II

Algunas semanas posteriores a nuestro rompimiento, Asako había dejado de ir a la escuela. Cómo consecuencia, reflejé un cambio de humor drástico.

Mi humor, mi entusiasmo... todo empezó a cambiar. Y de la noche a la mañana tuve que enfrentar problemas muy serios al respecto.

No era que me sentía muy frío, pero me sentía muy responsable de lo que había ocurrido. Sí, culpaba a Asako por abandonarme, pero ¿qué sabía yo?

La falta que ella me hacía era muy obvia.

Mis calificaciones bajaban y a duras apenas podía cumplir con los créditos requeridos para mantenerme en el 3er año de mi educación de preparatoria. Podía decirse que gracias a mis padres, me pude sostener a flote, mas no dudaba que ellos estaban molestos con mi bajo perfil académico.

Mi familia por ambas partes siempre me tenían en dos espectros comunes: unos (los Ishikawa) querían que no hiciera nada o que comprara mis estudios, al fin y al cabo éramos ricos, ¿no? El otro lado (los Sagami), mientras tanto, quería que realmente estudiara y que me dedicara a hacer un oficio que dejara dinero y que fuera renombrado: ser doctor, un académico o cosas así. No tienen idea de cómo odiaba sus comentarios.

Y para acabarla, dado a mis malos esfuerzos… ellos hacían malas habladurías de qué me estaba pasando en realidad. Muchos, de plano, me sugerían abandonar mis estudios, a lo cual yo no estaba de acuerdo en hacerlo.

Sufría una leve depresión que desenfocaba mi realidad.


Pasando de 'panzazo' con calificaciones semi-regulares, decidí que era mejor entrar a una universidad pública sin una carrera fija, con tal de recuperar tiempo y estudios. A lo cual, a la mera hora me terminaron expulsando porque no podía pagar la cuota adecuada y porque aún presentaba un bajo desempeño al tratar de enfocarme en las materias que me daban aún muchos problemas, así que mis padres ya no podían cubrirlo más.

Su razonamiento al respecto no me gustaba, no obstante, recuerdo que exploté enfrente de ellos ante su poco apoyo a mis buenos y malos resultados. Enojado, les deseé que si nunca me apoyaran en lo que realmente quería hacer, entonces que nunca más se entrometieran en mi vida.

Debo rectificar que desde que era pequeño, nunca tuve problemas con ellos. Era un niño muy mimado, pero al crecer, era bastante claro que algo me ocultaban. 'Trabajaban' más, y menos se enfocaban en mí en estos problemas.

Nunca me les había enfrentado así como aquella vez. Y con mi depresión y mi enojo, estaba harto de sus 'falsedades'. O de cómo mi familia hablaba a nuestras espaldas acerca de nosotros, o de mí.

A la par en la que crecía, hablar de un 'estatus social' dado que una parte de mi familia era rica, era algo que me estuvo molestando en lo que empezaba la preparatoria. No tenía dudas que estaba completamente enfadado con su vista y falta de apoyo en algo que yo quería hacer, pero también no estaba guiado hacia algo más para poder cumplir como un objetivo de vida en que quería realmente lograr.

Ese enojo, lo cual puede haber sido usual en un adolescente, me molestaba. Estaba harto de ellos. Me hacían sentir más solo de lo que ya estaba. Decirlo con la misma selección de palabras, de manera tan frívola, también, y con furia… ¿fue un error haberlo hecho así? ¿decir eso?

¿Por qué no cerré mi boca?

Dicho y hecho, el tornado que todo esto trajo fue yendo de mal en peor.

Mis padres decidieron dejarme solo en casa, dando la excusa de que se iban de viaje. Sin siquiera dirigirles una palabra, no me importó que salieran ya que estaba completamente acostumbrado a que una veces al año me dejaran por mi cuenta desde que estaba en secundaria. No obstante, nunca pensé que sin siquiera despedirme de ellos, esa sería la última vez que los escuchara por la casa.

