La primera vez que me puse el traje de shinigami académico noté como algo cambiaba en mí. No sabría explicarlo de otra forma pero aquel traje, blanco y azul, representaba un paso más alcanzado a la hora de conquistar mi sueño. Ya poco importaba donde estuviera Yonas, yo lo encontraría.
Comenzaron las clases y fui conociendo a nuevos compañeros, gente que, como yo, un día había soñado poder ser un shinigami, por un motivo u otro. Pero aquella no era mi gente y yo no podía sentirme como en casa. Mi familia estaba en el distrito 57 y no en el Sereitei, que así se llamaba el lugar donde habitaban los shinigamis.
Me rodeaba gente de todo tipo. Los había que habían nacido en el Rukongai, en los distritos más variados. Otros, en cambio, eran miembros de familias nobles. Nobles o procedentes del Rukongai, sabía que nada me unía a ellos. Yo estaba allí con un objetivo muy claro y eso era lo que me movía. Nada más.
Fue en esos momentos cuando me di cuenta de lo mucho que había cambiado desde que perdí a Yonas. Había vuelto a perder la sonrisa, esa sonrisa que por primera vez se dibujó en mi cara cuando conocí a aquel a quien llamaba hermano. Me había vuelto a hacer un solitario, un hombre sin sonrisa. En los últimos meses sólo había cruzado palabras con el maestro Kunishi y nunca, desde aquel momento, había vuelto a encontrar algún sitio al que llamar hogar.
Parte de las actividades de la Academia a partir del segundo año era salir de expedición, de caza, guiados por otros shinigamis académicos que estaban en el último curso. Trabajar en equipo, definitivamente. Pero eso no era lo mío. No quería tener nada que ver con aquella gente. Ellos tampoco parecían querer entablar algún tipo de relación conmigo. Aún así, aquello era parte del entrenamiento, había que ir y había que dar lo mejor de uno mismo. Lo tenía claro, por encima de cualquier malestar había algo que me guiaba a hacer las cosas, por encima de cualquier dificultad.
No sabía cuán equivocado estaba en esto. Fue durante una de las primeras expediciones cuando lo descubrí. Varios oficiales de bajo rango que daban clase en la Academia nos acompañaron para asegurar la zona y evitar cualquier incidente. Era una medida de seguridad casi obligatoria desde los supuestos incidentes de un examen hacía varias décadas.
Siguiendo las instrucciones de nuestros guías y protectores, emprendimos camino hacia el mundo mortal a través del Senkaimon. Al no poder disponer los académicos de mariposas infernales, tuvimos que cruzar el Dangai, lo que retrasó unos minutos el viaje.
El lugar elegido para la práctica era una de esos sucios núcleos industriales que se suelen erigir en las afueras de las ciudades. Tampoco me importaba mucho donde o como fuera, yo estaba allí para cumplir la papeleta y cuanto antes se acabara esa farsa llamada "trabajo en equipo mejor para mí".
Aquello parecía desierto, el lugar idóneo para no ser descubiertos por un alma humana que por algún motivo extraño fuera capaz de vernos, el lugar idóneo para mantener a los hollows a raya, si se daba el caso.
¿Aparecerían? Tras casi una hora de espera, patrullando. – "Esto también es entrenamiento", no se cansaba de repetir el alumno de sexto curso encargado de liderar el grupo en el que me había tocado en suerte participar, como si quisiera también recordásselo a sí mismo – una energía extraña nos llamó la atención.
Corrimos hacia ella y una de las profesoras que estaba allí nos indicó la dirección en la que había aparecido aquella extraña aura. Cuando llegamos, en efecto, nos esperaban dos hollows con expresiones amenazadoras.
Supongo que parte del trabajo de los formadores era dejar pasar a los hollows de nivel bajo o medio-bajo y evitar que los hollows de alto nivel se inmiscuyeran en nuestra práctica. En pocas palabras, hacer de filtro, porque aquellos hollows no resultaban siquiera amenazadores.
Uno de los miembros de mi grupo, un tal Kurei, se adelantó con dos compañeros y se lanzó a por uno de los dos, como si quisiera presumir de sus habilidades frente al resto de los compañeros. Dos académicos fueron tras ellos a por el hollow mientras que el resto nos encargamos del otro, tarea sencilla.
Nos retirábamos, casi aliviados por haber por lo menos hecho un poco de ejercicio cuando ya creíamos que la "misión práctica" sería un completo fracaso, cuando una nueva forma de energía volvió a captar nuestra atención. Nos dirigimos a toda velocidad al punto donde habíamos sentido el reiatsu y
La profesora que antes nos había indicado la dirección en la que se encontraban los otros dos hollows se encontraba luchando ella sola con un hollow. Era una de las auxiliares del Departamento de Kidou y se rumoreaba por toda la Academia que nunca le darían el puesto de profesora titular porque tenía muy mal carácter y una alta propensión a desobedecer a sus superiores. Aunque ése no era el único rumor que corría por la Academia sobre ella, los demás estaban ligados a una peculiaridad física, digamos, interesante.
