Segundo drabble, creo que este ya entra en oneshot creo creo ¡Espero les guste! a mi me dio bastante melancolía escribiéndolo.
Theon rima con…
II
Nieve
Los recuerdos regresaron, junto con la melancolía que otrora recorría el castillo como agua termal, manteniendo los muros calientes, manteniendo las memorias vivas. Los cuervos trinaban, la melodía se transmutaba en gritos, todos los que habían muerto ahí.
La nieve caía, silenciosa, creando masas que tomaban la forma de cuerpos. Todos los que habían muerto, ahora estaban postrados ahí, sepultados en la nieve, haciendo desaparecer la tierra. Allí, pudo ver como de entre la nieve, se levantaba la figura de un niño tomado de la mano de un hombre, parpadeó, las figuras ya no eran blancas, sino reales. Los ropajes del pequeño eran diferentes, llevaba un Kraken bordado en el hombro derecho, el símbolo de alguna familia, ¿Qué familia?
El pequeño con el Kraken bordado subió su vista, sus ojos se encontraron con los de una mujer pelirroja, expresión inundada en odio. De entre los árboles salieron dos niños, un poco más chicos que el del Kraken. Uno de ellos tenía el cabello del mismo color que la mujer; el otro, cabello negro como la noche. Ambos tan diferentes e iguales a la vez. Curiosos, con la mirada posada en él. El pelirrojo se acercó lentamente, el brazo derecho esperando recibir el del calamar dorado.
Las figuras, nieve otra vez, comenzaron a deshacerse hasta volver a ser nada, simples aglomeraciones en la tierra que alguna vez pisó el niño con el Kraken bordado en el hombro. Estaba solo entre las ruinas, los cuervos seguían gritando, venas de agua termal brotaban de las paredes destruidas, la sangre de todos sus fantasmas.
Caminó entre los escombros, el viento murmuraba dentro de torres destruidas, hizo caso omiso a lo que decía, no quería escucharlo. Subió su cabeza y atisbó la entrada al gran salón. El salón principal. Tragó saliva y entró, esperando encontrarse con lo peor. Nada. Un simple salón cuyo techo caía junto con la nieve, pisada tras pisada, el lugar cambiaba lentamente. La soledad se tornó en una sensación extraña acompañada de gente que entraba y salía. Un gigantesco comedor en el que se estaba desarrollando un festín, el hombre que había tomado al pequeño del Kraken estaba sentado en lo alto, junto con la mujer de expresión inundada de odio, a su lado, el niño pelirrojo.
El niño con el Kraken bordado en el hombro estaba sentado en una esquina, llorando, junto al infante de cabello negro como la noche, que prefería no observarlo. En aquel festín, celebraban los cuervos su victoria, donde pusieron fin a la rebelión de las bestias marinas. El hombre, que parecía ser el líder y señor del castillo, se puso de pie, dijo unas palabras en algún idioma incomprensible y el pequeño calamar se paró, el mundo se detuvo en ese momento, mientras el niño caminaba lentamente en dirección al señor de la nieve. El salón comenzaba a derruirse, cada vez más rápido, la nieve mojaba su cara y su bordado en el hombro. Las personas fueron desapareciendo, una a una, quedose solo a excepción del hombre que le había llamado, junto a su esposa e hijo. Inquisitiva, la mujer observó el momento en que su marido le extendió los gélidos brazos al pequeño, que los rechazó.
Desaparecieron. La estancia regresó a estar casi completamente en ruinas. Siguió caminando hasta el fondo del salón, imaginando que era aquel niño con un kraken bordado en el hombro derecho. Antojaba que el lugar tenía siglos abandonado.
El sollozo de un bebé le sacó de sus pensamientos, provenía de alguna torre del otro lado del patio. Trató de correr, cayendo en el intento. Una criatura como esa no podía hacer algo así. Caminó, topándose con sombras. El bebé seguía llorando, desesperado, suplicando comida. Llegó hasta el lugar de donde provenía el sonido. Ningún bebé. Se encontró con una niña pelirroja cuya sonrisa parecía detener el precipitar de los copos. La torre en ruinas se reconstruyó ante sus ojos. De la sombra de esa niña pelirroja, surgió otra pequeña. Cabello castaño y ojos… ojos marrones. Ella no sonreía, simplemente se limitaba a observar recelosa a la de cabello rojizo.
