aspirando el agradable olor. Un suspiro de satisfacción se le escapa de los labios.

—¿En qué estás trabajando? —dice mirando en dirección a Regina y tomando un sorbo vacilante de la taza. Cuando el líquido caliente se desliza por su garganta entrecierra los ojos.

Regina, con expresión concentrada, ni siquiera levanta los ojos de su importantísima tarea.

—En buscar energía mágica —responde simplemente.

Emma apoya su peso contra el mostrador y ladea la cabeza, estudiando el ceño de Regina. La pobre mujer parece exhausta. Y también, muy frustrada. Una y otra vez, Regina balancea el cristal sobre cada centímetro del mapa de Storybrooke que tiene extendido delante de ella. Emma no tiene ni idea de lo que tendría que pasar pero parece que no tiene pinta de que vaya a suceder pronto. Parece que la magia de Regina está más rara de lo normal.

Pasado un rato de ver cómo la morena se hunde más y más en su frustración, Emma decide extender una mano para ayudarla, en el más literal de los sentidos. Dejando la taza vacía en el fregadero, al lado de la de Regina, coge el plátano que ésta de manera amable ha dejado para ella y rodea la mesa de la cocina para situarse a su lado.

Discretamente, Emma extiende su mano libre hacia la ex alcaldesa y espera a ver si Regina muerde el anzuelo. Emma la mira a la cara en busca de alguna reacción y lucha contra la sonrisa que pide a gritos salir de sus labios. Juzgando por la expresión de «acabo de chupar un limón» que tiene, está muy claro que Regina preferiría ser mutilada y destripada por un hombre lobo que aceptar su ayuda. Pero, si el leve tic de su mano es un indicio, Emma sabe que por lo menos la morena está tentada.

—¿Necesitas ayuda? —pregunta suavemente, verbalizando esta vez su oferta, tirando la pelota al tejado de Regina.

A Emma le lleva un momento obtener una respuesta.

—No, gracias —dice Regina con tono monocorde, cuando su orgullo gana la batalla.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Segura? Porque parece como si realmente necesitases ayuda.

—Estoy bien.

—Estás en apuros.

—Soy una de las más, si no la más, poderosa de las brujas de mi tiempo. No estoy en apuros, y mucho menos cuando se trata de magia.

—Vale, no estás en apuros. Entonces, estás fracasando miserablemente.

—No estoy fracasando.

—Todavía.

—Esto lleva su tiempo, casi lo tengo. Lo estoy logrando.

—Si tu plan es lograr nada, entonces sí, te estás acercando.

Un gruñido amenazador sale de la garganta de Regina.

—Sheriff Swan, ¿no tiene mejores cosas que hacer, no sé, atrapar a un ladrón?

—Sí, las tengo. Por eso tienes que dejar que te ayude, así puedo irme de casa y empezar la captura de ese cabrón. No sería muy caballeroso por mi parte dejar un alma indefensa en un momento de angustia. Ahora, deja que te ayude para que pueda irme.

—No estoy indefensa.

—Se podría decir que tampoco tienes alma, pero ese no es el tema —contraataca Emma descaradamente con un brillo malicioso en los ojos—. Deja de ser tan testaruda y sujeta mi mano.

—No se la he pedido.

—Pues te la estoy ofreciendo de todos modos.

—No voy a sujetarle la mano, señorita Swan.

—Tus dedos nerviosos dicen lo contrario.

Regina cierra su mano libre en un puño, mirándola como si la hubiese traicionado. Y sí, probablemente lo haya hecho. Emma exhala profundamente ante la expresión de conflicto que cruza por la cara de la otra mujer. Probablemente Regina está tan acostumbrada a exigir y a amenazar a la gente para que cumplan sus órdenes, que cuando le ofrecen ayuda libremente y sin condiciones, no sabe reconocerla, mucho menos aceptarla.

—Venga Regina, piénsalo de esta forma: tu magia es como una batería muerta y mi contacto son los cables de puente. Soy tu fuente de energía en vida, andante y parlante. Me necesitas, te guste o no —continua Emma sin arrepentirse. Restregando la mano prácticamente en la cara de Regina—. Tócame, úsame. Sabes que lo estás deseando.

