Nota de Autora: Inspiración, ven a mí para mis otras historias, por fa. Te necesito como a la luz del sol en este invierno frío 'pa darme tu calor.
Ironía de la situación: Supuestamente es invierno en mi país pero el sol brilla haciendo caso omiso.
Aviso: Clasificación "M" por temas a futuro.
Disclaimer: Digimon no me pertenece. Si fuese así, me hubieran despedido por la tragedia que le metería en cada capítulo.
I
Efímero Sueño de una Tarde de Verano
—¿Por qué corres tanto?
Un niño corría, luchando para alcanzar a una distante figura. Una figura que parecía brillar en plena oscuridad del atardecer que se aproximaba. Aves volaban en el anaranjado cielo sin nubes que dejaran rastro sobre sus cabezas. El cantar de las gaviotas se asemejaba a una canción de cuna, acompañándolos a dormir, indicando que la hora de jugar estaba por acabar. Su garganta ardía por el aire que se escapaba de sus diminutos pulmones. Se agachó lentamente, sujetando sus rodillas con ambas manos para así recuperar el aliento junto a su compostura. Prosiguió a quitarse el sudor con sus húmedas palmas, para que luego sus ojos fueran directo hacia la persona que tanto se esmeraba en alcanzar.
—¿Acaso ese no es el punto de este juego? ¿El que no me deje atrapar?
Tan frágil como un fino cristal, el sonido que provenía de aquellos pálidos labios infantiles le hacía recordar a la campanilla de viento que siempre suena estrepitosamente, proclamando su melodía cada día de ventisca. Con cada letra que se hacía camino a sus tímpanos, podía escuchar la campanilla resonando en su cabeza. Esa bulla que le resultaba fastidiosa cada vez que abrían la ventana, ahora le resultaba cálida y radiante. Se había tornado en algo melifluo. Dulce, sueva y delicado como un arrullo. Un halo de luz cubrió al origen de la melodía, sus pies moviéndose en su contra mientras los arrastraba en la arena. Los zapatos de ambos yacían a metros de distancia cerca al muelle, las aves dándoles picotazos a las medias creyendo que eran una nueva fuente de alimento. Él empezó a preocuparse que sus medias blancas quedaran con agujeros, temiendo a que su madre le reprochara su falta de cuidado a la hora de salir a divertirse. Suspiró, para mirar al cielo que poco a poco iba muriendo al igual que su interés ante lo que andaban jugando.
—Sí pero, ya llevamos una eternidad con esto. Quiero jugar otra cosa.
Retornando su mirada hacia la figura, el niño optó por correr una última vez hacia la silueta que lo había hecho vivir una tarde llena de risas y fatiga. Él moría por jugar otra cosa. Después de todo, llevaban millares de horas en el mismo plan. A pedido de una persona muy importante para él, había acudido al malecón para ver un espectáculo en el cielo. Le había comentado que sería algo que jamás había visto, y que tendría la suerte de presenciarlo en su corta estadía. Jamás pensó que terminaría el resto del día al lado de esta figura desconocida que solo había visto un par de veces. Para él, esa silueta era desconocida por el simple hecho de haber intercambiado pocas palabras durante sus breves encuentros. Después de todo, la persona que era muy importante para él, contaba con un buen amigo. Y ese amigo siempre iba con su actual causa de cansancio tras hacerlo correr por horas. No obstante, trató de sonreír. Cosa que le salió con naturalidad.
—Eres muy raro. Pensé que los niños no se cansaban tan rápido.
La figura reprocha para al final extender sus brazos de manera horizontal a su cuerpo. La ventisca se levantó, llevando granos de arena hacia los ojos del niño. Creyó que venía como la fuerza de un gran huracán. Su mente infantil creó la hipótesis que el Dios del Mar se había enfadado tras haber espantado a las gaviotas toda la tarde debido a su divertido juego de perseguirse mutuamente. Tragó saliva en silencio, temiendo que alguna de las pequeñas olas que daban de a pocos con sus pies se volviera en un gigante monstruo que los tragaría sin piedad. Delicadamente separó sus dedos, sintiendo la textura de la arena. Su cuerpo manifestó una ligera tembladera gracias a la frialdad del agua salada, provocando a que le recordara que el verano está próximo a finalizar. Debía regresar a casa. Un lugar que se encontraba muy lejos de ahí. Lejos de esa persona especial que ve una vez al año. Lejos de esta silueta que recién acababa de empezar a conocer mejor. Al ver que seguía en la misma pose, su corto cabello dejándose llevar por la brisa marina, opta por hacerle regresar a la realidad. Juntó ambas manos en su boca, formando una especie de conducto, para que su voz le alcanzara.
