PARTES: 2 de 2 (Las Calzas de Artemisa)
Un súbito golpe levantó asustada a Afrodita de su amplia cama con dosel. Otra vez el Sol estaba en su punto más alto y la diosa del amor sentía el cuerpo como si le hubieran propinado una paliza en una bacanal. O mejor, dos palizas. Una detrás de otra y sin tregua.
Además, el dormitorio no tenía muy buen aspecto. Túnicas y jirones de seda tiradas por el suelo, espejos cubiertos de polvos de maquillaje y la cómoda abarrotada de lápices de ojos, barras de labios (algunas ya deshechas) y copas y cálices de vino (del de las ofrendas).
"Debería de dejar de ir con Las Ménades" pensó Afrodita al ver el desorden y el caos a su alrededor.
La Diosa del Amor había caído en un ciclo destructivo. No solo el hecho de que ya no cumpliera su misión en el Olimpo como antes, sino que se había ido dejando llevar por el sufrimiento personal y el victimismo hasta el punto de alcanzar una personalidad que nunca había sido la suya.
Al salir del dormitorio, con una cara de no haber dormido en días, vio de nuevo el mismo cuchillo de Hefesto pero esta vez llevaba una nota. "A cada cerda le alcanza su destino" (referencia al refrán: A cada cerdo le llega su San Martín). Eso sería lo que posiblemente le había despertado.
Sin ganas de pasarse por el comedor para desayunar, bajó al templo en busca de novedades. Un poco de actividad no le vendría mal. Y entonces fue… cuando se encontró con una Artemisa profundamente cabreada.
****
Pan se refugió en el bosque una vez guardado el rebaño. Si al principio le parecía que Hermafrodito venía con ganas de molestar, tener en sus manos una prenda de su diosa favorita, le hizo rápidamente cambiar de opinión. ¿Su bella Ártemis estaría herida? ¿Necesitaría ayuda?
Los bosques de Arcadia estaban en pleno otoño y muchas hojas de cedros y robles habían caído y cubrían los caminos de pastores de un manto marrón crujiente. Las patitas del sátiro chascaban con el contacto de la fronda y los animales se volvían al verle pasar, suspicaces.
Peinando su pelo delicadamente al son de una lira, Dafne, la preferida de Artemisa, descansaba. El sátiro descendió en su velocidad. Muchas ninfas desconfiaban de los faunos y con razón. Pero Pan no buscaba divertirse a costa de ello. Hoy no.
Lamentablemente Dafne no estaba sola. Apolo era precisamente el que tocaba la lira, antes de volver a su carro y obligar al Sol a ponerse. Pan no tuvo siquiera que saludar, Dafne ya sabía que estaba ahí aun a cien metros de distancia.
Pan saludó con una reverencia y una salve al dios, respetuoso siempre con sus tíos. Apolo se levantó y se guardó la lira.
"No te muevas de ahí, sátiro" susurró el dios desenvainando su espada. "No eres bien recibido".
"Lástima" musitó Pan. "Creí que podíamos ser amigos".
Apolo conocía la socarronería y las burlas de los amigos de su hermanastro Dioniso, así que no se lo tomó como una afrenta.
"Es por vuestra hermana, señor. No tengo ningún interés en vuestra amada" dijo refiriéndose a la ninfa.
"No somos…"
"… Deja a mi hermana en paz" interrumpió el dios a Dafne.
"Puede que esté en peligro"
"¿Y eso es de la incumbencia de un sátiro?"
"¿Y no lo es de la de su hermano?" contestó Pan burlón.
"No quieras pagar cara tu osadía y tu blasfemia. No quisiera tener que darle semejante decepción a tu padre"
"Oh, despreocupaos de mi padre, mi señor. Suficientes hijos tiene ya de los que ocuparse"
Apolo frunció el ceño incapaz de saber si las palabras del sátiro eran sinceras. Pan, de todos los de su especie que poblaban Arcadia y alrededores era, sin duda, el más temerario, inteligente, irónico y peligroso. Tan pronto podía estar dispuesto a ayudarte como a desembolsar una daga y dejarte en el camino. No temía por su vida, el era un dios, pero le preocupaba las intenciones que el sátiro pudiera tener con respecto a Dafne. Últimamente se había encariñado demasiado de aquella ninfa.
