La pálida luz de los primeros rayos del sol comenzaba a iluminar el desolado paisaje más allá de la figura del Viajero. En lo alto de la Torre norte un hombre enmascarado observaba en soledad como la ciudad cobraba vida poco a poco.
–Los protegeré por ti. –susurró El Orador, mirando hacia la enorme esfera que flotaba por encima de la ciudad–. No importa cómo.
Un par de pasos irrumpieron súbitamente dentro de la estancia, El Orador levantó una pistola en menos de un pestañeo, apuntando hacia el intruso. El desconocido permaneció en la entrada hasta después que el enmascarado lo reconoció y bajó su arma. El guardián avanzó en dirección al Orador, deteniéndose a escasos pasos.
–Señor, –saludó el recién llegado, haciendo una ligera reverencia–. Lo hemos encontrado.
–¿Sólo a él?
–Me temo que si.
–Tráelo aquí. –ordenó El Orador.
El titán asintió dando media vuelta, alejándose raudamente. En la distancia las aves comenzaron a trinar sobre los árboles, rompiendo el silencio del amanecer. Cinco minutos más tarde el guardián regresó llevando consigo un individuo vestido completamente de negro, el extraño cubría su cabeza con una capucha, dejando su faz oculta en la oscuridad.
–Llegaste antes de tiempo, –señaló El Orador, mirando al desconocido–. ¿A qué debemos esta sorpresa?
El prisionero permaneció en silencio, sus dos brillantes ojos miraban intensamente a su interrogador.
–Dime Xür, ¿A quién estás ayudando?
–¿Ayudar? No sé de qué... –el titán golpeó a Xür directamente sobre el rostro, interrumpiendo sus palabras. El hombre cayó de espaldas a metro y medio de distancia de donde se encontraba. El guardián fue hasta él nuevamente, arrastrándolo hasta dejarlo de rodillas frente al hombre de la máscara.
–No tenemos tiempo para esto, –la voz del Orador sonaba aburrida–. ¿Cómo se llama tu cliente?
–Nunca pregunto nombres.
La mano del titán tomó a Xür por la nuca, estampándolo contra el piso, tiñendo de sangre allí donde el rostro del prisionero había chocado. El Orador hizo una seña al guardián indicándole que se detuviera.
–Perdona los modales del Capitán, no suele tener tanta calma como yo en los interrogatorios. –se disculpó El Orador, ofreciéndole un pañuelo a Xür y agachándose para ponerse a la altura de este–. Aunque siendo honesto, hoy no gozo de mucha paciencia.
Xür observo cómo el brazo del guardián comenzó a lanzar pequeños destellos de luz alrededor. Podía sentir como la concentración de energía crecía a cada instante. "El puño de Havoc." Reconoció.
–Esta bien, –murmuró débilmente el hombre–. te diré lo que sé. –el capitán detuvo su ataque al instante.
Dentro de la sala reinaba el sonido de los murmullos, por todas las esquinas de la habitación se podían observar a humanos, awokens y exos discutiendo en voz baja; habían pasado décadas desde la última vez que la sala de juicios fue convocada en su totalidad. Al parecer la noticia del ataque a las afueras de los muros había levantado un torbellino de absoluta preocupación en la población.
–... esto es inverosímil, ¿Cómo es posible que esa jovencita...
Las puertas de la habitación se abrieron repentinamente, acallando a los presentes. El Orador entró acompañado por el comandante Zavala y Lord Saladín, caminando hasta el podio al final de la sala.
–Traed a la acusada. –Exclamó Lord Saladín una vez que todos los presentes se hallaban en sus asientos.
Tres guardianes ingresaron en la habitación escoltando a una menuda chica de cabello castaño con las manos encadenadas, guiándola hasta el centro de la sala, tomando una formación de triangulo alrededor de ella.
El comandante Zavala hizo sonar su puño sobre un enorme gong señalando el inicio del juicio.
–Samantha Saade, se os acusa de alta traición en contra de la humanidad.– Recitó Lord Saladín, poniéndose de pie–. ¿Cómo os declaras?
Sam permaneció en silencio. Los últimos días habían trascurrido demasiado a prisa; la muerte de Tristán, su arresto, el juicio. Cada noche lloraba hasta quedarse dormida con la esperanza de que por la mañana toda esa pesadilla terminara, pero los sueños no representaban ningún escape, resultando aún peores que la realidad; cada vez que cerraba los ojos podía ver a Tristán tirado en el suelo, la sangre corriendo; recordaba sus propios gritos ahogados por el aullido del Thrall, ese monstruoso rugido.
