Mamá también puede ser una amiga, una cómplice, una mejor amiga.
Digimon no me pertenece, sus personajes tampoco.
Cuatro madres
Lecciones — Miyako Ichijouji
Entornó los ojos, exasperada, asomándose al marco de la puerta, pero ya la había perdido de vista. Comprendía que su primogénita estaba entrando a una edad complicada, pero algo dentro le dolía cuando la chica alzaba la voz y profería un "déjame en paz" cargado de ira. Sentía una distancia intangible entre ella y su hija, sumando al hecho que tenía que velar por dos hijos más, uno que apenas se sostenía en pie y hablaba algunas cosas y un niño demasiado sensible y dulce para su propio bien.
Se entró a la casa.
—A veces no la entiendo —confesó, con la mirada desesperada. —Kazue parece a años luz de mí… es un poco escalofriante si lo pienso así.
—Nadie te enseñó a ser madre, Miyako… —murmuró la mujer mayor, dándole un sorbo a su té de hierbas como si su nieta no acabara de hacer un berrinche.
—Lamento que hayas tenido que presenciar esto, mamá, pero Kazue está intratable…
La anciana mujer se puso de pie, golpeando el piso de madera con su bastón. Miyako detuvo sus disculpas, sólo encogiéndose de hombros. Si hacía memoria, también fue una adolescente terrible en cierta forma, pugnando siempre por obtener la atención de sus padres, pero no consiguiéndola siempre. Se frustraba seguido y se refugiaba en casa de su novio, actual esposo, donde había más silencio y podía pensar con claridad. La madre de Ken la mimaba más que su propia madre, a veces. Y eso había generado cierta distancia. Los celos, en cierta medida.
—¡Deja de excusarte conmigo y haz lo que tú crees que es correcto, Miyako! Sé que no fui la mejor de las madres y que quizás no soy la mejor de las abuelas, pero no tienes porqué seguir mi ejemplo ni ponerte a otra de modelo o referencia. Tú eres tú. —Inoue madre sonrió, acercándose a la menor de sus hijos y la abrazó fuerte. —Es la mejor enseñanza que puedo darte, tarde, pero te la dejo. Tú eres tú, eres valiosa como esposa, como hija, pero sobre todo como madre.
Miyako dio las gracias de que Ken hubiera llevado a los niños a la casa de "abuelita Yuriko", no quería que su esposo se preocupara de verla con los ojos llorosos, que Ozuru en su inocencia preguntara si a mami le dolía algo y cosas así. Pero estaba conmovida, nunca se llevó especialmente mal con su madre, pero siempre se sintió ciertamente descuidada, mas, si lo analizaba bien, ella misma tenía problemas para administrar el tiempo y dedicárselo a sus tres hijos y a su marido; era difícil dividirse entre cuatro personas, ¡y su madre lo había hecho entre cinco! Asintió en silencio, le besó la frente y tomó dos paraguas antes de salir.
—Si Ken vuelve con los niños, diles que Kazue y yo salimos por ahí.
Inoue Saika sólo sonrió, asintiendo, volviendo a tomar asiento para beber más té.
Miyako era su orgullo, tanto como sus otros tres hijos.
— . o. —
Miyako supo dónde buscar, porque al rato, frente a la tumba que conocía tan bien, la encontró, en cuclillas y con el oscuro cabello revuelto. Protegía, en vano, el incienso con sus manos de la lluvia torrencial que se había desatado.
—Tío Osamu, no tuve la dicha de conocerte, pero papá escapa hasta aquí cada vez que algo le come la cabeza… ¿no te importa que comparta contigo? —La escuchó hablando bajito, protegiendo de forma obstinada el incienso ofrecido.
Se acercó en silencio y le ofreció el resguardo del paraguas, simplemente con expresión tranquila, Kazue se puso de pie en el acto, mirándola con rabia. Miyako suspiró pesadamente y abrazó a su hija, sin preocuparse de empaparse ni nada.
Quería decirle tantas, tantas cosas…
—Creo que debería prestarte más atención, Kazue-chan… ¿pasó algo?
Kazue quería desplomarse allí, de alguna forma, los cálidos brazos de mamá calmaban poco a poco la tormenta interna hasta volverla simplemente una brisa. Se aferró a su progenitora, llorando a hipos. Miyako dejó caer ambos paraguas al suelo y la apretó más contra sí, acariciando su cabello, besándole la frente, como su madre la calmaba luego de una pesadilla, de pequeña.
—Perdóname, Kazue-chan… pero a veces yo también me asusto. —Confesó, mirándola a los ojos. —Nadie me enseñó a ser madre, ¡no hay manuales ni lecciones prescritas! Todo lo aprendemos, por la buena vía o por la mala…
Kazue se serenó, observando los ojos ámbar de mamá, más tranquila. Siempre había esperado que su madre fuera la primera en pasar el puente que las distanciaba, pero ella ¿se había esforzado tan siquiera un poco? No, realmente no.
—Tampoco nos enseñan a ser hijos. —La niña de cabellos azulados recogió los paraguas, mirando fijamente a su madre. —Deberíamos visitar al abuelo… a tu papá. Tampoco lo conocí. Y a abuelito Satoru no lo recuerdo. —meditó unos segundos y continuó. —Ellos son ángeles que nos cuidan desde el cielo, ¿verdad?
Miyako asintió, caminando despreocupadamente bajo la lluvia.
A la entrada del camposanto, Ken se las encontró a ambas empapadas y sonrientes. Reprimió una risita burlona, su esposa y su hija eran terriblemente iguales.
—Mejor ni les pregunto qué sucedió, chicas…
—Mejor así. —respondieron al unísono, sonriéndose cómplices.
Vieja, a veces nos llevamos mal, a veces peleamos, pero sigues siendo mi mejor amiga y me sigues apoyando pese a como soy. Vieja, eres mi mejor amiga.
Y a ustedes, millones de gracias por leerme.
* . Carrie.
