Estaba junto a las rocas frías, grises y agrietadas; que tantas veces me han escondido. Eran una especie de amigas para mí. Esperé y esperé hasta que las horas pasaron y comenzaban los primeros rayos de sol. El alba estaba aquí, me dije, y con ella Perséfone.

Algo iba mal esa mañana, esa no es la mujer de la que me enamoré, su sonrisa y su confianza al caminar habían desaparecido. Sus largos rituales de cosecha se habían acortado a tan solo medio segundo. Ya no hacía crecer a las flores tan perfectas como lo solía hacer. Perséfone cambió. Estaba tan distraída que cuando hizo crecer a las rosas, se pinchó con sus espinas y gritó: —¡Ah! —. La sangre le comenzó a manar de la herida y se llevó el dedo a la boca, como si pudiese absorber el dolor.

—¿Perséfone? —. Gimió su madre. Una hermosa mujer rubia, que venía corriendo a asistirla. Se arrodilló al lado de ella para ayudarla y le examinó el dedo. —¿Cariño que te pasó? —. Preguntó su madre.

—N-no lo sé —. Dijo mientras sollozaba en el pecho de su madre. —Me herí con la espina de una rosa —.

—Perséfone…—Dijo su madre angustiada por ver a su hija llorando, amablemente la aparto de su lado y le quitó los cabellos que tapaban sus hermosos ojos verdes y prosiguió—¿Cuál es el problema cariño? Te estuve viendo estas horas y sé que no puedo ayudarte pero sí puedo escucharte. ¿Qué es lo que te distrae? —.

«Ansiosamente esperando la respuesta, me puse a pensar. ¿Puede que yo, estando a cien metros de distancia, sea la causa de su comportamiento? La culpa y el dolor invadieron mi cuerpo inmediatamente.»

Perséfone rodeó a su madre con los brazos por la cadera y contestó: —Es que no paró de tener esta pesadilla en la cual veo a todos los animales morir y no puedo hacer nada para ayudarlos, luego veo que el río se seca y los árboles mueren de sed—. Dijo en un tenue susurro que apenas logré escuchar.

Deméter sonrió y le besó la mollera a su preciosa hija. Y la tranquilizó diciendo: —¿Cariño, alguna vez fallamos con las cosechas? —.

—Hmm… no madre.

—Entonces no tenés nada que temer —. Se incorporó y le tendió las dos manos a su hija para que también se ponga de pie junto a ella, y agregó—Vamos cariño tenemos trabajo que terminar —.

Perséfone sonrió y le dio un largo abrazo a su madre. Deméter la imitó.

—A ver cariño, déjame ver la herida.

—Estará bien madre. Lo prometo.

—Tonterías —dijo su madre buscando unas determinadas hierbas en el pasto. Cuando encontró las que necesitaba, agarró la mano de su hija y le colocó las hierbas en la herida. De forma inmediata la herida se curó por completo.

—Ahora estará bien—. Sonrió, limpiando los excesos de hierba que tenía en su mano—Como nueva—.

Perséfone todavía sostenía la mano en la cual estaba la herida como si todavía sintiese el dolor. —Gracias madre—respondió. —Será mejor que volvamos al trabajo, el sol no se quedará ahí por mucho tiempo—.

Su madre asintió y dijo: —Tenés razón cariño. ¿Te vengo a buscar al anocher, está bien?

Perséfone asintió feliz. —Al anochecer.

Deméter asintió y se marchó ya que notó que unos girasoles necesitaban de su atención. Al igual que su hija, Deméter era una perfeccionista en cuanto a flores se trataba. Les daba vida a las semillas convirtiéndolas en futuras flores.

Pero Perséfone no hizo lo que su madre le dijo. Se sentó en la hierba y comenzó a jugar, enrulándoselo en el dedo. Después comenzó a jugar con sus poderes, pero estaba harta de hacer siempre las mismas flores. Ella quería hacer una nueva, otra flor que no sea ni orquídeas, ni lilas, ni rosas que eran las que estaba tan acostumbrada a hacer. Quería sea chiquita pero no por eso, menos hermosa. La flor que creó Perséfone era tan pequeña que tenía la medida de su dedo anular y la llamó Margarita.