—Yo pensé que las niñas no tenían tantas energías.
Las gaviotas que picoteaban las calcetas de ambos niños en el muelle emprendieron vuelo, dejando delicadas plumas por detrás. Se asemejaban a dos ángeles que emprendían un largo viaje hacia el Paraíso, el anaranjado actuando como las puertas que el pequeño niño cree que tiene dicho lugar. Las plumas siguen cayendo, hasta que una acaba en sus manos. La toca con gentileza, su suavidad acariciando su inestable corazón. No deseaba regresar. No deseaba dejar de jugar. Al alzar la vista, se dio cara a cara con los ojos de la silueta. Sus facciones se le fueron reveladas una vez más, mientras cubría su rostro por el halo de luz que la rodeaba. El sol estaba muriendo a sus espaldas, dándole un aire místico a la niña que se hallaba frente a sus ojos. Labios finos característicos de alguien de su corta edad, un peinado para nada femenino, un marrón que le recordaba a un postre que suele comer en su país, el mont-blanc, lo hizo salivar al percatarse que la estaba comparando como un dulce. Pero tampoco es que lo pueda evitar. Ha demostrado ser una niña muy dulce, tanto así que le recordó a las castañas que tanto ama comer.
—Todos somos diferentes.
Ahora fue el turno de ella de devolverle la sonrisa. Un rastro de vapor se hizo camino en el despejado cielo. Los ojos canela de la niña brillaron, soltando un gesto de alegría al verlo. Juntó ambas manos para al final señalarlas. El niño se acercó para admirarlo a su lado. Al parecer una nube había decidido aparecer mientras el anaranjado, lentamente, se tornaba en púrpura. Por algún motivo, a él se le hizo deslumbrante, tanto así que lo encandiló. Si la niña lo había dejado de la misma manera al sol morir a sus espaldas, aquél rastro esponjoso hizo lo mismo. Ella se mordió el labio inferior, dejando una ligera marca con sus dientes dicho lugar. Él giró su cabeza para observarla de perfil, el viento revoloteando sus cortos cabellos, para al final pegar sal a sus rostros. Volvió a limpiarse por más que resultara inútil. Al llegar a casa debía darse un baño para deshacerse de dicha sensación pegajosa. Con tan solo pensar en su hogar, recordó que pronto debía regresar a donde pertenecía pero, lo que más le aterró en ese instante era el reproche que le darían al llegar por los agujeros en sus medias. Respirando hondo, decide contestarle a su acompañante de juegos.
—Lo había olvidado.
Una ligera ola rugió al chocar contra unas rocas que sobresalían la bahía. Sus pies descalzos se acostumbraron a la temperatura del mar. Aquél rastro de vapor había adquirido el tono rojizo, robándose lo que quedaba del atardecer, al ser iluminado por los rayos del sol. El arrebol que sus ojos grababan al igual que una cámara fotográfica lo dejó sin palabras. Al parecer, la niña también había entrado en un trance. El preciado silencio los envolvía, arropándolos con sus caricias. Las olas seguían su imperceptible rugir, minúsculas ondas formándose en sus tobillos al estar cubiertos de agua. Él se percató que sostenía una de las plumas de la gaviota en la mano, mientras que ella la agarraba con ambas palmas sin dejar de mirar el infinito cielo. Volvió a pensar que aquellas aves que volaron iban en dirección al Paraíso, ahora el rastro de vapor impidiendo a que ellos lograran ver la entrada. La meliflua voz que le evocaba la cadencia de aquella campanilla de cristal optó por romper la calma al igual que una repentina tormenta.
—Eres un niño raro.
Aquél comentario lo tomó por sorpresa. Frunció ligeramente el ceño, sintiéndose en parte ofendido. Era la primera vez que intercambiaban más de una palabra y ella había osado a acusarlo de ser raro. Inflando ambas mejillas, recurrió a la misma artimaña que todo infante usa a esta edad.
—Tú eres una niña rara.
