Habían pasado ya seis meses desde que Liz y Patti pisaron por primera vez el orfanato. Era verdad que Gary conocía a todo el mundo, pero las hermanas no solían verle muy acompañado. Pese a que saludaba amablemente a todos, reglaba brillantes sonrisas y mostraba su mejor lado a todos, no parecía que los demás disfrutaran de su compañía. La verdad, no sabían muy bien por qué.

Aunque a él parecía no importarle la soledad. La disfrutaba, de hecho. Cuando jugaba en la arena él solo, se imaginaba historias geniales de castillos y princesas, o una enorme playa en la que recolectaba cangrejos y conchas. Su imaginación le salvaba de caer por el precipicio de la realidad. Por ello, su sonrisa era perenne, hiciera lo que hiciera.

Y esa sonrisa era lo que más animaba a las hermanas cada día.

La tarde se estaba haciendo pesada, y Liz y Patti se encontraban sentadas en un banco de piedra del patio del orfanato. Sólo estaban ellas dos; los demás jugaban a la pelota, o saltaban a la cuerda, entre gritos y risas. Aquella escena que presenciaban les recordaba a su escaso año en el colegio: era a la hora del recreo cuando mejor se lo pasaban, con sus compañeras de clase, los columpios...

Pero aquello era tan distinto, en realidad.

El uniforme gris apenas se distinguía de las baldosas que componían el suelo, y no había columpios, sólo la caja de arena en la que solía estar Gary. El banco en el que estaban ellas era el único de todo el patio.

Definitivamente, aquello distaba mucho de parecerse al patio del colegio, lleno de colores y rostros risueños.

Patti suspiró. Desde que llegaron, no habían hecho ningún otro amigo. Nadie se les acercaba, y ellas no sabían por qué. Aunque, todo sea dicho, ellas tampoco estaban interesadas en tener demasiada compañía en aquel lugar.

¿Dónde quedó la promesa de Mamá de volver a casa?

Ah, claro; es que eso sucedería cuando volviese, y nunca lo hizo.

Liz se giró para mirar a su hermana. Patti contemplaba con la mirada perdida a las niñas que saltaban a la comba y cantaban sencillas melodías para acompañar sus saltos. ¿Qué le pasaba? Nunca había visto a su hermana pequeña así.

-¿Quieres jugar con ellas? -le preguntó.

Patti la miró con un ligero brillo en la mirada, y asintió enérgicamente.

-Hala, ve -la animó, con una sonrisa en los labios.

Patti saltó del banco, al principio decidida, pero a medida que se fue acercando al grupo de niñas, la convicción fue desapareciendo de su rostro.

Las chicas frenaron el ritmo de la cuerda y se quedaron mirando a la niña menuda que acababa de llegar.

-¿Qué quieres? -preguntó una de ellas, un tanto arisca.

Patti no respondió. No lo hacía desde el accidente que la llevó allí.

-Creo que quiere saltar también -comentó la niña que sostenía uno de los extremos de la cuerda.

Hubo un silencio incómodo, en el que Patti sintió cómo las miradas de las cinco chicas se clavaban en ella. La pequeña se revolvió, pero no dijo nada.

-¿Es que no sabes hablar? -preguntó, burlona, otra de las allí presentes.

Patti asintió con energía, casi desesperadamente. La otra niña soltó una carcajada seca.

-Pues pídelo entonces.

Patti tomó aire y probó, por enésima vez en ese tiempo, a decir algo, pero las palabras se desintegraron en su garganta. Bajó la mirada, resignada. Cada vez que intentaba hablar, volvía a su cabeza la imagen del cadáver de su madre, y en la garganta sentía un nudo que, fuera lo que fuese lo que quisiera decir, se lo impedía.

-Madre mía -intervino una de ellas, lanzando miradas cómplices a sus amigas-, ¿cómo va a saber saltar a la comba si no sabe ni hablar?

Todas estallaron en carcajadas, que apuñalaron a Patti como la más afilada de las cuchillas.

La niña se encaminó en silencio hacia su hermana, la cual ya se dirigía a consolarla. Ambas se sentaron de nuevo en su banco, sin ganas de añadir nada a la vergonzosa escena de las que habían sido víctima y testigo.

Al poco rato, un gemido apagado llegó al oído de Liz. Giró el rostro hacia el lugar del que provenía, y se encontró con una Patti que lloraba en silencio con la cabeza hundida en sus hombros. Ella no se quedó parada, y la acercó hacia su pecho en un abrazo lleno de empatía. No era la primera vez que se tropezaban con una situación como ésa; desde que llegaron, tuvieron que soportar alguna que otra burla a sus espaldas, y también los insultos a la cara. "¡La pequeña es un bebé, ni siquiera habla!", "¿Será retrasada o algo?", "Mira, ahí va la mami con su niñita", "Y la hermana mayor, traduciéndola, ¿no se dará cuenta del ridículo que hace?".

Liz acalló aquellos malos recuerdos, y miró a su hermana, que acababa de levantar el rostro. Tenía los ojos rojos y su pecho se convulsionaba ligeramente por el llanto.