"¿Por qué una diosa tiene sangre en una de sus prendas?" Pan saltó al vacío.
"¿Qué burrada decís?"
"De buena tinta sé que esta prenda pertenece a vuestra señora" el sátiro sacó las calzas de la diosa de sus pocas pertenencias y se la tendió a la ninfa.
"¿Qué es eso?" Apolo trató de cortarle el paso pero Pan no le tenía ningún miedo.
Dafne miró interrogativa al sátiro y al dios, esperando una explicación por parte de alguno.
"Huele bien"
Ni Apolo ni Dafne sabían si se refería a la prenda en sí o a la sangre pero, en cualquier caso, les pareció repugnante.
"¿Ha sufrido vuestra señora algún contratiempo importante?"
"No digáis nada" le ordenó Apolo a la ninfa que, aturdida, parecía balbucear algo.
"O quizá en vuestra situación, tan lejos de casa y de vuestras hermanas, sepáis tanto o menos que yo" reconoció Pan.
"¿Insinúas acaso que no cumplo con mi cometido?"
El sátiro sonrió. Era fácil hacerlas enfadar. Y cuanto más enfadadas, menos control tenían sobre los secretos que debían guardar.
"Dafne es una de las sirvientes más queridas por mi hermana" salió Apolo en su defensa.
"Apuesto que de ahí crece también vuestro interés por ella"
"Vuelve a hacer otra broma al respecto y tendrá que ser otro el que deba cuidar de los ganados del Olimpo."
"¿Y pasar vacaciones permanentes en casa del señor Hades y su bella esposa? Me place" rió Pan.
"Hablo en serio, sátiro. No tientes al destino"
"Solo quiero saber el porqué de la sangre, señora. Os dejaré tranquila enseguida, lo prometo"
Dafne pareció sopesar la palabra de Pan.
"No lo creo"
"¿No lo cree?" repitió Pan, interrogativo.
"No creo que la palabra de un sátiro sea de fiar" respondió Apolo.
"Pues no tengo otra forma de asegurar mis intenciones, señor"
"Entonces deberías marcharte ya"
El sátiro se arrodilló entonces y adoptó una expresión herida.
"¿Y tener que marchar hasta Olimpia para preguntar al oráculo de Zeus por Ártemis?"
"¿Qué?"
"Comprenderéis que no puedo quedarme con la angustia de saber si la bella Ártemis está en peligro o no, ¿verdad?"
"Maldito cerdo entrometido…" maldijo Apolo.
Pan sabía que los pensamientos del dios se dividían entre obligar a marchar al sátiro y esperar que este cumpliera la amenaza de preguntar a su padre por su hermana (a Zeus no le gustaría saber, en el caso de que Artemisa estuviera efectivamente en peligro, que Apolo se había despreocupado) o permitir que el sátiro se saliera con la suya ahora. Ni siquiera estaba seguro de que todo aquello fuera una estratagema para fastidiarle a él personalmente y luego carcajearse a todo aquel que quisiera escucharle (que, siendo Pan un excelentísimo contador de historias, serían muchos).
"Mi señora acostumbra a ir a cazar en días como estos. La sangre será de algún animal" terció a responder Dafne.
"No lo es"
"¿No?"
"No. Ni tampoco es de una de sus víctimas"
"Vaya…" la ninfa parecía haberse quedado momentáneamente sin respuestas.
"Pues si no es de un animal ni de un humano, será de una bestia infernal" dijo ahora Apolo.
"Me queda la duda de que una bestia infernal tenga el mismo color de sangre que el de un mortal" dijo Pan, socarrón.
"Los dioses no sangran" bufó Apolo, incrédulo.
"Los dioses sangran. Pero no enferman" le corrigió el sátiro.
"¿Qué?"
