La historia pertenece a Princess Kitty1 y los personajes a Tite Kubo.

La tobillera

Aquello no estaba bien. Por desgracia, no era la primera vez que ocurría y Orihime se lamentaba por ello. ¿No había ideado un plan para dejar de beber? ¿Qué había ocurrido con eso?

Lo primero que tenía que hacer era encontrar su ropa. Después de prestarle atención a los sonidos y al lugar, la chica se dio cuenta de que se encontraba sola en ese pulcro apartamento, lo que le gustaba y molestaba a la vez. Por un lado, no quería perder la poca dignidad que le quedaba en situaciones como ésa, llegando a tener que preguntarle a un extraño qué habría hecho con él- o ella- la noche anterior. Pero, por otro lado, tenía que saberlo. ¿Y si no era de fiar? ¿Y si no habían usado protección? ¿Y si había una mezcla de ella y ese extraño, formándose en su interior?

Vale, no te pongas nerviosa. Por favor, por el dinero que tanto quieres, no te pongas nerviosa. Respiró profundamente, tomó una decisión, se apartó las blancas sábanas que cubrían sus piernas y se levantó del sofá cama. Su cabeza empezó a dolerle como protesta, pero ése no era el momento indicado para preocuparse de su resaca. Tenía que coger sus cosas y marcharse de ahí.

Para su sorpresa, no tuvo que buscar mucho su ropa. El top y el pantalón estaban perfectamente doblados en el reposa brazos del sofá, el mismo que le había servido de almohada y el bolso encima de ellos. Raro; normalmente, cuando se despertaba en situaciones así, su ropa estaba esparcida por cualquier parte, con consecuencia del ansia de su cliente por tocarle los pechos con sus sudorosas manos. Al llevarse el top a la nariz, sintió la misma esencia de limpieza de las sábanas. Las manchas de vómito también habían desaparecido. ¿Ese chico le había lavado la ropa? ¿Por qué?

Ella cogió el bolso y lo abrió, buscando su monedero. Allí estaba todo el dinero; no había ni un céntimo más… ni uno menos. No había nada fuera de lugar. El resto de su paquete de tabaco también estaba ahí, aunque estaba mojado. Los cinco chicles que le quedaban, también. Así que, ¿no se había acostado con nadie?

Orihme cerró el bolso y lo sujetó con la axila. Rápidamente se puso los pantalones y calzó los tacones. Ese lugar estaba empezando a asustarla. Estaba tan… silencioso. Pacífico. Limpio. Era como si estuviera en otro mundo; diferente, al menos, del suyo. Entonces, trató de buscar alguna foto de la familia cristiana que seguramente la hubiese rescatado anoche. No sería la primera vez que tratasen de redimir al pecador. Pero, antes de eso, se dirigió a la ventana abierta y, haciendo una mueca, miró al exterior.

- Vaya…- no sabía que la libertad se hallara a tantísima distancia. Si hubiese tratado de saltar por esa ventana, habría acabado aplastada contra la calle, igual que un pastel que un niño descuidado hubiese tirado al suelo. Mmm… el pastel sonaba bien. Tal vez se comprase un trozo, más tarde.

En ese momento tenía otra cosa de la que preocuparse: escapar de ese complejo de apartamentos. La joven examinó los alrededores en busca de un punto de referencia, hasta que encontró el motel en el que "normalmente" trabajaba. Así que aún seguía en el distrito de Hueco Mundo. Eso le facilitaba la vuelta a casa, pero aún tenía que salir de allí sin que nadie la viese, algo que le resultaba bastante improbable. Al asomar la cabeza por la ventana, observó que al menos cuatro plantas la separaban de la calle. ¡Allí tendría que vivir muchísima gente!

Orihime echó las cortinas y se giró hacia la puerta. No podía acobardarse. Seguramente, el dueño del piso hubiese bajado un momento a coger el correo o pagar el alquiler y volvería en cualquier momento… o regresase de desayunar con toda su familia. Bajar por las escaleras parecía la mejor opción, pero el tobillo aún le dolía por habérselo torcido anoche y el consiguiente desplome sobre la calle, así que tendría que coger el ascensor. Al menos, así los curiosos no sabrían de qué piso bajaba.

