COLEGA, ¿DÓNDE ESTÁ MI VARITA?
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.
El despacho de Snape.
Tiene la certeza de que no existe nada más parecido al infierno en la tierra y está absolutamente aterrorizado, pero sabe que tienen que entrar allí porque es su única oportunidad de encontrar la varita. Mira a Ron, que está tieso como un palo, pálido como la nieve en invierno y, a juzgar por el bollo de chocolate que se está zampando, hambriento como un troll de las montañas.
—Ron, colega. ¿Cómo puedes comer justo cuando estamos a punto de entrar en el despacho ya sabes quién?
El pelirrojo se encoge de hombros y no contesta. Su amigo siente que él no podría probar bocado teniendo en cuenta que la tercera guerra mágica se está desarrollando dentro de su cabeza, pero lo deja estar porque tiene miedo, resaca y muchas ganas de recuperar el instrumento más preciado en la vida de un mago.
—¿Crees que Snape estará ahí? —Pregunta Ron de sopetón, haciéndole sobresaltar aunque en realidad no haya sido para tanto.
—No sé. Tal vez tendríamos que llamar.
Cree que Ron no lo hará, pero no tarda ni un instante en golpetear la ancestral madera con los nudillos. Su compañero imagina que Snape los recibirá de mala manera y tal vez intente convertirlos en ingredientes para sus pociones, así que le sorprende muchísimo cuando el murciélago grasiento les abre la puerta.
En chándal y con zapatillas deportivas.
En verde y plata, por supuesto.
—Esto… —El chico se lleva una mano a la cabeza, demasiado anonadado como para pensar con claridad—. ¿Profesor Snape?
Está seguro de que va a matarles, no sólo por haber tenido la osadía de interrumpirle en sus quehaceres, sino porque lo han pillado de esa guisa. Sin embargo, y aunque el tipo pone los ojos en blanco, no suena demasiado hostil cuando habla, sólo mordaz y desagradable.
—No, Potter, soy mi vecina la del pueblo. ¿Qué quieren?
—Esto… Me preguntaba si usted había… Esto…
Quiere que se lo trague la tierra. No puede creerse que de verdad esté allí, frente a Snape, tartamudeando y a punto de preguntarle por su varita. Tiembla, siente nauseas, le duele la cabeza y no puede evitar preguntarse de dónde ha sacado Ron ese trozo de tarta de manzana. Y entonces, como por arte de magia aunque no tenga su varita ni pueda hacer un solo hechizo, su mente se llena de recuerdos.
Recuerdos escalofriantes y pavorosos que le hubiera gustado mantener muy, muy lejos de su pobre e inocente cerebro de adolescente atormentado y eternamente perseguido por un loco psicópata desnarigado y con el corazón partío. ¿O era el alma?
—¡Ji, ji!
—¡Calla Ron, qué nos va a oír!
—¡Ja, ja!
—¡Ron!
El pelirrojo realmente intentaba disimular la risita estúpida, pero estaba tan nervioso que no podía controlarse. Le había pasado desde pequeño y por eso nunca se le dio bien la parte de hacer travesuras y decir mentiras. Seguramente los gemelos se habían llevado todo el talento en ese sentido y el pobre Ron debía conformarse con reír como un tonto mientras el profesor más cruel y sádico de todo Hogwarts estaba a punto de pillarles en su despacho.
Tenía muy claro por qué estaban allí. Estaba convencidísimo de que Snape, malo como él solo, guardaba fetos humanos conservados en formol dentro de su armario de ingredientes. Ron decía que no podía ser tan perverso. Habían discutido el asunto en la fiesta de la sala común de Slytherin y una cosa llevó a la otra. A esa hora bien podrían estar enrollándose con tipos como Blaise Zabini o tipas como Pansy Parkinson, pero preferían dedicarse a menesteres mucho más interesantes. Porque, vamos, por favor. ¿Qué adolescente no sería capaz de renunciar al sexo más salvaje del mundo a cambio de meterse en las habitaciones privadas de un psicópata bastardo e hijo de puta? Obviamente, los estúpidos. Eso por descontado.
—¡Mira, el armario! —La alegría inundó su cuerpo y no tardó nada en plantarse frente al mencionado armario. Sin pensárselo dos veces, abrió las puertas. Podría haber saltado alguna alarma o podría haberle dado algún maleficio, pero no pasó nada. Y realmente le hubiera gustado encontrar fetos humanos, pero allí no había más que cosas asquerosas y que olían fatal—. ¡Jope! ¡Pues vaya plan!
—Te lo dije, colega. Me debes un… —Ron frunció el ceño, intentando recordar un detalle muy importante—. ¿Qué habíamos apostado?
