NA: Esta viñeta está basada en la Séptima Vela "Insectos" del compilado de historias llamado Terroris de Nitta Rawr. Por ende, se la dedico a ella. Espero que le guste, y estoy segura que descubrirá cuál fue la frase que causó tal retumbe en mí que provocó el nacimiento de esta historia. Y por esa razón, la trama en sí —y la "frase"— también le pertenecen a ella. Además, me gustaría aprovechar para agradecer a Bell Star, ella sabe por qué.
—Delirium—
2do Delirio: Dementia
«Eram quod es, eris quod sum».
("Yo era lo que tú eres, tú serás lo que soy").
…
Tengo náuseas, por lo que intento apaciguarlas sentándome en un rincón, apoyando la espalda contra el repugnante muro de ladrillos desgastados y cubiertos de carteles de bandas amateurs destrozados por ociosos. Poco me importa el hecho de ensuciarme aún más la ropa que traigo puesta, ya está sudada y salpicada de manchas grisáceas de lodo seco y polvo. El hecho de sentarme ya es parte de la rutina, manteniéndome completamente ajeno a la situación que se desenvuelve a pocos pasos de mí. Ni siquiera puedo considerarme un espectador, o una especie de cómplice. Ni siquiera sé si realmente estoy aquí, no tengo cabeza ya para pensar en esas cosas. Yo sólo… me quedo. Y aguardo pacientemente.
En este desolado callejón no se escucha más que el leve tarareo que emerge afable de la garganta de Maka, y la respiración aterrada del hombre que tiembla a sus pies. Sí, ni siquiera aquel individuo corpulento fue capaz de frenarla al intentar salvar su vida de mierda, y ahora se ve completamente reducido a un moquillento desgraciado que chilla inútilmente por piedad.
—Maka no responde a la piedad —murmuro para mis adentros, sin necesariamente dirigirme a aquel miserable de destino marcado—. Ya no.
Y tampoco nadie es capaz de detenerla a estas alturas.
Rodeo con fuerza mis piernas dobladas sobre mi pecho y la observo, escondiendo mi nariz en el hueco que se forma entre mis rodillas huesudas. Sus ojos están rojos a más no poder, sus pupilas dilatadas y su mirada perdida. Desenfocada. Sólo viste un roñoso vestido blanco, y su aspecto pálido y demacrado sólo acentúa sus rasgos enajenados. Sus pies descalzos están llenos de cortes y raspaduras por caminar durante largas horas sin protección alguna, pero ella omite queja alguna. En vez de eso, emplea esos mismos pies azulados para danzar alrededor del atormentado hombre con pasos desequilibrados, amenazando siempre con estar a punto de caer de bruces sobre el cemento o sobre el mismo desdichado de nervios destrozados. Sonríe, disfruta de la enfermiza atmósfera que ella misma ha creado, como si de una niña se tratase. Como si fuese una cría feliz de jugar con muñecas. Y todos sabemos quién es su muñeca ahora.
A veces, muy pocas veces porque es estúpido, me pregunto: ¿realmente cae en cuenta de lo que está haciendo? Lo dudo. Su sonrisa maquiavélicamente infantil me lo demuestra, y esa risilla cristalina momentánea que deja escapar cada vez que huele el pánico, que escucha los gritos, que corta la carne…
Maka no es más que una flor delicada que ha sido corrompida desde las entrañas. ¿Por qué? Eso nunca se sabrá. Sólo es un hecho. Sólo hay que aceptarlo y ya.
Aceptarlo y ya.
Me acurruco en mi sitio con prudencia, esperando que todo lo que tenga que acontecer acontezca. Me siento mareado, y el hecho de estar rodeado de un asqueroso olor a putrefacción proveniente de bolsas de basura cercanas y la humedad acumulada no ayuda mucho que digamos. Me recuerda al queso rancio que tuve que tirar esta mañana. Tampoco me hace sentir mejor el hecho de que sean las cuatro de la mañana: llevamos días sin dormir con decencia, en busca de desafortunados. En busca de condenados.
Es un estilo de vida de mierda al cual es fácil acostumbrarse si no piensas en nada. Pero, si me preguntan, no estoy precisamente cómodo con esta situación —dudo que alguien lo esté, aparte de ella. Pero eso es otro caso—. Entonces, ¿por qué me quedo?
La respuesta es ridículamente sencilla. Ya la diré.
Mientras frunzo mis labios resecos, vuelvo mi mirada hacia Maka. Esta vez, me enfoco en el brillo inestable de su mirada y en el brillo del cuchillo que sujeta fuertemente entre sus manos frías color hueso. El hombre intenta por enésima vez ponerse en pie para huir, pero pareciera que su sistema nervioso estuviese infectado y no le funcionase bien, ya que tropieza solo y cae de una forma patética, estampando su inútil cuerpo voluminoso sobre el cemento. Ya no lucha. Mi compañera, con tan solo una mirada, es capaz de instalar el pánico en lo más recóndito de la débil mente humana como si ella fuese el virus que destruye el equilibrio y desestabiliza al hombre, transformando a los demás en sus semejantes: transformándolos en más flores consumidas. Aquel idiota se encoge para tratar de incorporarse y clama por ayuda, arrastrándose como lo que es: un gusano. Y estoy seguro que la joven lo ve de la misma forma. Por eso, se acerca lentamente hacia él y espera que él termine de separar la mitad superior de su organismo del pavimento para posarse tranquilamente tras su espalda.
