Recuerden dejar muchos reviews. Sé que este capítulo les dejará con dudas, pero tranquilos, que ya se irán aclarando sobre la marcha.


Capítulo II: Doña Imperfecta


Estaba riéndome tontamente por cualquier comentario que dijera la bella rubia frente a mí, y seguía carcajeándome por un bobo chiste suyo cuando sonó el timbre. Ya era muy tarde, mis empleados se habían ido hacía largo rato así que recorrí el largo trayecto hacia la puerta, todavía entre risas.

Nada más al abrir la puerta, volví a cerrarla de golpe, más por sorpresa que por descortesía.

Me había topado con los ojos más azules que hubiese visto en la vida, y que podría reconocer en cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia.

Después de respirar hondo tres veces, ya estaba lista para abrir la puerta de nuevo y esta vez encarar a quien se encontraba al otro lado, justo en el momento en que el timbre volvió a sonar. Esta vez abrí y contuve la respiración.

Tenía años sin pensar en la "Princesa Bonnibel Bubblegum", como le llamaba yo de manera tan solemne. Bueno, tal vez no años, pero sí meses.

Mentira, pensaba en ella frecuentemente.


Acababa de cumplir dieciocho años cuando conocí a Bonnibel Prince. Había sido una de esas veces en que tus profesores, al ver cómo ibas de camino inevitable al fracaso escolar, habían optado por tratar de acercarte a la matada de la clase… cosa que no me había sido tan desagradable como cualquiera podía pensar: Bonnibel era una chica alta, con el cabello rubio teñido de rosa intenso, cuerpo y cara perfectos, y una neurosis que resultaba casi encantadora. Era la hija del CEO de Candy Kingdom y todos en la escuela sabían de su obsesión por hacerse con el negocio familiar. Era tan guapa como inteligente, además de ser una líder natural.

Yo a esa edad ya tenía muy claro que en realidad no me interesaba la escuela, y que quería seguir los pasos de mi madre, que había sido una cantante famosa que terminó casándose con el aburrido Hunson Abadeer III, el multimillonario dueño de una marca electrónica.

Aquella vez, cuando el profesor dijo nuestros nombres, no había sido la primera vez que veía a Bonnibel, claro. En una escuela tan exclusiva, y con padres empresarios, era obvio que habíamos coincidido en alguna que otra fiesta aburrida de esas que tanto le gusta celebrar a la gente rica, llena de conversaciones incomprensibles, licor caro y cosas por el estilo… pero era la primera vez que la tenía tan cerca.

No volteó a verme una sola vez. Tampoco es que me sorprendiera: mientras más la observaba, más sucia y desastrada me parecía mi propia apariencia. Parecía salida de las páginas de un catálogo Burberry, todo en ella estaba cuidado hasta en el más mínimo detalle, desde el cabello perfecto hasta las pulcrísimas uñas con manicura. Era la encarnación de lo que una chica de alta sociedad y futuro prometedor, debía ser. Escuchó atentamente las instrucciones del profesor, asintiendo con una sonrisa cuando él explicaba que, sin su ayuda, casi con seguridad yo no lograría aprobar. Eso a mí me importaba un rábano, pero por lo visto ella parecía entusiasmada ante la idea de ayudar a alguien menos brillante.

Era una tarea para hacerse entre dos personas… en mi defensa puedo decir que hice lo mejor que pude y al menos procuré no estorbarle a Bonnibel. Las cosas marchaban bastante bien y nuestra relación era muy cortés… cosa rara en mí. Solía ser insolente con los que me rodeaban, pero algo en ella me frenaba. Era como si su aura de perfección me repeliera.

Claro, en ese momento ignoraba que por supuesto tanta perfección significaba que tenía mucho que ocultar… oh, sí que lo tenía.