Tuvieron que pasar un par de días cuando el teléfono sonó en mi habitación. Pensando que mis padres se estaban reportando, al inicio no creí las palabras de la persona que me hablaba al otro lado de la línea. Un hombre, con una voz rasposa, estaba preguntando por mí. Era el departamento de policía de un pueblo en Kyuushu, reportándome que mis padres habían estado involucrados en un accidente automovilístico, y que necesitaban de mi presencia para confirmar sus cuerpos, ya que dieron conmigo con sus credenciales y tarjetas bancarias.

'...Era una broma, ¿cierto?' Pensé, al no poder pronunciar una palabra en el aparato. Tan siquiera los había visto partir hace unos días... y ¿ahora me llamaban las autoridades diciéndome que ellos habían muerto? ¿Después de una discusión en la que yo estaba harto en que no me dieran el apoyo que tanto quería? Debía ser una broma de mal gusto. Estaba completamente devastado ¿…? Estaba... solo, por fin.

Tenía una gran tristeza por dentro. No recuerdo si lloré o algo... era el shock lo que me había marcado más, al dejar el teléfono, confirmando que iba a ir hasta allá.

Y cuando los vi en la morgue, fue como si la realidad me hubiera golpeado en la cara, viendo el daño que tanto había cometido. Mi sentir egoísta, que tanto me había alejado de mi querida novia... vino a perjudicarme más al quedarme sin mi familia cercana. Eché a llorar como pude enfrente de la policía del pueblo, con gritos de dolor, en el suelo. ¿Quién quedaba en el mundo para mí?

Una vez más, Sagami Rei y sus padres eran el tema de discusión de los dos lados de mi familia. Quién podía tomarme en sus alas, sin considerar que tenía 18 años. Se libraron de pesos de encima al tener que olvidarse de mis padres.

Me veían como una desgracia, del lado de mi madre. Me veían como un simplón acurrucado en el nombre de la familia de mi padre. Y no era de más, ya que ellos no les tenían un lindo cariño a ellos, no era secreto a voces de cómo eran ellos en verdad. Con mi excepción, quiero decir.

Regresar a mi hogar después del llanto o de la amarga hipocresía de los Sagami y de los Ishikawa en su funeral, me propuse a tratar de vivir por mí solo, de apoyarme a mí mismo... pero sin estudios o ningún trabajo, no sabía de qué hacer con mi vida tampoco, o de cómo sustentarme.

Recurrí primero al dinero de mis padres... para luego llevarme la desilusión de descubrir innumerables cuentas de deudas de tarjetas de crédito y espacios con números en rojo. Y todo empezó a tener sentido para mí, al saber que todos esos 'lujos' que ellos se daban, las idas desde que tenía 13 años, y estos gustos excesivos que me daban, eran un hoyo negro al que me estaban arrastrando sin darme cuenta al respecto. ¿Quién imaginaría que mis padres me engañaron por tanto tiempo sólo para hacerme creer que teníamos un estatus social de clase alta? Sin más, para pagar, terminaron embargándome todo, sobretodo el techo en el que vivía. Sólo me quedé con unas pocas cajas de ropa, un poco de dinero y mis recuerdos que me mantenían unido a Asako.

Y hablando de hipocresía y mentiras (y sin un hogar a dónde regresar) traté de buscar apoyo en mis amigos, desesperado, y ellos decidieron darme sus espaldas en un intento de buscar comida, y una habitación en la que pudiera dormir.

No tenía a nadie más en el mundo.

El shock había penetrado mi zona de confort. Cuando podía hablar de mis problemas, podía hacerlo con mi novia... pero ahora... ¿con quién compartía esto? ¿Con quién?

Al final, el poco dinero que tenía sólo me sirvió para menos de una semana. Tenía que saltarme comidas. Y lo único que sobrevivió de mis cosas fueron las prendas de ropa que terminé trayendo durante mucho tiempo: una sudadera, una camisa blanca y unos pantalones de trotar, más los zapatos de traía.

No tenía a dónde ir. Me quedé en las calles de la zona urbana de Shinjuku. Huérfano, sin la persona con la que me sentía feliz... sin hogar, y sin un futuro por delante.