—Nada.
—¿Nada? Para una vez que gano algo —Se encogió de hombros—. Venir aquí ha sido una pérdida de tiempo.
Quiso decirle que había sido una pequeña aventura, pero Snape ni siquiera estuvo a punto de pillarles y se vio en la obligación de darle la razón. Hasta que observó esa otra puerta y se dio cuenta de que sólo podía llevar a un sitio.
—El dormitorio de Snape —Dijo con decisión.
—¿Qué le pasa? —Inquirió Ron rascándose la frente.
—Seguro que tiene los fetos en su habitación. ¡Vamos a ver!
—¡Pues sí, hombre! Tengo ganas de aventuras, pero no me apetece suicidarme.
—¡Venga! No seas cobarde.
Ron estiró el cuello y las orejas se le pusieron coloradas. No le gustaba que le llamaran cobarde. Nada de nada. Posiblemente no era el más talentoso de sus hermanos, pero era valiente y tenía un largo historial de estupideces pasadas para demostrarlo. Como intentar detener al profesor Snape cuando pensaban que era más malo de lo que es en realidad, o como cuando fueron a rescatar a Ginny de las garras de una serpiente gigante, o cuando quisieron enfrentarse a un maniaco homicida. Y muchas otras cosas más. Así pues, y para dejar bien claro que era un Gryffindor digno de su nombre, caminó con decisión hacia la puerta del dormitorio de Snape y la abrió sin pensárselo dos veces.
Craso error.
El pelirrojo reconocía que no había sido el mejor proceder. Seguramente deberían haber ideado algún plan para asegurarse de que Snape no estuviera allí, pero ya era tarde. Porque Snape estaba allí. O alguien que tenía su cara, porque por lo demás no tenía demasiado que ver con el temido y grasiento profesor de pociones.
El hombre de nariz ganchuda y ojos negros que bailaba desnudo en la habitación tenía la cara de Severus Snape pero ya está. Su largo y sedoso pelo negro se agitaba sensualmente al ritmo de sus movimientos. Su cuerpo, esculpido gracias al noble arte de elaborar pociones, parecía el de un adonis griego. Tenía tantos músculos por todas partes que incluso Ron Weasley podría haberse vuelto marica sólo para acariciarlos. Y sus dientes, blancos y alineados como los de los anuncios muggles de dentífrico, relucían a través de una sonrisa resplandeciente. La sonrisa de un hombre feliz. La sonrisa de alguien que no lleva toda la vida patéticamente enamorado de una mujer muerta.
Ron cierra la puerta antes de que su mejor amigo pueda ver nada. El pobrecito ya ha sufrido suficientes traumas como para añadir uno más a la lista, así que agarra al moreno de la túnica y se lo lleva a rastras y corriendo a todo correr.
—¡Ey, colega! ¿Qué haces?
—¡Rápido, Harry! Tenemos que irnos. Ahora.
—¿Por qué? ¿Snape estaba torturando a alguien?
—Bueno, más o menos —Ron había conseguido sacarlo del infierno y ahora corrían por los pasillos—. No quieres ver lo que he visto, créeme.
—Pero…
—¡Calla y corre, insensato!
Y Ron estaba tan concentrado en la huida que no escuchó el ruido producido por una varita al caer al suelo.
—No me preguntaba nada, profesor. Nada de nada.
Y tras decir aquello, agarra a Ron por el cuello de la túnica y se lo lleva de allí antes de que Snape reaccione y les quite quinientos millones de puntos.
—¿Qué pasa, Harry? ¿Por qué no le has preguntado nada?
—Porque él no tiene mi varita. Se me cayó anoche mientras huíamos de su despacho.
—¿En serio?
—Te empeñaste en que debíamos correr. Imagino que debiste ver algo muy horrible.
Ron frunce el ceño e intenta recordar, pero su mente está en blanco. Algún día lo agradecerá.
—Pues no sé qué fue.
—Ya da igual. La varita tiene que estar por este pasillo.
Durante más de cinco minutos, los dos amigos buscan con ahínco entre las altísimas paredes de piedra, pero no encuentran nada. El chico imagina que alguien ha debido hacerse con la varita y se pregunta quién. Aunque pensándolo bien, si todo el mundo estuvo en la fiesta de Slytherin, seguramente estarán durmiendo la mona y sólo se le ocurre un candidato.
—¡Filch! —Exclama, sonriente y orgulloso de una capacidad deductiva que nunca antes ha estado ahí—. ¡Él tiene la varita! Seguro que la ha encontrado y la tiene en su oficina.
