Una silla impedía que la puerta pudiera abrirse, el salón estaba inundado por discretos gemidos y el rechinido del escritorio. Una corbata marrón se mecía al ritmo de la pasión de un joven hormonal. El señor Anderson se encontraba recargado sobre su escritorio, sujetándose muy fuerte para aguantar las envestidas que, tras de él, Charlie le propinaba. Habían pasado semanas desde la declaración de amor de Charlie hacia su maestro, la relación se había desarrollado tierna pero sumamente pasional. Charlie parecía que nunca se cansaba y siempre estaba dispuesto cualquier cosa, particularmente parecía tener una fijación por tener intimidad en la escuela.

El sudor cruzaba las muecas que hacía el docente. El señor Anderson tenía su saco, su corbata y su camisa intactos pero tanto su pantalón como su ropa interior reposaban en sus tobillos dejando su culo expuesto. Charlie se sujetaba con fuerza a las caderas de su maestro, por su parte sólo había bajado su pantalón por debajo de su tierno trasero, que se relajaba y comprimía al ritmo de su pelvis.

Sabían que podían ser descubiertos en cualquier momento pero eso sólo los motivaba a seguir adelante.