"¿Eres nuevo por aquí?" Una voz me habló al verme sentado en una esquina con unos periódicos que me servían de cobijas. Había perdido la noción del tiempo, no sabía en qué día estábamos o qué tanto tiempo había estado así. El hombre que me hablaba, se veía descuidado haciéndolo que se viera mayor, pero no creo que fuera más grande de unos 30 años. Traía una caja de cartón doblada bajo el brazo, una bolsa en una de sus manos, y poseía un sombrero de pesca en su cabeza.

"Supongo." Fue lo que contesté, al empezar a toser.

"Eres muy joven como para estar en las calles así." Se sentó a mi lado, ofreciéndome una mandarina. Lo miré un poco confundido, mas el hambre actuó primero sin modales a la vista. Era el primer alimento que alguien me ofrecía sin condiciones de recibir algo a cambio. "Pero no me debería sorprender como quisiera. Cada quién tiene su historia aquí. Sin importar la edad que cada quien tenga."

Gen-san, como me pidió que lo llamara, me habló de su experiencia como vagabundo o de cómo cayó en las calles. Y al no verme como un extraño más, me observaba un poco para adivinar mi edad, a lo que atinó que tenía como unos 18 o 19 años.

Sin embargo, al preguntarme mis razones, decidí no contestar. Sin insistir, me siguió comentando cómo era vivir en las calles, acerca de la esperanza de unos y del pesimismo de otros. De hombres que se quedaron sin familia por ser una vergüenza para su esposa o hijos, por la razón que fuera. De hombres que habían sido abandonados por sus esposas. De personas que se volvían locas sólo por tener una migaja de pan. O de huérfanos. O de personas que la habían pasado tan mal que lo habían perdido todo. O de cómo, había personas que todavía tenían que lidiar con la presión de que no querían vivir más en ese mundo cruel.

En ese contexto, preferí mejor no preguntar acerca de su situación, tampoco.

Sin condiciones, fue la primera persona en mucho tiempo que pude considerar como amigo. Y era la única persona con la que hablaba de verdad. Me trataba como un hermano menor o como un 'hijo' (aunque siempre lo decía en broma), había veces en que me decía que no debía llorar tanto o que debía dormir más. Las ojeras en mis ojos 'no podrían atraer a una bonita chica ni aunque fuera por mera curiosidad para descubrir que en realidad eres un príncipe con harapos'.

"Estoy seguro que quizás no seas el príncipe de un cuento, pero, hombre, Rei... deberías tener una mejor idea del mundo que tienes a tu vista. Nunca sabrás cuando una hada madrina vendrá a ayudarte." O algo así fueron sus palabras.

Estaba en un estado deplorable.

Estaba muy delgado, mi pelo crecía mucho (Gen-san me lo cortaba de vez en cuando aunque fuera un poco), con profundas ojeras en los ojos, y con vello facial. Estaba casi irreconocible. Me enfermaba varias veces... hasta calentura tuve, pero un poco de medicina me servía para reposar un poco.

Si el consejo de Gen-san era algo muy imaginativo, me hizo pensar en los cuentos que mi madre me contaba de niño. Y si era cierto que una hada o un ángel podría ayudarme... este hubiera sido el mejor momento para hacerlo... pero no creía más en cuentos de hadas, y sin tener a mi ángel por mi lado, probablemente ella también me tenía en el olvido... no sabía que esperar. Debía ser realista ante mi situación.


"¿Mama...? ¿Qué hacen estas personas aquí?" Oía a una niña decirle a su madre, mientras pasaban enfrente de nuestra comuna. Podía rastrear la inseguridad de la mujer en tratar de explicarle quiénes éramos. Sin embargo, ella no titubeó al decirle la verdad.

"Son gente sin hogar, Sana."

"¿Por qué no tienen un hogar?"

"Sana... entenderás con el tiempo que, debido a ciertas cosas, habrá gente que termina viviendo en estas condiciones. No tienen a dónde ir, sin una familia o alguien más a quién recurrir."