Era amigable, gentil y hermosa. Lo que ella más amaba de las flores era que siempre te sacaban una sonrisa, incluso en los momentos más oscuros.

Finalmente se despidió de su pequeña creación ya que se dio cuenta que el sol ya se estaba ocultando.

—Maldito seas Helios —gritó dando furiosos pasos, hasta que desapareció de mi vista.

Cuando la perdí de vista dejé que mi cabeza soñará despierta con ella «incluso los tontos como yo pueden soñar» hasta que empecé a despedirme de la idea de tenerla. Ella me dejó bien claro que jamás cruzaría. Y no la juzgo ¿Tú cruzarías hasta el inframundo teniendo el paraíso a tus pies? ¿No? Es eso lo que pensé.

Una parte de mí desea que ella nunca cruce. Una parte de mí desea que ella jamás sienta el mismo dolor y las náuseas que siento todos los días, cuando un alma nueva encuentra el camino hacia mi Infierno, gritando como un alma en pena, sin saber si son o no muertos.

Incluso después de todos estos eones no puedo soportar el sonido de una madre llorando porque a causa del mal, dejó a toda su familia atrás. Es el peor sonido que alguna vez escuché.

Di un suspiro de frustración y emprendí la marcha hacía mi castillo. Odiándome por el simple hecho de ser como soy. Por lo que me hicieron ser.

—¡Maldito seas Zeus! —grité en el medio del bosque. —¡Maldito seas tú y toda esta vida que me diste, Poseidón maldito seas tú también! Si no fuera por —me detuve en seco al ver que estaba golpeando con mis puños a un árbol seco y negro, con sus ramas retorcidas y largas. Entonces susurré: —Los detesto hermanos.

Lo único que se oía era el silencio y una suave briza que acariciaba mi largo pelo blanco.

Le di una patada final al árbol y continué con mi camino, ignorando el crepúsculo a mis espaldas.

Cuando finalmente llegué oí los cotidianos gritos y sollozos de las almas. Hice como si no las había escuchado y seguí hasta mi castillo. La puerta me dio la bienvenida rechinando más fuerte que antes. Subí las escaleras de mi sombría mansión, entre a mi habitación y desplegué las cortinas y abrí la puerta que daba al balcón. Me quede observando el secó y triste mundo que me tocó. Apoyé mis manos en la baranda y pensaba que mientras otros tenían a los imponentes océanos, otros al infinito cielo, a mí me tocó el escalofriante inframundo. ¿Lo peor? Durante toda mi existencia jamás me cuestioné la elección que hicieron mis hermanos por meterme en este profundo hueco, pero… Algo cambió en mí, me molestaba mucho estar ahí, me sentía solo, me sentía vacío por primera vez.

»Es imposible ver el sol desde aquí, desde esta parte del mundo. Sabía que en una hora más tardar se haría de noche y este será el último día de verano. Jamás la iba a ver de vuelta. Todo mi ser pedía que Perséfone pase el cristal, como una brisa escabulléndose por la ventana abierta en una calurosa tarde de verano, me encontraría y pasaría a ser la Diosa del Inframundo. Pero la otra parte de mí «la constante vocecita en mi cabeza» deseaba que ella se fuese bien lejos de mí y que no regrese jamás. Nadie debería vivir la vida a la cual estoy condenado.

Pero por qué a un hombre tan cruel como yo le preocupaba si una mujer regresase o no… ¿Esto es lo que los mortales llaman 'amor'? Es una cosa inútil y nauseabunda… Pero es tan satisfactor y adictivo el sentimiento de entregarte en alma y corazón hacia otro. ¿Por qué el Dios del Inframundo quería tratar de sentirlo?

De repente hubo un grito en la oscuridad que causo que todo mi cuerpo esté en alerta. Buscando a mí alrededor al génesis del grito ensordecedor, me introduje en el alarido de los caninos que rodeaban y protegen el recinto del Infierno. El sonido provenía del muro de cristal, la frontera… Di un grito ahogado y de repente entendí porqué tanto frenesí.

—Perséfone.