Llevábamos ya una semana y media trabajando con lo mismo, y yo estaba aprendiendo alguna que otra cosa, para variar. Bonnibel era paciente conmigo y explicaba una y otra vez, sin importar lo dura que fuera mi cabeza ni cuántas veces fallara. A la salida de la escuela, nos reuníamos en la biblioteca o algún laboratorio vacío. En aquella ocasión la escuela fue cerrada temprano a última hora debido a una fuga de agua que inundó casi todo el primer piso del edificio principal. Pensaba que nuestro compromiso estaría cancelado, pero por lo visto mi compañera no daba cuartel, pues me envió un mensaje citándome en su casa a las cinco de la tarde.

Pueden imaginarse que soy muy impuntual –gran parte de mis problemas en la escuela se deben a esto, no a que yo sea idiota o algo –pero por alguna razón, ese día, al estar tan aburrida pensé que tal vez si llegaba temprano, terminaríamos pronto, así que fui hacia la residencia Prince un poco antes de la hora prevista.

Una vez dentro, y después de probarle a las mucamas que en serio era la hija de Hunson Abadeer (eso de vestir a lo grunge trae algunos problemas), rechacé la ayuda para encontrar el cuarto de Bonnibel y llegué yo sola, con paso relajado.

Era bastante obvio cuál era la puerta de la habitación: de color rosa chillón; por un momento me sentí en la casa de Barbie o de Polly Pocket. Estaba ya a punto de chocar los nudillos contra ella, cuando un ruido llamó mi atención.

Eran voces. Hablaban en un idioma raro; era difícil saber cuál, ya que Bonnibel además de ser la matada número uno de la escuela, hablaba varios idiomas.

Me apoyé levemente en la puerta para pegar el oído a esta. Muy obviamente, lo que hacía era entrometido y estaba mal… pero ¿a quién le importaba? De seguro ni era nada interesante, tal vez escuchaba una conferencia o alguna cosa aburrida por el estilo. Entonces escuché algo que parecía un gemido.

Me reí un poquito por lo bajo. "Vaya, Marceline, alguien necesita sexo", pensé. Debía estar realmente urgida de una buena sesión de sexo si ya hasta imaginaba gemidos en el cuarto de Bonnibel. Seguía pensando esto cuando, en volumen muy bajito, escuché otro gemido. Esta vez fruncí el ceño. Tal vez es que veía una película de arte semi-pornográfica, de esas que vienen en blanco y negro y están llenas de diálogos que no se entienden para nada, estén en el idioma que estén. Pegué un poco más la oreja, pero para esto tuve que recargarme otro poco y escuché una breve conversación, seguida de palabras dichas con un tono… bueno, raro.

Y más ruidos sugerentes.

"¿Qué?" Pensé. La cara me dolía de tanto fruncir el ceño y esta vez me recargué totalmente contra la puerta, queriendo escuchar aún más, pero cedió ante mi peso y terminé abriéndola un poco por accidente.

Si pensaron que esta sería una de esas escenas en las que el ocupante de la habitación ya está mirando hacia la puerta con cara de horror y los pantalones bajados mientras se limpia la entrepierna con un pañuelo, están muy equivocados, queridos amigos.

Para mi muy buena suerte, Bonnibel estada sentada, sí, pero no con los pantalones bajados ni un pañuelo en la mano, sino que con una se estrujaba la falda y con otra se masajeaba el cuello (tomen nota, pues este gesto será muy recurrente de ahora en adelante), con los ojos abiertos como platos aún pegados a la pantalla en la que dos mujeres rubias de aspecto europeo tenían sexo en un baño. Estaba tan absorta en esto que no notó que la puerta se había entreabierto.

"Bonnibel está viendo pornografía. Pornografía lésbica", fue todo lo que pude pensar mientras el pánico se apoderaba de mí. Era como descubrir a unos mafiosos escondiendo un cuerpo, o como si accidentalmente vieras un intercambio de droga, o como si fueras el testigo de un asesinato porque estabas en el lugar y momento equivocado…

De modo que hice lo que cualquier chica bisexual de dieciocho años y actividad sexual frecuente, haría al ver a su perfecta y hermosa compañera con aspecto de ninfa, comenzar a deslizar su mano muy suavemente por la parte interna de sus muslos.