Echó un vistazo por la mirilla, comprobando que no hubiera nadie en el pasillo que pudiera observarla mientras caminara. Entonces, con la misma precaución, asió el picaporte y abrió la puerta. Entonces, asomó la cabeza, para asegurarse de que no hubiera nadie cerca y cerró la puerta tras de sí, con sumo cuidado. Fase uno completada. La moqueta del suelo silenciaba el ruido de sus tacones con cada paso que daba, clavándolos en el suelo. Así, consiguió llegar hasta el ascensor sin que los vecinos notaran su presencia.

Por suerte, pareció que nadie lo necesitaba y el ascensor llegó casi al instante, abriendo sus puertas con un agradable sonido y mostrando el vacío de su interior. Orihime entró y apretó el botón que estaba al lado del número uno. Al apoyarse contra la pared, respiró aliviada. Fase dos completada. Empezaba a sentirse mejor, aunque el tobillo no dejara de dolerle. ¿Por qué se había preocupado? Había hecho eso cientos de veces.

De pronto, el ascensor se detuvo… y, para su sorpresa, no bajó. Orihime observó el botón que había apretado. El número uno estaba iluminado. Nada a su lado, ni debajo. ¡Pero se suponía que ella bajaría hasta el primero, no subiría hasta el último!

- ¿Qué estás haciendo, estúpido?- se crispó, apretando el botón que le interesaba, en vano. El ascensor continuó subiendo hasta detenerse, abriendo las puertas con el mismo sonido agradable. Entonces, Orihime se dio cuenta de que había un botón con la letra "G", junto a una estrella- Oh, vaya mierda- murmuró, pulsando ese botón y golpeando nerviosamente el suelo con el pie que no le dolía, mientras las puertas del ascensor se cerraban. Dos segundos más tarde, el ascensor se detuvo de nuevo, Orihime tragó saliva y se apartó de la puerta, peinándose instintivamente y tratando de asumir una actitud aceptable.

Las puertas del ascensor se abrieron y una mujer alta, con bastante pecho y una extraña melena verde apareció delante de ellas. Orihime procuró no mirarla, pero no pudo evitarlo. La chica llevaba una boina y un pañuelo, sus piernas estaban cubiertas por una falda de rayas horizontales que le llegaba hasta la rodilla y botas color tostado. Mientras murmuraba algo para sí, se detuvo y giró la cabeza, observando a Orihime. Las puertas del ascensor se cerraron. Orihime se escondió en la esquina, suplicando al Dios que le estuviera escuchando en aquel momento que esa mujer no le dirigiese la palabra.

- Bonjour!

Estaba claro que los dioses no estaban de su parte, aquella mañana.

- Ehh… Hola- respondió Orihime, sin saber muy bien qué hacer. Tampoco fue demasiado amable.

La mujer se giró hacia ella, sonriendo y, cuando abrió la boca, habló con un acento francés tan marcado que Orihime se preguntó si habría viajado con un traductor.

- ¿Eres nueva en el edificio?- preguntó, al tiempo que sus verdes ojos brillaban y su melena del mismo color se alborotaba.

- No, eh, no. Sólo soy… una invitada- Orihime evitó su mirada, esperando que así la conversación concluyese. La mujer dejó escapar un leve suspiro y se giró pero, al instante, volvió a mirarla.

- ¿Eres una de las invitadas del señor Nnoitra, vrai?- la joven se salió de la tangente y empezó a mover excitadamente los brazos, hablando demasiado rápido como para que Orihime la comprendiera- Las invitadas del señor Nnoitra siempre se confunden con el ascensor. Nunca les explica cómo funciona, no-no. Sólo están aquí para… cómo decías vosotros… ¿para un revolcón?- la chica movió la mano, sin darle importancia a sus palabras- Bueno, resulta que el edificio está al revés. El hombre que lo construyó era muy raro y, en realidad, ¡el último piso es el primero! Divertido, ¿no?

A Orihime no le pareció divertido en absoluto.

- Claro…- decidida a aclarar la situación, la pelirroja continuó, antes de que la francesa pudiera hablar- Y, para dejarlo claro, no soy una invitada del señor Nnoitra. Ni siquiera sé quién es.

