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Damon se despertó al día siguiente descansado y agradecido de que su cama no estuviese "habitada" por nadie más, refiriéndose con esto a las chinches que temió que podría tener el colchón. La cosa mejoró cuando comprobó que la ducha tenía agua caliente. Aunque, como no sabía cuánto tardaría en tomar un café bien cargado, decidió darse una ducha fría para espabilarse.

Antes de lo provisto, llamaron a su puerta. Al abrir, se encontró con Rosalie, quien llevaba unos vaqueros azul oscuro ajustados y una blusa blanca que le dejaba un bonito escote. El chico se obligó a dejar de mirar sus pechos para mirarla a los ojos, esos ojos azules casi violetas que lucían más hermosos que el día anterior. Una vez más, Damon sacudió la cabeza para no parecer tan evidente que se había quedado babeando por ella. Para disimular, miró la hora en su móvil mientras la dejaba pasar al interior de la habitación.

-Creía que habíamos quedado en una hora –se extrañó él al verla allí tan temprano.

-Pensé que querrías desayunar antes de ponernos manos a la obra –se explicó ella, con cierta timidez en su voz.

Al chico eso le pareció gracioso, ya que era la primera vez que Rosalie se mostraba tímida en su presencio.

-Claro, ¿a dónde vamos? –preguntó él con energía.

-Ya lo verás, pero antes creo que deberías ponerte algo de ropa encima.

Solo en ese momento, el chico se dio cuenta que aún estaba en toalla. Ahora comprendía por qué Rosalie parecía algo incómoda.

-Tardo solo un segundo –le dijo el chico antes de recoger la ropa que había preparado sobre la cama e ir al baño a cambiarse.

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Rosalie llevó al chico al bar donde solía ir a comer cuando quedaba con su cuñada Bella. Carver café era un tranquilo y acogedor bar familia que parecía llevar ahí toda la vida, incluso los dueños eran los mismos de siempre. El matrimonio que abrió el local ya estaba jubilado y sus hijos habían tomado las riendas del negocio, pero estos aún seguían pasándose por allí con frecuencia.

Damon se quedó alucinado cuando todos los empleados del bar se acercaron para saludar a la rubia, como si fuese una de la familia.

Ambos tomaron asiento y un hombre de más o menos la edad de Damon les trajo la carta del menú y tomó nota de qué iban a beber.

-¿Vienes mucho por aquí? –le preguntó Damon a la chica, dando un sorbo a su taza de café recién hecho.

-Bastante. Aunque últimamente no mucho –respondió ella con cierta pena.

-¿Y eso por qué?

-Mi ex novio Royce se creía demasiado importante como para venir a comer a un bar local.

-Ese tipo tiene pinta de ser un capullo.

La rubia, para cambiar de tema, desvió su mirada a la carta del menú y le echó un vistazo, aunque lo hacía falta porque se lo conocía a la perfección.

-¿Qué vas a pedir? –le preguntó Rosalie al chico.

-Ah… -murmuró él mirando la carta del menú-. Tal vez un par de huevos fritos, beicon y salchichas.

-¿En serio? ¿Vas a tomarte toda esa grasa nada más comenzar el día?

-¿Por qué no?

En ese momento, la camarera, Lucy, se acercó a ellos a tomar nota de su pedido.

-¿Vas a tomar lo de siempre, Rose? –le preguntó la mujer, quien tenía pinta de rondar los 40 años.

-No, creo que hoy tomaré tortitas con frambuesas.

-Genial –sonrió la mujer mientras tomaba nota, para después dirigirse a su acompañante-, ¿y tú, chico?

Él le lanzó una mirada interrogativa a Rosalie, quien se encogió de hombros indicándole que pidiera lo que quisiera.

-Creo que yo también tomaré tortitas –anunció él mirando brevemente a la chica rubia antes de dirigir su mirada a la camarera-. Pero con chocolate.

-Bien, en seguido os lo traigo.

Nada más irse la camarera, Rosalie miró confusa al chico y le formuló una pregunta:

-¿Por qué no has pedido tu desayuno alto en grasas?

-Tienes razón, no creo que sea buena idea comer eso tan temprano. Además, este cuerpo del pecado debe mantenerse en forma –sonrió él con chulería, señalándose su cuerpo con orgullo.