Para su sorpresa, ella tan solo se le quedó observando, perpleja. Al parecer no comprendía el hecho de haber sido, en cierta forma, insultada. El niño se sonrosó por la vergüenza que acababa de experimentar. En primer lugar, esa persona especial para él siempre le reprochaba que a las niñas nunca se les debería tratar mal. Su madre le repetía, también, que debía crecer para ser un hombre justo y amable. La única manera de serlo, era siendo respetuoso con los demás sin importar el sexo, la apariencia, la procedencia, la edad y sinfines de cosas más. Deseando que el Dios del Mar se enfadara, anheló que le lanzara un diminuto tsunami para que se lo llevara a las profundidades del océano en ese dicho instante. Sacudió sus pies de la arena, para firmemente apretar la pluma. Se encontraba inquieto, a punto de romper el único recuerdo que le quedaría del primer día en el que se conocieron a fondo.
—¿Cuánto tiempo más nos queda?
La niña murmuró en voz baja, su semblante tornándose melancólico al chocar con los últimos rayos que el sol les propiciaba con calor. La ráfaga se hizo más fuerte, provocando un ligero escalofrío en él. Para su suerte, tras haber estado con los pies en el agua por un largo rato, ya no la sentía fría, sino más bien tibia. Optó por meditar bien su respuesta, lamiéndose los labios con la lengua antes de abrir la boca, ya que por la incomodidad se le habían secado.
—Una vez que te atrape debo regresar a casa.
Ahora ella cerró los ojos mientras que el naranja finalmente moría. El púrpura los inundaba de a pocos, el sol yéndose a dormir en el horizonte.
—Entonces seguiré corriendo para que no lo hagas.
No pudo evitarlo más, pero tuvo que reír tras escuchar dichas palabras.
—Eres una niña rara.
—Tú eres un niño raro.
—Pareces una grabadora rayada.
Sabía que esa conversación no estaba llevando a ninguna parte, mas deseaba que continuara por toda la eternidad. Por más que se encontraran lado a lado, en cualquier momento podría finalizar el juego al tocarla. Por más que implorara jugar a otra cosa mientras esperaba el espectáculo que esa persona especial le había contado, generando expectativa, a la misma vez deseaba seguir corriendo con ella en la arena. No le importaba si su mamá le gritara por los huecos en su calceta. No le importaba si sus medias llegaban con más huecos que un queso. Tampoco que se ensuciara y tuviera que recurrir a un relajante baño en la gran bañera para retirarse la pegajosa sal del cuerpo. Deseaba que ese momento durara para toda la eternidad, ambos, bajo aquél rastro de vapor que desapareció. Persiguiéndolo y persiguiéndolo sin detenerse.
—Y lo seguiré siendo. Este juego es muy divertido.
Al escuchar su respuesta, su pequeño corazón empezó a latir de la alegría. El cabello que le recordaba a su castaña favorita volvió a ser despeinado por el viento, para al final acabar cara a cara, un contraste dándose entre ambos. Por más que no estuviera corriendo, menos persiguiendo algo inalcanzable, aquellas sombras de verano que se formaban bajo el sol era señal suficiente para saber que ella sentía lo mismo. No deseaban romper el mágico momento. Un momento que unas simples frases provocaron al encontrarse sentados en el muelle, rodeados por gaviotas, en pleno aburrimiento mientras miraban el celeste cielo cuando arribaron al festival.
—Es más divertido si se juega con más niños.
El niño optó por continuar la conversación, al encontrarse todavía inquieto. Las yemas de sus dedos rozaban con la pluma, viendo si así lograba tranquilizarse.
—A mí me gusta de a dos.
—Es porque es la primera vez que lo juegas. Eres muy rara.
Tras escucharla admitir que le gustaba de dicha manera, tuvo que contestar con rapidez para ocultar su evidente sonrojo. Aparentemente ella decía cosas vergonzosas sin pensarlo dos veces. A diferencia suya, el siempre calculaba qué decir para no causar emociones innecesarias de incomodidad de los demás. Su madre le dice que no le haga a los demás lo que no quiere que le hagan a él. Y él siempre hace caso a esas sabias palabras.
—Y luego dices que yo soy una grabadora rayada.
Una vez más, la niña de ojos canela le resaltó su error. Había vuelto a emplear la palabra raro luego de haberle sacado en cara que ella actuaba como una grabadora rayada.
