Lamento haber tardado en subir la segunda parte. Ocurre que me daba una vergüenza tremenda subirlo. De paso, aviso que esto empieza desde ya con una escena de lemon. De todas maneras decidí subir esto en partes para que no resultara tan traumante. ¡Disfruten de la lectura!


II

Minutos después América estaba acariciando el torso desnudo de Japón en la ducha. Temblando, él quiso hacer lo mismo apartando su cabello tras su hombro. Era realmente hermosa. Tanto que se había excitado mucho antes de entrar al agua con ella. No le bastaba con convencerse que estaba ahí solo para ser su protector. América tentadoramente lo había arrastrado con ella a la bañera mientras la ducha iba empapando sus cuerpos.

— ¿Nervioso, Japón? —No tenía por qué preguntar. La respuesta era obvia a los ojos de cualquiera. Se avergonzó por ser débil ante ella—. Está bien. Yo fui la que te llamó porque tenía miedo a fin de cuentas.

Sí, pero… no se suponía que fuera así.

América tomó su rostro con ambas manos y lo besó. Él abrió los ojos impresionado. Su lengua había entrado en su boca en cosa de segundos buscando la suya que no parecía querer moverse de ahí hasta que ella lo tocó. Las manos de América descendieron hasta su pecho. Japón se descubrió a sí mismo sujetando sus caderas con la vista fija en las montañas que eran sus pechos. La deseaba. La deseaba completamente. Tanto que no estaba seguro de poder contenerse por mucho tiempo.

Ella fue repartiendo besos por su cuello hasta que la bañera se llenó.

—Recuéstate—le ordenó. Japón despertó de sus ensoñaciones hentais. Ella retrocedió para que él pudiera colocarse en posición. La bañera no era pequeña, pero tampoco demasiado grande. Eso le había dado una fantástica idea para su repertorio sexual. Le mostró una sonrisa cuando ella hizo lo mismo del otro lado.

— ¡Hi! —lo saludó con la mano desde el otro extremo. Japón desvió la mirada porque estaba completamente rojo y avergonzado. Y ella estaba actuando como una niña. A gatas fue con él hasta su entrepierna. Ahí de rodillas, ella estaba tocando su abdomen—. Tienes un cuerpo muy bonito. —Tomó su miembro con las manos. Él se arqueó involuntariamente ante el contacto. Ella comenzó a mover su mano en torno a él.

Gimió. América se rió cuando lo oyó de forma infantil y perversa. Japón dio un paseo con la vista a sus pechos desnudos. Su mandíbula tembló cuando abrió la boca para contestarle:

—No soy tan hermoso, América-san—Se avergonzó. No era simple humildad. Él sabía que comparado a las otras naciones masculinas su cuerpo se veía débil. No era tan corpulento como los otros. Tampoco sonaba tan varonil como las naciones europeas. Era también más bajo que los otros países que vivían cerca de ella ¿Cómo podía hacerlo eso alguien hermoso, digno de esa alabanza?

Fuera como fuera, ella se había deslizado arriba de él hasta casi sentarse sobre su entrepierna. Sus pechos fueron a dar contra su cara cuando le rodeó el cuello con sus brazos. Se quedó sin aliento. América separó sus piernas alrededor de sus caderas, llenando todo el espacio a lo ancho de la bañera casi como si quisiera ser penetrada por él. Su trasero rozaba peligrosamente su entrepierna.

—Deténgase, por favor: no traje un preservativo a la bañera, América-san—Y si seguía así iba a correrse en cualquier momento si ella comenzaba a mover su cuerpo sobre él, masturbándolo con el rose su peso sobre su miembro.

—No vamos a tener sexo.

Demo

—Solo es un poco de aeróbic acuático—Besó sus labios para que no pudiera objetar nada más. Con tal vista ante sus ojos de sus hermosos senos ¿cómo podía resistirse? Ella estaba segura de que acabaría cediendo. Quizás Japón no notara la forma en que la veía cada vez que se acercaba a él, pero ella lo hacía, ¡vaya que lo hacía! Babeaba por ella. No miraba así a ninguna otra nación, ni siquiera a Taiwán.

Aquel pensamiento la excitó tanto que comenzó a moverse sobre él. América creyó que tenía el control de la situación cuando sintió de pronto que tiraban de ella. Bajó la vista para encontrar el rostro de Japón tomando uno de sus senos con la boca y succionando. Se vio obligada a cerrar los ojos ante el dolor y el placer.

— ¿Está bien si hago esto? ¿Lo está?—le preguntó soltando su dolido pecho. América se mordió el labio inferior, las mejillas cubiertas con un dulce sonrojo. Sonrojado como estaba, Japón se veía tan hermoso sus ojos. Y excitante.