La mirada que le lanza Regina es de sorpresa, asco, curiosidad y algo más, todo eso aparece en un paquete de ojos como platos y boca abierta. Emma no ha pretendido que sonase tan mal, pero lo ha hecho, para horror de Regina y diversión de Emma. Haciendo de tripas corazón, Regina golpea su mano como si Emma le estuviese dando a oler un zurullo. Conocedora de que acaba de ser gloriosamente rechazada, Emma se ríe para sí misma y rodea la mesa, dejándose caer en el asiento que ocupaba Henry antes de irse.

—Vaya a trabajar, sheriff. ¿Por qué sigue aquí? —suspira Regina, sonando molesta y exasperada por su continua presencia.

—El desayuno —responde Emma simplemente, pelando el plátano que tiene en la mano y tomando un gran bocado poco femenino—. De todas maneras, ¿por qué estás intentando buscar esta porquería de energía mágica? ¿Ha pasado algo?

La arruga entre las cejas de Regina se hace más profunda ante su consulta. Emma observa con interés la manera en la que aprieta la mandíbula. Después de un momento tenso, Regina separa sus ojos del cristal y mira a la rubia con expresión seria.

—Henry y yo sentimos algo hace un rato.

Emma deja de masticar. Traga saliva con dificultad y casi se ahoga con los trozos, pero los fuerza garganta abajo.

—¿Cuándo? —pregunta bruscamente.

—Cuando estaba en la ducha.

—¿Magia? —pregunta Emma, bajando cada vez más la voz.

—Sí

—¿Tan poderosa cómo para abrir una fisura?

Regina asiente débilmente y Emma siente como se le cierra el estómago.

—¿Por qué no me lo has dicho antes? —Emma frunce el ceño, sin poder evitar el tono acusatorio en su voz.

Por supuesto, Regina no tarda en saltar a la defensiva, obviamente ese tono no le gusta ni una pizca. Mira a Emma fijamente con una mirada dura.

—Quería averiguar dónde se originó antes de ir a usted con mis conclusiones. No quería ir sin apenas información, yo no hago las cosas de esa manera. Puede que no disfrute trabajando en virtud de consultora, sheriff Swan, pero cuando se me encargan asuntos importantes, nunca les presto menos atención de la que se merecen.

Ambas mujeres se miran por un momento, demasiado tenaces y obstinadas para su propio bien. Como era de esperar, Emma es la primera en ceder.

—Sí, tienes razón. Sé cómo trabajas y cuán minuciosa eres. Y te lo agradezco. Lo siento.

Las disculpas de Emma cogen a Regina por sorpresa y la desarman completamente. Lo dice en serio, lo cual es todavía más sorprendente, pero probablemente Emma no lo habría dicho si no estuviese tan inquieta por la amenaza de otra fisura en la ciudad.

—¿Crees que Gold está detrás? ¿Está siquiera de vuelta en Storybrooke?

Regina responde a sus preguntas negando rápidamente con la cabeza.

No. Y definitivamente, no ha sido él

Emma entorna los ojos con sospecha. Nunca ha sido alguien fácil de convencer.

—¿Cómo estás tan segura?

—La magia siempre deja un cierto… residuo. Supongo que puede pensar en ello como en una especie de marca. Es única en cada poseedor, como una huella si lo prefiere. Es difícil notarla, es una sensación distinta, y hay que ser un versado en las artes mágicas para distinguirla. He conocido a Rumpelstiltskin el tiempo suficiente para familiarizarme con su marca. Créame, señorita Swan, no ha sido él —dice Regina con total naturalidad—. Lo que Henry y yo hemos experimentado antes, carecía de la sensación de vacío y desesperación que he llegado a asociar con ese duende. Lo que he sentido ha sido poderoso y… puro. Magia blanca.

Emma se toma un momento para asimilar la información. Si se trata de magia blanca, solo puede significar una cosa.

—Las hadas religiosas entonces —deduce Emma.

Regina asiente de acuerdo con ella.

—Esa sería la conclusión más lógica.

—¡Dios!, putas hadas célibes —se queja Emma mientras se frota la cara con las manos, molesta y fatigada—. Siento el vocabulario. Culpa mía —murmura rápidamente cuando ve la cara de desaprobación de Regina. Emma suspira y se pasa los dedos por el pelo—. Dios, encuentran un poco de polvo de hadas en las minas y la ciudad se viene abajo, literalmente.