Un joven con un Kraken bordado en el hombro entró, la sonrisa de la primera niña se desvaneció y en su expresión pudo ver repulsión, era igual a la de aquella mujer. La otra niña comenzó a cambiar, a crecer, su mirada cada vez más muerta, su vestido desapareció, dejando ver un cuerpo lleno de cicatrices y magulladuras. La niña pelirroja salió corriendo y al atravesar el umbral de la puerta, desapareció. La de los ojos marrones se recostó en la nieve, convirtiéndose en ella. La torre, en ruinas.
Sonidos en el patio, el joven del Kraken disparaba flechas contra un árbol, siempre dando en el blanco, acompañado del pelirrojo, que le sonreía. Ambos intercambiaban sonrisas. En una esquina, estaba sentado el del cabello negro como la noche, odio impregnado en sus ojos cada vez que su vista se dirigía al Kraken dorado. En aquel joven parecía recaer todo el odio del castillo, de aquella tierra y sin embargo, sonreía, sonreía ocultando toda su tristeza.
Se escuchó el alarido de un niño, junto con el aullar de un lobo. Pudo observar que, desde una torre un tanto alejada, un bulto caía, un pequeño. Pataleaba, intentando volar. Una niña pasó corriendo, con una espada en mano. Un niño, aún más pequeño, lloraba acostado en la nieve. Escuchó un estruendo y después, nada. El lugar quedó completamente solo, otra vez.
Dos gritos, dio media vuelta y se encontró con dos niños llorando. Poco a poco se iban ennegreciendo, tornándose más y más grotescos, hasta quedar completamente calcinados. Sus chillidos, insoportables, hicieron que aquella triste criatura, espectador de la desgracia que ahogaba el castillo, tapara sus orejas y cayera en el piso deseando que todo acabara.
Y así, se esfumaron con la nieve. Escuchó, en alguna parte, el gemido de una mujer, seguido de la risa estridente de un hombre; escuchó los cascos de un caballo, que se alejaba rápido; escuchó una caravana que se acercaba; escuchó el crepitar de las llamas; escuchó gritos, sollozos, oraciones susurradas; escuchó espadas chocando; escuchó canciones.
Silencio.
De pie, giró su cabeza, una y otra vez, esperando ver algo, aunque fuese una sombra. Ese castillo no volvería a estar habitado por gente como los señores del norte, sin embargo, los recuerdos seguían ahí, latentes, entre sus escombros. No, no los recuerdos del castillo. Sus recuerdos. Los recuerdos del niño con el Kraken bordado en el hombro.
Lágrimas le nublaron la vista, ¿cuánto tenía que no lloraba? Tal criatura llorando, algo curioso, cómico y digno de ver. Se limpió las lágrimas, frente, el joven de cabello rojo le observaba, con rostro afligido, para después dedicarle una sonrisa. Extendió su brazo derecho, esperando que la criatura tomara su mano. Al principio lo dudó, pero, ¿qué podía perder? Nada, ya lo había perdido todo. Lentamente, su brazo se desplegó en dirección al del joven de cabello rojo, para que su manos se estrujaran. El tacto fue breve, hasta que el joven de cabello rojo desapareció. No, él no. Él no. Él no.
Debía haberlo conocido, debía haber reído con él, debía haber triunfado y fracasado a su lado, debía haber conocido a su mujer, debía haber, debía haber muerto… muerto con él. Si tan sólo pudiese dar su vida para recobrar la de él. Al final, ¿Quién necesitaba de una criatura como aquella?
Cayó de rodillas en la nieve y poco a poco se fue acostando en ella, ojos muertos posados en el sol, que apenas se asomaba en el gélido cielo amenazador. La nieve se pegaba a su cuerpo y lo inundaba poco a poco. Cerró sus ojos.
Los harapos de la criatura cambiaron, ropa cómoda, caliente, digna de un señor, un Kraken bordado en el brazo derecho. Se había transformado en el niño del Kraken ó ¿El niño se había transformado en él?