La chica movió la cabeza. Entonces, para sorpresa de Orihime, sus ojos se oscurecieron, presa de la sorpresa y el nerviosismo.

- ¿No habrás pasado la noche con Grimmjow?

- ¡No! ¡Tampoco sé quién es él!

Satisfecha, la expresión de rabia de la joven desapareció, recuperando su característica alegría.

- ¡Bien! Las chicas guapas como tú no necesitan conocer a los chicos cabrones que engañan a sus novias- la chica dio una palmadita a Orihime en el hombro e inmediatamente se apartó- ¡Me llamo Neliel Tu Oderschvank! Soy alemana pero me crié en Francia y he venido a Estados Unidos para estudiar con mi novio, el cabrón que está con más chicas. ¡Puedes llamarme Nel!

Orihime movió la mano nerviosamente.

- Encantada de conocerte, Nel- ¿Qué le pasaba a esa chica? ¿Es que todos los europeos contaban su vida a la gente que acababan de conocer?- ¡Oh!- gritó de la sorpresa, al ver que Nel se acercaba a ella y le daba dos besos en las mejillas- Eh… Vale…- Por suerte, la puerta del ascensor se abrió, evitando que la germano-francesa le preguntara su nombre- Hazme un favor, Nel; olvida que me has visto aquí- dijo, antes de salir de allí.

- ¡Vale!- se despidió Nel, cariñosamente- ¡Vuelve pronto!

Orihime sonrió tristemente, mientras contestaba para sí con un contundente no. Aferrándose más el bolso bajo el hombro, la chica pasó por delante de los inquilinos que comprobaban su correo, cerca del ascensor, mientras observaba las puertas que la devolverían a la realidad. ¡Luz del sol! ¡Aire fresco! ¡Casi había llegado!

Un chico alto y desgarbado apareció delante de ella, impidiendo que saliera. Orihime alzó la vista y se encontró con una mirada lasciva y un rostro alargado, tapado con el pelo negro y liso. Los ojos la miraban con interés.

- ¡Disculpe, señorita! ¿Qué hace un bombón como tú paseándose sola por aquí?

El hombre la miró con ansia y se pasó la larguísima lengua por sus labios. Orihime se llevó la mano a uno de sus bolsillos y sacó pecho, inclinándose hacia un lado y frunciendo el ceño.

- El precio ha subido a quinientos la noche. Lo tomas o lo dejas- el hombre pestañeó de la sorpresa, abriendo la boca pero sin llegar a decir nada. ¿De verdad le sorprendía tanto que fuese una prostituta? Tampoco es que tuviera ningún rostro angelical, con esas ojeras que tenía. La chica suspiró y lo empujó- Apártate de mi camino.

Justo cuando se giró, dispuesta a llegar de nuevo hacia su libertad, se chocó con otra persona. ¡Joder! ¿Es que jamás conseguiría salir de allí?

- Lo siento- le dijo al joven de pelo negro y descuidado y ojos de un vivo color verde, mientras se apartaba de él.

- Ah… No importa- contestó tranquilamente, inclinando levemente la cabeza.

Orihime consiguió llegar a la puerta, adentrándose en el soleado día, saliendo tan deprisa como pudo del edificio. ¡La victoria era suya! Pensó gritarlo por todo lo alto, pero aún no estaba del todo segura. Con el aún presente dolor de cabeza, se paseó- cojeando ligeramente- por la calle, cruzando el cartel de bienvenida. Las Noches. Estaba segura de que no olvidaría aquel sitio. Una familia religiosa la había secuestrado, una loca francesa la había acosado y, encima, había conocido a un pervertido. Pero ella tenía otras cosas en las que pensar… como en comerse ese trozo de pastel que se había prometido. ¡Nada como los dulces para olvidar el estrés de una noche frenética!

Orihime comió como una cerda, pero aquello no se perdonaría fácilmente. Si no estuviera de resaca, correría por el parque y haría ciento cincuenta abdominales. Poco a poco conseguiría llegar hasta los trescientos, poco a poco llegaría a su meta. Por suerte, después de comprobar la hora en su teléfono móvil- que había conseguido aguantar la lluvia de la noche anterior- observó que era casi mediodía y que su pastelería favorita estaba abierta durante otras dos horas.