—¿Qué esperaba, sheriff Swan? ¿De verdad es tan ingenua como para creer que el Hada Azul sería capaz de contenerse con la magia ahora que está en posesión de su preciado polvo?

—Solo encontraron un puñado de ese crack para hadas. Pensé que sería más inteligente y lo guardaría para tiempos difíciles. —Emma se encoge ligeramente de hombros, molesta con su ingenuidad.

Debió hacer que el Hada Azul jurase algo o algo igualmente vinculante. Puede ignorar pequeños hechizos, ¿pero los grandes que abren grietas mágicas? Emma no puede, ni hará, la vista gorda al respecto. No después de la última vez.

—Pasaré por el convento y llegaré al fondo del asunto —dice, sonando mayor de lo que es. El día va mejorando por momentos—. No me importa que no tengamos una ley contra el uso de la magia en la ciudad, pero si aparece una fisura y las hadas tienen algo que ver, voy a arrastrar sus culos hasta la cárcel y les voy a meter un puro tan grande que van a estar vendiendo velas eternamente. Me importa un comino si me ven como la mayor villana de la ciudad por encerrar a las monjas.

—Vaya y abrace su lado oscuro entonces —dice Regina con una pequeña sonrisa malvada antes de volver a centrarse en su importantísima tarea—. La llamaré cuando localice el punto de origen del hechizo. Tengo la sensación de que es en algún lugar al oeste de aquí. A lo mejor en la zona del bosque cercana a la carretera de Camden.

Emma asiente y saca el móvil del bolsillo, planeando llamar a la comisaría para poner al corriente de los últimos acontecimientos a sus ayudantes. La compra de ropa interior y la persecución al ladrón tendrán que esperar. Tienen cosas más importantes entre manos. Emma está a punto de levantarse de la silla para irse, cuando un escalofrío le recorre el espinazo. Las últimas palabras de Regina caen sobre ella como un jarro de agua fría y se queda anclada a la silla. «Y si…»

—Regina —dice con timidez—. La carretera de Camden está a solo una manzana de aquí. Y has dicho que yo estaba en la ducha cuando Henry y tú habéis sentido magia poderosa, y yo estoy segura de que todavía me estaba duchando cuando robaron todas mis cosas. ¿Crees… crees que lo que ha pasado está conectado con el robo?

La mano de Regina se congela y el cristal cuelga lánguidamente de la cadena. Está claro que no había considerado esa posibilidad hasta ahora. Los ojos marrones se encuentran con los verdes, y Emma está segura de que la evidente preocupación en los ojos de Regina también se refleja en los suyos.

Necesitan llegar al fondo de todo esto.

—Regina. —Emma se inclina sobre la mesa, extiende la mano hacia la morena y con un tono suave de súplica murmura—: Por favor.

Y eso es todo lo que necesita.

Emma no tiene el mismo poder que Gold usaba sobre Regina, sin embargo, esa simple palabra es suficiente motivo para que la ex reina deje de lado su orgullo, se acerque y coja su mano. Quizás tengan razón, quizás «por favor», sí es la palabra mágica. Tan pronto como sus palmas entran en contacto y sus dedos se entrelazan, lo sienten. Esa sensación de hormigueo que recorre sus pieles desde la planta de los pies hasta lo alto de su cabeza. Es como ser alcanzado por un rayo, sintiendo la energía fluyendo libremente por sus cuerpos, haciéndolas estremecerse en sus asientos. Ambas cogen una bocanada de aire, sintiéndose abrumadas y desorientadas. El aire parece crepitar y brillar, y antes de que se den cuenta, el cristal empieza a girar violentamente sobre el mapa gastado.

Regina suelta un grito ahogado y Emma observa boquiabierta. Ambas palidecen como un folio cuando el cristal se vuelve azul brillante y se detiene en un lugar que conocen de sobra.

Regina tiene razón en algo. La magia procede del oeste.

Pero no viene del bosque cerca de la carretera de Camden.

Procede del claro en la pequeña zona boscosa de detrás de su casa.


[1] N. del T.: En el original está en español.