1 capítulo: Una idea crece y se alimenta dentro de mí

Todo comenzó con una decisión que desembocó en un plan, una noticia inesperada para mi familia, llanto y alegría al mismo tiempo, una despedida y luego un viaje.
¿Alguna vez te han dicho que si a una simple idea se la toma con determinación y seguridad puede cambiarte el resto de tu vida?
A diario tomamos decisiones que sin saberlo nos llevan a experimentar nuevas emociones, y a ir aprendiendo, en el camino, a conocernos y aceptarnos a nosotros mismos.
Aquél 23 de enero, luego de volver de mis vacaciones a Buenos Aires, capital federal, con amigas, quedé deslumbrada por el modo de vida que se lleva, tan distinto acá en San Luis; y luego de pensármelo una semana, dado que sentía mucho miedo sumado a una mezcla de excitación, le comuniqué a mi familia que me mudaría a Buenos Aires.
Estábamos cenando el especial de espaguetis que mi madre hacía ella misma, cuando todos, incluso mi hermanito de doce años, se quedaron mudos ante la sorpresa.
Yo nací en San Luis, al igual que toda mi familia, a excepción de mi mamá que era española y se había mudado a la Argentina con a penas dieciocho años -la misma edad que tenía yo cuando decidí partir del nido de mi casa-, y éramos una familia bastante rural, dado al trabajo de agrónomo de mi padre; y nuestras costumbres lejos estaban de amoldarse a la vida ajetreada de los porteños.
Sin embargo, cuando viajé allí nunca me sentí tan a gusto, y a mis anchas, como si hubiera nacido en el mismo seno del descontrol y la excitación de la gran ciudad.
Supe, en cuanto mis pies arribaron en la capital, que yo pertenecía allí, era propiamente un bicho de ciudad.
No es que me desagradara mi estilo pacífico de vida en Merlo, un pueblo donde todos se conocen y el chusmerío no se escapa ni en los más mínimos detalles, pero me aburría demasiado atenuarme a mis costumbres.
Como chica rebelde e impulsiva que era, me rehusaba a continuar con el legado familiar, tal como había hecho mi hermano mayor, y formar parte de la empresa de papá.
Era una pequeña empresa, que también comenzó con una simple idea, un deseo impulsado por el espíritu salvaje de mi padre -pasión a la que le debo la mía propia- y con el tiempo, prosperó hasta transformarse en una de las más importantes de todo San Luis y las provincias aledañas.
Volviendo a aquella emblemática cena, luego de un espaciado silencio incómodo, mi padre tomó la palabra, con un tono áspero en su voz.
- Chica -Como solía llamarme, queriendo poner énfasis en mi sexo dado que mi apodo de Alex era bastante andrógino y le irritaba-. Te reservé un puesto en la empresa.
- Roberto... -Musitó mi madre quien nunca se acostumbró al léxico argentino; creo que, a su manera, era una muestra de afecto hacia el país natal que abandonó-. Déjala que finalice de hablar -Mi padre le lanzó una mirada fulminante; no le gustaba que lo contrariaran.
- Creo que ya dijo todo lo que tenía que decir y se acabó la discusión -Alegó terminantemente, que no apartaba la vista de su mujer, mientras el resto de la familia reanudó la cena en un silencio sepulcral.
Luego me levanté del asiento, intentando que mi tono de voz no fuera tan severo. Lo último que deseaba era una pelea.
- Papá, mamá -Los miré de reojo-. Tengo dieciocho años y ya soy mayor de edad. Voy a ir a estudiar letras a Buenos Aires -Mi padre, en un arrebato de furia, golpeó con la mano que no sostenía los cubiertos, la mesa e hizo que todos nos sobresaltáramos.
- No -A diferencia de su expresión facial, que era totalmente descolocada, habló en voz baja, suavemente, como si le estuviese negando un dulce a un pequeño niño quien tiene un capricho. Claro que lo mío ya no era un capricho: la decisión había sido tomada, con o sin su consentimiento.

