II
Levi agradecía profundamente el dolor, ya mitigado, y la presencia de Eren, casi inadvertida, porque ambos factores impedían que su mente fuera más allá de lo permitido y que su cuerpo mostrara el placer que le producía la atención tan desinteresada y dedicada de la muchacha. Después de todo el héroe de la humanidad tenía sangre en sus venas, y esta bombeaba con furia… en especial allí abajo.
—Eres jovencita y… —murmuró, dándose cuenta que quien se sentía incómodo y avergonzado por la situación era él, el supuesto adulto. Mikasa seguía en ese estado de profunda e irrevocable hospitalidad.
—A Armin también —agregó, como una manera de aclarar que no vería nada que antes no hubiera visto.
Esa imagen que Levi se estaba formando de Mikasa atentaba groseramente con su estoicismo.
"Compórtate y deja de pensar en idioteces", se dijo a sí mismo, bajándose el pantalón y dejando al descubierto un pequeño pantaloncillo. Era el único… el único hombre, el único soldado, el único humano que usaba esa prenda porque, en palabras propias, era cuestión de higiene.
Por lo general después del pantalón no había nada que tapara las partes más privadas de los hombres, pero Mikasa olvidaba que su sargento era una persona muy particular, hasta para vestir.
Levi trató de ver en ella algo, un mínimo de decepción, pero nada, seguía imperturbable, como en apariencias lo estaba él.
—¿Por qué usa dos pantalones, señor? —Y la pregunta nació con esa inocencia infantil que los niños no pueden falsear.
—Por higiene.
—Nunca había visto.
—Erwin me los consigue en la ciudad, son caros. ¿Tú no usas?
Ella negó con la cabeza varias veces a modo de dejar en claro su desconcierto. ¿Y por qué estaban hablando de sus calzones? Se preguntó Levi.
—¿Debería, señor?
—Hay para mujeres. —Le miró los pechos con descaro, pero sin malas intenciones.
—La señorita Hanji me habló de ellos —se miró a sí misma—, dice que son muy incómodos.
Dejó de lado la plática para concentrarse en la herida de la pierna, a simple vista no parecía necesitar sutura; aunque era profunda, la sangre ya había coagulado. La limpió con cuidado, percibiendo el ligero estremecimiento en el cuerpo del hombre.
Levi la miró con ligera sorpresa cuando ella se puso de pie para revisar un bolso que había bajo la cama donde Eren dormía. Cuando volvió a su lado en la cama, hundió el colchón y su pierna desnuda la rozó. Y menos mal que fue la pierna. Ese ligero toque fue suficiente para que Levi vaticinara lo peor. ¿Cómo haría para ocultar una erección? Ese pantaloncillo era peor para disimular que el pantalón blanco del equipo.
—¿Qué es eso? —preguntó cuando la vio abriendo una pequeña cajita de madera.
—Es una receta que mamá Carla me enseñó. Sirve para cicatrizar. —Untó dos dedos y sin pedir permiso comenzó a pasarle ese mejunje de color verde por la herida de la pierna—. De pequeño Eren vivía lastimándose, así que su mamá me enseñó a prepararla.
—¿Y qué es lo que tiene? —Le daba un poco de asco sentirse ungido con esa crema de textura a vómito, pero de nuevo le parecía muy descortés de su parte rechazar el tratamiento, más tomando en cuenta la importancia que dicha pomada podía tener para ella si la usaba con Eren.
—Pues… tiene caléndula, aloe vera y el ingrediente secreto: heces de vaca. —La cara de Levi fue todo un poema de asco e indignación.
—¿Me estás diciendo que…? O sea —Trató de no sonar muy molesto, aunque lo estuviera— ¿Me estás untando mierda?
—Es broma —aguantó la carcajada, conocía lo suficiente a su sargento como para adelantarse a sus reacciones—. Solo tiene caléndula y aloe vera.
Bien, no tenía nada en contra de las flores y las plantas. Levi suspiró aliviado y se echó de vuelta hacia atrás, dejándose llevar otra vez por esa sensación que los dedos de la muchacha le originaban, ya sin trapo ni algodón de por medio. La crema lo aliviaba demasiado, pero el calor que comenzaba a sentir no tenía nada que ver con el mejunje.
Llevó los brazos hacia arriba para taparse el rostro y lograr que su pesquisa fuera disimulada. La espió por el rabillo del ojo, preguntándose si tenía la edad suficiente como para reparar en lo que su acto desinteresado podía desencadenar en un hombre como él, en uno al que amantes no le sobraban y al cual congeniar con sus pares le suponía un desafío, más si había razones sexuales detrás. Era peor para sociabilizar con la gente si tenía un fin como ese porque solía espantar a la gente al ser bruto y desconsiderado.
La chica parecía ajena a él, tenía los ojos clavados en la herida la cual no dejaba de masajear. Si la miraba bien, hasta podía imaginársela cantando en voz baja, repitiendo cierto ritual familiar. Lo cierto es que volvía a decirse que él no era Eren, ni mucho menos Mikasa era su madre. De hecho él podría ser su padre. Sí… qué horror.