–Soy inocente. –balbuceó la segunda vez que repitieron la pregunta.
Durante más de una hora, el jurado estuvo deliberando acerca de los hechos. Se imputaba a Sam por el ataque de la colmena a las afueras de la ciudad. Sam podía ver como las dudas de su culpabilidad se iban disipando en algunos miembros del consejo a medida que el tiempo transcurría; sin embargo, una parte de ellos eran detractores que se negaban a creer las acusaciones, y atribuían su participación como una desafortunada coincidencia, estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.
–Sé que es difícil de creer, –El Orador comenzó a hablar por primera vez–. Es nuestra responsabilidad discernir entre la culpabilidad o inocencia del delicado caso que nos ataña. Pero no podemos predisponer nuestro juicio de un lado u otro antes de atender a todos los detalles... Master Rahool, por favor.
El awoken se levantó a la derecha de la sala, saludando con una inclinación de cabeza hacía el podio. Sam alzó la vista de sus pies para mirar al recién llamado. "Él me defenderá, sabe que soy inocente." pensó, observando esperanzada a su antiguo maestro de piel azulada. Pero todo su optimismo se vino abajo en el momento en que sus ojos se cruzaron con los del criptólogo, la mirada de decepción y aversión que le lanzó fue suficiente para saber que la consideraba culpable.
–¿Conoce a la acusada?
–Si, fue mi aprendiz hace algunos años, antes de comenzar a colaborar en las investigaciones del difunto profesor Jean-François. –algunos de los presentes comenzaron a susurrar entre ellos, al escuchar el nombre.
–¿Conoce usted en que consistía dicha investigación?
–No personalmente.
–Como algunos saben, –continuó El Orador, la investigación del profesor Jean-François tenía por objetivo conseguir la forma de discutir libremente con nuestros enemigos, descifrar al completo su tecnología, y sobre todo... buscar la manera de comunicarse con la oscuridad.
Una ola de murmullos y exclamaciones estalló dentro de la sala.
–La acusada frente a ustedes, es la heredera de todos los conocimientos de dicha investigación. –El Orador se puso en pie, señalando a Samantha.
–¡Yo no hice nada! –gritó Sam, haciendo escuchar por encima del ruido–. Yo jamas trataría...
–¡Silencio! –interrumpió El Orador, enmudeciendo la habitación–. ¿Niegas haber trabajado con el profesor Jean-François?
–No, yo...
–¡¿Estuviste dentro de la nave, o no?!
–Si, pero...
–¡Una nave que permaneció en calma, hasta que tú ingresaste en ella!
–Yo nunca...
–¡Tú causaste el ataque!
–No... yo... ellos mataron a Tristán, iban a matarme también, soy inocente... –las lagrimas comenzaron a correr por las mejillas de Sam, apagando su voz.
–Ese, es el precio a pagar por tratar con la oscuridad. –sentenció El Orador–. Yo soy aquel que habla en nombre del Viajero. Samantha Saade, te condeno a la pena capital. Si algún miembro del consejo tiene algo que objetar, que tome la palabra. –La sala se mantuvo en silencio.
La escolta condujo a Sam a través del largo pasillo que llevaba hasta el lugar donde se realizaría la ejecución. Un hechicero caminaba por delante del grupo, mientras dos titanes a espaldas de Sam la sostenían por los brazos.
Sam arrastraba los pies a cada paso, imaginando como sería ese día si no hubiese insistido en ir a esa nave. "Quizá estaría en casa platicando con Tristán." pensó melancólica. Fue entonces cuando un ligero destello de luz cruzó frente a su rostro. Sam sintió el aire arremolinarse delante de ella e instantes después el titán a su derecha salió despedido hacia atrás. El guardián a su izquierda empujó a Sam contra la pared y sacó su arma, escudriñando el pasillo en busca del atacante; mientras que el hechicero lanzaba una ráfaga de energía frente a él. Sam distinguió una pequeña deformación de luz a su izquierda, como si mirase a través de una burbuja. Ambos guardianes lanzaron una ráfaga de disparos en dirección al lugar hacia donde Sam miraba. Una cazadora apareció de la nada a escasos centímetros del titán, desarmándolo antes de que pudiese disparar nuevamente. El hechicero levantó su rifle apuntando a la extraña, sin embargo, al instante el arma salió volando hecha trizas por el impacto de un cuchillo. Ambos guardianes se lanzaron al unísono contra la atacante, la cuál bloqueaba los ataques a tal velocidad que Sam tenía que esforzarse para seguir sus movimientos con la vista.