Di media vuelta y me fui como si no hubiese visto nada.

Mientras caminaba, solo podía pensar en mi compañera, la perfecta y divina Bonnibel Prince, con su cabello liso y sus dientes perlados, la más prometedora en generaciones…

Y con un gran secreto. Bonnibel Prince se excitaba viendo pornografía gay; se tocaba mientras veía a dos rubias morderse las tetas y meterse los dedos hasta el fondo.

Bonnibel era una persona normal.

Me detuve en seco. Pero qué estupidez: claro que ella era una persona normal, ¿pues qué pensaba? ¿Que era una especie de diosa?

Y entonces me di cuenta: sí. Era tan estúpido… pero todo este tiempo, consideré a "Bubblegum" (su mote desde hacía varios años) como la perfección hecha persona.

¡Por eso nunca pude meterme con ella! ¡Porque la consideraba como algo intocable! Ahora que las cosas habían cambiado, también lo había hecho mi visión de ella.

Bueno, ya sé que no es eso lo que esperaban. También sé que NO es lo que "cualquiera" hubiese hecho en esa situación… pero me siento mejor si pienso eso. He pasado mucho tiempo arrepintiéndome de no haber cerrado la puerta y abalanzarme hacia ella para enseñarle lo que el sexo lésbico era en la vida real, y después olvidarla enseguida excepto para recordarla como un trofeo.

Tal vez, de haber hecho eso, podría haberme evitado muchos problemas. Tal vez, de haber hecho eso, no me hubiese enamorado de la no-tan-perfecta Bonnibel Prince.


— ¿Marce? ¿Todo bien?

Rayos, había olvidado que tenía compañía.

Bonnibel alzó una ceja, inquisitiva. Me sorprendí preguntándome si tal vez sentiría celos… y terminé desechando la idea porque era absurda. En adición, me sentí muy idiota porque aún después de tantos años, me emocioné al verla.

— ¡Sí, todo bien! —Volteé a ver a Bonnibel — ¿Qué quieres?

—Vaya, esos modales de siempre. —dijo poniendo cara de hastío.

— ¿Te sorprende? Ya son más de diez años. Pero por lo visto lo has olvidado… ¡vaya que lo has olvidado! Si ya hasta hablas en contra de…

—Cállate ya. —me espetó ella. La siempre formal y educada Bonnibel, perdió el control conmigo… como en los viejos tiempos. — ¿Me vas a dejar pasar, sí o no?

— ¿Y si te digo que no? —respondí apoyándome contra la puerta, tratando de proyectar una confianza que en realidad no sentía. Estaba temblando y no precisamente de frío. De pronto recordé algo y me enderecé. —Hey, yo tengo guardias de seguridad… ¿cómo te dejaron pasar?

—Por favor, Marceline. Hasta Gumball podría burlarlos, y ya sabes cómo adora los colores chillones.

—Oh. —tenía que despedir a todo mundo. —Bueno, aún no me has dicho qué haces aq…

— ¡Mar-Mar! — ¡Carajo! ¡Otra vez me había olvidado de ella! — ¿Qué tanto te entretienes en la puerta?

— ¡Ah! Eh, yo… ella es… mi… — ¿amiga? —conocida.

—Peebles. —dijo extendiendo su mano. Así que no quería dar su nombre… chica lista.

—Ah, ya. —mi invitada (de la que súbitamente había olvidado el nombre) le estrechó la mano, aun mirándola con curiosidad. —Melissa.

Claro, tenía cara de llamarse Melissa.

—Mel… ¿te importaría si continuamos otro día? Tenemos que hablar de… uhm…

—Negocios. —respondió Bonnibel por mí, mostrando su perfecta sonrisa de comercial. Me ponía más y más nerviosa a cada minuto que pasaba.