Aquella shinigami se encontraba luchando cuerpo a cuerpo con el Hollow. En lugar de atacarlo directamente parecía como si algo le impidiera cargar con plena potencia contra aquel engendro de alma corrupta. Ante ello, uno de los alumnos de último año, que se habían unido a nuestra práctica como líderes de grupo, se adelantó como queriendo ayudarla.
– Quédate quieto donde estás si no quieres que te muerda – contestó otro de los shinigamis auxiliares desde detrás. – Yo fui su tutor en su primer año de Academia, te puedo asegurar que si te entrometes acabarás algo peor que mal parado. Además, – dijo, levantando la vista para tratar de ver un poco más – sólo la entorpecerías. Parece que está tratando de proteger algo... o a alguien.
Instintivamente, todos imitamos el gesto del profesor y tratamos de avistar aquello que estaba protegiendo. En efecto, parecía que se esforzaba por defender algo, un cuerpo que permanecía tirado a su espalda, inconsciente, como si hubiera sido herido por el hollow.
– ¡Es un plus! – exclamaron algunos académicos.
– Rápido, avisad a la Cuarta División – ordenó uno de los profesores – Que envíen rápido un equipo de urgencia.
El grupo encargado de comunicaciones siguió las instrucciones e inmediatamente se puso en contacto con el Sereitei para que fuese enviado un comando médico al lugar de las prácticas. Mientras, el combate seguía desarrollándose con toda la normalidad posible.
Llegado un instante, la shinigami pareció cansarse de aquel combate y aumentó la velocidad de sus movimientos dando la impresión de que todo lo anterior había sido algún tipo de estrategia para agotar a su oponente y así vencerlo con más facilidad.
En efecto, cuando el hollow estaba demasiado cansado para moverse se detuvo frente a él y demostró por qué había entrado a formar parte del Departamento de Kidou que dirigía el profesor Data. Estábamos demasiado lejos como para escuchar la invocación, pero sí pudimos ver claramente como de su mano salia una esfera carmesí directa a la máscara del hollow, que se hizo pedazos al contacto con el arte demoníaca.
El grupo de apoyo sanitario no tardó en llegar. Entonces, con ellos, algunos académicos nos acercamos a echar una mano en lo poco que pudiéramos. Por un momento, deseé nunca haberlo hecho, de otro modo, probablemente, nunca lo hubiera descubierto.
Allí estaba, casi desfigurado, pero aún reconocible por alguien que le conociese tan bien como yo. Era Yonas, luchando incansablemente por vivir. Aferré su mano como pude y me arrodillé junto a él. Se la apretaba con fuerza, como queriendo transmitirle mi propia vida para que mi hermano pudiera sobrevivir.
– ¡Apártate! – me gritó uno de los oficiales médicos visiblemente urgido por la gravedad de la situación.
No quería moverme de allí, pero entre dos académicos de sexto año, me levantaron y me llevaron a un lugar a parte. Era extraño, nunca había tenido contacto con nadie en la Academia y, aún así, aquellos dos trataron de apoyarme, acompañarme, consolarme. ¡Era injusto! Sin embargo, yo estaba absorto en mis pensamientos, recordaba cada uno de los instantes vividos con él. Cada uno, como si acabasen de suceder.
– ¿Le conocías?
– ¿Quién era?
– ¿Era amigo tuyo?
– ¡¿Queréis dejar de hablar de él como si estuviera...?!
– Ha muerto, no hay nada que hacer – se oyó la voz de los médicos a lo lejos.
Al oír aquella noticia, todos mis sueños se derrumbaron. La pesadilla, por fin, tras años de estar escondida en lo más profundo de mi alma, salió a la luz. Ya no tenía motivos para luchar. ¿Para qué me iba a convertir en shinigami ahora? Ya nada tenía sentido. Todo en mi vida era una mentira.
Yonas había muerto, ¿qué iba a ser de mí ahora? ¿Qué razón había en seguir adelante? Ya nada tenía sentido. Tenía que abandonar, dejarlo todo. Volver al Rukongai o... desaparecer para siempre, porque ya no tenía ninguna razón para vivir.
Interiormente maldije a la mano del destino que me había puesto delante una vida cómoda, tranquila, casi diría que feliz, y luego me lo había arrebatado todo. ¡¿Por qué jugaba conmigo?! ¡¿Qué había hecho yo para que Fortuna se burlara de mí?!
Demasiados recuerdos felices pasaron a ser ahora amargos a la luz de los acontecimientos. Todo aquel cambio, aquella sonrisa, no servía ahora para nada. ¿Qué haría ahora? Estaba dispuesto a rendirme, volver a ser aquel que un día había sido. Pero ya no había ninguna cadena que cortar. Así quería que fuera el destino.
Un shinigami tiene una responsabilidad demasiado grande como para rendirse a una causa egoísta.