Poco tardaron en servirles sus platos con el desayuno y Damon pudo comprobar que no fue una mala decisión pedir tortitas, ya que estaban deliciosas.

Mientras comían, Rosalie comenzó una conversación que en todo momento se basó en los arreglos que tendrían que hacerle al coche y dónde comprar las piezas. El chico, algo aburrido ya del tema, decidió cambiar el rumbo de la conversación:

-Todo eso está muy bien –la interrumpió Damon con suavidad en su tono de voz-, pero, ¿qué tal si hablamos de otra cosa?

-¿Cómo qué?

-No sé… ¿Por qué el taller donde trabajas se llama "Cullen e hijos"?

-Estás un poco pesadito con eso, ¿no? –se quejó Rosalie, pues esa pregunta era personal para ella.

-Cuéntamelo y dejaré de preguntarlo.

La rubia resopló a modo de queja, pues sabía que el chico no pararía hasta que su pregunta fuese respondida. Por eso, a Rosalie no le quedó otra opción que contarle la razón del nombre del taller.

Escuchando hablar a la chica, Damon descubre cosas muy interesantes. Rosalie era sobrina de Esme, la esposa del dueño del taller, Carlisle Cullen. El hombre era un doctor pre-jubilado a los 52 años, que viendo que a sus hijos les apasionaba los automóviles, abrió un taller para que estos tuviesen un trabajo al día de mañana, ya que la crisis económica mundial hacía que pareciese imposible la posibilidad de que la juventud de hoy tuviese un futuro mañana. El problema era que los chicos eran un desastre con los coches, un caso perdido. Les gustaban los automóviles, pero no les apasionaban tanto como para aprender lo suficiente sobre ellos y ser unos buenos mecánicos. Por su parte, Rosalie sí que mostró un gran interés por los coches y se le daba bien repararlos. Los chicos Cullen se pasaban por el taller de vez en cuando para ayudar cuando la chica tenía mucho trabajo o simplemente por curiosidad. Carlisle se planteó cambiar el nombre del taller por "Cullen n' Hale" pero Rosalie era tan de la familia que era como una hija más, por lo que el nombre de la empresa servía de igual modo.

Damon fue testigo de cómo los ojos de la chica reflejaban felicidad y gratitud al hablar de los Cullen. Él no pudo evitar sentir un poco de envidia, ya que siempre había deseado tener una relación tan buena con su familia.

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Cuando llegaron al taller, se encontraron con dos personas. Se trataban de un hombre y una mujer. Él era rubio y de ojos azules, de unos 50 años y vestía una camisa azul, una chaqueta americana gris y un pantalón de lona del mismo color que la chaqueta pero un par de tonos más claro. Para completar esa elegante vestimenta, el hombre llevaba un pañuelo de seda blanco alrededor de cuello pero sin anudar. La mujer, alto más bajita que el hombre y de cuerpo menudo, parecía tener unos 40 y tantos años, tenía un cabello castaño largo y ondulado, sus ojos eran también castaños y lucía un sencillo pero a la vez elegante vestido violeta que le llegaba a la altura de las rodillas y unos tacones negros.

-¡Rosalie, cielo! –la saludó la mujer muy emocionada.

La aludida les miró alegre pero algo extrañada al verles por allí, ya que no le habían avisado de que irían.

-Pasábamos por aquí y decidimos pasar a ver qué tal te iba –le explicó el hombre, encogiéndose de hombros con timidez.

-Carlisle, no tenéis que darme explicaciones para venir –le respondió la joven de cabello rubio-. El taller es vuestro.

-Sabes que eso no es del todo cierto, también es tuyo, Rose.

En ese momento, el matrimonio se dio cuenta de la presencia de otra persona junto a su sobrina.

-¿Nos presentas a tu amigo, Rose? –le pidió su tía con una sonrisa amable.

-Sí, claro –respondió esta, algo avergonzada por sus malos modales-. Él es Damon Salvatore, estamos reparando su Camaro.

-¿Juntos? –se extrañó su tío, alzando una ceja interrogativa, pues sabía que la chica no dejaba que nadie rondase por el taller.

Damon se rió levemente por la mirada del hombre y todos se le quedaron mirando.

-Me temo que fui demasiado insistente –se excusó el chico-. No dejo mi coche en manos de cualquiera.

-¡Oye! –le regañó Rosalie, dándole un manotazo en el hombro-. Yo no soy cualquiera.