Levi suspiró, de manera tan sonora que Mikasa dejó de mirarle la pierna para concentrarse en la expresión de su rostro. Tal vez lo estaba importunando, por eso cambió de lugar, pasándole la crema con cuidado por el pecho, de nuevo sin pedir permiso, como habituada a ello o buscando algo de él.
No, Levi no podía dejarse llevar por una fantasía, porque lo era, ¿cierto? Solo era su mente podrida y necesitada de afecto la que lo hacía maquinar esas barbaridades. Porque Mikasa era una niña aún que nada debía saber del sexo.
—Tiene más músculos que Eren —murmuró ella, frotándole con fruición los pectorales.
Con eso Levi ya se había hecho toda una novela erótica en la mente, a tal punto que contra su entera voluntad su cuerpo comenzó a reaccionar. Dio un respingo cuando sintió que el pene se estaba alegrando demasiado y trató de sentarse, pero Mikasa tenía fuerza de sobra para impedírselo. Por fortuna, pensó Levi sin saber qué cara le había puesto, ella estaba concentrada en otra parte de su anatomía, de la cintura para arriba.
Cometió el imperdonable error de reparar en la blusa que llevaba puesta; detalles como el que tuviera un botón desabrochado podía pasar desapercibido en otro momento, pero en ese instante los ojos se clavaron en el nacimiento de los pechos juveniles.
Ese era el momento ideal para cortar con toda la situación, debía pararse y alejarla, alertarle de lo que se estaba desencadenando dentro de él, pero no pudo hacer nada de eso. Solo se quedó quieto en el sitio y a la espera de lo peor, en especial cuando Mikasa bajó la vista.
Se imaginó a si mismo teniéndole que explicar que eso era muy normal, recibiendo una reprimenda o algún calificativo indeseable como pervertido. En ese momento Levi solo deseaba comprensión; después de todo seguro que a Eren y a Armin alguna que otra vez le había pasado si tantas veces los había atendido.
Aunque quiso abrir la boca para defenderse antes de siquiera ser agredido, percibió la anhelada comprensión de ella. Mikasa parpadeó, como si tratara de comprender lo que pasaba. Solo le tomó un segundo darse cuenta. Y estiró la mano para tocarlo, oh… iba a tocarlo ahí, pero se detuvo sin atreverse a sortear la intimidad del hombre.
Lo miró a los ojos, como pidiéndole perdón con la mirada por su osadía. Santo cielo, si Levi quería, se moría de ganas de que lo tocara de una manera más directa.
—No te asustes —fue lo primero que le nació cuando pudo formar una oración. Y se sintió estúpido, eso era lo que diría un violador antes de atacar. "No grites", le faltaba agregar para completar ese fatídico cuadro. Sin embargo Mikasa negó con la cabeza y volvió en sí para tomar más de la crema y seguir untándole el pecho, lleno de cicatrices.
—Es normal… a Eren le pasa muy seguido. —Vio la cara que le puso el hombre y se sintió incómoda y juzgada—. É-Él me echa cuando pasa. No me deja seguir, aunque esté desangrándose. ¿Duele?
—¿A qué te refieres?
—Las heridas…
—Ah, sí… un poco. —Pero no lo suficiente, pensó—. Es agradable… —murmuró, tomándole la mano con cuidado.
—¿Qué?
—Ibas a tocarme, ¿cierto? —La miró con furia. O esa fue la sensación que tuvo Mikasa, que la mirada intensa del hombre era una muy similar a una de enojo contenido.
Ella se miró la mano y entendió las intenciones de él. Se había dejado llevar por el momento, pero le parecía una falta de respeto invadirlo tanto sin tener el permiso correspondiente. Bien, ahí lo tenía.
Acercó la mano con cuidado, como si tuviera miedo de que el pene la lastimara o algo; apenas lo rozó por encima de la tela, sintiéndolo duro y caliente. Entreabrió la boca y lo siguiente que hizo fue sobresaltarse, porque la mano del sargento se había escabullido por su blusa y podía sentir los dedos ásperos endureciéndole un pezón.
Se sentía raro. Al principio Levi creyó que no le gustaba por la expresión que tenía, sin embargo ella no manifestó verbalmente una incomodidad. Por el contrario, se atrevió a escabullir los dedos por debajo de la tela, donde apenas unos rizos asomaban. Alcanzó a tocarlos, sintiéndolos suaves y humedecidos por una secreción transparente.
Levi ahogó un gruñido y se atrevió a ser más rudo, le apretó el seno buscando liberarlo de su encierro. Cuando Mikasa sintió la boca del hombre sobre el pezón erguido, quitó la mano del pantaloncillo para poder aferrarlo de la cabeza.
—Lo siento. —Levi sintió el tirón de pelo como una advertencia. Que Mikasa gritara en ese momento era lo peor que podía pasarle—. Soy un poco… torpe para estas cosas. No quise asustarte.
