Amanecía al fin sobre la verde colina que dominaba el oeste de la ciudad. Aquel vergel, el lugar favorito de residencia para las personas de clase media-alta, pues sólo ellos podían permitírselo, originaba un gran contraste entre la contaminada urbe y aquel paraíso natural, que parecía preservado de toda la inmundicia que inundaba el aire y las calles que se extendían al otro lado de la cúpula.

Aquel bucólico paraje, que parecía más bien sacado de uno de esos antiguos libros en los que nobles y valientes caballeros salvaban a hermosas y edulcoradas princesas de las fauces de un dragón, estaba sembrado de pequeñas casas y grandes mansiones en las que habitaba buena parte de la flor y nata de la sociedad capitalina. Allí, los que no habían caído aún en la decisión de mudarse a aquellas nuevas reservas especialmente dedicadas a los de su clase, seguían disfrutando, como si nada pasase a su alrededor, de todos los lujos que les permitía la sociedad de su tiempo. Sin problemas, sin preocupaciones.

Cruzar la barrera y penetrar en la cúpula era, al fin y al cabo, algo que muy pocos se podían permitir. Los habitantes del interior eran casi un grupo cerrado que, salvo unas pocas excepciones, no interactuaba casi con la gente del otro lado. Afortunadamente, decían, las nuevas tecnologías les habían ahorrado el mal trago de tener que salir de su paraíso y podían realizar sus negocios, dirigir sus empresas… controlar el país, sin tener que exponerse a la suciedad de todo lo que les rodeaba.

Pero, como digo, había entre ellos unas pocas excepciones, individuos especiales que, según sus vecinos, tenían el mal gusto de seguir conviviendo con el resto de la sociedad fuera de sus protecciones y sus seguridades. El Profesor Augustus Clermont, Catedrático de Historia del Mundo Post-Moderno aún a pesar de su corta edad, se encontraba entre esta serie de personas que no habían renunciado, que no se habían rendido.

Como todas las mañanas, aún en aquel período de vacaciones académicas, el despertador sonó cuando aún faltaba un cuarto de hora para que dieran las siete. "La historia cambia cada día", solía repetirse. "No hay que perder el tiempo.". Tras ducharse rápidamente, bajó a la cocina a prepararse el desayuno mientras el resto de sus familiares aún dormían. Seguramente, cuando ellos despertaran él ya habría adelantado varias horas de estudio.

Siguiendo, como todos los días, aquella rutina minuciosamente detallada, tomó su taza de café y bajó al sótano, donde se encontraba su gran biblioteca privada, su santuario, el refugio donde podía disfrutar de la verdadera paz. Las paredes de aquella gran sala estaban revestidas de grandes y bellamente labradas estanterías de madera, todo un lujo en sus tiempos, llenas de libros.

En el centro de la sala había una gran mesa de trabajo con su silla, y varias butacas situadas formando un círculo y en las que solía recibir visitas. Sobre la mesa, los volúmenes que había estado manejando en sus últimas investigaciones y las notas que había tomado a lo largo de sus estudios. Los papeles estaban dispersos sobre la superficie del escritorio, desordenados, como siempre.

Cogió el volumen que se encontraba en la parte superior de aquella pequeña montaña de libros y las notas y se dirigió a una de las butacas para comenzar sus lecturas matutinas antes de que todo se pusiera en funcionamiento, mientras aún durara aquel silencio.

Adoraba aquella sala. Adoraba aquel olor a libros viejos, a papel. Adoraba el silencio que la inundaba. Cuando entraba allí realmente se sentía afortunado de la vida que había heredado, aún a pesar de tener que vivir al margen de toda la sociedad, algo que detestaba. Pero él era el gran Augustus Clermont, el hijo, el nieto… el heredero de un gran clan de historiadores que durante siglos habían sido los mejores de su rama. Su lugar, aparentemente, era aquel.

Aquella realidad infundía en el joven catedrático un sentimiento interior de rebeldía que muchas veces había tenido que acallar. En su mundo, rebelarse contra los estereotipos y los estándares, no adecuarse a lo que se supone que uno debería hacer o a lo que otros esperan era un pecado mortal, merecedor del rechazo de todos, incluso de aquellos por los que, de algún modo, se rebelaba. Definitivamente, ser un traidor a la clase social, era casi tan grave como ser un traidor al estado.

Pero toda aquella guerra interna quedaba al margen cuando comenzaba a bajar aquella escalera de caracol que comunicaba con la biblioteca. Entrar allí cada mañana suponía para él lo mismo que suponía para sus vecinos atravesar la puerta que comunicaba el interior de la cúpula con la ciudad.