—No me gusta ir ahí —Dice Ron, que se está bebiendo un cartón de leche porque comer tanto le ha dado un poco de sed—. Huele fatal y, además, creo que le gusto a la Señora Norris. Siempre que me ve se me restriega por las piernas —Frunce el ceño—. Aunque también puede ser que quiera comida. Como siempre llevo tanta. ¿Tú qué crees, Harry?
—Lo investigaremos luego. Lo importante ahora es encontrar la varita.
—¡Claro! ¡Las cosas que a ti te pasan son más importantes que las que me pasan a mí! —Ron pone morritos—. Es igual que en casa. Mamá y papá siempre les hacen más caso a mis hermanos que a mí. O Hermione, que considera que es mejor hacerle caso a Malfoy que a mí. ¡Con lo bien que le quedaba el vestido rojo! ¿Crees que Malfoy le ha metido mano o algo?
Opta por no hacerle caso porque Ron empieza a quejarse de lo insignificante que se siente y esas chorradas. Ni que sus problemillas fueran para tanto. Él al menos no es huérfano, ni ha dormido durante años en la alacena bajo las escaleras, ni tiene a un loco maniático detrás suya. Y, por supuesto, no ha perdido su varita. La tiene ahí, entre sus dedos, perfectamente protegida y a salvo.
Le alegra llegar al despacho de Filch porque Ron se queda callado. Le gusta ser su amigo, pero a veces es un poco plasta. Una vez más, llama a la puerta y se alegra de no recibir respuesta. Suponiendo que el conserje andará por ahí limpiando algo manualmente, lo que en su opinión es una pérdida de tiempo porque cualquier elfo podría limpiar cualquier cosa con sólo chasquear los dedos, entra a su cuchitril y se dispone a buscar la varita.
Y no es tarea fácil, porque si el armario de ingredientes para pociones de Snape se caracteriza por estar limpio y ordenado, la oficina de Filch es una oda al desorden.
—¡Venga, Ron! Ayúdame a buscar. No puede estar muy escondida si la ha encontrado hoy.
Ron asiente y otra vez le echa un cable. Lo revuelven todo y no encuentran nada.
—¡Ey, colega! Mira esto.
Salvo eso. Ron le muestra un diario y a Harry se le encoge el corazón al ver que es de Sirius Black. Se dispone hojearlo un poco cuando Filch les sorprende. No podía ser de otra manera.
—¡Intrusos! —Gruñe y chirría los dientes—. ¡Alumnos sinvergüenzas! ¡Invasores de la propiedad privada! Debería colgaros por los pulgares. ¡Eso debería hacer! Y azotaros hasta despellejar vuestras inmundas nalgas de brujos malcriados.
—Sí, ya —Sabe que suena irrespetuoso, pero es que realmente no tiene tiempo para escuchar las quejas de un simple squib amargado—. ¿Dónde está mi varita?
—¿Su varita? —El conserje corta el rollo, claramente indignado por tamaña falta de disciplina y saber estar.
—La perdí en el pasillo. Seguro que usted la ha encontrado y la tiene aquí. ¡Démela!
—¡Oh, maldito insolente desarrapado! ¿Quién te crees que eres para hablarme así?
—Harry Potter.
—Esto, Harry —Ron le susurra las palabras al oído—. ¿Por qué no se lo pides bien?
Entorna los ojos y supone que no pierde nada por intentarlo porque Filch no parece por la labor de hacerle caso. Así pues, suspira y opta por ser educado. A ver qué tal.
—En fin. ¡De perdidos al río! Señor Filch, ¿sería usted tan amable de devolverme mi varita? Se me ha extraviado y confío en que usted la haya puesto a buen recaudo.
Argus Filch le mira con cara rara un instante. Imagina que va a seguir con la retahíla de antes y que esa visita será otra pérdida de tiempo, pero lo que el conserje hace es bien distinto: se pone a llorar.
—¡Oh, rayos y centellas! ¡Es la primera vez en toda mi vida que un mago me habla de esa forma tan respetuosa! ¡Pensé que no viviría lo suficiente para presenciarlo! ¡Casi tengo ganas de arrojarme a sus pies como un elfo doméstico, Potter! —Y el chico podría jurar que no miente porque el viejo conserje se le ha agarrado a la túnica—. Encontré una varita esta mañana, pero no sabía de quién era y se la llevé al director Dumbledore para que él se encargara de todo. ¡Oh, Merlín bendito! ¡Es el día más feliz de mi vida!