Cogió el bus que la llevaría lejos de Hueco Mundo, ignorando las desdeñosas miradas de las mujeres mayores. Todo ese ajetreo había logrado que desease imperiosamente fumar, pero lo solucionaría más tarde; primero tenía que saciar su apetito de comida basura. Por la ventana, observó que el autobús pasaba por el bar en el que había estado bebiendo la víspera, haciendo que su estómago gruñera. Gracias, pero no.

La panadería se encontraba cerca de su casa y su dueño era un excéntrico hombre llamado Urahara, que siempre vestía con un extraño sombrero y sandalias de madera. También se caracterizaba por contratar a niños, aunque la joven no sabía si realmente los pagaría o no. Esa vez, fue la niña de permanente expresión de tristeza en su rostro, quien la recibió.

- Buenas tardes, señorita Orihime. Nuestra tarta especial del día es la de manzana, porque el señor Kisuke dice que hay que recibir al otoño con los brazos abiertos…

- Parece deliciosa. ¡Dame un trozo bien grande, tan grande como mi cabeza! Me muero de hambre- contestó Orihime, sacando su monedero. Entonces, le dio el dinero a la chica, quien saltó del taburete en el que se encontraba subida y le ofreció a Orihime el trozo que quería. El tobillo de la chica se quejó; no había duda de que se hincharía tanto como el miembro viril de sus clientes al verla. Necesitaba hielo.

- Aquí tienes- contestó la niña, ofreciendo a Orihime un fino plato de plástico sobre el que se apoyaba el pedazo de tarta. La boca de la pelirroja se humedeció.

- Gracias. Quédate con el cambio, enana- dijo, cogiendo el plato y dirigiéndose a las mensas que había pegadas a la ventana. Al depositar el plato sobre una de ellas, Orihime se sentó en el taburete y se dejó intoxicar por el aroma de la manzana y la canela, que subía formando nubes, hasta sus orificios nasales. El trozo era tan perfecto y endiabladamente apetitoso, que la joven por poco metió en él toda su cara. Ésas eran las mejores tartas de toda la ciudad, así que tenían que degustarse con cuidado. Después de dar n primer mordisco cuidadoso, la chica devoró la tarta con ganas.

Aquélla había sido una mañana extraña pero, por fortuna, no de las peores. Había días en los que tenía que estar una buena hora en la ducha, tratando de eliminar todo el olor a alcohol de su pelo. Otros en los que se despertaba junto a alguien pegado a ella, como un perro en celo. Incluso hubo uno en el que se encontró en un estado muy diferente, pero ésa fue la primer y única vez que tomó éxtasis. Nunca más; era una de las pocas promesas que había mantenido.

- Hijo de puta- murmuró, inclinándose para quitarse los zapatos. ¡El tobillo la estaba matando! No quería mirarlo, temiendo que estuviera tan gordo y grisáceo como una salchicha de Viena. Entonces, cuando rozó la piel con su mano, Orihime se congeló, sus ojos se vaciaron y empezó a sentirse mal.

Su tobillera no estaba.

No era una tobillera cualquiera, sino aquélla que su hermano Sora le había regalado por su décimo cuarto cumpleaños; lo último que le había dado, antes de morir. Orihime se frotó frenéticamente la pierna desde el tobillo hasta la rodilla, pero no la encontró. Era imposible. ¡Nunca se la quitaba! Ni cuando dormía, ni cuando se duchaba, ni cuando trabajaba. Esa tobillera era parte de ella. Tenía que tenerla; no quería ni pensar en otra opción.

¡Piensa, Orihime, piensa! ¿Dónde la había visto por última vez? La pulsera se había convertido en parte de ella, tanto que a veces ni la sentía, pero estaba segura de haberla tenido al principio de la noche. Necesitaba rehacer sus pasos, empezando por el motel. ¿Y si se le había olvidado allí? ¿Y si quien limpiara las habitaciones se la había quedado, agradeciendo su suerte por el error de Orihime?