Me tiré del balcón desesperado «para mi suerte no estaba tan alto» y comencé a susurrar benevolencia a Hermes que me diera su don de pies veloces. Me encontré con el Río del Sauce Llorón, estaba completamente congelado por lo que tuve que ir con precaución, con pies torpes me caía una y otra vez sobre el frío y duro hielo. Cuando terminé de cruzar el río me encuentro con un lobo negro, con unos colmillos descomunales. Su deseo de sangre se transformó en una espesa y burbujeante espuma blanca en cuestión de minutos. «Los guardianes del inframundo» susurré. Me acerco lentamente a la salvaje bestia «que yo mismo la creé, para que cuide la frontera del Inframundo por si a algún mortal se le ocurre la estúpida idea de ingresar». Mi intención era hablar con judas, que a simple vista era sólo un lobo negro y rabioso.

—Judas —grité, acercándome cada más y más a la bestia—Para.

—Un alma ha cruzado la línea del Infierno —dijo Judas dándose la vuelta para verme—, como el Guardián del Inframundo es mi deber encargarme de esto. Fuiste tú el que hizo esta ley. ¡Tú Ades! —.

—¡Soy tu creador y te obligo a que escuches lo que te ordeno! —grité con desesperación, ante la desafiante bestia—¡Retrocede! —añadí airado.

Judas ladró y gruñó mostrándome sus dientes, se abalanzó hacia mí derribándome. Haciendo que cayera en la húmeda y muerta tierra. Traté de quitármelo de encima pero él fue más rápido que yo. Al instante sentí un dolor en el cuello y una sustancia caliente comenzó a salir de ella. Judas se quitó de encima de mí.

—¡Yo jamás retrocederé! —gruñó con desdén y sangre, goteándole de su espumosa boca. —¡Tú eres sólo mi creador, no mi dueño! Quédate sentado ahí y déjanos hacer nuestro trabajo, Ades —.

—¡Tú-tú no lo entiendes… —dije entre jadeos y toses, me sostuve la zona en la que Judas me mordió ya que no me paraba de manar sangre—…q-quieto! —.

—¡Salgan! —gritó Judas a la manada haciendo caso omiso de mis órdenes. Él y el resto de los perros del Infierno iban corriendo hacia el cristal.

—¡Judas! —grité débilmente acercándome a un árbol que tenía al lado mío para no caer al suelo— ¡M-malditos seas, Judas! —.

Sólo se escuchó el sonido que hacía la manada al correr hacia la nada. Hice una mueca de incomodidad y apreté mi garganta intentando hablar, pero cuando lo quise hacer el malestar volvió hacia mi cuello y me quedé mudo del dolor. «Ahí va el mejor amigo del hombre» me burlé.

Siempre odié a Judas, desde el momento que lo creé. Sabía que él me iba a traer problemas. Pero nunca pensé cuántos ni qué tipos de inconvenientes. De todos modos no podía preocuparme de eso ahora, tenía que salvar a Perséfone. Mientras más me seguía debatiendo mi odio hacia Judas, él y su manada ya estarían más cerca del cristal.

Finalmente me decido a avanzar, al principio usé ese árbol como sustento, pero ahora la iba a usar para empujarme y poder correr hacia la pared de cristal.

Desgraciadamente cuando intento caminar más allá del árbol, me vino un fuerte dolor a la herida del cuello. Me había olvidado que los colmillos de Judas tenían veneno. Era eso lo que tanto me ardía.

Se me hacía imposible caminar, tan imposible como agarrar a tu sombra con las manos. Tomé una bocanada de aire y me dije «Algo tan inútil como el dolor no te debe frenar».

Sin nada que perder con el corazón revivido en mi pecho, mis pies se liberaron de la selva fría en la que estaba. Por suerte Judas no sabía de mi atajo por el Bosque de los Caídos.

Logré cortar el tiempo, y llegué al muro de cristal antes que judas. Pero la cara que vi ante esa imponente pared no era la de Perséfone, era la de su tía…

—Hera —. Gruñí, teniendo sangre y aire sólo para decir el nombre de la condenada esposa de mí hermano.

—¿Y a quién más esperabas ver, Ades? —Dijo con unas sonrisa burlona— ¿A Perséfone quizás? —.

—Qué le has he-

—Shhhh —arrulló colocando suavemente su dedo índice en mis labios—No queremos que pierdas más sangre de la que ya tienes ¿verdad? —.

—Qué… es lo que has —. Maldecí para mis adentros, me estaba sofocando, el aire que respiraba no me alcanzaba.