"Señor, una mujer, diosa o no, al menos sufre un ciclo hormonal cada mes lunar" reconoció Dafne que empezaba a entender por donde iban los tiros.
"¿Veis?"
Apolo frunció aun más el entrecejo. El Sol estaba ya aguantando demasiado en las alturas, no podría estar mucho más tiempo ahí y el hecho de no poder pasar a solas aquellos últimos momentos con la ninfa le irritaba.
"¿Y entonces? Si se debe a eso y ya lo sabes, ¿para qué molestas?"
"Quiero saber quien"
"¿Quién?"
"Sí, quién"
El silencio indicaba que ni Apolo ni Dafne entendían lo que venía a buscar.
"Es obvio que esa sangre es suya y es obvio que esa sangre no responde al ciclo lunar…" se explicó Pan.
"¿Qué?"
"Al principio pensé que sería una broma. Uno de los hijos de Afrodita me vino con el cuento de que esta prenda pertenecía a su tía y que no sabía de quien era la sangre. Quería que lo averiguase" siguió Pan. "Si Artemisa se ha ido a cazar es que no le sucede nada de importancia pero guardar con tanto recelo una cosa así es difícil de entender. A menos que…" carraspeó para darle un tono más oficial. "… una de tus virtudes sea la virginidad".
"Pero, ¿de qué narices estás hablando?"
"La menstruación o periodo, mis señores, viene siendo habitual en quien no concibe. Esto, para muchos de vosotros debe de ser algo rarísimo y desconocido" Apolo comenzaba a perder el control dada la irritabilidad así que Pan se apresuró a decir lo que vino a decir "Pero no para una diosa casta como Ártemis. Es su pan de cada día. Por eso, no tiene sentido guardar algo de lo que estás acostumbrado a ver y esconderlo a ojos ajenos. Aun más, sería motivo de enseñarlo con orgullo. ¿No es esa la causa por la que se mueve? Y he aquí que lo que hace es lo contrario y que, además, la sangre de esta prenda no es tan abundante como un periodo menstrual viene a ser o, al menos, eso tengo entendido. Por lo que, cada vez son menos los indicativos de que responda a dicha causa. ¿Qué nos queda?"
****
Asclepio había retrasado todas sus citas aquella mañana. Desde luego, ser el hijo de Apolo era todo un hándicap y hasta Epiaduro se movían muchas celebridades en busca de saber del mal de sus dolores o pedir por su salud. Habitualmente a Asclepio eso le enorgullecía. Pero hoy tenía otros asuntos en su mente, asuntos que desde la visita de Hermafrodito, su primo, no habían dejado de molestarle.
Durante toda la noche se rebanó los sesos en busca de la respuesta a la incógnita de porqué la mancha de sangre en las prendas de su tía. Asclepio, a pesar de la veneración que sufría por su padre (este prácticamente le había convertido en quien era), tenía ciertos sentimientos encontrados con su tía Artemisa. Ella mató a su madre a petición de su padre y si bien, podía entender que su padre estuviera afectado y furioso por la infidelidad de su madre con otro mortal, creía que Artemisa debiera haber guardado neutralidad. Sí, los dos hermanos se eran fieles el uno al otro y siempre se apoyaban. Cuando uno sufría el otro sufría con él. Cuando uno se sentía herido el otro también se afectaba. Aun así, el verse privado de su madre le hacía sentir miserable. Por eso, entre otras cosas sentía envidia y odio hacia su primo Hermafrodito. Él conservaba a sus padres y podía disfrutar tanto del uno como del otro. Él no tenía que luchar por hacerse un puesto en el Olimpo ni tuvo que sacrificarse por un trabajo.
Ahora podía optar a descubrir el secreto de su tía, fuera cual fuese, o simplemente podía seguir odiando a Hermafrodito por ser quien era. Pero le había dado su palabra. Una promesa, de dios a dios. No, no era justo.
****
"Artemisa se ha acostado con un hombre" sin anestesia ni preliminares. Nada más llegar Hermafrodito de nuevo a la entrada del templo de su primo en Epiaduro, Asclepio soltó la bomba.