Y mientras Filch llora y agradece una y otra vez la magnificencia del gran Harry Potter, los dos chicos hacen mutis por el foro y no necesitan decir nada para comprender que deben dirigirse al despacho de Dumbledore. La reacción de Filch les ha dejado tan patidifusos que ni siquiera abren la boca en todo camino. De hecho, la sorpresa hace que la resaca se note mucho menos.
Finalmente, no necesitan llegar a la gárgola que protege la entrada secreta al despacho porque se encuentran al director en pie junto a una ventana, observando el cielo y con cara de estar tramando algo. Sin duda, una mente tan brillante como la suya no puede dejar de maquinar. Los dos chicos se sobresaltan cuando Dumbledore les habla sin siquiera darse media vuelta.
—¡Ah, mis queridos muchachos! ¿Cómo se encuentran?
—Buenos días, profesor Dumbledore.
El hombre se gira y les dedica una sonrisa mientras se saca un saco de caramelos de limón de la túnica.
—¿Les apetece un caramelito? Son muy buenos para la resaca. Entre otras muchas cosas.
—¿Resaca? ¿Qué resaca? —No le hace gracia que el brujo sepa lo que estuvieron haciendo.
—¡Oh, Harry! ¿Piensas que no sé de las fiestas que organizan mis estudiantes? Considero que soltarse la melena de vez en cuando viene muy bien. Yo lo hice en mi juventud y sé con total certeza que los mortífagos también lo hacen.
—¿Los mortífagos?
—¡Uhm! —Dumbledore carraspea y se hace el tonto—. ¿De verdad no quieren un caramelo? A todos los niños les encanta.
Recuerda que la tía Petunia le habló una vez sobre los hombres malos que dan caramelos que uno no debe aceptar bajo ninguna circunstancia. Y puesto que la mujer no le ha dado nunca demasiados consejos, no piensa olvidar uno de ellos. Sin embargo, Ron agarra un buen par de puñados antes de que él hable.
—Yo no quiero nada, profesor. Muchas gracias.
—Si no habéis venido en busca de dulces, ¿qué os trae por aquí?
Se pone un poco colorado y habla. No le resulta muy agradable escuchar a Ron chupetear los dichosos caramelos de limón.
—Ayer perdí mi varita y el señor Filch dice que la encontró y que la tiene usted.
Dumbledore le observa detenidamente y al final hace aparecer la adoradísima varita mágica de Harry Potter.
—Deberías tener más cuidado, Harry. Tienes una gran responsabilidad y debes cuidarte hasta que llegue la hora de sacrificarte.
—¿Cómo dice?
—¿Qué?
—¿Sacrificarme?
—¡Oh! —Dumbledore da un salto y mira a su alrededor con preocupación—. No hagas caso de este viejo loco y sigue a lo tuyo. ¡Venga! ¡Id a trastear por ahí!
Y el anciano mago desaparece. A Harry le mosquea un poco lo del sacrificio y todo eso, pero se le olvida porque ya ha recuperado su bien más preciado.
—¡Colega! ¡Ya tengo mi varita!
—¡Qué guay!
Y juntos vuelven a la sala común de Slytherin para intentar rescatar a Hermione de las garras del malvado Draco Malfoy, alma sensible y poeta novel.
EPÍLOGO
Todos sus compañeros de cuarto duermen, pero Harry siente que tiene algo muy importante que hacer. Ha sido un día muy duro con todo el rollo de perder la varita y recorrerse el castillo entero para buscarla. Tiene sueño y no se encuentra demasiado bien, pero tiene que leer el diario de Sirius Black. Lo ha rescatado del despacho de Filch y está seguro de que pronto será uno de sus objetos más queridos.
Sentado en la cama, abre el cuadernillo con decisión y reconoce la pulcra letra de su padrino.
"Un día cualquiera en Hogwarts:
Hoy me he tirado a dos chicas de Ravenclaw la mar de remilgadas. Al principio se hicieron las estrechas y se negaron a venirse conmigo a la Sala de los Menesteres pero, ¿quién puede resistir el más que evidente atractivo sexual de Sirius Black?
Eso sí, debo reconocer que he tenido que emplearme a fondo y que estoy encantado de revelar uno de mis secretos. Si las chicas insisten en poneros las cosas difíciles, debéis proceder de la siguiente manera.
…"
Y esa noche y todas las demás, Harry Potter aprendió un par de cosas sobre sexo cortesía de Sirius Black, el mayor promiscuo que haya pisado alguna vez los pasillos de Hogwarts.
FIN
Y ya está. Espero que os haya gustado. Me lo he pasado muy bien escribiéndolo y no me he pasado del límite de palabras, así que mejor para mí. Para cualquier cosa que queráis comentar, ya conocéis el procedimiento.
Besetes y hasta la próxima.