—¡Ohh! —Hera se maravilló ante tan deplorable espectáculo—Ojalá hubieses impuesto esta fuerza cuando te condenaron, hubieses podido estar con los Dioses y las Diosas en el Olimpo—.

—Hubieses podido estar conmigo —Acercándose cada vez más a mi boca.

—A-aléjate de m-mí —tosí.

—Shh… —se acercó hasta mi oído—Zeus y Perséfona nunca va- —.

—¡Quítate de encima mío mujer! —grité tratando de parecerme a Judas. Agarré a Hera por los hombres y la empujé lo más lejos de mí «como pude». —¿Qué le has hecho a Perséfone? —.

Ella rió.

—¡Decímelo ahora, Hera!

—¿Por qué yo iba a hacerle algo a nuestra querida Perséfone? ¿Acaso me estás acusando de traidora? —Levantó su vestido y allí estaba, Perséfone, tendida en la hierba

—¡Malditas seas Hera! —La regañé desenvainando la espada que cada Dios posee como símbolo de su poder, y la apunté— ¿Qué has hecho con mi Perséfone? —.

—Sos tan posesivo cariño. —Se acercó y puso su mano en mi pecho— Jamás te vi tan apasionado en algo desde que Zeus ganó la corona de su padre —Comenzó a deslizar su mano hacía mis pantalones.

Hice caso omiso al intento de seducción, me di la vuelta y caminé.

—¿A-adónde vas? —preguntó tímidamente.

Me di la vuelta y le respondí mirándola fijo a los ojos. Estábamos a sólo cuatro pasos de distancia. —No tengo el tiempo ni la paciencia para tratar con vos o tus deplorables intentos para mantener satisfecho a mi hermano. Si viniste hasta aquí a montar esta escena porque Zeus te lo pidió, entonces es hora de que te vayas ¿O viniste para engañar a mi hermano conmigo, y así saldar tu venganza con él? —Dije bruscamente, y añadí—Todo el Olimpo sabe que Zeus se olvidó completamente de vos y se acuesta con cualquier chica humana que encuentra. ¿Y sabes qué? Lo entiendo porque todas ellas seguirán siendo mejor premio que vos.

Hera abrió la boca, pero no hizo ademán de decir nada. Sus ojos se llenaron de lágrimas que jamás salieron. Hasta que comenzó a caminar hacia mí y me abofeteó. Debo decir que me gustó más su ira que sus vanos intentos de seducción. Pero todo mejoró cuando me escupió en la cara y se esfumó sin decir nada. Sonreí mientras me limpiaba la saliva de la cara. «Nunca ha sido un secreto que mi hermano disfrutaba la compañía de una mujer distinta en distintas noches. ¿Por qué, si no, tenemos tantos Dioses y Diosas ahora? »

Por un momento me olvidé del por qué estaba ahí. «Perséfone».

Me acerqué a donde estaba tendida y la sacudí delicadamente por el hombro.

—Perséfone —susurré—Perséfone, vamos despierta por favor.

No podía soportar el solo hecho de que haya perdido la vida por una loca.

¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!

Di un grito ahogado. La manada de Judas ya estaba cerca. Levanté a Perséfone con mis brazos. Y le pedí a una sombra que vagaba por ahí que distrajera a la manada de Judas.

Mientras yo seguía preocupado por la doncella. Rogué con todas mis fuerzas que ella siga viva. La muerte no es en lo más mínima misericordiosa y un alma jamás podrá volver a su cuerpo… ni siquiera si la mismísima muerte lo ordena.

—¿Per-Perséfone? —Mi voz se quebró. —Perséfone, por favor… despiértate.

Aun así… seguía sin ninguna señal de vida.

Finalmente, teniendo la oportunidad, me arranco el guante de cuero con los dientes y comparo mi translúcida piel con su palidez mortal y cuando la toco «como la primera vezx que nos conocimos», salgo disparado a unos cuantos pies de distancia de ella.

«Ella todavía está con nosotros» pensé felizmente. Sólo un espíritu vivo puede empujar a la muerte hacia atrás.

—¿Perséfone? —Volví a rogar—¡Perséfone debes abrir tus ojos verde esmeralda y buscar los míos! ¡Por favor! Sal de la oscuridad cariño, seguí mi voz—.