"¿Qué?"
"Esa sangre pertenece al himen, que no sé si como bien sabes es una membrana que protege a las mujeres jóvenes de posibles infecciones o agentes nocivos a su aparato reproductor"
"Ya".
"Bueno, cuando se produce por primera vez una penetración, el himen se desgarra y la mujer sangra. A veces abundantemente otras veces, mera anécdota. Por eso, la de guerras y alegrías que da una sábana manchada entre dos amantes y sus familias"
Hermafrodito, miraba fijo a la estatua más cercana a él donde un cuervo tallado en marfil era devorado por dos serpientes.
"Así pues, Artemisa se consagró virgen. Pero… la mancha no engaña. Ha roto su promesa"
"¿Con quién?"
"Me temo que eso no puedo saberlo. Me preguntaste de quien era la sangre y eso es lo que te he averiguado. Lo demás ya no es asunto mío y, si tuviera que averiguarlo, tendría mucho cuidado. Estos asuntos… rara vez terminan bien".
Hermafrodito, más confundido que antes, aceptó las palabras de su primo y abandonó las tierras del Peloponeso, cabizbajo. ¿Qué hacer ahora?
****
"¿Quién es él?" volvió a preguntar Pan.
Dafne, se había quedado muda y asustada. Apolo, contrariado y estupefacto.
"Creo que has llegado demasiado lejos con tus insinuaciones, sátiro"
"Yo no. Solo pongo voz a lo que han hecho otros"
"Mi hermana no osaría… Ella prometió… Ella…"
"Promesas. ¿En qué quedan las promesas? Palabras. Viento. Bien lo sabe Eolo, que los Anemoi las destrozan"
"Ella nunca se acostaría con un hombre"
"Una eternidad es demasiado tiempo para un nunca, mi señor"
"Si quisiera ella podría… bueno, es libre de… pero fue ella la que se negó por completo" balbuceaba Apolo.
"¿No es más bien que te molesta saber que ni siquiera te lo ha contado a ti, con lo inseparables que sois?"
"¡Basta! No sigas por ahí, te lo advierto por última vez"
"¿Y qué decís vos, señora? ¿Creéis a la bella Ártemis capaz de tirar todo por cuanto se ha vanagloriado?"
Dafne, aun seguía callada pero era obvio que su mente discurría aprisa y sus ojos, huían de aquel lugar recordando posiblemente sucesos que hubiera dejado pasar por alto.
"Vos lo intuíais, ¿no es así?"
"Yo… No… Creí que se le pasaría" se excusó la ninfa.
"¿Qué se le pasaría? ¿De qué habláis?" Apolo se volvió hacia Dafne.
"Es ese pastor… No me sé su nombre. Pero ella siempre está hablando de él. Y a veces, por las noches, nos pide que la dejemos sola pero es obvio que va a verle"
"¿Se ven?" Apolo parecía fuera de sí.
"Bueno. Ella… No creo que él lo sepa. O al menos, no creí que lo supiera. Por las mañanas nos habla de cómo duerme, de su respiración tranquila y de su cara angelical. Se lamenta de la fragilidad de los mortales y canta sobre la belleza de la juventud y la impulsividad"
"¿Cómo se llama?"
"No lo sé. Se refiere a él como el más bello de los pastores, como la luz de la noche o el reflejo de la Luna. Nunca da un nombre concreto" y Dafne parecía sincera.
"Pero ¿él sabe de su interés?"
"Ni idea. Yo… solo sé que ella a veces lo ve y que, muchas veces deja de cazar para seguirle y ver cómo cuida del rebaño o, cuando va de caza, le pone en bandeja piezas que cualquier otro mortal hubiera deseado para sí"
"¿Le hace regalos? ¡Esto es lo último que me faltaba por oír" Apolo ni siquiera quiso ya guardarse el rencor y la envidia. "Ella nunca ha deseado a nadie. Ella siempre lo ha tenido todo. Y ahora, ¿se dedica a suspirar por un mortal? ¿Por un simple pastor? ¿Es qué ha perdido la cabeza?"