Repentinamente, la escena empieza a tornarse gris. Inferencia se apoderó de ambos niños, sus voces opacándose a la distancia. Se escuchaban los aleteos de las gaviotas, mientras que sus pies seguían siendo acariciados por el agua que les rozaba los tobillos. Un ave emprendió vuelo hacia el cielo, sus alas resonando al sentir el viento cortando con ellas, sintiendo la libertad que ambos niños no poseen. Anclados a la tierra, el mundo empieza a romperse en millares de pedazos quedando en blanco. Sus figuras se esfuman como burbujas, una efervescente bebida que se abrió dejándolas escapar hacia el infinito. Las voces retornaron al igual que aquél vapor que observaron juntos. Fragmentos flotaban. Risas flotaban. Nombres flotaban. Música flotaba. Los colores se volvían en sabores. Los sabores se volvían en letras. Las letras en sensaciones. Las sensaciones en colores. El ciclo se repetía. El mundo era incapaz de percibirse a sí mismo, de identificar la realidad que lo rodea. Si no logra describir una sensación, ¿cómo la piensa recrear?
—Si sigues corriendo llegaremos al mar.
Dos niños se encontraban en el muelle. Él le estaba advirtiendo a la silueta que dejara de correr hacia el horizonte. Un nudo se le formaba en la garganta. Era la primera vez que llegaba a entablar una relación con dicha figura pero, el tiempo se le acababa. Días. Horas. Minutos. Segundos. Decidió quitarse sus zapatillas y medias, para así alcanzarla con rapidez. A diferencia suya, la figura se encontraba descalza desde un inicio.
—¿El mar?
La candidez e inocencia que dicha persona irradiaba lo deslumbraron. El sol que moría al ser el atardecer provocó a se cubriera el rostro. Una vez más, apareció inferencia. La silueta de aquella persona se transformó, momentáneamente, en una más larga. Una falda mediana meciéndose en el viento. Una frágil mano recorriendo su cabello, acomodándolo en lugar gracias a un prendedor rosa. Tras finalizar su oración, su voz reflejando madurez, la distorsión desaparece, dejando en su lugar a la pequeña.
—¿No sabes qué es el mar?
Anonado, el niño se le acerca tras escuchar la pregunta con respecto al mar. Jamás en su vida había escuchado a alguien preguntar qué es el mar. Creyó que la ofendería al preguntarle si realmente no lo sabe, pero su curiosidad no podía ser saciada.
—Lo he visto en cuentos. Jamás frente a mis propios ojos.
Con melancolía, llegó a admitirlo. El niño optó por mirar atrás, sin saber qué contestar. Observó ensimismado cómo el sol era reflejado en los rieles de metal del muelle. Podía ver, a la vez, cómo su cuerpo se iba volviendo en una sombra. Ambas sombras permanecían separadas. Sus sombras son dos. Al bajar el sol, las dos sombras se volvieron en una sola, imprimiéndose en la arena. Le pareció que dos siluetas aparecieron sobre estos, pero rápidamente se esfumaron. Decidido, asintió a sí mismo.
—¿Entonces qué estamos esperando? Mi hermano comentó que hay un festival. Quizás podremos ver las flores en el cielo.
Ciertamente, había olvidado el detalle que había ido a un festival. Aquella persona especial, su hermano, lo había incentivado a asistir con él. Fue en ese momento en el que volvió a encontrarse con ella, aquella niña con quien nunca había intercambiado más de dos palabras. Jamás creyó que se quedarían jugando por tantas horas. Mientras pensaba, al niño lo atacó un pensamiento.
¿Estábamos jugando? ¿Qué estábamos jugando? Hemos estado en el muelle.
—¿Flores en el cielo?
Disipando sus dudas, el pequeño no pudo evitar soltar una risa tras la pregunta de ella. ¿Cómo no podía entender qué eran flores en el cielo? La palabra por la que se llaman se le hacía muy complicada, razón por la cual les decía de dicha manera. Fácil de recordar y, no hay que olvidar, que sonaba mucho más fantasioso y hermoso. Colocando un dedo bajo el mentón, empezó a meditar cómo explicárselo.
—Brillan y hacen, ¡kaboom!
Siendo honestos, el niño creyó que su explicación era la mejor de todos los tiempos.
—¿No es eso peligroso? ¿No asusta a las aves?