"Ya... ya veo..."

La niña se oía algo triste, y su mirada reflejaba el mismo sentimiento. Fue cuando la mujer le dijo a su hija que siguiera adelante porque tenían otros mandados por realizar.

Ése fue mi primer encuentro con Kurata Misako y su hija, Sana. Ellas se encontraban ahí por los ensayos de baile de la pequeña Sana.

No era inusual que algunos niños que pasaban frente a nosotros se preguntaban acerca de nuestro 'estilo de vida', pero los padres evadían esas preguntas porque no querían hacerles entender lo que a alguien inesperadamente le podría tocar en cualquier momento de sus vidas. Envidiaba la inocencia de los niños. Más la inocencia de esta niña en particular. Al inicio, no le di mucha importancia, pero era claro que todavía no conocía la perseverancia en Kurata Sana.

No aún.


No pasaron varios días hasta que vi a Sana paseando por el mismo lugar. Con una sonrisa bastante familiar que tenía casi borrada de mi memoria, me hacía sentir algo vivo por dentro. Recorría con la mirada a varios de nosotros, pero se detuvo ante mí. Traía una bolsa de mandado de una convi cercana, con comida dentro.

"Señor-sin-hogar, ¡le traje algo de comida!"

No tenía muchos ánimos, en realidad, para aceptarlo. La cordialidad de una niña de esa edad no me movía mucho, aunque sin importar mi respuesta (o mi falta de una), ella no titubeó en entregarme un bento dividido con sushi, un poco de arroz, y lo que parecía ser atún. Amablemente me lo entregó, pero moviendo mi cabeza, lo rechacé. Ella de repente me vio con una mirada triste que aún al día de hoy me mataría, mas siguió insistente.

"Por favor, tiene que comer algo. No se ve muy bien..." Yo tosía no intencionalmente al comentarme eso. "Mamá siempre me dice que un poco de comida en el estómago, hace sentir mejor a la gente." Me miró un poco, para luego sonreír "Qué eso es cómo se gana a un hombre."

Luego, preguntó: "¿No puede hablar, señor?" No quería hablar, por supuesto... por otra parte, no me hubiera gustado que una niña estuviera en las calles sola y sin su mamá.

Sin más por hacer, saqué los palillos y empecé a comer un poco. Era delicioso, no lo niego. Sana se inclinaba hacía mí para verme de forma mucho más atenta: "Tiene unos ojos muy lindos. Pero... son tristes también. Si pudiera ser una mascota, me lo podría llevar conmigo."

El sabor a alga me molestaba un poco, así que decidí quitarlo de lo que estaba comiendo. Ella me regañó por lo mismo, antes de ponerse a reír no pocos segundos después. Podía haber estado enfermo, algo mal nutrido, sucio y oliendo a cañerías. Podía parecer que no tenía vida, pues no me sentía del todo vivo. Sin embargo, era la primera vez que una persona tan pura me diera su pequeña mano. Estaba muy agradecido por ella.

"...Gracias..." fue lo único que pronuncié en voz baja. No sé si me escuchó, pero me dio una linda sonrisa... la cual me haría sonrojar un momento, aunque estaba tan decaído que no sé si fue así. En esos momentos, se daba cuenta de que tenía que cumplir otros compromisos y que su mamá estaría enojada con ella si no llegaba a casa temprano. Se despidió y se marchó.

Veía el traste de comida con varias sobras y luego volteé a ver como las calles se volvían a transitar, pero había perdido el rastro de ella. No tardé mucho en reaccionar... sin embargo, al tocar mi cara delgada y algo rasposa, la sentía húmeda. ¿Estaba llorando?

Sana-chan vino a visitarme otro par de veces, trayéndome comida, mientras que Gen-san se burlaba de mí de que si podía tener un complejo de lolita, puesto que actuaba como si fuera un perro abandonado, por una niña a la que fácil podía doblarle la edad. Yo le decía que parara, por medio de ligeros golpes en su brazo. Apenas hablaba, así que ése era el mejor acto que podía hacer para comunicarme. Gen-san podía entender mis formas de actuar al respecto de las cosas... eso era si me sentía animado como para hablar de algo que no fuera lo típico que podía circular en un conjunto de vagabundos.