"Es lo normal, mi señor" dijo ahora Pan. "Cuando uno ama, pierde el juicio."
"Seguro que es culpa de Afrodita. ¡Le ha echado un embrujo! O de su hijo, ese bastardo de Eros. Ellos le han provocado un trance, seguro"
"Sea cual fuere, Ártemis se ha enamorado. En realidad, deberíais alegraros" rió Pan.
"Y una mierda. ¿Alegrarme porque un bastardo haya decidido jugar con sus sentimientos? ¿Por qué alguien se haya aprovechado de su fragilidad y le haya hecho caer en desgracia?"
"Es vuestra hermana y sea cual sea el motivo, ella parece ilusionada" Pan no se creía lo que estaba diciendo. ¿No debía de estar asintiendo a la ira de Apolo? No solo estaba contradiciéndole y poniendo su cabeza caprina en juego, sino que estaba traicionando sus propios sentimientos. "El amor es motivo de alegría, señor. Vosotros siempre estáis cantándole y regocijándoos por ello".
"Maldita cabra desgraciada. Yo hablo de amor entre enamorados. No canto para destrozar corazones ni romper promesas. Nunca"
Pan se obligó a no seguir molestándole y guardó silencio. Dafne, que estaba nerviosa desde que vio al sátiro por primera vez, tampoco supo que decir.
"¿No era ese tal Hermafrodito, hijo de Afrodita, el que os pidió que lo averiguarais?"
"Mmm"
"Apuesto a que él también tiene que ver con esto. Seguro que su madre le pidió que averiguara si efectivamente se cumplió lo que ella había comenzado"
"Eso ya no lo sé"
"¡Qué no lo sabes!" Apolo lanzó su espada, rabioso, hacia adelante. La hoja se quedó clavada en el roble que tenía de frente. "¡QUÉ NO LO SABES! Pues lo sabrás. Lo sabrá todo el mundo. Si ha de arder Troya, ¡¡arderá!!"
****
"Era eso, ¿verdad? ¿Necesitabas saberlo, eh? No puedes vivir sin hacerme la vida imposible, ¿no es cierto?" Artemisa escupía su rabia como flechas con veneno y cuando las palabras no eran suficientes, arrojaba los objetos que encontraba a su paso.
"¿De qué hablas?"
"No te hagas la idiota. Sé que has ido preguntando por ahí. Yo también me entero de cosas. Y hasta que no la has liado del todo no te has dado por satisfecha"
"De verdad que no sé a qué te refieres. No sé que se supone que he ido indagando por ahí"
"Querías un nombre. Te morías por saberlo. Te morías por declarar a todo el mundo que Artemisa, la diosa virgen, ama a Orión, el cazador" escupió la diosa de la caza y ahora fue una bandeja de frutas de la Estación la que cayó al suelo con ruido metálico. Las piezas de fruta se golpearon y diseminaron por la estancia hasta ahora limpia y brillante.
"¿Qué?"
"No sigas con ese juego, Afrodita. Bien sabes que lo sé. Te he cazado"
"No, ¿yo? ¿Orión? ¿Un cazador? ¿Qué amas a…?"
Los ojos de la diosa brillaron amenazadores y Afrodita, si no supiera cual era su condición, hubiera temido por su vida.
"Le amo, sí" reconoció la diosa y parecía que las propias palabras salidas de su boca le provocaban un dolor descomunal. "O le amaba. Ahora ya… nada de eso importa"
"¿Por qué? ¿Por qué no?" Afrodita se mostraba entusiasmada. Su propia hermana, la que se había jurado que nunca yacería con un hombre, le confesaba que amaba a uno. ¿Cómo fue el milagro posible? ¿Cuándo había decidido hacerla caso?
"Está muerto" musitó la otra diosa, entristecida.
"¿Qué?"
"Hoy me fui a cazar por mi cuenta y… lo supe. Supe que algo iba mal. Cuando volví para verle yacía en el suelo, prácticamente desangrado. Un jabalí le había desgarrado el vientre."
"¡No!"