Colocando ambas manos en su boca, soltando al final un gemido de susto, sus ojos se desorbitaron al imaginar la explosión que se llevaría a cabo en el cielo provocado por unas hermosas flores con tendencias destructivas. Como las "Flores del Mal". El niño se quedó desconcertado al relacionar un nombre que jamás había escuchado, por más que le resultase familiar. Preocupada, empieza a observar sus alrededores, causándole interés. Sin saber que contestar exactamente, dice lo primero que se le viene a la mente.
—Nunca lo había pensado.
—Pobres pajaritos. Hay gaviotas en la orilla. Les diré que no vuelen hasta lo más alto del cielo.
Sin dudarlo dos veces, la niña empezó a correr en dirección a la orilla mientras la señalaba. Su rostro lleno de preocupación le estrujó el corazón. Ella era pura, de un corazón blanco y lleno de brillar. En cierto rincón aquello le conmovió.
—Pero te los vas a perder… y no te van a entender.
Cruzándose de brazos, trató de hacerla entrar en razón. Cerró sus ojos, creyendo que ella se quedaría quieta, como una mascota entrenada.
—¡Señor gaviota! Las flores en el cielo van a explotar pronto, no vaya a volar.
Con gran ímpetu, optó por saltar del muelle hacia la orilla. Aquél vestido que la cubría danzó, abriéndose como un delicado paraguas al caer una fría tarde de un lluvioso verano. Una lluvia que él imploraba por el pegajoso calor que se pegaba a su cuerpo. Ensimismado en aquél acto, reaccionó tarde tras el accionar de la niña.
—¿Qué estás haciendo?
—El señor gaviota me está ignorando. Debo ir por él.
Empezó a correr. Su silueta haciéndose mucho más pequeña. Extendió su pulgar, creyendo que de esa forma desaparecería de su vista. Cerró el ojo derecho, colocándolo en el punto exacto para que así se esfumara. Su corazón empezó a agitarse sin motivo alguno, estrujándolo. Un alarido quiso salir de su diminuta boca. No deseaba que desapareciera. Con tan solo pensar en la situación, en la misma palabra, su cabeza latió con fuerza. Perdiendo el equilibro, acaba desplomándose para caer a la arena. Su lengua entró en contacto con la superficie, para luego incorporarse mientras la escupía. Se limpió con rapidez, para volver a enfocar su paisaje y dar con su diminuto cuerpo yendo hacia la reunión social de gaviotas. El rugir del mar le dio una realización. Ella no conoce el mar. En el estricto rigor de la palabra.
—No entres al mar, es peligroso.
Con torpeza, trata de alcanzarla mientras aquella temible premonición ocasionaba descargas en su persona. Al tenerla más de cerca, se contuvo de lanzarse hacia ella, temiendo que desapareciera.
—Tendrás que atraparme si no quieres que entre.—testaruda, se aleja a carcajadas para que, cuando sus pies den con el agua, gritara—¡Está frío!
—Te dije que no entres, vas a pescar un resfriado.—remangándose el pantalón, acude a su lado—¿Sabes nadar?
—Pareces mi hermano.—con risitas, cubre sus labios con diversión—¿Nadar? No, no sé nadar.
—Vamos, _ _. ¡Es muy peligroso si no sabes! Si te pasa algo no podría ayudarte, tampoco sé.
El niño se quedó congelado en el tiempo. No podía escuchar su nombre. Sabía que lo había dicho mas, a la vez, no lo percibía. Sabe cómo se llama, pero con el nombre aparecen sensaciones. Con las sensaciones aparecen números. Con los números aparecen sabores. Con los sabores aparece el nombre.
—_ _, eres un aguafiestas…—asombrado por el hecho, él es incapaz de sostenerla mientras va hacia el ave—¡Oh, no! El señor gaviota emprendió vuelo…
Sumida en sus lamentaciones, estira sus brazos hacia el anaranjado cielo. Ambos exponiendo sus pies descalzos al viento, hacia la brisa, hacia el agua que los cubría, un recuerdo se abrió paso en el niño. Una escena similar, salvo que en diferentes posiciones. Miró su mano para encontrar la pluma de una gaviota. ¿Cuándo llegó ahí? Él no lo sabe. La niña de cabello castaño también cargaba una que mágicamente se manifestó. Volvió a pensar que el Dios del Mar de enfadaría por espantar a las gaviotas. Suspiró, para luego tomar noción que el cielo se había tornado púrpura. Un rastro de vapor se abría paso en el cielo. Creyó que le impedía ver la entrada al Paraíso. Ella seguía en la misma posición, sonriendo, mientras que la brisa seguía acariciando sus rosadas mejillas. Finalmente, optó por separar sus labios y exclamar su alegría en carcajadas infantiles. Al no dar más, se atrevió a preguntar.