—A nadie le interesa nadie. —Susurra Maka cerca de su oído con voz cándida. Apoya ambas manos con fuerza en los hombros del sujeto, dejando que su cabello suelto caiga hacia delante y le acaricie el rostro cubierto de sudor frío. Él se encuentra inmóvil, sentado sobre el suelo como una estatua congelada por el terror. Luego, comienza a jugar con el cuchillo cerca de su garganta para provocarle espasmos que demuestren que aún sigue vivo—: A nadie le interesas. Sólo a mí.
A mí. A mí. A mí. Es como si esa frase retumbara en un eco ocioso y voraz.
—Escucha, ¿quieres irte conmigo?
Es una pregunta retórica. No espera respuesta cuando la formula, nunca lo hace. Asume una afirmativa. Por ende, cae en cuenta de que es hora de terminar la tortura psicológica. Quizás un pobre inocente piense que lo dejará ir, que el hecho de horrorizarlo hasta el punto de disminuirlo es suficiente. Reitero: pobre inocente. ¿No dije ya que Maka no responde a la piedad? Si lo hiciese, sería ilógico, un verdadero milagro. Todo lo que ha hecho hasta el momento sería en vano, ¿no creen? Entonces, lo que sucede a continuación es predecible: se endereza con parsimonia —pero procurando rasguñar los hombros del idiota en el proceso— y se coloca de pie frente a él lo más derecha que puede. Primero se talla los ojos para poder mirarlo fijamente, y luego alza la mano que sujeta el arma. En ese entonces es cuando cubro mis ojos con una de mis palmas, procurando que ningún rayo de luz lunar se cole entre mis dedos y agacho la cabeza. Me niego a seguir el desenlace de este tétrico espectáculo aunque haya sido anunciado desde un principio.
Los gritos del sujeto cesan de golpe, mientras que escucho cómo Maka comienza a reír despacio, como si supiera que esas cosas sólo la hacen jovial a ella. Es una risa bonita, pero que es capaz de erizar los vellos de la nuca por el trastorno que oculta y que es fácil de percibir. El olor a sangre —del charco que imagino que descansa bajo el hombre, espeso y viscoso— inunda mis narices, y combinado con el aire a orines del rincón en donde he permanecido todo este tiempo me empeora aún más las náuseas. Quiero vomitar, pero me dedico a inhalar y exhalar varias veces para poder aguantarme y controlar el incómodo revoltijo interno.
No pasa ni un minuto cuando escucho como ella camina hacia mí con pasos torpes. Es raro, pero siento como si sus pisadas se conectaran con mi pulso: ella da un paso y mi corazón late, al mismo tiempo. Despejo uno de mis ojos sólo para ver sus pálidos pies descalzos y rasmillados acercándose, los cuales van dejando atrás una estela de huellas salpicadas de sangre ajena en el pavimento. El otro lo mantengo oculto por unos instantes más detrás de mis dedos sintiendo el cosquilleo de mis pestañas, pero al final termino dejando caer el brazo convirtiéndolo en un peso muerto. Maka sigue avanzando, y yo la espero.
Una vez que está lo suficientemente cerca de mí, frente a frente, se agacha en un único movimiento bien realizado y deposita un suave beso en mis labios. Un breve roce. Siento el olor a sangre que su cabello emana, que ella en sí emana, que revuelve mis entrañas y que se combina con las mariposas que hay en mi interior. Cuando vuelve a enderezarse, me dirige una larga mirada y sus comisuras se elevan sutilmente regalándome una sonrisa que, en cualquier otro contexto, hubiese sido dulce. Como siempre, me vuelve a invitar a que siga con ella: «Escucha, ¿quieres irte conmigo?». Y yo le hablo con los ojos, respondiendo siempre lo mismo.
La muchacha da media vuelta, pero no para observar al cadáver que ha dejado atrás, su intención no es ver lo que ha quedado en su pasado. Comienza a caminar nuevamente sin dirección fija, con la única meta estable de buscar al siguiente condenado a muerte.
Tararea.
Suelto un suspiro breve, pensando que si lo alargo mucho podría llevarse mi aliento. Me levanto y sacudo por inercia mis ropajes, para luego aprovechar de estirar mis miembros que se encontraban un poco adormecidos. En aquel momento, me encantaría no apestar. Y sin observar nada a mí alrededor, con la vista fija en las escápulas sobresalientes de la muchacha, procuro seguirla unos pasos más atrás.
¿Por qué me quedo? Te mencioné que te diría la respuesta, ¿no?
Porque la quiero.
¿No es lo que esperabas?
Te dije que era ridículamente sencilla.