Ella asintió respirando entrecortadamente y cerró los ojos, muy excitada. Sabía lo que necesitaba para sublimar esa necesidad física, no era tan niña como Levi creía, pero tampoco tenía la experiencia como para saber pedirlo sin pudores. Por su lado Levi nunca era bueno para desenvolverse en ese terreno y menos que menos con una jovencita. Así que se quedaron ahí, como a la espera de que alguno de los dos diera el primer paso. No obstante, el quejido de Eren fue suficiente para romper con el encantamiento.
Levi se alejó de ella como si quemara y buscó el pantalón junto a la cama, mientras Mikasa se arreglaba la blusa con desesperación. Miró hacia atrás, aterrada ante la posibilidad de que Eren pudiera haber visto algo raro, pero su hermano tenía los ojos cerrados.
Cuando volvió la vista al frente, Levi se había puesto de pie y estaba abrochándose la camisa.
—Gracias —dijo en referencia al cuidado de las heridas, y se fue cojeando, dejándola entre desahuciada y decepcionada; quería más, necesitaba más, pero Levi no cedió otra oportunidad, al menos no ese día.
Cuando Mikasa lo buscaba con la mirada y sus ojos se cruzaban, él mantenía una postura imperturbable e indiferente que no la ayudaba a dilucidar nada respecto a las emociones o a las intenciones del hombre. Y estar a solas en la pequeña cabaña solía ser algo muy poco frecuente. A ese paso jamás tendría la oportunidad de tocarlo, de saciar esa inmensa curiosidad y ese naciente apetito sexual. Que fuera joven o que no tuviera experiencia no la hacía frígida. Eso era claro porque cuando llegó la noche y se acostó en su cama, necesitó escabullir una mano por debajo de las sábanas hasta la entrepierna, aterrada por ser descubierta y excitada por lo mismo. Aun podía sentir en la mano la cálida sensación de esos vellos humedecidos por semen, la dureza del pene por encima de la tela y los labios ardiendo contra la delicada piel de su seno.
No bastaba con tocarse. Saber que Levi ya era un hombre y no un chiquillo como Eren, la desesperaba de ansiedad. Algo dentro de ella le decía que él no la rechazaría si se le ofrecía en bandeja de plata.
Se figuraba en su imaginación juvenil que tarde o temprano se le aparecería desnudo como un adonis griego dispuesto a hacerle el amor, como uno de esos héroes míticos que había en los cuentos románticos que mamá Carla leía a hurtadillas, novelas criticadas por ser consideradas burdas y chabacanas.
Lo cierto es que el Levi verdadero era un poquito bastante lejano al de su imaginación. Eso era evidente porque por algo todavía no la había secuestrado por la noche para hacerla su mujer. En el fondo ella intuía que al hombre le costaba sortear algunas barreras, como la edad o las obligaciones que los atañían.
A ella no le importaba, ni esas cuestiones ni como fuera el sargento en verdad. Bruto, torpe o mal hablado, quería que fuera el primero. ¡Al diablo con Eren! Que siguiera haciéndose pajas comunitarias con Armin y sus amigos en el baño. Ella ya había encontrado a un hombre de verdad.
Levi podría haber escuchado a su parte sensata y madura gritarle un "no, maldito pervertido", pero era bueno para ignorar la voz de su consciencia cuando más le convenía. De no ser así jamás hubiera llegado a ser el ladrón legendario que había sido en los barrios bajos. Por supuesto que tenía códigos y principios, pero tampoco era tan necio para negar la realidad: Mikasa quería, y si quería eso significaba que no tenía por qué sentir remordimientos por temas tan triviales como la edad.
Eso era lo de menos en su situación, lo que debía cuidar era de no ser tan evidente en su desesperación. Porque sí, lo estaba, aunque los demás no notaran su debacle interno, dentro de él bullían todas esas hormonas y un instinto primitivo, salvaje y animal. Quería poseerla en todo sentido, no solo en el sexual, y temía ese costado suyo porque por lo general era lo que espantaba a las mujeres. Y Mikasa todavía no lo era siquiera.
Sí, con seguridad saldría corriendo en cuanto él demostrara sus verdaderas intenciones.
Sé que me tardé un montón :o no tengo perdón de dió, pero estuve muy enferma, y después de recuperarme no tenía ganas de sentarme a escribir. Sin embargo cuando volvieron las ganas me propuse terminar este fic, que en realidad ya lo tengo casi completo, pero falta sentarme a pulirlo con ganas. Es que debo prestarle más atención al no contar con beta; pero prometo no tardar tanto con el próximo capítulo :)
A este lo leí una sola vez, sí, dirán… "joder, mierda, te tardaste meses y lo traes así nomás", pero tengo que dejar pasar el tiempo para poder ver mejor mis errores, y ciertamente no quería dejar pasar más tiempo XD Así que en unos días estaré revisándolo para pulirlo mejor.
Dejo de excusarme *se flagela*. Muchas gracias por leer.