Pero el brillo de sus ojos era el que realmente reflejaba todas esas palabras que se veía incapaz de decir. No lo comprendía, no sabía por qué la trataban así, y a Liz sólo le bastaba explorar sus ojos para saberlo. Ojalá alguien, sólo una persona más, las pudiera comprender como ella lo hacía.

Volvió a estrecharla entre sus brazos, y Patti suspiró.

Si hubiera podido, lo habría preguntado, pero sabía que no había respuesta.

"¿Por qué?"


Gary desvió la mirada un instante de la arena que moldeaba con las manos, y vio que el banco estaba ocupado por sus nuevas amigas. Aunque, a estas alturas, ya no eran tan nuevas. Llevaban medio año conociéndose, sentándose al lado en las comidas, compartiendo a veces la caja de arena del patio... pero, sobre todo, arrancando vagas sonrisas de esas dos niñas de las que todo el mundo desconfiaba.

Ahora, pensó, necesitaban otra de esas sonrisillas.

Se levantó y se sacudió la arena de la ropa, dispuesto a ir a consolar a Liz y Patti, pero el timbre de vuelta al edificio lo pilló por sorpresa. De un momento a otro se vio arrastrado por la gran corriente de gente que se disponía a regresar a la aburrida tarea del orfanato.

Pero eso no iba a quedar así. Algo tenía que hacer, y lo haría.

Pasada la tarde de clases, el orfanato se disgregó para marchar al ala de habitaciones femenina y masculina. En un despiste de los vigilantes nocturnos, Gary se coló furtivamente en el ala femenina. Con paso inseguro, y procurando no hacer crujir las tablas de madera del suelo, llamó a la más alejada de las habitaciones, la última de todo el pasillo.

Tuvo miedo de que alguien le descubriera; las niñas más mayores se pondrían a gritar como quinceañeras histéricas, pero a las demás les solía dar igual.

La puerta se abrió muy despacio, y por el quicio asomó una Liz en camisón.

-¡Gary! -exclamó en un susurro. Él se puso un dedo en los labios, pidiendo silencio.

Liz le hizo pasar de un tirón. Dentro, Patti dormía como un corderito en la segunda cama de la habitación, agotada por las lágrimas y la mala experiencia.

Gary se sentó sin cuidado en la cama de Liz. Ella le puso mala cara, pero al cerrar la puerta, la poca luz que se filtraba por la ventana impidió a Gary verlo. Estaban prácticamente a oscuras.

-¿Qué haces aquí? -tuvo que preguntar Liz para mitigar sus dudas.

-Es que no pude hablar con vosotras en el patio. ¿Qué había pasado?

Liz dudó un momento sobre la respuesta. Finalmente, contestó:

-Han vuelto a meterse con Patti.

Una risilla silenciada resonó por el cuarto.

-¡Vamos, no te rías! -Se mosqueó ella-. Yo la conozco, sé que le afecta mucho...

-Ya, pero, ¿de verdad se tiene que entristecer por algo así? -Gary se recostó en la cama, al lado de Liz-. Sabes que llevo mucho tiempo aquí, ¿no? Pues al principio, a mí me pasaba lo mismo. Pero eso es porque todos los niños necesitan tener a alguien de quien burlarse. Es pasajero. No debe preocuparse.

La chica guardó silencio, asimilando esas palabras. Pese a que era bastante pequeña, solía comprender esa clase de consejos.

-Pero, Gary -volvió a intervenir-, ¿de ti por qué se iban a reír?

Gary sonrió con un brillo de tristeza en los ojos, encubierto por la oscuridad.

-Porque no tenía pelo -ante la reacción de incredulidad de Liz, se explicó-. Tuve una enfermedad muy rara en la sangre, y la medicina hacía que se me cayera el pelo. Mis padres murieron en un accidente de coche, cuando me traían por enésima vez del hospital y aún estaba enfermo, y llegué aquí sin pelo. Claro que, más tarde, cuando me curé, hace un año, me volvió a crecer -terminó, frotándose la corta melena rubia.

Liz no dijo nada. Ahora, veía de otra manera a Gary. Él también había lidiado con aquellos problemas que ahora tenían que enfrentar ellas dos.

-Eh, Liz, ¿tú cuántos años me echas? -rompió Gary el silencio.

Liz se quedó un tanto descolocada por la pregunta.

-Esto... ¿no tienes siete años, como yo?

-Todos piensan lo mismo -dijo, mirando al techo-. No, tengo diez años. Debería ser mucho más alto, pero esa enfermedad me impidió crecer, y por eso me confunden con niños más pequeños. ¿No es curioso?

La chica se quedó pensando. "Curioso" no sería la palabra. ¿Qué clase de enfermedad te hacía "quedarte pequeño" y calvo?

Gary se levantó de la cama para volver a su cuarto. Se hacía tarde, y lo echarían de menos.

Antes de salir, se fijó en que la pequeña Patti dormía agarrada a un diminuto peluche en forma de león. El chico sonrió.

-Recuerda decírselo a Patti, ¿vale? ¡Hay que ser fuerte, fuerte como un león!

Liz le devolvió la sonrisa antes de que desapareciera por el largo pasillo del ala de habitaciones femeninas. Miró a su hermana, que abrazaba muy fuerte a su peluche.

"Fuerte como un león..."

¿Acaso los leones no eran los reyes de la selva?