-Por eso tienes el honor de tocar mi coche.

-Honor dice… -protestó ella por lo bajito.

Esme tuvo que taparse la boca para no reír ante esta pelea tan divertida de la pareja.

-Por cierto, yo soy Carlisle Cullen –se presentó el hombre estrechándole la mano a Damon-. Y ella es mi esposa, Esme –añadió señalando a la mujer que le acompañaba, quien saludó al chico con un beso en la mejilla-. Somos los tíos de Rosalie.

-Encantado –les sonrió Damon amablemente-. Rosalie me ha hablado de ustedes.

-¿En serio? –preguntó divertida Esme, dirigiendo una mirada a su sobrina-. Porque ella no nos ha dicho nada de ti…

-Nos conocimos ayer –se justificó la chica-. Además, tampoco creí que fuese necesario. Ni que os presentase a todos los clientes…

Esme vio cómo la chica se ponía a la defensiva y su instinto de mujer le hizo ver que su explicación ocultaba algo más, algo que le hizo sentir curiosidad.

-¿De dónde eres, Damon? –se interesó el doctor Cullen.

-De un pueblecito pequeño de Virginia llamado Mystic Falls.

-Estás muy lejos de casa –comentó Esme, sintiéndose más curiosa por momentos.

-Quería dar un cambia en mi vida –explicó el chico de cabello oscuro-. Empezar de cero.

-¿Y cómo te ve con eso? –volvió a preguntar Carlisle.

-Bueno, estoy en la otra punta del país ensuciándome las manos de grasa de coche, creo que ha sido un cambio bastante considerable.

Rosalie, que se había mantenido callada durante ese interrogatorio al chico, no pudo evitar contestar al último comentario de este:

-¿Cómo te vas a ensuciar de grasa si aún ni hemos empezado con el Camaro?

-Solo he vaticinado lo que va a ocurrir –se explicó Damon con una sonrisa divertida-. Soy horrible con estas cosas.

-¿Y por qué insististe en ayudar con el coche? –le preguntó ella haciéndose la enfadada.

-¿Tú te has visto? –le acusó él señalándola-. Eres una cría, no me fiaba de dejarte sola con mi coche. Aún no me fío del todo…

-Estará mejor en mis manos que en las tuyas, eso seguro.

-Ya lo veremos -murmuró Damon, aceptando el reto.

El matrimonio rió divertido al ver esta pequeña discusión-pique más típica de una pareja de novios que de dos desconocidos.

-La reparación del coche llevará su tiempo –comentó Esme después de que estos terminasen de "pelear", dirigiéndose al chico-. Y supongo que te hospedarás en alguna parte.

-En el motel Twilight –le comentó Damon a la mujer.

-Y apuesto lo que sea a que comerás siempre esa grasienta comida de bares… -dijo ella preocupada cual madre protectora-. ¿Por qué no vienes a casa a cenar esta noche?

-¿¡Qué!? –alucinó Rosalie con la propuesta de su tía-. No. ¿Por qué?

-Vamos, cielo. El chico debe estar harto de comer esa comida de bar, seguro que echa de menos la comida caseta.

Damon tampoco se sentía muy cómodo con la idea de cenar con la familia de Rosalie, pero no sabía cómo decir que no sin parecer maleducado. Carlisle, viendo que el chico estaba a punto de rechazar la propuesta, decidió intervenir:

-Creo que sería muy buena idea. Así podremos conocernos mejor. Además, siempre hay hueco para uno más en nuestra mesa.

Ante tanta insistencia, a Damon no le quedó otra que aceptar. Rosalie, por su parte, le dedicó una mirada muy significativa a sus tíos, mirada que decía "ya hablaremos de esto luego".

Uno de los motivos por los que el matrimonio invitó al chico a comer era porque habían sido testigos de las miradas cómplices de Rosalie y él, y querían darles un empujoncito para animarles a estar juntos, ya que les parecía que Damon era buena persona. Con eso, la chica dejaría de seguir dándole más oportunidades a Royce cada vez que se presentaba ante ella suplicándole volver. El ex de su sobrina no les agradaba nada porque abusaba de la bebida y era muy agresivo. Siempre andaba metido en peleas en los bares, pero al ser hijo de una familia rica con influencias, la policía no podía hacer nada para darle un escarmiento.