La cazadora retrocedió un par de metros debido al embate de la escolta. Los tres guardianes permanecieron inmóviles unos segundos, entonces la desconocida desapareció espontáneamente en medio del aire. El par de escoltas miraron el aire vacío desconcertados, un destello anaranjado atravesó el aire incrustándose en el hombro izquierdo del hechicero, al tiempo que su compañero descargaba el puño de Havoc delante de el, fallando el impacto, pero destruyendo el campo de invisibilidad de su enemiga. Un segundo cuchillo golpeó sobre la pierna del titán, haciéndole caer de rodillas. La desconocida lanzó un par de pequeñas esferas plateadas a los pies de los guardianes, la detonación de las bombas impactó a los dos escoltas, desplomándolos sobre el piso.
–¿Tú-tú eres? –tartamudeó Sam, reconociendo a la desconocida. Era la misma guardiana que la había salvado de los Thralls.
–Dejemos las explicaciones para después. –replicó la cazadora, ayudando a Sam a incorporarse,
–¿Están muertos? –preguntó la chica, mirando a los tres guardianes tirados.
–Sólo están inconscientes. –replicó una voz robótica a espaldas de la desconocida–. Hannah, ya están aquí, tenemos que salir. –alertó el pequeño espectro blanco, flotando alrededor de la guardiana.
Al otro lado del pasillo la puerta explotó.
–¡Sparrow! ¡Ahora! –gritó la cazadora, cubriendo a Sam con su cuerpo.
El espectro materializó el vehículo frente a ellas, mientras una lluvia de balas atravesaba el pasillo, impactando sobre las paredes. La guardiana lanzó a la chica sobre el sparrow, subiendo en seguida.
–¿Dónde está la salida? –espetó Hannah, acelerando el vehículo.
–Diez metros a la izquierda. –señaló la voz del espectro tras una nueva ráfaga de disparos.
El arma de la cazadora comenzó a brillar hasta rodearla completamente en un halo dorado. El disparo desintegró parte de la pared, creando una abertura suficientemente grande para que el vehículo pasara a través de ella.
La guardiana condujo el sparrow a través de la torre, siguiendo las indicaciones de su espectro, perseguida de cerca por media decena de guardianes. Algunas balas chocaron sobre su espalda destruyendo su escudo en dos ocasiones.
–¿Cuánto falta? Tenemos que salir antes de que sellen la torre. –gritó la guardiana.
–Tenemos que llegar a la siguiente planta, 80 metros delante, –contestó el espectro–. Pero tenemos que deshacernos de nuestros amigos primero.
–¡Eso ya lo sé! –chilló Hannah, sacando un par de esferas color esmeralda lanzándolas detrás de ella. La explosión destrozó la mitad del nivel, deteniendo a sus perseguidores. La guardiana aprovechó la confusión para subir al siguiente piso.
–¡Sostente! –ordenó a Sam, incrementando la velocidad.
Sam se aferró al vehículo, observando a su compañera apuntar hacía el muro delante de ellas. La pared se pulverizó inmediatamente, dando paso a la luz del sol.
"¿La luz del sol?" reflexionó Sam–. ¡¿No estarás pensando?! –gritó.
El sparrow abandonó la torre a toda velocidad cientos de metros por encima del suelo. Durante algunos instantes Hannah contempló el cielo vacío frente a ella, temiendo haberse equivocado de sitio.
–¡¿Donde esta... –entonces sintió el impacto bajo el vehículo al aterrizar sobre el hangar invisible, en un parpadeo la nave apareció frente a ella.
–Por un momento pensé que no lo lograríamos. –suspiró la cazadora, frenando bruscamente el vehículo–. ¿Estas bien? ¿Samantha? ¡Hey, Samantha?
–No te preocupes, sólo se ha desmayado. –informó el espectro junto a ella.
–Menos mal. –dijo la guardiana, bajando del sparrow –. ¡Leonard! ¡Sácanos de aquí!
–Ya estamos fuera del cinturón de asteroides, ¿quieres que salgamos de la galaxia? –bromeó una voz a través de los altoparlantes de la nave.
–No, supongo que por el momento con esto basta. –respondió la chica riendo.