Siguiendo aquel minucioso ritual, apoyó la taza de café en la mesita auxiliar que había junto a la butaca y encendió la pipa, su humilde compañera de trabajo, antes de abrir el libro por donde lo había dejado. Sí, aquella sería una mañana más de estudio, de lectura, de placer.

Todas las mañanas devoraba durante horas páginas y páginas de aquellos tomos polvorientos que narraban los avatares de los hombres a través de los tiempos. Las leía con avidez aún cuando ya lo había hecho decenas de veces, centenas en algunos casos y casi un millar con aquel pequeño tomo que tenía en sus manos, que era casi como su Biblia y en el que, aún a pesar de su profundo conocimiento del texto – era capaz de citar páginas e incluso capítulos enteros de memoria –, siempre encontraba una novedad.

Sin embargo, apenas había comenzado a enfrascarse en su investigación sonó el teléfono. Incómodo por tener que detener su actividad y alarmado por la extrañeza de la hora (apenas pasaba un cuarto de hora de las siete de la mañana), el profesor se levantó y fue hacia el aparato.

– Dígame – respondió con voz firme.

– Augustus – le nombró la voz al otro lado de la línea. – Espero no molestar.

– Sabes que a estas horas siempre molestas, Marco – le regañó con benevolencia. – Y sabes también que recibir una llamada tuya nunca es un incordio, viejo amigo.

– Hoy recibí una llamada muy extraña. ¿Sabes algo?

– ¿Por qué iba a saberlo?

– Porque me han citado frente al Gran Monasterio y si tiene algo que ver con…

– Te prometo que yo no sé nada y pondría la mano en el fuego a que ninguno de nosotros está implicado.

– ¿Seguro?

– Seguro – insistió Augustus. – En cualquier caso haré un par de llamadas e intentaré averiguar algo.

– Está bien – suspiró Gasso al otro lado de la línea. – Te explicaré más tarde qué es lo que pasa. Si es que llego a entenderlo…

– Entendido.

Marco Gasso colgó el teléfono y siguió mirando por la ventana a las laberínticas calles del centro. La conversación con su viejo amigo y compañero de fatigas, no había hecho más que ponerle nervioso. Si no era una broma pesada de algún miembro acerca de su pasado, entonces tendría que estar alerta.

Había pasado más de una hora desde que aquella inesperada llamada le despertase y aún no había conseguido sacarse de la cabeza aquella voz aflautada que le había convocado a aquella misteriosa reunión. Daba vueltas por su apartamento sin parar, barajando todas las posibilidades y sobre ellas, había una que no le gustaba nada, pero que tenía todas las papeletas para ser la verdadera: le habían encontrado.

Aquello era lo peor que podía ocurrir en un momento como ése, en el que había conseguido retomar su vida donde la había dejado, pero sabía que también era algo que tenía que ocurrir. Tenía que mantener la calma. Estaba preparado. Si querían venir a por él, les estaría esperando.

– El Gran Monasterio…

Aún quedaba tiempo para la cita. Sería una espera demasiado larga que se veía imposible aguantar, así que decidió ir caminando hasta su destino. Ya cogería un taxi cuando tuviese que regresar. Cogió su vieja gabardina y encendió un cigarro antes de salir de aquel cuchitril que se había visto obligado a llamar hogar tras todo lo que le había pasado en los últimos dos años.

Cerró la puerta con llave y cubrió los escasos metros que le separaban del único ascensor que daba servicio a todo aquel gran edificio de apartamentos para solteros donde casi un millar de solitarios como él, algunos por gusto otros por los designios del destino, se hacinaban en poco menos de un centenar de pisos de alto.

Mientras el elevador descendía cansinamente desde el piso setenta y siete, donde se encontraba el pequeño estudio en el que vivía, Gasso fumaba nervioso, desafiando el cartel que lo prohibía en todo aquel edificio, y cavilaba acerca de lo que podía ocurrir aquel mediodía cuando se encontrara con los que le habían citado frente a tan nefasto lugar.

No podía dejar de pensar en aquel sitio. Todas las noches, sus grandes puertas metálicas se alzaban imponentemente en sus sueños recordándole todos sus errores pasados, todo el sufrimiento que, por más que se empeñaba en dejar atrás, seguía persiguiéndole incansablemente para que no se olvidase de aquel dolor.

Salió al fin del ascensor embobado en sus pensamientos, sin siquiera darse cuenta de los dos hombres que flanqueaban las puertas del aparato. Iba tan ensimismado, que los hombres le siguieron hasta el portal sin que él les descubriera pero, al fin, cuando fue a abrir la puerta de la calle, pudo ver su reflejo en el oscuro cristal que les separaba del pasadizo.