"No había nada que hacer. Pedí ayuda. Le rogué que no me dejara pero… era demasiado tarde. Hades se lo llevó consigo"
"Lo siento, lo siento mucho" y era verdad. Nada era más desalentador y triste que perder a la persona que amas. Narciso y Adonis, entre otros, le habían hecho ver esa realidad.
"De nada sirve sentirlo" Artemisa parecía destrozada. La anterior ira se había aplacado en melancolía.
"Es duro perderlos, lo sé. Muy duro. Pero…" Afrodita trató de darle una visión positiva. Al fin y al cabo, en romances ella era la experta. "El amor vuelve. Siempre. Aunque parezca imposible"
Frágil y pesarosa, la diosa cazadora miró a su hermana a los ojos y no la creyó.
"No."
"Sí, vuelve. De verdad. Puedes negarlo una y mil veces y llorarles, pero al morir uno, vuelve otro y nace otro y otro. Siempre hay alguien en quien fijarse y por quien suspirar. Podrás volver a amar y a sentirte dichosa, Ártemis. Es lo bueno de nuestra condición, tenemos todo el tiempo del mundo. Podemos repetir la experiencia cuantas veces queramos. Es nuestro capricho y regalo"
Afrodita sonrió tratando de darle ánimos y esperanza. Hoy no querría reconocerlo, ni mañana. Quizá siquiera al mes siguiente. Pero ella bien lo sabía, otro día la emoción y la dicha regresarían. Un día, volverían y hasta podrían quedarse para siempre.
"No" Artemisa apretó los puños. De nuevo rabia bulléndole por cada poro de la piel. "Yo no. No me permitiré sufrir de nuevo. Ya he tenido suficiente. Tuve suficiente con lo que le pasó a mi madre. Los hombres son débiles y caen. No merece la pena perder la cabeza"
"Pero no es perder o no perder la cabeza. Es aceptar lo que sientes. Si amas a una persona, no puedes elegir no amarla. No es algo que esté en ti decidir. Puedes sentirlo o odiarte por lo que sientes, pero no podrás hacerlo desaparecer"
"Ya has dicho que tengo todo el tiempo del mundo. Puedo demostrarte que te equivocas"
"Ártemis…"
"Mira. Muchas veces me ha molestado que te metieras en mis asuntos. Ahora ya… igual me da. Pero te lo digo porque, incluso a pesar de todos los quebraderos de cabeza que me das, eres mi hermana y te quiero" Afrodita sonrió ante semejante declaración. A veces, llegaba a dudar de que dos de sus hermanas más tercas, pensando en Atenea o Artemisa, reconocieran que aun no estando de acuerdo en muchas cosas y no pudiendo entender la postura de la otra, se quisieran. "Yo tengo mi vida. Cazo, cuido de quienes se consagran a mí y tengo mis responsabilidades. Eso está por encima de cualquier cosa que mi corazón pueda sentir. Siempre. Durante este periodo en que me he sentido dichosa con Orión, me he dado cuenta de que he descuidado mis deberes, he sido impulsiva, alocada y he dejado de lado a los míos. No volverá a suceder."
"Pero Ártemis…"
"Y es que eso es lo que quiero. Quiero mis ríos, mis árboles, cada criatura que habita en ellos." Volvió a interrumpir la diosa a su hermana. "Quiero a mis ninfas…"
"No es lo mismo"
"La pasión es la misma. Lo que siento con ellas, cada minuto de gozo, cada chillido, sí lo es."
"Son diferentes. Una mujer nunca proporcionará los mismos deseos y placeres que un hombre" arguyó Afrodita. "Tienes que saberlo. Además… está el amor."
"Sí, es cierto. A Orión no solo lo quería. Le amaba" reconoció Artemisa.
"¿Ves?"
"Pero si amar es dolor, si cada vez que tenga que amar debo de sufrir como me matan por dentro, como algo dentro de mí muere, me destroza y me hace perder quien soy en realidad… Entonces desearía no amar nunca más"
"Una cosa es desear, Ártemis…"
"Lo sé. Lo sé"
****
Aquella noche, mientras las estrellas se alzaban sobre el horizonte, Hefesto se escapó de sus titanes para contarle todo lo que sabía a ella.
