Disclaimer:La Tierra Media y sus personajes pertenecen a nuestro querido J.R.R. Tolkien y a sus herederos. Demás personajes y lugares inventados son míos.
La elfa y los orcos
Ary se despertó en una celda fría y húmeda sin recordar cómo ni cuándo había llegado allí. Se levantó del sucio y duro camastro en el que estaba tendida, y se acercó a los barrotes para estudiar el lugar. Era una caverna muy antigua. El musgo cubría las paredes y muchas telarañas colgaban del techo, con sus respectivas inquilinas. Había piedras sueltas en el suelo, algunas de las cuales pertenecían a la bóveda, y también algún que otro hueso de dudosa procedencia. La única luz que había pertenecía a unas viejas antorchas, colgadas de la pared más alejada a ella. Los barrotes de la celda eran tan antiguos como el resto del lugar, pero aun así cumplían eficazmente su misión.
—¿Hola? ¿Hay alguien? ¡Si hay alguien que me responda! —exigió. Escuchó unos pasos dirigirse hacia ella. Un orco entró en su campo de visión. Caminaba pesadamente, llevando una bandeja de comida mohosa. Era un ser muy deforme. Su piel parecía carne humana quemada, pero con un tufo a montaña de cuerpos en descomposición en medio de una ciénaga. Sólo llevaba puesto encima una especie de taparrabos, que, por suerte, era lo bastante largo para que a la joven no le diese más asco del que ya sentía.
—¡Silencio, elfa! —ordenó el orco con voz gutural.
—No —replicó ella.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—¡No!
—¡Sí!
—¡No!
Tan metida estaba en la discusión que no se dio cuenta que al monstruo que tenía delante, a ése que parecía disfrutar llevándole la contraria, se le sumaron media docena de subordinados más. Todos ellos enormes, aunque no tanto como el insensato que se había atrevido a enfadarla. No sabía si les producían más terror o asco. Apenas distinguía sus caras, la mayor parte de ellas mutiladas o con heridas aún abiertas. Uno de ellos incluso tenía grapas de metal sujetando malamente la carne medio podrida. A cada movimiento, chirriaba el metal que llevaban encima. Algunos llevaban armaduras oxidadas o rotas y otros se conformaban con la escasa protección que les otorgaba una plancha endeble llena de pinchos y enganches de acero. Que la mayor parte de sus vestimentas estuviese mugrienta, vieja y destrozada ya se lo esperaba. Ni siquiera la marca de la mano blanca la sorprendió tanto como el que esperaran espada en mano, mirándola como si la odiaran, como si quisieran verla muerta… o peor, callada.
—¡Cállate ya mujer! —gritó el que parecía el jefe.
—¿Cómo osas gritarle a una inocente y delicada dama? —exclamó Ary ofendida—. ¡Te arrancaré la cabeza con los barrotes de la celda y luego haré que te la comas!
—No puedo comerme la cabeza si me la arrancas porque entonces no estaría vivo y tampoco tendría boca para comer —razonó él extrañado, demostrando una inteligencia impropia de los orcos. Sin duda, eso lo había convertido en el líder.
—¡Oh! Es verdad —dijo pensativamente Ary—. ¿Cómo osas humillar a una dama? ¿Acaso no te han educado? ¡A una dama se la trata con respeto y dignidad! ¡A una dama no se la encierra ni se le grita! ¿Es que no sabes quién soy yo? ¡Soy la novia del gran príncipe Legolas, que algún día se convertirá en mi marido y yo en su esposa y juntos reinaremos en el Bosque Negro! Llevaremos al pueblo hacia una época de prosperidad eterna y tendremos dos hijos y dos hijas, que se casaran y tendrán cada uno dos hijos y dos hijas y esos hijos e hijas se casarán y tendrán cada uno dos hijos y dos hijas que se casarán y tendrán...
El líder, harto de oírla, la golpeó en la cabeza con el mango de su espada. Esperaba que eso la dejase inconsciente pero ella siguió hablando como si nada. El pobre orco (ya pensando en el suicidio) le abrió la celda y le devolvió sus cosas. También le indicó por donde estaba la salida, deseando que se fuera para así dejarlos con su asquerosa (pero tranquila) existencia.
—¿Vais a dejar que recorra yo sola esta lúgubre y fría caverna? ¿Y si me pierdo y muero antes de llegar a la salida? Entonces mi muerte caerá sobre vuestras conciencias. Mi fantasma os perseguirá toda la eternidad atormentándoos de noche, sin permitiros dormir hasta que muráis de culpa y resentimiento. Todo por no haber prestado ayuda a una joven, dulce y tierna dama aquel fatídico día que...
—Vale, vale, te acompañaremos a la salida. —Se rindió el jefe orco, a medio camino de la desesperación.
—¿Veis? No es tan difícil ser amable —dijo Ary convencida mientras empezaba a caminar—. Partamos pues, debo ir a dejar calvo... ejem... a reencontrarme con mi amado.