Rápidamente devoró lo que le quedaba de pastel- no haberlo hecho, sin importar la urgencia que tuviera, habría sido un pecado- y salió de la panadería, intentando no parecer preocupada mientras caminaba. El motel estaba dos edificios más allá y el dolor del tobillo empezaba a ser insoportable. Deseó tener coche. El tiempo tan caluroso estaba haciendo que el cuello le sudara pero, al menos, la camisa del desconocido era lo suficientemente amplia como para que su cuerpo se airease. Tal vez no debería de habérsela quedado… pero tampoco pensó en las consecuencias.

Nada más entrar en el lugar, el hombre de la recepción la miró con curiosidad.

- Buenos días, señorita Inoue. Qué raro verla tan temprano por aquí.

- Oye, Rob- se acercó Orihime, agradecida por haberse encontrado con alguien conocido- creo que me dejé algo olvidado aquí, anoche. ¿Alguien se ha encontrado una tobillera en la habitación… eh… mierda. ¡Bueno, en la habitación del soldado!

Él negó con la cabeza, despacio.

- No, mis empleadas son muy honradas y me entregan todo lo que encuentran.

Orihime se pasó la mano por el cuello, luchando contra su desesperación.

- ¿Podría echar un vistazo?

Rob suspiró, le pidió al otro recepcionista que ocupara su lugar y buscó el nombre del soldado, entre la lista de clientes. Cogió una llave del manojo y acompañó a la chica a la habitación. Nada más abrir la puerta, ella empezó a buscar por todos los rincones, sobre todos por los lugares en los que habían arrojado la ropa. Nada. Las camas estaban hechas y los cojones vacíos, salvo por la Biblia. No había signo de la pulsera por ninguna parte. La chica dejó escapar un soplido de exasperación, mientras se pasaba una mano por el pelo.

- Gracias de todas formas, Rob.

- De nada, señorita Inoue. Espero que encuentres lo que estés buscando- dijo sinceramente, mientras cerraba la puerta, ya en el pasillo. Orihime le ofreció una sonrisa y le besó en la mejilla. Rob era muy buen chico. La trataba mucho mejor que a los demás.

Un sitio menos, pero quedaban más. Orihime se paseó por la calle, con los ojos fijos en la acera. Grietas, chicles, mierda de pájaro, monedas… pero no la tobillera. Regresó a los otros dos moteles, suplicó entrar en las habitaciones, interrogó a los empleados, pero nada. Así, se dirigió de nuevo al distrito de Hueco Mundo, hacia el bar en el que había estado bebiendo la noche anterior. Tal vez hubiera perdido la pulsera mientras bebía.

Una pequeña adolescente la recibió, con una amplia sonrisa y el pelo oscuro recogido en un moño.

- ¡Bienvenida al Restaurante Haineko! ¿Quiere zona de fumadores, no fumadores o prefiere sentarse en la barra?

- No será necesario. Eh…- Orihime observó la placa con el nombre de la chica- Momo. Anoche estuve aquí y perdí mi tobillera. No sé si la perdí aquí, pero estoy buscándola por todos los sitios en los que estuve.

- ¡Oh! En ese caso, busca todo lo que quieras- Momo se apartó y la invitó a moverse por el bar- La encargada no está, pero si reconoces a alguien que estuviera ayer, puedes preguntarles si han visto algo- explicó amablemente.

- Gracias- Orihime se alejó de ella y empezó la búsqueda, escudriñando cada centímetro del bar para buscar su pulsera. Habló con dos camareros y, aunque la reconocieron por la increíble rapidez con la que había bebido la víspera, no habían visto nada. Orihime suspiró, sabiendo lo que tenía que hacer a continuación: buscar en la calle.

Momo la miró con tristeza, al comprobar que no había podido encontrar nada.

- Lo siento mucho. Sé que tienes prisa, pero si nuestra jefa estuviera aquí, seguro que te invitaba a comer o algo así…

- No te preocupes. No es culpa vuestra- contestó la pelirroja, ofreciéndole una triste sonrisa, antes de adentrarse de nuevo en ese caluroso día de agosto. Se estaba quedando sin sitios en los que buscar y eso no era bueno. Si no encontraba la pulsera en la calle, tendría que volver al apartamento de Las Noches, tanto si quería como si no. Por suerte, también podía encontrarla por el camino, porque esa calle estaba bastante lejos de los apartamentos. La tobillera podría estar en cualquier sitio.