—¿Por qué extiendes tus manos?
—Quiero que mi deseo llegue a esa ave.
Siguiendo su línea de mira, ella señaló a la única gaviota que flotaba en el aire. Para ellos, ella flotaba al permanecer estática en su lugar, jugando con el viento en vez de dejar que la controle. Se perdió en la majestuosa ave, creyendo que la pluma que sostenía le pertenecía. Eso explicaría su aparición. La niña permanecía en su lugar, todavía estirada, para al final tomar aire y colocar un objeto en su boca. Un gran sonido provino del aparato de metal, haciendo ecos en la playa. No obstante, aquél sonido no lo percibió. Fue observar una película muda por un breve instante. Creyó que se le habían tapado sus oídos.
—¿Deseo?
Dubitativo, la pregunta salió sin pensarlo. Observó cómo el objeto se desprendió de ella, para que se moviera a su ritma cuando ladeó el rostro.
—Quiero que lleve mi deseo por los cielos y que regrese sana y salva.
Él tan solo contuvo sus ganas de reír.
—Eres rara. Regresemos.
El cielo se había tornado oscuro. Era hora de volver a casa. Él no quería volver a casa. Deseaba seguir jugando. ¿Jugando? Pero no habían estado jugando. Habían estado en el muelle, mas sentía que habían estado jugando. Sacudió su cara, creyendo que había pasado muchas horas bajo el sol. Repentinamente, las estrellas perdieron, irónicamente, su estrellato, al verse iluminados por una luz incandescente. Un estruendo siguió tras su aparición.
—¿¡Qué fue ese ruido!?
Retrocediendo en pánico, ella sacó sus pies del agua para casi acabar tirada en la arena por los nervios.
—¡Las flores! ¡Son las flores!
El niño no pudo evitar saltar de emoción. En ese momento, tomó noción de su propia apariencia en el reflejo del agua. No podía verse. Si se veía venían sonidos y así sucesivamente como ocurrió con el nombre de ella. Ahora él era la silueta y ella una persona. Los roles se habían invertido. O quizá siempre fueron así.
—Qué hermoso. Es ruidoso pero, muy bonito.—Sus ojos canela brillaban con intensidad cada vez que una flor florecía en el índigo cielo.
—¿Ves?—señaló la sombra.
—Espero que el señor gaviota se encuentre bien.—murmurando, jamás creyó que la silueta empezara a sonreír. Hasta ahora no la había visto sonreír. Cuando era un niño había sonreído pero, ella, siempre lo vio como una silueta oscura—¿Por qué sonríes? ¿Te estás burlando de mí?
—Me das mucha risa.
El niño admitió, omitiendo el hecho de no poder verse a sí mismo. Optó por la ignorancia. Sus alrededores dolían cada vez que la flor hacía kaboom.
—Al parecer esa es mi especialidad. Robarlas.—el objeto plateado que llevaba en el cuello sonó cuando volvió a ladear el rostro.
—¿Robarlas? ¿Robar qué?
Aquello lo intrigaba.
—¡Mira, en el cielo! ¡Es el señor gaviota!
Con entusiasmo, ambos niños observaron la gaviota que había desaparecido cuando empezó la función. La pluma que él sostenía se había esfumado entre sus manos, manos que tan solo se habían vuelto en humo, al igual que los rastros de vapor que admiraron antes. ¿En qué momento? No lo sabe. Pero está convencido que lo hicieron, por más que esta sea la primera vez que hablan por un largo tiempo.
—¿Qué le pediste que llevara? ¿Qué es tu deseo?
Su voz no la escuchaba, pero sabía que ella sí. El mundo se estaba descomponiendo. Reconfigurando. La estática había vuelto a aparecer. Ella se difuminaba. La silueta que lo componía se hacía cada vez más débil cuando una flor seguía su misión en el estrellado cielo.
—Es un secreto.—rió al guiñar el ojo, colocando un dedo sobre sus labios.
—La atraparé para descubrirlo.