— ¿Me cambias por trabajo? —preguntó Melissa haciendo un pucherito.

—Te mandaré a buscar cuando termine, ¿sí? —mentí.

Cuando Melissa finalmente se fue, Bonnibel me miró como si no supiera qué decir.

—Es… —hizo una pausa que me pareció un poco dramática —rubia.

Me encogí de hombros.

—Las viejas costumbres nunca mueren, supongo.

—Sí… una lástima. Algunas son obsoletas.

Sabía perfectamente qué quería decir, pero no me dejé alterar.

—Pero veo que para ti no, o de otra forma no estarías aquí.

Bonnibel llevaba puesto un vestido de florecitas, de esos que gritaban 'niña buena' por doquier y que solo a ella se le veían bien. Sabía que en realidad no era por mí –muy a mi pesar, eso fue algo que asimilé años atrás– sino porque tenía la idea estúpida de que verse femenina mágicamente borraría cualquier clase de pensamientos "anormales" de su mente.

Mi acompañante se sonrojó tanto que le hacía competencia a su cabello tan llamativo de aquel entonces. He de decir con mucho orgullo, que solo yo he podido hacerla sonrojar de esa manera.

—Qué tontería, Marceline. Eso fue hace muchos años… una etapa, nada más.

—Sí, de hecho veo que ya te saltaste al nivel de odiar a los desviados como yo. —dije haciendo alusión a su desafortunado… escándalo.

—Te enteraste… vaya.

—Bonnibel: toda persona que hasta el día de hoy no supiera quién eres, ahora lo sabe. Te has hecho famosa por ser una idiota intolerante.

— ¿Por qué le llaman intolerante a todo aquel que piense distinto a ustedes? —Oh, así que ahora hablaba de "ustedes". —Yo tengo derecho a opinar distinto.

—Si has venido a apedrearme o algo, ya te puedes ir. —abrí la puerta.

— ¿Cuál es el maldito problema? —Amaba cuando Bonnibel maldecía. Solo lo hacía cuando estaba conmigo y era como ver a un unicornio nacer.

—El maldito problema es que tú y yo sabemos por qué lo haces. Vas por la vida odiando algo que no quieres a…

—Bueno, ya. Cambiemos el tema. —entornó los ojos. —En serio vine a hablar de negocios.

— ¿Ah sí? —pregunté con tono burlón.

Ella solo suspiró.

—Sé que no eres muy… versada en cuestiones corporativas, y eso. Una lástima en verdad, siendo la hija de Hunson Abadeer uno esperaría que…

—Sigo esperando que vayas al grano.

—Ah sí, lo siento. Como decía, sé que no estás habituada al tema, pero creo que solo basta un poco de sentido común para saber que… mi… empresa… se ha visto afectada por…

Tragó saliva como si las palabras se le atoraran, entrelazó los dedos a la altura de su abdomen y se encogió de hombros, como diciendo "ya sabes lo que quiero decir".

Y lo sabía: no era un genio corporativo como ella, pero uno no podía decir tales cosas e irse de rositas siendo una figura reconocida. Además de ser una de las mujeres más influyentes, adineradas y poderosas del mundo –según el listado Forbes –que fuera tan guapa no hacía sino llamar aún más la atención. Rumores decían que había recibido jugosas propuestas por parte de Maxim para posar en sus páginas. Dudaba que eso fuera cierto, pero hubo un año en que llegó al ranking como la #83 en su top de mujeres guapas.

—Tengo que mejorar mi imagen. —Soltó al fin —Mis palabras han afectado a la empresa, y debo arreglarlo.

Bostecé, haciendo como que el tema me aburría aunque en realidad prestaba atención como nunca.

—Necesito que me ayudes, Marceline. Vine a LA para verte, porque necesito que seas imagen de mi campaña.

— ¿Qué? —aquello me hizo abrir los ojos como platos. ¿Una campaña? ¿Era en serio?

—Necesito que la gente vea que no me da asco ni nada, juntarme con gente así.