Después de despedirse de Esme y Carlisle, prometiendo ser puntuales para la cena, Rosalie se ausentó un momento para cambiarse la ropa y ponerse una adecuada para el trabajo. Una vez más, Damon se quedó embobado mirándole el escote, el cual parecía tener un efecto hipnótico sobre él.

-Ponte esto –le dijo ella, lanzándole una camiseta gris con el logo del taller.

-¿Para qué es?

-No quiero que te manches la camisa y luego te me quejes.

Damon asintió conforme con su respuesta y no dudó en quitarse la camisa y cambiarse delante de ella. La chica, aunque intentó disimular, se quedó atontada al contemplar sus perfectos músculos definidos por segunda vez en ese día. Esto empezaba a ser una costumbre que Rosalie no sabía si le gustaba o no, ya que las emociones que el chico provocaba en ella le resultaban confusas.

-Ea, pues ya estoy listo para pringarme de grasa –dijo él con un tono divertido al verse con esa camiseta tan poco sexy.

Rosalie asintió aún afectada por el momento "fuera camisa" del chico y se dirigió a abrir el capó del Camaro. Cuando el chico se apoyó en el coche junto a ella, la joven se dio cuenta de que este tenía un tatuaje en el antebrazo que ponía "Hic et Nunc". Como le pareció que podría ser un tema personal para él, decidió guardarse esa información para preguntarle más adelante.

Entre pique y bromas, los dos se pusieron a trabajar en el motor del vehículo, siendo interrumpidos por la entra al taller de un chico de unos veintitantos años, de pelo oscuro y ojos azules tan alto y musculoso que parecía un jugador de fútbol americano.

-¡Ah, Emmett, hola! –le saludó la chica con una sonrisa alegre-. ¿Qué haces aquí?

-Tenía tiempo libre y me he acercado a ver si necesitabas ayuda –explicó este, lanzándole a Damon una mirada algo intimidante.

El chico tenía cara inocente, casi como de niño pequeño, pero cuando ponía esa mirada no resultaba para nada tan dulce.

-Él es Damon Salvatore –le presentó la rubia a su primo-. Damon, Emmett es el hijo mayor de Carlisle y Esme.

-Encantado –murmuró el chico Salvatore tendiéndole la mano al grandullón, quien se negó a estrechársela.

-¿Quién se supone que eres tú? –inquirió Emmett cruzándose de brazos y poniendo una voz intimidante.

-Es un cliente, Em –le dijo Rosalie con voz calmada, intentando relajar el ambiente.

-¿Y qué hace con la camiseta del taller?

-Me está ayudando a reparar su coche.

-Genial… –gruñó Emmett no muy convencido de que eso fuese buena idea.

-Puedes tomarte el día libre si quieres, lo tengo todo controlado por aquí.

El chico asintió y antes de irse le lanzó una mirada amenazante a Damon, como diciéndole que le estaría vigilando.

-¿Qué hay entre el musculitos y tú? –inquirió Damon cuando el chico se hubo ido.

-¿Emmett? –preguntó ella, a lo que este asintió con la cabeza-. ¿Estás celoso? –le picó a modo de broma, alzando una ceja divertida.

-No veo por qué debería estarlo –dijo Damon cruzándose de brazos y fingiendo que no sentía interés por la chica-. Yo solo… Siento curiosidad.

-¿Por qué dices que hay algo?

-Soy un chico muy observador. Y he visto cómo te mira.

-Bueno… Emmett y yo tuvimos algo. Hace mucho tiempo.

-¿Qué pasó?

-No lo sé, supongo que confundimos la atracción física con el amor.

-Ya, conozco esa sensación… -murmuró Damon, recordando cómo le fue su último encuentro con la novia de su hermano.

El chico siempre estuvo enamorado de Elena, la novia de su hermano, pero esta no solo no le correspondía sino que encima le había utilizado a su antojo y dejado tirado cuando se cansó de él, para volver así a los brazos de Stefan. Damon se sentía como un juguete usado. Su coche no era lo único que tenía roto, sino también su corazón.

-Tienes mal de amores, ¿eh? –intuyó ella por su mirada melancólica.

-No quiero hablar de ello.

-No iba a preguntar.

Rosalie sonó fría con su respuesta, aunque no era lo que pretendía. La chica intuyó que el chico lo estaba pasando mal y no quiso atosigarle. Por suerte para ella, Damon no pareció ofenderse, es más, casi parecía agradecido de no tener que hablar sobre el tema.