Atenea, recostada sobre una de las columnas corintias de la entrada, no dejaba de mirar al cielo.
"Hoy no hay Luna" dijo al sentir la presencia de su hermano.
"Apolo ha matado al amante de Artemisa"
"¿Qué?"
"Bueno, él no. Más bien… Ha enviado a Némesis y ella, gracias a un encantamiento de Hera, ha encabritado a los animales del bosque"
"¿Por qué?"
"Artemisa rompió su promesa. Eso ha hecho enfadar a Apolo"
"Si Ártemis ha roto su promesa es cosa suya. Al fin y al cabo, ella no ha hecho votos como la tía Hestia."
"Apolo es su hermano mellizo"
"¿Y?"
"Bueno, él solo quería protegerla"
"¿De qué? ¿De la alegría de amar a alguien?" Atenea no podía creerlo.
"Bueno, él… No sé. Supongo que pensaría que era lo mejor"
"Claro, matar a quien te molesta siempre es lo mejor. Luego le echas las culpas a quien sea y ya está. Ya lo has hecho. No hay vuelta atrás"
"Creí que tu, mejor que nadie, lo entenderías" replicó Hefesto, confundido.
"¿Entenderlo?"
"Tú crees que el amor es una tontería, ¿no?"
"Pero no por eso obligo a sufrir a los que sí aman o sienten júbilo. Una cosa es la decisión que yo tomé. Otra es obligar a que los demás tomen la misma"
"Ya…"
"Además, Apolo no es yo. Bueno, eso es obvio. Pero me refiero a que él no piensa como pienso yo o piensa su hermana. Él también ama. Sabe lo que es eso. Mejor que nadie. No puedo entender entonces porqué toma una resolución así"
"Quizá… quizá… él…" balbuceó el dios del fuego.
"¿Él, qué?"
"Bueno, no sería la primera vez que sucede, ¿no?" Hefesto se encogió de hombros como si eso le proporcionara el valor que necesitaba para continuar. Por alguna razón, hablar de estos temas con Atenea, le intimidaba.
"Deja de hablar en código" le pidió la diosa. "Soy inteligente pero no adivina"
"¿Y si… Apolo le amara?"
"¿Qué?"
"Si Apolo amara a su hermana…"
"¿De qué narices estás hablando?"
"A ver. Ellos siempre están juntos. Se lo cuentan todo. Son como los mejores amigos del mundo."
"¿Cómo Cástor y Pólux, te refieres?"
"Algo así. Pero además… bueno, ella es una mujer. Y además… en fin, además de todo lo anterior, pudiera ser que el saber que ella está con otro, que no se lo ha contado y que no comparte dichos sentimientos con él… podrían haberle provocado celos" sugirió Hefesto.
"Ya. Celos" sopesó Atenea. "Él podría entender que de seguir así las cosas su relación iba a cambiar…"
"Eso es" asintió el dios.
"Quizá esa explicación pueda entenderla. Pero me parece muy ruin"
Hefesto bajó la cabeza, apesadumbrado, como si la culpa recayera en él.
"Así que por eso no hay Luna"
El dios volvió a asentir.
"Vaya. ¿Y eso?" Atenea señaló al cielo, un grupo de estrellas que nunca había visto jamás.
La diosa, no es que fuera una astrónoma consumada, pero de vez en cuando miraba el cielo y reconocía algunas constelaciones. Aquella que señalaba, no obstante, no creía haberla visto nunca.
"Esa es Orión" dijo Hefesto. "Después de que el cazador muriera en sus brazos, Artemisa desconsolada fue a donde padre. Éste le dijo que no podía hacer nada por él pero ella insistió tanto que, al final, conmovido, reclamó su cuerpo entre el resto de estrellas. Si te fijas, ahí se ve un cinturón"
"Cierto"
"Es el cinturón del chico"
"Vaya. He aquí otra constelación para regocijo de los mortales"
"Será una epopeya. La diosa de la castidad amando a un mortal y proporcionándole un sitio en el firmamento"
"Al menos será un castigo para Apolo. Ver que el ser que odiaba y condenó a muerte aparecerá todas las noches…"
"Toda acción tiene sus consecuencias" reconoció Hefesto.