— ¿Qué mierda tienes en la cabeza? —me sentía furiosa. —Vienes, dices que necesitas mi ayuda y sigues refiriéndote a mí como si fuera innombrable. Acéptalo de una puta vez: soy bisexual, me gustan las vaginas… V-A-G-I-N-A-S. Y a ti también te gustan, Bonnibel, por mucho que trates de negarlo.

—No me gusta… eso… las vaginas. —escupió la palabra como si hubiese tragado veneno. Seguía muy roja.

— ¿Por qué quieres mi ayuda? —solté de repente. Había muchos artistas gay en el mercado… ¿por qué yo?

Ella resopló con una risita.

—Cualquier otro me mandaría muy lejos.

En eso tenía razón. Sin embargo, una campaña publicitaria juntas significaría tener que verla otra vez.

—Paso. —le dije.

—Marcy. —me dijo muy seriamente. Era la única, además de mi tío Simon, que podía llamarme así y salir impune. —En todo el mundo, tú eres la que mejor sabe cuánto significa esta compañía para mí. No puedo dejar que le pase nada… no cuando luché tanto por ponerme al mando.

Dio un suspiro sincero. Me estremecí tan solo de verla triste; de golpe recordé las interminables noches en que Bonnie seguía despierta estudiando para la clase de economía avanzada, o cuando peleaba con su familia porque Gumball no tenía interés en ser el próximo CEO de Candy Kingdom y ellos no querían verlo. Era algo que odiaba profundamente.

—Bonnie, descuida… todo estará bien. —le puse una mano en el hombro y ella se apartó enseguida. Ignoré el rechazo y continué —Tu compañía no se irá a pique solo por esto… sigues teniendo ingresos multimillonarios, ¿qué más da que unas cuantas personas dejen de comprar tus dulces promotores de homofobia? —bromeé.

—Marceline, esto no es acerca del dinero. —volteó a verme con esos ojos cristalinos que me ponían de nervios. —Dime, ¿alguna vez has escuchado que Candy Kingdom despida a alguien por homofobia o por racismo?

Entrecerré los ojos y pensé detenidamente. No era muy buena en eso de estar leyendo noticias de economía, a decir verdad era lo más aburrido en lo que podía pensar, pero a veces al ver a mi padre hojeaba revistas de negocios solo para pasar el tiempo. A veces podía ver algún artículo acerca de las acciones de Candy Kingdom, o una entrevista con Bonnibel o el vicepresidente. No recordaba haber visto algo por el estilo. Sin embargo, sí que estaba informada acerca del movimiento LGBT y si en Candy Kingdom hubiese tenido lugar algún despido injusto, yo me habría enterado.

—No que yo recuerde. —dije finalmente.

—Exacto. —dijo Bonnie con otro suspiro. —Y eso es porque mis intereses son una cosa, pero los de la compañía son otra. Que yo como persona no tolere ciertas cosas, no significa que no pueda dejar eso de lado cuando estoy al mando.

—Entonces…

—"Haciendo del mundo un lugar más dulce". Esa es la frase que caracteriza a Candy Kingdom desde que mi abuelo creara esta empresa de la nada. Por favor, Marceline…

Me miró con ojos suplicantes. Parecía realmente consternada y una descarga me recorrió. Sabía que no iba a poder negarme ni en esta vida ni en la otra. Dejé salir un gutural sonido de frustración y me revolví el cabello.

— ¿En esta campaña, qué tendría que hacer? ¿Y exactamente de cuánto estamos hablando? —pregunté tratando de aparentar que solo me importaba el dinero. —Ah, y quiero todos los Cherry Poppers que pueda comer.

De estar tan triste, pasó a darme la sonrisa más brillante del mundo. No podía ser, ya estaba cayendo con un gesto tan pequeño después de diez años sin saber de ella.

Volví a preguntarme por qué no simplemente me olvidé de lo que había visto ese día en la habitación de la Princesa Bonnibel Bubblegum.