Sin nada más que decir, ambos retomaron su trabajo con el coche. Después de haber dejado atrás los fantasmas del pasado, llegaron a estar tan relajados y cómodos con la presencia del otro que se sorprendieron a sí mismos.

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Esa noche habían quedado con los tíos de ella para cenar, por lo que tenían que ir a ponerse decentes. Como le pillaba de camino, Rosalie llevó a Damon al motel y quedó en pasarse a recogerle en un par de horas. Damon se dio una larga ducha para quitarse la grasa y el sudor del cuerpo y se puso una camisa negra y unos vaqueros oscuros, lo más formal que tenía.

"Voy a tener que ir de compras" se apuntó el chico mentalmente al darse cuenta de lo escaso de ropa que andaba.

Un par de horas después, Rose se presentó allí vestida con un espectacular vestido negro que le llegaba un poco más arriba de las rodillas y unos tacones negros altos. Una vez más, lucía un hermoso escote, el cual ahora era más tentador al llevar colgando de su cuello un precioso y reluciente collar que terminaba a la altura del yacimiento de sus senos. Unos pendientes a juego completaban tan maravillosa obra de arte. Damon volvió a notar cómo empezaba a babear por ella, lo cual se estaba convirtiendo en una costumbre. Esas espectaculares curvas y ese bello cuerpo iban a acabar con él.

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La casa Cullen estaba casi como oculta entre los árboles del gran bosque que cubría una cantidad de terreno importante de Forks. No solo estaba en medio del bosque, sino que parecía ser parte del paisaje. La casa era de unas dimensiones impresionantes, tenía tres plantas y un garaje gigantesco. La mayor parte de la pared estaba cubierta de grandes ventanales que iluminaban toda la casa.

-Vaya… –alucinó Damon cuando la chica aparcó el coche en la entrada.

-La diseñó Esme –sonrió ella muy orgullosa de su tía.

-Pues es increíblemente buena.

Nada más entrar al salón de los Cullen, el matrimonio les recibió con alegría y abrazos.

-Tienen ustedes una hermosa casa –les felicitó Damon a ambos, para después dirigirse exclusivamente a la mujer-. Rosalie me ha dicho que el diseño es suyo, es impresionante.

-Gracias, eres un cielo –le sonrió Esme muy agradecida-. Y, por favor, puedes tutearnos.

Unas pesadas pisadas anunciaron la llegada de Emmett, quien saludó al chico con un gruñido. No había que ser un genio para darse cuenta de que la presencia de Damon allí no era de su agrado.

Por suerte para el chico Salvatore, el resto de la familia parecía encantada con tenerle allí. Edward Cullen -de pelo castaño y ojos verdes- acababa de venir de casa del padre de su novia Bella Swan –de pelo castaño largo y liso y ojos marrones- , quien también les acompañaría esa noche en la cena. Ambos tenían 17 años y acudían al último año del instituto. Como dato curioso, Damon se enteró de que el padre de la chica era el sheriff del pueblo. La pareja era muy amable y parecían muy maduros e inteligentes para su edad.

La cena que habían preparado los Cullen consistió en todo un repertorio de comida típica italiana. Damon, curioso, les preguntó el motivo de la elección de ese estilo de cocina. Esme le explicó con cierta timidez que lo había preparado creyendo que él era italiano –ya que se apellidaba Salvatore- y querían hacerle sentir como en casa. Ante esto, Damon le dio las gracias con una sonrisa verdadera y les contó que su abuelo sí era italiano, pero que su familia perdió contacto con sus raíces al mudarse a Estados Unidos. Eso fue todo lo más personal que Damon contó sobre su vida, a pesar de las insistentes preguntas de la familia Cullen.

La velada transcurrió muy relajada y divertida. Durante la cena, todos los presentes fueron testigos del intercambio de miradas y sonrisas entre Damon y Rosalie. Bueno, todos menos Bella, quien siempre había sido muy despistada y nunca se daba cuenta de las cosas que pasaban a su alrededor.

Todos eran conscientes de que esta extraña relación que había comenzado entre Damon y Rosalie iba a cambiar las cosas, para bien o para mal.


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Me alegra muchísimo que leáis esta historia. Muchas gracias por seguirla y por vuestro reviews! :)