Los dos se quedaron en silencio, mirando al cielo y a las estrellas. El dios, jubiloso, se fue acercando poco a poco a Atenea, que contemplaba la belleza del firmamento con un rostro tan puro que, si Hefesto no supiera que Atenea tenía un carácter tan vivo, no hubiera podido contenerse de darle un beso y hacerla suya en el acto.
Pero, las ensoñaciones de cada dios fueron rotas por la voz, hosca y grave de otra persona.
"Hoy refresca. Pronto Perséfone se irá con Hades"
Era Posidón, con tridente en mano, ajeno a la conversación de la anterior pareja.
"¿Qué quieres?" el semblante de Atenea volvió a contraerse. Era imposible que permaneciera serena cuando Posidón entraba en escena.
"¿Acaso no puedo yo disfrutar también de la noche, como vosotros dos?" protestó el dios de los mares, ofendido.
"Creo que tu percepción sobre el gozo y disfrute rara vez tiene que ver con mirar el cielo y contemplar el silencio" rió sarcástica su sobrina.
"Tenéis razón, el cielo no es mi preocupación. Ahí solo hay muerte y recuerdos lejanos" reconoció Posidón, acercándose.
A Hefesto no le hacía mucha gracia su presencia. Es más, le incomodaba. Cuando aparecía Posidón, Atenea siempre centraba su atención en él. Fuera para odiarle o insultarle, se convertía en su foco, en su principal preocupación. Y Hefesto sentía celos, muchos celos. Con él nunca tuvo un trato preferencial.
"Pero te equivocas en cuanto al silencio. Puedo permanecer en silencio durante horas. Incluso días. Me ayuda a pensar"
"¿El señor de los mares piensa? Esto es novedad…"
"Que los atenienses te aclamen como la diosa del pensamiento y la filosofía no significa que seas la única que pienses de todo el Olimpo"
"Una cosa es eso y otra cosa es que me asegures que tú pienses"
"Bueno. No te lo aseguro, te lo digo. En ti queda creerlo o no. Al fin y al cabo es mi palabra y, como te gusta decir por ahí, las palabras son solo palabras. Si tu no crees en ellas es tu problema, no el mío. No se me termina el mundo porque no creas en mí"
Atenea miró fijamente a Posidón, contrariada y sorprendida. Aquella vez tenía que reconocer que la serenidad de su tío le proporcionaba un brillo especial. Como un aura. El aura de un dios que, a pesar de sus defectos y contradicciones, se demostraba tal cual era.
La diosa, como amante de la verdad, tuvo que reconocer, impresionada, que no tenía nada que decir. Al menos, nada hiriente y justificable.
Posidón, se hacía el ajeno a todo ello. Por primera vez miró el cielo, para que Atenea pudiera pensar y para que Hefesto supiera quien tenía el poder de la situación en aquel momento.
"Eres una caja de sorpresas, tío" dijo por fin la diosa. "A veces, hasta buenas"
"Gracias a ti también. He de reconocer, pese a todo, que discutir con cualquier otro no me proporciona el mismo placer que hacerlo con alguien que sabe lo que dice"
"¿Es un halago?"
Hefesto no podía soportar aquello. Pero no podía enfrentarse con su tío. Reconoció la derrota y prefirió marcharse antes de que oyera algo que le hiciera perder los estribos como le había pasado a su hermano, Apolo.
"Puede que a un mortal impresionarle con un caballo sea toda una hazaña. Pero para mí, mayor que todo eso es reconocer de mi enemigo sus virtudes y alabar sus defectos"
"Quizá hasta podamos hacer una tregua" Atenea sonreía. Y Posidón le devolvió la sonrisa, feliz.
"Nada me gustaría más"
FIN