– Señor Gasso… – dijo uno de ellos.

– ¿Quién sois?

– Por favor, acompáñenos.

A la fuerza, le agarraron de los brazos y lo llevaron hasta el exterior. El gran túnel que circundaba la ciudad bullía de actividad. Miles de personas se apresuraban en llegar cuanto antes a su puesto de trabajo y, en el medio de aquel alboroto, aquellos dos extraños le llevaban, aún a pesar de sus esfuerzos por zafarse de la presa, en el más discreto e inquietante silencio hacia una de las salidas hacia el exterior.

Le colocaron una mascarilla que le tapaba la nariz y la boca para que pudiera cruzar sin problema el espacio que separaba aquel pequeño pasillo por el que abandonaban el atestado gran cinturón de la ciudad y el lujoso deslizador en el que, suponía, iban a obligarle a entrar.

A mitad de camino se había rendido a la evidencia: cualquier resistencia a sus captores era vana. Le superaban en fuerza y en corpulencia y, aunque una persona entrenada como él podía ser capaz de vencerlos en caso de que su adiestramiento no fuera el suficiente, suponía que ese no era el caso. Dócil como una oveja a la voz del pastor, se dejó conducir por aquellos dos gigantes hasta la puerta del vehículo.

Agachó la cabeza y se introdujo por la puerta. Una vez dentro, liberó sus vías respiratorias de la incómoda mascarilla y respiró hondamente por un par de segundos antes de recorrer con la mirada el lugar donde se encontraba.

Frente a él, en un cómodo asiento un hombre de cuidada barba blanca como la nieve le miraba por encima de una copa de licor que sostenía con su mano derecha. En aquella misma mano, un anillo dorado brillaba bajo la luz de aquella mañana estival haciéndole entrecerrar los ojos para no deslumbrarse. Una sonrisa mezquina se dibujaba en sus labios y en su mirada podía descubrir cierta pervertida diversión, como si aquel fuera uno de los días más felices de la vida.

Los dos hombres montaron en la pequeña cabina desde donde se controlaba el deslizador y pronto pudo escuchar el siseo de los motores encendiéndose justo antes de comenzar a desplazarse, suavemente, a escasos centímetros del suelo.

– ¿Quién es usted? – preguntó, cuando el aparato alcanzó una velocidad estable y dejó de temblar nervioso.

– No se preocupe – murmuró aquel hombre. – Somos amigos…

– ¿Amigos? – se rió entre dientes Gasso. – Yo no gasto de eso.

– ¿Por qué está a la defensiva, amigo?

– Deje esa palabra…

– Insisto – repitió lentamente su anfitrión. – Lo somos… Aunque dudo que me crea en este momento – aceptó, ante las reacciones Marco. – Su… ¿amigo? – se detuvo un momento intentando escrutar el rostro de su interlocutor. – Su amigo, el Profesor Clermont, nos ha dicho que ha sido citado en el Gran Monasterio esta mañana.

– ¿Augustus? – se sorprendió. – ¡¿Qué le habéis hecho?!

– Hemos hablado por teléfono – contestó con toda naturalidad. – Me contó su problema y he decidido venir a echarle una mano. Aunque…

Dio un largo sorbo a su copa antes de posarla sobre una mesita auxiliar y servir, en un vaso bajo, un poco de whisky y ofrecérselo a Marco.

– Supongo que aún no tiene idea de qué está pasando – le miró. – Le diré lo que yo sé, ¿le parece?

– Escupa – aceptó, cogiendo el vaso.

– Marco Gasso… Lider del Escuadrón de Inquisidores, un fuera de serie… pero durante las últimas guerras algo pasó, ¿verdad? – volvió a detenerse, como si esperara una respuesta. – Descubrió que no todo lo que hacía era por el bien, por… Dios y todas esas pamplinas que pregona la Orden. ¿Estoy en lo cierto?

El silencio fue la única contestación, una contestación que, muy a su pesar, era afirmativa. Él era el Coronel Marco Gasso, el gran líder, el Gran Inquisidor, el hombre encargado de "perseguir el mal" y "hacer valer el bien". Una bonita misión si no fuera porque…

– No se preocupe. No le juzgaré – dijo el viejo, bebiendo de nuevo y llevándolo de nuevo a la tierra. – Se lo repito. Estoy de su lado. Mi nombre es Kraug, Alexander Kraug… y le prometo que tenemos más cosas en común de las que usted cree.