Y un día bastante lluvioso, cuando trataba de no enfermarme de otro resfriado o de neumonía, Sana se presentó ante mí, algo inquieta. En lugar de traerme comida, ella sólo me dio su mano. "¡Lo he estado pensando, y decidí que lo mejor que podía hacer era llevarlo a mi casa!" No estaba al completo en mis cinco sentidos, pero llegué a pensar que ella sólo estaba jugando como otros días.

Nunca llegué a pensar que me llevaría a su casa como si de un perro callejero se tratara. Aunque lo más seguro era que en sus ojos, yo era igual a un perro viejo que abandonaron en la calle, lo cual no difícilmente podría pensar que sería la mejor analogía posible para mi situación entera en esos momentos.

Y sin negarme tampoco, entonces, yo simplemente la seguí al ver como su pequeña mano sostenía un pedazo de mi viejo pero mojado abrigo.


Su casa era mucho más grande que la mía, aunque creo que se debe debido a la autora de renombre que es la maestra Misako, en comparación a lo que eran mis padres en realidad.

"¡Ya llegué, mama!" decía la pequeña Sana al entrar a su hogar. Su madre nos recibió, atónita al verme pasar. "¡Mira a quién traje! ¡Es el Sr. Vagabundo!" La maestra se mostraba sorprendida a tal acto de su hija... pero en menos de 3 minutos fue recapacitando un poco. Suspiró, señalando que Sana era 'digna hija de su madre', pues hubiera hecho lo mismo en su lugar si tuviera su edad. Sin embargo, no estaba completamente de humor al verme entrar a su casa.

"Sana, ve con Shimura que la cena está servida, mientras envío al Sr. Vagabundo a que primero se bañe."

"¿Puedo bañarlo yo también?"

"Sana. Eres todavía muy chica para es- El Sr. Vagabundo no es un perro... Anda, ve y come, que la cena se va a enfriar" Mandaba ella a su hija, y al verla partir, sólo volvió a suspirar. Me volteó a ver, y me dio un chequeo general.

"Perdón, mi hija es así. No pensé que ella provocaría algún problema ¡...pero es tan insistente!"

Me veía fijamente, tratando de ver cómo era. "Si estuvieras mejor alimentado, y más arreglado, definitivamente serías un muchacho bastante mozo." Al expresarme esto, pensaba que me estaba coqueteando, y no era de menos (aunque siento que puede matarme por escribir esto), pero Kurata Misako se veía joven como para aparentar tener la edad que tenía. No obstante, en vez de eso, río. "Aunque fueras mi tipo, yo no salgo con muchachos más jóvenes que yo." El chiste no me había dado gracia, y sólo me le quedaba viendo. Era como si hubiera perdido también mi sensatez de reír. Ella notó como yo no cambiaba de humor, así que prosiguió.

"Mira. No me importa realmente cual es la razón para un joven como tú se hubiera quedado en las calles. Sin embargo, no me puedo realmente cerrar a la opción de ayudarte, porque estoy segura que es eso lo que mi hija querría hacer también. Te puedes quedar por un tiempo, hasta que todo lo tengas solucionado." Me indicaba con un abanico que había sacado extrañamente de su peinado. "Pero antes, debería saber tu nombre para poder saber a quién me refiero. No puedo llamarte Sr. Vagabundo mientras estás en la casa." Traté de abrir mi boca para ver si podía pronunciar alguna palabra o por lo menos algún sonido. Era obvio que a la larga en que no había hablado, mi tono de voz no pudiera reconocerlo.

Además... ¿por qué daría mi nombre completo, si básicamente soy un exiliado de mi propia familia? Un huérfano. Una vergüenza.

"Sa... Sagami Rei."

"Sagami." Cerró sus ojos y se volteó para darme la espalda. "Te voy a dirigir al baño y te voy a asignar mientras un cuarto."