Y se empezó a reír macabramente. Los orcos la miraron estupefactos y asustados, pensando que se habían librado de Saruman pero habían caído en peores manos.
[– – –]
Legolas se movía sigilosamente por las tranquilas calles de Minas Tirith, con uno de sus puñales en la mano y sin alejarse de las paredes de las calles, provocando que los habitantes lo mirasen pensando que se había vuelto loco. El elfo hacía apenas unos segundos que había sentido un nuevo escalofrío y se había puesto en guardia.
—Legolas, ¿qué haces? —le preguntó Gimli, que acertó a pasar por allí en ese momento y lo vio.
—Un peligro se cierne sobre mí —susurró el elfo mirando a su alrededor asustado—. Noto como si alguien me desease el peor de los males.
—¿Y tienes idea de quien podría ser? —inquirió el enano, mirando igualmente en torno a él.
—No. Pero es poderoso y maléfico —afirmó Legolas con temor.
—¿Sabes qué? Yo creo que lo único que necesitas es encontrar a una buena elfa, casarte y tener hijos —bromeó el enano.
—¿Tú crees? —preguntó el elfo.
—Sí, eso te quitaría la sensación de peligro. Y te aportaría muchas más cosas —añadió pícaramente dándole un codazo.
—Tal vez tengas razón —dijo Legolas pensativo—. Tengo la sensación que me he olvidado de algo importante que tendría que haber hecho ya hace unos meses.
—¿Casarte?
—No, más importante.
—¿Volver a casa?
—No, más importante.
—No creo que tenga que ver con ninguna elfa —afirmó el enano convencido. Qué equivocado estaba Gimli... para desgracia de Legolas.
[– – –]
—¡Mi caballo! —gritó Ary de pronto. Los orcos se sobresaltaron —. ¡He dejado mi caballo atrás! ¿Cómo seguiré mi camino ahora? —Se lamentó la joven.
—¿Andando? —indicó con temor el cabecilla.
—¿Pretendes que camine más de una legua? —le preguntó Ary, con una mirada asesina.
—No, no, por supuesto que no. Ahora mismo irán tres de mis orcos a buscarlo, ¿verdad muchachos? —dijo mirándolos suplicante.
—Por supuesto, por supuesto —dijeron. Tres de ellos salieron corriendo a buscar el primer caballo que encontrasen, ya que se habían comido el de la joven.
—Muchas gracias —dijo la "dama" sonriendo inocentemente—. Esperaremos aquí sentados, no conviene que nos fatiguemos.
Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas a esperar pacientemente el regreso de los orcos. A los cinco minutos ya se había hartado de esperar y obligó a dos orcos más a ir en busca de los tres que habían partido anteriormente en busca de su caballo, amenazando con azotarlos si tardaban más de diez minutos en volver. A los siete minutos, dieciséis segundos y ocho milésimas, los cinco orcos y un caballo regresaron y continuaron el camino hacia el exterior. Cuando por fin vieron el sol, los orcos se sintieron a salvo por primera vez en su vida.
—Muchas gracias por su ayuda, nobles orcos —dijo Ary a sus asustados acompañantes—. Espero que la suerte os sea propicia.
Y partió de las Montañas Nubladas en dirección a la Comarca, dejando a los orcos más aliviados que cuando se libraron de morir en la batalla de Mordor. Mientras los orcos hacían una fiesta para celebrar haberse librado la elfa, Ary cruzaba los caminos a toda velocidad. Se detuvo en Bree para descansar unas horas y tomar una comida caliente, que terminó pagando un hombre que pasaba por el local en ese momento, ya que según la joven el caballero había estado mirándola todo el tiempo. Por eso, se había visto incapaz de disfrutar ni apreciar el sabor de los alimentos servidos por el noble posadero. Razón suficiente como para reclamarle al pobre hombre una indemnización por la molestia. Y exigirle también el pago de la comida.
Así, luego de una buena comida consistente en dos primeros, dos segundos, dos postres, vino y café (y de haber conseguido unas cuantas monedas más para su bolsa) atravesó los lindes de la Comarca. Tras haber preguntado a más de diez hobbits distintos, se dirigió silbando alegremente a la casa de un desprevenido Frodo Bolsón. Nada sabía el pobre acerca de la que estaba por caerle encima.
[– – –]
Ya de noche, en su habitación, Legolas Hojaverde volvía a pasear de un lado a otro. Entre el temor a un peligro desconocido y la duda de no recordar que era lo que se le había olvidado, el pobre elfo sentía que había envejecido trescientos años en un día. Gandalf, que pasaba por allí, abrió la puerta y miró al elfo pasear. Negó con la cabeza y se dirigió a la cantina a beber.
«Esta juventud...» pensó el mago mientras bebía.
Continuará...
N/A: ¡Editado! Se aceptan comentarios. Un abrazo.