Tenía todo armado: me mudaría al departamento de mi mejor amiga, conseguiría un trabajo para pagar la renta compartida y mi sustento de vida, y mientras tanto me las apañaría con la plata que venía ahorrando hacía años.
Aquella noche no quise discutir, de modo que dije que se me había pasado el hambre y me fui a mi habitación, pensando que había perdido la primera batalla pero no aún la guerra. Si así es como quería jugar mi padre, le demostraría que, Alexia Montero, llevaba en los genes el poder de la determinación y la valentía necesarias para llevar a cabo mis sueños.
Esa fue la primera pelea de la semana, y así le sucedieron otras del mismo estilo donde nunca llegábamos a ningún acuerdo sin pelear o abandonando la escena.
Pero mi decisión estaba tomada, tal como dije, y no me permitiría que la culpa que me atormentaba por abandonar a mi familia, en especial a mi padre quien me educó con los grandes filósofos y escritores del mundo, arruinase mis ansias de volar, volar lejos hacia el destino que me pertenecía.
La vida, en toda su extensión, era mía, solamente mía, y algunas oportunidades cuando se te presentan, simplemente no podés decirles que no. Son parte de vos, tal como el polen pertenece a la flor hasta que éste es arrebatado por las abejas para continuar con la cadena de la naturaleza.
Si algo aprendí mientras crecía fue que las cosas materiales por más que lleven impresos nuestros nombres, no nos pertenecen, aquellas cosas van y vienen como las olas heridas que se arrastran violentamente hacia la orilla, para delimitar su territorio y luego terminan yéndose, borrando las huellas de lo que alguna vez se llevaron consigo.

Una semana luego de la noticia, me inscribí por medio de internet, en el CBC de la UBA, y me sentí satisfecha que al menos mi hermana, quien también había dejado el hogar a los dieciocho años para irse a vivir a París con su novio francés, me apoyaba aunque sea a miles de kilómetros, a través de una cámara en la computadora.
Sara ahora tiene veinticuatro años y está finalizando el traductorado de francés allí en la universidad de París.
Como yo, mi hermana siempre tuvo un alma apasionada, deseosa de recorrer el mundo por su propia cuenta.
En una gira por Europa, en España conoció a Jacques, su ahora prometido, y en cuanto regresó a casa, les comunicó a mis padres que se mudaría a Francia para estudiar el traductorado.
Claro que mis padres no lo aprobaron, y además ninguno de la familia podía costear semejante viaje, pero Sara siempre fue una alumna excelente. Manejaba el ruso, el francés, el inglés y el italiano casi a la perfección, y no tardó en encontrar una beca para poder irse a estudiar.
En cuanto a los gastos de alojamiento y todo lo que relacionaba con la mantenerse bien alimentada y demás, se lo debió a Jacques quien la mantuvo sin una queja hasta que ella consiguió trabajo.
La despedida fue difícil para todos, pero en especial para mí porque yo la consideraba mi mejor amiga, aunque a diferencia de mi padre, sabía que reteniéndola aquí, a vivir una vida insatisfecha, no le hacía ningún bien.
Mi padre no le devolvió las llamadas y los e-mails durante unos meses que pasó sin dirigirle la palabra.
Una noche calurosa de primavera, lo encontré llorando en el sótano y me confesó, muy a su pesar, que la extrañaba muchísimo, y pude convencerlo para que se pusiera en contacto con ella dado que Sara también lo añoraba y tan apenada y desgraciada se hallaba que su padre no pudiera apoyarla en la decisión de su vida.
Yo sabía que mi hermana, a pesar de sentirse satisfecha con lo que había conseguido, no podía pegar un ojo sin pensar en nosotros, como si le faltase una parte de su cuerpo.