Si no tuviera un corazón antes, sin duda llegó a la vida sólo para detenerse de vuelta cuando le volvió el color rosado a sus mejillas mientras sonreía. Una flor brotó justo alrededor de su mano enrulándose en su dedo anular.

—¿Princesa? —susurré, me volví a poner mis guantes y le limpié la nieve que tenía en su mejilla—¿Puedes oírme? —.

—Mmm…—canturreó, sin dejar de sonreír mientras me agarraba la mano para que le siguiera acariciando la mejilla.

—¿Estás segura que estás en el lugar correcto, querida? —Le pregunté tímidamente.

—Mmm…—Volvió a decir apretando más aún mi mano.

—Entonces dime… ¿Dónde ha estado esta hermosa dama?

—Abajo, abajo en la madriguera de un conejo —respondió débilmente—, nunca vas a ver la luz del día otra vez—.

Suspiré atormentado por esa respuesta —Entonces dime… ¿Quién soy? —.

—No eres más que un hombre… un hombre que ha querido nada más que para vivir una vida normal, incluso si eso significa espiar a una chica solitaria que siempre quiso cocinarle y barrerle a su príncipe.

Sonreí ligeramente aferrándome a la mano de Perséfone. Trayendo hacia mí su delicada cabeza hasta mi pecho. Sosteniéndola lo más cerca de mi corazón como pude.

—Muy bien, mi señora —Sonreí. —Es posible que me llames el caballero de la brillante armadura—.

Ella negó con la cabeza y añadió: —¿Quién quiere un caballero cuando se puede tener un Señor, un Rey y un Príncipe todo en uno? —bromeó llevándose la corona que tenía hacía su cabeza.

Me reí en serio, y apoyé mi frente contra la cabeza de ella, aspirando el delicioso aroma que tenía en el pelo.

Perséfone sólo me sonrió y envolvió sus brazos hacia mi cuello, y se acurrucó en él. Con mi mano la tomé de la barbilla y la acerqué un poco más hacia mí, cerré mis ojos y esperé… hasta que mis labios se encontraron con los de ella. Después de noches enteras sin dormir esperándola, la besé, su sabor a inocencia me invadió todo el cuerpo. Haciéndome querer tirar de ella para que este de este lado del cristal, por y para siempre conmigo.

Apartándose un poco, Perséfone se limitó a sonreír y apoyó su cabeza entre la mía y mi hombro, en un ineludible abrazo que jamás quise despegarme. Todo el miedo y la ira que había en ella desapareció. Me prometí a mí mismo que jamás otra alma demoníaca la toque, excepto la mía «claro».

Pero ella se quedó sin aliento y preocupada gritó: —¡Ades! —.

Parpadeando rápidamente, vuelvo los ojos hacia ella, temeroso de que nuestro momento había terminado tan rápido como había comenzado.

—¿Qué es? ¿Qué pasa?

Extendió la mano hasta la herida y sus dedos se cubrieron del líquido carmesí.

—¡Estás sangrando!

—No es nada de qué preocuparse, te lo prometo—suspiré aliviado.

—Acuéstate—exigió ella.

—Pero… Persé-

—Haz lo que digo —se volvió hacia mí y acariciándome la mejilla añadió—, acuéstate.

Sonreí y no le dije nada más, le hice caso y me recosté sobre el suelo helado.

Sólo unos instantes más tarde volvió con las mismas hierbas que su madre le había dado unas cuantas horas antes. Recreando el mismo bálsamo, lo colocó suavemente en mi cuello frotándolo con dulzura y amor.

—Ahora sí —sonrió—como nueva.

Sonreí y acaricié su mejilla rosada. Agarré sus manos y la atraje hacia mí, dándole de nuevo otro largo y húmedo beso. Mientras yo la rodeaba más con mis manos en su espalda, ella sostenía mi cara.

Apartándose un poco ella sonrié y dice: —¿Quién iba a pensar que el beso de la muerte es verdaderamente el cielo encubierto? —. Se rio depositando otro beso en mis labios y dejando reposar su frente contra la mía.

Suspiré de euforia total, aliviado de que por una vez algo hermoso que toqué no se transformó en ceniza.