Orihime se detuvo en la calle cercana al bar, muerta de vergüenza. ¡Y pensaba que anoche la calle olía mal! Ahora que la lluvia lo había humedecido todo, el olor era tan potente que incluso podía tocarse. Orihime tomó una profunda bocanada de aire y la contuvo; no quería vomitar de nuevo. Recordando los eventos de la noche pasada, la chica siguió caminando por la angosta acera, hasta llegar al lugar en el que se había caído. No estaba. Miró alrededor, detrás de los contenedores repletos de gusanos y profundas rendijas, esperando que la lluvia hubiera arrastrado su tobillera hacia una oscura esquina, pero no estaba por ninguna parte.

Entonces, se preguntó a dónde ir a continuación. ¿Por dónde la habría llevado el extraño de la noche anterior? ¿Habría vuelto por dónde había llegado o habría seguido el camino todo recto, hacia la otra calle? ¡Si tan sólo tuviera alguna pista…! ¡Huellas en el barro, una nota, algo! Pero, ¿quién, en su sano juicio, habría dejado una nota bajo la lluvia, sobre todo después de que la familia desease haberse quedado con ellos durante la mañana, escuchando lo mucho que Jesús la amaba?

Orihime sintió que la desesperación salía a la luz de nuevo y las lágrimas le nublaban la vista. Quería recuperar su tobillera. ¿Cómo podía haber perdido lo único que le importaba de verdad? El móvil, el monedero, la ropa, el tabaco, los chicles… Todo podía sustituirse, pero precisamente la pulsera que le había regalado su hermano, no.

- Vaya, ¿qué tenemos aquí?- esa voz masculina hizo que alzara la vista. Tres chicos, cada uno de ellos mirando una parte de Orihime con claro interés, estaban al final de la calle. Orihime frunció el ceño. No tenía tiempo para eso- ¿Una chica preciosa, llorando sola, en esta parte tan peligrosa de la ciudad?

- ¿Qué te ocurre, cariño? Nosotros podemos hacer que te sientas mejor, de veras.

Los ojos de Orihime se estrecharon, mientras se alejaba de ellos.

- Largaros de aquí. No estoy de humor para aguantar vuestra mierda.

- ¡Vaya, tiene carácter!- el trío se echó a reír. Ella intentó marcharse, pero uno de ellos consiguió alcanzarla y agarrarla de la cintura, antes de que intentara marcharse- Vamos, nena. ¡No seas así!

- ¡Suéltame!- le advirtió Orihime, dispuesta a golpearlo en todo su orgullo. Pero, antes de que pudiera levantar el pie, un puño se clavó en la cara del chico. Él se tambaleó hasta llegar a sus amigos, sangrando como un cerdo por la nariz y manchando toda la acera. Ella pestañeó, fijándose en el puño. No era suyo.

- ¡¿Cómo os atrevéis a molestar a una joven tan guapa, a plena luz del día y al lado de mi bar? ¡Deberíais estar avergonzados!- gritó una voz ronca, justo detrás de Orihime.

- ¡Maldita zorra! ¡Me has roto la nariz!- gritó el hombre que sangraba.

- ¿No me digas? ¿Por qué no vuelves con tu madre y le pides que te cure? ¡Aprovecha que lo haga, bebé!- Orihime observó al retirada de los tres hombres y, nada más girarse hacia la persona que la había salvado, se encontró con un par de prominentes pechos, capaces de ahogarla- ¿Estás bien, cariño?- levantó un poco más la vista, hasta llegar a la preciosa cara de mujer de pechos astronómicos. Era rubia natural, de cara preciosa y un lunar dibujado bellísimamente al lado de sus labios.

- Sí- contestó Orihime, poniendo algo de distancia entre ella y esa exuberante mujer- Gracias.

- ¡Oye, yo te conozco!- la mujer se acercó y le examinó el rostro- Sí, eres la chica de ayer. Te pregunté si querías que te pidiera un taxi, pero me dijiste que no y te marchaste muy contenta- sonrió y le tendió la mano- ¡Rangiku Matsumoto a su servicio! Soy la dueña del Restaurante Haineko.