Entonces, al día siguiente, mi padre la llamó y de a poco, dado a su orgullo herido, comenzaron a hacer las pases.
Este movimiento de libertad que tuvo mi hermana en su momento, avivó mi corazón, fue como si estuviese dormido, apagado, duro como una piedra erosionada por el tiempo, y una llamarada de emociones le devolvió la vida. A mi vida.
Por eso mismo, Sara entendía mi ferviente necesidad de partir y comenzar a vivir mis sueños; claro que nunca me imaginé que en el medio, el amor se interpondría entre ellos, y me arrastraría estúpidamente como una pequeña ola en la orilla del mar.
Caí de rodillas, desnuda ante la impotencia y el deseo ardiente que estaba experimentando. Nunca antes me había hallado tan ingenua, tan débil por la necesidad de que aquella persona me amara también. Pero para esa parte de la historia aún falta.

Al día siguiente de la charla vía internet con mi hermana, mi madre me sorprendió en la habitación mientras reservaba los libros que me iba a llevar, y se abrió ante mí, como una hermosa ostra, revelando su preciosa perla.
Primero se sentó en la cama, dubitativa, mas sin miedo en su mirada, sino una viveza que resaltaban sus ojos verdes.
Dado que ella me observaba callada, decidí dar el primer paso y romper el silencio.
Cuando volteé para devolverle una fría mirada de desprecio, se me encogió el corazón al notar que mi madre no albergaba más que puro amor.
- ¿Qué querés? ¿Papá te mandó para decirme lo que ya sé? -Intenté que mi voz sonara dura, mas no fui capaz de mantenerla. Simplemente no podía enojarme cuando me miraba de aquél modo.
- Vine a ... -Se detuvo en seco, dejando en el aire todo el discurso que parecía tener preparado. Sé que a mamá le costaba demasiado tener conversaciones profundas con cualquiera de sus hijos. Lanzo un suspiro alargado para poder tomar fuerzas y proseguir-. Quiero que sepas que tienes todo mi apoyo en la decisión que tomes -Se levantó sonriendo a penas, y apoyó sus manos en mis hombros como queriendo transmitirme seguridad y confianza. Alguna lágrima escapó de su rostro, por mucho que intentara contenerse-. Alex, me haces acordar a mí cuando tenía tu edad, y como bien sabes, yo también me fui de casa a los dieciocho -Me miró fijamente, intentando encontrar mis ojos desparramados por cualquier parte de la habitación, menos en los suyos-.Cariño, entiendo tu... necesidad. ¿Y qué clase de madre sería si te prohibiera que vivas la vida que deseas?
- Ma... -Alcé la vista nublada a causa de las lágrimas que discurrían por mi rostro y la abracé fuertemente-. Yo solo quería alguien que me dijera que todo iba a estar bien, que no era una horrible persona por querer irme.
- Cariño, no lo eres. Por el contrario, hace falta de dicha valentía para plantarse frente al mundo y hacerlo.
- ¡Oh, mamá! -Sollocé en sus hombros, no pudiendo añadir más palabras, que se encontraban estancadas en mi garganta.
- Estoy orgullosa de ti -Me susurró al oído, dulcemente-. Y verás que todo saldrá bien.
Mi madre me soltó para poder limpiar las lágrimas con sus manos sedosas, perfectas para un pianista.
- Pero tengo tanto miedo... -Pude hablar con total sinceridad, y esto hizo que mi llanto aumentara-. Sé que siempre tengo esta apariencia de que me las puedo bancar todas, que soy de fierro pero...
- Por dentro te sientes débil -Concluyó, con una media sonrisa en el rostro de compasión. Sabía que no me estaba censurando, de alguna manera ella me comprendía. Me quedé mirándola estupefacta.
- ¿Cómo...?
- Soy tu madre, Alex, te he criado y te conozco más de lo que piensas -Nuevamente, afloraron lágrimas de mi rostro-. Y no estarás sola, nosotros te acompañaremos en este camino.