Sin pensarlo dos veces, finalmente, la sostuvo de la mano. El mundo se estabilizó. Pudo sentirla. Su mano tan delicada, tan suave. Firme. Alguien que lo hacía sentir vivo. Que su existencia estaba justificada. Alguien que podía caminar a su lado, que lo mantendría de pie. Por más que su mano se encontrara sudorosa por el calor, jamás la soltaría. Deseaba sentir ese calor por siempre. Inclusive su corazón se había normalizado. El mundo se estaba volviendo a configurar, las sensaciones y percepciones luchando para estabilizarse y retornar a su estado original. Un mundo en blanco. ¿Era esa la realidad? El niño no lo sabía. Todo le resultaba extraño. Pero estaba seguro que lo que estaba viviendo era su realidad.
—¡Tramposo! Me atrapaste por sorpresa.—molesta, soltó un puchero mientras fruncía su mirada.
—Ya acabaron las flores.—dijo él en decepción cuando cesaron las luces en el cielo por el festival.
—Para mí no han acabado. Este descubrimiento ha sido muy lindo.
En ese instante, él trato de encontrar una palabra específica para explicar dicho fenómeno. La palabra serendipia vino a su mente. ¿Cómo sabía semejante palabra para su edad? Para empezar, ¿qué edad tiene? No lo sabe.
—¿Nos vemos mañana?
La niña se transformaba frente a sus ojos una vez más. Diferentes etapas que ella recorrería a lo largo de su vida se manifestaban. Sus manos no se separaban, así logran percibir como aquella pequeña palma perdía su calor, cayendo a un crudo invierno.
—Nos vemos mañana.
Sus labios formaron la palabra. No la llegó a escuchar.
—Te estaré esperando, _ _.
—Igual yo, _ _.
La escena, por última vez, empieza a tornarse gris. Inferencia se apoderó de ambos niños, sus voces opacándose a la distancia. Se escuchaban los aleteos de las gaviotas que se habían esfumado, mientras que sus pies seguían siendo acariciados por el agua que les rozaba los tobillos. Un ave emprendió vuelo hacia el cielo, la misma en la que ella había vertido su deseo, sus alas resonando al sentir el viento cortando con ellas, sintiendo la libertad que ambos niños no poseen. Parecía una mensajera, llevando algo al paraíso. Algo que ella entregó. Algo que no le pertenecía. Complicidad se formaba entre ella y la gaviota. Algo había robado. Anclados a la tierra, el mundo empieza a romperse en millares de pedazos quedando en blanco. Su figura se esfuma como burbujas, una efervescente bebida que se abrió dejándolas escapar hacia el infinito. Las voces retornaron al igual que aquél vapor que observaron juntos. Fragmentos flotaban. Risas flotaban. Nombres flotaban. Música flotaba. Los colores se volvían en sabores. Los sabores se volvían en letras. Las letras en sensaciones. Las sensaciones en colores. El ciclo se repetía. El mundo era incapaz de percibirse a sí mismo, de identificar la realidad que lo rodea. Si no logra describir una sensación, ¿cómo la piensa recrear?
En plena soledad en dicho espacio en blanco, la sombra reside sin saber a dónde ir. Un monstruo sin hogar. Como un niño que se encuentra perdido.
«La culpa, mi querid— _ _, no es de nuestras estrellas. Sino de nosotros mismos que consentimos ser inferiores.»
«Verteré cada gota de la luz de mi alma para recuperar aquella perdida sonrisa.»
—Cada vez que suene, que resople, ¿vendrás por mí? Si tú lo haces sonar, iré por ti.
El silbato apareció en sus pies, su sonido, finalmente, resonando.
XxX
Una alarma resonó en una desorganizada habitación. Un bulto cayó con fuerza al suelo. El muchacho que yacía en una enredadera de telas asomó su cabeza para lograr respirar.
Otra vez lo mismo.
Suspiró, mientras que los rayos de sol hacían relucir su dorado cabello.
—Mentirosa.
¿Les gustó? ¡Espero que sí! Como se habrán dado cuenta, retome la escena del final del prologo, uhuhu. Si no fuera por Nie y sus dulces palabras creo que mi imaginación no se hubiera decidido en actuar el día de hoy. Ah… si tan solo fuera igual para las otras historias *llora* Ejem, esta última parte la retomaré en el siguiente capítulo… así que tómenlo como una especie de preview que se va a mejorar. Dejo a su imaginación quienes eran esos niños… de nuevo. Lamento si me comí alguna falla ortográfica. ¡Nos leemos luego mis preciosos lectores!