— ¡Oh! Baby, sigue usando tu legua así y no responderé a mis acciones. —Lo tomó del oscuro cabello y lo obligó a continuar con su trabajo. Cerrando los ojos, él obedeció. Le hacía tan feliz hacer algo con su cuerpo que a ella le gustara tanto. Se estaba preguntando si debía hacer algo más cuando sintió que ella se frotaba aún más sobre su cuerpo, urgiéndole a acelerar el ritmo de sus lamidas. La fricción sobre su miembro lo obligó a abandonar el endurecido pezón para gemir. Ella se frotaba contra él con fuerza.

Se dio cuenta de que ella necesitaba más atención de su parte. La rodeó por la cadera con su brazo izquierdo mientras utilizaba el otro para acariciar su sexo con el pulgar. Y así, comenzó a alternar las atenciones de su boca a ambos pechos. Si eso no la aliviaba, no sabía qué podría hacerlo.

Lo que no se le ocurrió que en lugar de saciarse ella terminaría por gemir una y otra vez sobre él. Involuntariamente sus caderas se movieron bajo ella, siguiendo su instinto que urgía mecerla más rápido sobre él. El agua chapoteaba su alrededor mojando el piso. Tomó sus caderas por ambos lados finalmente y la obligó a mecerse a su propio ritmo marcando el paso mientras no dejaba de usar su boca para complacerla. América gimió por última vez gritando su nombre y él hizo lo propio al perder su semen en la bañera y parar su trabajo oral al jadear.

Si eso no había sido sexo, entonces no sabía qué otra cosa podría ser ¿Aerobic acuático? Definitivamente esa era solo una escusa para jugar con él y llevarlo a los límites de la locura. Pero América tenía que admitir que jugar con Japón era divertido.

—América-san, esto, esto fue… —Trató de decir Japón con el aliento cortado y bajando la vista, saciado pero avergonzado de lo que había hecho con ella y frente a ella. Iba a decir que había sido maravilloso, que la amaba y un sinfín de halagos para ella y críticas para él por no resistir durante más tiempo para complacerla.

Entonces alguien había tocado el timbre de la casa. A esas horas de la madrugada. América giró el rostro hacia la puerta cuando lo oyó.

—Me pregunto quién será a estas horas de la noche. —Hasta ella sabía que ese era un horario inadecuado para las visitas. Se levantó de Japón y salió de la ducha. A Japón casi le dio un paro cardiaco cuando la vio desnuda delante de él en todo su esplendor, reluciente después de esa sesión de caricias impropias mientras que él había quedado abatido. América se envolvió una toalla alrededor del cuerpo y calzó unas pantuflas antes de salir por la puerta—. Quédate aquí hasta que vea de quién se trata—Le dio un beso en la frente antes de dejarlo.

Japón no objetó ¿qué podía hacer de todas formas? Estaba en la casa de América después de todo. Y no se suponía que debiera estar ahí a esas horas. Aunque le pesara, tenía que esperar a que ella volviera con él.

XOX

— ¡Voy! —gritó mientras se dirigía a la puerta. Probablemente se tratara de su jefe que la llamaba por una emergencia, pero ¿no habría sido mejor en ese caso usar el teléfono? Dios sabía que ella nunca lo apagaba.

Pero al abrir la puerta, la última persona en el mundo—literalmente—que esperaba ver a esas horas y ese día tocando la puerta estaba efectivamente en la suya. Apoyado en el marco, respirando de forma agitado como si hubiera hecho una maratónica carrera para ir hasta ahí. El nudo de la corbata estaba mal atado a su cuello casi suelto. América se quedó sin habla. ¿Qué hacía Inglaterra en su casa a esas horas?

—Francia me dijo…—respiró antes de hablar. Se veía agitado. Y sobre todo enfadado. América sospechó que aquel suspiro había sido para reprimir su enojo ante ella más que porque le faltara el aire. Eso sin mencionar que lo único que estaba vistiendo ante él era una toalla, lo que definitivamente lo enfurecía—… que estabas saliendo con Japón—la tomó bruscamente del brazo y la obligó a mirarlo a los ojos— ¿Es mentira, verdad? Tú no puedes estar saliendo con ese tipo.

— ¿Por qué? —preguntó sin entender. Él la detuvo con la palma en alto antes de que ella pudiera continuar.

— ¿Están saliendo o no?

Ella bajó la vista para poder contestarle:

—Sí—afirmó. Se sintió fatal cuando Inglaterra la soltó al oír su respuesta y se llevó la mano a los ojos, intentando contener su ira y la impresión que le había causado saber que era verdad.