- ¡Oh, encantada de conocerte! Yo soy Orihime Inoue. Siento mucho lo de ayer; fue uno de esos días…

- No te preocupes, cielo. No vomitaste en mi bar, así que no tengo nada en tu contra- la rubia la miró con interés- Además, ya sé lo que se siente en esos días… Ya sabes; esos en los que la única solución es quedarse dormida por el alcohol.

Orihime sonrió. Le gustaba esa mujer.

- Hablando de tu restaurante… Ayer perdí mi pulsera favorita y pensé que tal vez me la hubiese dejado allí. ¿No la habrás visto, por casualidad?

Rangiku apretó los labios y frunció el ceño.

- La verdad es que no lo sé- dijo honestamente- ¿Eso es lo que estás buscando en esta asquerosa calle?- Orihime asintió- Vaya, pues lo siento- le dio unos golpes en la espalda, animándola- Sé lo que es perder algo que te guste mucho, pero no te preocupes. Seguro que aparece.

- Eso espero- Orihime se pasó un mechón de pelo detrás de la oreja. El apartamento era el único sitio en el que le faltaba buscar. ¿Recordaba el piso en el que se había quedado? No le ayudaba demasiado saber que había muchos más apartamentos. Aunque su dolor de cabeza casi hubiera desaparecido, no estaba de humor para pensar demasiado- Creo que debería marcharme ya… Tengo que seguir buscando.

- Entonces, no te entretengo más- Rangiku le pasó una mano por el hombro y la acompañó al final de la calle- ¡La próxima vez que vengas por aquí, pásate por el Haineko! Me siento responsable por lo que te ha ocurrido así que, como signo de amistad, te daré lo que quieras… pero sólo por esta vez.

¿Qué era eso, el día de ser agradable con las prostitutas?

- No hace falta que lo hagas.

- No hay problema- insistió Rangiku, de camino hacia el bar- ¡Espero que tengas suerte y encuentres lo que estás buscando!

Orihime le dio las gracias y caminó en dirección contraria, sin apartar los ojos del enorme bloque de apartamentos que se extendía delante de ella. Las Noches. Su corazón empezó a latir con fuerza. Esa misma mañana había salido de allí como una delincuente y, ahora, no tenía más remedio que infiltrarse de nuevo, llevando la camisa que le había robado al hombre misterioso.

Continuará

Ya está! El segundo cap terminado. Qué os ha parecido? A mí sinceramente me tiene enganchadísima la historia; no soy muy de UA en Bleach, pero en este caso me he rendido :D. Me encanta cómo describe la autora a los personajes, sobre todo y, en este caso en concreto, a Nel. No me esperaba que la pusiera como francesa, aunque la verdad es que le queda bastante bien. Por supuesto, no podía faltar Matsumoto sacando todo su carácter ni la dulce y cándida Momo trabajando para ella. Espero terminar cuanto antes el siguiente cap, que promete. Un beso!

BellaRukia: hola! Ya, la verdad es que a mí también me resulta raro el cambio que experimenta Orihime en este fic, pero también creo que le queda bien. Es una chica que lo ha pasado mal por perder a su familia y, sinceramente, no creo que en la vida real alguien con semejante físico pasara inadvertida XD. Pero bueno, para eso está Ulquiorra, no? Pues te animo a que sigas la historia, porque tiene muy buena pinta. Un beso y gracias por comentar!

Yagami Vongola: hola! Tienes razón, la historia ha empezado bastante mal para Orihime; pero bueno, por suerte no es la familia religiosa que ella creía quien la ha recogido, sino alguien más… "misterioso", jeje. Estoy deseando seguir con la historia; quiero saber qué pasa ya con la pareja! Un beso!

Princess Kitty1: hi! I hope my English is enough clear to understand me! Thanks to you for letting me translating it. I think your fic is special and I love stories which are so hard for their characters. I like the way you've described Orhime's life, because I think it hasn't been as happy as Blech manga shows; particularly after coming back from Hueco Mundo. I love her sadness in this story and I hope she¡ll find happiness with Ulquiorra!