Empezó a caminar por las escaleras de la entrada, hasta guiarme al segundo piso.

De verdad que la casa era mucho más grande que la mía. El segundo piso contaba con más habitaciones de las que hubiera imaginado... aunque no podría entender porque una autora como ella, con una niña de tan corta edad y una mucama, podría vivir a expensas de un lujoso hogar.

La primera habitación a la que nos dirigimos, era mucho más grande de lo que el mío alguna vez fue, y podía sentir un diferente ambiente al que alguna vez viví. Vacío, sí, pero por lo menos contaba con lo básico: una cama, una televisión, un escritorio y un buró. La maestra Kurata se dirigió a un viejo closet y fue abriendo cajones para ver el contenido, para ir sacando algo de ropa y cobijas.

"Estoy segura que esta ropa te ha de quedar. Tienes la misma complexión que el idiota de mi ex esposo." Me entregó ropa algo holgada y vieja, y me dijo que siguiéramos. "Ahora te indicaré dónde está el baño, dónde está el estudio... la cocina y demás, para que puedas familiarizarte. Sobretodo el estudio. Me encuentro casi la mayoría del tiempo ahí... pero si no..." Se acercaba sigilosamente hacia mí y me hablaba en el oído, con su abanico para aparentar modestia "Es para esconderme de mis editores. De vez en cuando me piden que tenga un script listo para publicar... aunque llevo manuscritos terminados y demás, y tenga que pulirlos de vez en cuando... en realidad no me gustaría entregárselos aún."

El carisma de la maestra Kurata se podría describir en que tenía que caerte bien de alguna forma. A pesar de ser una mujer excéntrica y también mi querida patrona, su carisma, sobretodo, se debía a la forma en la que sus excentricidades debían hacerte reír de algún modo. Eso era parte de su lema entonces.

Lo más seguro es que intentaba levantarme el ánimo, pero yo seguía estoico. No sabía ni cómo expresarme al respecto. Tampoco esperaba quedarme mucho tiempo ahí, aunque era obvio que no podría sobrevivir ni siquiera a un trabajo tan simple como un mercader o, bien, ayudante de una tienda de conveniencia... y sin algún estudio relevante... no tenía otro lugar en el cual vivir.

Después del primer baño más refrescante que pude haber tenido en meses, me paré frente al espejo. Me veía horrible, una imagen distorsionada de lo que era antes. Estaba más delgado que de costumbre, con enormes ojeras, una barba rasposa, con el pelo largo. Y, de forma muy notoria, no tenía una expresión mejor en mi cara: No reflejaba alguna emoción alguna. A la par, me veía y pensaba que debía cambiar. Claro. Por supuesto. Sin embargo, ¿qué tanta era mi fuerza de voluntad que podía tener para hacerlo? Prácticamente había perdido todo. Inclusive mi futuro.

Me veía en el espejo, con mucho coraje. Quería golpearme. Quería derramar algún par de lágrimas, porque había sufrido bastante para llegar aquí.

¿Qué es lo que esperaba? En realidad, no lo sabía, al menos por ese momento.

¿Quién imaginaría, en ese mismo instante, que mi llegada a ese hogar me iluminaría el camino hacia un mejor futuro?


Continuación próxima...

Notas - A grandes rasgos, no hay mucho de dónde cortar para saber o explorar el pasado de Rei, ¿no? Así que la 'diversión' está por empezar dado a que básicamente ya empecé con éste lo que es el capítulo de Sana, o bien, 'el capítulo de Sana en la que empieza a considerar a Rei como su "novio"'.

No tengo mucho que agregar, mas que el hecho de que este capítulo es más largo que el anterior, fue para movilizar un poco las cosas. Lo único que sí, es que aunque no creo que Rei haya vivido harto tiempo con la comuna de vagabundos, todas esas razones son ciertas al respecto de porqué hay gente que termina viviendo así. Estoy ciertamente inspirada en un tal Hasegawa Taizou... la caja doblada y la mandarina son referencias al típico hogar que éste termina encontrando con tal de dormir en un lugar.