— ¡Maldición! ¿Se puede saber qué diablos pasa por esa cabecita tuya? ¡Es Japón!

— ¿Y? —Ella no veía problema alguno.

—Él no es como nosotros, América, él es…

— ¿Asiático? Eso es racista ¿Extraño? bueno, un poco ¿Mayor? Incluso tú lo eres, Inglaterra ¡La mayoría de los países con los que trato son mayores que yo!

—… peligroso, América ¿Acaso lo olvidaste? ¿Olvidaste lo que ambos hicieron en el pasado? La Coca Cola se te subió a la cabeza—La tomó del mentón y la atrajo hacia él obligándola a verlo a los ojos mientras le hablaba. Apestaba un poco a alcohol—. Él no es para ti. Mereces algo mejor que eso.

—Estás ebrio. —Lo apartó empujando su pecho con ambas manos. Inglaterra hizo ademán de reírse, pero no lo hizo. Sin embrago, su mandíbula tembló antes de que la mirara de nuevo, de que la viera de una forma que ella había olvidado.

Entonces él la besó. Había olvidado lo bueno que era besando, lo bien que se sentía su lengua dentro de su boca, lo feroz que era tomándola hasta excitarla solo con ese contacto. Siempre había sido maravilloso con sus besos y ella lo sabía. Su primer beso no la había decepcionado en lo absoluto en su niñez. Había sido demasiado para la niña curiosa de ese entonces.

—Puedes tener mi cuerpo cuando lo desees, América. Pídelo y yo estaré gustoso de dártelo y ofrecerte cada parte de mí—le susurró al oído—. Solo para ti.

Eso sonaba demasiado tentador. ¿Cuándo había sido la última vez que se había sentido desnuda e intimidada ante su mirada? Cada poro de su piel desprendía sensualidad, pasión y promesas de cientos de noches ardientes a su lado.

— ¿Me deseas, América? —le preguntó al separar los labios de su boca. Ella se encontró extrañando el contacto de su aliento.

—No—mintió.

—Mentirosa—La besó aún más fuerte, como poseyéndola con su lengua. América se zafó del agarre de sus brazos para poner las manos sobre sus hombros. La idea era apartarlo de ella, pero en lugar de eso terminó por ceder y rodear su nuca con ambos brazos. Él tenía razón: lo deseaba con una pasión tan desmedida que le asustaba.

No fue de extrañar que la toalla se hubiera caído mientras la estaba besando. Inglaterra acarició la tierna piel de su espalda. Desnuda. Desnuda para él. Había cierta parte de su cuerpo específicamente que se había vuelto inquieta cuando la tocó como hace años no lo hacía. Podía mirarla una y otra vez y todavía no estaría saciado de ella.

Quería marcarla como suya otra vez. Sentir las largas pierna de América rodear su cuerpo mientras la penetraba. No, solo con verla, olerla y sentirla enloquecía. Nunca estaría lo suficientemente harto de tenerla. Odiaba ese día con toda su alma ¿por qué diablos había decidido dejarlo? La pasaban bien juntos y la amaba con cada fibra de su ser.

— ¿Qué te hacía falta? —Le preguntó, interrumpiendo los besos por su cuello—. ¿Qué era eso tan importante para ti que te hizo independizarte de mí y dejarme?

Los ojos de América lo observaron desde abajo con un brillo de determinación y un deje de deseo.

—Mi libertad.

Cierto. Su libertad. Eso era lo que ella tanto quería y él le había negado, pero, demonios, ¿por qué lo había dejado también a él? Las cosas pudieron haberse arreglado sin que se tuvieran que distanciar. Ahora que la tenía otra vez entre sus brazos recordaba la razón por la que se había empeñado tanto en no dejarla ir.

La acorraló hasta la pared. Tomó con insistente deseo su muslo hasta que ella lo levantó para que pudiera acariciarla mejor estando de pie. América gimió cuando él la empujó con fuerza contra la pared.

—Podría hacerte el amor una y otra vez y todavía no estaría satisfecho—le dijo. Ella no se lo podía creer. ¿Era el mismo Inglaterra el que le estaba diciendo eso? Fue como volver a los años en que había sido suya completamente, a la época en que cada rubia hebra de su pelo le habían pertenecido a él—. Mi dulce hermanita… pienso llenarte tanto de mí que ya no te acordarás de nadie más.

En ese instante, por supuesto que no podía pensar en nadie más que en él.


¡Ah! la siguiente parte es un trío XD y en serio, recen para que no me arrepienta y termine por deshechar la idea de subirlo.