Aquellas últimas palabras que había cruzado con mi maestro antes de embarcarme en la nueva etapa de mi viaje vital resonaron en aquel momento en mi cabeza. Quizás sí. Quizás mi causa fuera egoísta pero entonces, ¿qué hacía en la Academia? Encontrar a Yonas era el motor de toda mi existencia y él ya no estaba. Se había esfumado. Para siempre.
¿Por qué quería recuperar a Yonas? ¿Quería traerlo de vuelta por su bien? No. Ese no era el motivo que me movía. Quería recobrarlo, como si fuera un objeto que me hubiera sido robado. No quería volver a encontrarme con Yonas por él, sino por mí.
Sin Yonas, todo en mi vida había sido dolor y angustia, soledad y rechazo, desahucio y suicidio... ¡Un momento! No todo había sido así. No, aún había esperanza. Recordé entonces un momento crucial en mi vida, el momento en el que se me dio la nueva oportunidad, en el que la Dama del Destino me preguntó "¿Quieres vivir?" y me había llevado a un lugar donde poder volver a empezar de nuevo sin tener miedo a nada.
Sí, en ese momento me acordé de aquel instante que aún hoy me hace sentir un gran sentimiento de gratitud hacia ella y que aún después de tanto tiempo aún me hace escribir en este diario cosas como:
Calor y paz inundaban mi alma como no lo había sentido desde que aquella maldita cadena se había cortado, una cadena que me ataba a un cuerpo que no quería y a una vida que odiaba. Por eso la corté de raíz. Un hombre solo es un hombre desahuciado y para mí ya no podía existir una enésima oportunidad. Cerré los ojos y me dejé llevar.
Aquel momento, el del entierro de mi alma, el recuerdo de aquella sensación, fue la fuerza que me ayudó a levantarme, levantar mi cabeza y seguir adelante. No encontraría a Yonas, eso era algo que tenía claro y que me quemaba el alma provocándome un dolor que alcanzaba límites inimaginables. Era la única persona que me había hecho sentir vivo, aún después de estar muerto, pero aquella pretensión egoísta, la de hacerme shinigami sólo para adquirir poder y utilizarlo en mi propio beneficio, no guiaría más mis pasos. El maestro tenía razón. No me debía convertir en shinigami por una causa así. Sería engañarme a mí mismo.
Pero no renuncié a serlo. Me convertiría en shinigami para evitar que otros participaran del mismo tormento que yo. Para poder dar nueva vida y una nueva oportunidad a personas que, como yo, habían renunciado a alcanzarla. Eso es lo que haría. Ese momento de calor, de calma, de paz era lo que me movería, esa energía primigenia con la que dio comienzo mi nueva vida.
Me di cuenta que hasta ese momento, todas mis aspiraciones estaban guiadas por el miedo. Aquella primera cadena se había cortado porque tenía miedo a seguir sufriendo. Cuando llegué al Rukongai, el miedo al rechazo por parte de los demás me llevó a ser un solitario. En aquella soledad, una brisa de aire fresco me devolvió la esperanza, pero cuando esa brisa fresca dejó de soplar el miedo a la soledad me envió a una huida hacia delante. No buscaba a Yonas porque estuviera preocupado por él, porque no quería que le hicieran daño. Buscaba a Yonas por el miedo a perder aquella brisa y volver al estado de desesperación que había marcado mi existencia.
Mi vida cambió cuando descubrí ésto. Casi sin darme cuenta, la sonrisa fue abriéndose paso en mi rostro una vez más hasta instalarse en ella y nunca más borrase. No tenía miedo a perder nada, porque ya no tenía nada que perder, sólo tenía que ganar, ganar emociones, sentimientos... que no me abandonarían jamás. Eso era.
Esa sonrisa fue la que rompió de una vez y para siempre aquel blindaje exterior que me había apartado, una vez más, del mundo que me rodeaba. Ya nunca más sería un solitario. Nunca jamás a lo largo de mi vida aquella sonrisa se apartaría de mi rostro, era el pasaporte para cualquiera que quisiera entrar en relación conmigo.
Fue esa sonrisa la que me ayudó a progresar. Fue esa sonrisa la que convirtió a los compañeros en amigos. Fue esa sonrisa la que hizo que alguien para quien la esperanza de vivir se había esfumado se convirtiera en embajador de vida, alegría y felicidad.
Arropado por esa sonrisa, fue pasando el tiempo en la academia, pronto llegaría el momento en que tendría que abandonar aquel traje blanco. Aquel traje que representaba mis ansias pasadas, mis deseos egoístas, mi miedo a la soledad, en lugar de la esperanza que un día había simbolizado, iba a ser sustituido muy pronto por uno nuevo, negro, que simbolizaría mi sonrisa, mi alegría y mi pobreza. Esa pobreza desde la que me sabía poseedor de nada y aspirante a todo. Esa sonrisa que se convertiría en faro encendido en lo alto de un monte. Esa alegría que quería llevar a aquellos que, un día, quisieron cortar sus cadenas como aquel otro yo, que mucho tiempo antes, había hecho.