- Pero papá... -Hice una pausa al pensar en él; mi voz se quebró-. No me acepta.
- No te preocupes por él, se le pasará. Ya sabes cómo es.

A partir de aquella charla, mis miedos y dudas comenzaron a disiparse; también los de mi padre que no pensaba cometer el mismo error de dejar de hablarme como hizo con mi hermana.
Muy a su pesar, terminó aceptándolo, y los casi dos meses que le siguieron fueron más amenos, y toda mi familia me ayudó con los preparativos para mi viaje, incluso me dieron algo de dinero por si acaso, a pesar de que les dijera repetidas veces que no lo necesitaba.
Mi padre me dijo que no me dejaría sola con este proyecto y compró toneladas de libros para que pudiera leer, y agregó "Para que depaso, no te olvides de los ratos que compartimos juntos leyendo hasta altas horas de la madrugada".
Tomé aquel gesto como uno de los más gratificantes que pudieran darme, aquello era mucho más importante que la plata en sí.
Ahora sí tenía mis mejores provisiones: los libros, que ya ocupaban una valija entera. No tenía la menor idea de cómo iba a transportar todo lo equipado pero no había modo de dejar los libros atrás.
La última noche que pasé en casa, horas antes de partir en micro hacia la capital de Buenos Aires, fue digna de mención.
Mi madre invitó a gran parte del pueblo para que me dedicaran una fiesta de despedida sorpresa.
Aquella tarde me la había pasado fuera para terminar de arreglar los últimos detalles y comunicarme con Raquel, mi amiga porteña, con quien compartiría el departamento.
Llegué a casa exhausta, queriendo tener una cena rápida y dormir unas horas antes de partir hacia la terminal.
La casa estaba completamente a oscuras, y pensé lamentada, que quizás habían pasado por alto que ésta sería nuestra última cena juntos durante unos largos meses, pero me encogí de hombros y me consolé diciendo que así podría dormir más.
En cuanto llegué a la cocina para servirme un vaso de agua, divisé una pequeña nota en la mesada:
"Alex, hay un pequeño regalo para vos en el garage"
¿Un regalo? Me repetí completamente confundida, pero impulsada por la curiosidad, y olvidando mi cansancio, me dirigí a paso rápido hacia el garage que estaba igual de oscuro que toda la casa; reinaba un silencio curiosamente único en mis dieciocho años allí.
En cuanto puse un pie adentro, se prendieron las luces de repente encandilando mis ojos que se habían acostumbrado a la oscuridad, y familiares, vecinos y conocidos se abalanzaron sobre mí felicitándome.
Me quedé dura, sin saber bien cómo reaccionar, mientras recibía abrazos y más regalos.
¡La puta! Pensé. ¡No me van a entrar más cosas en la tercera valija!
Aquella noche no pegué un ojo, como había planeado hacer; todos nos la pasamos de maravilla tomando alcohol -algo inusual, dado que a mis padres no les gustaba que tomara- y comiendo el catering que ordenaron.
Cuando se hicieron las cuatro de la mañana, todos se marcharon a sus respectivas casas, algunos con unas cuantas copas de más, felicitándome por enésima vez.
El resto de mi familia se quedó ayudándome con los últimos preparativos y a las seis en punto me llevaron en auto hasta la estación.
Lógicamente, manejó mi madre quien era la única que no había tomado una gota de alcohol.
La despedida no pude haber sido más divertida y triste al mismo tiempo.
Me fue duro despedirme de cada uno de ellos sin contagiarme con sus lágrimas, y en cuanto tomé mi asiento en el micro, y éste comenzó a andar, apoyé la cabeza en la ventanilla y con una última sonrisa de añoranza dejé mi pasado atrás, y me hundí en un sueño placentero, aún mareada y atontada por el efecto del alcohol.
¡Adiós, San Luis, no te voy a extrañar!